viernes, 8 de julio de 2011

El sembrador salió a sembrar

En tiempos
de oscuridad espiritual,
la Palabra en tierra fértil
da frutos de adoración
y reparación
por aquellos que no creen,
ni esperan, ni adoran,
ni aman.

“El sembrador salió a sembrar…” (Mt 13, 1-23). El mismo Jesús explica la parábola: el Sembrador es Dios Padre, que esparce la semilla que es su Palabra, por medio de su Hijo Jesús; los diversos tipos de tierras en donde cae la semilla, son diversas almas, bautizados, que escuchan el mensaje evangélico; la semilla que cae a los costados, en las piedras, y en terreno espinoso, son las almas que escuchan la Palabra pero luego por diversas circunstancias, como las tribulaciones o las tentaciones del demonio, dejan la Palabra de Dios de lado, y continúan sus vidas como si Dios no existiese, y como si Dios no hubiera hablado. Por el contrario, la semilla que crece en terreno fértil y da fruto, representa a las almas que ponen por obra lo que han escuchado.

El centro de esta parábola del sembrador es la tierra en donde cae la semilla, es decir, las almas que escuchan la Palabra de Dios, porque de acuerdo a como sea la tierra, fértil o infértil, prosperará o no el mensaje evangélico. La parábola, entonces, va dirigida directamente a los bautizados, a los que pertenecen a la Iglesia, y no a los paganos, a quienes no han escuchado nunca la Palabra de Dios. Son los bautizados quienes, habiendo recibido la Buena Nueva, dan frutos en caridad, comprensión, bondad, construyendo una familia, una sociedad, una civilización, según el querer de Dios y no según el querer humano. Pero también hace referencia a otros cristianos, que habiendo recibido la Palabra de Dios, no la escuchan, y se dejan guiar por criterios mundanos en sus vidas, con lo cual construyen familias, sociedades y civilizaciones, alejadas del querer divino, y construidas según la voluntad humana, lo cual, en el cien por cien de los casos, constituye la ruina para el hombre, porque lo que el hombre quiere, alejado de Dios, va siempre en contra suyo, en contra de su naturaleza, y esto constituye su máxima infelicidad.

Así como la consecuencia de una semilla que no germina, porque se seca por falta de agua y por exceso de sol, es la ausencia de un árbol, que hubiera podido dar abundantes frutos, además de sombra y leña, así las consecuencias de dejar de lado la Palabra de Dios, por parte del Pueblo fiel, son desastrosas, para ese mismo pueblo.

Debido al hecho de que los cristianos, en gran mayoría, han dejado secar la semilla de la Palabra, porque esta no ha encontrado un terreno fértil en sus corazones, el mundo se ha quedado sin Dios, porque los cristianos, llamados a ser “luz del mundo y sal de la tierra”, no han estado a la altura de las circunstancias, no han respondido a lo que Dios les pedía.

Es así como se ha construido una civilización atea y materialista; se han propuesto nuevos valores –que en realidad son anti-valores-, fundados en la satisfacción de las pasiones, en la búsqueda de todos los placeres, en la legitimización de todo tipo de desorden moral.

De este modo, el egoísmo y el odio han reemplazado al amor; la soberbia y la incredulidad han reemplazado la fe; la avaricia y la lujuria han reemplazado la esperanza; el fraude y el engaño han reemplazado la honestidad; la maldad y la dureza de los corazones han reemplazado la bondad. Satanás canta victoria porque ha llevado el pecado a las almas y la división en las familias, en la sociedad, en las naciones y entre las naciones[1].

Las consecuencias de no haber dejado crecer la semilla de la Palabra de Dios en el alma, es el mundo actual, ateo, inhumano, alejado de Dios, que se encamina hacia un futuro sombrío, porque el hombre es incapaz de construir un mundo feliz si está lejos de Dios. Por el contrario, todo lo que el hombre ha construido sin Dios, se vuelve en contra suyo: así, las armas nucleares, que son capaces de destruir el mundo más de mil veces seguidas; las carreras armamentistas, con armas convencionales, han contribuido al estallido de dos grandes guerras mundiales, y están preparando el estallido de la Tercera; los sistemas políticos, financieros y económicos, construidos sin Dios, se han convertido en sistemas de opresión de los países y de las personas más débiles, y en mecanismos para el crecimiento desmedido de la usura internacional; las leyes sin Dios buscan eliminar la vida humana en sus comienzos, por el aborto, y en su final, por la eutanasia; las leyes de educación de niños y jóvenes, y las leyes que autorizan el homomonio, todas leyes sin Dios, propician la transformación del planeta entero en un inmenso Sodoma y Gomorra; las leyes de explotación de la naturaleza, sin Dios, han conducido a esta al borde del exterminio y del aniquilamiento, porque lo que priva es el afán desmedido de lucro; las leyes de los gobiernos ateos y marxistas, sin Dios, oprimen a sus pueblos, porque el hombre no está hecho solo de materia, sino de materia y espíritu.

“El sembrador salió a sembrar…”. En estos tiempos de inmensa oscuridad espiritual, en donde a las negras nubes de la apostasía de numerosísimos bautizados, que ya no quieren ser más hijos de Dios, se le suma el denso y oscuro humo de Satanás, que se ha infiltrado en la Iglesia, oscureciendo todo y provocando en todo confusión, caos y anarquía, uno de los frutos de la Palabra, en una tierra fértil, es la adoración eucarística reparadora, que ofrezca sacrificios, amor y reparación, por tantos ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales son ofendidos diariamente, continuamente, los sacratísimos Corazones de Jesús y de María.


[1] Cfr. A los sacerdotes mis hijos predilectos, editado por P. Gobbi, S., 893.

jueves, 7 de julio de 2011

Quien persevere hasta el fin se salvará

Sólo en la Consagración
al Inmaculado Corazón de María
estarán las almas a salvo
de la inmensa corrupción
de cuerpo y espíritu
que se ha abatido
sobre el mundo entero.


“Quien persevere hasta el fin se salvará” (Mt 10, 16-23). Jesús habla de la persecución que habrá de sufrir la Iglesia naciente por parte de los judíos, ya que menciona a la sinagoga, pero habla también de la última persecución, la que sufrirá la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

“Quien persevere hasta el fin se salvará”. ¿Por qué la advertencia de Jesús?

Porque antes de la persecución cruenta, final, habrá otra persecución, incruenta, orquestada y dirigida por los medios masivos de comunicación, tendientes a hacer desaparecer del horizonte de la humanidad hasta la idea de Dios y a corromper el alma y el cuerpo de los hombres. De esta manera, a medida que se acerque el fin, la presencia e influencia del infierno y de sus agentes se hará sentir cada vez más intensamente, al punto tal que no parecerá no haber nada sin corrupción, y tal será la situación, que si Dios no acortase los tiempos, se contaminarían con el mal hasta los elegidos.

¿Estamos viviendo esos tiempos? Sólo tres signos, de entre muchos, parecieran inclinarnos a responder afirmativamente.

Un signo es el intento de convertir, mediante la ideología del género, a todo el mundo en un inmenso Sodoma y Gomorra, por medio de las leyes de educación sexual y por la legalización del homomonio. Dentro de poco, de seguir la tendencia actual, no quedará nadie, ni siquiera los niños, puesto que se enseña esto desde el jardín de infantes, sin aceptar la liberalización total de la sexualidad humana.

El otro signo es el aparente triunfo de la “cultura de la muerte”, que busca eliminar a la vida humana en sus extremos, en la concepción y en la vejez, por medio de la legalización del aborto y la eutanasia.

El tercer signo se da dentro de la Iglesia Católica, y es la negación de la Presencia real de Jesús en la Eucaristía. Dice Ana Catalina Emmerich: “Vi a la nueva iglesia, la cual (los apóstatas) estaban tratando de construir. No había nada sagrado en ella... La gente estaba amasando el pan en la cripta de abajo... pero no recibían el Cuerpo del Señor, sino solo pan. Los que estaban en el error, pero sin culpa propia, y que piadosamente y ardientemente deseaban recibir el Cuerpo de Jesús, eran consolados espiritualmente, pero no a causa de su comunión. Entonces, mi Guía (Jesús) dijo: “Esto es Babel”.

La consideración, aunque sea ligera, de nuestros tiempos, nos lleva a recordar las palabras del Apocalipsis: “Fuera los perros, los hechiceros, los fornicadores, los asesinos, los idólatras, y todo el que ama la mentira” (22, 15).

Pero el Apocalipsis también describe a aquellos que perseveraron hasta el fin, que no se dejaron contaminar por la idolatría a la Bestia: “Estos son los que vencieron a la bestia y al Dragón con la Sangre del Cordero, y por el testimonio que dieron” (cfr. 15, 2. 12, 11).

“Quien persevere hasta el fin se salvará”. Sólo por medio de la Consagración al Inmaculado Corazón de María Santísima podrán los hombres salvarse, porque sólo ahí se estará al abrigo de la corrupción del alma y del cuerpo que ya inunda al mundo entero.

miércoles, 6 de julio de 2011

Den gratuitamente lo que gratuitamente han recibido

Cada cristiano recibió
gratuitamente
Amor infinito,
y amor debe dar
a Dios, a su prójimo
y a su enemigo
si su alma
quiere salvar.


“Den gratuitamente lo que gratuitamente han recibido” (cfr. Mt 10, 7-15). ¿Qué es lo que ha recibido gratuitamente un cristiano? La pregunta es pertinente, porque lo recibido es lo que se debe dar.

El cristiano ha recibido innumerables milagros y dones de parte de Jesucristo y de su Iglesia: en el Bautismo sacramental, ha recibido el perdón divino, dado por Jesucristo en la cruz, conquistado al precio de su sangre y de su vida, que le ha quitado el pecado original y lo ha sustraído del poder del Príncipe de este mundo, el demonio. Con todo, este inmenso don no es lo más grande: ha recibido la gracia de la filiación divina, la misma filiación divina con la cual el Hijo de Dios es Hijo de Dios desde toda la eternidad, y eso lo convierte en verdadero hijo adoptivo de Dios, heredero del cielo, hermano de Jesucristo, hijo de la Virgen María, y lo coloca en una posición de honor y dignidad infinitamente más alta que la de los ángeles de Dios.

Ha recibido, en el Sacramento de la Reconciliación, el perdón de sus pecados, de modo tal que la inmundicia espiritual que significa el pecado, esto es, la maldad del corazón que implica, y la oscuridad y tinieblas que provocan, han sido lavados con la Sangre del Cordero, y su alma ha quedado embellecida con la gracia divina, con un grado de hermosura equiparable casi al mismo Dios. Además, siendo el bautizado un deicida, pues con sus pecados contribuyó a la muerte del Hijo de Dios en la cruz, ese pecado, esa maldad de su corazón, fue perdonada, junto con todas las iniquidades y maldades que cometió hasta el momento de su última confesión, de modo tal que Dios “borra” de su memoria todo su pasado de iniquidad, para tratarlo como a un justo, merecedor de honores y alabanzas.

Ha recibido, en el Sacramento de la Eucaristía, algo más grande que los cielos inmensos; algo más grande que el Paraíso en el que vivieron Adán y Eva; algo más grande que toda la Creación entera, comprendidos el universo visible y el invisible; algo tan pero tan grande, majestuoso y sublime, que supera toda capacidad de entendimiento y de imaginación de cualquier criatura inteligente. Ha recibido, en cada comunión, a Dios Hijo encarnado, que en la Eucaristía prolonga su Encarnación, y viene al alma para convertir al corazón del bautizado en su morada santa, en donde Él quiere morar, junto al Padre y al Espíritu Santo. Ha recibido, en cada comunión eucarística, un océano infinito de Amor eterno y divino, tan grande, tan inmenso, tan inabarcable, que parece un despropósito, porque es como si un sol, de un tamaño miles de millones de veces mayor al de un grano de arena, se metiera en ese grano de arena, para iluminarlo y darle de su calor. Es tan grande el Amor divino recibido en la comunión eucarística, que el alma, de solo pensarlo, debería morir de alegría.

“Den gratuitamente lo que gratuitamente han recibido”. De todo lo recibido gratuitamente, Dios nos pide que demos algo, y ese algo, puesto que no puede ser la omnipotencia y sabiduría divina que conlleva cada don, sí puede ser el Amor recibido.

Gratuitamente, el cristiano ha recibido Amor, y Amor debe dar. Sólo eso debe hacer, para entrar en el Reino de los cielos, dar Amor, porque recibió Amor. Sólo eso: amar a Dios y al prójimo como a sí mismo, y al enemigo en primer lugar. Sólo eso debe dar, pero muchos, lamentablemente, encerrados en su egoísmo, prefieren no dar lo que recibieron, con lo cual se cierran ellos mismos, y para siempre, la Puerta de los cielos. Para muchos, por no querer dar lo que recibieron, amor y perdón, el cielo quedará cerrado eternamente.

martes, 5 de julio de 2011

El Reino de Dios está cerca



“El Reino de Dios está cerca” (cfr. Mt 7, 1-7). Jesús dice a sus discípulos que deben predicar la proximidad del Reino de Dios: “El Reino de Dios está cerca”. ¿De qué cercanía se trata? No se trata, obviamente, de una cercanía física, puesto que la distancia no se mide en kilómetros. Es una cercanía espiritual, y está cerca, porque el mismo Dios ha venido en Persona, a este mundo, para traer su Reino celestial.

El Reino de Dios está cerca, porque Dios mismo se ha abajado a este mundo, trayendo consigo su Reino, y lo ha acercado a la humanidad.

Ahora bien, ¿cuán cerca está el Reino de Dios? El Reino de Dios está cerca, y está mucho más cerca de lo que los hombres se pueden imaginar.

El Reino de Dios está cerca para la humanidad, porque cada día que pasa, cada hora que pasa, son un día y una hora menos para el Día del Juicio Final, en donde desaparecerá la figura de este mundo, para dar lugar a la eternidad divina.

Pero el Reino está cerca también para cada hombre de modo individual, y está tan cerca, como cerca está la muerte de cada uno, porque la muerte significa salir de este mundo y de esta vida, para ingresar en la vida eterna, y en el Reino de Dios, previo paso el por el juicio particular.

“El Reino de Dios está cerca”, y porque está cerca, tan cerca como el resto de vida que le queda a cada uno personalmente, es que el cristiano debe tener muy en cuenta la parábola de los siervos que esperan de distinto modo la llegada de su señor (cfr. Mt 24, 45-51): uno, piensa que va a tardar, y por eso se emborracha y golpea a los demás, y se queda dormido, porque cree que, puesto que va a demorar, tendrá tiempo de cambiar instantes antes de que vuelva; el otro, en cambio, lo espera con una vela encendida, haciendo vigilia, porque sabe que vendrá en cualquier momento.

Al primer siervo, al siervo malo, la llegada de su señor lo sorprende en el mal, mientras que al segundo, lo sorprende en el bien, y así es la paga respectiva que reciben: el malo, va al lugar donde hay “llanto y rechinar de dientes” (cfr. Mt 24, 51); mientras que al siervo bueno, lo pone “al frente de su hacienda” (cfr. Mt 24, 47).

“El Reino de Dios está cerca”, y como no sabemos cuándo habrá de venir, es decir, no sabemos cuándo hemos de morir, debemos obrar como el segundo servidor, como aquel que esperaba a su amo con las velas encendidas, es decir, con la fe, con la oración, con las buenas obras, no vaya a ser que nos sorprenda dormidos, y despertemos en un lugar que no sea el cielo.

lunes, 4 de julio de 2011

Rogad al Señor de la cosecha que mande trabajadores a su campo

La Iglesia necesita
sacerdotes y laicos santos
que digan a sus prójimos
que esta vida es pasajera,
que solo la vida eterna
es la vida verdadera.


“Rogad al Señor de la cosecha que mande trabajadores a su campo” (cfr. Mt 9, 32-38). El consejo de Jesús viene luego de ver el estado espiritual de la muchedumbre que se ha acercado hacia Él: “Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor”.

Jesús se compadece del estado espiritual del hombre sin Dios, que se encuentra, por esto mismo, extenuado, abandonado, herido, golpeado, a punto de morir de hambre, de sed, de cansancio. El hombre de hoy, que ha construido una civilización sin Dios, aún cuando aparente ser feliz, y vivir despreocupadamente; aún cuando confíe en que sus heridas son curadas por la ciencia, y aún cuando deposite todas sus esperanzas en la tecnología, para construir un mundo feliz, en el fondo, al no tener la fuente de la alegría y de la paz, que es Dios, vive atormentado y en un estado de infelicidad y de zozobra permanente.

Todavía más, como el hombre no puede subsistir sin Dios, ante su ausencia, recurre a ídolos, los cuales, al ser esencialmente malignos y vacíos de toda bondad, lo único que hacen es aumentar más sus dolores. Hoy en día abundan los ídolos: el placer, el tener, el dinero, el fútbol, la política, la educación laicista, la democracia convertida en partidocracia y en oclocracia, o gobierno de los peores, la televisión, Internet, la música desenfrenada, etc.

Los ídolos mundanos agobian, extenúan, cansan al extremo, pero no se detienen ahí, porque buscan, en realidad, la muerte del hombre.

Ante este panorama desolador, Jesús nos pide que recemos a Dios, para que envíe “operarios a su mies”, es decir, sacerdotes y laicos santos, no acomodados al mundo, es decir, sacerdotes y laicos no burgueses, que lo único que quieren es vivir cómodos, tener buena salud y no tener problemas.

La Iglesia necesita trabajadores, sacerdotes que consagren el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que transmitan el mensaje vivo de Jesús, que consuelen a las almas con la esperanza de la vida eterna, que donen a las almas la vida eterna, por la gracia sacramental.

La Iglesia necesita trabajadores, laicos que sean “luz del mundo y sal de la tierra” (cfr. Mt 5, 13-16), que con sus vidas ejemplares de castidad, de pureza, de sacrificio, de honestidad, de amor fraterno, digan a sus prójimos, más con hechos que con palabras, que esta vida no es la única, que esta vida es pasajera, que esta vida es sólo un momento, breve, brevísimo, antes de la vida eterna, y que ganar esta vida eterna es el sentido primero y último del paso del hombre sobre esta tierra; la Iglesia necesita laicos santos, que den sus vidas por sus prójimos, incluidos sus enemigos; que adviertan a todos que estamos aquí para salvarnos, y no para acumular bienes, honores o títulos.

“Rogad al Señor de la cosecha que mande trabajadores a su campo”. Se necesita mucha oración, continua, perseverante, incansable, confiada, humilde, acompañada de mortificaciones, sacrificios, ayunos, para que Dios escuche.

domingo, 3 de julio de 2011

Tu fe te ha salvado

La mujer hemorroísa se cura
al tocar, con fe y humildad,
el manto de Jesús.
¿Qué obtendría de Jesús
el fiel que por la comunión recibe
el Cuerpo, la Sangre,
el Alma y la Divinidad
del Hombre-Dios?


“Tu fe te ha salvado” (cfr. Mt 9, 18-26). La mujer hemorroísa que busca a Jesús para ser curada, representa al alma que, en su tribulación, busca a Jesús para recibir de Él el consuelo. Jesús, a su vez, es el Dios en Persona, la Segunda Persona de la Trinidad, que sabiendo que el alma lo busca, se deja encontrar.

Para dejarse encontrar, para que nadie diga que no sabe dónde está Dios, Dios deja de habitar “en una luz inaccesible”, para venir a esta tierra; deja de ser invisible, para comenzar a ser visible, en la humanidad de Jesucristo. Se abaja hasta los hombres, y sin dejar de ser Dios, asume una naturaleza humana, para ser visto por los hombres; les habla con su misma lengua y su misma voz; camina con ellos, habla con ellos, los consuela, está siempre a su lado.

La mujer hemorroísa, el alma atribulada, busca a Dios, y Dios se deja encontrar, y cuando el alma lo encuentra, le concede el alivio a sus penas y dolores, pero va más allá todavía, porque le dice, después de haberla curado: “Tu fe te ha salvado”, y no se refiere al cuerpo, aunque este ha sido recién curado; se refiere a su alma, porque ha encontrado la luz en medio de las tinieblas del mundo. La mujer ha sido salvada por su fe, porque no se ha inclinado a los ídolos del mundo, sino que ha buscado y se ha acercado, con humildad y confianza, al mismo Dios en Persona, y esta búsqueda y este acercamiento, le han granjeado el favor divino, que además de curarle el cuerpo, le ha concedido la salvación.

La mujer acude con humildad, porque no grita, ni quiere hacerse ver, es decir, quiere pasar desapercibida, y con fe, porque es su fe la que hace salir energía divina del manto de Jesús. Su fe es tan grande, que no le hace falta tocar la humanidad de Jesús: le basta con tocar su manto. En su interior dice: “El Hombre-Dios es tan poderoso, y es tan bueno, que cura con su Palabra, con sus manos, pero yo no necesito ni que me hable, ni que me toque; sólo con tocar su manto, quedaré curada. Su poder es tan grande, que la energía divina que impregna su manto, bastará para curarme”.

El cristiano debe reflejarse en la mujer hemorroísa, porque él también está rodeado de tribulaciones, de penas y de dolores, y como ella, debe acudir sólo a Jesucristo, el Hombre-Dios, pero para asegurarse de poder conseguir de Jesús lo que anhela, debe hacerlo con la fe y la humildad del Corazón Inmaculado de María, porque de lo contrario, corre el riesgo de ser rechazado.

“Tu fe te ha salvado”. La mujer hemorroísa, acude a Jesús, y obtiene de Él, con solo tocar su manto, sin que Jesús le dirija la palabra, la curación del alma y del cuerpo.

En la comunión, no es el alma la que toca el manto de Jesús, sino Jesús, con su divinidad, quien toca al alma.

¿Qué no podría obtener el fiel que, más que tocar el manto de Jesús, recibe su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad?

viernes, 1 de julio de 2011

Venid a Mí, todos los que estáis afligidos y agobiados



“Venid a Mí, todos los que estáis afligidos y agobiados” (Mt 11, 25-30). Jesús nos invita a acudir a su Sagrado Corazón en los momentos de aflicción, de agobio, de tribulación. Para esto, para que acudamos a Él, a escuchar los latidos de su Corazón, es que se ha quedado en la Sagrada Eucaristía. Se ha quedado en el Sagrario para que nosotros, atribulados por las diversas situaciones existenciales, no dudemos en recurrir a su ayuda.

Después de resucitar y antes de ascender a los cielos, Jesús nos aseguró su Presencia entre nosotros: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 26, 18-20), para que acudiéramos a Él en los momentos de tristeza, de pesar, de enfermedad, de dolor, de angustia, de tribulación, para recibir de Él consuelo, ayuda, protección, pero también en momentos de alegría, de paz, de serenidad, para dar gracias.

Jesús se quedó con nosotros en la Eucaristía para que supiéramos que no estamos solos, que podemos y debemos contar con Él, sí como se cuenta con un padre amoroso, con un amigo fiel, con un hermano bondadoso. Él nos llama para que reposemos de nuestras fatigas en su Corazón misericordioso, y eso es a eso lo que nos invita cuando dice: “Venid a Mí, los que estáis afligidos y agobiados”. Dios no da nunca una prueba y una cruz más grandes de las que podemos soportar, y cuando nos da una prueba, nos da al mismo tiempo el auxilio y el consuelo de su Presencia. Nos llama, para asistirnos, para que no abandonemos la lucha ni tampoco nos sintamos solos..

Y sin embargo, hoy más que nunca, Jesús está solo en el sagrario. Es Él quien dice, por boca del profeta: “Me dejaron a Mí, manantial de aguas vivas, para cavarse cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua” (Jer 2, 13). Él, que es la Fuente de Agua viva, está solo, porque los hombres, en vez de calmar su sed en la fuente de vida eterna que brota de su Corazón traspasado, prefieren beber de las aguas pútridas y contaminadas de los consuelos efímeros y vanos del mundo.

Todavía más, Jesús promete que quien se acerque a beber de su Corazón traspasado, no solo no tendrá sed jamás, sino que Él mismo se convertirá en fuente de agua viva: “El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 14), y el motivo es que el agua que Él da es la gracia divina, que calma la sed de Dios que toda alma tiene, y no solo le calma la sed, sino que el alma en gracia atrae al alma al Espíritu Santo, fuente de la Gracia y de la vida divina.

Quien se acerca a Jesucristo y bebe de su costado traspasado, se convierte en una imagen viviente del Hijo de Dios, y se convierte él mismo en una surgente de agua viva, que permite a su vez calmar la sed de Dios de innumerables almas.

“Venid a Mí, todos los que estáis afligidos y agobiados”. Jesús nos espera en el Sagrario, Jesús está ahí, en Persona, vivo y resucitado, y su Corazón late más fuerte, cuando nos acercamos, porque nos ama uno a uno, con nombre y apellido, sin hacer acepción de nadie. A todos nos espera, a todos nos invita a su lado, a todos nos llama, para que le contemos de nuestras penas, de nuestros dolores, de nuestras alegrías.

Todavía más, en el evangelio, Él nos dice: “Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados”, y espera a que nosotros, que vivimos en la tierra, nos acerquemos a Él, pero en la Santa Misa, es Él quien, obedeciendo a las palabras del sacerdote magisterial, desciende desde el cielo, para quedarse en la Eucaristía, y para venir a nuestro corazón.

Por la misa, Jesús viene desde el cielo, desde el seno de Dios Padre, para quedarse en nuestro corazón, y por eso en la Misa, podemos escuchar que Jesús nos dice: “Voy a ustedes, que están afligidos y agobiados; háganme un lugar en vuestros corazones; déjenme entrar. Vengo como un mendigo, a mendigarles vuestro amor, Yo, que soy Dios omnipotente, que no necesito de nada ni de nadie. Quiero entrar en vuestros corazones, abridme las puertas de vuestras almas, pero sabed que no puedo estar al lado de un ídolo. Si vuestro corazón está ocupado con ídolos, desterradlos, y hacedme un lugar para Mí, y Yo les haré un lugar en Mi Corazón. No tengáis temor en derribar los ídolos de la violencia, del placer, del poder, del tener; son ídolos mudos, que no dan paz al corazón, ni en esta vida, y mucho menos en la otra. Voy a ustedes en cada comunión eucarística, y tan pronto como llego, debo retirarme, porque vuestros corazones están ocupados con los vanos placeres y pensamientos del mundo, y en un corazón así, no puedo quedarme. Voy a ustedes, que están afligidos y agobiados, para darles alivio, para darles mi yugo, que es la cruz, la única que puede aliviarlos y conducirlos a la feliz eternidad”.

Los ídolos del mundo han construido a su alrededor nuevas falsas religiones, que han logrado desplazar del corazón del hombre al Dios verdadero y a su Enviado, Jesucristo. Los ídolos mundanos han levantado nuevos templos y nuevas religiones, todas falsas y vacías, que en vez de aliviar, agobian y cansan cada vez más. Las nuevas religiones, el fútbol, la política, la economía, la moda, la diversión, el placer, el dinero, aplastan al alma y la sofocan, impidiéndoles ser verdaderamente libres, quitándoles la libertad en esta vida y en la eternidad.

Sólo Cristo, Verdad de Dios, hace libre al hombre. Sólo Cristo alivia los pesares y conforta en las fatigas; sólo la cruz de Cristo convierte el agobio en alas de libertad que conducen al cielo, a la feliz eternidad en la Trinidad.

“Venid a Mí, todos los que estáis afligidos y agobiados”. Ante la prueba, ante la tribulación, ante el dolor, acudamos a Cristo Eucaristía, Presente en Persona en el sagrario, pidamos la gracia de abrazar y besar la cruz de cada día, y dejemos de lado los vanos y falsos ídolos del mundo, que solo agobian, fatigan y cansan al alma.