jueves, 17 de abril de 2025

Jueves Santo de la Cena del Señor

 



(Ciclo C – 2025)

         “Sabiendo Jesús que había llegado la Hora de pasar de ese mundo al Padre (…) los amó hasta el fin” (Jn 3, 1-15). Sabiendo que es la última vez que habrá de compartir una cena terrena con sus discípulos, Jesús celebra la “Cena Pascual Cristiana”, conocida en la Iglesia Católica como “Última Cena”, la noche del Jueves Santo. Si bien es una cena terrenal, el hecho de que sea Él quien la presida y la conexión a su vez de la Última Cena con su Misterio Pascual de Muerte y Resurrección, sobre todo con su Muerte Sacrificial en la Cruz, en el Viernes Santo, convierte a la Cena Pascual en la Primera Misa de la historia, en donde habría de implementar, a su vez, dos de los principales sacramentos de la Iglesia Católica, el Sacramento de la Eucaristía y el Sacramento del Orden.

En cuanto Dios Hijo que era Jesús sabía, que había llegado la Hora establecida por el Padre para la “Pascua”, es decir, para el “Paso”, por medio del Sacrificio de la Cruz, de esta vida al seno del Eterno Padre, de donde había venido. Jesús sabe que Él está por cumplir la Verdadera Pascua, el verdadero “Pésaj”, es decir, “Paso” -paso de la esclavitud de los egipcios a la libertad de Jerusalén; de la esclavitud del pecado, a la libertad de la vida de la gracia; de la esclavitud de la carne a la libertad de la vida eterna en el Reino de los cielos para quien se una a Él en su misterio Pascual de Muerte y Resurrección-, de esta vida a la otra; la Pascua judía era solo una prefiguración de la Verdadera y Única Pascua, la que está a punto de realizar Jesús a través del Sacrificio Cruento del Calvario. La Pascua de Jesús consiste en morir en la Cruz para alcanzar la gloria de la vida eterna junto al Padre y esto como anticipo y modelo del Misterio Pascual que todo cristiano está llamado a imitar: la muerte de Jesús en la Cruz significa la muerte al pecado, mientras que su gloriosa resurrección significa el nacimiento a la vida nueva de la gracia, la vida nueva de los hijos de Dios. Precisamente, para que el Misterio Pascual de Muerte y Resurrección que Él está por emprender y que tiene como medio la Cruz del Hijo, como fin la gloria del Padre y como corona divina el Amor del Espíritu Santo, pueda ser llevado a cabo por todos los hombres de todos los tiempos, instituye para esto dos grandes sacramentos, el Sacerdocio ministerial y la Sagrada Eucaristía. La institución de estos dos Sacramentos se encuentra dentro de los planes de Jesús de perpetuar el Misterio Pascual “hasta el fin de los tiempos”, puesto que Él así lo ordena en la Última Cena a su Iglesia, que su Iglesia haga lo que Él hace en la Última Cena: “Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre, Hagan esto en memoria mía”. Por eso debemos preguntarnos qué es lo que hace Jesús en la Última Cena, ya que no se trata de una mera cena material, terrena, al estilo humano; la cena material, en donde se consume el Cordero Pascual, es solo el medio a través del cual Jesús, el Hombre-Dios, instituirá dos sacramentos que son esenciales para la subsistencia de su Iglesia, la Iglesia Católica, hasta el Día del Juicio Final. Nos preguntamos entonces, ¿qué es lo que hace Jesús en la Última Cena? Por un lado, y para que Su Presencia Sacramental esté garantizada hasta el fin, Jesús instituye un nuevo sacerdocio, fundado en Él mismo, en Él, que es el Sumo y Eterno Sacerdote, de manera tal que los sacerdotes de la Nueva Alianza, que son los sacerdotes ministeriales de la Iglesia Católica, tendrán el inmerecido honor de poseer como predecesor en su linaje sacerdotal nada menos que al Hombre-Dios Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, participando en mayor o menor medida de sus poderes sacerdotales, el primero y principal de todos, el consagrar el pan y el vino y convertirlos, por el milagro de la Transubstanciación, en el Cuerpo y la Sangre de Él, del Hombre-Dios Jesucristo.

Por otro lado Jesús instituye, en la Última Cena -que es al mismo tiempo la Primera Misa de la historia, cuando pronuncia las palabras de la consagración sobre el pan primero y el vino después, diciendo: “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo, tomen y beban, esta es mi Sangre”-, el Sacramento de la Eucaristía, el Sacramento de su Cuerpo y su Sangre, Cuerpo y Sangre unidos hipostáticamente, personalmente, a su Persona Divina de Dios Hijo, de manera de asegurarse su Presencia Personal, real, verdadera y substancial en la tierra, en medio de su Iglesia, al mismo tiempo que reina glorioso en los cielos, cumpliendo así su promesa de quedarse entre nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo”. El Sacramento de la Eucaristía queda instituido en el momento en el que Jesús pronuncia las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-: en ese mismo momento, por la acción de la omnipotencia divina, se produce la conversión de la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Jesús y la substancia del vino se convierte en su Sangre, siendo esta la Ofrenda Santa y la Víctima Santa y Pura que la Iglesia ofrece a la Santísima Trinidad por la salvación de los hombres y para su mayor glorificación. Ahora bien, es obvio que el Cuerpo y la Sangre así consagrados, no son un Cuerpo y una Sangre sin vida ni tampoco separados entre sí o con la Persona de Jesús: por el contrario, se trata del Cuerpo y la Sangre glorificados del Cordero de Dios que, por concomitancia natural, están unidos entre sí y a su vez están unidos cada uno al Alma de Jesús y el Alma, a su vez, está unida a la Segunda Persona de la Trinidad, por la unión hipostática producida en la Encarnación. Esto es lo que explica que la Eucaristía no sea un simple pan compuesto de harina de trigo sin levadura y agua, sino el “Pan de Vida Eterna” que da verdaderamente la vida eterna a todo aquel que lo consume en gracia, con fervor, con piedad y con amor. Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, confecciona, en el Altar Eucarístico de la Última Cena, la Primera Misa, por primera vez, el Sacramento de la Eucaristía, compuesto por su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y ordena a su Iglesia que repita esta acción suya “hasta que Él vuelva”. Y es esto lo que la Iglesia hace cada vez a través del sacerdocio ministerial, en cada Santa Misa: renueva y actualiza lo actuado por Jesús en la Última Cena, esto es, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús; es decir, en cada Santa Misa, la Iglesia hace, por medio del sacerdote ministerial, lo que Jesús hizo en la Última Cena, convertir el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, confeccionar, en el Altar Eucarístico, el Santísimo Sacramento del Altar, la Sagrada Eucaristía.

         “Sabiendo Jesús que había llegado la Hora de pasar de ese mundo al Padre (…) los amó hasta el fin”. En la Última Cena, que es la Primera Misa de la historia, Jesús instituye dos grandes Sacramentos, el Sacramento del Orden y el Sacramento de la Eucaristía, con el fin de cumplir su promesa de quedarse entre nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”. Y esto lo hace Jesús movido por un solo motor, el Divino Motor del Amor: no lo hace por necesidad y tampoco por obligación, sino por amor y sólo por amor, lo cual tiene una repercusión de orden práctico en nuestra vida espiritual, ya que si es verdad lo que el adagio dice: “Amor con amor se paga”, entonces nosotros debemos asistir a la Santa Misa, renovación del sacrificio de la cruz y de la Última Cena, no por necesidad ni obligación, sino por amor a Jesucristo; debemos recibir la Eucaristía no por costumbre o mecánicamente, sino con el corazón lleno de amor, o al menos, con el corazón “contrito y humillado” y además abierto al amor, para que Jesús lo colme con su amor, el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

         Una consecuencia de no entender esto la vemos en la actitud de Judas Iscariote, quien acude a la Última Cena, la Primera Misa, movido no por el amor a Jesús, sino por el amor al dinero que, en última instancia, es rendición a Satanás, como queda demostrado en el Evangelio, ya que Judas Iscariote es poseído por Satanás, según la Sagrada Escritura: “Cuando Judas tomó el bocado, Satanás entró en él”. Quien no ama a Jesús Eucaristía, termina siendo dominado por sus pasiones carnales y terrenas, representadas en el bocado que toma Judas, y termina siendo poseído por el demonio, también como Judas. Judas no comulga la Eucaristía, sino el “bocado”, símbolo de la gula, de la satisfacción de los apetitos terrenos. Esto sucede porque no hay término intermedio: o se está en el seno del Cenáculo, el interior de la Iglesia Católica, palpitando con el Sagrado Corazón Eucarístico, o se sale del seno de la Iglesia al exterior, en donde “es de noche”, es decir, en donde viven las tinieblas vivientes, como hace Judas Iscariote.

         Otro aspecto a considerar en la Última Cena es el Lavatorio de pies por parte de Jesús a los discípulos, una tarea humillante, reservada a los esclavos. Jesús lava los pies a los discípulos, hace una tarea reservada a los esclavos: como en ese tiempo las únicas rutas empedradas eran las que los romanos habían construido, la gran mayoría de las calles eran de tierra y como usaban sandalias, los pies se ensuciaban, por lo que había que lavarlos, pero era una tarea considerada humillante y reservada a los esclavos. Jesús se humilla una vez más, para demostrarnos su amor y para que nosotros, que somos soberbios y orgullosos, al recordar cómo Él se humilló por nosotros, también nosotros nos humillemos por Él y abajemos nuestro orgullo y nuestra soberbia. Mientras no estemos dispuestos a literalmente lavar los pies a nuestro prójimo, por su bien, incluido el prójimo que nos quiere quitar la vida –Jesús lavó los pies de Judas Iscariote- no podemos llamarnos cristianos; mientras un atisbo de soberbia y de orgullo asome en nuestros actos, no podemos llamarnos discípulos del Señor Jesús, que se humilló haciendo una tarea de esclavos. Mientras pretendamos ser los mandamás y que todos reconozcan con aplausos lo poco o nada que hacemos, no podemos llamarnos discípulos de tan admirable Señor. Si Él, siendo Dios Hijo encarnado, se humilló hasta el punto de lavarles los pies a sus discípulos, haciendo una tarea propia de esclavos, mientras nosotros no hagamos lo mismo, tarea propia de esclavos, no podemos llamarnos cristianos.

“Sabiendo Jesús que había llegado la Hora de pasar de ese mundo al Padre (…) los amó hasta el fin”. El Motor de la Pascua de Jesús es el Amor Divino; es el que lo impulsa a morir en la Cruz para cumplir el “Pésaj”, el “Paso” de este mundo al otro, de este mundo al seno del Padre; es el Amor el Motor que lo impulsa a crear el Sacerdocio Ministerial, para así participar de su poder sacerdotal a los sacerdotes varones, de manera que estos puedan, con el poder divino, convertir el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre, perpetuando el Memorial de su Pasión, la Sagrada Eucaristía, para quedarse en el seno de su Iglesia y en los corazones de los fieles “todos los días, hasta el fin del mundo”. No seamos tardos y necios en acudir a la Hora Santa, la Hora de la Pasión, de la Renovación Incruenta y Sacramental de la Pasión, la Santa Misa, cada vez que esta se celebre, pues cada vez que se celebra la Santa Misa, se celebra nuestra Pascua, nuestro “Pésaj”, nuestro “Paso” anticipado a la eternidad, toda vez que comulgamos el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

 


miércoles, 16 de abril de 2025

Miércoles Santo

 



(Ciclo C - 2025)

         “Voy a celebrar la Pascua en tu casa” (Mt 26, 14-25). Le preguntan los discípulos a Jesús sobre el lugar donde celebrarán la Pascua y Jesús responde dándoles la dirección de una persona anónima, diciéndoles que “vayan a la ciudad, a la casa de tal persona”, con el siguiente mensaje: “El Señor dice: Se acerca mi hora; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”. Es de notar que la persona a la cual Jesús los envía, conocía y amaba a Jesús, puesto que pone de inmediato su casa a disposición para celebrar la Pascua: “Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua”.

         Con toda licitud, podemos preguntarnos quién es el enigmático dueño de la casa en donde se llevó a cabo el Cenáculo de la Última Cena? Si bien no hay datos en las Escrituras sobre esta persona, sí era una persona real, existente, de carne y hueso, de una acomodada posición social, puesto que no era común poseer una casa con dos pisos, como la del Cenáculo. Otro dato muy importante, además de su importante condición social, es que esta persona era un discípulo incondicional de Jesús; era alguien que conocía y amaba a Jesús y muy importante, alguien en quien Jesús confiaba, puesto que Jesús tenía la confianza suficiente para pedirle la casa prestada para celebrar la Pascua, sin temor a una denuncia a los fariseos. Es decir, es alguien a quien Jesús ama con profundo amor de amistad; Jesús sabe que su amigo, a pesar de los peligros que supone darle alojamiento y celebrar una Pascua que no es la judía, no se negará a prestarle la casa para celebrar la Pascua. No cualquiera hubiera accedido al pedido de Jesús, teniendo en cuenta el clima extremadamente hostil por parte de los judíos, quienes habían multiplicado sus amenazas de muerte, principalmente a Jesús, aunque también a algunos discípulos, como a Lázaro. Jesús sabe que el amor de su amigo por Él es más fuerte que el temor a las amenazas de muerte de los judíos y por eso confía en él y sabe que basta con expresarle su deseo de “celebrar la Pascua” en su casa para que esa persona le ceda inmediatamente el lugar para la Última Cena.

         Ahora bien, debemos tener en cuenta el siguiente aspecto y es que el término o concepto de “casa”, en el Evangelio, se extrapola y se aplica al de “alma”, “persona”, “cuerpo”, haciéndolo equivalente, como por ejemplo, “el cuerpo es templo del Espíritu”; “Estoy a la puerta y llamo, el que me abra cenaré con él y él conmigo”; “Señor, no soy digno de que entres en mi casa”, decimos en la Santa Misa, antes de la Comunión, refiriéndonos a “casa” como a nuestra “alma” o “corazón”; por lo tanto, podemos decir que el pedido de Jesús a esta persona anónima del Evangelio, es un pedido que Jesús hace a todo hombre, en el sentido de que Él quiere “entrar en nosotros y cenar con nosotros”: “Quiero celebrar la Pascua en tu alma, quiero celebrar la Pascua contigo, quiero compartir contigo la Última Cena”.

         Otro aspecto a tener en cuenta y que debemos responder es qué quiere decir “celebrar la Pascua” con Jesús.

Un primer elemento a tener en cuenta es que “Celebrar la Pascua” y la “Última Cena” con Jesús no es una experiencia, que pueda decirse “alegre”, al menos no como se entiende entre los hombres, porque no se trata de una cena más entre amigos, en donde todo es risas y despreocupación. Se trata de una Cena Mística, es la Primera Misa de la historia, que debe completarse aun con el Santo Sacrificio del Calvario, pero que ya comienza en la Última Cena, con la consagración del Cuerpo y la Sangre de Cristo por parte del mismo Cristo. Además, la “Pascua”, de Cristo es la verdadera Pascua, el verdadero “Pésaj”, el verdadero paso de la esclavitud, pero ya no desde Egipto hasta la Jerusalén terrena, sino desde la esclavitud del pecado a la liberación de la gracia santificante de Jesucristo; es el “Paso” de esta vida terrena a la vida de la gloria futura, incoada en la gracia sacramental.

         “Celebrar la Pascua” con Jesús significa unirse a Jesús en “su Hora”: cuando Jesús le pide la casa al discípulo, le recuerda que “se acerca mi Hora”, es decir, la Hora en la que las profecías mesiánicas como las de Isaías se cumplirán, las profecías en donde el Mesías no es descripto como triunfante y victorioso, sino que se lo retrata como al “Siervo sufriente de Yahvéh”, “triturado” a causa de nuestras iniquidades, de nuestros pecados; profecías en donde el Mesías es descripto como “Varón de dolores”, como alguien que, a causa de su Sagrado Rostro deformado por los puñetazos,  “se da vuelta el rostro”, ante su vista, por la compasión que despierta.

         “Celebrar la Pascua” con Jesús quiere decir ver en Persona al Hijo de Dios realizar un gesto de humildad jamás vista, que asombra a los ángeles de Dios, porque es ver al mismo Dios Creador arrodillarse como si fuera un esclavo ante sus discípulos para lavarles los pies, haciendo una tarea propia de esclavos y sirvientes. Así Jesús nos enseña las virtudes de la auto-humillación, la mansedumbre y la humildad, para practicar y así crecer en su imitación.

         “Celebrar la Pascua” con Jesús, es ser tratado por Jesús no como “siervo” sino como “amigo”, y esto porque nos dona su Espíritu, el Espíritu del Padre y del Hijo, que nos comunica los misteriosos y admirables secretos acerca de Jesús y su sacrificio redentor, secretos que sólo conoce el Padre y que nos los hace participar, porque ya no nos considera siervos, sino amigos.

         “Celebrar la Pascua” con Jesús significa también recibir de Él el mandato del amor sobrenatural, el amor al prójimo por amor a Dios, la caridad: “Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”, que deben ser el sello distintivo de quien ama a Jesús.

         “Celebrar la Pascua” con Jesús quiere decir también participar de su “Hora”, la Hora de la Pasión, de la amargura, del dolor, de la traición, de la tristeza infinita del Sagrado Corazón, al ver que muchísimas almas se perderán irremediablemente porque no lo aceptarán como Salvador, haciendo inútil su sacrificio en Cruz.

         “Celebrar la Pascua” con Jesús quiere decir ser testigos directos de la traición de Judas Iscariote, a quien Jesús había llamado “amigo”, que había participado de la cena con Él, pero que al mismo tiempo lo traicionó, entregándolo a sus enemigos en la sombra y vendiéndolo por treinta monedas de plata.

         “Celebrar la Pascua” quiere decir ser testigos de la “hora de las tinieblas”, la hora en la que la Serpiente Antigua, se infiltra en el corazón mismo de la Iglesia Naciente, el Cenáculo de la Última Cena, logrando conquistar el alma y poseer el cuerpo de uno de sus sacerdotes, Judas Iscariote, para arrastrarlo consigo a lo más profundo del infierno, como medio de venganza contra Jesús, infiltración que, insidiosamente, continúa y continuará hasta el fin de los tiempos, con ideologías gnósticas y progresistas, que buscan arrastrar a la perdición al mayor número de bautizados posibles.      

“Celebrar la Pascua” quiere decir ser también partícipe de la tristeza que experimenta Jesús al saber que Judas se condena a pesar de su Amor, porque Jesús ama tanto a una persona sola como a toda la humanidad, y así su Sagrado Corazón se ve desgarrado por el dolor, al no ver correspondido su sacrificio en Cruz y este dolor desgarrador de su Sagrado Corazón se multiplica tantas veces como tantas son las almas que rechazan su Sangre Preciosísima.

“Celebrar la Pascua” con Jesús quiere decir beber del cáliz de sus amarguras y sentir sus mismas penas, y con esto significa ser también partícipes de la redención del mundo, convirtiéndonos de esta manera en co-rredentores junto a Jesús y María, porque por las penas y amarguras de la Pasión Jesús salvará a toda la humanidad, a todos aquellos que deseen ser salvados y lo acepten como Salvador.

“Voy a celebrar la Pascua en tu casa”. También a nosotros nos invita Jesús a celebrar la Pascua con Él: “Quiero celebrar la Pascua en tu corazón, quiero que tu corazón sea el Cenáculo de la Última Cena, para hacerte partícipe de mis tristezas y de mis agonías, para que luego participes de mi gloria y de mi alegría. Dame tu corazón y déjame entrar, para celebrar la Pascua contigo”.

 

 

 


Martes Santo


 


(Ciclo C – 2025)

         “Uno de ustedes me entregará (…) Es aquél a quien Yo le dé el bocado (…) En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él (Judas)” (Jn 13, 21-33. 36-38). En este Evangelio es necesario aclarar el episodio de la traición de Judas Iscariote, porque muchos piensan que hay como una especie de “determinismo fatal”, según el cual Judas estaba irremediablemente condenado a traicionar a Jesús y por lo tanto, a condenar su alma. Por otra parte, según este pensamiento ilógico, Jesús sería cruel porque, sabiendo que Judas Iscariote lo iba a traicionar, según sus mismas palabras –“Haz pronto lo que debes hacer”-, sin embargo, de igual manera le da el bocado y así permite la consumación de la traición y la posterior condenación de Judas.

Al respecto, es necesario considerar que se trata de dos situaciones completamente distintas, que convergen en el tiempo y en el espacio: por un lado, la omnisciencia de Jesús que, en cuanto Hombre-Dios, sabe exactamente todo lo que ha de suceder, hasta el fin de los tiempos, sin que nadie se lo revele, pues todo está ante Él como “un eterno presente”; por otro lado, está el libre albedrío de Judas Iscariote quien, pudiendo elegir entre no traicionar y traicionar a Jesús, elige la traición, porque elige el dinero en vez del Sagrado Corazón de Jesús. Teniendo en cuenta esto, la omnisciencia de Jesús por un lado y el libre albedrío de Judas Iscariote por otro, queda claro que Jesús no es responsable de las libres decisiones tomadas por Judas Iscariote y que el hecho de que Él las conozca por anticipado, no modifica en nada la situación, porque Él no violenta el libre albedrío humano, en este caso, el libre albedrío de Judas Iscariote. Permanece en cambio el misterio de porqué Jesús, en cuanto Dios, crea a Judas Iscariote, sabiendo desde toda la eternidad que él se iba a condenar por su traición y esto se responde con Santo Tomás de Aquino, diciendo que es más perfecto el acto de ser actual que la mera existencia sin acto de ser y como Dios crea las cosas perfectas, era más perfecto que creara a Judas, antes de que no lo creara.

Otro elemento a tener en cuenta en este momento de la Pasión del Señor, ya que es mencionado por el Evangelista, es la presencia y actuación de la persona angélica del ángel caído, Satanás, quien influye, con su voluntad pervertida, sobre las malas inclinaciones de Judas Iscariote, ayudándolo, es un decir, a traicionar a Jesús por las treinta monedas de plata. Es decir, si bien Nuestro Señor, por un lado, entrega libremente su vida en la Pasión por nuestra salvación, por otro lado, también intervienen, no menos libremente, las voluntades pervertidas de los hombres malvados -los fariseos, Judas Iscariote- que obran en común acuerdo con el ángel caído, Satanás, para lograr el objetivo común que los une en el odio y es el de crucificar a Jesús. El Evangelio narra cómo el Príncipe de las tinieblas actúa no solo por fuera del círculo íntimo de los discípulos de Jesús, sino incluso hasta en el interior mismo, llegando a atreverse a tentar y lograr desviar en la fe en Jesús nada menos que al Primer Papa, a Pedro, siendo desenmascarado su obrar demoníaco de rechazo de la Cruz por el mismo Jesús en Persona, cuando después que Pedro negara la Pasión, Jesús conjura al Demonio a retirarse: “Vade retro, Satan!”. Y si usa a Pedro, pero Pedro logra ser rescatado por Jesús en Persona, mucho más lo usa a Judas Iscariote, el cual persiste en su endurecimiento de corazón y en su rechazo del Sagrado Corazón, prefiriendo escuchar el duro y frío tintineo metálico de las monedas de plata, antes que el suave y reconfortante latido del Sagrado Corazón de Jesús. Este actuar conjunto entre el Demonio y los hombres perversos, que desean ver destruida a la Iglesia Católica, continúa en el misterio de los tiempos, puesto que no solo no se ha detenido desde que comenzó, en el mismo inicio de la Iglesia Naciente, sino que continúa y todavía continuará más, hasta desencadenar la última persecución sangrienta, antes de la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo, según lo atestigua proféticamente el Catecismo de la Iglesia Católica (cfr. n. 675). Todavía más, esta última persecución será tan cruenta y despiada y de alcance tan universal, que todo parecerá humanamente perdido, al punto que Nuestro Señor Jesucristo tuvo que prometer su asistencia divina y su protección divina para su Iglesia, de manera que el recuerdo de sus palabras diera ánimo a quienes vivieran en esos tiempos de suma oscuridad: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra mi Iglesia”. En otras palabras, así como el demonio y los hombres -fariseos, Judas Iscariote- actuaron en forma conjunta para crucificar a Jesús, así continúan haciéndolo en la actualidad a través de distintas ideologías anti-cristianas -comunismo, masonería, liberalismo, socialismo, gnosticismo, etc.-.

         Esta actuación conjunta entre el Príncipe de las tinieblas y los hombres malvados se describe en el Evangelio, en orden cronológico.

         El final de los cuarenta días de ayuno es descripto así en el Evangelio de Lucas: “Cuando terminó de poner a prueba a Jesús, el diablo se alejó de Él hasta el momento oportuno” (Lc 4, 13). Ese “momento oportuno” del Demonio será la “hora de las tinieblas” –“Es vuestra hora”, dirá Jesús-, es el tiempo de la Pasión, en donde Satanás y el Infierno parecerán controlar todo y en donde las tinieblas vivientes parecerán haber triunfado por encima de los planes de Dios.

         Al final del capítulo en el cual se habla de la institución de la Eucaristía, Jesús dice directamente de Judas: “uno de vosotros es un diablo”. El párrafo dice así: “Jesús replicó: ¿No os elegí Yo a los Doce? Y, sin embargo, uno de vosotros es un diablo. Se refería a Judas, hijo de Simón Iscariote. Porque Judas, precisamente uno de los Doce, lo iba a entregar” (Jn 6, 70-71). No puede haber mayor precisión en describir el estado espiritual de un ser humano que se ha aliado al demonio con todo su ser. Y este ser humano se une al Ángel caído para traicionar al Hombre-Dios, no desde fuera, sino desde el seno mismo de la Iglesia y así es como la traición surge del seno mismo de la Iglesia Naciente: quien traiciona a Jesús es Judas Iscariote, llamado “amigo” por Jesús, y nombrado por Él sacerdote y obispo. Esto nos debe hacer ver que debemos “estar atentos y vigilar”, porque “el diablo ronda como león rugiente, buscando a quien devorar”, y busca devorar el corazón del hombre, destruyendo en él todo resquicio de bondad, de piedad, de amistad, de compasión, de amor, para inocularle el veneno letal del odio deicida.

Lucas advierte en las horas de la Pasión que Judas no está movido simplemente por su amor al dinero, su egoísmo, su amor a la mentira, su frialdad, su desprecio por Jesús y sus enseñanzas, sino que está movido y guiado por Satanás: “Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era uno de los doce, y éste fue a tratar con los jefes de los Sacerdotes y las autoridades del templo la manera de entregárselo” (Lc 22, 3). Los signos de la presencia del ángel de las tinieblas en una persona son la traición, el deseo homicida, cainita, el corazón oscuro y no transparente, con doblez, y todavía peor aún, el deseo deicida, el deseo de matar a Dios Encarnado. Judas obra con un corazón doble, porque delante de Jesús y de los demás Apóstoles se muestra como uno más entre todos, pero cuando no se encuentra con ellos, va en busca de los enemigos de Jesús, para planear su entrega y su muerte. La codicia del dinero es para Judas su perdición, porque como dice Jesús, “no se puede servir a Dios y al dinero”.

         En la Última Cena, se narra cómo el diablo ha desplazado todo pensamiento de piedad y de amor hacia Jesús y ocupa por completo la mente de Judas Iscariote, guiando sus pensamientos hacia la traición y el odio: “Estaban cenando y ya el diablo había metido en la cabeza a Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de traicionar a Jesús” (Jn 13, 2).

         En el transcurso de la Última Cena, se describe la posesión demoníaca de Judas Iscariote, ocurrida en el momento en el que Judas “toma el bocado” que le da Jesús. A partir de aquí, la obsesión demoníaca pasa a ser posesión perfecta en Judas, porque desde este momento, hasta su voluntad queda sometida al demonio, de modo que para Judas ya no hay retorno posible: su voluntad queda indisolublemente fijada en la voluntad del ángel caído y queda asociada por lo tanto a su destino eterno, la eterna perdición. Jesús le da el bocado y con el bocado entra Satanás, que lo posee en el cuerpo y le domina el alma a través de los pensamientos y la voluntad, lo cual constituye la posesión perfecta, de la cual es imposible la liberación porque el hombre se entrega sin reservas al Príncipe de las tinieblas, al tiempo que rechaza por completo a su Redentor, Cristo Jesús.

         La posesión perfecta se completa en el momento en el que Judas toma el bocado que le da Jesús: “Cuando Judas recibió aquel trozo de pan mojado, Satanás entró en él… Judas, después de recibir el trozo de pan mojado, salió inmediatamente. (Afuera) Era de noche” (Jn 13, 27. 3). La terrible consecuencia de elegir al demonio en vez de Cristo: Judas no recibe el Cuerpo y la Sangre de Jesús, sino un “trozo de pan mojado” en salsa, símbolo de los bienes materiales mal habidos y de las pasiones sin control; es decir, Judas no se alimenta en el alma con la Eucaristía, como el resto de los Apóstoles, sino con un manjar terreno; en consecuencia Jesús no entra en su alma para inhabitar en él por la gracia y el amor, como sucede en la comunión eucarística, sino que el que “entra en él” es Satanás, quien lo domina en el cuerpo y guía su mente y su voluntad, por el odio y por la fuerza, con lo que se ve que la posesión es la parodia demoníaca que la “mona de Dios” hace de la inhabitación trinitaria; la posesión demoníaca es la anti-inhabitación trinitaria. Las tinieblas cosmológicas que reciben a Judas Iscariote –“Afuera era de noche”- cuando sale del Cenáculo y de la compañía del Sagrado Corazón de Jesús, son un símbolo de las siniestras tinieblas espirituales en las que su alma se sumerge voluntariamente, al comulgar con el demonio. Obrar las obras del demonio y no las de Dios, tienen esta terrible consecuencia: el demonio se apodera de la persona, y las tinieblas lo engullen literalmente, como le sucedió a Judas al salir del Cenáculo.

         La acción del demonio no termina aquí, y no se limita a Judas, sino que continúa con Pedro y los discípulos, los cuales superarán la prueba sólo por la fe inquebrantable en Cristo Jesús: “Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como al trigo. Pero Yo he rogado por ti, para que tu fe no decaiga; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 31-32).

         Después del beso de la traición en el Huerto de los Olivos, Jesús declara que todo cuanto sucede se debe a que a los ángeles caídos y a los hombres a ellos asociados, se les ha concedido un momento de poder contra Él[1]: “Cada día estaba con vosotros en el templo, y no me pusisteis las manos encima; pero ésta es vuestra hora: la hora del poder de las tinieblas” (Lc 22, 53).

Al meditar sobre la Pasión del Señor en Semana Santa, es necesario considerar que la Pasión es llevada a cabo libremente por nuestro Señor, pero que libremente también nosotros debemos asociarnos a su Pasión, por medio de la oración, la penitencia, las obras de caridad y la recepción de la gracia sacramental. También, tener en cuenta que cuando no se viven en el amor los Mandamientos de Dios, se cumplen en el odio los mandamientos de Satanás, tal como lo hace Judas Iscariote. La Semana Santa debe servir entonces para hacer el firme propósito de no obrar nunca las obras de las tinieblas, sino las obras de Dios, que son las obras de misericordia y de asociarnos al Sagrado Corazón de Jesús en su Hora más amarga, la Hora de la Pasión.

 



[1] Raúl Salvucci, Experiencias de un exorcista, Editorial Fundación Jesús de la Misericordia, Quito 2004, 78-80.


Lunes Santo

 


(Ciclo C - 2025)

         “A los pobres los tendrán siempre con vosotros, pero a Mí no me tendrán siempre” (Jn 12, 1-11). Seis días antes de la Pascua, según relata el Evangelio, Jesús regresa a Betania, a casa de sus amigos Marta, María y Lázaro, en donde es convidado con una cena. En un momento determinado, María -muchos autores afirman que es María Magdalena, “de la cual había expulsado muchos demonios”- realiza un gesto que sorprende a todos: toma un frasco de “perfume de nardo puro, de mucho precio”, lo rompe y con él unge los pies de Jesús. Judas Iscariote, presente en la escena, finge incomodidad ante el gesto de María Magdalena y protesta ante Jesús, quejándose porque el perfume es de mucho valor y usarlo como lo hizo María Magdalena, ungiendo los pies de Jesús, es un derroche, teniendo en cuenta que ese dinero podría haber sido usado para los pobres. Pero Jesús, lejos de reprochar la obra de María Magdalena, la aprueba diciendo: “Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres los tendrán siempre con vosotros, pero a Mí no me tendréis siempre”.

         La respuesta de Jesús no solo aprueba la obra de María, sino que al mismo tiempo desenmascara la falsa preocupación de Judas Iscariote por los pobres: a Judas no le interesan los más necesitados; le interesa vender el perfume, sí, para obtener mucho dinero, pero para quedarse con el dinero, ya que, como dice el Evangelio, “era ladrón” y “robaba lo que se ponía en la bolsa”. Jesús predicaba y vivía la pobreza y Judas Iscariote se amparaba en esta prédica para hacerse con dinero mal habido, robando el dinero de las arcas de la Iglesia Naciente. Judas finge amar a los pobres, pero en realidad ama al dinero y esto porque, en su corazón, ha desplazado a Dios y ha entronizado al dinero, haciendo ver cuán reales son las palabras de Jesús: “No se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero, porque se amará a uno y se aborrecerá al otro”. Judas eligió amar al dinero, las treinta monedas de plata que le ofrecieron por la ubicación de Jesús y en su lugar, aborreció a Dios Encarnado, Jesucristo. Pero también Jesús saca a luz las intenciones piadosas de María Magdalena: al usar un perfume caro, muy costoso, para ungir los pies de Jesús, María Magdalena no está cometiendo una falta contra la pobreza, sino que cumple con el deber de piedad y de adoración que se debe a Dios y solo a Dios, ya que, al ungir los pies de Jesús con el perfume, anticipa y profetiza la próxima muerte de Jesús en la Cruz. Jesús entonces no solo no reprocha el uso del perfume costoso por parte de María Magdalena, sino que lo aprueba, como anticipo profético de su Muerte redentora, y al mismo tiempo desaprueba la falsa solicitud de Judas Iscariote por los pobres.

         De esta manera Jesús nos enseña cuál es la verdadera pobreza de la Iglesia, al tiempo que nos previene contra las nocivas ideologías subversivas, materialistas y progresistas, que utilizan al pobre y a la pobreza para instrumentar a la Iglesia pervirtiéndola hacia sus fines ideológicos anti-cristianos: no es falta de pobreza utilizar lo mejor que el hombre pueda obtener con su industria, porque se  trata del culto debido a Dios, que es Creador, Redentor y Santificador y por eso mismo todo lo que se destina al culto litúrgico, a la adoración eucarística, a la celebración del Santo Sacrificio del Altar -el altar mismo, los manteles, los candelabros, los cálices, copones, etc.-no puede ser de mala calidad, o feo o mal hecho o de mal gusto: para Dios, para el Cordero de Dios, tiene que ser lo mejor de lo mejor, aunque sea costoso y esto no es falta de pobreza, sino debido culto piadoso a Dios, que merece todo lo mejor. Toda la liturgia, pero sobre todo la liturgia eucarística, debe brillar por su esplendor, por su riqueza, por su belleza, por su buen gusto, porque se trata de acciones que están dirigidas en honor a Dios Uno y Trino y no en dirección al hombre. Es una falsa humildad pretender quitar la pompa y el fasto de las celebraciones litúrgicas, porque el celebrante es “humilde”: quien esto piensa, comete un grave error de valoración, porque la liturgia no está dirigida al hombre, sino a Dios Trino y al Cordero. Por esto mismo, de ninguna manera es faltar a la pobreza el utilizar, por ejemplo, cálices o elementos litúrgicos de material costoso -oro, plata, rubíes, diamantes, etc.-, ni tampoco es faltar a la pobreza tener en el templo imágenes, esculturas, columnas, del mejor material. Sí es faltar a la virtud de la piedad y del amor debido a Dios el tener en el templo elementos de mala calidad, bajo el falso pretexto de la pobreza, porque como dijimos, a Dios le debemos lo mejor, sea en el campo material o espiritual.

Sin embargo, con respecto a nosotros mismos, sí cabe la pobreza, pero la verdadera pobreza, la pobreza santa de la Cruz, que consiste no en no tener nada –aunque a algunos, como a San Francisco de Asís, Dios les pida despojarse de todo lo material-, sino en no tener el corazón apegado a los bienes terrenos. Hay casos de santos, como Pier Giorgio Frassatti, que no renunciaron a sus bienes, pero con ellos ayudaron a los pobres, dando todo lo que tenían.

La pobreza santa de la Cruz se aprende contemplando a Cristo crucificado: no desear más bienes terrenos que los que nos lleven al Cielo –una Cruz de madera, una corona de espinas, tres clavos de hierro-, y acumular tesoros, pero tesoros espirituales, obras de misericordia corporales y espirituales que se acumulan en el cielo, los tesoros con los que pagaremos nuestra entrada en el cielo, además de un corazón contrito y humillado, y la Comuniones Eucarísticas hechas con fe, amor y piedad, y almacenadas y custodiadas en el corazón, con avidez mayor a la del avaro que atesora monedas de oro en su caja fuerte.

 


sábado, 12 de abril de 2025

¿Qué es la Semana Santa?

 



Para responder a la pregunta, empecemos diciendo qué es lo que NO ES:   

La Semana Santa no es una semana de vacaciones.

No es una semana para eventos sociales.

No es una semana para eventos culturales.

No es una semana para hacer turismo religioso.

Es una semana para participar místicamente, como Cuerpo Místico de Cristo, de la Pasión Redentora del Salvador, Cristo Jesús.

         Es un tiempo especial de gracia para unirnos, por la gracia, a Nuestro Señor Jesucristo que, en el misterio de los tiempos, se encarna para salvarnos y, por el misterio de la liturgia, prolonga esa encarnación para alcanzar con su salvación a todos los hombres.

         Esto es así porque no solo el tiempo litúrgico, sino el tiempo en general, desde la Encarnación del Verbo de Dios, que es la Eternidad en Sí misma, ya no es más una mera sucesión lineal de unidades de medida del tiempo, sino una participación a la eternidad del Ser divino y eterno de Dios y, en el caso particular de Cristo, por el tiempo litúrgico, es una participación a su Misterio Pascual de Muerte y Resurrección.

         Por esta razón, cometen un gran error los hombres y sobre todo los hombres de Iglesia, que ven en la Semana Santa una oportunidad para hacer negocios, turismo, recreación.

         La Semana Santa es un tiempo particular de gracia para unirnos, con el espíritu y con el cuerpo, en el Espíritu y con el Cuerpo Místico, a Cristo Jesús, que por nosotros lleva a cabo su misterio pascual de Muerte y Resurrección; es un tiempo para unirnos al Misterio de la Redención del Hombre-Dios Jesucristo, misterio que pasa por su Pasión y Muerte en Cruz y luego por su Resurrección. No es un tiempo para hacer turismo, ni para vacacionar, ni para hacer viajes de cultura religiosa. No caigamos en el error de la desacralización, del ateísmo y de la secularización. No profanemos el tiempo sagrado de la Semana Santa.


jueves, 10 de abril de 2025

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

 


(Domingo de Ramos en la Pasión del Señor - Ciclo - C – 2025)

         El Domingo de Ramos, días antes de su Pasión y Muerte en Cruz, Jesús, lleno de majestad y aclamado por todos los habitantes de la Ciudad Santa, ingresa en Jerusalén, montado sobre un asno. Un ícono bizantino representa a Jesús como Rey, vestido con una túnica y un manto: estas dos prendas distintas indican sus dos distintas naturalezas, la humana y la divina[1], unidas hipostáticamente, personalmente, a la Persona Divina de Dios Hijo y esto debido a que ese Jesús que ingresa humildemente montado en un asno, ese Cristo es Dios. El asno sobre el que monta Jesús le sirve como de trono, cumpliéndose así la profecía de Zacarías: “Decid a la hija de Sión: “He aquí que tu Rey viene a ti manso y montado en una asna…” (Lc 19, 28). A pesar de ser Rey del universo, Rey de ángeles y hombres, a pesar de ser Él el Hombre-Dios, ante Quien “toda rodilla se dobla, en el cielo y en la tierra”, sin embargo el ingreso de Jesús a Jerusalén no es al modo de los príncipes y reyes victoriosos de la tierra, los cuales ingresan rodeados de sus ejércitos, acompañados de gran fasto y pompa y aclamado por multitudes que vitorean sus triunfos terrenos: Jesús no ingresa montado en un brioso caballo blanco, lleno de energía, que pisotea a sus enemigos; ingresa como un Rey pacífico, montado en un asno, que avanza lento, con paso cansino; su ingreso a Jerusalén no está precedido por el desfile marcial y victorioso de un ejército; su ingreso no es a todo lujo; no hay ostentación sino que lo que predomina es la humildad y en esta humildad es aclamado por el Pueblo Elegido, que se alegra por la Llegada de su Mesías y que se alegra porque el Dios misericordioso camina entre ellos, curándolos, sanándolos, dándoles de comer, compadeciéndose de ellos.

         El Domingo de Ramos Jesús ingresa a la Ciudad Santa como un rey y también como un Rey será crucificado el Viernes Santo, luego de salir de Jerusalén, para dirigirse al Monte Calvario. Ingresa el Domingo de Ramos como Rey, como Rey sale de Jerusalén el Viernes Santo, portando sobre Sí la cruz por aquellos mismos que habrán de darle muerte en cruz.

El Domingo de Ramos la multitud recibe exultante de alegría a su Rey, cantando hosannas, entonando aleluyas y alfombrando su paso con hojas de palma. Pero la misma multitud que lo aclama el Domingo de Ramos, es la misma multitud que pedirá desaforadamente a gritos su crucifixión; los mismos habitantes de Jerusalén que el Domingo de Ramos lo aclaman, son los que lo crucificarán y blasfemarán en el Monte Calvario, el Viernes Santo; los mismos que le tienden palmas a su paso, son los que lo colmarán de trompadas, puñetazos, bofetadas, patadas, empujones, salivazos. Si el Domingo se alegran por su Mesías y se acuerdan de las maravillas que obró por ellos, el Viernes habrán olvidado todo bien y la benedicencia será reemplazada por la maledicencia y el recuerdo de los milagros será olvidado por completo, como si todos sufrieran una repentina amnesia colectiva.

En su camino al Calvario, en medio de la lluvia de golpes, puñetazos, trompadas y salivazos, Jesús recordará su entrada triunfal en Jerusalén y en ese momento, deteniendo el tiempo, dirá a cada uno, a uno por uno: “¿Por qué me golpeas con tanto furor? ¿Qué te hice de malo? Pueblo Mío, respóndeme, ¿qué te hice para merecer tu furia? ¿Acaso no te demostré mi Amor y mi Misericordia curando tus heridas, resucitando tus muertos, expulsando los demonios que desde el Infierno te atormentan? ¿Por cuál de estas obras me golpeas? ¿Por qué crucificas a tu Dios?”

Entonces, los mismos que el Domingo de Ramos tienden palmas a su paso, son los mismos que piden una corona de espinas para su Mesías; los mismos que lo alaban como Mesías, son lo que el Viernes Santo dirán que no tienen otro rey que el César; los mismos que cantan hosannas y aleluyas, son los que lo maldecirán y lo salivarán en su Sagrado Rostro.

La misma multitud que se alegra por su ingreso en Jerusalén el Domingo de Ramos, es la misma multitud que el Viernes Santo lo habrá de crucificar.

Ahora bien, en esta multitud debemos vernos identificados nosotros, porque son nuestros pecados los que crucifican a Cristo. Renovamos y actualizamos místicamente su crucifixión, cada vez que obramos el mal, cada vez que somos violentos, injustos, necios, mentirosos, vanidosos, faltos de caridad.

Puesto que la Ciudad Santa de Jerusalén es imagen del alma del cristiano, el ingreso de Jesús a Jerusalén el Domingo de Ramos se actualiza toda vez que Jesús ingresa en nuestras almas en gracia por la Eucaristía; esa es la razón por la cual, así como Jesús ingresó en Jerusalén el Domingo de Ramos, así Jesús ingresa en el alma por la comunión eucarística. De la misma manera, cada vez que el alma comete un pecado mortal, expulsa de sí misma a su Rey y Mesías, tal como lo hizo la Ciudad Santa, para crucificarlo en el Monte Calvario el Viernes Santo. Hagamos el propósito de que nuestros corazones sean como las palmas tendidas a sus pies y que nuestras bocas y nuestras obras lo alaben y aclamen. Que siempre seamos, en esta vida, como la multitud del Domingo de Ramos, que se alegra por su Presencia y por su ingreso en nuestras almas por la Eucaristía y que nunca seamos como la multitud del Viernes Santo, que por el pecado arroja de sí misma a Jesús y pide que “su sangre caiga sobre sus cabezas” (Mt 27, 25).



[1] Cfr. Castellano, J., Oración ante los íconos. Los misterios de Cristo en el año litúrgico, Centro de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1993, 102.


viernes, 4 de abril de 2025

“Yo tampoco te condeno; vete y no peques más”

 


(Domingo V - TC - Ciclo C - 2025)

         “Yo tampoco te condeno; vete y no peques más” (cfr. Jn 8, 1-11). Los fariseos llevan ante Jesús a una mujer acusada de adulterio, invocando para esto la ley de Moisés. Frente al pedido de lapidar a la mujer, Jesús no responde ni afirmativa ni negativamente: simplemente les dice que, si alguien está libre de pecado, que arroje la primera piedra. Debido a que todos saben que nadie está libre de pecado, los fariseos se retiran del lugar, sin hacer daño a la mujer. Finalmente, Jesús perdona los pecados de la mujer y la deja ir, no sin antes advertirle que “no vuelva a pecar”.

         En este pasaje evangélico hay muchas enseñanzas. Por una parte, se pone de manifiesto la rigurosidad farisaica, que no deja pasar una falta grave sin castigo, pero al mismo tiempo, se pone de manifiesto la hipocresía de los fariseos, porque si bien por un lado quieren castigar a quien ha cometido un pecado, por otro lado, pasan por el alto el hecho de que ellos mismos son pecadores, del mismo o mayor tenor que el de la mujer pecadora.

En este grupo nos podemos ver reflejados nosotros mismos, toda vez que con nuestra falta de caridad y de misericordia lapidamos la fama de nuestro prójimo con habladurías y falsedades, sin tener en cuenta además que nosotros mismos somos tanto o más pecadores que el prójimo al cual tan ligeramente criticamos. A esto se le agrega un hecho más grave y es el de colocarnos en el lugar de Dios, quien es el Único que puede juzgar las conciencias. Cada vez que nos comportamos así, es decir, cada vez que lapidamos sin misericordia a nuestro prójimo con nuestra lengua, criticándolo y juzgándolo en su intención, somos idénticos a los fariseos.

Con este episodio queda patente la insuficiencia de la Ley Antigua, porque al señalar el pecado, pretendía castigar al pecado mediante la justicia, pero era una justicia meramente exterior: el ejemplo está en el caso del Evangelio de la mujer adúltera; una vez señalado el pecado, se pretendía hacer justicia, pero la justicia consistía en eliminar físicamente al que había pecado, con lo cual se eliminaba al pecador pero no al pecado, puesto que el pecado seguía arraigado en lo más profundo del corazón humano. En otras palabras, mediante la justicia, se eliminaba al pecador pero no al pecado, ya que este se encuentra arraigado en lo más profundo del ser de todo hombre, tanto del que aplica la Ley como de aquel recibe el castigo. Así vemos cómo la Ley de Moisés, si bien señalaba el pecado, era incapaz de corregirlo, era incapaz de quitarlo, porque el mal seguía arraigado en el corazón humano, del mismo modo a como la mala hierba se arraiga entre el césped.

Por el contrario, la Nueva Ley de Jesucristo, la ley de la gracia, obtenida al precio de su Sangre derramada en la cruz, no obra exteriormente, sino en lo más profundo del ser del hombre, arrancando de raíz esa mala hierba que es el pecado y haciendo germinar la semilla de la vida divina, la vida de la gracia santificante.

A diferencia de la Ley Antigua, que no poseía la gracia, la Nueva Ley actúa penetrando en lo más profundo del espíritu del hombre por medio de la gracia divina, la cual disuelve y hace desaparecer en un instante esa peste espiritual que es el pecado.

La esencia de la Nueva Ley es la gracia, la cual arranca de raíz y destruye el mal que anida en el corazón humano, sin dejar rastro de él, así como se disipa al viento una ligera columna de humo negro en una mañana de cielo despejado. Desde Adán y Eva el mal, en forma de pecado, anida en lo más profundo del corazón del hombre como una mancha negra y pestilente, de la cual brotan “toda clase de males” espirituales, tal como lo señala Nuestro Señor Jesucristo: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre” (Mc 7, 21-23).

Sin la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo, obtenida al precio altísimo de su Sangre derramada en la Cruz, el corazón del hombre es una piedra ennegrecida, una oscura y fría caverna de la cual brotan toda clase de maldades, ninguna de las cuales podía, de ninguna manera, la Ley Antigua, lograr la erradicación y purificación del corazón.

Por el contrario, la Nueva Ley de Jesucristo, la Ley de la Gracia Santificante, es infinitamente superior a la Ley Antigua, puesto que logra lo que esta no puede hacer: transformar por completo lo más profundo del ser del hombre, sanándolo de raíz, en su acto de ser; la gracia obra sobre el ser, es decir, a nivel ontológico, a nivel de naturaleza y no simplemente a nivel moral; la gracia obra una verdadera conversión porque hace partícipe al alma de la naturaleza divina y esto sucede a nivel ontológico, lo cual se traduce luego a nivel ético, moral o de comportamiento, pero la transformación moral o conversión cristiana se basa en la participación a nivel ontológico, lo cual solo es posible por la acción de la gracia. Y es esta participación en la naturaleza divina la que sana, restaura, transforma y, todavía más, diviniza, al corazón del hombre, convirtiéndolo en un corazón nuevo, un corazón que es una copia viviente, una imitación y una prolongación del Sagrado Corazón del Hombre-Dios Jesucristo, un corazón que paulatinamente, por la acción de la gracia, va dejando de ser simplemente humano, para ser cada vez más divino. Todo esto, no lo podía hacer de ninguna manera la Ley Antigua, la cual solo era una figura de la Ley Nueva; por esta razón la Ley Antigua se limitaba a quitar físicamente al pecador -como en el caso de la mujer adúltera-, pero dejando al pecado enraizado en el corazón de todos y cada uno de los hombres -como en el caso de los fariseos que acusan a la mujer adúltera-. La Ley Antigua ofrecía a Dios sacrificios de animales, pero estos sacrificios eran absolutamente incapaces de transformar el corazón humano, al ser incapaces de quitar el pecado; la Nueva Ley, por el contrario, al estar sellada con la Sangre del Cordero de Dios, Cristo Jesús, sacrificado en el Altar de la Cruz, en el Calvario, de una vez y para siempre y renovado este Santo Sacrificio cada vez, incruenta y sacramentalmente, en el Altar del Sacrificio, en la Santa Misa, al ser derramada sobre los corazones de los hombres, disuelve sus pecados, quita los pecados de los corazones, purifica los corazones manchados por el pecado, los santifica con la Sangre del Cordero y así santificados con esta Sangre Bendita y Preciosísima, los convierte en imágenes vivientes y palpitantes del Corazón del Cordero, del Corazón de Jesús, el Cordero de Dios, que late en la Eucaristía.

Según se relata en el Antiguo Testamento, Moisés, por orden divina, sacrificaba los corderos en el altar y luego esparcía la sangre de los corderos sacrificados sobre el pueblo (cfr. Éx 24, 8), lo cual significaba que Dios perdonaba los pecados del pueblo; sin embargo, la sangre de estos animales no podía de ninguna manera perdonar los pecados, por lo que el gesto de Moisés era únicamente externo y simbólico y un anticipo y figura de lo que habría de ser donado en la Nueva Ley. Y lo que es donado en el Nuevo Testamento y que sí perdona los pecados, porque efectivamente quita los pecados del mundo y del corazón del hombre, es la sangre del Cordero de Dios, Cristo Jesús, Sangre que brota, como de su fuente, de sus heridas abiertas y de Su Corazón traspasado en la cruz, para caer en las almas de los hombres y perdonarles sus pecados, sus muchos pecados, todos sus pecados, por abundantes y enormes que sean. La Sangre del Cordero de Dios, mediante la cual el Padre nos perdona, se derrama en el altar de la cruz y se renueva su efusión en la cruz del altar, porque así Dios Trino sella su pacto de amor misericordioso con los hombres, un pacto por el cual nosotros como Iglesia le ofrecemos el Cordero del Sacrificio y Él a cambio derrama sobre nosotros la Sangre del Cordero, Sangre por la cual Dios disuelve nuestros pecados, así como el humo negro se disuelve en el aire fresco de una mañana soleada y límpida.

Cuando condenamos y lapidamos a nuestro prójimo, haciendo resaltar sus defectos, haciendo caso omiso del enorme mal que anida en nuestros corazones, nos identificamos con los fariseos del Evangelio, prontos a condenar al prójimo, pero interiormente ciegos, compasivos e indulgentes con nuestras propias maldades. Antes de condenar a nuestro prójimo, deberíamos tener presente siempre esta escena evangélica y sobre todo las palabras de Jesús: “El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Antes de condenar al prójimo, antes de hablar del prójimo, deberíamos decir nosotros, de nosotros mismos: “Si estoy libre de pecado, entonces podría condenar a mi prójimo, pero como no estoy libre de pecado, no condeno a mi prójimo, y repito en cambio las palabras de Jesús: ‘Yo no te condeno’”.

Pero no solo en los fariseos debemos vernos representados, sino también en la mujer pecadora, porque en la mujer pecadora está representada la humanidad caída en el pecado y pecadora y nosotros no somos, de ninguna manera, la excepción. Nuestro objetivo, como cristianos, como imitadores de Cristo, es precisamente imitar a Cristo, es decir, no es ser, ni fariseos, ni quedarnos en el pecado, como la mujer pecadora antes de su encuentro con Jesús: nuestro objetivo en esta vida terrena es recibir el perdón de Cristo, arrepentirnos de nuestros pecados, y tratar de imitar la bondad y la misericordia que Jesús tiene con la mujer al perdonarle sus pecados.

En el perdón de Jesús vemos en acción a la Divina Misericordia, que en vez de condenar y sumarse al castigo de la mujer pecadora, no solo no la castiga, sino que la perdona. Así está prefigurado en esta escena el Sacramento de la Confesión, porque el perdón de Cristo a la mujer pecadora es el perdón que da Dios al alma a través del sacerdote ministerial en el sacramento de la confesión.

La Presencia del Sumo Sacerdote Jesucristo se actualiza en el Sacramento de la Confesión, quitando al alma sus pecados y así el corazón del pecador, que antes de la confesión era un corazón ennegrecido por el mal, por el sacramento de la confesión es purificado, limpio, sano, y convertido en una copia humana del Corazón del Salvador, haciéndose realidad la Palabra de Dios revelada en el profeta Isaías: “Aunque vuestros pecados fueren como la grana, quedarán blancos como la nieve. Y si fueren rojos como el carmesí, quedarán como lana (cfr. 1, 18)”.

No estamos en esta vida para ser, ni fariseos injustos, ni tampoco pecadores; estamos en esta vida terrena para ser, para nuestros prójimos, una copia viviente del Corazón de Jesús; nuestro corazón no solo no debe reflejar nuestro “yo” egoísta, el cual debe desaparecer para siempre, sino que debe reflejar la bondad, la misericordia, la compasión, la caridad, del Corazón de Jesús, pero, como dice Jesús: “Nada podéis hacer sin Mí”, por lo que esa tarea de transformar nuestro corazón en una copia del Corazón de Jesús, se realiza por dos sacramentos: la confesión sacramental y el sacramento del altar, la Eucaristía.

Por el sacramento de la confesión, nuestro corazón se purifica y santifica; por la Eucaristía, recibimos al Sagrado Corazón, que se funde en un solo corazón con el nuestro. Solo así estaremos en grado de imitar a Jesús, de obrar con nuestro prójimo lo que Jesús obra con la mujer pecadora: perdonar y amar, amar y perdonar.