“Ay
de vosotros fariseos y escribas, que descuidáis el amor de Dios” (Lc 11,
42-46). Los fariseos y los escribas se dedicaban al Templo y a la observancia
de la Ley, es decir, eran los equivalentes a los sacerdotes y laicos en la
Iglesia. Jesús les reprocha duramente su hipocresía, porque si bien pasaban por
ser hombres de religión, hombres que se ocupaban del Templo, de la Ley y por lo
tanto de las cosas de Dios, sin embargo, en realidad, habían vaciado la esencia
de la religión, la justicia, la piedad y el amor de Dios, reemplazándola por un
remedo de religión. Lo que hacían los fariseos y los escribas era aparentar,
por fuera, el cumplimiento estricto de las leyes religiosas, cumpliendo
escrupulosamente los ritos, pero eran ritos de tradición puramente humana, no
mandados por Dios, sino inventados por ellos mismos y por lo tanto, eran ritos
cargados de superstición y de vanidad. Al mismo tiempo que cumplían estos ritos
vacíos, descuidaban la esencia de la religión que son la caridad, el amor
sobrenatural para con Dios y el prójimo y ése el reproche principal de Jesús
para con ellos: “Ay de vosotros fariseos y escribas, que descuidáis el amor de
Dios”.
Esta
reprensión y reproche de Jesús para con los fariseos y escribas, advertidas en
su tiempo, también pueden ser dirigidas a nosotros, toda vez que nos olvidemos
del Amor de Dios, del Amor y la adoración debidos a Dios Trinidad y de la compasión
para con el prójimo. También nosotros podemos caer en el mismo error de los
fariseos, es decir, el cumplimiento meramente externo de los preceptos de Dios
y de la Iglesia, aparentando por fuera ser hombres de religión, pero con el
corazón vacío del Amor a Dios y al prójimo. Por eso mismo, debemos estar muy atentos
y prestar mucha atención, porque no estamos exentos de cometer el mismo error
de los escribas y fariseos. Para no caer en este error, el de vaciar a la
religión de su esencia, el Amor a Dios y al prójimo, alimentemos nuestras almas
con el Pan de Vida eterna, que nos comunica el Amor del Padre y del Hijo, el
Espíritu Santo y traduzcamos luego ese amor recibido en obras de misericordia
para con el prójimo y de piedad, fervor y amor al Sagrado Corazón Eucarístico
de Jesús. Solo así no escucharemos el amargo reproche de Jesús: “Ay de vosotros
fariseos y escribas, que descuidáis el amor de Dios”.

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