martes, 3 de abril de 2018

Martes de la Octava de Pascuas



(Ciclo B – 2018)

         “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” (Jn 20, 11-18). María Magdalena acude al sepulcro pero no ingresa en él; se queda afuera, llorando, recordando los tristes acontecimientos del Jueves y Viernes Santo. María Magdalena, que había asistido a la crucifixión, tenía en el recuerdo de su memoria a su Señor crucificado y muerto; piensa que todavía sigue muerto y por eso llora. Cuando se asoma al sepulcro, ve el sepulcro vacío y a dos ángeles, “sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús”. Los ángeles le preguntan la causa de su llanto: “Ellos le dijeron: “Mujer, ¿por qué lloras?”. María respondió: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Luego se da vuelta, ve a Jesús resucitado, pero no lo reconoce. Jesús le hace la misma dobre pregunta que los ángeles: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. María, al igual que cuando responde a los ángeles, también en esta respuesta sigue pensando en un Jesús muerto. Sin embargo, a pesar de verlo con sus propios ojos, todavía no ha recibido la luz del Espíritu Santo, que es donada por Jesús y por lo tanto, no lo reconoce y lo confunde con el jardinero, con el cuidador del huerto: 2Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo”. María piensa en un Jesús cadáver y quiere ir a buscar ese cadáver. En su razonamiento, en el uso de su razón sin la luz del Espíritu Santo, Jesús es solo un cadáver y no hay otra respuesta posible que el cadáver haya sido trasladado de lugar. Será la mentira que utilizarán los judíos para sobornar a los soldados romanos. En este caso, es imposibilidad de María Magdalena de alcanzar, con la sola luz de su razón natural, la verdad de la resurrección. Puesto que se trata de un hecho de un orden sobrenatural, su razón humana, creatural, está fuera del alcance de dicha verdad y es por eso que lo confunde con el jardinero y piensa que el cadáver ha sido trasladado de lugar.
         Solo cuando Jesús infunda en ella el Espíritu Santo y este la ilumine con su luz celestial, María Magdalena será capaz de contemplar la Verdad Absoluta de Dios, Cristo Jesús, que ha resucitado luego de estar tres días en el sepulcro.
         “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Muchos cristianos se comportan como María Magdalena antes de recibir la luz del Espíritu Santo: están en la Iglesia, pero viven como si Jesús estuviera muerto, no hubiera resucitado y, peor aún, no estuviera, resucitado y glorioso, en la Eucaristía y así se comportan como racionalistas, como quienes no han recibido la luz de la sabiduría divina que viene de lo alto. Puesto que la verdad de la Resurrección de Jesucristo es supra-racional, es decir, supera ampliamente la limitada capacidad de nuestra razón, para no caer en el error racionalista –el error de María Magdalena antes de recibir el don de la iluminación de Jesucristo-, es necesario pedir, con insistencia, la luz del Espíritu Santo para que nuestras almas puedan contemplar, con la luz de la fe y de la gracia, a Jesús, que no solo ha resucitado, sino que nos espera, glorioso, en la Eucaristía.

lunes, 2 de abril de 2018

Lunes de la Octava de Pascua


"Las tres Marías en el Sepulcro"
(Peter von Cornelius (1783–1867)

(Ciclo B – 2018)

         Es llamado también “Lunes del Ángel” porque fue un ángel, precisamente, quien les anunció a las santas mujeres que el Señor Jesús había resucitado. Juan Pablo II daba esta explicación en el año 1994: “¿Por qué se le llama así?”, se preguntaba el Pontífice, poniendo en evidencia la necesidad de destacar la figura de aquel ángel, que dijo desde lo más profundo del sepulcro: “Ha resucitado”[1]. Dice Juan Pablo II que “estas palabras eran muy difíciles de pronunciar, de expresar, para una persona. También, las mujeres que fueron al sepulcro lo encontraron vacío, pero no pudieron decir “ha resucitado”; solo afirmaron que el sepulcro “estaba vacío”. El ángel dice más: “no está aquí, ha resucitado”. El Santo Padre Juan Pablo II quiere decir que, ante la vista del sepulcro vacío, las mujeres recurren a la mente humana para explicar la causa por la cual el sepulcro está vacío. Las mujeres solo pueden afirmar que el sepulcro “está vacío”, es decir, solo pueden hacer una comprobación empírica del hecho y del lugar y solo pueden dar una respuesta racional -en el sentido de ser emanada por la razón humana- a aquello que están viendo. Lo que le ángel les dice no es irracional, sino supra-racional, en el sentido de que viene más allá de la naturaleza creada, sea humana o angélica: el ángel les dice: “Ha resucitado”, lo cual significa que el Ser trinitario de Dios no solo ha reunificado al Alma santísima y el Cuerpo purísimo del Redentor regresando el Cuerpo muerto a la vida, sino que los ha glorificado, es decir, los ha colmado de la gloria de Dios Trino, regresando el Cuerpo muerto de Jesús a una nueva vida, la vida de Dios Trinidad.
         “No está aquí, ha resucitado”. La alegre noticia que las santas mujeres reciben de labios del ángel, es la alegre noticia que el cristiano debe comunicar al mundo. Pero con un agregado: “Jesús ha resucitado y con su Cuerpo glorioso está en el sagrario, en la Eucaristía y allí nos espera, para darnos su Amor”.

sábado, 31 de marzo de 2018

Domingo de Pascuas de Resurrección



(Ciclo B - 2018)

         Si en el Viernes y el Sábado Santo la Iglesia guardaba luto y hacía duelo por la muerte de su Señor, el Domingo de Resurrección, por el contrario, exulta de alegría y gozo y su canto de alabanzas y acción de gracias al Cordero se eleva hasta llegar al trono mismo de Dios. Expresando este estado de alegría celestial que la embarga y señalando su causa, la Iglesia canta en el Pregón Pascual: “Exulten por fin los coros de los ángeles,/exulten las jerarquías del cielo,/y por la victoria de Rey tan poderoso/que las trompetas anuncien la salvación”. La Iglesia, la Esposa Mística del Cordero, que el Viernes y el Sábado Santo lloraba en silencio la muerte de su Esposo, hoy llama a la alegría a los ángeles del cielo y llama a estos a que toquen las trompetas de la salvación. “Goce también la tierra,/inundada de tanta claridad,/y que, radiante con el fulgor del Rey eterno,/se sienta libre de la tiniebla/que cubría el orbe entero”. No solo el cielo, sino la tierra, es decir, los hombres, que por el pecado de Adán habían caído en el pecado, debe alegrarse y esa alegría le es comunicada por la luz y el fulgor que brotan del Ser divino del Rey eterno, Cristo Jesús. “Alégrese también nuestra madre la Iglesia,/revestida de luz tan brillante;/resuene este templo con las aclamaciones del pueblo”. El Cielo, la tierra, pero también la Iglesia, debe exultar de alegría y en la Iglesia, revestida de la luz de la gloria del Cordero, deben resonar las aclamaciones de alegría de los redimidos por la Sangre del Cordero. “En verdad es justo y necesario/aclamar con nuestras voces/y con todo el afecto del corazón/a Dios invisible, el Padre todopoderoso,/y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo”. La Iglesia Santa debe dar gracias a Dios Trino: al Padre, que por el Espíritu Santo, envió a su único Hijo, Jesucristo, a ofrecerse en sacrificio por nuestra salvación. “Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre/la deuda de Adán/y, derramando su sangre,/canceló el recibo del antiguo pecado”. Jesús, el Segundo y definitivo Adán, ha pagado con el precio altísimo de su Sangre Preciosísima la deuda del Primer Adán, cancelando el pecado para siempre. “Porque éstas son las fiestas de Pascua,/en las que se inmola el verdadero Cordero,/cuya sangre consagra las puertas de los fieles”. En el Antiguo Testamento, el Ángel marcaba los dinteles de las puertas de los hebreos con la sangre del cordero pascual, pero eso era solo una figura de esta Pascua, en la que los labios de los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido son marcados con la Sangre Preciosísima del Cordero de Dios y por esta razón ésta es la Verdadera y Única fiesta de Pascuas, en las que se inmola el Verdadero y Único Cordero Pascual, Jesucristo. “Ésta es la noche/en que sacaste de Egipto/a los israelitas, nuestros padres,/y los hiciste pasar a pie el mar Rojo”. En el Antiguo Testamento, los israelitas fueron sacados de la esclavitud de Egipto y por el milagro del mar, atravesaron el Mar Rojo a pie, pero era solo una figura de esta Pascua, en la que los bautizados en la Iglesia Católica realizan su Paso, su Pascua, desde el pecado a la vida de la gracia, atravesando el desierto de la vida e ingresando no en el Mar abierto en dos, sino en el Costado abierto del Redentor, su Corazón traspasado por la lanza. “Ésta es la noche/en que la columna de fuego/esclareció las tinieblas del pecado”. El Pueblo Elegido se guiaba durante la noche por una nube de fuego, pero era solo la figura del Fuego del Espíritu Santo, brotado del Corazón traspasado del Salvador, que ilumina las almas de los hombres que viven “en sombras y tinieblas de muerte”. “Ésta es la noche/en que, por toda la tierra,/los que confiesan su fe en Cristo/son arrancados de los vicios del mundo/y de la oscuridad del pecado,/son restituidos a la gracia/y son agregados a los santos”. Por la brillante luz que brota del Santo Sepulcro en la Noche de Resurrección, los que viven en el pecado son iluminados por esta luz santa y como es una luz viva que concede la gracia, los que son iluminados por la luz que brota del Ser divino trinitario de Jesús el Domingo de Resurrección, comienzan a vivir la vida de la gracia y sus nombres se inscriben en el cielo. “Ésta es la noche/en que, rotas las cadenas de la muerte,/Cristo asciende victorioso del abismo./¿De qué nos serviría haber nacido/si no hubiéramos sido rescatados?”. En la noche de Pascuas, la Iglesia observa, entre la admiración y el éxtasis, a su Esposo, que asciende victorioso del Abismo, luego de haber vencido al Pecado, al Demonio y a la Muerte, y después de haber roto las cadenas de la muerte que nos cubrían, la Iglesia nos llama a alegrarnos por haber nacido por el bautismo a la vida de hijos de Dios, ya que de nada vale nacer si se es solo hijo de Adán. “¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!/¡Qué incomparable ternura y caridad!/¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!”. La Santa Madre de Iglesia se asombra y alaba, entre gritos de júbilo, la inmensa misericordia del Padre, que por salvarnos a nosotros, los esclavos, entregó a la muerte en cruz a su Único Hijo, el Señor Jesús. “Necesario fue el pecado de Adán,/que ha sido borrado por la muerte de Cristo./¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”. Citando a San Agustín, la Iglesia se alegra por el pecado de Adán, pero no por el pecado en sí mismo, que jamás es motivo de alegría, sino porque por el pecado, Dios Trino se compadeció de nuestra miseria y nos envió un tan maravilloso y grandioso Redentor, el Hombre-Dios Jesucristo, el Verbo Eterno del Padre encarnado en el seno de María Virgen. “¡Qué noche tan dichosa!/Sólo ella conoció el momento/en que Cristo resucitó de entre los muertos”. La noche de Pascua es una noche dichosa, de alegría, porque en esta noche se produjo el Paso, la Pascua, de la muerte a la vida, de aquellos que estaban muertos al pecado y ahora viven la vida de hijos de Dios, gracias a la luz de gloria que brota de Jesús resucitado. “Ésta es la noche/de la que estaba escrito:/«Será la noche clara como el día,/la noche iluminada por mi gozo»”. Era una noche profetizada, una noche única, maravillosa, una noche que sería no oscura y tenebrosa, sino clara como el día, porque habría de estar iluminada por un Sol celestial, Cristo Jesús, que habría de iluminar el mundo con la luz de su Resurrección, más potente y brillante que la luz de miles de millones de soles juntos. “Y así, esta noche santa/ahuyenta los pecados,/lava las culpas,/devuelve la inocencia a los caídos,/la alegría a los tristes,/expulsa el odio,/trae la concordia,/doblega a los poderosos.”. Esta noche es santa porque la luz de la gloria de Jesucristo infunde la vida de la gracia en las almas y así el pecado desaparece, para dar lugar a todo tipo de dones y virtudes sobrenaturales; el hombre se vuelve hijo de Dios y hermano de su prójimo y desaparece en él la concupiscencia y la malicia del pecado, para dar lugar a que en su corazón florezcan todo tipo de virtudes. “En esta noche de gracia/acepta, Padre Santo/ este sacrificio vespertino de alabanza/que la santa iglesia te ofrece/por medio de sus ministros/en la solemne ofrenda de este cirio,/hecho con cera de abejas”. La Iglesia le pide a Dios Padre que acepte, por manos de los sacerdotes ministeriales, la ofrenda perfectísima de acción de gracias por una noche tan santa y sublime, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús resucitado, simbolizados en el Cirio Pascual. “Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego,/ardiendo en llama viva para gloria de Dios./Y aunque distribuye su luz,/no mengua al repartirla,/porque se alimenta de esta cera fundida,/que elaboró la abeja fecunda/para hacer esta lámpara preciosa”. La luz que se reparte desde el Cirio Pascual, hecho con la cera de la noble abeja, no disminuye al ser repartida y, por el contrario, ilumina toda la Iglesia: es símbolo de la luz de Cristo Resucitado que, brotando de su Ser divino trinitario el Domingo de Resurrección y atravesando su Cuerpo glorificado, ilumina la Iglesia, las almas y todos los domingos de la historia, hasta el fin del tiempo. Todos los Domingos, a partir de ahora, participarán de esta luz celestial que nace del Cordero de Dios, la Lámpara de la Jerusalén celestial. “¡Qué noche tan dichosa/en que se une el cielo con la tierra,/lo humano y lo divino!”. La Noche de Pascuas es una noche admirable, porque se unen el cielo y la tierra, lo humano y lo divino, porque el Rey de los cielos, Cristo Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, une a sí a su Humanidad y la vivifica y la glorifica con su gloria divina, de manera que a partir de Él, los hombres, que viven en la tierra y están hechos de barro, serán divinizados y llenados de la gracia de Dios al recibir su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la Eucaristía. “Te rogamos, Señor, que este cirio,/consagrado a tu nombre,/arda sin apagarse/para destruir la oscuridad de esta noche,/y, como ofrenda agradable,/se asocie a las lumbreras del cielo./Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,/ese lucero que no conoce ocaso/y es Cristo, tu Hijo resucitado,/que, al salir del sepulcro,/brilla sereno para el linaje humano,/y vive y reina glorioso/por los siglos de los siglos./Amén”. La Iglesia suplica a Dios Trino que el Cirio Pascual, consagrado en honor de la Trinidad, “arda sin apagarse”, de modo que la Iglesia toda viva en un día sin fin y las tinieblas del error, del pecado, de la ignorancia, del cisma y de la herejía y también las tinieblas vivientes, desaparezcan para siempre. Pero la luz del Cirio Pascual es sólo un símbolo de la Verdadera y Eterna Luz que ilumina la Iglesia y las almas de los hombres, Cristo Jesús, el Cordero de Dios, la Lámpara de la Jerusalén celestial, el Sol de justicia, ante cuya claridad se disipan las tinieblas del pecado y de la muerte y las tinieblas vivientes, los habitantes del Infierno, huyen de su Presencia y se disipan, así como el humo se disipa con el viento, así como las tinieblas de la noche se disipan con la luz del sol. La Iglesia pide que luz del Cirio Pascual, que se enciende en la noche, permanezca encendida toda la noche, hasta la llegada del lucero de la mañana, de manera que la estrella matinal lo encuentre ardiendo y así se asocie a las estrellas del cielo. El verdadero lucero matinal, que no conoce ocaso, que no se apaga nunca, es el Cordero de Dios, Cristo Jesús, el Hijo Eterno del Padre, encarnado, muerto en la cruz y resucitado, cuya luz gloriosa, que emana de su Ser divino trinitario y se transparenta a través de su Cuerpo glorioso, Presente en la Eucaristía, brilla desde el Altar Eucarístico y desde el Sagrario, iluminando a toda la Iglesia y reina desde la Eucaristía, al igual que en su trono del cielo, por los siglos sin fin, por toda la eternidad.

Sábado Santo y Vigilia Pascual



(Ciclo B – 2018)

“A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé fueron al sepulcro (…) vieron que la piedra había sido corrida (…) Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas, pero él les dijo: “No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí” (cfr. Mc 16, 1-7). Las santas mujeres de Jerusalén van el Domingo a la madrugada con perfumes para ungir el Cuerpo –que ellas suponen muerto- de Jesús en el sepulcro. Al llegar, se dan cuenta de que la piedra ha sido removida de su lugar y cuando se asoman al sepulcro, un ángel les anuncia que Jesús de Nazareth, al que ellas buscan, no está en el sepulcro, porque “ha resucitado”.
Las mujeres santas de Jerusalén acuden al sepulcro esperando encontrarse con un Jesús muerto, con un sepulcro oscuro, frío, cerrado, en el que dominan la muerte, el dolor y la desolación. Sin embargo, se encuentran con un sepulcro abierto, iluminado por que entra en él la luz del sol al haber sido corrida la piedra de la entrada y, sobre todo, encuentran el sepulcro vacío y lo encuentran vacío no porque el cadáver de Jesús haya sido trasladado y cambiado de lugar por los discípulos, sino porque Jesús, como les dice el ángel, “ha resucitado”. Van a buscar el Cuerpo muerto de Jesús para ungirlo con perfumes y en cambio se encuentran con la alegre noticia de que el Cuerpo de Jesús está vivo, resplandeciente, glorioso, emanando el fragante y exquisito perfume de la gloria de Dios.
La resurrección gloriosa de Jesús, coronación magnífica de su misterio pascual, no es un hecho aislado que se detenga en Jesús, sino que se extiende a toda la humanidad porque toda la humanidad está llamada, a partir de ahora, a ser partícipe de esta Resurrección, cuyo significado supera lo que la mente humana puede comprender. La Resurrección de Jesús significa para la humanidad que la gloria de Dios, brotando del Ser divino trinitario de Jesús –Ser divino unido a su Cuerpo muerto y a su Alma puesto que la divinidad no se separó ni del Cuerpo ni del Alma de Jesús y esa es la razón por la cual el Cuerpo no se descompuso y el Alma bajó al Limbo de los Justos-, invade el Cuerpo sin vida de Jesús y, a medida que lo invade –brotando del Corazón de Jesús, la luz de la gloria divina se esparce por todo el Cuerpo en una fracción de segundo-, lo llena de la gloria, de la luz y de la vida de Dios. La Resurrección implica no solo que el Cuerpo se detiene en su proceso de muerte al estar separado del Alma, sino que el Alma, unida a la Divinidad, se une al Cuerpo, en el cual también está la divinidad, produciéndose así la reunificación del Cuerpo con el Alma y puesto que ambos poseen la vida y la gloria trinitaria, la gloria de Dios, que es luminosa, resplandece a través del Cuerpo glorificado de Jesús. Al unirse nuevamente el Alma y el Cuerpo de Jesús de Nazareth, por obra del Ser trinitario divino, Jesús regresa a la vida, pero no la vida natural de la naturaleza humana, sino la vida divina de la gloria de Dios. Y puesto que la gloria de Dios es luz y la luz de Dios es vida, el Cuerpo resucitado de Jesús resplandece con la luz de la gloria divina iluminando con su divino resplandor el Santo Sepulcro y el Domingo de Resurrección y, por su intermedio, a todo día Domingo que habrá de existir hasta el fin del tiempo. El Cuerpo glorioso de Jesús, lleno de la vida de Dios, comunica de esa vida divina a quien ilumina: esto es lo que explica la reacción de los discípulos, no solo de Emaús, sino la de todos los discípulos a los que Jesús resucitado se les aparece: de la tristeza humana por el dolor de la crucifixión pasan a la alegría celestial del Domingo de Resurrección; del desconocimiento de Jesús pasan a reconocerlo como a Jesús resucitado; de la vida natural, pasan a comenzar a vivir la vida de la gracia que se irradia de Jesús. La Resurrección de Jesús es mucho más que detención del proceso de muerte y mucho más que simplemente regresar a esta vida para continuar viviendo con esta vida natural y humana, como sucedió en la resurrección de Lázaro: implica volver a la vida desde la muerte, pero para comenzar a vivir con una vida nueva, que no es la humana, sino la vida divina, la vida misma de Dios Uno y Trino.
“No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí”. Al igual que las santas mujeres antes de llegar al sepulcro que buscaban a un Jesús muerto, muchos dentro de la Iglesia viven y se comportan como si Jesús no hubiera resucitado, como si Jesús todavía estuviera muerto, tendido en la fría loza del sepulcro, sin vida. Y esto se demuestra porque muchos cristianos viven, en la vida cotidiana, la vida de todos los días, como si Jesús no existiera: en el fondo de sus corazones, no creen que Jesús haya resucitado y ésa es la razón por la cual no viven según sus Mandamientos y no acuden el Domingo a recibir su Cuerpo glorioso en la Eucaristía y es la razón por la cual, sin la vida de Cristo en sus almas, no dan testimonio de ser cristianos, perdiendo la Iglesia todo tipo de influencia moral y espiritual en la vida civil, moral y espiritual de las naciones.

Sin embargo, Jesús ha resucitado y el sepulcro oscuro y frío del Viernes y Sábado Santo, se iluminó con la luz de su gloria divina el Domingo de Resurrección, llenando la tierra con un soplo de vida nueva, la vida del Espíritu de Dios. Ésta es la alegre noticia que los cristianos debemos transmitir al mundo, la misma noticia que las mujeres santas de Jerusalén recibieron de labios del ángel: Jesús ha resucitado, su Cuerpo muerto ya no está en el sepulcro, porque su Cuerpo vivo y glorioso vive con la vida de Dios. Pero a diferencia de las mujeres santas de Jerusalén, nosotros tenemos que comunicar al mundo –con obras de misericordia y caridad y no tanto con palabras- no solo que el Cuerpo muerto de Jesús ya no está en el sepulcro, sino que el sepulcro está vacío porque el Cuerpo vivo, glorioso y resucitado de Jesús está en la Eucaristía, en el sagrario. Como cristianos, no podemos anunciar solamente que Jesús ha resucitado y que ha dejado vacío el sepulcro, sino que con su Cuerpo glorificado ocupa un lugar, el sagrario, porque está vivo y glorioso en la Eucaristía. Éste es el alegre mensaje, la alegre noticia, que el mundo espera recibir de nosotros, los cristianos: Cristo ha resucitado y con su Cuerpo glorioso está en la Eucaristía.

Sermón de la soledad de Nuestra Señora de los Dolores al pie de la cruz



         Es el Viernes Santo, apenas pasadas las tres de la tarde, hora de la muerte de Jesús en la cruz. La Virgen Santísima, que ha permanecido de pie al lado de Jesús durante su crucifixión y agonía, continúa todavía de pie, al lado del cadáver de su Hijo, a la espera de que los discípulos y amigos de Jesús descuelguen de la cruz su Cuerpo sin vida.
         El Inmaculado Corazón de María, en el que habita el infinito Amor de Dios, es invadido ahora por un océano de dolor infinito; un dolor que la oprime hasta el punto de quitarle la vida, si es que Dios no la sostuviera en el ser; un dolor que crece por oleadas y que se hace cada vez más intenso con cada oleada; un dolor en el que se concentra literalmente todo el dolor del mundo. Es un dolor que se le suma al dolor de la Pasión, porque si bien la Virgen no sufrió físicamente la Pasión, sí la sufrió moral y espiritualmente, al participar místicamente del misterio pascual de su Hijo Jesús. Es el dolor causado por la muerte del Hijo de su Amor, Cristo Jesús. Es un dolor que parece quitarle la vida, porque Cristo Jesús era su Vida toda y por eso a la Virgen le parece que aunque está viva y al pie de la cruz, a su Alma inmaculada le parece que le ha sido arrancada la vida, de manera que el agobio del dolor le hace parecer que aunque está viva, se siente muerta, de manera tal que si alguien pudiera padecer la muerte y al mismo tiempo seguir vivo, ese alguien es la Virgen Santísima al pie de la cruz.
El dolor que experimenta la Virgen es el cumplimiento cabal, pleno, perfecto, de la profecía del justo Simeón, cuando al recibir al Niño en el templo, inspirado por el Espíritu Santo, le anunció que por ser la Virgen y Madre de Dios, un dolor intensísimo como una espada de acero le habría de atravesar el corazón, su Inmaculado Corazón: “Y a ti, una espada de dolor te atravesará el Corazón”. Ya la Virgen había experimentado este dolor a lo largo de la vida de Jesús, cuando el Espíritu de Dios le había anticipado que su Hijo habría de morir para salvar a los hombres, pero ahora este dolor no tiene límite, restricción ni barrera alguna y es tanto el dolor, que no una sino siete espadas de acero filosísimo y lacerante parecen atravesarle, al mismo tiempo y sin piedad, su Inmaculado Corazón.
En silencio, María Santísima llora al pie de la cruz: el dolor que oprime su Corazón sin mancha se convierte en abundantes lágrimas de agua y sal que de sus ojos bajan por su rostro purísimo y van a caer sobre el Rostro pálido, tumefacto, cubierto de lodo, sangre y escupitajos de su Hijo Jesús, Rostro que así es lavado con las lágrimas de la Virgen, quedando ya listo para ser cubierto por la sábana mortuoria.
Llora la Virgen por la muerte de su Hijo, pero llora también por sus hijos adoptivos, porque antes de morir, la Virgen aceptó el pedido de su Hijo de ser la Madre adoptiva de todos los hombres y es por eso que los hombres son sus hijos. Pero en este momento, la Maternidad Divina de María le significa el recibir un dolor inmenso, la muerte de sus hijos adoptivos, sobre otro dolor inmenso, la muerte de su Hijo Jesús. Al llanto por su Hijo Jesús, se le agrega ahora el llanto por sus hijos adoptivos. Llora por los hombres, a los que ha adoptado al pie de la cruz, porque muchos de sus hijos se pierden por los caminos del mundo y no siguen el camino de la cruz; muchos de sus hijos siguen las huellas del espíritu maligno que conduce a los pastizales de Asmodeo y muy pocos son los que siguen los pasos ensangrentados del Cordero Inmaculado, Cristo Jesús; muchos de sus hijos prefieren las tinieblas y no la luz de Jesús; muchos de sus hijos abandonan el camino estrecho de la salvación, el Via Crucis, por los caminos anchos y espaciosos del mundo, que conducen a la eterna perdición; llora la Virgen con silencioso llanto, porque muchos de sus hijos eligen al Príncipe de las tinieblas y no al Rey de los cielos, Cristo Jesús. La Virgen llora por sus hijos muertos por el pecado del ocultismo, del satanismo, de la magia negra, de la adoración a los ídolos demoníacos como la Santa Muerte, el Gauchito Gil, la Difunta Correa. La Virgen llora por sus hijos atrapados por ideologías inhumanas y anti-cristianas, como el comunismo y el socialismo marxista, que domina naciones enteras en el cumplimiento de las profecías de Fátima: “Rusia esparcirá sus errores (el comunismo) por el mundo entero”. La Virgen llora por sus hijos atrapados por la lujuria –“el pecado de la carne es el que más almas lleva al Infierno”, advierte la Virgen en Fátima-, reivindicada en nuestros días como un derecho humano y no como un pecado. Llora la Virgen porque por estos y muchos otros pecados más, sus hijos adoptivos, enarbolando las banderas de la contra-natura y del aborto como derechos humanos, se encaminan enceguecidos hacia el Abismo del que no se retorna. Llora la Virgen en silencioso llanto y nosotros, postrados ante la Cruz y adorando la Sangre Preciosa del Cordero que empapa el leño, nos cubrimos con el manto de la Virgen y, a la espera confiada del cumplimiento de las palabras del Señor de habría de resucitar “al tercer día”, lloramos y nos dolemos por nuestra propia iniquidad y le pedimos a la Virgen la gracia de la contrición perfecta del corazón, para no ser ya más la causa del dolor de su Inmaculado Corazón.

viernes, 30 de marzo de 2018

Viernes Santo



(Ciclo B – 2018)

         “Cuando Yo sea elevado en lo alto, atraeré a todos hacia Mí” (Jn 12, 32). El Viernes Santo es un día de luto para la Iglesia Católica. No por el recuerdo de la muerte del Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, sino porque la Iglesia, por el misterio de la liturgia, participa del Viernes Santo y de la muerte del Redentor. En otras palabras, para la Iglesia Católica, el Viernes Santo es día de luto porque está, misteriosamente presente, en el momento en el que el Señor Jesús muere sobre la cruz. La expresión de este día de luto y dolor y la gravedad que significa, se representa en la posición del sacerdote ministerial al inicio de la ceremonia: sobre una alfombra roja, se extiende de cara al suelo y allí permanece postrado en señal de luto y duelo por la muerte del Señor. Si el Sumo y Eterno Sacerdote ha muerto, entonces el sacerdote ministerial ha perdido todo su poder y toda su razón de ser y si el sacerdote ministerial ha perdido su poder y su razón de ser, la grey de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica, han quedado sin pastores, porque ha muerto el Pastor Sumo y Eterno y así queda la grey inmersa en tinieblas, las tinieblas del error, del pecado y de la muerte, pero también inmersa y envuelta en las tinieblas vivientes, los Demonios. Cuando Jesús murió el Viernes Santo, el Evangelio narra que el sol se oscureció y el mundo se oscureció. Ese eclipse cósmico era solo la figura y el anticipo de las tinieblas espirituales en las que la humanidad y la Iglesia habrían de quedar inmersas luego de la muerte del Redentor. Jesús es el Sol de justicia y su muerte el Viernes Santo equivale a algo más que un eclipse: es como si el astro sol se apagara repentinamente y dejara de emitir su luz. En el mundo del espíritu, la muerte del Hombre-Dios en la cruz es algo análogo, en el sentido de que las almas dejan de recibir la luz de su gracia y quedan envueltas en las más profundas tinieblas espirituales, las tinieblas del error, del pecado, de la herejía y del cisma, además de quedar las almas humanas dominadas y subyugadas por las tinieblas vivientes, los demonios, a cuya mando se encuentra la Serpiente Antigua.
         El Viernes Santo, además de día de duelo y dolor, parece ser el día del triunfo total del Demonio, del pecado y de la muerte sobre el Hombre-Dios y, por lo tanto, sobre la humanidad entera porque entre los tres enemigos de la raza humana han logrado dar muerte al Hombre-Dios. Sin embargo, esto es solo en apariencia, porque en realidad, es el día del más completo triunfo de Dios Trino y el Cordero sobre estos tres grandes enemigos de la humanidad. En el mismo momento en el que el Señor Jesús muere en la cruz, el Demonio queda vencido para siempre, porque muerde el anzuelo que le da la muerte, el Cuerpo de Jesucristo crucificado; la muerte queda destruida, porque el Dios de la Vida mata a la muerte con su muerte y derrama sobre los hombres la Vida divina por medio de la Sangre y el Agua que brotan de su Corazón traspasado, que se comunican por los sacramentos; el pecado queda cancelado, quitado, borrado, porque el que muere en forma vicaria y expiatoria es el Cordero Inmaculado, el Cordero sin mancha, que con su muerte y la ofrenda de su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, no solo cancela para siempre la deuda del hombre con Dios, sino que concede al hombre algo que ni siquiera podía imaginar y es la adopción del como hijo adoptivo de Dios y el don de la vida de la gracia.
Al morir en la cruz, el Hijo de Dios cumple con su palabra: “Cuando Yo sea levantado en alto, atraeré a todos hacia Mí”: al ser crucificado, y al ser su Corazón traspasado, derrama sobre los hombres el Espíritu Santo junto con su Sangre Preciosísima y el Espíritu Santo, descendiendo sobre los hombres, los atrae hacia el Corazón traspasado del Hijo de Dios con un movimiento ascendente para que, del Corazón del Hijo, los hombres sean llevados al seno del Eterno Padre.
         El día Viernes Santo es un día de luto, de duelo, de dolor, para la Iglesia Católica, porque muere en la cruz el Redentor. Pero es también día de serena alegría y de confiada espera en la Resurrección, porque es el día del cumplimiento de las palabras de Jesús: “Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33); es el día en el que Dios desde la cruz vence sobre los tres grandes enemigos del hombre, el Demonio, el Pecado y la Muerte. El Viernes Santo es día de dolor y de luto, pero también de serena calma: junto a la Virgen, la Iglesia, guardando el duelo y el dolor, espera confiada en las promesas de su Señor hasta el Domingo de Resurrección, en que Él saldrá del sepulcro triunfante, victorioso, glorioso, para no morir jamás.


jueves, 29 de marzo de 2018

Jesús en la prisión



         Luego de ser traicionado y entregado por Judas Iscariote, Jesús es apresado en el Huerto por los guardias al servicio de Caifás. Encadenado y luego de ser conducido ante Anás y Caifás, es trasladado a la prisión. Jesús ha recibido ya la condena de muerte. Él, que es el Cordero Inmaculado, ha sido condenado a muerte por los hombres caídos en el pecado. Él, cuya pureza divina hace palidecer al sol, es condenado a morir para salvar a los hombres que viven “en tinieblas y en sombras de muerte”. El juicio ha sido injusto; los testigos han dicho solo falsedades. Jesús es condenado por decir la verdad acerca de Dios: Dios es Uno y Trino; Dios Padre es su Padre y Él es Dios Hijo y ambos, el Padre y el Hijo, envían a Dios Espíritu Santo al mundo. El juicio es injusto y mucho más la condena, porque no se puede condenar a nadie sobre la base de falsedades, medias verdades y mentiras y mucho menos se puede condenar, por decir la verdad, a Aquel que es la Verdad Encarnada, Cristo Jesús. Quienes han armado el juicio y hecho desfilar los testigos falsos, no tienen a Dios por Padre, sino al Demonio, porque el Demonio es “el Padre de la mentira” (cfr. Jn 8, 44). Nunca jamás está asistido por el Espíritu de Dios quien dice mentiras. La mentira brota del corazón humano infectado por el pecado, ya que es uno de sus frutos envenenados, como lo dice Jesús: “Es del corazón del hombre de donde surgen toda clase de cosas malas” (cfr. Mt 15, 21-23). Y luego enumera una larga serie de pecados, entre ellos, “las malas intenciones”, es decir, la mentira: “(…) las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la difamación, el orgullo el desatino”. La mentira puede también ser inducida por el Padre de la mentira, Satanás. Es decir, o proviene del hombre y su corazón corrompido por el pecado, o proviene de Satanás, o proviene de ambos, pero jamás de Dios. Nunca jamás provienen de Dios la mentira, el error, el cisma, la herejía, la falsedad, el engaño. Jesús, el Cordero Inmaculado, es la Verdad Absoluta de Dios encarnada; en Él no solo no se hayan jamás la mentira y el engaño, sino que resplandece la Verdad de Dios con todo su divino esplendor. Dios es Uno y Trino y Él, Jesús de Nazareth, es Dios Hijo encarnado, que ha venido al mundo para vencer al Demonio, para quitar el pecado del corazón del hombre y para destruir a la muerte, por medio de su sacrificio en cruz. Pero por decir la Verdad, aquellos que están guiados por el Príncipe de la mentira, lo condenan a muerte. Es un juicio inicuo y una muerte injusta, pero Jesús todo lo sufre con Amor y por Amor a Dios, su Padre, y por Amor a los hombres, a los cuales salvará al ofrecerse por ellos en el Ara Santa de la cruz.
         Ya en la prisión, habiendo recibido la sentencia de muerte, Jesús queda solo. Pero no descansan ni el Pensamiento de su Mente ni el Amor de su Corazón. Solo, en la prisión, sabiendo que ha de morir en pocas horas más, Jesús piensa en mí a cada segundo y en cada latido de su Sagrado Corazón, pronuncia mi nombre. Sí, Jesús, condenado a muerte, no piensa en Él; no piensa en lo injusto de su situación; no piensa en sus enemigos, que lo han condenado a morir; no piensa en nadie más que no sea en mí. Con su Sagrado Corazón me ama, a cada latido y con su poderosa Mente divina, piensa en mí y me nombra por mi nombre; puesto que Él es Dios eterno, el tiempo de cada hombre y de la humanidad entera están ante Él como un solo presente y es por eso que ve el momento en que Él mismo creó mi alma; el momento en el que la unió a mi cuerpo en el seno de mi madre; ve mi nacimiento, mi infancia, mi juventud, mi vida toda. Ve el día en el que infundió su Espíritu en mi espíritu por el bautismo; ve el día en el que por primera vez me alimenté de su Cuerpo y su Sangre; ve todas las veces en que su Divina Misericordia descendió sobre mi alma luego de confesar mis pecados. Ve mis alegrías y mis tristezas; ve mis esperanzas, mis desilusiones, mis fracasos y mis logros; ve a quienes amo y a quienes no amo; ve mis caídas y ve también mis pedidos de auxilio dirigidos a Él; ve también mis momentos de oscuridad, en los que pierdo el sentido de la vida y no recuerdo que Él me quiere consigo en el Reino de los cielos y que esta vida terrena es sólo una prueba, que se supera con el amor demostrado a Él y a su Padre Dios. En la prisión, Jesús no se acuerda de que hace días que no come y no bebe nada y por lo tanto desfallece de hambre y de sed: se acuerda en cambio de que tiene hambre y sed de mi alma y de amor y suspira entristecido porque se da cuenta que la mayoría de las veces no pienso en Él, sino en mí mismo y en mis cosas. En la prisión, Jesús no se acuerda que hace días que no duerme, sometido a la tensión de sus enemigos que desean su muerte, pero sí piensa en mi descanso y para que yo descanse, me deja su Corazón en la Eucaristía, para que en la adoración eucarística yo pueda, imitando a Juan Evangelista, reposar mi cabeza en su Sagrado Corazón, escuchar sus latidos de Amor y así, embriagado por su Divino Amor, descansar de tantas humanas fatigas, la inmensa mayoría de las veces, inútiles. En la prisión, Jesús ve toda mi vida, desde que fui concebido, hasta el día en que he de morir; ve el momento de mi Juicio Particular y ve mi destino eterno y para que yo pueda presentarme ante Él en el Juicio Particular, con las manos cargadas de obras de misericordia, es que me deja su Corazón Eucarístico, lleno del Amor de Dios, para que alimentándome yo de su Amor, pueda ser misericordioso con mis hermanos más necesitados y así escuchar, al final de mi vida terrena y al inicio de mi vida eterna, estas dulces palabras salidas de su boca: “Ven, siervo bueno, porque fuiste fiel en el Amor, entra a gozar de tu Señor”. Pero Jesús se apena cuando se da cuenta de que casi siempre, atraído por los falsos brillos multicolores del mundo y por sus cantos inhumanos, me olvido de su Presencia Eucarística, no me alimento del Amor de su Sagrado Corazón y mi corazón se vuelve oscuro y frío, porque no tiene en Él el Amor de Dios. En la prisión, Jesús está solo. Pero su Mente piensa en Mí y su Corazón late de Amor por mí. Sólo por mí. El Hombre-Dios, en su prisión de amor, el sagrario, renueva la soledad de la prisión de la noche del Jueves Santo y renueva también sus pensamientos y sus latidos de amor por mí. Jesús no quiere salir de la prisión; no quiere que su Padre envíe decenas de legiones de ángeles para liberarlo: Jesús quiere permanecer en prisión, quiere sufrir hambre, sed, cansancio, estrés, pena, dolor, solo para que yo lo visite. A esto se le suma la gran tristeza de su Corazón, al comprobar que yo, el Jueves Santo, que tengo la oportunidad de estar con Él en la prisión –toda la Iglesia está ante su Presencia en la Pasión-, me distraigo con los vanos entretenimientos del mundo. La tristeza de su Sagrado Corazón se hace más y más oprimente cuando Jesús ve que, en vez de acudir yo a visitarlo en su Prisión de Amor, el sagrario, prefiero dormir, como los discípulos en Getsemaní (cfr. Mt 26, 40). ¡Jesús está en la prisión del Jueves Santo y en la Prisión de Amor, el sagrario, solo para que yo le diga que lo amo! Dios Padre le ofrece a los ángeles más poderosos del ejército celestial, para liberarlo si Él así se lo pidiera, pero Jesús no quiere ser liberado: Jesús quiere permanecer en la cárcel solo por amor a mí, solo para que yo vaya a visitarlo y decirle que lo amo. ¿Y yo qué hago? ¿Me divierto? ¿Me olvido de Jesús? ¿Pienso solo en mí? ¡Cuánta ingratitud de mi parte, oh amadísimo Jesús! ¡Oh Madre mía, Nuestra Señora de la Eucaristía! Tú también sufres, pero no solo por tu Hijo Jesús, prisionero y condenado a muerte injustamente, sino también por mí, porque siendo yo reo de muerte, justamente condenado, no me decido a acudir a los pies de mi Salvador, Cristo Jesús, que por mí está en la Eucaristía noche y día, mendigando de mí una mísera muestra de amor! Virgen Santísima, puesto que mi amor es casi nada, dame del amor de tu Inmaculado Corazón, para que pueda yo, postrado a los pies de Jesús Eucaristía, pensar en Jesús y amar a Jesús, así como Él, en el Jueves Santo y en su Prisión de Amor, piensa en mí y me ama sólo a mí.