lunes, 23 de marzo de 2026

Domingo de Pascuas de Resurrección



(Ciclo A – 2026)

         Hay un contraste muy marcado en la Iglesia la Esposa Mística de Jesús, entre los días en los que guardaba silencio y hacía duelo y llanto silencioso por la muerte de su Señor y el Domingo de Resurrección, en donde esa misma Iglesia, abatida por el dolor y el duelo de su Señor en el Monte Calvario, ahora, el Domingo de Resurrección, prorrumpe en cantos de alabanzas, de alegría, de gozo y de acción de gracias al Cordero de Dios, cantos y alabanzas que se elevan hasta el cielo, hasta el escabel del trono mismo de Dios. Es en el Pregón Pascual en donde la Iglesia expresa este estado de alegría y de gozo sobrenaturales. Dice así la Iglesia, en el Pregón Pascual: “Exulten por fin los coros de los ángeles,/exulten las jerarquías del cielo,/y por la victoria de Rey tan poderoso/que las trompetas anuncien la salvación”. Si la Iglesia, entonces, Esposa Mística de Cordero, lloraba en silencio amargas lágrimas de dolor por la muerte de su Esposo Jesucristo en el Monte Calvario el Viernes Santo, hoy, en el Domingo de Resurrección, que es en realidad la participación en el Domingo de Resurrección de hace XXI siglos, esa misma Iglesia, a la que Jesucristo le ha secado las lágrimas de sus ojos, hoy, en el Domingo de Resurrección, se dirige tanto al Cielo como a la tierra y al Purgatorio para que todos participen de la alegría sobrenatural que la embarga. Así lo dice la Iglesia: “Goce también la tierra,/inundada de tanta claridad,/y que, radiante con el fulgor del Rey eterno,/se sienta libre de las tinieblas/que cubrían el orbe entero”. La Luz Eterna de Cristo resucitado, que emerge de su Ser divino trinitario con todo su resplandor desde el Domingo de Resurrección, se dirige a todos los hombres caídos en el pecado original, es decir, a toda la humanidad, comenzando por la Iglesia, para que se alegren con la misma alegría que les es comunicada desde lo más alto, desde la divinidad del Ser divino trinitario de Jesús, Rey Eterno. Así lo expresa la Iglesia: “Alégrese también nuestra madre la Iglesia,/revestida de luz tan brillante;/resuene este templo con las aclamaciones del pueblo”. La Iglesia se ilumina con el resplandor de la gloria eterna del Cordero, mientras que en templo deben resonar los cánticos de alabanza, de gloria, de adoración, de parte de la Iglesia y de todos los hombres que por Ella ingresen por el Bautismo. Continúa la Iglesia, llamando a todos los hombres a aclamar y a ensalzar a la Santísima Trinidad: “En verdad es justo y necesario/aclamar con nuestras voces/y con todo el afecto del corazón/a Dios invisible, el Padre todopoderoso,/y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo”. El motivo del agradecimiento de Esposa del Cordero a la Santísima Trinidad es porque el Hijo Único del Padre, fue enviado por Dios Padre por medio del Amor Trinitario, el Espíritu Santo, para que ofrezca su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad por la salvación de los hombres. También lo dice así la Iglesia Santa: “Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre/la deuda de Adán/y, derramando su sangre,/canceló el recibo del antiguo pecado”. El Segundo y definitivo Adán, Jesús, derramando hasta la última gota de Sangre en la cruz, ha pagado con el precio altísimo de su Sangre Preciosísima la deuda del Primer Adán, cancelando el pecado para siempre. “Porque éstas son las fiestas de Pascua,/en las que se inmola el verdadero Cordero,/cuya sangre consagra las puertas de los fieles”. Si en el Antiguo Testamento el Pueblo Elegido inmolaba el cordero pascual y marcaban los dinteles de las puertas de los hebreos con esta esta sangre del cordero pascual para que el Ángel Exterminador nada les hiciera, reconociendo en los dinteles de las puertas y ventanas la sangre del cordero, eso era solo una prefiguración, una sombra y un anticipo de la verdadera Pascua, en la que los que se marcan no son los dinteles de las puertas y ventanas de las casas de Pueblos Elegido, sino que lo que se marca son los labios de los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, y se marcan con la Preciosísima Sangre del Cordero de Dios; por esta razón, la Pascua de los judíos era solo una figura de la Verdadera y Única fiesta de Pascuas, en las que se inmola el Verdadero y Único Cordero Pascual, Jesucristo, con cuya Sangre Preciosísima se marcan los labios de los que aman al Cordero. Y así el Ángel Eterminador, viendo la Sangre del Cordero de Dios en los labios de los fieles, pasan de lado sin hacerles ningún daño. “Ésta es la noche/en que sacaste de Egipto/a los israelitas, nuestros padres,/y los hiciste pasar a pie el mar Rojo”. Los israelitas fueron sacados de la esclavitud de Egipto y por el milagro del mar abierto de par en par, atravesaron Rojo a pie el Mar y así cumplían su “Pascua”, su “Paso” hacia la Jerusalén terrestre, pero eso era solo una figura de la verdadera Pascua, en la que los bautizados en la Iglesia Católica también realizan su “Paso”, su “Pascua”, pero no de Egipto a la Jerusalén terrestre, sino del pecado a la vida nueva de la gracia santificante, atravesando no el desierto terreno, sino el desierto de la historia y de la vida humana, dejando atrás la vida de pecado para vivir la vida de la gracia, pasando a pie no en el Mar abierto en dos, sino en el Costado abierto del Redentor, su Corazón traspasado por la lanza. “Ésta es la noche/en que la columna de fuego/esclareció las tinieblas del pecado”. Durante la noche, el Pueblo Elegido era guiado durante la noche por una nube de fuego, pero era solo el anticipo y la prefiguración del Fuego del Espíritu Santo, que brotando del Corazón traspasado del Salvador ilumina las almas de los hombres que viven “en sombras y tinieblas de muerte”. “Ésta es la noche/en que, por toda la tierra,/los que confiesan su fe en Cristo/son arrancados de los vicios del mundo/y de la oscuridad del pecado,/son restituidos a la gracia/y son agregados a los santos”. Desde el Santo Sepulcro, a partir de la madrugada, momento de la Resurrección del Señor, deja brotar una luz resplandeciente, sobrenatural, no perceptible por los ojos del cuerpo para que todos aquellos que viven en la oscuridad y las tinieblas de pecado sean iluminados por esta luz divina que al iluminar los corazones concede la vida de la gracia que surge del Ser divino trinitario de Jesús el Domingo de Resurrección, quienes así comienzan ya desde la tierra a vivir la vida de la gracia, siendo sus nombres inscriptos en el cielo. “Ésta es la noche/en que, rotas las cadenas de la muerte,/Cristo asciende victorioso del abismo./¿De qué nos serviría haber nacido/si no hubiéramos sido rescatados?”. La Iglesia, iluminada por el Espíritu, nos advierte que de nada nos habría valido nacer si el Redentor no nos hubiera rescatado al precio de su Sangre, porque de no haber sido así, seguiríamos para siempre esclavos del pecado, de la muerte y del Demonio. “¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!/¡Qué incomparable ternura y caridad!/¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!”. La Santa Madre de Iglesia se asombra y alaba, entre gritos de júbilo, la inmensa misericordia del Padre, que por salvarnos a nosotros, los esclavos, entregó a la muerte en cruz a su Único Hijo, el Señor Jesús. “Necesario fue el pecado de Adán,/que ha sido borrado por la muerte de Cristo./¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”. La Iglesia cita a San Agustín, para quien el pecado es motivo de alegría, pero no por el pecado en sí mismo, que por sí mismo es despreciable, sino porque por el pecado la Trinidad, compadecida por nuestra miseria, nos envió al Redentor, el Hombre-Dios Jesucristo, el Verbo Eterno del Padre encarnado en el seno de María Virgen. “¡Qué noche tan dichosa!/Sólo ella conoció el momento/en que Cristo resucitó de entre los muertos”. La Iglesia exclama exultante que la noche de Pascua es una la noche de la alegría por excelencia porque es cuando la humanidad, de la mano de Cristo, realizó la “Pascua”, el “Paso”, de la noche del pecado a la luz de la gracia, de la noche de la muerte a  la luz de la vida de la gracia santificante, es la Noche alegre por excelencia, en la que quienes estaban muertos por el pecado e inmersos en las tinieblas vivientes, ahora viven la vida nueva de los hijos de Dios, gracias a la luz de gloria que brota de Jesús resucitado y también gracias a esta luz se ven libres de las tinieblas de los ángeles caídos. “Ésta es la noche/de la que estaba escrito:/«Será la noche clara como el día,/la noche iluminada por mi gozo»”. La noche de la Pascua estaba profetizada en la Escritura Sagrada porque era la Noche del triunfo de Dios, de su Cordero; una noche grandiosa y majestuosa, una noche que dejaría de ser oscura y tenebrosa por el reinado del pecado, para ser clara y radiante como el sol del mediodía, una noche que habría de estar iluminada por el Sol Naciente y sin ocaso, Cristo Jesús, que habría de iluminar a las almas con su Luz Eterna e Increada, la luz que brota de su Acto de Ser divino trinitario, una noche que habría de resplandecer con la esplendorosa luz de la Resurrección gloriosa de Jesús, luz más potente que cientos de miles de millones de soles juntos. “Y así, esta noche santa/ahuyenta los pecados,/lava las culpas,/devuelve la inocencia a los caídos,/la alegría a los tristes,/expulsa el odio,/trae la concordia,/doblega a los poderosos”. La noche de la Resurrección, la madrugada del Domingo de Resurrección, es una noche que está iluminada con una luz que no es de este mundo y por eso ilumina a todos los días Domingos hasta el fin del mundo; es una santa porque la luz de la gloria de Jesús resucitado hace partícipe de su vida divina trinitaria a las almas a las que Él ilumina haciendo desaparecer el pecado, todo tipo de pecado y haciendo florecer a cambio toda clase de dones, virtudes y gracias de las que participa el alma iluminada por Cristo; en esta noche santa el hombre deja de ser el hombre viejo del pecado para convertirse en el hombre nuevo nacido a la gracia de Dios; el hombre por la gracia se vuelve hermano de Cristo, hijo de Dios de Dios y hermano de su prójimo y por la gracia su corazón se ve libre de todo mal, de toda concupiscencia y de todo pecado, floreciendo en cambio las virtudes de los Sagrados Corazones de Jesús y María. “En esta noche de gracia/acepta, Padre Santo/ este sacrificio vespertino de alabanza/que la santa iglesia te ofrece/por medio de sus ministros/en la solemne ofrenda de este cirio,/hecho con cera de abejas”. El Cirio Pascual, hecho con cera pura de abejas, es símbolo y representación de Jesucristo, el Hombre-Dios: la cera representa la humanidad del Hombre-Dios y el fuego, encendido con el fuego bendecido al comienzo de la ceremonia del Lucernario, representa a la Divinidad de Jesucristo y es esto lo que la Iglesia le pide al Padre que acepte como ofrenda perfectísima y gloriosa el Cirio Pascual en el que está representado Jesucristo con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. “Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego,/ardiendo en llama viva para gloria de Dios./Y aunque distribuye su luz,/no mengua al repartirla,/porque se alimenta de esta cera fundida,/que elaboró la abeja fecunda/para hacer esta lámpara preciosa”. En la ceremonia del Lucernario, luego de encendido el Cirio Pascual, símbolo de Jesús resucitado que vence a las tinieblas del pecado, de la muerte y del Infierno, esta luz de Cristo se comparte con los fieles, simbolizando así que Cristo concede su luz a los bautizados para que estos se conviertan en “luz del mundo” y con la luz de Cristo que brota de su Ser divino trinitario iluminen el mundo en tinieblas y así esta Luz Divina que es Cristo no solo no disminuye sino que en el Domingo de Resurrección y atravesando su Cuerpo glorificado, ilumina la Iglesia, las almas y todos los Domingos de la historia, hasta el fin del tiempo. A partir del Domingo de Resurrección, todos los Domingos de la historia serán hechos partícipes de la luz divina que brota de la Lámpara de la Jerusalén celestial, el Cordero de Dios. “¡Qué noche tan dichosa/en que se une el cielo con la tierra,/lo humano y lo divino!”. El cielo y la tierra se unen en la admirable Noche de Pascuas porque el Rey de los cielos, Cristo Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, simbolizado en el Cirio Pascual, une a sí a su Humanidad y la vivifica y la glorifica con su gloria divina, regresándola de la muerte y colmándola de la gloria divina y a lo humano y partir de Él, los hombres, que viven en la tierra y están hechos de barro, serán divinizados y llenados de la gracia de Dios al recibir su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la Eucaristía. “Te rogamos, Señor, que este cirio,/consagrado a tu nombre,/arda sin apagarse/para destruir la oscuridad de esta noche,/y, como ofrenda agradable,/se asocie a las lumbreras del cielo./Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,/ese lucero que no conoce ocaso/y es Cristo, tu Hijo resucitado,/que, al salir del sepulcro,/brilla sereno para el linaje humano,/y vive y reina glorioso/por los siglos de los siglos./Amén”. Por último, la Esposa de Cristo, la Santa Iglesia Católica, suplica a Dios Trino que el Cirio Pascual, consagrado en honor de la Trinidad, “arda sin apagarse”, para que toda la Iglesia no solo viva sin oscuridad, poniendo fin para siempre a las tinieblas del error, del pecado, de la ignorancia, del cisma y de la herejía y también las tinieblas vivientes, y que desde el Cielo ilumine para siempre a la Iglesia y a los hombres a Ella incorporados.

Ahora bien, la luz del Cirio Pascual es un símbolo de la Verdadera y Eterna Luz que ilumina la Iglesia y las almas de los hombres, Cristo Jesús, la Lámpara de la Jerusalén celestial, el Cordero de Dios sin mancha, el Sol de justicia, ante cuya claridad se disipan las tinieblas del pecado y de la muerte y las tinieblas vivientes, los habitantes del Infierno, huyen de su Presencia y ante cuya Presencia así como el humo se disipa con el viento, así como las tinieblas de la noche se disipan con la luz del sol, así las tinieblas vivientes huyen despavoridas. La luz del Cirio Pascual que se enciende en la noche, pide la Iglesia que continúe así, encendida toda la noche hasta la llegada del lucero de la mañana, de manera que la estrella matinal, la Estrella de la Aurora, lo encuentre ardiendo y así se asocie a las estrellas del cielo. El verdadero lucero matinal, que no conoce ocaso, que no se apaga nunca más y que es anunciado por la Estrella de la mañana, la Aurora que es la Virgen, no es otro que el Cordero de Dios, Cristo Jesús, el Hijo Eterno del Padre, luego de cumplir el misterio de Pasión y Muerte en cruz, y ahora resucitado y con la luz gloriosa que emana de su Ser divino trinitario y que puede ser contemplado por la fe de la Iglesia con su Cuerpo glorioso Presente en la Eucaristía, brilla desde el Altar Eucarístico y desde el Sagrario, iluminando a toda la Iglesia y reina desde la Eucaristía, al igual que en su trono del cielo, por los siglos sin fin, por toda la eternidad.


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