miércoles, 17 de junio de 2026

“Lo que os digo al oído, proclamadlo desde lo alto de las casas”

 


(Domingo XII - TO - Ciclo A - 2026)

         “Lo que os digo al oído, proclamadlo desde lo alto de las casas” (Mt 10, 26-33). Según la revelación del Evangelio, Jesús nos habla al oído, a todos y cada uno de los bautizados, en secreto y nos dice “algo”, por eso debemos preguntarnos qué es eso que Jesús nos dice al oído, en secreto, porque luego debemos “proclamarlo desde lo alto de las casas”. Es obvio que no se trata del oído del cuerpo, ya que Jesús está usando una figura corporal para referirse a una realidad espiritual. Jesús nos habla en secreto al oído del alma. Jesús habla al alma, en secreto, en el interior del alma, y desde el interior del alma.

         Lo que Jesús nos dice “al oído”, en secreto, en el alma, debemos luego proclamarlo “desde lo alto de las casas”, es decir, en voz alta, a todo el mundo. Cuando alguien habla al oído algo -como lo hace Jesús- está comunicando un conocimiento al otro, y por lo general, quiere que este otro lo mantenga en secreto. Sin embargo, en este caso, Jesús no quiere que lo conservemos en secreto: quiere que lo que Él nos dice al oído, en secreto, por el contrario, lo proclamemos en voz alta, lo digamos en voz alta a todo el mundo.

         Jesús nos habla al oído, y Él no nos habla como un maestro más de sabiduría, sino como Dios Hijo en Persona, que es la Sabiduría Increada; además, nos habla a los integrantes del Cuerpo Místico pero no nos habla como a seres humanos, sino como a hijos de Dios y es por eso que podemos escuchar su voz y la escuchamos de la misma manera a como una oveja reconoce la voz de su pastor. Jesús nos habla al oído en cuanto Hombre-Dios, de forma sobrenatural y los bautizados, miembros de su Cuerpo Místico, podemos escuchar esta voz divina por el hecho de que Jesús nos ha hecho ser partícipes de la vida divina, de la naturaleza divina, lo que quiere decir que podemos conocer con el mismo conocimiento divino, con el mismo conocimiento de Dios, que es infinitamente superior al conocimiento de nuestra razón[1]. Por esto es que Jesús no nos habla como un simple “maestro de sabiduría”, que da consejos de moral y por esto es que nosotros lo escuchamos no con los oídos del cuerpo sino con los oídos del alma, abiertos a la Voz Divina de Jesús en el momento del Bautismo sacramental. Si lo dice Jesús, es algo que viene del mismo Dios, ya que Él es Dios Hijo encarnado. No lo dice de parte de Dios, como un profeta santo, sino que es Dios mismo quien nos lo dice. Y si Dios lo dice, es algo que sólo Dios conoce, y que el mundo no conoce, no entiende, no sabe, y jamás puede ni podrá llegar a entender, sino un hijo de Dios. Esto es en lo relativo al hecho de que Jesús nos hable, eso significa algo sobrenatural; por otro lado, en relación al contenido de lo que Jesús nos dice, también es sobrenatural, porque viene directamente de la Palabra Increada del Padre, de la Sabiduría Increada del Padre, que es Él, Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios y lo que nos dice no sólo es algo que supera infinitamente nuestra capacidad, sino que es algo contrario a lo que el mundo nos dice.

Es decir, no solo Jesús nos habla, también el mundo nos habla, pero lo que el mundo nos dice es un todo contrario a lo Jesús nos dice; el mundo nos habla del Anticristo y trata de convencernos de que Jesús y su Iglesia, la Santa Iglesia Católica y sus verdades eternas e inmutables, son algo del pasado; el mundo trata de convencernos de que no es la Iglesia la que debe santificar al mundo, sino de que la Iglesia debe mundanizarse, lo cual es falso de toda falsedad. Para el mundo, que vive con el espíritu del Anticristo, tanto la Iglesia como el catolicismo son cosas del pasado que deben ser reemplazados por otras creencias, por otros dioses, incluido el universo, considerado por el mundo como un ídolo impersonal.

         Por esta razón, no solo no debemos escuchar al mundo del Anticristo, sino que debemos preguntarnos: ¿qué es lo que Jesús nos dice en secreto, al oído del alma y que quiere que lo divulguemos desde las terrazas?

         Jesús nos dice lo que el mundo niega: que Dios es nuestro Padre por adopción y que nosotros somos hijos suyos por la gracia de filiación divina que hemos recibido en el Bautismo sacramental y por lo tanto, le pertenecemos a Dios Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo; Jesús nos dice que Él la Palabra de Dios, Él es el Verbo de Dios, el Verbo hecho carne, que se ha encarnado sin dejar de ser Dios en el seno virgen de María para que nosotros nos hagamos Dios como Él y que prolonga esta Encarnación en la Eucaristía para que cuando comulguemos, no comulguemos un poco de pan bendecido, sino a Él mismo, a su Persona Divina, la Segunda de la Trinidad y así seamos una sola cosa en Él, recibiendo su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y recibiendo así la Eucaristía recibamos la luz de la gloria divina de su Ser divino trinitario, para que ya desde este mundo y desde esta vida terrena, comencemos a vivir la vida eterna de la Trinidad.

         Lo que Jesús nos dice es aquello que el mundo sin Dios niega y es que “fuera de la Iglesia Católica no hay salvación, porque solo a través de los sacramentos de la Iglesia nos llega la gracia santificante que no solo nos perdona los pecados, sino que nos diviniza y nos salva.

         Jesús nos dice aquello que el mundo anticristiano intenta borrar de nuestras mentes y corazones y es que la Santa Misa no es un mero recuerdo piadoso de un banquete sucedido hace veinte siglos, sino el mismo Santo Sacrificio del Calvario, el mismo llevado a cabo el Viernes Santo, solo que en la Misa se renueva de forma sacramental e incruenta.

         Jesús nos dice al oído aquello que nos dicen los santos, porque los santos hablan de parte de Jesús y así nos dice San Cipriano de parte de Jesús: “Tenemos prometido un reino, el que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión, para que nosotros, que antes servimos al mundo, tengamos después parte en el reino de Cristo, como él nos ha prometido, con aquellas palabras: Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del reino que está preparado para vosotros desde la creación del mundo”[2]. Y a ese Reino de los cielos solo se llega, como nos dice Jesús, “negándonos a nosotros mismos”, negándonos en nuestras pasiones, vicios y pecados y abrazando la cruz de cada día y seguirlo a Él por Camino del Via Crucis, por el Camino del Calvario.

         Jesús nos dice al oído cuál es el Único Camino para llegar al Cielo y es unirnos a Él por la fe, la gracia, el amor.

         Jesús nos dice lo que el mundo niega y es que nuestra salvación eterna es posible solo gracias al misterio salvífico de Jesús: Jesús, que procede eternamente del seno del Padre, se encarna en el seno virgen de María y prolonga esta encarnación en el seno de la Iglesia, en la Eucaristía, para estar en medio nuestro, para estar dentro nuestro, para estar en nosotros, en Persona y así conducirnos, en el Espíritu Santo, al seno del Padre, ya desde esta vida.

Jesús nos dice lo que el mundo niega: que el prójimo merece nuestro respeto y nuestra caridad porque es una imagen suya, y porque Él está, misteriosamente, Presente en Persona en cada prójimo.

         Jesús nos dice al oído, frente al mundo anticristiano de hoy, que cree triunfar sobre Dios y sobre su Iglesia, palabras de aliento y de esperanza: “No temas a los hombres ni a los poderes del infierno. No tengas miedo, Soy Yo, en la Eucaristía”.

 



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, Editorial Desclée de Brower, Buenos Aires 1954, 57.

[2] Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
(Cap. 13-15: CSEL 3, 275-278).


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