(Ciclo A - 2026)
“A la madrugada del primer día de la semana, cuando
salía el sol, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé fueron al
sepulcro (…) vieron que la piedra había sido corrida (…) Al entrar al sepulcro,
vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas
quedaron sorprendidas, pero él les dijo: “No teman. Ustedes buscan a Jesús de
Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí” (cfr. Mc 16, 1-7). El Domingo por la
madrugada, las mujeres santas de Jerusalén van al sepulcro para ungir el cuerpo
de Jesús con perfumes. El hecho de que vayan el Domingo a la madrugada se
explica por lo siguiente: los judíos tenían la costumbre de amortajar y ungir
con perfumes a sus difuntos; como Jesús había muerto el Viernes por la tarde y
había sido sepultado ya entrada la noche, este trabajo de ungir con perfumes no
había podido ser completado debido a que el sábado estaban prohibidas todas las
actividades manuales; ésta es la razón por la que las mujeres santas de Israel acuden
al Santo Sepulcro para completar la piadosa tarea de ungir el Cuerpo de Jesús
con perfumes. Aquí también hay una simbología oculta, y es que el perfume es
símbolo de la gracia de Jesús, del “buen olor de Jesús” y ese perfume, esa
gracia, se despliega con todo su esplendor no el sábado, sino el Domingo de
Resurrección. Cuando llegan al lugar, se dan cuenta que la piedra ha sido
desplazada de su lugar; se asoman para ver a quien ellas suponen que está ahí,
muerto, Jesús, pero en vez de ver a Jesús, ven al sepulcro vacío y a un ángel
que les dice que Jesús de Nazareth, al que ellas buscan, no está en el
sepulcro, porque “ha resucitado”.
Las santas mujeres de Jerusalén habían acudido al Santo
Sepulcro esperando encontrar a un Jesús muerto, sin vida, con su Cuerpo frío,
con la rigidez propia de la muerte; esperaban encontrar un sepulcro oscuro,
ocupado con el Cuerpo muerto de Jesús, un sepulcro en el que solo habría dolor,
desolación y muerte. Sin embargo, al llegar, la situación es completamente
distinta: se encuentran con un sepulcro abierto, con la luz del sol de la
madrugada ingresando por el espacio abierto que ha dejado la roca que servía de
puerta al haber sido desplazada; pero sobre todo, encuentran al sepulcro vacío,
pero no está vacío porque alguien ha cambiado de lugar el Cuerpo de Jesús, como
creía María Magdalena, sino porque Jesús, que es el Dios de la Vida, que es la
Vida Increada en Sí misma, “ha resucitado”, como les dice el ángel, ha
regresado victorioso del lugar de los muertos, ha vencido a la muerte con su Vida
divina y no solo a la muerte sino también al pecado y al Infierno. Las santas
mujeres de Jerusalén van a buscar el Cuerpo muerto de Jesús para ungirlo con perfumes,
pero en cambio se encuentran con la alegre noticia de que el Cuerpo de Jesús no
está muerto sino vivo, glorioso, resucitado y que ya no necesita de los
perfumes terrenos, porque el perfume de su Gracia, que es el fragante y
exquisito perfume de la gloria de Dios, lo abarca y lo inunda todo.
El misterio pascual de Jesús se corona con su
resurrección gloriosa, pero no se detiene en Jesús, porque Jesús es el Nuevo Adán,
es la Cabeza de la Nueva Humanidad, de la humanidad de los hijos de Dios,
nacidos al pie de la cruz por la gracia derramada con la Sangre de su Corazón
traspasado. Su Resurrección se extiende a su Iglesia primero y a toda la humanidad
después, porque todos los hombres de todos los tiempos están llamados a ser
partícipes de la Resurrección de Cristo. Que Jesús haya resucitado significa no
solo que Jesús venció a la muerte, porque eso es un hecho primario en la
Resurrección, esto es, la Vida divina de Jesús vence a la muerte humana y por
eso, en Jesús, todo hombre está llamado a participar de la Vida divina
trinitaria, primero por participación por la gracia santificante de los
sacramentos y luego en su plenitud en la vida eterna en los cielos. Pero la
derrota de la muerte es solo la primera parte del triunfo de la Resurrección;
la segunda parte, por así decir, de la Resurrección, implica que la gloria
divina, que brota del Acto de Ser divino trinitario de Jesús, invade su Cuerpo
sin vida y a medida que lo invade, lo colma de gloria y de luz divina, que en
una fracción de segundos se extiende por todo el Cuerpo de Jesús, colmándolo de
la gloria, de la luz y de la vida de la Trinidad. En otras palabras, la Resurrección
no solo implica que el proceso natural de la muerte, que comienza cuando el alma
se separa del cuerpo, se detiene, sino que en este caso, en el caso de Jesús,
su Alma, unida a la divinidad, vuelve a unirse a su Cuerpo luego de descender al
Limbo de los justos, produciéndose la reunificación del Cuerpo con el Alma y
puesto que ambos están unidos a la divinidad y la divinidad es gloria y la
gloria es luz, ambos resplandecen con luz divina y por este motivo Jesús resucitado
aparece resplandeciente de luz divina. En la Resurrección de Jesús, vuelven a
unirse su Alma y su Cuerpo santísimos, por obra de su propio poder divino trinitario,
ya que Él mismo lo dice en el Apocalipsis: “Yo soy el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo
para siempre y tengo en mi poder las llaves de la muerte y del abismo”[1]. Jesús
regresa a la vida cuando su Cuerpo y su Alma vuelven a unirse, pero no a esta
vida natural propia de la naturaleza humana, sino a la vida divina de la gloria
de Dios. Y debido a que la gloria de Dios es luz, el Cuerpo resucitado de Jesús
resplandece con la luz de la gloria divina iluminando con su divino resplandor
el Santo Sepulcro y el Domingo de Resurrección, pero también, a partir del
Domingo de Resurrección, ilumina sobrenaturalmente, con su luz divina, a todo
día Domingo que habrá de sucederse hasta el fin del mundo. Jesús, con su Cuerpo
glorioso y resucitado, comunica la vida divina trinitaria a todo aquel a quien a
Él se le acerca y esta es la razón del cambio de actitud de todos los discípulos,
antes y después de la Resurrección: todos los discípulos, sin excepción, pasan
del desánimo, el desaliento, la tristeza y el llanto de la crucifixión del Viernes
Santo, a la alegría y el gozo del Domingo de Resurrección; si antes de la
Resurrección no lo reconocían y lo confundían con un forastero -discípulos de
Emaús- o con el jardinero -María Magdalena-, luego de la Resurrección lo
reconocen como a Jesús resucitado; pasan también de vivir una vida puramente natural,
a vivir la vida de la gracia. Por este motivo, la Resurrección implica mucho
más que la simple detención y regresión de los procesos naturales que se
desencadenan con la muerte y va mucho más allá que regresar a una vida
puramente natural, como sucedió en la resurrección de Lázaro: implica volver a
la vida desde la muerte, pero para comenzar a vivir con una vida nueva, que no
es la humana, sino la vida divina, la vida misma de Dios Uno y Trino, la vida
que se nos comunica por medio de los sacramentos.
“No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el
Crucificado. Ha resucitado, no está aquí”. Muchos dentro de la Iglesia viven y
se comportan como si Jesús no hubiera resucitado, como si Jesús todavía
estuviera muerto, tendido en la fría loza del sepulcro, sin vida, al igual que
las santas mujeres antes de llegar al sepulcro, cuando buscaban a un Jesús
muerto. Muchos cristianos no creen, en la vida diaria, que Jesús haya
resucitado y esto es visible cuando se ve que esos cristianos viven en la vida
de todos los días como si fueran paganos, como si Jesús siguiera en el
sepulcro, como si Jesús no hubiera resucitado y no estuviera en la Eucaristía, porque
no lo buscan en la Eucaristía. Muchos cristianos no viven los Mandamientos de
la Ley de Dios, no cumplen los Preceptos de la Iglesia, no asisten a Misa para
recibir a Jesús resucitado en la Eucaristía. Sin embargo, el Dios de los cielos,
Cristo Jesús, ha resucitado, venciendo para siempre a la muerte, al pecado y al
Infierno; ha iluminado al sepulcro, que el Viernes Santo estaba oscuro y frío,
con la luz divina de su gloria trinitaria el Domingo de Resurrección y desde el
Santo Sepulcro, ha soplado sobre la tierra y sobre los hombres su Espíritu Divino,
Espíritu que da la vida nueva de los hijos de Dios. Como cristianos, ésta es la
alegre noticia que debemos transmitir al mundo, la misma noticia que las
mujeres santas recibieron del ángel y la comunicaron a la Iglesia Naciente:
Jesús ha resucitado, está vivo, glorioso, resplandeciente, ha dejado vacío el
sepulcro y su Cuerpo glorioso vive con la vida de Dios. Pero nosotros tenemos
otra buena noticia para comunicar al mundo, además del mensaje de la Resurrección
y es que si el sepulcro de Jesús está vacío porque su Cuerpo ya no está allí,
es porque el Sagrario está ocupado con su Cuerpo glorioso, la Sagrada
Eucaristía. No podemos, como católicos, solo quedarnos en el anuncio de la
Resurrección; debemos anunciar que Jesús dejó el sepulcro vacío porque con su
Cuerpo glorificado, con el mismo Cuerpo con el que resucitó el Domingo de Resurrección,
ocupa ahora otro lugar y es el sagrario, porque Él está vivo y glorioso en la
Eucaristía. Éste es el alegre mensaje, la alegre noticia, que el mundo espera
recibir de nosotros, los cristianos: Cristo ha resucitado y con su Cuerpo
glorioso está en la Eucaristía.

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