miércoles, 8 de junio de 2016

“No he venido a abolir la Ley, sino a dar plenitud”


“No he venido a abolir la Ley, sino a dar plenitud” (Mt 5, 17-19). Puesto que el movimiento religioso que inaugura nuestro Señor se diferencia de la Ley mosaica, Jesús explica que “no ha venido para abolir” esta Ley, sino a “darle cumplimiento”, es decir, llevarla a su plenitud. Él, en cuanto Dios, es el legislador divino; por lo tanto, no viene a abolir lo que Él ha establecido en la Antigüedad a los padres, sino que ahora viene a llevarla a su plenitud, por medio de la infusión de un nuevo espíritu[1]. Así, la voluntad de Dios, expresada en el orden antiguo –la ley y los profetas- se expresará en su totalidad y en su perfección intrínseca, y esto se pondrá de manifiesto en el hecho de que en el nuevo reino se hará más hincapié en la vida espiritual y moral. No significa que el orden moral antiguo pasará y será dejado de lado, sino que “surgirá a una nueva vida, al serle infundido un nuevo espíritu”[2], lo cual quiere decir que se cumplirá con todo rigor y deberá ser vivida con mucha mayor perfección que la anterior, puesto que, al recibir un nuevo espíritu, la transgresión no será meramente externa, como la anterior, sino en primer lugar, interior, en el corazón del hombre. El nuevo orden implementado por Jesús se caracterizará por la perfección de su espíritu interior, pero no descuidará las obras externas, porque estas serán expresión de aquel. La razón de la mayor perfección y exigencia de santidad es que Jesús comunicará su gracia santificante, la cual hará vivir al alma, ya desde esta vida terrena, en presencia de Dios, tal como habrá de hacerlo en la vida eterna; la diferencia es que aquí no existe la contemplación “cara a cara”, como en el Reino de los cielos, pero el estado de gracia del alma es el equivalente o más bien, el anticipo, en esta vida terrena, del estado de gloria en el que viven los bienaventurados. Es la gracia santificante la razón por la cual la Nueva Ley es plena y exige un cumplimiento perfecto, porque actuando desde la raíz más profunda del ser del hombre, lo hace partícipe de la santidad misma de Dios, y esto se verifica no solo en el alma, sino en el cuerpo; de ahí que la Escritura diga que “el cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19). Esto es lo que explica, por ejemplo, que el solo desear a la mujer del prójimo en el corazón, sea ya “pecado de adulterio” (cfr. Mt 5, 28) que merece la reprobación, aún cuando la obra no haya sido cometida externamente, porque el alma está en la Presencia de Dios por la gracia, y es lo que explica que la profanación del cuerpo por parte del cristiano, sea profanación de la Persona del Espíritu Santo, la Tercera de la Trinidad, que es su Dueña y Propietaria.
“No he venido a abolir la Ley, sino a dar plenitud”. La Nueva Ley de la gracia de Cristo Jesús hace que vivir en la Presencia de Dios, como anticipo de la vida eterna, sea mucho más exigente, en términos de amor a Dios y santidad, que la Ley Antigua.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentario al Nuevo Testamento, Tomo III, 360ss.
[2] Cfr. ibidem.

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