domingo, 26 de junio de 2011

El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza

Es en la cruz
en donde Jesús
no tiene "dónde reclinar la cabeza"
a causa de la corona de espinas
que los hombres le han colocado
con sus pecados y maldades.

“El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt 8, 18-22). Un escriba, lleno de entusiasmo ante las palabras y los hechos de Jesús, le dice que lo seguirá “adonde vaya”. En su respuesta, Jesús no rechaza al escriba como seguidor, pero le aclara que su seguimiento no es para nada fácil: “El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”.

La respuesta de Jesús no es retórica ni metafórica, ya que describe la realidad de la nueva Iglesia fundada por Él: no se caracteriza por sus riquezas materiales, puesto que tanto su Iglesia, como Él -y como aquellos llamados a seguirlo-, “no son de este mundo” (cfr. Mt 20, 1-16), sino del cielo, “enviados por el Padre” (Jn 20, 21), y en el cielo, las riquezas materiales de nada sirven.

Que Jesús diga que no tiene dónde reposar la cabeza, indica entonces la pobreza material de la nueva Iglesia, pues su objetivo primero y último no son los bienes materiales, sino las almas.

Pero la frase de Jesús, “el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”, se refiere también a su propio estado y condición, de quien la Iglesia toma su modelo de ser: es Él quien no tiene riquezas materiales; es Él quien es sumamente pobre, aún siendo el Dueño y Creador del universo visible y del invisible; es Él quien es como un indigente, que no tiene ni casa material, ni posesiones materiales, ni un lecho dónde descansar, siendo Él quien crea el ser a las criaturas, siendo Él el Dios infinita e inmensamente rico en majestad, poder, honor y gloria.

Y esta condición de suma pobreza de Jesucristo, se manifiesta en todo su esplendor en la cruz, pues es ahí en donde Jesús no posee nada material, y lo único material que posee, necesarios para el paso a la vida eterna –los clavos de hierro, la cruz de madera, el cartel que señala que es Rey de los judíos, la corona de espinas-, son todas cosas prestadas por Dios Padre, y hasta el lienzo con el que cubre su intimidad, no es suyo, sino que es el velo de su Madre.

La frase “el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” se refiere entonces a la ausencia de bienes materiales que caracteriza a la Iglesia de Jesucristo, como continuación y prolongación de la pobreza material del Hijo de Dios, y es vivida en su plenitud por Jesús, durante toda su vida, pero sobre todo es vivida en la cruz, porque si bien no poseía y nunca poseyó ningún bien material, tenía sin embargo en donde reclinar la cabeza, si dormía a la intemperie, en una almohada hecha de hierbas y hojas, o si dormía en alguna casa, en su caminar evangelizador, reposaba su cabeza en una almohada de lienzo; en la cruz, en cambio, no tiene literalmente dónde apoyar la cabeza, debido a la enorme y humillante corona de espinas, que le impiden el más mínimo movimiento de la cabeza hacia atrás, o hacia los costados, en donde podría reclinar la cabeza, para descansar un poco de la posición de crucificado. La corona de espinas es tan grande, y las espinas son tan largas, duras y filosas, que se clavan en todo su cuero cabelludo, pero también en la parte alta de la nuca, en los oídos, y hasta en los ojos, provocándole un dolor agudísimo y bañando su cabeza y su rostro de abundante sangre. Es en la cruz, entonces, en donde Jesús no tiene, literalmente hablando, “dónde reclinar la cabeza”. A eso mismo está llamado todo discípulo de Cristo, todo bautizado en la Iglesia Católica, y en Cristo crucificado y coronado de espinas, que “no tiene dónde reclinar la cabeza”, debe pensar el cristiano, cada vez que al ir a dormir, luego de sus tareas habituales, reposa su cabeza en una blanda almohada.

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