martes, 12 de julio de 2016

“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Si en otros hubiera hecho milagros, se habrían convertido"


“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza” (Mt 11, 20-24). Jesús se lamenta por las ciudades de Corozaím y Betsaida, porque en ellas, Él ha realizado milagros, pero no ha obtenido a cambio, la conversión del corazón, mientras que las ciudades paganas de Tiro y Sidón, que no han recibido tales milagros, se habrían convertido si es que en estas ciudades, Jesús hubiera realizado curaciones, multiplicaciones de panes y peces, resurrecciones de muertos. Los milagros de Jesús son la confirmación de sus palabras: Él afirma que es Dios Hijo, igual a Dios Padre; realiza milagros que sólo Dios puede hacer, por lo tanto, Él es Dios, tal como lo afirma. Si Jesús hace milagros, entonces, es para que, aquel que recibe el milagro, se convenza de la condición de Jesús de ser Dios y convierta, por lo tanto, su corazón a Él, cambiando de vida, dejando de lado su vivir pagano y comience a vivir la vida de los hijos de Dios, la vida de la gracia.
Jesús se lamenta de las ciudades de Corozaím y Betsaida porque se cumple en ellas lo que Él afirma: “Al que mucho se le dio, mucho se le pedirá”. Estas ciudades –sus habitantes- han recibido mucho, muchísimo, nada menos que la Presencia en Persona del Hijo de Dios y sus milagros, y por lo tanto se les pedirá cuentas, en el Juicio Final, del porqué de su dureza de corazón, que les impidió la conversión al Dios verdadero. Puesto que Él es Dios y ve en lo profundo del corazón humano, Jesús sabe cómo se habrían convertido las ciudades paganas de Tiro y Sidón, si en ellas Él hubiera hecho los milagros que hizo en las ciudades hebreas: siendo paganas, habrían abandonado el paganismo y habrían vuelto hacia Dios, por medio de la penitencia y la oración.
“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza”. El reclamo de Jesús es válido, en nuestros días, para los cristianos, que reciben, día a día, milagros y prodigios imposibles de ser apreciados en su magnitud, sobre todo el Milagro de los milagros, la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, sacrificio por medio del cual Dios Padre les entrega a su Hijo Jesucristo, oculto en apariencia de pan. Si alguien, luego de recibir –aunque sea una sola vez en la vida- el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, en el cual inhabita el Espíritu Santo, que se derrama sobre el alma de quien comulga, no se convierte, no se arrepiente de su vida de pagano, no cambia de vida, no carga la cruz de cada día para ir en pos de Jesús, ese tal recibirá el mismo reproche de Jesús dirigido a Corozaín y Betsaida: “¡Ay de ti, cristiano tibio, porque no te convertiste, a pesar de recibir mi Sagrado Corazón en la Eucaristía, colmado del Amor de Dios! Si este milagro hubiera sido realizado en muchos paganos, estos se habrían convertido a Mí, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza”. Jesús hace el milagro de quedarse en la Eucaristía, para que nos convirtamos a Él.

viernes, 8 de julio de 2016

“Se portó como prójimo el buen samaritano”


(Domingo XV - TO - Ciclo C – 2016)

         “Se portó como prójimo el buen samaritano” (Lc 10, 25-37). Para graficar el Nuevo Mandamiento de la caridad, promulgado por Él, Dios en Persona, Jesús relata la parábola del buen samaritano, en la cual se relata en qué consiste, verdaderamente, el Primer Mandamiento, el mandamiento que concentra en sí toda la Ley de Dios: “Amarás a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Para comprender la parábola -que explica el sentido nuevo y sobrenatural del Nuevo Mandamiento de Jesús-, hay que considerar que cada elemento de la parábola representa una realidad espiritual y sobrenatural: el hombre asaltado y herido, que queda tendido en el camino a causa de los golpes recibidos, es la humanidad herida por el pecado, atormentada por el Demonio y acechada por la muerte; los asaltantes que lastiman al hombre, son los demonios, los ángeles caídos, cuyo único objetivo es perder al hombre eternamente, descargando en él su furia deicida, al ser el hombre la creatura predilecta de Dios y la naturaleza a la que deben adorar en Cristo Jesús, Dios Hijo encarnado; la posada a la cual es llevado el hombre herido para ser curado es la Iglesia, que brinda la medicina del alma necesaria para curar las heridas que deja el pecado, esto es, la gracia santificante que se dona a través de los sacramentos; el buen samaritano, que se detiene a auxiliar a su prójimo, representa a Jesús, el Buen Samaritano, que cura a la humanidad con su Sangre y su gracia; el sacerdote y el levita que pasan de largo representan a los religiosos y laicos que, faltos de caridad y de amor sobrenatural al prójimo, no tienen compasión ni misericordia con su prójimo y es así que, en la negación de auxilio, está representada la religión vacía de amor verdadero y sobrenatural, porque tanto el sacerdote como el levita, por el hecho de ser hombres religiosos, estaban obligados por el Primer Mandamiento a prestarle socorro y asistencia, quedando así en evidencia la falsedad del corazón de aquel que, aun perteneciendo a la verdadera iglesia de Dios, tiene sin embargo un corazón frío y duro para con su prójimo; el Buen Samaritano, por el contrario, que representa a Jesucristo que sana nuestras heridas, además de a Jesucristo, representa todo aquel que obra religiosamente, aun sin pertenecer a la verdadera Iglesia -la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica-, porque obrar con amor al prójimo por amor a Dios y con temor de Dios es la esencia de la religión.

La parábola muestra también cómo es vacía la religión –representada en el sacerdote y el levita que pasan de largo ante el samaritano herido- cuando no hay caridad, porque la esencia de la religión es el Amor en la Verdad a Dios y al prójimo: “Quien dice que ama a Dios y no ama a su prójimo, ese tal es un mentiroso” (1 Jn 4, 20). El hombre debe amar a Dios, pero Dios tiene su imagen viviente en la tierra y es el prójimo, por lo tanto, si alguien no ama a  su prójimo, no ama en realidad a Dios, aun cuando rece y reciba los sacramentos y cumpla exteriormente con los preceptos de la religión. El Apóstol Santiago nos dice en qué consiste la verdadera religión: “La verdadera religión consiste en socorrer al prójimo por amor a Dios, manteniéndose apartados del espíritu del mundo: “La religión pura y sin mancha delante de nuestro Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y guardarse sin mancha del mundo” (1, 27).El amor a Dios debe pasar por el amor al prójimo, en el sentido de que debe ser demostrado en el amor al prójimo, porque el prójimo es la imagen viviente de Dios Encarnado, Jesucristo, y en quien Jesucristo inhabita misteriosamente: “Lo que hagáis a uno de estos pequeños, a Mí me lo hacéis”. Otro elemento a considerar es que el amor al prójimo se extiende incluso a aquel prójimo que, por algún motivo circunstancial, es nuestro enemigo, porque así lo manda Jesús: “Amen a sus enemigos” (Mt 5, 44) y así nos lo demuestra en la cruz, dando su vida por nosotros, que éramos enemigos de Dios por el pecado. El amor cristiano al prójimo, demostrado en la parábola del buen samaritano, no es un amor meramente humano, sino sobrenatural, porque se debe amar al prójimo como Cristo nos ha amado: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”, y Jesús nos ha amado hasta el extremo de dar su vida en la cruz por Amor a todos y cada uno de nosotros.
“Se portó como prójimo el buen samaritano”. De Dios hemos recibido este mandamiento: “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo” (cfr. 1Jn 4, 21; Mt 22, 40). Si no amamos a nuestro prójimo, a imitación de Cristo, el Buen Samaritano, y si no lo amamos con su mismo Amor, el Amor de Dios, el Espíritu Santo, toda nuestra religión es vana. Si amamos a Dios y demostramos ese amor siendo misericordiosos con nuestros hermanos, estamos ya en condiciones de entrar en el Reino de los cielos.


“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos”


“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos” (Mt 10, 16-23). Los discípulos de Jesús, en medio del mundo, son comparados, por el mismo Jesús, a “ovejas en medio de lobos”. ¿Por qué esta comparación? Una oveja es un animal manso, en tanto que el lobo es un animal agresivo y carnívoro y depredador, siendo la oveja uno de sus blancos preferidos y más fáciles de conseguir. La mansedumbre del cristiano-oveja se debe a que, por la gracia, se hace partícipe de la mansedumbre del Cordero de Dios, en tanto que la agresividad y hostilidad del mundo sin Dios, participan de la furia deicida del Ángel caído y de la malicia que brota del corazón del hombre en pecado. A primera vista, pareciera como si los cristianos en el mundo estuvieran inermes e indefensos y en grave peligro de muerte, así como un rebaño de ovejas está en peligro inminente de ser devorado por una manada de lobos que rodea al redil. Sin embargo, la indefensión de los cristianos es sólo aparente, porque mientras las ovejas sí están indefensas y nada pueden hacer contra las dentelladas de los lobos, si estos alcanzan a hundir sus dientes en sus tiernas carnes, los cristianos, por el contrario, están protegidos por la Sangre del Cordero de Dios, que ahuyenta a los lobos, los ángeles caídos, y los protege de la malicia de los hombres sin Dios. Si un pastor terreno dejara a su redil a merced de una manada de lobos, desentendiéndose de su suerte, se podría decir, con toda justicia, que ese pastor es desalmado y que no le importa nada el destino de sus ovejas, pues es inevitable que los lobos terminen desgarrando, con sus filosos dientes, los cuerpos indefensos de las ovejas, terminando con el rebaño entero en muy poco tiempo. Pero no es este el caso del Pastor Eterno, Cristo Jesús, porque aunque sus ovejas están en el mundo, rodeadas de lobos y de peligros para la eterna salvación, es Él mismo en Persona quien las asiste, las protege y las cuida para que nada malo les suceda, protegiéndolas con su Amor divino, de manera que ni todo el mal del mundo, ni todo el odio del infierno, puede siquiera tocar un cabello de un cristiano, si Jesús no lo permite (cfr. Mt 10, 29-30). Si Jesús nos envía a los cristianos a un mundo sin Dios, es para que, asistidos por su Sangre, por su Amor y por el Espíritu Santo, sea Él quien conquiste el mundo, por medio de nuestro testimonio, venciendo el odio con el Divino Amor y la violencia con la mansedumbre de su Sagrado Corazón.

jueves, 7 de julio de 2016

“Paz a esta casa”


“Paz a esta casa” (Lc 10, 5). Al enviarlos a anunciar la Buena Noticia, Jesús enseña a sus discípulos a dar el saludo de la paz a aquellas casas en las que los reciban: “Al entrar en una casa, salúdenla invocando la paz sobre ella”. No se trata de un mero saludo de cortesía, sino del don de la paz de Cristo, transmitida por los discípulos. La paz de Cristo es la paz de Dios, que sobreviene al alma cuando la gracia de Cristo quita aquello que le quita la paz y la enemista con Dios, esto es, el pecado.

La Iglesia continúa con la misión encomendada por Cristo, dando la paz de Dios a las almas, y lo hace por intermedio de la Santa Misa: al igual que en el Evangelio, la paz que da la Iglesia no es una mera convención social, sino verdaderamente la paz de Cristo, la paz de Dios a los hombres. Y a su vez, el cristiano, que es el depositario de esta paz divina, debe dar, a su prójimo, incluido aquel que, por un motivo u otro sea su enemigo, la misma paz de Cristo, sin hacer acepción alguna de personas. Lo que se recibe gratuitamente, la paz de Cristo, debe darse gratuitamente, la paz de Cristo, a todo prójimo, sin excepción alguna. Sólo así el cristiano se muestra como verdadero hijo de Dios Padre, que nos da su paz por la Sangre de su Hijo Jesucristo, aun cuando nosotros éramos sus enemigos. Esta es la razón por la cual el cristiano no tiene excusa alguna no solo para no odiar a su enemigo, sino para darle, con el amor de Cristo, la misma paz que de Él recibió desde la cruz.

miércoles, 6 de julio de 2016

“Y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó”


“Y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó” (Mt 10, 1-7). El Evangelista describe a Judas Iscariote no por su pertenencia al grupo selecto de discípulos de Jesús, al que Judas pertenecía, sino por la horrible acción que condujo al apresamiento y posterior condena a muerte de Jesús, la traición: “Y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó”. Dice San Ambrosio que Jesús escogió a Judas, no porque no supiera lo que Judas habría de hacer, sino que lo hizo, aún con conocimiento de causa –Jesús no podía no saberlo, siendo Él Dios en Persona y, por lo tanto, omnisciente-: “Escogió al mismo Judas, no por inadvertencia sino con conocimiento de causa. ¡Qué grandeza la de esta verdad que incluso un servidor enemigo no puede debilitar! ¡Qué rasgo de carácter el del Señor que prefiere que, a nuestros ojos quede mal su juicio antes que su amor! Cargó con la debilidad humana hasta el punto que ni tan sólo rechazó este aspecto de la debilidad humana”[1]. Y el mismo San Ambrosio afirma que Jesús quiso esta traición, para que supiéramos cómo hacer cuando alguien nos traicione: “Quiso el abandono, quiso la traición, quiso ser entregado por uno de sus apóstoles para que tú, si un compañero te abandona, si un compañero te traiciona, tomes con calma este error de juicio y la dilapidación de tu bondad”[2]. Es decir, si alguien nos traiciona, debemos tratarlo con la misma bondad con la que trató Jesús a Judas.
Pero hay otro aspecto a considerar en este Evangelio, y es qué es lo que Judas pierde, y qué es lo que obtiene, con su traición: lo que Judas pierde es la Comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor, en la Última Cena, al tiempo que gana la comunión con Satanás. Un autor dice así: “Quiero hablar a los faltos de juicio: Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado. Y, tanto a los faltos de obras de fe como a los que tienen el deseo de una vida más perfecta, dice: “Venid, comed mi cuerpo, que es el pan que os alimenta y fortalece; bebed mi sangre, que es el vino de la doctrina celestial que os deleita y os diviniza; porque he mezclado de manera admirable mi sangre con la divinidad, para vuestra salvación”[3]. El Cuerpo de Jesús, la Eucaristía, es ese “pan que alimenta y fortalece” y su Sangre es “el vino de la doctrina celestial que nos deleita y diviniza”, y la razón es que, en la Eucaristía, prolongación de la Encarnación, Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, ha mezclado su Sangre con su Divinidad, de manera tal que el que comulga el Cuerpo, la Sangre y el Alma de Jesús en la Eucaristía, es alimentado con su Divinidad:  “(…) he mezclado de manera admirable mi sangre con la divinidad, para vuestra salvación”[4].
Pero Judas, en vez de recostarse en el adorable pecho del Salvador, para escuchar los dulces latidos de su Corazón, como hizo Juan, Judas prefirió escuchar el duro y metálico tintinear de las monedas de plata, precio y pago de su traición, y así, en vez de alimentarse del Cuerpo y la Sangre del Salvador, unidos a su divinidad, se alimentó “del bocado”, no de la Eucaristía, y en vez de ser invadido del Espíritu Santo, como sucede con los que comulgan con amor y fervor la Hostia Santa y Pura, entró en comunión con Satanás, como lo dice el Evangelio: “Judas tomó el bocado (y) Satanás entró en él” (Jn 13, 27). Y en vez de acompañar al Redentor en el Cenáculo, iluminado por la luz de su Sagrado Corazón, Judas sale del Cenáculo, rompe la comunión con Jesús, el Hombre-Dios, y se interna en la noche, no solo en la noche cosmológica, sino en la Noche eterna, en la comunión en el odio deicida con las sombras vivientes, los ángeles caídos y los condenados: “Judas salió del Cenáculo. Afuera era de noche”. En vez de dar su vida por amor a Jesús, el Redentor, como lo harían luego los Apóstoles, Judas sale para consumar la traición, envuelto en el odio a Dios y a su Mesías y devorado por el ansia insaciable de dinero mal habido, característica de la avaricia.
Tengamos mucho cuidado en preferir las cosas del mundo, antes que la Eucaristía.



[1] Cfr. Comentario al evangelio de Lucas, V, 44-45.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Procopio de Gaza, Comentario sobre el libro de los Proverbios, Cap. 9: PG 87, 1, 1299-1303.
[4] Cfr. ibidem.

martes, 5 de julio de 2016

“Jesús proclamaba la Buena Noticia del Reino y curaba todas las enfermedades y dolencias”


“Jesús proclamaba la Buena Noticia del Reino y curaba todas las enfermedades y dolencias” (Mt 9, 32-38). Existe una tendencia, dentro del cristianismo, a identificar la “Buena Noticia del Reino”, proclamada por Jesús en Persona, y la “curación de todas las enfermedades y dolencias”, realizadas también por Jesús. Para muchos cristianos –sean sacerdotes o laicos-, la “Buena Noticia” es buscar la curación o sanación de las enfermedades, sean corporales o psíquicas. Esto es lo que explican las denominadas “misas de sanación”, en donde la gente –legítimamente- busca ser sanada de sus dolencias. Sin embargo, la Buena Noticia de Jesús no radica en la curación de enfermedades y dolencias, por graves que sean: la presencia de la enfermedad y su eventual curación, cuando acontece -sea milagrosamente o sea por la ciencia-, es sólo un aspecto de la vida querido o permitido por Dios, pero para que la persona que sufre se acerque a Él y participe de su Cruz. Se puede decir que la enfermedad, con todo lo que esta acarrea –tribulación, angustia, dolor, ansiedad-, es una participación a la cruz de Jesús. En otras palabras, es Jesús quien, a través de la enfermedad que permite que le acontezca a una persona, está acercando a esta persona a Él mismo, que está crucificado en el Calvario –y, por lo tanto, la acerca también a María Santísima, que está de pie, al lado de la cruz-. Es absolutamente legítimo implorar a Dios, en la Misa, en el Rosario, en la Adoración Eucarística y en cualquier oración que el católico buenamente pueda hacer, pero ante la enfermedad, lo que nos enseñan los santos, como San Ignacio de Loyola, no es pedir, ni la curación, ni la prolongación de la enfermedad, sino que se cumpla la voluntad de Dios. Dice San Ignacio que el alma puede estar llamada a seguirla en la enfermedad, o también en la salud, y que por lo tanto, no hay que pedir ni salud, ni enfermedad, sino el cumplimiento de la voluntad de Dios en nuestras vidas. En otras palabras, podría ser que Dios quisiera que me santifique en la enfermedad, por lo que tengo que pedir el saber participar de la Pasión de Jesús, que eso es la enfermedad; o pudiera ser que Dios quisiera que yo me santifique con la salud, con lo cual tendría que pedir el sanarme. Ahora bien, como no sé a ciencia cierta cuál es la voluntad de Dios, si que yo me sane o continúe enfermo, entonces, lo que tengo que pedir, es que se cumpla la voluntad de Dios en mí, y el modelo para esta oración son María Santísima en la Anunciación –“Se cumpla en mí según tu voluntad” (Lc 1, 38) y Nuestro Señor en el Huerto –“Padre, que no se cumpla mi voluntad, sino la tuya” - (Lc 22, 42).

“Jesús proclamaba la Buena Noticia del Reino y curaba todas las enfermedades y dolencias”. La Buena Noticia del Reino es la Persona de Jesús, Segunda de la Trinidad, encarnada en Jesús de Nazareth, muerto en cruz por nuestra salvación. La curación de “enfermedades y dolencias” es, en algunos casos y no en todos, el camino para llegar al cielo. En otros casos, la enfermedad y la dolencia es el camino para participar de la Santa Cruz de Jesús y así llegar también al cielo. No importan, ni la curación, ni la salud, sino que se cumpla la voluntad de Dios en nuestras vidas, que quiere salvarnos a todos, a unos en estado de salud, y a otros por la enfermedad. No pidamos, entonces, a priori, ni salud, ni enfermedad, sino que se cumpla su voluntad, que siempre es santa, en nuestras vidas.

viernes, 1 de julio de 2016

“Está cerca el Reino de Dios”


(Domingo XIV - TO - Ciclo C – 2016)

         “Está cerca el Reino de Dios” (Lc 10, 1-12 17.20). Al enviar a sus discípulos a misionar, además de darles consideraciones de tipo práctico, acordes con el ideal de la pobreza evangélica –no llevar calzados, alforjas, etc.-, hay un mandato central que Jesús repite dos veces, y que es lo que los discípulos deben anunciar, tanto a quienes los reciban en sus casas, como a los que no: “El Reino de Dios está cerca”.
         Puesto que el anuncio nos compete directamente a nosotros, los católicos, debemos profundizar en este anuncio y por eso nos preguntamos: ¿qué significa “el Reino de Dios está cerca”? Que el Reino de Dios esté cerca significa, por un lado, que el hombre debe tomar conciencia de que el reino de este mundo, es decir, esta vida terrena, termina pronto, aun cuando alguien llegue a vivir ciento veinte años, y que después de esta vida terrena, inmediatamente, después de la muerte, se termina para el alma el tiempo y el espacio y la vida temporal, para ingresar en la eternidad. Dice el Libro de los Proverbios: “Medita en las postrimerías y no pecarás jamás” (), y es esto lo que el cristiano debe grabar a fuego en su mente y en su corazón: que el Reino de Dios está cerca, porque luego de la muerte terrena, el alma ingresa en la eternidad, en donde tiene lugar su Juicio Particular y luego, según el veredicto divino, sobreviene la eternidad para el alma, sea en el cielo o en el infierno, siendo el Purgatorio una etapa previa al cielo, necesaria para algunos.
         Pero para el católico, “el Reino de Dios está cerca”, tiene además otro significado: el Reino de Dios está cerca porque está cerca la gracia sacramental, la gracia santificante que se comunica al alma por los sacramentos, y es la gracia la que hace que el alma participe de la vida divina de Dios, que es el Rey del Reino de los cielos: cuando el católico recibe la gracia, vive ya con la vida de Dios, Rey del cielo, y por lo tanto, cuando se está en gracia, se puede decir que ya se vive, de modo anticipado y aunque todavía no plenamente, “en el Reino de los cielos” y “del” Reino de los cielos, porque se vive con la vida de Dios, que es la vida del Reino de los cielos. Es decir, por la gracia santificante, recibida a través de los sacramentos, el católico posee ya, en germen, en esta vida terrena, la participación en la vida eterna del Ser trinitario divino; por la gracia, el católico comienza ya a participar del Reino de Dios y, todavía más, de la vida del Rey del cielo, Cristo Jesús.
         La inminencia del Reino, por un lado –porque esta vida terrena es limitada y finaliza pronto- y la proximidad del Reino, por otro –debido a la participación en la vida divina por medio de la gracia santificante-, el católico no puede anhelar, como objetivos últimos de su existencia, a la posesión, disfrute y goce de los reinos terrenos, puesto que estos se oponen radicalmente al Reino de Dios. El católico está destinado a gozar del Reino de los cielos, no de los reinos terrenos, que consisten en bienes materiales, en gozos terrenos y son esencialmente pasajeros. El católico que busca el reino de este mundo –esto es, bienes materiales, placer, honor mundano-, deja necesariamente de lado al Reino de Dios y se somete, voluntariamente, al Príncipe de este mundo, Satanás, que es quien, por permisión divina, gobierna en el mundo.

“Está cerca el Reino de Dios”. Por la gracia, no solo se vive anticipadamente con la vida del Reino de los cielos, sino que, por la comunión eucarística, el católico que comulga en gracia, con fe, devoción y amor, posee ya, más que el Reino de los cielos, al Rey de los cielos, Cristo Jesús en la Eucaristía. Por esta razón es que, para nosotros, los católicos, el Reino de los cielos, no sólo está cerca, sino que tenemos incluso la gracia de que el Rey de los cielos, el Rey de reyes y Señor de señores, Cristo Jesús en la Eucaristía, habite en nuestras almas, convirtiéndolas en morada celestial de su Presencia Eucarística, convirtiéndolas, al ingresar en nosotros por medio de la Eucaristía, en el mismo Reino de los cielos.