martes, 10 de septiembre de 2013

La paradoja de las Bienaventuranzas


          Las Bienaventuranzas de Jesús (Lc 6, 20-26) encierran una paradoja: cuanta mayor infelicidad experimente un alma en este mundo, mayor felicidad experimentará en la otra vida, y puesto que las Bienaventuranzas tienen su contrapartida en los "ayes", se sigue también que, a mayor felicidad mundana, mayor desdicha sufrirá en la otra vida. Para poder entender esta paradoja, hay que interpretar las Bienaventuranzas -y también los "ayes"- no con ojos humanos, sino con los ojos de Dios, y como Dios nos mira a nosotros y al mundo solamente a través de la Cruz de Jesús, entonces es a la luz de la Cruz en donde debemos leer el camino que nos señala Dios para nuestra eterna felicidad.
          Es a la luz de la Cruz de Jesús que se entiende la felicidad de la pobreza, pobreza que hace adquirir la riqueza del Reino de los cielos, porque Jesús en la Cruz es el Sumo Indigente, que despojado de todo bien material -nada le pertenece: ni el paño con el que se cubre pudorosamente, ni la corona de espinas, ni los clavos, ni el madero de la cruz-, muere para dar muerte a la muerte y para concedernos la más grande fortuna que ni siquiera puede ser imaginada: la Vida eterna, la vida de los hijos de Dios.
          Es a la luz de la Cruz de Jesús que se entiende que sean felices los hambrientos, los que tienen hambre y sed de justicia, porque Jesús en la Cruz padece hambre y sed: hambre de almas y sed del amor humano, y con su hambre y sed repara y expía por los amores mundanos y pecaminosos, al tiempo que santifica los amores puros de los hombres justos que, unidos a Él en la Cruz, se hacen merecedores del Amor divino.
          Es a la luz de la Cruz de Jesús que se entiende que sean felices los que lloran, porque Jesús en la Cruz llora lágrimas de sangre, acongojado y entristecido por la dureza del corazón humano, y así con sus lágrimas lava las impurezas de los corazones endurecidos y les concede lágrimas de conversión y de arrepentimiento, haciéndolos merecedores de las eternas alegrías de la Casa del Padre.
          Es en la Cruz de Jesús que se entiende que quien sea odiado, excluido, insultado y proscripto, y considerado infame a causa de Él, sea exaltado en lo más alto del cielo, porque Él muere en la Cruz odiado, excluido, insultado, proscripto, para destruir con su Cuerpo el "muro de odio" que separa a los hombres (cfr. Ef 2, 14-15), y así abrir las puertas del cielo a quienes se asocien a Él en la soledad del Calvario.
          Y es también a la luz de la Cruz de Jesús que se entiende que los ricos sean objeto de los "ayes", aunque no se refiera tanto a los ricos materialmente hablando, sino ante todo a aquellos que, a causa de su soberbia, se enriquecen vanamente con su ego, dejando de lado a Dios y considerando que no tienen necesidad de Él, convirtiéndose así en los ricos del Apocalipsis, ricos que a los ojos de Dios son "miserables, pobres, ciegos y desnudos", y que serán vomitados de la boca de Jesús al final de los tiempos (cfr. Ap 3, 14-22), a menos que compren a tiempo "oro refinado en fuego" -es decir, que obren obras de misericordia-, vestiduras blancas -la gracia santificante- y colirio para los ojos -la fe en Cristo Jesús-.
          Jesús proclama las Bienaventuranzas desde la Cruz, y es en la Cruz entonces en donde debemos aprender a ser felices, pero es en la Eucaristía en donde Él se nos dona en Persona para concedernos de su propia alegría y hacernos felices con su propia felicidad; en la Eucaristía, Jesús está a las puertas de nuestro corazón, y toca la puerta porque quiere entrar; si le abrimos con el Espíritu de las Bienaventuranzas, nos hará sentar con Él en su trono, es decir, nos dará la más grande de las Bienaventuranzas, la contemplación en el Amor de Dios Uno y Trino.

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