jueves, 8 de enero de 2015

“Pensaron que era un fantasma”


“Pensaron que era un fantasma” (Mc 6,45-52). Los discípulos, que están en la barca, en medio del mar, navegan dificultosamente, porque tienen un fuerte viento en contra. Jesús, que se encontraba solo, en tierra firme, al ver la dificultad en que se encuentran, se dirige hacia ellos, caminando sobre el agua. Al verlo llegar caminando sobre el agua, los discípulos, a pesar de que conocían a Jesús, en este momento, lo desconocen y lo confunden con un “fantasma” –“pensaron que era un fantasma”- y, llenos de miedo, se ponen a gritar. Jesús les dice: “Tranquilícense, Soy Yo, no teman”; sube a la barca, e inmediatamente, el viento se calma. Los discípulos, dice el Evangelio, “llegaron al colmo de su estupor, porque no habían comprendido el milagro de los panes y su mente estaba enceguecida”.
El episodio, real, representa al mismo tiempo, realidades sobrenaturales, porque cada elemento de la escena evangélica se corresponde con una realidad sobrenatural, celestial: la barca, es la Iglesia; el mar, es el mundo y la historia humanos; el viento que sopla fuertemente, es el Infierno, que busca hundir la barca; los discípulos, representan a todos los bautizados; Jesucristo, que primero está en tierra y luego sube a la barca, es Dios encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía y que gobierna no solo la Iglesia, sino el mundo y la historia, y doblega al infierno con su solo Querer, pues el viento se calma apenas Él sube a la barca.
“Pensaron que era un fantasma”. Dentro de la escena evangélica, destaca la actitud de confusión y desconcierto de los discípulos con relación a Jesús: Él viene en auxilio de su barca, la Iglesia, realizando un milagro portentoso, como lo es el de caminar sobre las aguas, y los discípulos -extrañamente, puesto que conocen a Jesús-, lo confunden con un “fantasma” y, llenos de miedo, se ponen a gritar. Representan a muchos católicos, laicos y sacerdotes, para quienes, pese a llevar una intensa vida eclesial, Jesús no es más que un “fantasma” en sus vidas, porque sus Mandamientos no tienen incidencia en su vida cotidiana, y no reflejan el Amor de Jesucristo a los demás. Representan a los cristianos, para quienes Cristo es una imagen virtual y no un ser real, sobre todo en la Eucaristía, y eso es lo que explica que lo abandonen por los ídolos del mundo: los adultos, por sus ocupaciones y entretenimientos; los jóvenes, por sus atracciones mundanas; los niños, por sus juegos. Para todos, Jesús, y sobre todo en su Presencia Eucarística, no es un ser real, sino un “fantasma”, un ser de fantasía, un ser virtual, construido a la medida de sus gustos e intereses, pero que no se corresponde en nada con el Verdadero Hombre-Dios, que es Dios de Amor infinito, pero también de Justicia infinita.

“Pensaron que era un fantasma”. La actitud de los discípulos en la barca nos da ocasión para que meditemos en quién es Jesús para cada uno de nosotros en particular: si es un “fantasma”, es decir, si es un ser meramente nominal, cuyos Mandamientos no ejercen ninguna influencia en mi vida cotidiana, de manera tal que mi cristianismo es también puramente nominal –y esto lo voy a saber si no soy capaz de cumplir lo que Jesús me pide: si no soy capaz de amar a mis enemigos, si no prefiero la Eucaristía dominical a mis ocupaciones y/o entretenimientos, etc.- o, por el contrario, si Jesús es verdaderamente, para mí, Aquel que Es, el Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, que está vivo, glorioso, resucitado, en Persona, oculto en el Santo Sacramento del Altar y porque Él está Presente y resucitado en la Eucaristía, cada vez que comulgo lo entronizo en mi corazón y allí, como en un altar sagrado, lo adoro, lo amo, lo bendigo y le doy gracias, y como muestra de que “ya no soy yo quien vive, sino que es Él con su gracia quien vive en mí” (cfr. Gal 2, 20), obro la misericordia, que es la aplicación práctica de la primacía de la gracia en el alma. Sólo así, Jesús Eucaristía no será “un fantasma” en mi vida, sino Aquel que Es en realidad: el Hombre-Dios, el Cordero de Dios, que me dona el Amor infinito de su Sagrado Corazón y su Vida eterna cada vez que comulgo la Eucaristía con fe y con amor.

miércoles, 7 de enero de 2015

“Tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición (…) Todos comieron hasta saciarse”


“Tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición (…) Todos comieron hasta saciarse” (Mc 6, 34-44). Jesús multiplica panes y pescados y con ellos da de comer a una multitud. El milagro, realizado con su omnipotencia divina, tiene un claro objetivo inmediato, y es el saciar el hambre corporal de la multitud y a pesar de la espectacularidad de su ejecución, no trasciende el plano físico y temporal. Jesús, el Hombre-Dios, utiliza su poder divino para crear, de la nada, las substancias inertes de los panes y los peces; utiliza su poder creador, el mismo con el cual creó el mundo, para crear los átomos y las moléculas constitutivas de los panes y los peces, para aumentar la cantidad de estos, de manera tal que alcancen y sobren para satisfacer el hambre corporal de la multitud. A pesar de lo maravilloso que supone el prodigio de la creación y la multiplicación de la materia, el milagro de la multiplicación de panes y peces, por un lado, no significa nada para la omnipotencia de un Dios como Jesucristo; por otro lado, el milagro, espectacular en sí mismo, como decimos, con todo, no trasciende el plano físico y temporal, puesto que la intención de Jesús no es otra que la de saciar el hambre de esas personas en ese momento determinado de la historia.
Es muy importante valorar la dimensión y el alcance de este asombroso milagro –valga la redundancia, porque todo milagro es asombroso-, porque muchos pretenden ver, en la multiplicación de panes y peces y en la consecuente satisfacción corporal del hambre de la multitud, una prefiguración de la misión de la Iglesia, que sería la de dar de comer a los hambrientos corporales. Es decir, basándose en este pasaje evangélico, muchos sostienen que la misión de la Iglesia es meramente terrenal y material, limitada a Cáritas –que termina siendo acción social-: así, la misión de la Iglesia se reduce a predicar un mensaje de conversión meramente moral y a administrar comedores y hogares, mientras que la Iglesia misma se reduce, de Esposa de Cristo y su Cuerpo Místico, a una inmensa ONG que solo busca paliar el hambre de los más desprotegidos.
Es verdad que la Iglesia en general y los bautizados en particular, deben practicar las obras de misericordia, y que dentro de estas, se encuentran las obras de misericordia corporales, y que dentro de estas, una de las principales, es la de dar de comer a los hambrientos; pero la misión central de la Iglesia no es la de terminar con el hambre corporal de la humanidad; la misión de la Iglesia es terminar con el hambre, sí, pero con el hambre espiritual, que es hambre de Dios, que tiene la humanidad, y este hambre se sacia solo con un Pan, un “Pan bajado del cielo” (cfr. Jn 6, 51-58), la Eucaristía.
El milagro de la multiplicación de los panes y peces tiene, entonces, un objetivo inmediato, que es el de satisfacer el hambre corporal de la multitud, y por eso se desarrolla en un plano meramente físico y material, ya que lo que el Hombre-Dios multiplica es la materia corpórea e inerte de los panes y los peces. Sin embargo, podemos decir que sí tiene un objetivo oculto, a largo plazo, que va más allá de lo inmediato, y es el de prefigurar y anticipar otro milagro, por el cual el Hombre-Dios multiplicará no la carne inerte, del pez, ni la substancia sin vida, del pan, sino la Carne viva, gloriosa y resucitada del Cordero de Dios y el Pan de Vida eterna, la Eucaristía.  
En la Iglesia, y por el misterio litúrgico de la Santa Misa, Jesucristo renueva para nosotros, cada vez, un milagro que supera infinitamente el milagro de los panes y peces, y es el milagro de la Transubstanciación, milagro por el cual las substancias inertes del pan y del vino se convierten en las substancias gloriosas de su Cuerpo, su Sangre, Su Alma y su Divinidad, contenidas estas substancias en el Maná Verdadero, el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía, para que cuando nos alimentemos de él, recibamos la totalidad sin límites del Amor eterno contenido en su Sagrado Corazón Eucarístico.

“Tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición (…) Todos comieron hasta saciarse”. En la Santa Misa, por intermedio del sacerdote ministerial, Jesús toma el pan y el vino, levanta los ojos al cielo, pronuncia la fórmula de la consagración, convierte el pan y el vino en su Cuerpo Sacramentado y nos lo da de alimento, obrando un prodigio que supera infinitamente la multiplicación narrada en el Evangelio. A nosotros, no nos alimenta con la substancia muerta del pan y del pescado, sino con la substancia viva, gloriosa y resucitada de la Carne del Cordero y del Pan de Vida eterna, y como este Pan es Él en Persona, que es Dios y es Amor infinito, quien consume de este Pan celestial, “come hasta quedar saciado” del Amor divino en él contenido. Ésta es la misión primera y última de la Iglesia: saciar el hambre del Amor de Dios que tiene la humanidad, y para eso es que la Iglesia renueva el prodigio de la multiplicación del Cuerpo Sacramentado del Señor, en cada Santa Misa.

martes, 6 de enero de 2015

“Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”


“Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 4,12-17.23-25). ¿Qué es la conversión, pedida por Jesús? Para tener una idea de la conversión, la podemos graficar con la siguiente imagen, la del girasol. El girasol, cuando es de noche, se encuentra girado hacia la tierra, con su corola cerrada; sin embargo, al amanecer, a medida que comienzan a aparecer las primeras claridades de la madrugada, y cuando aparece la Aurora, la Estrella brillante de la mañana, que anuncia la llegada del astro sol, el girasol parece despertar de su letargo, y a medida que se incorpora desde la tierra hacia el firmamento, va abriendo su corola y desplegando sus pétalos; finalmente, cuando el sol hace su aparición en el cielo, el girasol ya se ha orientado hacia el sol, y cuando este se desplaza por el cielo, el girasol lo sigue, durante todo su recorrido. Con esta imagen del girasol, podemos entonces tratar de entender qué es la conversión pedida por Jesús en el Evangelio: para ello, hagamos la siguiente analogía: el corazón es el girasol; la noche, es decir, cuando el girasol está volcado hacia la tierra y con su corola y pétalos cerrados, es la ausencia de conversión, es decir, es el estado del alma en el que el hombre se encuentra atraído por las cosas bajas y terrenas, es cuando el hombre está dominado por la concupiscencia de la carne y por las atracciones del mundo, es cuando el hombre está inmerso en las “oscuras regiones de la muerte” espiritual, que es el pecado, y rodeado por las “tinieblas” vivientes, que son los ángeles caídos; el girasol, que en la noche está cerrado a la luz, representa al corazón del hombre no convertido; el amanecer, con sus primeras luces, y sobre todo la Estrella brillante de la mañana, la Aurora, que anuncia la llegada del astro sol, representa a la Virgen María, Mediadora de todas las gracias, cuya presencia en el alma anticipa y prepara la Llegada de su Hijo Jesucristo, Sol de justicia; el astro sol, ante cuya presencia en el firmamento, el girasol despierta del letargo nocturno, levantándose desde la tierra, abriendo sus pétalos y dirigiéndose hacia el sol, para seguirlo en su recorrido por el cielo, representa a Jesucristo, el Hombre-Dios, Sol de justicia, que luego de ser preparada el alma por la acción de la Estrella Luciente de la mañana, la Virgen, resplandece en el centro del alma, convirtiendo al alma misma con su Presencia en algo más hermoso que el cielo, y así el alma, como el girasol, eleva su mirada hacia el radiante Sol, Jesús Eucaristía, que se entroniza en su corazón, como en un sagrado altar, para adorarlo, bendecirlo, amarlo, alabarlo y darle gracias, por su infinito y eterno Amor.

Así, con Jesús Eucaristía, Sol de justicia, entronizado en el corazón, se completa el proceso de conversión, y puesto que desde allí, este Divino Sol ilumina al alma, así como el sol ilumina al girasol desde el firmamento azul, se cumple la Escritura que dice: “El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz”. 

lunes, 5 de enero de 2015

Solemnidad de la Epifanía del Señor

  


(Ciclo B – 2015)
 “Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén  (…) Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra” (Mt 2,1-12). Todo el episodio de la visita de los Reyes Magos está lleno de elementos sobrenaturales, celestiales: los Reyes Magos son guiados, hasta el lugar del Nacimiento del Niño, por una estrella, la cual se detiene en el lugar exacto del Nacimiento; la aparición exterior y física, en el cosmos físico, de la estrella de Belén, que guía a los Magos, se acompaña de una acción interior de la gracia, que ilumina las mentes y los corazones de los Reyes Magos, dándoles el conocimiento y el amor sobrenatural acerca del Niño del Pesebre, de manera que, cuando los Magos ven la estrella, por un lado saben que es la que los conducirá hasta el Mesías, es decir, saben que no es una estrella más en el firmamento, sino una estrella, real, pero que los conducirá hasta donde se encuentra el Niño de Belén; por otro lado, saben que el Niño de Belén, no es un niño más entre tantos, sino que es el Mesías, el Salvador de la humanidad, que habrá de salvar no solo a Israel, sino también a los pueblos paganos, como los pueblos de donde ellos provienen, con la única condición de que los paganos lo acepten como a su Salvador; saben también, por esta iluminación interior, que este Niño del Pesebre, es Dios Encarnado, porque así había sido anunciado por los profetas, que Dios nacería de una Madre Virgen: “una Virgen concebirá y el Niño será llamada “Emmanuel”, que significa “Dios con nosotros””[1]; por todo esto, los Reyes Magos “se alegran” cuando ven la Estrella de Belén, porque no ven a una estrella más entre tantas, sino aquella señal, enviada por Dios, que los conducirá hasta el Salvador, la cual es, además, símbolo y figura de la Virgen, que conduce a su Hijo Jesucristo, y de la gracia santificante, que hace participar al alma de la vida divina del Hombre-Dios. Porque los Reyes Magos saben, por la gracia, que ese Niño es Dios Encarnado, cuando llegan, “se postran” ante su Presencia, es decir, lo adoran, y con esta adoración demuestran que el Niño es Dios hecho Niño, sin dejar de ser Dios; demuestran que saben y aman a Dios hecho Niño porque lo adoran, postrándose ante su Presencia, y así demuestran y enseñan que solo Dios debe ser adorado, y nadie más que Él, y porque reconocen que ese Niño es Dios, que ha asumido en su Persona divina a la naturaleza humana, sin mezcla, ni confusión, ni división alguna, los Reyes Magos le ofrecen sus dones, que están reservados solo a la divinidad: abren sus tesoros, y le ofrecen sus dones: oro, para adorar a su Persona Divina, la Persona Divina de Dios Hijo, encarnada en el Niño de Belén; incienso, en representación de la oración de adoración y amor de la humanidad redimida por Él, el Mesías, que se ha encarnado y nacido como Niño, para luego subir a la cruz y ofrecer su Cuerpo como ofrenda Santa y Pura para la salvación de los hombres; y mirra, para adorar a su Humanidad Santísima, la Humanidad del Niño Dios, santificada en el primerísimo instante de su Inmaculada Concepción, en el seno virgen de María Santísima, al entrar en contacto al ser asumida hipostáticamente, en unidad de Persona, por la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo de Dios, Dios Hijo. Por último, los Reyes Magos adoran al Niño porque ven su gloria visiblemente, puesto que el Niño Dios manifiesta visiblemente su gloria, ya que eso es lo que significa “Epifanía”: manifestación de la gloria divina. La manifestación de la gloria en el Niño no es porque le sea agregada extrínsecamente, sino porque es la que Él posee desde toda la eternidad, por ser Él Dios Hijo, que procede del Padre desde toda la eternidad; es la gloria que el Padre le transmite desde toda la eternidad, y que ahora, en el Pesebre, se trasluce a través de su Humanidad santísima, por unos instantes, tal como lo hará en el Tabor, años después (pero que ocultará durante el resto de su vida, especialmente en la Pasión, para poder sufrir la Pasión redentora, ya que con la humanidad glorificada, como en la Epifanía, no habría podido sufrir ningún dolor, y esto último, el ocultar su gloria visible, es un milagro mayor que el reflejarla).
Los Reyes Magos son el modelo del Adorador Eucarístico: así como ellos son guiados por la Estrella de Belén hasta el Niño Dios y lo adoran, así también el Adorador Eucarístico debe adorar a la Eucaristía, porque en la escena está representada la adoración eucarística: la Estrella de Belén representa, ya sea a la Virgen, que conduce a su Hijo Jesucristo en la Eucaristía, o a la gracia que, iluminando la mente y el corazón, permiten reconocer, sobrenaturalmente, a Jesús en la Eucaristía, así como los Magos pudieron reconocer en Jesús, no a un niño más entre tantos, sino al Niño Dios; el Niño Dios, a quien los Reyes Magos adoran en el Pesebre, es el mismo Dios, con Corazón de Niño, que está, vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía; la Virgen, la Madre de Dios, que sostiene al Niño entre sus brazos, en el Pesebre, ostentándolo para que los Reyes Magos se postren ante su Presencia y lo adoren, es la Custodia Viviente, el Sagrario más precioso que el oro, que custodia y tiene entre sus brazos al Pan Vivo bajado del cielo, y así es el anticipo de la custodia y del sagrario que en su interior poseen al Pan de Vida eterna, la Eucaristía, Jesús, que espera para ser adorado por quienes lo aman con un corazón contrito y humillado; por último, los Adoradores Eucarísticos, al igual que los Reyes Magos, deben también portar sus dones a Jesús Eucaristía: el oro de su amor, el incienso de su adoración, y la mirra de sus obras de misericordia.



[1] Is 7, 14.

viernes, 2 de enero de 2015

“En el principio existía la Palabra (…) la Palabra era Dios (…) la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (…) nosotros hemos visto su gloria”


(Domingo II - TN - Ciclo B – 2015)
        (Domingo II - TN - Ciclo B – 2015)
         “En el principio existía la Palabra (…) la Palabra era Dios (…) la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (…) nosotros hemos visto su gloria” (Jn 1, 1-18). El Evangelista Juan es representado con un águila, debido a que en su Evangelio describe el misterio de Jesucristo con tanta agudeza y altura, que su teología permite realizar la analogía con este majestuoso animal: así como el águila se eleva a las alturas en dirección al sol y puede, desde lo más alto del cielo, mirar al sol sin ser encandilada por este, así también el Evangelista Juan, llevado por la gracia, se eleva a la más alta contemplación mística del misterio del Hombre-Dios Jesucristo, contemplándolo en su ser eterno junto al Padre y revelando por lo tanto su divinidad, al ser consubstancial al Padre; Juan contempla, como el águila al astro sol, al Sol de justicia, Jesucristo, sin ser encandilado ni enceguecido por la luz de su divinidad: “En el principio existía la Palabra (…) la Palabra era Dios”. “En el principio existía la Palabra”: en el principio, en la eternidad, existía la Palabra; la Palabra era Dios”: la Palabra era consubstancial al Padre, poseía el mismo Ser divino trinitario y la misma Naturaleza divina trinitaria. Así contempla Juan a la Palabra de Dios, en la eternidad, en remontarse en vuelo sobrenatural hasta el Ser trinitario divino, de donde procede la Palabra.
        Pero de la misma manera a como el águila, volando en lo más alto del cielo, puede, debido a la agudeza de su visión, mirar también hacia abajo, para localizar a sus presas con toda precisión y así lanzarse en pos de ellas, así también, la agudeza de la teología de Juan el Evangelista, le permite, luego de contemplar al Verbo Eterno, siendo Dios, junto al Padre, contemplarlo en la tierra, ya encarnado, como embrión en el seno virgen de María, como Niño Dios en el Nacimiento, como Hombre-Dios en la Pasión y en el Santo Sacrificio de la Cruz, y por eso dice: La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y en la contemplación del Verbo, el Evangelista Juan contempla la gloria “como de Hijo Unigénito”, que le pertenece desde la eternidad, por ser Dios Hijo, pero también contempla esa gloria en la Carne del Verbo Encarnado: “Hemos visto su gloria”, y la contempla a esa Carne también, gloriosa, pero sangrante y crucificada, en la Pasión y en la crucifixión.
El Evangelista Juan, representado como el águila, contempla entonces al Verbo de Dios en la eternidad y lo contempla también en la Encarnación, nacido como Niño, y lo contempla en la cruz; tanto en el cielo, en la eternidad, como en la tierra, siempre, el Evangelista Juan contempla la gloria del Verbo: en la eternidad, como Palabra de Dios, como Verbo consubstancial del Padre, como Palabra eternamente pronunciada por el Padre; en la Encarnación, Juan contempla la gloria del Verbo Encarnado: “hemos visto su gloria”, porque esta gloria que dice Juan haber visto, es la gloria del Verbo luego de la Encarnación, luego de que el Verbo se ha hecho Carne, es decir, Juan contempla al Niño Dios y en Él, en la humanidad de este Niño, contempla la gloria eterna del Verbo de Dios Encarnado, y en la cruz, contempla a esa Carne del Verbo, sangrante y crucificada.
        Pero no solo el Evangelista Juan está llamado a contemplar a la Palabra de Dios en su gloria: todo cristiano está llamado a la misma contemplación del Evangelista Juan; todo cristiano está llamado a ser un contemplativo, en medio de la acción, como decía San Josemaría Escrivá de Balaguer. Al igual que Juan el Evangelista, de la misma manera, el cristiano está llamado también a contemplar, por la fe de la Iglesia, al Verbo de Dios, en su eternidad y en su gloria, y también en su Encarnación, y en su Carne, en la que transparenta y transluce esta misma gloria eterna, la gloria que posee como Hijo de Dios desde toda la eternidad. 
         Pero el cristiano está llamado también a contemplar la gloria del Verbo de Dios Encarnado, no solo en su eternidad, como Hijo de Dios Unigénito, y no solo en la Encarnación y Nacimiento -en el seno virgen de María y en el Portal de Belén- y en la cruz, sino también en la Eucaristía, porque en la Eucaristía, el Verbo de Dios Encarnado prolonga su Encarnación, y está tan glorioso como lo está en la Encarnación y como lo está en la eternidad. 
       Y así también lo contempló Juan, en la Última Cena, porque la Última Cena fue la Primera Misa, en donde el Verbo obró el milagro de la Transubstanciación, la conversión de las substancias materiales inertes del pan y del vino, en las substancias gloriosas de su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; en la Última Cena, Juan contempló la Eucaristía, y en la Eucaristía contempló, con la luz de la fe, la gloria del Verbo de Dios Encarnado, que prolongaba su Encarnación el Santo Sacramento del Altar y degustó su Amor, al comulgar el Pan Eucarístico; del mismo modo, así es como el cristiano debe también contemplar esta misma gloria, en el Pan de Vida eterna, la Eucaristía, y degustar el Amor contenido en la Eucaristía, al nutrirse con el Pan Vivo bajado del cielo.
            La Eucaristía es el mismo Verbo de Dios contemplado por Juan en la eternidad, y contemplado luego por él en la Encarnación, y es la misma Palabra Encarnada, crucificada y sangrante, que continúa y prolonga su Encarnación en la Eucaristía, y que renueva de modo incruento su sacrificio en cruz en la Santa Misa; la Eucaristía es el mismo y Único Verbo de Dios, con toda su gloria, gloria “como de Hijo Unigénito”, la Eucaristía es el mismo y Único Verbo de Dios que contempló Juan en la eternidad, en la Encarnación, en el Nacimiento y en la cruz. Esta es la razón por la cual, quien contempla la Eucaristía, con la fe de la Iglesia, no con los ojos materiales del cuerpo, sino con los ojos espirituales y sobrenaturales de la fe de la Iglesia, contempla al Verbo de Dios, eterno y encarnado, que continúa y prolonga su encarnación en el Santo Sacramento del Altar.
         El cristiano, elevado a las alturas insondables del seno de la Trinidad, por la fe de la Iglesia, debe decir, en la Adoración Eucarística, parafrasenado al Evangelista Juan: “En el principio existía la Palabra (…) la Palabra era Dios (…) la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (…) nosotros hemos visto su gloria en la Eucaristía; en la Eucaristía, contemplamos la gloria del Verbo de Dios, la gloria de la Palabra de Dios encarnada, que resplandece con su luz eterna en el Santo Sacramento del Altar”. Y de esta Verdad, Verdad descendida y encarnada desde la misma Trinidad, el cristiano debe dar testimonio, no con sermones, sino con ejemplo de vida santa, vivida la santidad cotidiana hasta el martirio, como San Juan Evangelista. Así, con su testimonio de santidad cotidiano, el cristiano dará testimonio de que la Palabra, que existía desde el principio junto al Padre y es Dios, como el Padre se encarnó y prolonga su Encarnación en la Eucaristía, para nutrir a los hombres con el Amor de Dios en ella contenido. 

“Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”


“Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29-34). Juan el Bautista ve pasar a Jesús y dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Mientras otros ven pasar a Jesús y dicen: “Es el hijo del carpintero” (cfr. Mt 13, 55), Juan el Bautista, en cambio, dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan el Bautista ve lo que otros no ven, y lo ve porque está iluminado por el mismo Espíritu Santo, tal como él lo declara: “Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”.
Juan ve al Espíritu Santo descender sobre Jesucristo en forma de paloma, y lo ve permanecer sobre Él; es la señal que Dios Padre, que es quien ha enviado a Juan a predicar la Llegada del Mesías, de que Jesús es el Hijo de Dios; a su vez, Juan puede ver al Espíritu Santo, porque él mismo está iluminado por el Espíritu Santo; de otra forma, le sería imposible saber que Jesús es el “Hijo de Dios”, el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” y “el que bautiza en el Espíritu Santo”.

“Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. A imitación del Bautista, que en Jesús ve, no “al hijo del carpintero”, sino al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, porque está iluminado por el Espíritu Santo, el cristiano, porque está iluminado por la fe de la Iglesia, inhabitada por el Espíritu Santo, al ver la Eucaristía, dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, porque el cristiano ve, con los ojos del espíritu, iluminados por la luz de la fe, lo que el mundo no ve: mientras el mundo ve, en la Eucaristía, solo un poco de pan bendecido, el cristiano ve a Jesús, el Hijo de Dios, el Mesías, que bautiza en el Espíritu Santo, y junto al Bautista, dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Y, al igual que el Bautista dio su vida por la Verdad de Jesús como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, así también el cristiano debe estar dispuesto a dar su vida, testimoniando la Verdad de la Eucaristía: la Eucaristía es Jesús, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

jueves, 1 de enero de 2015

“Yo no soy el Mesías”


“Yo no soy el Mesías” (Jn 1,19-28). Dice el Evangelista Juan que, “cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: ‘¿Quién eres tú?’, Juan el Bautista “confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: ‘Yo no soy el Mesías’”. Pero luego, ante la insistencia de los enviados de los judíos, Juan el Bautista especifica aún más: él no es “Elías”, ni “el Profeta”, sino “una voz que grita en el desierto: ‘Allanen el camino del Señor’”. También dirá del Mesías que Él bautizará con “Espíritu Santo y fuego”, mientras que él, el Bautista, bautiza solo con agua. Es importante para el cristiano conocer la figura y la misión del Bautista, porque todo cristiano está llamado a imitar y a prolongar, en su vida cotidiana, la figura y la misión del Bautista: al igual que el Bautista, que predica en el desierto, viviendo austera y sobriamente, vistiendo con piel de camello y alimentándose de miel silvestre y de langostas, anunciando al Mesías, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y que bautiza con fuego y Espíritu Santo, así también el cristiano, está llamado a predicar, más que con sermones, con el ejemplo de vida sobrio, austero y casto, en el desierto sin Dios en el que se ha convertido el mundo, que el Mesías, el “Cordero de Dios que quita los pecados del mundo” ha llegado y está en la Eucaristía, vivo, glorioso y resucitado, y que bautiza con “fuego y Espíritu Santo” en la Iglesia, en el bautismo sacramental, porque en el bautismo sacramental, Jesús infunde el Espíritu Santo en el alma, que es fuego de Amor Divino, quitando el pecado y concediendo la filiación divina.

“Yo no soy el Mesías; soy una voz que grita en el desierto: ‘Allanen el camino del Señor’”. Todo cristiano está llamado a ser otro Bautista, que clame que Jesucristo es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo y que está Presente, vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía. Y, al igual que Juan el Bautista, que dio su vida testimoniando la verdad de Jesús como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, así también el cristiano, de la misma manera, debe estar dispuesto a dar su vida por la misma verdad; la verdad de Jesús Eucaristía como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.