sábado, 27 de julio de 2013

“Cuando ustedes oren, digan: Padre nuestro que estás en los cielos...”


(Domingo XVII - TO - Ciclo C – 2013)
“Cuando ustedes oren, digan: Padre nuestro que estás en los cielos...” (Lc 11, 1-13). Respondiendo a los discípulos que le piden que les enseñe a orar - “Señor, enséñanos a orar”-, Jesús les -a ellos y a nosotros- cómo tiene que ser la oración del cristiano. Ante todo, la oración del cristiano no debe ser como la de los paganos, que basan su oración en las “muchas palabras”; la oración del cristiano debe ser amorosa y filial, es decir, hecha con el corazón y con el mismo amor con el cual un hijo se dirige a su padre, porque oración enseñada por Jesús, el Padrenuestro, Dios ya no aparece como un ser lejano, distante, bueno, sí, pero distante: Jesús nos enseña que Dios nos ha adoptado como hijos; a partir de Jesús somos hechos hijos adoptivos de Dios por la gracia santificante, y por esto Jesús nos enseña a tratarlo de una nueva manera, como “Padre”, y para tratarlo como Padre, debemos amarlo como hijos.
La oración del cristiano debe ser debe ser perseverante, como el hombre del ejemplo que pone Jesús, que acude a un amigo a deshora a pedirle pan para sus amigos. En este caso, se trata de dos amigos, porque así se tratan entre ellos - “Amigo”, le dice al iniciar el pedido, y Jesús dice que el otro, aunque no le dé el pan por ser su amigo, se lo dará sin embargo a causa de su insistencia. Lo mismo sucede entre nosotros y Dios: nosotros somos ese amigo inoportuno, que acude a su Amigo que vive en su Casa del cielo, Dios, con sus hijos, los hijos de Dios, los santos y también los ángeles, y por la oración le pedimos el alimento del alma para nuestros hermanos, el alimento de la Palabra de Dios y el alimento de la Palabra de Dios encarnada en la Eucaristía, y Dios nos dará lo que le pedimos, porque es nuestro Amigo y no dejará de concedernos lo que sólo Él puede darnos.
Y si en el ejemplo que pone Jesús, el amigo que descansa con sus hijos le dará el pan a su amigo que se lo pide, no por la amistad que los une, sino por su insistencia, y no solo le dará pan, sino “todo lo necesario”, es decir, mucho más de lo que pide, no es así en el caso de Dios, que siempre nos dará lo que le pedimos e infinitamente más, en razón de nuestra amistad con Él, amistad sellada con la Sangre de Cristo en la Cruz. No podemos dudar de que Dios nos concederá lo que le pedimos -siempre que sea conveniente para nuestra salvación y esté dentro de los planes de su Divina Voluntad, que siempre es santa-, porque Él mismo nos llama “amigos”: “Ya no os llamo siervos, sino amigos”.
La oración del cristiano debe ser confiada, esperando recibir; y debe esperar siempre de la Bondad divina, que jamás puede dar nada malo a quien le pida algo, porque Dios es Bondad infinita, y no es capaz, porque su Ser perfectísimo se lo impide, de dar algo malo, así como un padre no da nunca a su hijo una serpiente cuando le pide un pescado, ni un escorpión si le pide un huevo. Jamás de los jamases, puede dar Dios algo malo a quien acude a Él en la oración, porque es imposible para Él, ontolóticamente, hacer el mal. En otras palabras, Dios no puede ni siquiera pensar en hacer mal, debido a la Perfección absoluta de su Ser divino Purísimo. Sí puede suceder que permita que nos suceda algo que a nosotros, humanamente hablando, sea un mal o nos parezca un mal, pero si Dios permite el mal para nosotros, es porque por su infinito poder, puede convertir a ese mal en un bien de dimensiones inimaginables. Jamás puede Dios darnos un mal, y sólo bienes debemos esperar de Él; por el contrario, el demonio, a sus seguidores, les promete cosas buenas, pero solo son el envoltorio de males inenarrables. El demonio sí da “un escorpión cuando se le pide un huevo”, o una “piedra cuando se le pide un pan”; esto sí lo hace el demonio con sus adoradores, porque el demonio es un ser malvado y perverso.

Finalmente, la oración del cristiano debe ser desmedida, en el sentido de que debe no debe temer el pedir a Dios muchas cosas, porque Dios es Inmensamente Rico en bienes espirituales de todo tipo, empezando por la Misericordia; Dios es Omnipotente y todo lo puede -lo único que no puede hacer, aún si se lo propusiera, es el mal-; Dios es Amor infinito y todo ese Amor es para nosotros, para todos y para cada uno de nosotros, de modo personal e individual. Esto es lo que Jesús quiere decir cuando dice: “Dios dará el Espíritu Santo a quien se lo pida”. En la oración filial, amorosa, perseverante, confiada, no podemos pedir a Dios pocas cosas, no debemos tener temor de pedir y de pedir mucho, porque por más que pidamos bienes espirituales grandiosos -para nosotros y nuestros seres queridos, como la gracia de la contrición perfecta del corazón, que asegura la entrada al cielo, porque Dios ama a los corazones contritos y humillados-, siempre nos quedaremos cortos ante la inmensidad de la Bondad divina, porque además de todos esos bienes espirituales, Dios Trinidad nos dará algo que ni siquiera podríamos imaginar de recibir, y que no nos alcanza la inteligencia y la imaginación en esta vida para apreciarlo, ni nos alcanzará toda la eternidad en la otra vida para comprenderlo: nos dará ¡el Espíritu Santo! ¡El Amor de Dios, Dios, que es Amor, nos será dado si lo pedimos en la oración! Y Dios nos dará su Amor, el Espíritu Santo, como posesión nuestra, en esta vida en medio de persecuciones y tribulaciones, y en la otra, para toda la eternidad, para hacernos eternamente felices. Todo el mundo busca la felicidad aquí y allá, y no la encuentra, porque la felicidad está en la oración, porque además de cualquier bien espiritual -y material, si es para nuestra salvación- que le pidamos, Dios nos lo concedeerá, pero además nos concederá el Don de dones, el Espíritu Santo. ¿Podemos siquiera imaginar lo que esto significa? En nuestras manos -elevadas en oración, sosteniendo el Santo Rosario- y en nuestro corazón -contrito y humillado, postrado interiormente ante la majestad de Dios Trino, a los pies del altar en la Santa Misa, deseosos de recibir el Amor ardiente de Jesús Eucaristía-, está la felicidad nuestra, la de nuestros seres queridos, y la de todo el mundo. ¿Qué esperamos para ponernos a rezar?

domingo, 21 de julio de 2013

“María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada”

(Domingo XVI - TO – C – 2013)
“María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada” (Lc  10, 38-42). Nuestro Señor visita la casa de sus amigos Marta, María y Lázaro; en el transcurso de la visita, las dos hermanas muestran actitudes muy diversas con respecto a Jesús: mientras Marta se ocupa, afanosamente, por tener todo limpio y preparado para atender a Jesús –y también a los discípulos-, María, por el contrario, se queda a los pies de Jesús, adorando su Presencia divina. Esta actitud de María molesta a Marta, quien considera que no es justo que sea ella la que tenga que cargar con todo el peso del trabajo, por lo cual le pide a Jesús que haga de árbitro en la contienda: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo?”, a lo cual Jesús responde: “Marta, Marta, te inquietas y agitas por muchas cosas, y sin embargo, una sola cosa es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada”.
Las diferentes actitudes de las dos hermanas en relación a Jesús pueden ser consideradas como los diferentes estados de vida consagrada: Marta representaría a la vida apostólica, mientras que María representaría a la vida contemplativa. Mientras la vida apostólica está volcada hacia el apostolado con el mundo, y por lo tanto su labor se desarrolla en medio del mundo, la vida contemplativa, por el contrario, está orientada a la adoración y contemplación de Dios Uno y Trino, y todo su quehacer se dirige en esa dirección. De esta manera, las dos actividades de las hermanas: Marta, activa, volcada más hacia lo que rodea a Jesús, pero para llevar a las gentes a Jesús, y María, sin actividad externa, pero con intensa contemplación del rostro de Jesús, constituyen la representación de los estados principales de la vida consagrada en la Iglesia: la vida apostólica y la vida consagrada. Y, tal como lo dice Jesús, la de María “es la mejor parte”, esto no quiere decir que la vida apostólica –activa, realizada en el mundo pero para llevar al mundo a Jesús- no sea un estado de vida válido. Por el contrario, constituye un camino absolutamente con la naturaleza humana, con las actividades de la Iglesia, y con los modos con los cuales el ser humano rinde culto y adoración al Hombre-Dios Jesucristo.
Por otra parte, si bien la de María –es decir, la vida contemplativa- es “la mejor parte”, esto no quiere decir que un consagrado en la vida apostólica no alcance un cielo y un estado de glorificación mayor que el de un consagrado en la vida contemplativa, porque el contemplativo, si no responde con un amor intensísimo al don de la vida contemplativa, retrocede en su vida espiritual aquí en la tierra y, en la otra vida, alcanzará grados de gloria inferiores a los de un consagrado de vida apostólica que respondió con mayor amor.
Sin embargo, además de representar a dos estados diferentes de vida consagrada, las diferentes actitudes de las hermanas Marta y María respecto a Jesús, representan dos estados diferentes de nuestra propia alma, en relación a la visita que Jesús realiza a nuestras almas por la comunión eucarística.

En efecto, también Él nos visita a nosotros, al igual que visitó en su casa a sus amigos Lázaro, Marta y María, que somos sus amigos, en nuestra casa, que es nuestra alma, cada vez que comulgamos. Y al igual que en el relato del Evangelio, también en nosotros se dan las dos facetas: o Marta o María: o la tarea ajetreada y afanosa de Marta, que se ocupa de las cosas del mundo, o la contemplación amorosa de María, que deja todo de lado y se olvida del mundo, para amar y adorar a Jesús. También nosotros, al comulgar, podemos estar ocupados en las cosas del mundo, como Marta, o podemos concentrar toda la atención de nuestra inteligencia y todo el amor de nuestro corazón en la Presencia eucarística de Jesús, derramando el alma a los pies de Jesús, como lo hizo María. Sea cual sea nuestra actitud, Jesús nos dirá lo que a Marta: “María escogió la mejor parte, y no le será quitada”. Esto quiere decir que no hay experiencia en el mundo –ni en este, ni el otro- más agradable, que la contemplación extática en el amor de Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios.

jueves, 18 de julio de 2013

“Misericordia quiero y no sacrificios”


“Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 12, 1-8). Los fariseos le reprochan a Jesús una supuesta falta legal por parte de sus discípulos: han arrancado espigas de trigo para comer siendo día sábado, con lo cual han cometido una transgresión contra la ley sabática, que impedía realizar trabajos manuales por ser el día dedicado al Señor. Jesús les responde con otro hecho, todavía más serio, que tuvo como protagonista nada menos que al rey David: él y sus compañeros comieron los panes de la proposición porque tenían hambre, siendo autorizados en ese momento por el sacerdote encargado del templo (1 Sam 21, 1-6); en este caso, la supuesta falta es más grave, puesto que se trataba de panes ya consagrados al servicio litúrgico que se encontraban incluso en el tabernáculo[1]. Los panes consagrados se renovaban cada semana, y eran comidos solo por los sacerdotes, debido a su carácter sagrado, pero el sumo sacerdote sanciona la excepción, al hacer prevalecer la necesidad de David sobre la ley positiva. Y si esto era una transgresión a la ley sabática, Nuestro Señor les hace ver, más adelante, que el sacrificio del templo, ofrecido en sábado, era una transgresión literal del descanso sabático, aunque justificado porque el templo es único y trasciende todos los demás deberes. Jesús se anticipa a esta réplica diciendo algo que sorprende: “Aquí hay algo más grande que el templo”. Con esto Jesús quiere hacer ver que su Presencia hace del campo un santuario, con lo cual se presenta Él mismo como el sustituto del antiguo santuario. Es como si Jesús dijera: “Aquí, en Mí, hay algo más grande que el templo, porque Yo Soy Dios en Persona, a quien el templo está consagrado, y mi Cuerpo es el Nuevo Templo de la Nueva Ley, y este Templo Nuevo que es mi Cuerpo, es superior al antiguo”.
Al traer a colación el ejemplo de la transgresión del rey David, Jesús justifica con creces la acción de sus discípulos, solucionando la cuestión basándose en el principio de que la necesidad excusa la ley positiva[2]. Con esto queda de manifiesto que los fariseos no han penetrado ni siquiera el espíritu de la antigua ley, porque de lo contrario, no habrían permitido que sus escrúpulos legales los privasen respecto de los discípulos inocentes, los cuales son inocentes, precisamente, porque su maestro, el Hijo del hombre, es Señor –Kyrios- del sábado, que es de institución divina, y puede dispensar de él cuando quiera[3].
“Misericordia quiero, y no sacrificios”. También a nosotros nos dice Jesús lo que a los fariseos, para que no antepongamos la escrupulosidad farisaica a la necesidad de nuestros hermanos, y para que seamos verdaderamente misericordiosos y para que nos llenemos de Amor misericordioso hacia nuestros hermanos, es Él quien nos da a comer el Verdadero Pan de la proposición, el Pan que no solo está “colocado delante” de la faz del Señor, sino que es el Señor en Persona, y este Pan es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Y con este Pan celestial, que es la Eucaristía, Jesús sacia con abundancia nuestra hambre de Amor divino que tenemos para una vez así saciados con el Amor misericordioso contenido en este Pan del cielo, podamos ser misericordiosos para con nuestros hermanos.
        




[1] Cfr. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 392.
[2] Cfr. 392.
[3] El hecho de que Jesús reivindique ser “Señor del sábado” no puede ser explicado adecuadamente si no es por la divinidad de Cristo, es decir, porque Cristo es Dios en Persona.

miércoles, 17 de julio de 2013

"Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados y Yo os aliviaré"

            

         "Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados y Yo os aliviaré" (Mt 11, 28-30). Desde el sagrario, Jesús nos invita a acercarnos a Él, en su Presencia eucarística y a confiarle nuestros dolores, nuestras angustias, nuestras penas, las cuales, en determinado momento, pueden volverse tan duras y pesadas, que lleguen a provocar agobio en el alma. "Agobio" significa: "cargado de espaldas o inclinado hacia adelante", y los sinónimos de "afligido" son: "abatido", "angustiado", "abrumado", "apenado", "atribulado", "deprimido", "melancólico", angustiado". En ambos casos, tanto la aflicción como el agobio, pueden ser ocasionados por un exceso de peso físico, pero en el sentido de Jesús, es ante todo y principalmente, en un sentido espiritual, porque el hombre puede estar "cargado de espaldas o inclinado hacia adelante", además de "abatido", "angustiado", "abrumado", etc., de un modo puramente espiritual. Es para esta aflicción y agobio para la cual Jesús promete el alivio si acudimos a Él, si lo visitamos en el sagrario.
          "Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados y Yo os aliviaré". Jesús entonces nos llama y nos invita al sagrario, para que allí le contemos acerca de nuestras vidas, acerca de absolutamente todo lo que nos pasa, y principalmente acerca de aquello que nos agobia, pero no porque Él no lo sepa, ya que siendo nuestro Dios, es nuestro Creador, nuestro Salvador y nuestro Redentor, sino porque quiere que confiemos en Él, así como se confía el hijo con su padre, el hermano con el hermano, el amigo con el amigo. Y quiere que se lo confiemos porque la confianza es señal de amor, es una muestra de amor: confío en mi amigo, en mi madre, en mi padre, y por eso acudo a ellos, sabiendo que el amor no defrauda; de la misma manera, acudo a Jesús con confianza, para recibir su Amor infinito que no defrauda jamás, porque el suyo es un Amor "más fuerte que la muerte" (Cant 8, 6.
          Sin embargo, al acercarnos, Jesús nos pide algo: que carguemos su yugo: "Cargad sobre vosotros mi yugo y aprendan de Mí que soy paciente y humilde de corazón y así obtendréis alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana". La condición para encontrar alivio a los pesares de esta vida es "cargar el yugo" de Jesús, y el yugo de Jesús no es otra cosa que la Cruz, la cual es pesada pero para Él, por es Él quien lleva la Cruz por nosotros y para nosotros, convirtiendo nuestra propia cruz en algo liviano, quitándole el peso agobiante: "Porque mi yugo es suave y mi carga liviana".
          "Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados y Yo os aliviaré". Jesús nos invita a que acudamos a Él en los pesares y en las aflicciones, en las tribulaciones y en los dolores, para aliviarlos, pero "alivio" no quiere decir "desaparición"; Jesús no promete hacer desaparecer las penas y dolores, sino aliviarlas y esto sucede cuando le confiamos lo que nos agobia, porque ahí es cuando Jesús toma sobre su Cruz la nuestra. Y así, llevando Él sobre su Cruz nuestros dolores, debido a que Él Dios Tres veces Santo y santifica todo lo que toca, santifica de esta manera nuestros dolores. No los hace desaparecer: los santifica, y así nos concede el alivio, porque ese dolor, esa pena, esa aflicción, así santificados por la Cruz de Jesús, se convierten en fuente de santidad para uno mismo, para los seres queridos y para muchos otros más.

          "Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados y Yo os aliviaré". Obedeciendo a su voz, acudimos al sagrario cargados de dolores y penas y allí Jesús transforma nuestras vidas, porque el fruto del hablar confiado y filial con Jesús en el sagrario, es el alivio de las mismas: "Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados y Yo os aliviaré". En la visita al sagrario, al Prisionero de Amor, se cumplen entonces las palabras del Salmo: "Al ibar iban llorando, llevando la semilla; al volver, vuelven cantando, trayendo la gavilla". Jesús en el sagrario transforma el dolor que llevamos, simbolizado en la semilla, en alegría, simbolizada en la gavilla, es decir, en el fruto de la cosecha, y esto porque Jesús siembra su semilla de gracia, de paz y de amor en nuestros corazones, cada vez que nos acercamos a Él en el sagrario.

martes, 16 de julio de 2013

“Te alabo Padre, porque has dado a conocer estas cosas a los pequeños”


“Te alabo Padre, porque has dado a conocer estas cosas a los pequeños” (Mt 11, 25-27). En su infinita sabiduría y bondad, Dios Padre da a conocer “cosas a los pequeños”, al tiempo que las oculta “a los sabios y prudentes”, y esto motiva la alabanza de Jesús. ¿Qué son estas “cosas” que Dios Padre da a conocer? ¿Quiénes son los humildes y pequeños?
Las “cosas” son los misterios de Cristo: Dios Padre da a conocer, de modo secreto e íntimo, que Jesús no es un hombre cualquiera, pero tampoco un profeta santo, y ni siquiera el más santo entre los santos: es Dios Hijo en Persona, que se ha encarnado en una naturaleza humana, para que la invisibilidad de Dios se haga visible en su Cuerpo humano; Dios Padre da a conocer el poder de su Hijo, que se manifiesta en los innumerables milagros que se suceden a lo largo del Evangelio y se continúan por medio de su Iglesia en el tiempo y en el espacio: la expulsión de demonios, la multiplicación de panes y peces, la resurrección de muertos; Dios Padre da a conocer “cosas” como la Presencia real de su Hijo en la Eucaristía, como Pan de Vida eterna, y en el sagrario, como Prisionero de Amor; Dios Padre da a conocer a los pequeños que Jesús dona el Espíritu Santo, en la efusión de Sangre de su Sagrado Corazón en la Cruz, y renueva este Don de dones cada vez, en la Santa Misa, renovación incruenta del Sacrificio del Calvario.

Los “pequeños”, a quienes Dios Padre, susurrándoles al corazón, les hace conocer los misterios de su Hijo, son aquellos que poseen un corazón contrito y humillado y una conciencia de ser nada más pecado delante de Dios; son misterios que solo pueden ser recibidos por los humildes, por los que “se estremecen ante la Palabra de Dios”, por los que saben que sin Cristo, Hombre-Dios, y su gracia, “nada pueden hacer”; los “pequeños” son aquellos que, imitando a Jesús Camino, Verdad y Vida, en su mansedumbre y humildad, pasan desapercibidos para el mundo, que alaba solo a los que se extravían por las oscuras sendas del error, de la muerte, de la soberbia y de la concupiscencia de vida. Finalmente, los pequeños son aquellos que “se vuelven pequeños como niños”, y como niños recién nacidos, se dejan llevar dulcemente en los brazos maternales de María y son arrullados por los latidos de amor del Inmaculado Corazón de la Madre de Dios.

domingo, 14 de julio de 2013

"No he venido a traer la paz, sino la espada"

          

       "No he venido a traer la paz, sino la espada" (Mt 10, 34-11,1). Para quien interprete, erróneamente, que el cristianismo es un movimiento pacifista, estas palabras suenan contradictorias e incompatibles con el pacifismo, y en realidad es así, puesto que el cristianismo es un movimiento pacífico, pero no "pacifista". Para entender la razón de la frase de Jesús, y para entender cuál es la paz que no viene a traer Jesús, y cuál es la espada que sí viene a traer, es necesario remontarse al inicio de la Creación, y más específicamente, al momento de la creación de los ángeles y la posterior rebelión de muchos de ellos contra Dios, y también a la creación del hombre y su posterior caída debido al pecado original. La rebelión de ambas creaturas tuvo como consecuencia la co-habitación del hombre y del demonio en la tierra -el hombre porque perdió el Paraíso; el demonio, porque fue precipitado a la tierra, en donde es dejado por un tiempo, hasta su encierro definitivo en el infierno- y la subyugación del hombre por parte del demonio, debido a la superioridad de su naturaleza angélica. De esta manera el demonio, habiendo declarado la guerra en los cielos contra Dios, la continúa aquí en la tierra, por medio de los hombres que se unen a él; toda la historia humana, hasta el fin de los tiempos, será una continua guerra que el demonio y el hombre librarán contra Dios. El hombre y el demonio, a causa del pecado, son enemigos de Dios y le hacen continuamente la guerra, uniéndose ambos en el mal y construyendo un orden de cosas y una civilización humana completamente opuestas al designio divino. La expresión máxima de este orden contrario al querer divino es la Nueva Era o Conspiración de Acuario, cuyo objetivo declarado es la iniciación luciferina de la humanidad y la consagración de toda la humanidad a Satanás. Si esto llegara a suceder, el demonio habría tenido éxito en su guerra contra Dios, instaurando en la tierra y, lo más grave, en el corazón del hombre, el Reino de las tinieblas, reino de terror, de odio, de división, de muerte y de dolor.
          Es en este contexto entonces en el que se entienden las palabras de Cristo, de que "no ha venido a traer la paz, sino la espada"; en este contexto se entiende que Cristo no sea un pacifista y que tampoco lo sea su Iglesia, puesto que Cristo ha venido a "deshacer las obras del demonio" (1 Jn 5, 20), ha venido a destruir al Reino de las tinieblas, ha venido a liberar al hombre de las garras del ángel caído, y ha venido a instaurar su Reino, el Reino de Dios, reino de amor, de paz, de alegría, de felicidad inimaginable para el hombre, y este Reino, que está "cerca" (cfr. Mt 3, 1-12) del hombre, se encuentra "dentro" (cfr. Lc 17, 21) de él cuando el hombre recibe la gracia santificante, la cual le abre el corazón al ingreso del Hombre-Dios por medio de la fe, el Amor y la comunión eucarística.

          "No he venido a traer la paz, sino la espada". Cristo combate con la espada, esto es, la Palabra de Dios, a sus enemigos, los enemigos de Dios y de los hombres, los demonios y los hombres perversos aliados a ellos. Si los enemigos de Cristo y de la Iglesia no son sus enemigos, es señal de que ese cristiano se ha aliado con el demonio y le ha declarado la guerra a Dios.

sábado, 13 de julio de 2013

“Si quieres ganar la vida eterna, si quieres salvar tu alma, ve y procede de la misma manera que el buen samaritano (…) ten compasión de tu hermano más necesitado”


(Domingo XV - TO - Ciclo C – 2013)
         “Ve y procede de la misma manera (…) ten compasión de tu hermano más necesitado” (Lc 10, 27-35). En la parábola del Buen Samaritano, Jesús no nos da un mero ejemplo de cómo ser solidarios con los demás: en la parábola está contenida toda la historia de la salvación: está contenido el misterio de iniquidad, la caída del hombre y su destierro del Paraíso a causa del pecado original; la tenebrosa y siniestra realidad de los ángeles caídos, que precedieron al hombre en su separación de Dios y, finalmente, el perdón, el rescate y la redención del Hombre-Dios Jesucristo. Además, en la parábola, dada por Jesucristo como respuesta a la pregunta de “qué hay que hacer para ganar la vida eterna”, está el programa de vida que conduce a la salvación eterna.
         Cada uno de los integrantes de la parábola, por lo tanto, representa una realidad sobrenatural:
         -La caída del hombre a causa del pecado está representada en el asalto y ataque de los ladrones del camino, que dejan al hombre de la parábola malherido y tendido en el suelo: es la imagen del hombre caído por el pecado, expulsado del Paraíso, privado de la visión de Dios porque ya no posee la gracia santificante.
         -Los asaltantes del camino representan a los demonios, que hacen presa fácil del caminante, son los demonios que, expulsados del Paraíso, dominan con facilidad al hombre, que por haber sido expulsado de la Presencia de Dios, está solo e indefenso. Los que pasan de largo representan a los hombres que, sin Dios, que es Amor, no tienen compasión ni amor por sus prójimos.
         -El hombre golpeado es la humanidad sin Dios, fácil presa de los demonios, del pecado y de las pasiones sin control.
         -El Buen Samaritano es figura de Cristo, quien con su misterio pascual de Muerte y Resurrección, rescata al hombre, le concede el perdón divino, lo sana con su gracia santificante y le concede una nueva vida, la vida de los hijos de Dios.
-La posada, a la cual acude el Buen Samaritano con el hombre herido a a cuestas, y en donde reposa para terminar de curar sus heridas, es figura de la Iglesia con sus sacramentos, que recibe en nombre de Cristo al hombre herido por el pecado original, atormentado por los demonios, y acosado por sus pasiones, para que sane de sus heridas y se sienta a salvo y en paz.
-El último elemento que se encuentra en la parábola, es la representación de lo que todo católico debe hacer si quiere salvar su alma: imitar a Jesús, el Buen Samaritano. Recordemos que la parábola es dada por Jesús como respuesta a la pregunta de un doctor de la ley acerca de qué es lo que debe hacerse para ganar la vida eterna: Jesús le dice que hay que cumplir el Primer Mandamiento, el que manda amar a Dios y al prójimo, y cuando el doctor de la ley pregunta quién es el prójimo, Jesús narra la parábola del Buen Samaritano.
Al responder con esta parábola, y al ser Jesús el Buen Samaritano, Jesús nos está diciendo que esta es la vía de la salvación, y que el que quiera salvarse, debe hacer lo que Él hizo: auxiliar a su prójimo más necesitado, incluido, y en primer lugar, aquel prójimo que es nuestro enemigo, porque los samaritanos eran enemigos con los judíos. Por este motivo, la Iglesia pide a sus hijos que practiquen las obras de misericordia espirituales y corporales, y esto sin reparar si el prójimo es amigo o enemigo: el Amor de Dios no hace acepción de personas. 
De esta manera, la respuesta a la pregunta, por parte de Jesús, se articula entonces en dos partes: en la primera parte, Jesús le dice al doctor de la ley que para entrar en la vida eterna, hay que cumplir el Primer Mandamiento, que manda amar a Dios y al prójimo; en la segunda parte de la respuesta, Jesús nos hace ver que el amor a Dios se materializa en el amor al prójimo, y que ese prójimo no es solo quien nos simpatiza, sino ante todo, el que por alguna circunstancia, es nuestro enemigo. 
Además, por medio de la parábola, Jesús nos hace ver que el verdadero prójimo es aquel que tiene compasión del que sufre, y luego le dice: “Ve tú y haz lo mismo”, y como lo que le dice al doctor de la ley nos lo dice a todos nosotros, también nosotros, si queremos salvar nuestras almas, si queremos ingresar en el Reino de los cielos, si queremos disfrutar de toda una eternidad de paz, alegría, amor y felicidad inimaginables, entonces “hagamos lo mismo”, es decir, imitemos a Jesús en su compasión por los más necesitados y auxiliemos, según nuestro estado de vida, a nuestros hermanos que sufren.
Ahora bien, si en esta parábola está contenido el programa de la salvación eterna, también está contenida la perdición de quienes no obren según Jesús: si alguien cierra su corazón a la compasión y a la misericordia –como lo hacen el levita y el sacerdote de la antigua alianza de la parábola-, entonces ese tal se cierra a sí mismo las posibilidades de su propia salvación.
¿Cómo obtenemos la salvación? Jesús nos responde, tal como le respondió al doctor de la ley: “Si quieres salvar tu alma, si quieres entrar en el Reino de los cielos, si quieres entrar en comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas, si quieres vivir en el Amor, en la paz, en la felicidad y la alegría para siempre, ve y procede de la misma manera, obra la misericordia y ten compasión de tu hermano más necesitado”. Lo que nos enseña la parábola, entonces, es que quien se compadece de su hermano que sufre, tiene el cielo asegurado, puesto que es el mismo Jesús quien lo dice: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7).