(Domingo XVII - TO - Ciclo A - 2026)
“El
Reino de los cielos se parece a un hombre (...) a un negociante (...) a una
red...” (cfr. Mt 13, 44-52). Jesús utiliza
tres figuras para darnos una idea de cómo es el Reino de los cielos: un hombre
que encuentra un tesoro escondido, un mercader de perlas que encuentra una de
gran valor, una red que atrapa numerosos peces. Las tres figuras del reino
tienen en común el hecho de que provocan en el hombre un estado de alegría tan
grande, que lleva a que el hombre venda todo lo que tiene para conseguirlo –en
el caso de las dos primeras figuras-, o en el caso de la tercera figura, la red
que atrapa numerosos peces, también significa una gran alegría para, en este
caso, el pescador. Una primera característica del Reino de los cielos es
entonces la alegría pero, como se trata de un Reino celestial, la alegría que
provoca no es una alegría al estilo terrenal, sino una alegría sobrenatural,
una alegría que es una participación a la Alegría Increada, que es Dios Uno y
Trino.
Un elemento
distintivo en la parábola y en las figuras que Jesús utiliza, es que el Reino
de Dios está, pero debe ser buscado por el hombre para poder encontrarlo y es
en este momento, en el que es encontrado, cuando el Reino de Dios provoca
alegría celestial y sobrenatural, una alegría tan grande, que aquel que
encuentra al Reino de Dios no duda en vender todo lo que tiene para adquirirlo.
Y este es otro elemento del Reino de los cielos: puede ser “comprado”, alegóricamente,
vendiendo todo lo que se tiene, para poder ser “dueño” del Reino, así como
alguien en la tierra, cuando compra un campo, es dueño de ese campo. La diferencia
con la compra terrena de un campo es que, por grande que sea el campo, no satisface
el deseo de felicidad del corazón humano, mientras que la “compra” del Reino de
los cielos colma el deseo de felicidad infinita que posee el corazón humano, al
punto de no desear ninguna otra cosa, porque su deseo de felicidad se ve
extra-colmado con abundancia.
Al hablar
del Reino de Dios, luego de meditar acerca de cómo adquirirlo, debemos
preguntarnos qué es exactamente el reino, es decir, si es una metáfora, con la
cual Jesús estaría indicando que el cristiano debe cambiar su comportamiento, o
si por el contrario, es un lugar real, que tiene un espacio físico, que se
encuentra oculto hasta que sea encontrado. Debemos preguntarnos y reflexionar
acerca de este Reino celestial que provoca tanta alegría en aquel que lo encuentra.
¿Qué es este Reino que provoca tanta alegría en el hombre y que hace que el
hombre venda todo lo que tiene para comprarlo?
El
Santo Padre Juan Pablo II nos da la respuesta y nos dice ante todo que el catolicismo
no es una lista de preceptos morales ni un mero listado de hábitos buenos; el
Santo Padre Juan Pablo II nos dice que el catolicismo es y consiste en una
Persona real, concreta, de origen divino; una Persona Eterna, la Segunda de la
Trinidad que al encarnarse en el tiempo asume la naturaleza humana para llevar
a la humanidad al seno de la Trinidad y esa Persona Divina es la Persona de
Jesucristo[1].
Esto es muy importante tenerlo en cuenta, porque así como el catolicismo no es
un conjunto abstracto de preceptos morales que debemos cumplir para que seamos
buenas personas, así también el Reino de los cielos no es una metáfora, ni una
cosmovisión: es una Persona en concreto, y esa Persona es la Persona divina de
Jesucristo. Jesús mismo identifica el reino con Él: dejar todo por el reino (Lc 18, 29), es dejar todo “por su
nombre” (Mt 19, 29; cfr. Mc 10, 29)[2].
En otras palabras, el Reino de los cielos es
Jesucristo. Y al igual que sucede en la parábola, que aquello que provoca
alegría está oculto y debe ser encontrado, así también Jesucristo está oculto y
debe ser encontrado, y al encontrarlo, en un encuentro personal, íntimo y
secreto, entre el alma y Él, debe ser preferido a todo lo que se posee, y esto se
deriva del amor de Jesús, del Amor que Él nos tiene y que debe ser
correspondido por nuestro amor: quien de veras encuentra a Jesús, no puede no
dejar de amarlo y de amarlo con todas sus fuerzas, como lo hicieron los santos,
y quien de veras lo encuentra, no duda en vender todo para poseerlo.
Otra pregunta que debemos hacernos es qué
significa el “vender todo” para conseguir el tesoro del Reino o también, para
conseguir el tesoro más valioso del Reino, que es la Persona Divina de Jesús: “vender
todo” para “comprar el reino” es una expresión es simbólica y se refiere a que
el alma no debe simplemente cambiar de conducta para simplemente ser bueno. Si esto
fuera así, entonces el catolicismo sería reducido al cumplimiento extrínseco de
una lista de mandamientos morales cuyo objetivo sería el convertirnos en buenas
personas. Sin embargo, esto no es lo que significa “vender todo” para “conseguir
el reino”.
El significado
de “venderlo todo para comprar el Reino” va mucho más allá de la mera
adquisición de buenas virtudes -lo cual en sí es algo muy bueno-: significa que
no solo debe abandonar el camino del pecado, de todo lo malo, de todo lo que
pertenece al hombre viejo, al hombre dominado por el pecado, sino que principalmente
debe tomar la decisión libre y personal de desear empezar a vivir no ya como un
simple ser humano, sino como un hijo de Dios, es decir, como un hombre-Dios,
como una imagen viviente del Hombre-Dios Jesucristo. Es decir, ser “bueno”, lo
puede ser cualquier individuo perteneciente a cualquier religión, incluso un
ateo, pero no es esto el objetivo del catolicismo: el “venderlo todo para
conseguir el Reino” significa decidir vivir según la vida de la gracia, que es
la vida de Dios Trino en el alma. Quiere decir que el alma no debe vivir como
un simple mortal, sino que debe vivir a cada instante y a cada momento la vida
nueva de los hijos de Dios, como alguien que ha sido comprado a un precio
altísimo, la Sangre de Jesús derramada en la cruz, y que, por esta misma
sangre, ha sido hecho partícipe de la naturaleza divina, y por lo tanto ya no
es más, desde el bautismo, desde el contacto físico con Jesús en la Eucaristía,
un simple hombre, sino un hombre que vive con la vida participada de la
Santísima Trinidad.
Sólo de esta manera, viviendo la vida de la
gracia –que implica vivir como el Hombre-Dios y como hombre-Dios, participando
de la naturaleza divina-, viviendo la gracia del Bautismo sacramental que lo
convirtió en hijo de Dios, el alma puede, aunque parezca algo imposible, mucho
más que vivir en el Reino, puede adueñarse
del mismo Dios, adueñarse de la Persona de Jesucristo, es decir, poseer el
Reino de los cielos, poseer a Jesucristo, como algo propio, que le pertenece.
El
Reino de Dios provoca gran alegría en el corazón humano, puede ser comprado,
vendiendo todo lo que se tiene, es decir, se puede ser dueño de ese reino. Y hay
algo que debemos también saber y es que no se debe esperar al inicio de la otra
vida para empezar a poseer este reino: ya desde esta vida terrena y mortal
podemos adueñarnos del Reino: si decimos que el Reino consiste en una Persona
concreta, en la Persona divina de Jesucristo, y que se debe vivir la vida de la
gracia para poseerlo como una cosa propia: ¿acaso no es esto la Eucaristía? Si
la Eucaristía es Jesucristo en Persona, y Jesucristo es el Reino de los cielos, la Eucaristía es el reino de los cielos, ya aquí en la tierra. Y la Eucaristía es
el don del Padre para cada uno de nosotros; nos da la Eucaristía, nos da a su Hijo
oculto en la apariencia de pan y vino, no solamente para que lo adoremos, que
debemos hacerlo, sino para que tomemos posesión de Él, de Cristo Eucaristía,
como algo que nos pertenece porque nos ha sido dado como un don celestial por
el Padre. Solo así experimentaremos la verdadera alegría, no la alegría que
viene por causas mundanas y terrenas, sino la Verdadera Alegría, la alegría
celestial, porque Jesús Eucaristía es la Alegría en Sí misma, es la Alegría en
Persona, que nos comunica de su alegría cuando lo recibimos en la Sagrada Comunión.
La Eucaristía es el tesoro escondido –Jesús en
Persona, glorioso y resucitado-, que llena de alegría sobrenatural a quien lo
encuentra, y que debe ser comprado al precio de la conversión del corazón, para
poder adueñarse de Él. Así nos lo dice la Santa Iglesia Católica, revelándonos
dónde está la verdadera alegría, cuando el sacerdote ministerial hace la ostentación
de la Sagrada Hostia luego de la consagración: “Dichosos -es decir, felices, bienaventurados,
alegres- los invitados al Banquete celestial”.
[1] Cfr. Juan Pablo II, ...
[2] cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica,
Biblioteca Herder, Barcelona 1980, voz “reino”, 767.

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