(Domingo XIII - TO - Ciclo A – 2026)
“El
que no toma su cruz y me sigue, no es digno de Mí” (Mt 10, 37 -42). Jesús nos advierte
acerca de cuál es la condición indispensable, sine qua non, para ser
digno de Él y es el “tomar la cruz y seguirlo”. Esta es la prueba que demuestra
que el alma ama a Jesús: si toma la cruz de cada día y lo sigue por el Camino
del Calvario. El camino del cristiano es dejarlo todo para seguir a Jesús, quien
en realidad nos devolverá todo lo que hayamos dejado por Él, en la otra vida. Este
seguimiento de Jesús es muy difícil, de ahí la advertencia de Jesús. Vista
humanamente, la cruz se presenta árida, áspera, dura, difícil o incluso hasta
imposible de llevar. Pero a la cruz no hay que llevarla con una perspectiva
humana, sino divina, sobrenatural y para esto se debe imitar a Jesús, que llevó
la cruz de cada uno de nosotros por amor. Es por amor sobrenatural que debe
abrazarse la cruz. La frase de Jesús entonces queda así: “El que me ama, más
que al mundo, tomará su cruz por amor a Mí, y me seguirá”. Jesús no nos pide
algo contrario a nuestra naturaleza, sino algo superior a nuestra naturaleza,
nos pide algo sobrenatural, un amor sobrenatural, que es el Amor que proviene
de Dios, para llevar la cruz. La única forma de poder llevar la cruz, para el cristiano,
es recibiendo un Amor sobrenatural que, brotando del corazón mismo de Dios
encienda el suyo en ese mismo Amor, para que así el cristiano pueda dejar de
lado su sensibilidad y abrazar la cruz por amor y seguir a Jesús camino al
Calvario por amor.
Jesús
entonces quiere que carguemos nuestra cruz por amor y lo sigamos y aquí surge
una pregunta ¿no podía haber elegido Jesús otro camino que no sea el de la
cruz? Y a esta pregunta solo se puede responder a la luz de la fe, a la luz del
misterio pascual de Jesucristo y así vemos que la respuesta es que el camino de
la cruz no sólo es el más perfecto, sino el único para volver a Dios. Quien no
tome la cruz con amor, no podrá seguir al Hombre-Dios, que al ser elevado Él en
la cruz, nos eleva al seno de la Trinidad. Sólo la fe en Cristo Jesús, el
Hombre-Dios, crucificado por nosotros por amor, puede hacernos ver este
misterio, que es incomprensible para la sola razón humana.
En su misterio pascual de Muerte y Resurrección,
Jesús hace un doble movimiento, de descenso y de ascenso: Jesús es el
Hombre-Dios que viene del seno del Padre, se encarna en el seno virgen de
María, vive como un hombre común hasta su manifestación pública, y luego
emprende el camino de regreso al Padre, el ascenso, por medio de la cruz. Y en
ese ascenso, quiere llevarnos a todos junto a Él; para eso emprende el camino
de regreso en el Calvario. Pero el camino de regreso pasa sólo por la cruz; no
hay otro camino que el camino de la cruz[1]
para volver al seno del Padre como hijos suyos. Tomar la cruz para morir al
hombre viejo y para vivir la vida nueva de los hijos de Dios, ya desde esta
vida y luego, en la otra vida, por toda la eternidad.
La cruz no sólo representa la muerte de la
humanidad vieja, del hombre viejo, apartado de Dios -en la cruz se lleva a cabo
el cumplimiento del pedido de Jesús, de morir a nosotros mismos, porque en la
cruz morimos a nuestras pasiones, a nuestros vicios, a nuestros pecados-, sino
el nacimiento a la vida del Espíritu de Dios del hombre nuevo, el hijo de Dios.
En la cruz muere la humanidad antigua, crucificada con Cristo, y nace la nueva
humanidad, la humanidad de los hijos de Dios, de los hijos del Padre del Cielo,
los hijos que viven con la vida de la gracia santificante.
Por último, el seguimiento de Jesús con la cruz,
por el Camino del Calvario, no finaliza con la muerte del Calvario, sino en la
gloria de la Resurrección. Alguien podría pensar que el hecho de abrazar la
cruz y seguir a Jesús por el Camino del Calvario tiene como objetivo último el morir
al hombre viejo y esto es así, pero la muerte al hombre viejo no es el fin del
camino: la muerte en cruz del hombre viejo es solamente una etapa intermedia,
previa a la meta final y es el nacer al hombre nuevo, el hombre que vive con la
vida de la gracia, el hombre que vive con la luz de Dios, que es Luz Eterna e Increada.
Sin cruz no hay luz, sin la muerte de la cruz, no hay la gloria de la
resurrección. Y tener la luz de la gloria divina significa tener a Jesús que es
la Gloria Increada en el alma, por medio de la Comunión Eucarística. Por esto
es que el abrazar la cruz no finaliza en el Calvario, sino que continúa más
allá del Calvario, incluso más allá del Domingo de Resurrección, porque continúa
y finaliza en la posesión de la Persona Divina de Jesús, la Segunda de la
Trinidad, en el alma, por medio de la Comunión Eucarística. Jesús muere no para
escapársenos, así como se nos escapan nuestros seres queridos difuntos, que con
la muerte ya no están más; Jesús muere en la cruz para vivir con la vida de
gloria que era suya desde la eternidad; Jesús muere en la cruz para darnos de
comer su Cuerpo y su Sangre, cuerpo y sangre glorificados y llenos de la vida
del Espíritu de Dios, en la Eucaristía; Jesús quiere que lo sigamos hasta su
cruz para darnos su Amor Divino y la Vida nueva que brota de su Sagrado Corazón
Eucarístico.

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