(Ciclo A - 2026)
La Iglesia
Católica, iluminada y guiada por el Espíritu Santo, nos revela que el Señor
Jesús, antes de su “paso” de esta vida a la otra (Mt 16, 19), es decir, antes de su Pascua, en el transcurso de la
Última Cena, instituyó el sacramento de su Cuerpo y su Sangre, la Sagrada
Eucaristía, realizando por anticipado el Jueves Santo aquello que habría de
hacer el Viernes Santo en el sacrificio de la cruz en el Gólgota: donar su
Cuerpo y derramar su Sangre, con la diferencia de que el Jueves Santo entregó
su Cuerpo de modo incruento y sacramental en la Hostia y vertió su Sangre,
también de modo incruento y sacramental, en el Cáliz, mientras que en el
Viernes Santo lo hizo de modo cruento, derramando visiblemente su Sangre.
A esta
acción de Jesús el Jueves Santo, mediante la cual convierte las substancias materiales
y caducas del pan y del vino en las substancias gloriosas de su Cuerpo y su
Sangre glorificados, es lo que la Santa Iglesia llama “Transubstanciación”. Por
medio del milagro de la Transubstanciación, esto es, la conversión del pan y
del vino en su Cuerpo y su Sangre a través de las palabras de la consagración
en la Última Cena, Jesús lleva a cabo la Primera Eucaristía de la historia de
la Iglesia y al mismo tiempo ordena sacerdotes ministeriales a sus Apóstoles para
que a lo largo de los siglos y hasta que Él regrese en la gloria, hicieran lo
mismo que Él hizo “en memoria suya”: “Haced esto en mi memoria”. Así Jesús cumple
la manera de ser el “Emanuel”, el “Dios con nosotros”, por medio del Sacramento
de la Eucaristía confeccionado en la Santa Misa a través del sacerdote ministerial,
el cual convierte las ofrendas muertas del pan y del vino en las substancias
gloriosas del Cuerpo y la Sangre de Jesús.
Es así cómo
Jesús, Dios Eterno e Inmortal, se hace Presente en Persona, con su Persona
Divina, con su Cuerpo y su Sangre glorificados, en nuestro tiempo terreno, cada
vez que se oficia la Santa Misa. Jesús se hace Presente en la Eucaristía tal
como es y está en la eternidad, con su Persona Divina y con su Cuerpo y su
Sangre glorificados, solo que se hace Presente oculto a nuestra percepción
sensible, oculto bajo el velo de las especies sacramentales eucarísticas, ya
que no lo vemos sensiblemente tal cual es, sino que lo que vemos es la
apariencia de pan, el velo sacramental eucarístico; podemos “ver”, por así
decir, con los ojos de la fe, que Jesús está en Persona, con su Cuerpo y su Sangre,
en la Eucaristía: sabemos por la fe de la Iglesia que la Eucaristía ES Jesús
con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, pero no lo vemos con los ojos
del cuerpo; sí lo vemos, podemos decir, con los ojos de la fe.
Éste es el
“misterio de la fe”[1]
que la Santa Iglesia proclama con sagrado asombro y amor, en la ostentación
eucarística luego de la consagración, en cada Santa Misa, para consuelo, goce y
disfrute de los hombres: después de pronunciadas las palabras de la
consagración, la omnipotencia del Espíritu Santo, actuando a través de la débil
voz del sacerdote ministerial, convierte a unas simples substancias inertes, el
pan y el vino, en el Cuerpo y la Sangre glorificados de Jesús de Nazareth. Así el
Espíritu Santo, descendiendo del cielo por la frágil voz del sacerdote
ministerial, cuando se pronuncian las palabras de la consagración, “Esto es mi
Cuerpo… Esta es mi Sangre”, obra el Milagro de los milagros, el milagro de la
Transubstanciación por el cual las ofrendas sin vida del pan y del vino se
convierten en las substancias gloriosas de la Humanidad glorificada del Señor
Jesús –Cuerpo y Alma glorificados-, unida hipostáticamente, personalmente, a la
Persona Divina del Verbo de Dios.
Cuando la
Iglesia, a través del sacerdote ministerial y luego de la consagración dice:
“Éste es el misterio de la fe”, está proclamando un misterio que es un milagro,
el milagro más asombroso de todos los milagros de la Trinidad; está proclamando
el misterio de fe más grandioso y sobrenatural de todos, que supera
infinitamente a la creación, tanto del universo visible como del invisible y
este Milagro es la Transubstanciación, la conversión de la materia sin vida del
pan y del vino en la Eucaristía, es decir, en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y
la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
Para ayudarnos
a crecer en la fe de este asombroso milagro que es la transubstanciación, que
supera infinitamente nuestra capacidad de comprensión aun con las explicaciones
teológicas, fue Dios quien mismo decidió hacer un milagro, esta vez visible y
sensible, para que nos diéramos al menos una pálida idea de lo que Él obra en
el altar en forma invisible e insensible y es el milagro eucarístico de
Bolsena, que dio origen a la Solemnidad de “Corpus Domini” o “Corpus
Christi”.
Este
milagro eucarístico, llamado el “Milagro de Bolsena” se produjo en la ciudad
italiana de Bolsena, en el verano de 1264[2],
y sucedió de la siguiente manera: un sacerdote de Bohemia, llamado Pedro de
Praga, regresaba de Italia luego de haber obtenido una audiencia con el Papa
Urbano IV; en el camino de regreso se detuvo en Bolsena, donde celebró la Misa
en la iglesia de Santa Cristina. Como dato a tener en cuenta, este sacerdote
tenía muchas dudas de fe acerca de la Presencia real de Nuestro Señor en la
Eucaristía. Al llegar al momento de la consagración, mientras Pedro de Praga
pronunciaba las palabras que permiten la transubstanciación, sucedió el
milagro, del que nos ha llegado la siguiente descripción, la cual traducimos
literalmente[3]:
“De pronto, aquella Hostia apareció visiblemente como verdadera carne de la
cual se derramaba roja sangre, excepto aquella fracción que tenía entre sus
dedos, lo cual no se crea sucediese sin misterio alguno, puesto que era para
que fuese claro a todos que aquella era verdaderamente la Hostia que estaba en
las manos del mismo sacerdote celebrante cuando fue elevada sobre el cáliz”.
Continúa el relato: “La sangre que brotaba de la Hostia manchó el corporal –el
lienzo que se extiende en el altar para poner sobre él la patena y el cáliz-.
Al sacerdote le faltaron las fuerzas para continuar la Misa. Envolvió la Hostia
en el corporal y la llevó a la sacristía. Durante el recorrido, algunas gotas
de sangre cayeron sobre el pavimento y los escalones del altar, y se conservan
hasta hoy día. Gracias a este milagro, el Señor fortificó la fe de Pedro de
Praga, sacerdote de grandísima piedad y moral, pero que lamentablemente dudaba
de la real presencia de Cristo velado en las Especies, es decir, en las
apariencias sensibles del pan y del vino. La noticia del Milagro se difundió
inmediatamente, y tanto el Papa como santo Tomás de Aquino pudieron verificar
el milagro. Luego de un atento examen, Urbano IV no sólo aprobó su
autenticidad, sino también decidió que el Santísimo Cuerpo del Señor fuese
adorado a través de una fiesta particular y exclusiva”[4].
La Fiesta
del “Corpus Domini” para la Iglesia Universal se originó entonces en un milagro,
el milagro de Bolsena, milagro por el cual Dios mismo quería hacernos ver, con
los ojos del cuerpo, aquello que debemos contemplar con los ojos de la fe; por
el milagro de Bolsena, Dios nos hace ver sensiblemente que lo que la Iglesia enseña
sobre la Eucaristía es real y verdadero, es decir, que un pequeño trozo de pan
sin levadura y un poco de vino en el cáliz se convierten, por el poder del
Espíritu Santo, en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
El milagro
de Bolsena se interpreta de la siguiente manera: lo que allí sucedió y pudo ser
visto sensiblemente -el pan y el vino se convierten en músculo cardíaco y en
sangre- es lo que realmente sucede, por las palabras de la consagración y se
llama transubstanciación: el pan, por el poder de Jesús que pasa a través de la
voz del sacerdote ministerial, se convierte en la Carne de Jesús, en su Sagrado
Corazón traspasado, del cual brota Sangre, y esta Sangre es la que se recoge en
el Cáliz. Esto no puede ser visto con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos
de la fe y es para esto que Jesús hizo el milagro de Bolsena. El sentido del
milagro de Bolsena es que sepamos que, en cada Santa Misa, Jesús se hace
Presente en la Eucaristía, por el milagro de la Transubstanciación, real y
verdaderamente, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y también con
todo el Amor Eterno de su Sagrado Corazón.
Aun así, hay
una diferencia en la Santa Misa con el milagro de Bolsena: en este milagro la
Sangre de Jesús, que brotó milagrosamente de la Carne aparecida en el lugar de
la Hostia, se derramó sobre el corporal y el pavimento y quedó allí impresa,
hasta el día de hoy, como reliquia; en la Santa Misa, la Sangre de Jesús, que
aparece milagrosamente por la Transubstanciación, de la Carne Eucarística,
quiere caer, no sobre el corporal ni sobre el pavimento, para quedar como una
reliquia inerte, sino que quiere derramarse sobre los corazones de los hijos de
Dios, para colmarlos con la Vida Eterna y para llenarlos con el Fuego del
Divino Amor.
No es necesario
que el milagro de Bolsena se repita en cada Santa Misa para que creamos en la Presencia
real de Jesús en la Eucaristía: simplemente hace falta que tengamos fe en lo
que nos enseña la Santa Madre Iglesia y es que por las palabras de la
consagración que pronuncia el sacerdote ministerial –“Esto es mi Cuerpo, Esta
es mi Sangre”-, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de
Jesús, y la Sangre que sale del Corazón Eucarístico de Jesús, Jesús la quiere
derramar, no como en el cáliz, en el corporal, o en el pavimento, como sucedió
en el pueblito de Bolsena, sino en nuestros corazones, para que con esa Sangre
nuestros corazones reciban al Espíritu Santo, al Amor de Dios.
En la
Fiesta de Corpus Christi nos acordamos entonces del milagro que le dio origen y
que sucedió en el pueblito de Bolsena, en donde el pan se convirtió en el
Corazón de Jesús, de donde brotó su Sangre que se derramó en el cáliz y en el
pavimento de mármol; en la Santa Misa de Corpus Christi y en cada Santa Misa,
por medio de las palabras pronunciadas por el sacerdote ministerial, sucede el
mismo milagro que en Bolsena, solo que no lo vemos con los ojos del cuerpo,
sino con los ojos de la fe: el pan se convierte en el Sagrado Corazón de Jesús,
de donde brota su Sangre, que quiere derramarse en nuestros corazones.
[1] Cfr. Misal Romano.
[2]
https://www.facebook.com/news.va.es
[3] Cfr. ibidem.
[4] Es así que decidió extender la fiesta del Corpus Domini, hasta ese momento
únicamente fiesta de la diócesis de Liegi, a toda la Iglesia Universal,
mediante la Bula “Transiturus de hoc mundo ad Patrem”. En ella, se expone la
razón de la importancia de la Eucaristía: la presencia real de Cristo en la
Hostia.

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