martes, 2 de julio de 2019

“Tus pecados quedan perdonados”



“Tus pecados quedan perdonados” (Mt 9, 1-8). Le presentan a Jesús un paralítico pero no para que le cure la parálisis, sino para que le perdone sus pecados: esto se deduce del hecho de que Jesús le dijera: “Tus pecados te son perdonados” y que no lo curara, en primera instancia, de su parálisis. Es decir, tanto el paralítico como los que lo llevan –y así lo interpreta también Jesús-, no buscan el milagro de la curación física, sino el perdón de los pecados. Por esta razón es que Jesús, sólo después de haber leído los pensamientos de algunos de los asistentes en los que era acusado de “blasfemo” -puesto que sólo Dios podía perdonar los pecados-, sólo entonces, es que Jesús realiza el milagro de la curación física del paralítico: “Para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados -dijo al paralítico-: Ponte en pie, recoge tu camilla y vete a tu casa”. Jesús hace el milagro de la curación del paralítico sólo después de perdonar los pecados de éste y lo hace para que los que dudaban acerca del poder de Jesús de perdonar los pecados, tuvieran una prueba sensible de su poder invisible. Es decir, Jesús realiza el milagro de la curación física del paralítico para demostrar que verdaderamente tiene poder para perdonar los pecados: si Él es Dios -sólo Dios puede hacer un milagro de tal magnitud, una curación física de esa envergadura-, entonces Él puede perdonar los pecados, porque sólo Dios puede perdonar los pecados.
Además de resaltar la condición de Jesús de ser Hijo de Dios, con el consecuente poder de perdonar los pecados, del episodio del Evangelio se destacan, por un lado, la conciencia delicada del paralítico y su amor por la gracia, puesto que él acude a Jesús no para que lo cure físicamente, sino para que le perdone Jesús los pecados; por otro lado, queda de manifiesto la malicia de los que murmuran contra Jesús, porque si es cierto que sólo Dios puede perdonar los pecados, al hacer el milagro de la curación física del paralítico, Jesús demuestra que Él es Dios y que puede efectivamente perdonar los pecados, con lo cual, si alguien persiste en el rechazo de Jesús, este rechazo es infundado y sólo revela malicia en el corazón.
Reconozcamos a Jesús en cuanto Dios y, a imitación del paralítico, que nos preocupe antes la salud del espíritu que la del cuerpo.


“Increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma”



“Increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma” (Mt 8, 23-27). Jesús, que dormía en la Barca de Pedro –aprovechando la oportunidad de un breve descanso[1]-, es despertado los discípulos, los cuales han entrado en pánico al desencadenarse una tormenta de tal magnitud sobre la barca, que amenazaba con hundirla. Jesús se levanta y luego de reprender con calma la falta de fe al gritar “¡Vamos a perecer!”, pues ellos debían saber que estaban seguros en su compañía, sea que Jesús estuviera despierto o dormido[2], increpa a los vientos y al mar e inmediatamente “sobreviene una gran calma”. El milagro en sí mismo muestra que Jesús es Dios, porque sólo Dios puede obrar un milagro semejante sobre la naturaleza. En efecto, siendo Él su Creador, a Él le obedece la naturaleza entera.
Pero además del milagro en sí, hay algo que se destaca y es el hecho de que cada elemento en el pasaje evangélico, hace referencia a una realidad sobrenatural. Así, por ejemplo: la Barca de Pedro en donde Jesús duerme, es figura de la Iglesia Católica; la tempestad que se abate sobre la barca -el fuerte viento y las olas enormes- y amenaza con hundirla, son los ataques que la Iglesia Católica sufre a lo largo de su historia, por parte de los hombres que odian a Dios, azuzados en su odio por el Enemigo de Dios y las almas, el Demonio; el hecho de que Jesús duerma mientras arrecia el peligro, significa que llegará un momento en que mientras la Iglesia será atacada de todas las formas posibles, Jesús Eucaristía parecerá callado, al punto de pensar todos que Dios mismo se ha dormido; el despertar de Jesús y su intervención consiguiente, que hace cesar la tempestad de inmediato luego de increpar al viento y al mar, hace referencia a una súbita y repentina intervención de Jesús, en momentos en los que el mundo, el hombre y el demonio ataquen con tanta fuerza a la Iglesia, que todo parecerá humanamente perdido. En ese momento, Dios intervendrá desde la Eucaristía, para derrotar a sus enemigos y para inaugurar una nueva era de paz y amor en su Iglesia.
“Increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma”. Cuando todo parezca humanamente perdido, recordemos la intervención súbita de Jesús y tengamos confianza en su Amor Misericordioso, que late en la Eucaristía y nunca abandona.


[1] B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Ediciones Herder, Barcelona 1957, 375.
[2] Cfr. B. Orchard, ibidem 375.

sábado, 29 de junio de 2019

“Te seguiré adonde vayas”



(Domingo XIII - TO - Ciclo C – 2016)

“Te seguiré adonde vayas” (Lc 9, 51-62). El Evangelio trata acerca del llamado a seguir a Jesús, aunque también de las condiciones y disposiciones espirituales que suponen esta decisión. En efecto, cuando Jesús pasa, por un lado, un hombre le dice espontáneamente que lo seguirá “adonde vaya”; por otro lado, a otros dos, en cambio, es Jesús quien formula la llamada a seguirlo: “Sígueme”.
Ahora bien, ¿de qué tipo de seguimiento a Jesús se trata? Porque el seguimiento a Jesús puede ser en la vida consagrada o en la vida matrimonial. Entonces, se trata del seguimiento a Jesús o por la vida consagrada o por la vida matrimonial. Pero a estos dos seguimientos le podemos agregar un tercer seguimiento y es el llamado universal a la santidad a toda la humanidad. Por lo tanto, en este Evangelio estarían comprendidos todos los hombres y sus respectivos estados de vida, a los que Jesús elige y llama para que estén con Él: están los que son llamados a la vida consagrada, los que son llamados a la vida matrimonial, y los que son llamados a ser santos –en otro estado de vida que no sea el de estos dos- y es esta la llamada universal de Jesús a todo hombre.
Cuando se habla del seguimiento de Jesús, hay que tener en cuenta de adónde se dirige Jesús –a Jerusalén, a sufrir la Pasión- y cuáles son las disposiciones de vida interiores y espirituales y también materiales para seguir a Jesús, puesto que el seguimiento de Jesús implica exigencias, como abandonos y estos abandonos –de las pasiones, de la avidez por lo material, del propio yo- nadie , en ningún estado de vida, está libre. El triple abandono –pasiones, bienes materiales, ego- es algo común a todo tipo de seguimiento de Jesús, sea en la vida consagrada, sea en la vida matrimonial, sea en el llamado personal y universal a la santidad.
Un elemento en común que tienen, tanto los que espontáneamente se ofrecen a seguirlo –“Te seguiré adonde vayas”, le dice uno-, como aquellos a quienes Él llama en persona –“Sígueme”, le dice a los otros dos- es la advertencia de Jesús acerca de en qué consiste el abandono necesario para su seguimiento. En todos los casos, está presente el triple abandono, seguido de la conversión eucarística del corazón, que hace que el hombre viva no ya como el hombre viejo, sino como el hombre nuevo, el hombre que ha sido convertido en hijo adoptivo de Dios. En todos los casos de seguimiento de Jesús está presente el llamado universal a la santidad, que implica dejar de lado la vida del hombre viejo, dominada por el pecado y comenzar a vivir la vida del hombre nuevo, del hombre nacido “de lo alto, del agua y del Espíritu”.
Jesús se detiene para advertir las condiciones en las que deben vivir quien lo siga: dejar el mundo –significado en el que tiene que “enterrar a sus muertos”-; dejar la familia biológica –solo para los consagrados, obviamente- para vivir en Iglesia, que es la familia de los hijos de Dios –está representado en el que le pide despedirse de su familia-; pero además de esto y en primer lugar, en el seguimiento de Jesús se encuentra la disposición de cargar la cruz y vivir la pobreza de la cruz –no cualquier pobreza, sino la pobreza que hace santos, la pobreza de la cruz, pobreza que consiste en, además del despojo de lo material, en una disposición interior por la cual el alma se reconoce siempre necesitada de Dios, de su Fortaleza, de su Sabiduría y de su Amor-, lo cual está significado en la frase de Jesús: “El Hijo del hombre no tiene dónde reposar su cabeza”.
Entonces, al decir, esto, Jesús advierte que quien lo siga debe vivir la pobreza –la pobreza de la cruz-, pero sobre todo, debe estar dispuesto a subir con Él a la cruz, porque es ahí en donde se cumplen sus palabras: “El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. En la cruz, con sus brazos y pies clavados por gruesos clavos de hierro y con su cabeza coronada por una corona de gruesas, filosas y duras espinas, Jesús no tiene cómo ni dónde reclinar la cabeza, sin disponer ni siquiera de un breve instante de descanso y consuelo en todo el tiempo que dura su dolorosa agonía. Entonces, estas condiciones de vida y disposiciones del alma son ineludibles para cualquier estado de vida, en el seguimiento de Jesús.
“Te seguiré adonde vayas”. Sea cual sea nuestro estado de vida, todos los seres humanos de todos los tiempos estamos llamados a conocer, amar y seguir a Jesús y que el seguimiento de Jesús es en dirección al Calvario, porque Jesús “toma la decisión de viajar a Jerusalén” para subir a la Cruz. Es decir, el seguimiento de Jesús implica, esencial e indefectiblemente, cargar la propia cruz e ir en pos de Él, siguiéndolo por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis, el cual es un camino estrecho, arduo, duro, difícil, y que finaliza recién con la muerte del propio yo y su visión naturalista de la existencia; el seguimiento de Jesús finaliza con la subida a la cruz y con la muerte del hombre viejo, el hombre dominado por el ego y las pasiones. Es un camino en el que no se debe mirar para atrás; es un camino en el que la única posesión material es el leño de la cruz, los clavos de las manos y los pies y la corona de espinas; un camino en el que el mundo materialista y sus atractivos no tiene cabida; un camino en el que no hay lugar para reposar la cabeza.
“Te seguiré adonde vayas”. Jesús va, por el Camino del Calvario, con la Cruz a cuestas. En esto consiste el seguimiento de Jesús: en seguirlo por el Camino Real de la Santa Cruz.

jueves, 27 de junio de 2019

“Te seguiré adonde vayas”



(Domingo XIII - TO - Ciclo C – 2016)

“Te seguiré adonde vayas” (Lc 9, 51-62). El Evangelio trata acerca del llamado a seguir a Jesús, aunque también de las condiciones y disposiciones espirituales que suponen esta decisión. En efecto, cuando Jesús pasa, por un lado, un hombre le dice espontáneamente que lo seguirá “adonde vaya”; por otro lado, a otros dos, en cambio, es Jesús quien formula la llamada a seguirlo: “Sígueme”.
Ahora bien, ¿de qué tipo de seguimiento a Jesús se trata? Porque el seguimiento a Jesús puede ser en la vida consagrada o en la vida matrimonial. Entonces, se trata del seguimiento a Jesús o por la vida consagrada o por la vida matrimonial. Pero a estos dos seguimientos le podemos agregar un tercer seguimiento y es el llamado universal a la santidad a toda la humanidad. Por lo tanto, en este Evangelio estarían comprendidos todos los hombres y sus respectivos estados de vida, a los que Jesús elige y llama para que estén con Él: están los que son llamados a la vida consagrada, los que son llamados a la vida matrimonial, y los que son llamados a ser santos –sea en la vida sacerdotal y en la vida matrimonial- y es esta la llamada universal de Jesús a todo hombre.
Cuando se habla del seguimiento de Jesús, hay que tener en cuenta de adónde se dirige Jesús y cuáles son las disposiciones de vida interiores y espirituales y también materiales para seguir a Jesús, puesto que el seguimiento de Jesús implica exigencias, como abandonos y estos abandonos –de las pasiones, de la avidez por lo material, del propio yo- nadie , en ningún estado de vida, está libre. El triple abandono –pasiones, bienes materiales, ego- es algo común a todo tipo de seguimiento de Jesús, sea en la vida consagrada, sea en la vida matrimonial, sea en el llamado personal y universal a la santidad.
Un elemento en común que tienen, tanto los que espontáneamente se ofrecen a seguirlo –“Te seguiré adonde vayas”, le dice uno-, como aquellos a quienes Él llama en persona –“Sígueme”, le dice a los otros dos- es la advertencia de Jesús acerca de en qué consiste el abandono necesario para su seguimiento. En todos los casos, está presente el triple abandono, seguido de la conversión eucarística del corazón, que hace que el hombre viva no ya como el hombre viejo, sino como el hombre nuevo, el hombre que ha sido convertido en hijo adoptivo de Dios. En todos los casos de seguimiento de Jesús está presente el llamado universal a la santidad, que implica dejar de lado la vida del hombre viejo, dominada por el pecado y comenzar a vivir la vida del hombre nuevo, del hombre nacido “de lo alto, del agua y del Espíritu”.
Jesús se detiene para advertir las condiciones en las que deben vivir quien lo siga: dejar el mundo –significado en el que tiene que “enterrar a sus muertos”-; dejar la familia biológica –solo para los consagrados, obviamente- para vivir en Iglesia, que es la familia de los hijos de Dios –está representado en el que le pide despedirse de su familia-; pero además de esto y en primer lugar, en el seguimiento de Jesús se encuentra la disposición de cargar la cruz y vivir la pobreza de la cruz –no cualquier pobreza, sino la pobreza que hace santos, la pobreza de la cruz, pobreza que consiste en, además del despojo de lo material, en una disposición interior por la cual el alma se reconoce siempre necesitada de Dios, de su Fortaleza, de su Sabiduría y de su Amor-, lo cual está significado en la frase de Jesús: “El Hijo del hombre no tiene dónde reposar su cabeza”.
Entonces, al decir, esto, Jesús advierte que quien lo siga debe vivir la pobreza –la pobreza de la cruz-, pero sobre todo, debe estar dispuesto a subir con Él a la cruz, porque es ahí en donde se cumplen sus palabras: “El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. En la cruz, con sus brazos y pies clavados por gruesos clavos de hierro y con su cabeza coronada por una corona de gruesas, filosas y duras espinas, Jesús no tiene cómo ni dónde reclinar la cabeza, sin disponer ni siquiera de un breve instante de descanso y consuelo en todo el tiempo que dura su dolorosa agonía. Entonces, estas condiciones de vida y disposiciones del alma son ineludibles para cualquier estado de vida, en el seguimiento de Jesús.
“Te seguiré adonde vayas”. Sea cual sea nuestro estado de vida, todos los seres humanos de todos los tiempos estamos llamados a conocer, amar y seguir a Jesús y que el seguimiento de Jesús es en dirección al Calvario, porque Jesús “toma la decisión de viajar a Jerusalén” para subir a la Cruz. Es decir, el seguimiento de Jesús implica, esencial e indefectiblemente, cargar la propia cruz e ir en pos de Él, siguiéndolo por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis, el cual es un camino estrecho, arduo, duro, difícil, y que finaliza recién con la muerte del propio yo y su visión naturalista de la existencia; el seguimiento de Jesús finaliza con la subida a la cruz y con la muerte del hombre viejo, el hombre dominado por el ego y las pasiones. Es un camino en el que no se debe mirar para atrás; es un camino en el que la única posesión material es el leño de la cruz, los clavos de las manos y los pies y la corona de espinas; un camino en el que el mundo materialista y sus atractivos no tiene cabida; un camino en el que no hay lugar para reposar la cabeza.
“Te seguiré adonde vayas”. Jesús va, por el Camino del Calvario, con la Cruz a cuestas. En esto consiste el seguimiento de Jesús: en seguirlo por el Camino Real de la Santa Cruz.

martes, 25 de junio de 2019

“Edifiquen sobre la Roca y no sobre arena”



“Edifiquen sobre la Roca y no sobre arena” (cfr. Mt 7, 21-29). En esta parábola, Jesús nos presenta a dos hombres distintos que edifican sus respectivas casas: uno edifica sobre roca y así los cimientos de la casa están firmes para cuando lleguen las tormentas y tempestades; el otro, edifica sobre arena, por lo cual sus cimientos no están firmes y cuando llega la tormenta, todo su edificio se desmorona. Estos hombres y sus respectivas casas son figuras de dos tipos de almas: el que edifica sobre roca representa a las almas que construyen su edificio espiritual sobre la Roca, Cristo y son las almas que adoran a Cristo en la Eucaristía y en la Cruz; el que edifica sobre arena representa a las almas que construyen sobre espiritualidades no cristianas o con fundamentos meramente humanos: cuando llega el tiempo de la tribulación, todo se viene abajo espiritualmente.
Esta parábola nos enseña que debemos edificar sobre la Roca sólida, que es Cristo Jesús y descartar cualquier espiritualidad que no se derive de Cristo Eucaristía y de Cristo crucificado.

lunes, 24 de junio de 2019

“Entrad por la puerta estrecha”



“Entrad por la puerta estrecha” (Mt 7, 6. 12-14). Jesús nos dice que, para entrar en el Reino de los cielos, es necesario entrar por la “puerta estrecha”, en contraposición con la “puerta ancha” que conduce a la eterna condenación. Es decir, en la vida terrena, en la que estamos de paso hacia la vida eterna, hay dos puertas, una estrecha y otra ancha, a las cuales debemos elegir, indefectiblemente, antes de pasar a la vida eterna. Ahora bien, nadie nos obliga a ir ni por una ni por la otra, sino que se trata de una libre elección: puedo elegir libremente cuál de las dos puertas prefiero. Jesús nos aconseja elegir la puerta estrecha y evitar la puerta ancha, porque la primera lleva al cielo, mientras que la segunda, al infierno.
“Entrad por la puerta estrecha”. ¿Cuál es la puerta estrecha? ¿Qué implica esta elección? La puerta estrecha es la Cruz y su elección implica, como dice Santo Tomás, elegir todo lo que Cristo eligió en la Cruz y despreciar todo lo que Cristo despreció en la Cruz. Al contemplar a Cristo crucificado, vemos que Cristo eligió en primer lugar el sacrificio, ya que dio su vida libremente por nosotros, por nuestra salvación; al sacrificio se le oponen la holgazanería y la pereza, por lo que si no combatimos a esta tentación, tanto en el cuerpo como en el alma –hay una pereza corporal y una espiritual, esta última se llama “acedia”-, estamos eligiendo la puerta ancha. El otro elemento que encontramos al contemplar la Cruz es el Amor, porque Cristo se ofreció en sacrificio movido única y exclusivamente por el Amor a Dios y a los hombres. Este amor implica el amor a Dios y al prójimo, incluido el enemigo, porque Cristo Jesús nos manda amar a los enemigos –personales, no a los enemigos de Dios y de la Patria-, de manera que si elegimos el rencor, el odio o la venganza, estamos eligiendo lo opuesto al Amor y nuevamente nos dirigimos a la condenación eterna, porque es más fácil dejarse llevar por el deseo de venganza, que amar al enemigo hasta la muerte de Cruz, movido por la gracia.
“Entrad por la puerta estrecha”. La puerta estrecha es, entonces, la Cruz, la Santa Cruz de Jesús: si la elegimos, elegiremos el yugo de Dios, que es “suave y liviano”, y así salvaremos nuestras almas.


sábado, 22 de junio de 2019

Solemnidad de Corpus Christi



(Ciclo C – 2019)

          La Solemnidad de Corpus Christi se originó en un milagro eucarístico: en la localidad de Orvieto-Bolsena, durante la consagración -es decir, en el momento en el que el sacerdote pronuncia las palabras de la transubstanciación-, el pan se convirtió en un trozo de músculo cardíaco sangrante y esta sangre fue tan abundante, que llenó el cáliz, lo rebalsó y manchó el corporal. Este milagro era la respuesta del cielo ante la crisis de fe del sacerdote que celebraba la misa, el cual, si bien era un buen sacerdote, piadoso y devoto, sin embargo tenía dudas acerca de lo que la Iglesia enseña sobre la Eucaristía, esto es, que por las palabras de la consagración el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre. Como el sacerdote tenía dudas de fe, el cielo decidió realizar este milagro, para que se viera de forma visible lo que sucede de modo invisible: invisiblemente, insensiblemente -es decir, sin ser captados por los sentidos-, cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, se produce un milagro que se llama “transubstanciación”, por el cual las substancias del pan y del vino se convierten en las substancias del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Esto es lo que sucede, en cada Santa Misa, de modo invisible, sin que nosotros nos percatemos sensiblemente de ello. Pero por el hecho de que no lo veamos, no quiere decir que no ocurra. La Santa Misa es un misterio sobrenatural, inalcanzable para los sentidos y también para la razón, puesto que solo por la razón iluminada con la luz de la fe se puede llegar a aceptar la realización del milagro de la conversión de las substancias del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Teniendo esto en cuenta, podemos decir que en Bolsena se produjo un milagro dentro de un milagro, y el milagro principal no fue que el pan se convirtiera en músculo cardíaco visible y el vino en sangre; el milagro principal ocurre en cada Santa Misa, porque en cada Santa Misa se produce el milagro de la transubstanciación, cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración. Es decir, en cada Santa Misa se produce el Milagro de los milagros, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor y esto sucede de modo invisible, pero real; lo que sucedió en Orvieto-Bolsena es que, en este caso, se produjo un milagro visible, además del milagro invisible: lo que sabemos sólo por la fe, en Orvieto-Bolsena se hizo visible y así el sacerdote y los fieles pudieron comprobar, con sus propios ojos, cómo el pan se convertía en el Corazón de Cristo y el vino en su Sangre Preciosísima.
          Entonces, cuando asistamos a Misa, recordemos el milagro que dio origen a la Solemnidad y procesión de Corpus Christi, pero sepamos que, aunque no vuelva a producirse un milagro similar, esto es, la aparición visible del Cuerpo y la Sangre de Jesús, esta conversión sucede, realmente, de modo milagroso, aun cuando no seamos capaces de observarla con los sentidos. Cuando asistamos a Misa, recordemos el milagro de Orvieto, pero sepamos que ese mismo milagro sucede, invisiblemente, por las palabras de la consagración en cada Santa Misa y sepamos que no tenemos necesidad de que vuelva a producirse un milagro visible: basta con que se haya producido una vez, para que esto confirme lo que la Iglesia nos enseña en su Magisterio: que por las palabras de la consagración el pan se convierte en el Corazón Eucarístico de Jesús y el vino en su Sangre.
          Por último, recordemos otro elemento importante del Milagro de la Santa Misa: cuando decimos que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, tengamos en cuenta que ese Cuerpo y esa Sangre pertenecen a una Persona, Jesús de Nazareth, el Verbo de Dios encarnado, de manera tal que cuando comulgamos su Cuerpo y bebemos su Sangre en la Eucaristía, no recibimos a un Cuerpo y a una Sangre que no pertenecen a nadie, sino que son el Cuerpo y la Sangre que pertenecen a la Persona del Hijo de Dios: en otras palabras, la Dueña de ese Cuerpo y de esa Sangre es la Segunda Persona de la Trinidad, Dios Hijo y es esto lo que comulgamos, el Cuerpo y la Sangre de la Persona y, con ellos, a la Persona en Sí misma. Esto quiere decir que cuando el sacerdote, al presentar la Hostia consagrada al fiel para que comulgue dice: “El Cuerpo de Cristo”, está diciendo en realidad: “Lo que estás por recibir en tu cuerpo y en tu corazón es a la Segunda Persona de la Trinidad, Dios, Hijo de Dios encarnado, Cristo Jesús; al comulgar el Cuerpo de Cristo, estás por hacer ingresar en tu alma al Cordero de Dios, Jesús de Nazareth; por lo tanto, prepara tu corazón, ábrele las puertas de tu corazón, haz de tu corazón un trono, un altar y un sagrario, en donde Cristo Jesús, que ingresa en tu alma por la Eucaristía, sea adorado y amado de forma exclusiva, en el tiempo y en la eternidad”. Cuando comulgamos, no comulgamos una “cosa”, es decir, un cuerpo y una sangre que están aislados, sin pertenecer a nadie: comulgamos y recibimos en nuestros corazones al Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, para que nos alimentemos de su Cuerpo y de su Sangre sacramentados.