viernes, 11 de marzo de 2011

Cuaresma es el tiempo del cambio del corazón; para eso está Dios crucificado, con su Sagrado Cuerpo empapado de sangre

Jesús es tentado por el demonio en el desierto

“Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto (…) Después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, fue tentado por el demonio” (cfr. Mt 4, 1-11). El Espíritu Santo lleva a Jesús al desierto y allí Jesús pasa cuarenta días sin comer ni beber, en ayuno y en oración. Al final de este largo período, Jesús siente hambre; en ese momento, el demonio se le acerca y lo tienta.

De todo este episodio puede sacar provecho el cristiano: del ayuno de Jesús, y de las tentaciones del demonio.

El cristiano puede sacar provecho del ayuno y de la oración de Jesús, porque estas dos acciones de Jesús en el desierto, prefiguran, fundamentan y caracterizan la Cuaresma del cristiano: ayuno y oración: así como Jesús pasó cuarenta días en ayuno y oración, así el cristiano debe rezar los cuarenta días de la Cuaresma, y debe ayunar y hacer abstinencia de carne según los días establecidos por el precepto de la Iglesia.

El ayuno, porque el cristiano, participando del ayuno de Jesús por la privación del alimento corporal, mortifica los sentidos y las pasiones.

La oración, porque con la oración el alma se despega de este mundo y se eleva a Dios, para entrar en diálogo de amor y de vida con la Trinidad de Personas divinas.

También de las tentaciones debe sacar enseñanzas el alma fiel, por eso las veremos una por una. El demonio tienta a Jesús con tres tentaciones distintas: en la primera, aprovechando el hambre que siente Jesús después de ayunar durante cuarenta días y noches, lo tienta con el pan, diciéndole que "si es Dios", que convierta a las piedras en pan. El diablo le dice: “Si eres Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en panes”. Al halagarlo con este título, trata de que nuestro Señor haga una muestra innecesaria y presuntuosa de su propio poder[1]. Jesús, en cuanto Dios que es, tiene el poder de hacer el milagro que le sugiere el demonio, y de hecho, obrará el milagro de multiplicar los panes, pero ahora rechaza hacer este milagro en beneficio propio, y renuncia a hacer una demostración de sus poderes al demonio. Jesús demuestra su perfecto desprendimiento de todo lo que no sea la voluntad de Dios, y así nos enseña a confiar en Dios, y a no anticiparnos a la Providencia Divina.

En la segunda tentación, el demonio lleva a nuestro Señor a Jerusalén y lo coloca en uno de los tejados del templo. Como Jesús había demostrado confianza en Dios, ahora el demonio, aprovechándose de esta confianza, quiere inducirlo a cometer un pecado de presunción, lo cual haría Jesús si le prestara oído: “arrójate abajo desde aquí”. La contestación de Jesús nos hace ver que no son los milagros los que deben condicionar nuestra confianza en Dios, porque eso sería “tentar a Dios”[2]. Es como decir: “Si Dios me hace este milagro, entonces recién voy a confiar en Él”.

En la tercera tentación, el demonio lleva a Jesús a un monte sobre la llanura de Jericó, y trata de tentar a Jesús con el poder terrenal, ofrecido a cambio de que Jesús lo adore a él. Pero Jesús le recuerda que sólo a Dios se debe adorar.

Las tentaciones son tres, pero en todas está latente una misma propuesta: conseguir la corona, el triunfo, la gloria, sin la cruz. El demonio sugiere el camino más fácil, y el más engañoso, y por eso va escalonando sus tentaciones, de modo creciente: la satisfacción del hambre, la aclamación como mesías, porque haría un milagro en un templo religioso, y así la gente lo aclamaría como mesías, y luego, atacando la confianza en Dios, invita a una apostasía total de Dios y a una confianza ciega en Satanás, lo cual es indicio de que en el alma reina la soberbia[3].

San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, dice que el demonio repite con el hombre las mismas tentaciones con las cuales trató de tentar a Jesús, buscando que el hombre se aleje de Dios por tres escalones descendentes: primero, lo tienta con la codicia de bienes materiales, que serían el equivalente a los panes; luego, lo tienta con la vanagloria, con el deseo de ser aclamado, y por último, lo tienta con la autosuficiencia y la soberbia, que hace partícipe al alma del pecado demoníaco en el cielo, y aleja completamente al alma de la Presencia de Dios, a la par que lo encadena y lo retiene bajo su mando, como un esclavo.

Las tentaciones de Jesús nos tienen que llevar a considerar que el hombre, con la ayuda de la gracia, no solo puede vencer absolutamente al enemigo de la raza humana, sino que es capaz de cumplir la voluntad de Dios en su vida.

Los cuarenta días de ayuno y de oración de Jesús en el desierto, y su posterior rechazo de la tentación demoníaca, anticipan la Cuaresma de la Iglesia como tiempo litúrgico.

Pero, ¿qué es la Cuaresma en cuanto tiempo litúrgico? ¿Qué es lo que la diferencia de otros tiempos litúrgicos, y del tiempo profano?

La Cuaresma es el momento de preparar el espíritu para recibir la gracia de la conversión, por medio del ayuno y de la oración, como hizo Jesús en el desierto.

Al iniciarse la Cuaresma, los cristianos debemos examinarnos profundamente en nuestras conciencias y debemos practicar el ayuno, fuertemente, tanto el corporal, pero sobre todo el espiritual: el negarse a lo que el pensamiento desee llevar, dando gusto a lo que la criatura quiere y desea de manera egoísta.

La Cuaresma es el tiempo para anular los deseos desordenados, contrarios a la ley divina; el ayuno de la Cuaresma consiste en rechazar toda palabra que cause mal, todo pensamiento en contra de los hermanos, en contra del prójimo; el ayuno de Cuaresma es evitar las malas miradas y los malos sentimientos, que llevan a caer en el desamor y en el pecado.

La Cuaresma es el tiempo de la negación de sí mismo y de tomar la cruz del Amor, de la salvación, de la fraternidad, de la fe. Es tiempo de olvidar los rencores del pasado y del presente, de las rencillas, y de las ofensas recibidas, y es tiempo de pedir perdón por las veces en que hemos ofendido.

Este ayuno es el que se eleva hacia el Trono de la Santísima Trinidad, como incienso precioso y agradable. La Cuaresma es tiempo de ayuno de las palabras y del ruido exterior, ofreciendo el silencio, tanto interior como exterior. El silencio, interior y exterior, fruto del ayuno de las palabras innecesarias y vanas, es el paso previo para detener el pensamiento y fijarlo en la oración.

De esta manera, preparado el espíritu humano, por el ayuno y la oración, recibe la gracia, y con la gracia, la vida, el amor, la luz y la alegría de Dios Uno y Trino, y de esta manera, el corazón humano, así iluminado por el Amor divino, sirve como un dique que contiene el inmenso mar de odio que ya ha tomado posesión de los hombres.

Un corazón endurecido, un corazón de piedra, únicamente es doblegado por el Amor, y para que el Amor divino fluya a través del Cuerpo Místico, es que los bautizados ayunan y oran en Cuaresma. “Dios es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 16), dice el evangelista Juan, y quiere derramarse sin medida sobre los corazones humanos, pero solo lo puede hacer en un corazón contrito y humillado, arrepentido de sus pecados, y la Cuaresma es el tiempo propicio para que actúe la gracia, transformando al corazón humano en un recipiente sin fondo en donde se derrame el Vino Nuevo, el mejor vino, el Vino del Amor de Dios, la Sangre del Cordero.

Cuaresma es el tiempo para orar, y para orar sin descanso la principal de las oraciones, el Santo Rosario, en toda situación, en todo tiempo, en todo lugar.

La Cuaresma es el tiempo litúrgico en el que, de modo especial, el Amor de Dios se derrama sobre los pecadores arrepentidos, y sobre los corazones transformados por la gracia, que toma un nuevo rumbo, de amor, de perdón, de caridad, de santidad. Ni siquiera con la mirada deben los hijos de Dios juzgar a su prójimo.

Cuaresma es el tiempo de la conversión; es el tiempo del cambio del corazón, y para eso es que Dios está en la cruz, con su Sagrado Cuerpo crucificado y empapado de sangre; Cuaresma es el tiempo para alzar la vista hacia Dios crucificado, y ver la inmensidad del amor de un Dios que no duda en sacrificar su vida por los hombres; es el tiempo para conmover el duro corazón humano, al ver el estado en el que ha quedado Dios encarnado, por la furia deicida del hombre; es el tiempo para acercarse a Cristo crucificado, y escuchar el suave latido de su Corazón, que late con la fuerza y el ritmo del Amor divino.

Cuaresma es el tiempo para no hacer vano el sacrificio del Hombre-Dios en la cruz; es el tiempo para que los corazones de los cristianos latan al unísono con el Corazón de Jesús, que sientan con Él. Si la Cuaresma pasa sin ayuno, sin oración, sin deseos de cambio de corazón, en vano será que Jesús abrió su Corazón, dejando que lo traspasen en la cruz; en vano serán las gracias infinitas que brotan de su Corazón.

No dejemos transcurrir la Cuaresma sin hacer nada, viviendo nuestro cristianismo con una actitud pasiva, cómoda, fácil, que se limita a simplemente escuchar, pero luego se deja pasar, porque se escucha como quien oye caer la lluvia.

Jesús no tuvo ninguna comodidad en el desierto: pasó hambre, sed, soledad, sufrió el calor insoportable y quemante del sol, y padeció el frío lacerante de la noche del desierto, con temperaturas bajo cero; Jesús no tuvo ninguna comodidad en la cruz, suspendido por los clavos de hierro, con su cuerpo lacerado, ensangrentado, cansado, agobiado, ultrajado; en la cruz pasó sed y hambre; fue insultado, fue dejado morir, todo por nosotros, y nosotros, pasamos la Cuaresma cómodos y sin hacer nada, sin tomar la cruz, y sin decidirnos a seguir a Jesús, y no solo eso, sino que vivimos por y para los placeres y las comodidades de la tierra –televisión, computadoras, videojuegos, paseos, fútbol, cine, asados, salidas, diversiones mundanas, y tantas cosas más, muchas de ellas contrarias al querer divino-, habiendo sido llamados, por el Divino Amor, a padecer el Calvario junto a Jesús.

Tomemos la cruz, y abracémosla, y sigamos libremente a Jesús camino del Calvario, movidos por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, para ser crucificados con Él.

De otra manera no tendremos vida eterna.


[1] Cfr. Orchard. B., et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 352ss.

[2] Cfr. Orchard, ibidem, 353.

[3] Cfr. ibidem, 354.

jueves, 10 de marzo de 2011

Por qué tenemos que ayunar


"¿Por qué tus discípulos no ayunan?” (cfr. Mt 9, 14-15). Los discípulos de Juan, atados a la Ley Antigua, no pueden entender que los discípulos de Jesús no ayunen en los días establecidos por la ley. Jesús les explica la razón: los amigos del Esposo no pueden ayunar si el Esposo está entre ellos; ayunarán cuando el Esposo les sea quitado.

Con una sola frase, explica la abolición del ayuno del Antiguo Testamento, y justifica el ayuno cuaresmal del Nuevo Testamento: el Esposo es Él, y Él está todavía porque no ha consumado todavía la Pasión; "los amigos del Esposo", es decir, sus discípulos, ayunarán cuando Cristo suba a la cruz y de su vida en expiación de los pecados de los hombres.

Este pasaje es el fundamento por el cual la Iglesia toda ayuna en Cuaresma -y también en otros tiempos litúrgicos, pero con más intensidad den Cuaresma-: en este tiempo litúrgico, la Iglesia, por la fe y por la liturgia, y mediante la gracia, participa, de un modo misterioso pero real, de la Pasión del Hombre-Dios Jesucristo; participa, de un modo real, de su ayuno de cuarenta días en el desierto, de manera tal que la Pasión toda, y en particular, el ayuno de Jesús que se conmemora en Cuaresma, no se limita a un mero recuerdo piadoso, sino que consiste en una participación real, ontológica, al ayuno y a la Pasión del Señor, que se hacen actuales por el misterio litúrgico. Con su ayuno corporal –y su ayuno de obras malas, ante todo-, el cristiano perpetúa y prolonga, en el tiempo, el ayuno que Cristo realizó en el desierto, hace dos mil años. Y como el ayuno de Cristo fue un ayuno salvífico, también lo es el del cristiano.

“¿Por qué tus discípulos no ayunan?”, preguntan los discípulos de Juan, extrañados por el comportamiento de los discípulos de Jesús. "¿Por qué los cristianos ayunan en Cuaresma?”, pregunta extrañado el mundo, ante el precepto del ayuno cuaresmal de la Iglesia. Y la respuesta es que cada cristiano es otro cristo, que continúa su Pasión de amor a través de ellos. Cada cristiano que ayuna, es Cristo que continúa el ayuno de su Cuerpo real, a través del cuerpo físico de los bautizados, su Cuerpo Místico.

Cada cristiano que ayuna, es Cristo que con su ayuno y su Pasión salva al mundo y glorifica a la Trinidad.

martes, 8 de marzo de 2011

Miércoles de Cenizas


¿Por qué el rito de las cenizas? ¿Qué nos recuerdan las cenizas?

Las cenizas nos recuerdan la fugacidad del paso del hombre sobre la tierra; nos recuerdan que nacimos del polvo, es decir, de la naturaleza de nuestros padres, y que al polvo volveremos, es decir, nuestro destino es la muerte y ser sepultados en la tierra; nos recuerdan que la existencia humana, comparada con la eternidad divina, es como un soplo, como una brisa, que pasa y no vuelve; nos recuerdan, por lo tanto, que somos nada, pero al mismo tiempo, nos recuerdan nuestro pecado, nuestra maldad, porque esta nada que somos, que es “nada más pecado”, se ha atrevido a golpear en el rostro a su Dios, que se encarnó por nuestro amor, y no solo lo golpeamos, sino que lo escupimos, lo insultamos, lo flagelamos, lo coronamos de espinas, lo clavamos con gruesos clavos de hierro, le dimos a beber vinagre para su sed, lo dejamos agonizar, y le traspasamos su Corazón.

Nuestras cenizas nos recuerdan entonces que somos “nada más pecado”, y que nuestro destino irreversible es el dolor y la muerte, como consecuencias de habernos alejado voluntariamente de la santidad divina.

Las cenizas nos recuerdan el misterio de la iniquidad que anida en el corazón del hombre, ante el cual ni el mismo Dios encuentra explicación, y es por eso que desde la cruz, Jesús nos dice: “Pueblo mío, respóndeme, qué mal te he hecho, en qué te he ofendido; te guié por el desierto, te libré del mar y de tus enemigos, te llevé a tu tierra, y Tú me hiciste una cruz”. Ni siquiera Dios puede explicarse el misterio de iniquidad y de maldad que anida en el corazón humano, es decir, Dios no puede explicarse porqué ofendemos a Dios, siendo Dios un Ser de Bondad infinita, sin sombra alguna de maldad; porqué huimos del Hombre-Dios Jesucristo, como si Él fuera un malhechor, mientras que nos inclinamos por las obras de la oscuridad; por qué rechazamos su Presencia, fuente de Amor, de paz y de alegría, y nos dejamos seducir por los placeres del mundo, que solo saben a cenizas y que solo dejan en el alma angustia y dolor.

Pero al mismo tiempo, las cenizas nos recuerdan que en Cristo tenemos la esperanza, y que en Él nuestra muerte ha sido vencida, y nuestro pecado ha sido borrado, porque Él ha asumido esta naturaleza caída, este cuerpo de arcilla, esta alma inmortal envuelta en la oscuridad, y la ha santificado, la ha bañado con su sangre, la ha glorificado con su resurrección, la ha iluminado con su luz y la ha introducido en el seno de la Trinidad por la gracia.

lunes, 7 de marzo de 2011

El significado de la Cuaresma


La Iglesia inicia un nuevo período cuaresmal, el cual tiene una duración de cuarenta días, para conmemorar los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto.

Pero, ¿cuál es el sentido último de la Cuaresma? ¿Lo único que hace la Iglesia es conmemorar, hacer presente por el recuerdo, los cuarenta días de Jesús en el desierto?

La Cuaresma tiene un sentido mucho más profundo que un mero recuerdo, y un significado sobrenatural inmensamente más grande que la mera evocación de la estadía de Jesús en el desierto.

En Cuaresma –como en todo tiempo litúrgico-, la Iglesia se introduce en el misterio sobrenatural del Hombre-Dios Jesucristo, pero esta introducción en el misterio no se reduce a un mero recuerdo de la memoria: la Iglesia, por la gracia divina que, brotando del Hombre-Dios como de su fuente, se derrama sobre ella de modo continuo, se vuelve partícipe de su vida y de sus misterios, lo cual quiere decir que, para la Iglesia, y por el influjo de la gracia, las acciones salvíficas del Hombre-Dios se vuelven actuales y se renuevan por medio de la liturgia.

La presencia de la acción salvífica de Jesús implica una unión espiritual e íntima por la gracia de los bautizados con Cristo, por medio de la liturgia, y a su vez, por el misterio de la liturgia, implica la contemporaneidad de la Iglesia, de sus miembros, con Cristo, en una misteriosa pero real participación al eterno “hoy” del Dios eterno[1].

Uniéndonos a Cristo en el misterio, nos volvemos contemporáneos suyos, y Él es, para nosotros, su Iglesia, ni pasado ni futuro, sino nuestro presente, que permanece siempre con nosotros[2]. Se establece así una íntima comunión de vida y de amor, ya en la tierra, como anticipo de la que se dará en el cielo, con Cristo, al tomar parte, de modo esencial, de su vida y de su obra[3], porque la acción salvífica de Cristo se continúa y se actúa en el tiempo, misteriosamente, por la participación de los fieles en la liturgia.

Esto quiere decir que la Iglesia se vuelve partícipe, por la liturgia, de la vida de Jesús, y particularmente, en el tiempo de Cuaresma, participa de modo activo de su ayuno y de su oración en el desierto, es decir, de modo real y no figurado, y de modo real y no meramente en el recuerdo.

De esto se sigue la validez, la actualidad y el sentido del ayuno corporal, de la abstinencia de carne los viernes, de la penitencia, de la mortificación, y del aumento de la oración: si el Señor de los cielos ayuna y ora en el desierto, por la salvación de los hombres, ¿puede la Iglesia, en sus miembros particulares, laicos y sacerdotes, banquetear, alegrarse según las alegrías del mundo, disiparse en los vanos festejos de la mundanidad, participar de la exaltación de la carne, tal como se da en los carnavales? De ninguna manera: la Iglesia debe hacer ayuno y oración, penitencia y mortificación, para acompañar a su Señor que por los hombres se priva de manjares y sufre sed, calor y frío en el desierto. La Iglesia, en Cuaresma, debe internarse en un desierto espiritual, acompañando a Jesús que reza en el desierto de arena.

La Cuaresma de la Iglesia está anticipada y prefigurada en los cuarenta años en los que el Pueblo Elegido peregrinó por el desierto, hasta llegar a la Tierra Prometida, la ciudad de Jerusalén, en donde se encontraba el Templo: así como los judíos peregrinaron por cuarenta años por el desierto, bajo el sol ardiente y bajo el frío helado de la noche, alimentándose del maná bajado del cielo, y calmando su sed con el agua de la roca: “Moisés alzó la mano y golpeó la peña con su vara dos veces. El agua brotó en abundancia, y bebió la comunidad y su ganado” (cfr. Num 20, 11).

Del mismo modo, así la Iglesia, Nuevo Pueblo Elegido, peregrina por el desierto del mundo, en pos de la Tierra Prometida, la Nueva Jerusalén, la Jerusalén celestial, en donde está el Templo y el Sacerdote de la Nueva Alianza, Cristo Jesús; la Iglesia peregrina en el desierto del mundo, y sus miembros caminan en el mundo buscando de evitar el sol ardiente de las pasiones y bajo el frío helado de los corazones sin Dios, alimentándose del Nuevo Maná, del “verdadero pan del cielo” (cfr. Jn 6, 32), el Cuerpo sacramentado de Cristo Jesús en la Eucaristía, bebiendo del agua cristalina de la gracia, que brotó como un manantial inagotable de la Roca traspasada, el Corazón abierto del Salvador en la cruz.

El significado entonces de la Cuaresma no se limita a un mero recuerdo piadoso: se trata de participar, por la gracia, por la fe, y por el misterio de la liturgia, de la Pasión salvadora del Hombre-Dios, y es así como no solo se justifican el ayuno, la penitencia y la oración, sino que se da a estos un sentido salvífico, porque se convierten en el ayuno, en la penitencia y en la oración de Jesús, el Cordero Inmaculado.


[1] Cfr. Casel, O., Il mistero del culto cristiano, Edizioni Borla, Roma 1960, 193.

[2] Cfr. Casel, ibidem.

[3] Cfr. ibidem.

viernes, 4 de marzo de 2011

No todo el que dice "Señor, Señor", entrará en el Reino de los cielos


“No todo el que dice “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos” (cfr. Mt 7, 21-27). Jesús se refiere al Día del Juicio Final: “en aquel día”, y previene contra la hipocresía del fariseísmo, que piensa que por ser religiosos, ya está asegurada la entrada en el cielo.

El evangelio de hoy se dirige a aquellos que son religiosos, es decir, a aquellos que practican su religión –laicos, sacerdotes, que rezan, que asisten a misa, que celebran la misa, en el caso de los sacerdotes-, ya que Jesús pone como ejemplo a quienes le dirán: “En tu nombre predicamos, en tu nombre profetizamos, en tu nombre echamos demonios, en tu nombre hicimos muchos milagros”. A esos, Jesús les dirá: “No os conozco, apartaos de Mí, malvados”.

¿Por qué será así? ¿Por qué la aparente dureza de corazón de Jesús, que rechazará a quienes en su nombre hicieron milagros, expulsaron demonios?

Jesús no es duro de corazón, y el motivo por el cual los echará será el hecho de “no conocerlos”: “No os conozco”.

¿Por qué no los conoce Jesús? ¿No debería conocerlos Jesús, ya que ellos obraron milagros y expulsaron demonios en su Nombre? Jesús no los conoce porque estos tales no fueron a conocerlo a Jesús donde Jesús se encontraba: en el desvalido, en el huérfano, en el necesitado, en el hambriento, en el encarcelado, en el enfermo, en el hambriento, en el sediento, en el despojado de todo. Jesús está en todos y en cada uno de nuestros prójimos más necesitados, y es por eso que quien no los asiste, no conoce a Jesús, y Jesús no los conoce a ellos.

Este será el motivo por el cual Jesús les dirá: “No los conozco”, y los expulsará de su Presencia. Pero hay otro elemento a tener en cuenta, muy importante, y tan importante, que es decisivo para la condenación de quienes no conocen a Jesús, y es la ausencia de amor fraterno y de caridad en los corazones de los que se dicen ser religiosos. Por eso Jesús les dice: “Apartaos de Mí, malvados”. El “malvado” es aquel en cuyo corazón están ausentes el Bien, la Verdad y el Amor que provienen de Dios, y en cambio, están presentes el mal, el error y el odio.

El hipócrita fariseo es el que disfraza y encubre la maldad de su corazón con una pátina superficial de religión; cree que por rezar, por asistir a misa, por confesarse y comulgar, entrará en el Reino de los cielos, pero al mismo tiempo, descuida la caridad, la compasión, el amor y la misericordia para con el prójimo, olvidándose que todo lo que se hace al prójimo, se lo hace en realidad a Cristo Dios que inhabita en el prójimo.

El prójimo es un cuasi-sacramento de la Presencia de Cristo, y es por eso que si olvidamos al prójimo, imagen de Cristo, olvidamos a Cristo en la realidad.

Seremos condenados por mucho menos que no atender a los moribundos indigentes, como hacía la Madre Teresa; para ser rechazados por Jesús en el Último Día –y antes, en el Juicio Particular-, bastará con negar el respeto, el honor, y el saludo, a un progenitor, en el caso de un hijo; bastará con ser agresivos e injustos para con los hijos, en el caso de un padre; bastará con negarse a la reconciliación, al perdón mutuo, a la comprensión, en el caso de los esposos, o de los hermanos, y así con todas las situaciones de las relaciones humanas.

Muchos hijos, con total desaprensión, y con total tranquilidad de conciencia, desatienden a sus padres, dejándolos morir en la soledad, sin preocuparse por sus necesidades; muchos padres, con total desaprensión, se olvidan de que son padres, y desatienden a sus hijos, abandonándolos en la vida, sin importarles de los lobos rapaces que los acechan; muchos esposos, tranquilamente, deciden separarse e iniciar “una nueva etapa”, desuniendo sacrílegamente lo que Dios ha unido, y uniendo aún más sacrílegamente, lo que Dios no ha unido. Aún así, pretenden entrar en el Reino de los cielos, y es para advertirles que no entrarán si persisten así, en la dureza de corazón, que Jesús nos habla a través del Evangelio.

No en vano Jesús advierte que, en el Último Día, lo que granjeará la entrada al Reino de los cielos será la misericordia obrada, en el amor de Dios, para con el más necesitado, en donde está Él en Persona: “Venid a Mí, benditos, porque tuve hambre, y me disteis de comer; sed, y me disteis de beber; estuve enfermo y me consolasteis; estuve preso y me visitasteis…”.

En cambio, a los que se condenen, les dirá: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; estuve enfermo y no me consolasteis; estuve preso y no me visitasteis” (cfr. Mt 25. 31-46). De esto vemos que la entrada al Paraíso depende del amor que tengamos a nuestro prójimo, y al prójimo más necesitado, por eso difícilmente entrará quien reniegue de sus padres, o quien niegue asistencia a sus hijos, o el cónyuge que se niegue a la reconciliación, o aquel que se niegue a perdonar las ofensas recibidas del prójimo.

“No todo el que dice “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de Dios”.

¿Y cuál es la voluntad de Dios? Que seamos santos.

¿Y cómo se llega a la santidad?

Por la oración, la penitencia, la mortificación de los sentidos, el ayuno, la frecuencia de los sacramentos. Se llega a la santidad no sólo evitando lo malo –el egoísmo, la soberbia, la avaricia, la ira, la codicia, la lujuria, la pereza, la gula, el rencor del corazón-, sino buscando de ser cada vez más buenos, en la imitación del Sagrado Corazón de Jesús: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (cfr. Mt 11, 29).

El Corazón de Jesús es manso, humilde, paciente, bueno, puro, casto, amable, bondadoso con todos, caritativo. Solo en la imitación del Corazón de Jesús seremos santos, y sólo así entraremos en el Reino de los cielos, porque sólo así cumpliremos el mandamiento más importante de todos, el amor: “Amar a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo” (cfr. Mt 22, 34-40).

Estamos llamados a amar a Dios por sobre todas las cosas, con todo el ser, con toda el alma, con todo el corazón, con toda la mente, y al prójimo como a uno mismo, todos los días, pero este mandamiento no se cumple sólo proclamándolo, sino actuándolo, es decir, por medios de obras, más que por discursos y sermones.

El amor a Dios debe ser demostrado por medio de actos, de obras, diariamente, todos los días. No se puede decir que se ama a Dios, y al mismo tiempo se vive sin rezar y sin cumplir los mandamientos. Son las obras las que demuestran qué es lo que hay en el corazón, si luz u oscuridad. Si hay luz en el corazón, entonces la persona amará a su prójimo –la esposa al esposo, los hijos a los padres, los hermanos entre sí-, pero si hay oscuridad en el corazón, entonces la persona no ama a su prójimo –el esposo no ama a su esposa, los hijos no aman a sus padres, los hermanos no se aman entre sí, y los hombres en general no se aman tampoco-.

“No todo el que dice “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”, y la voluntad de Dios Padre es que amemos a Cristo que está en el prójimo, y al prójimo que está en Cristo: “lo que hagáis al más pequeño de estos, a Mí me lo habéis hecho” (cfr. Lc 10, 17).

Es Cristo quien nos habla por boca de San Juan Crisóstomo[1]: “Pasé hambre por ti, y ahora la padezco otra vez. Tuve sed por ti en la Cruz y ahora me abrasa en los labios de mis pobres, para que, por aquella o por esta sed, traerte a mí y por tu bien hacerte caritativo. Por los mil beneficios de que te he colmado, ¡dame algo!...No te digo: arréglame mi vida y sácame de la miseria, entrégame tus bienes, aun cuando yo me vea pobre por tu amor. Sólo te imploro pan y vestido y un poco de alivio para mi hambre. Estoy preso. No te ruego que me libres. Sólo quiero que, por tu propio bien, me hagas una visita. Con eso me bastará y por eso te regalaré el cielo. Yo te libré a ti de una prisión mil veces más dura. Pero me contento con que me vengas a ver de cuando en cuando. Pudiera, es verdad, darte tu corona sin nada de esto, pero quiero estarte agradecido y que vengas después de recibir tu premio confiadamente. Por eso, yo, que puedo alimentarme por mí mismo, prefiero dar vueltas a tu alrededor, pidiendo, y extender mi mano a tu puerta. Mi amor llegó a tanto que quiero que tú me alimentes. Por eso prefiero, como amigo, tu mesa; de eso me glorío y te muestro ante todo el mundo como mi bienhechor”.

Imitemos la bondad, la mansedumbre, la caridad, el amor y la compasión del Sagrado Corazón de Jesús, y estaremos seguros de entrar en el Reino de los cielos.


[1] Homilía 15 sobre la Epístola a los Romanos.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Señor, que vea


“Señor que pueda ver” (cfr. Mc 10, 46-52). Un ciego oye que pasa Jesús y se pone a gritar para llamar la atención. Los discípulos tratan de hacerlo callar, pero el ciego continúa gritando aún más fuerte, hasta que Jesús lo llama a su Presencia. Una vez delante de Jesús, el ciego, que ya lo había tratado como un rey, al llamarlo “hijo de David”, se postra ante Jesús, en señal de adoración, y le suplica poder ver. Jesús, en atención a su fe, le concede la vista.

El episodio, que puede parecer uno más de entre tantos de curaciones milagrosas obradas por Jesús, tiene un profundo simbolismo sobrenatural, que va más allá de la mera curación corporal.

El que acude a Jesús es un hombre ciego, es decir, es alguien que vive en la oscuridad, puesto que no puede ver la luz del día, a causa del daño sufrido en sus ojos. El hombre ciego, además de haber sido una persona con existencia real, es un símbolo de la humanidad que, a consecuencia del pecado original, ha sido expulsada del Paraíso y, alejada de Dios, fuente de luz y Él mismo luz eterna e indefectible, vive en la “oscuridad y en sombras de muerte”, como dice el profeta.

El hombre, alejado de Dios desde su concepción y desde su nacimiento, debido a que el pecado de los primeros padres, Adán y Eva, se transmite de generación en generación, vive como un ciego espiritual, aún cuando pueda ver con los ojos del cuerpo, y esto se ve en la enorme dificultad que tiene para reconocer la Verdad y para acercarse a ella.

La ceguera espiritual se debe a la ausencia de la gracia divina, que es luz que ilumina al alma con la esencia del Ser divino, que es luz en sí mismo, y así iluminada, el alma comienza a vislumbrar los misterios de Dios no con su propias capacidades limitadas e imperfectas, sino al modo de Dios.

Por la gracia, el alma es iluminada, y así sale del estado de ceguera, y también de ignorancia, porque la no contemplación de Dios, que es la Verdad en sí misma, además de provocar oscuridad en el alma, es causa de ignorancia de sus misterios.

“Señor que pueda ver”. Todo cristiano debe hacer suya la petición del ciego del evangelio, porque todo cristiano necesita de la luz de la gracia para contemplar a Cristo Dios en sus misterios.

Así como el ciego, aún estando físicamente muy cerca de una fuente potente de luz, no puede ver nada, así es el hombre en relación al misterio de Jesucristo en la Eucaristía: estamos cerca físicamente de la Hostia, Sol radiante de luz divina, pero no vemos nada con los ojos del cuerpo, sólo algo que aparenta ser pan.

Por eso esta petición es tanto más necesaria cuanto más cerca estamos de la Eucaristía, en la Santa Misa y en la adoración eucarística, no para ver cosas con los ojos del cuerpo, sino para que los ojos del alma, iluminados por la luz de la fe y de la gracia, contemplen, a través del velo sacramental, a Cristo Dios.

martes, 1 de marzo de 2011

¿Podéis beber del cáliz que Yo he de beber?


“¿Son capaces de beber el cáliz que Yo he de beber?” (cfr. Mc 10, 32-45). De buenas a primera, podría parecer que Santiago y Juan están pecando de soberbia y de vanagloria, al pedir a Jesús “sentarse a la derecha y a la izquierda” suya en los cielos.

Podría parecer eso, porque eso es lo que los mundanos apetecen: el poder. Pero la intención de ambos se demuestra recta cuando Jesús les pregunta si ellos serán capaces de “beber del cáliz que Él está por beber”, y le responden afirmativamente. Esto demuestra que lo que en realidad quieren, es la salvación eterna, sabiendo que esta sólo viene por la cruz, tal como Jesús se los dice explícitamente; es decir, demuestran que no los mueve el vano interés del poder, sino que los mueve el amor a Cristo, porque es por amor a Él que “beberán del cáliz”, es decir, acompañarán a Jesucristo camino del Calvario.

La intención de Santiago y Juan -aún cuando parece lo contrario, es decir, que buscan la vanagloria, tal como lo deducen los otros Apóstoles porque se molestan con ellos-, es la de participar de la cruz de Jesús, porque la pregunta de ellos viene después de que Jesús les anuncia proféticamente su misterio pascual: “El Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas…”.

Para llegar a la gloria y al poder de los hijos de Dios, gloria y poder participados de la gloria y poder de Jesucristo, Dios Hijo, deberán participar primero de la ignominia, del dolor, y de la tribulación del Calvario. Para poder sentarse en los tronos del cielo, a la derecha o a la izquierda de Jesucristo, Santiago y Juan, y con ellos, los demás Apóstoles, deberán beber del cáliz amargo de la Pasión de Jesús: deberán acompañar a su Maestro, que se enfrentará a las fuerzas del infierno, encabezadas por el mismo Satanás, y a las fuerzas del mundo, contrarias a Dios y a su plan de salvación, serviles al poder del infierno que buscará la perdición eterna de las almas.

“Jesús, queremos sentarnos a la derecha y a la izquierda en tu Reino”. Para hacerlo, les dice Jesús, deberán beber del cáliz amargo de la traición de los más cercanos, comenzando por Judas Iscariote, y la de todos aquellos bautizados, laicos y sacerdotes, que a lo largo de la historia humana traicionarán a Jesús, pasándose en su totalidad al Enemigo de las almas, vendiendo las suyas por dinero, por poder y por fama mundana.

Para sentarse en los tronos de gloria del Reino de Dios, los Apóstoles deberán beber del cáliz amargo de la traición sufrida por el mismo Jesús, el abandono cobarde de sus discípulos más cercanos, que lo dejarán solo en los momentos más duros y crueles, con la sola compañía de su Madre Amantísima.

Para poder sentarse en los tronos de gloria del Reino del Padre, los Apóstoles deberán participar de los dolores agudísimos y atroces sufridos por Jesús en su Cuerpo, cuando sea flagelado, coronado de espinas, crucificado, y deberán también participar del escarnio sufrido por Él, cuando esté suspendido en la cruz, y en los siglos venideros, cuando sea abandonado en los Tabernáculos, y dejado en la soledad más completa, a causa de la indiferencia y del desamor de los hombres por su Presencia eucarística.

“Jesús, queremos sentarnos a la derecha y a la izquierda en tu Reino”. También nosotros pedimos lo mismo, porque es totalmente lícito desear la gloria de los cielos, y también a nosotros nos hace Jesús la misma pregunta: “¿Podéis beber del cáliz que Yo he de beber?”. También a nosotros nos pide Jesús participar del sacrificio de la cruz, el mismo sacrificio que se renueva sacramental e incruentamente, en la Santa Misa, en donde el Cordero místico de Dios derrama su Sangre, que es recogida por la Iglesia en el cáliz del altar. Quien bebe de esta Sangre y come su carne, y acompaña esta comida y esta bebida con un corazón contrito y humillado y con obras de misericordia, tiene ya desde esta vida asegurado un puesto de privilegio en los cielos.