(Domingo
XVIII – TO - Ciclo A - 2026)
“Levantó
los ojos al cielo, tomó los panes, y los dio a la multitud...” (Mt 14,
13-21). Jesús realiza un milagro, la multiplicación de panes y peces. Es un
milagro que no puede, de ninguna manera, ser explicado por la razón científica,
ya que es imposible de toda imposibilidad que tanto la materia inorgánica del
pan como la materia orgánica de los peces, compuesta por átomos y moléculas,
pueda naturalmente multiplicarse de una manera prodigiosa.
La única explicación
posible para la multiplicación de la materia de panes y peces es la actuación
de una fuerza superior a la de cualquier creatura racional, sea el ángel o el
hombre; solo la actuación de una fuerza con poder sobrenatural, celestial, como
la que fuerza que emana del Hombre-Dios Jesucristo, puede explicar la
multiplicación de la materia. Si el cientificismo racionalista, ateo y
materialista, se niega a reconocer la omnipotencia divina, sin embargo, la
razón humana, iluminada por la luz de la gracia y de la fe, es capaz de
reconocer la verdad acerca del milagro, esto es, que la única causa posible de
la creación de la nada de los átomos y moléculas de los panes y de los peces,
que explican la multiplicación de la nada, es el poder omnipotente de Dios Uno
y Trino, poder encauzado por la Humanidad de Jesús de Nazareth, unida
hipostáticamente, personalmente, a la Persona Segunda de la Trinidad. Ésta es
la razón por la cual la Iglesia ve en este milagro de Jesús sobre la materia un
signo del poder de la Trinidad.
Entonces, la realidad de
la causa del milagro es la omnipotencia divina, pero la intención de Dios no es
la de simplemente mostrarnos su poder -poder que, por otra parte, es patente en
la Creación del universo tanto visible como invisible, es decir, en la creación
de la naturaleza y de los ángeles-; lo que Dios pretende con este milagro es
mostrarnos su Amor, que es infinito y eterno. Esto quiere decir que, en este
milagro, más que un signo de la omnipotencia divina, vemos en este milagro un
signo del Amor de Dios.
¿Por qué decimos que el
Hombre-Dios Jesucristo realiza este milagro para demostrarnos su Amor? Porque
obra para con nosotros una doble obra de misericordia, tanto corporal como
espiritual. Obra para con nosotros una obra de misericordia corporal, al saciar
el hambre corporal con alimentos materiales, como los panes y peces. Sin
embargo, esta no es la principal obra de misericordia que obra con nosotros:
Jesús obra con nosotros una obra de misericordia espiritual, porque quiere
saciar nuestras almas, quiere saciar el hambre de Dios, de Verdad, de Belleza y
de Amor que todo ser humano posee y que solo se encuentran en Dios y que solo
Dios puede colmar. En otras palabras, Jesús desea donarnos algo infinitamente
más valioso que el alimento corporal; quiere alimentar nuestras almas no con
pan material y con carne de peces, sino con el Pan de Vida eterna, que contiene
su Ser divino y su Vida divina trinitaria; quiere alimentarnos no con carne de
pez, sino con la Carne del Cordero de Dios, la Humanidad resucitada y glorificada
de Jesús de Nazareth, contenida en la Eucaristía. Jesús multiplica panes y
peces, alimentos corpóreos y materiales, pero solo como un signo, como una
prefiguración, de una alimentación espiritual, el don celestial del Pan Vivo
bajado del Cielo y de la Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del
Divino Amor, el Espíritu Santo.
Al multiplicar el pan material, el Hombre-Dios Jesucristo sacia el hambre
corporal de la multitud, pero este milagro es solo la prefiguración de la
multiplicación de otro Pan, un Pan celestial, el Pan de Vida eterna bajado del
Cielo, el Verdadero Maná que alimenta a las almas en el desierto de la
vida, un Pan supersubstancial, que da la Vida eterna, la Vida misma de
Jesucristo, el Verbo de Dios, porque quien come de ese Pan celestial, recibe el
Cuerpo, la Sangre, el Espíritu divino y el Ser divino trinitario de Jesús. Y
cuando multiplica la carne de los peces, es para prefigurar la multiplicación
de la Carne del Cordero de Dios, la Sagrada Eucaristía.
De esta manera Jesús obra para con la humanidad una doble obra de misericordia,
porque sacia el hambre corporal con el pan material y sobre todo, sacia el
hambre de Dios, el hambre espiritual de Verdad, Bien y Amor que toda alma
posee, al multiplicar, en el Altar del Sacrificio, en la Santa Misa, el Pan de
Vida eterna, la Sagrada Eucaristía. Los milagros de Jesús, y el don de su
Cuerpo y de su Sangre, constituyen las muestras del amor más delicado por parte
de Dios hacia nosotros.
Si estas muestras del Amor Misericordioso de Dios nos asombran, nos debe
asombrar también aquello que hizo posible que Jesús pudiera hacer estos
milagros: la Encarnación de Jesús, el Verbo de Dios, en el seno virginal de la
Madre de Dios. Por esta razón el milagro de la multiplicación de panes y peces,
si bien tiene un contexto eucarístico y cristológico, también tiene un sentido
profundamente mariano: la Virgen es el Portal de la eternidad, es la Puerta del
Cielo por la cual el Verbo Eterno del Padre ingresa desde la eternidad a
nuestro tiempo terreno con todo su Ser divino, con toda su gloria y su
majestad, para hacerse carne y para luego convertirse y quedarse entre nosotros
como Pan de Vida eterna, que comunica de esta vida eterna a aquel que lo recibe
con fe, con piedad y con amor y en estado de gracia. La Virgen es el Primer
Cáliz en el cual reposó Jesús proveniente del seno de su Padre[1]; es el Primer
Sagrario, la Primera Custodia Viviente que alojó en su seno purísimo a la
Palabra del Padre convertida en Pan del cielo.
Para comprender el sentido sobrenatural figurado en la multiplicación de los
panes y peces, esto es, la multiplicación del Pan de Vida eterna y de la Carne
del Cordero de Dios, la Sagrada Eucaristía, hay que tener en cuenta el milagro
que fundamentó, permitió y precedió a estos milagros y es la Encarnación
milagrosa del Verbo del Padre en el seno virgen de María por obra del Espíritu
Santo. El Verbo de Dios se hace carne para luego donarse como Pan del cielo y
como Carne del Cordero sacrificial, que el Padre nos dona mediante el Santo
Sacrificio del Altar. El Verbo de Dios se encarna en Belén, que significa “Casa
de Pan”, para iniciar su misterio pascual de muerte y resurrección, misterio
que implica su donación de Sí Mismo como Pan de Vida Eterna. Es este misterio
de la Encarnación del Verbo el evento que anticipa y fundamenta, primero la
milagrosa multiplicación de los panes y los peces y luego la milagrosa
multiplicación, en el Altar del Sacrificio, en la Santa Misa, del Pan del
espíritu y de la Carne del Cordero, la Sagrada Eucaristía. La Eucaristía es, a
su vez, la continuación y la prolongación, en el seno de la Iglesia, el Altar
Eucarístico, del prodigio por el cual el Espíritu Santo llevó al Verbo al seno
de María[2].
El Hijo eterno del Padre se encarna en Belén, Casa de Pan, por el poder del
Espíritu Santo, en el seno virginal de la Madre de Dios, para donarse a los
hombres como Pan de Vida eterna, la Eucaristía, siendo esta donación de Sí
Mismo como Pan Vivo bajado del Cielo y como Carne del Cordero de Dios,
prefigurada y anticipada en el milagro de la multiplicación del pan material y
de la carne de pez. En otras palabras, el milagro de la multiplicación de los
panes es una figura y un anticipo del milagro por el cual Él se dona en el
banquete sacrificial eucarístico como Pan de Vida divina trinitaria.
El “Sí” de la Virgen a la
Encarnación del Verbo en su seno es el origen de los milagros, tanto de la
multiplicación de panes y peces, como la Santa Misa. El milagro de la
Encarnación del Verbo continúa y se prolonga en el tiempo y en el espacio, en
el signo de los tiempos, por medio de la liturgia eucarística: de la misma
manera a como del seno de María surgió el Verbo Encarnado, el cual luego de su
misterio pascual quedó entre nosotros como Pan que da la vida de la Trinidad,
así del seno de la Iglesia surge la Eucaristía, que es este mismo Verbo
Encarnado, Presente con su Cuerpo resucitado y glorificado, que se dona con su
Ser divino trinitario como Pan Eucarístico, como el Verdadero Maná bajado del
Cielo. Y así como la Virgen, por la Encarnación, es Casa de Pan, porque de Ella
surge el Pan de Vida eterna, así también la Esposa Mística del Cordero, la
Santa Iglesia Católica es, como María en Belén, Casa de Pan, porque de su seno,
del Altar Eucarístico, surge el Pan de Vida Eterna que es también la carne del Cordero.
Jesús multiplica panes y
peces para la multitud, demostrando así su Amor por los hombres, al saciarles
el hambre del cuerpo. Sin embargo, para con nosotros, católicos del siglo XXI,
Jesús nos demuestra un Amor Misericordioso infinitamente más grande que el
demostrado para con la multitud del Evangelio, porque a ellos les dio de comer
un alimento material, pan de trigo y carne de pescado, que en sí son caducos,
en cambio a nosotros nos alimenta con un Pan celestial, el Pan Vivo que da la
vida de la Trinidad y nos alimenta no carne de pescado, sino con la Carne del
Cordero de Dios, que es su Carne glorificada en la Eucaristía.
En el Evangelio, da de
comer a la multitud un pan material y carne de pescado asada en fuego; en el
signo de los tiempos, a nosotros, peregrinos en el tiempo hacia la Patria
celestial, nos alimenta con un Pan Vivo y con la Carne del Cordero asada en el
fuego del Espíritu: esta donación del infinito y eterno Amor del Hombre-Dios
para con nosotros en el Pan de Vida eterna deberían encender las almas de los
católicos en el Fuego del Amor Divino a Dios Uno y Trino.
[1] Cfr. María
Mensajera Argentina, Mi vida en Nazareth, Buenos Aires 1988, 4.
[2] Cfr. Matthias
Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder,
Barcelona 1964.
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