miércoles, 22 de julio de 2026

“El Reino de los cielos se parece a un hombre (...) a un negociante (...) a una red...”

 


(Domingo XVII - TO - Ciclo A - 2026)

         “El Reino de los cielos se parece a un hombre (...) a un negociante (...) a una red...” (cfr. Mt 13, 44-52). Jesús utiliza tres figuras para darnos una idea de cómo es el Reino de los cielos: un hombre que encuentra un tesoro escondido, un mercader de perlas que encuentra una de gran valor, una red que atrapa numerosos peces. Las tres figuras del reino tienen en común el hecho de que provocan en el hombre un estado de alegría tan grande, que lleva a que el hombre venda todo lo que tiene para conseguirlo –en el caso de las dos primeras figuras-, o en el caso de la tercera figura, la red que atrapa numerosos peces, también significa una gran alegría para, en este caso, el pescador. Una primera característica del Reino de los cielos es entonces la alegría pero, como se trata de un Reino celestial, la alegría que provoca no es una alegría al estilo terrenal, sino una alegría sobrenatural, una alegría que es una participación a la Alegría Increada, que es Dios Uno y Trino.

         Un elemento distintivo en la parábola y en las figuras que Jesús utiliza, es que el Reino de Dios está, pero debe ser buscado por el hombre para poder encontrarlo y es en este momento, en el que es encontrado, cuando el Reino de Dios provoca alegría celestial y sobrenatural, una alegría tan grande, que aquel que encuentra al Reino de Dios no duda en vender todo lo que tiene para adquirirlo. Y este es otro elemento del Reino de los cielos: puede ser “comprado”, alegóricamente, vendiendo todo lo que se tiene, para poder ser “dueño” del Reino, así como alguien en la tierra, cuando compra un campo, es dueño de ese campo. La diferencia con la compra terrena de un campo es que, por grande que sea el campo, no satisface el deseo de felicidad del corazón humano, mientras que la “compra” del Reino de los cielos colma el deseo de felicidad infinita que posee el corazón humano, al punto de no desear ninguna otra cosa, porque su deseo de felicidad se ve extra-colmado con abundancia.

         Al hablar del Reino de Dios, luego de meditar acerca de cómo adquirirlo, debemos preguntarnos qué es exactamente el reino, es decir, si es una metáfora, con la cual Jesús estaría indicando que el cristiano debe cambiar su comportamiento, o si por el contrario, es un lugar real, que tiene un espacio físico, que se encuentra oculto hasta que sea encontrado. Debemos preguntarnos y reflexionar acerca de este Reino celestial que provoca tanta alegría en aquel que lo encuentra. ¿Qué es este Reino que provoca tanta alegría en el hombre y que hace que el hombre venda todo lo que tiene para comprarlo?

         El Santo Padre Juan Pablo II nos da la respuesta y nos dice ante todo que el catolicismo no es una lista de preceptos morales ni un mero listado de hábitos buenos; el Santo Padre Juan Pablo II nos dice que el catolicismo es y consiste en una Persona real, concreta, de origen divino; una Persona Eterna, la Segunda de la Trinidad que al encarnarse en el tiempo asume la naturaleza humana para llevar a la humanidad al seno de la Trinidad y esa Persona Divina es la Persona de Jesucristo[1]. Esto es muy importante tenerlo en cuenta, porque así como el catolicismo no es un conjunto abstracto de preceptos morales que debemos cumplir para que seamos buenas personas, así también el Reino de los cielos no es una metáfora, ni una cosmovisión: es una Persona en concreto, y esa Persona es la Persona divina de Jesucristo. Jesús mismo identifica el reino con Él: dejar todo por el reino (Lc 18, 29), es dejar todo “por su nombre” (Mt 19, 29; cfr. Mc 10, 29)[2]. En otras palabras, el Reino de los cielos es Jesucristo. Y al igual que sucede en la parábola, que aquello que provoca alegría está oculto y debe ser encontrado, así también Jesucristo está oculto y debe ser encontrado, y al encontrarlo, en un encuentro personal, íntimo y secreto, entre el alma y Él, debe ser preferido a todo lo que se posee, y esto se deriva del amor de Jesús, del Amor que Él nos tiene y que debe ser correspondido por nuestro amor: quien de veras encuentra a Jesús, no puede no dejar de amarlo y de amarlo con todas sus fuerzas, como lo hicieron los santos, y quien de veras lo encuentra, no duda en vender todo para poseerlo.

Otra pregunta que debemos hacernos es qué significa el “vender todo” para conseguir el tesoro del Reino o también, para conseguir el tesoro más valioso del Reino, que es la Persona Divina de Jesús: “vender todo” para “comprar el reino” es una expresión es simbólica y se refiere a que el alma no debe simplemente cambiar de conducta para simplemente ser bueno. Si esto fuera así, entonces el catolicismo sería reducido al cumplimiento extrínseco de una lista de mandamientos morales cuyo objetivo sería el convertirnos en buenas personas. Sin embargo, esto no es lo que significa “vender todo” para “conseguir el reino”.

         El significado de “venderlo todo para comprar el Reino” va mucho más allá de la mera adquisición de buenas virtudes -lo cual en sí es algo muy bueno-: significa que no solo debe abandonar el camino del pecado, de todo lo malo, de todo lo que pertenece al hombre viejo, al hombre dominado por el pecado, sino que principalmente debe tomar la decisión libre y personal de desear empezar a vivir no ya como un simple ser humano, sino como un hijo de Dios, es decir, como un hombre-Dios, como una imagen viviente del Hombre-Dios Jesucristo. Es decir, ser “bueno”, lo puede ser cualquier individuo perteneciente a cualquier religión, incluso un ateo, pero no es esto el objetivo del catolicismo: el “venderlo todo para conseguir el Reino” significa decidir vivir según la vida de la gracia, que es la vida de Dios Trino en el alma. Quiere decir que el alma no debe vivir como un simple mortal, sino que debe vivir a cada instante y a cada momento la vida nueva de los hijos de Dios, como alguien que ha sido comprado a un precio altísimo, la Sangre de Jesús derramada en la cruz, y que, por esta misma sangre, ha sido hecho partícipe de la naturaleza divina, y por lo tanto ya no es más, desde el bautismo, desde el contacto físico con Jesús en la Eucaristía, un simple hombre, sino un hombre que vive con la vida participada de la Santísima Trinidad.

Sólo de esta manera, viviendo la vida de la gracia –que implica vivir como el Hombre-Dios y como hombre-Dios, participando de la naturaleza divina-, viviendo la gracia del Bautismo sacramental que lo convirtió en hijo de Dios, el alma puede, aunque parezca algo imposible, mucho más que vivir en el Reino, puede adueñarse del mismo Dios, adueñarse de la Persona de Jesucristo, es decir, poseer el Reino de los cielos, poseer a Jesucristo, como algo propio, que le pertenece.

         El Reino de Dios provoca gran alegría en el corazón humano, puede ser comprado, vendiendo todo lo que se tiene, es decir, se puede ser dueño de ese reino. Y hay algo que debemos también saber y es que no se debe esperar al inicio de la otra vida para empezar a poseer este reino: ya desde esta vida terrena y mortal podemos adueñarnos del Reino: si decimos que el Reino consiste en una Persona concreta, en la Persona divina de Jesucristo, y que se debe vivir la vida de la gracia para poseerlo como una cosa propia: ¿acaso no es esto la Eucaristía? Si la Eucaristía es Jesucristo en Persona, y Jesucristo es el Reino de los cielos, la Eucaristía es el reino de los cielos, ya aquí en la tierra. Y la Eucaristía es el don del Padre para cada uno de nosotros; nos da la Eucaristía, nos da a su Hijo oculto en la apariencia de pan y vino, no solamente para que lo adoremos, que debemos hacerlo, sino para que tomemos posesión de Él, de Cristo Eucaristía, como algo que nos pertenece porque nos ha sido dado como un don celestial por el Padre. Solo así experimentaremos la verdadera alegría, no la alegría que viene por causas mundanas y terrenas, sino la Verdadera Alegría, la alegría celestial, porque Jesús Eucaristía es la Alegría en Sí misma, es la Alegría en Persona, que nos comunica de su alegría cuando lo recibimos en la Sagrada Comunión.

La Eucaristía es el tesoro escondido –Jesús en Persona, glorioso y resucitado-, que llena de alegría sobrenatural a quien lo encuentra, y que debe ser comprado al precio de la conversión del corazón, para poder adueñarse de Él. Así nos lo dice la Santa Iglesia Católica, revelándonos dónde está la verdadera alegría, cuando el sacerdote ministerial hace la ostentación de la Sagrada Hostia luego de la consagración: “Dichosos -es decir, felices, bienaventurados, alegres- los invitados al Banquete celestial”.



[1] Cfr. Juan Pablo II, ...

[2] cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Biblioteca Herder, Barcelona 1980, voz “reino”, 767.


No hay comentarios:

Publicar un comentario