“Limpiáis
por fuera el plato, pero por dentro estáis llenos de maldad” (Lc 11, 37-41).
Un fariseo se sorprende por el hecho de que Jesús no se lavara las manos antes
de comer. Esto llama la atención del fariseo porque ellos se lavaban las manos
antes de comer, pero no por motivos de higiene física o salud, sino principalmente
por razones de pureza ritual y tradición religiosa[1]. Esta práctica no se
basaba en un mandato explícito de la Torá sino en la tradición de los ancianos
(leyes orales transmitidas de generación en generación). La costumbre del lavado
de manos y utensillos antes de comer se origina en tres motivos: uno era la
imitación del ritual del Templo, porque los fariseos decidieron extender el
mandato de Moisés de la purificación de manos y pies de los sacerdotes antes de
realizar los sacrificios, a la vida diaria, de modo que cada casa fuera como un
templo y cada mesa como un altar. Otra razón por la que adoptaron esta
costumbre es que los fariseos consideraban que en la vida de todos los días,
una persona podía tocar algo “impuro”, como un objeto tocado por un gentil, un
insecto muerto o alguien que estuviera ceremonialmente impuro, por lo que al
lavarse las manos de manera ritual[2], se eliminaban así esas
impurezas. Por último, la razón del lavado de manos se debía a que así se
pensaba que se protegía la comida sagrada, ya que consideraban que si sus manos
estaban impuras y tocaban la comida, la impureza se transfería al alimento y,
al consumirlo, ellos mismos se contaminaban espiritualmente. Todas estas reglas
y costumbres no provenían de Dios, sino de enseñanzas humanas, lo cual equivale
a decir, supersticiosas y esa es la razón por la cual colisionan directamente
con las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, quien, ante la crítica de los fariseos
de que tanto Él como sus discípulos no se lavaran las manos antes de comer, les
reprocha indirectamente la inutilidad de sus costumbres -paganas y supersticiosas-
y directamente, les reprocha su hipocresía, porque mientras se afanan por
cumplir escrúpulos y externamente reglas inventadas por hombres, haciendo creer
que eso es religión, descuidan sin embargo la esencia de la religión, que es la
bondad, la caridad, la justicia y la piedad. Es por esto que Jesús les responde
que “limpian por fuera el plato, pero por dentro están llenos de rapiña y de
maldad”, además de decirles que lo que hace impuro al hombre no es lo que está
afuera, sino lo que sale de dentro del corazón, es decir, el pecado. Jesús los
critica duramente tachándolos de “hipócritas”, porque ponen por encima tradiciones
humanas, no salidas de Dios, por encima de los mandamientos de la Ley de Dios.
“Limpiáis
por fuera el plato, pero por dentro estáis llenos de maldad”. Los fariseos eran
religiosos, pero habían vaciado la religión, cambiando su esencia, la caridad y
la justicia para con Dios y el prójimo, por la malicia del corazón y la
alabanza egocéntrica de sí mismos. Tengamos cuidado y prestemos atención,
porque no estamos exentos de cometer el mismo error de los fariseos; para ello,
alimentemos nuestros corazones con el Amor de Dios, el Amor contenido en el Sagrado
Corazón Eucarístico de Jesús.

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