jueves, 9 de febrero de 2012

Un maravilloso ejemplo de fe, humildad y caridad



“Los cachorros comen las migajas que dejan caer los hijos” (cfr. Mc 7, 24-30). La respuesta de la mujer, pagana y sirofenicia, le vale el conseguir de Jesús lo que pide, la expulsión del demonio que había tomado posesión del cuerpo de su hija.
         La respuesta de la mujer es triplemente admirable: primero, por tratarse de una mujer pagana y sirofenicia, es decir, no perteneciente al Pueblo Elegido, a pesar de lo cual, muestra una fe que supera con creces a la de muchos hebreos, porque cree en Jesús como Dios, ya que le pide que expulse al demonio que ha tomado posesión del cuerpo de su hija, algo que solo lo puede hacer Dios con su omnipotencia; muestra una gran humildad, porque Jesús usa una comparación que, para un alma susceptible, podría ser ocasión de una respuesta soberbia, ya que son pocos quienes soportarían ser comparados con un cachorro de perro, tal como Jesús sugiere con el ejemplo: los hijos son el Pueblo Elegido, los cachorros son los paganos, como la mujer sirofenicia; por último, da una gran muestra de caridad, es decir, un amor sobrenatural, hacia su hija, porque por ella, por verla libre del demonio, no duda en humillarse ante un rabbí hebreo y postrarse ante Él, y demuestra también un amor sobrenatural hacia Jesús, porque se dirige a Él como a un Dios no sólo omnisciente, sino también infinitamente amoroso y misericordioso, que tendrá piedad de su hija y la librará del demonio.
         Fe, caridad, humildad, esos son los ejemplos de una mujer pagana, ejemplos no solo ante los hebreos del Pueblo Elegido, sino ante los miembros del Pueblo Elegido, los cristianos, porque muchos de estos, ante la tribulación, ante las pruebas, ante las cruces, vacilan, dudan, no creen, en la Presencia de Jesús en la Eucaristía.
         Si muchos cristianos tuvieran la fe, la caridad y la humildad de esta mujer pagana, y acudieran a Jesús en el sagrario como acude la mujer sirofenicia a Jesús en el episodio del Evangelio, las cruces, las tribulaciones, y toda la vida en general, serían un anticipo en la tierra de la vida feliz en la eternidad.

viernes, 3 de febrero de 2012

El camino para ir al cielo: rezar, obrar la misericordia, hacer apostolado, luchar contra la tentación



(Domingo V - TO - Ciclo B - 2012)
         “Jesús se retiró a orar” (Mc ). Luego de realizar varios signos prodigiosos, como curar enfermos –entre ellos, la suegra de Pedro-, expulsar demonios y luego de predicar el evangelio, Jesús se retira “a un descampado” a orar.
         No se trata de una mera narración de un día más en la vida de Jesús: en este Evangelio Jesús nos muestra cómo debe ser el plan de vida de un cristiano para llegar al cielo: asistir a los enfermos, luchar contra los verdaderos enemigos del hombre, que son los demonios, hacer apostolado en su ambiente de vida y de trabajo, y orar. De todo esto, lo más importante es la oración, porque por la oración el alma recibe la vida, la luz y el amor de Dios, que le permiten hacer todas las otras cosas.
         En otras palabras, quien quiera salvar su alma, quien quiera habitar en las moradas de Dios Trinidad por toda la eternidad, no tiene que hacer otra cosa que lo que Jesús hace en este evangelio.
         Jesús cura a la suegra de Pedro y a varios enfermos: el cristiano, a imitación de Jesús, debe prestar atención y cuidado a quienes están enfermos, del cuerpo o del espíritu. Es una de las acciones que abren las puertas del cielo, según las palabras de Jesús. Al final de los tiempos, en el juicio Final, Jesús dirá a los que se salven: “Venid, benditos de mi Padre, porque estuve enfermo y me cuidasteis”. Y al contrario, a los que se condenen, les dirá: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, porque estuve enfermo y no me cuidasteis”. Jesús está en todo prójimo, pero de manera especial en los enfermos, y es por eso que quien asiste a un enfermo, asiste a Cristo mismo que está en Él. Esto no significa que sea necesario fundar una congregación religiosa que se dedique a atender enfermos, como las Hermanas Misioneras de la Caridad, pues eso sería imposible para muchos. Está mucho más al alcance: se trata de visitar y asistir, en la medida de las propias posibilidades, a los seres queridos enfermos, o a algún prójimo desconocido, por ejemplo alguien internado en un hospital, que ha sido abandonado por su propia familia. El cristiano debe practicar esta obra de misericordia, visitar enfermos, pero no es la única, ya que la Iglesia propone catorce obras de misericordia, espirituales y corporales, para que el cristiano las practique y así haga méritos para llegar al cielo.
       Jesús expulsa demonios, y en esto también está el ejemplo de lo que cada cristiano debe hacer para llegar al cielo: no que se convierta él en un exorcista, porque eso es tarea del sacerdote ministerial, y solo aquel sacerdote designado por el obispo; la lucha contra el demonio que todo cristiano debe emprender consiste en discernir, con la luz de la gracia y del Espíritu Santo, las múltiples tentaciones que el Tentador arroja a cada paso, que buscan precisamente alejar al alma del camino de Dios. Por ejemplo, si Jesús dice que el que quiera seguirlo debe cargar su Cruz cada día y seguirlo, el demonio lo tienta con una vida más “relajada y tranquila”, sin tanto sacrificio ni cosas por el estilo. Si Jesús dice: “Ama a tus enemigos” y “Perdona setenta veces siete”, el Tentador dice: “No ames ni perdones; véngate de quien te hace mal o te persigue, por medio de la calumnia y la difamación”. No en vano San Pablo dice que “nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra las potestades oscuras de los cielos”, porque es el demonio, y todo su séquito de ángeles apóstatas, quienes tientan al hombre para que este deje de lado las enseñanzas de Jesús y obre de acuerdo a su perversa y torcida intención.
        Jesús predica el evangelio, y aquí también el cristiano tiene el modelo y el ejemplo de lo que debe hacer para ganarse el cielo. No quiere decir que para imitar a Jesús tenga que viajar a Palestina y vestir túnica y sandalias; la prédica de la Buena Noticia de Jesús la debe hacer en su ámbito de vida y de trabajo, con los seres que lo rodean, con los conocidos y los desconocidos, con los queridos y con los no tan queridos; en definitiva, todos tienen que ver en el cristiano un apóstol de Jesús que predica la Buena Noticia del Evangelio. Pero como el elemento central de esta Buena Noticia es la caridad, es decir, el amor sobrenatural a Dios y al prójimo, el cristiano no puede predicar el amor al mismo tiempo que, con sus palabras, sus deseos, sus obras, niega el amor. No puede el cristiano evangelizar un ambiente determinado, contaminado, por ejemplo, por la lascivia, si él mismo no lucha contra la tentación de la carne y se deja arrastrar por la lujuria; no puede el cristiano predicar de la vida eterna, y al mismo tiempo ser materialista, interesado solo en los bienes terrenos y en pasarla bien y disfrutar de la vida, porque esas son actitudes que niegan la vida eterna, porque para alcanzar la vida eterna se debe desprender de las cosas materiales y vivir la mortificación de los sentidos; no puede el cristiano evangelizar su ambiente, familiar, de estudio, de trabajo, contaminado por la adoración idolátrica del fútbol, de la política, de la televisión, si él mismo no es un adorador de la Eucaristía.
        Jesús va a un descampado a orar, y aquí está el más grandioso ejemplo que Jesús nos deja si queremos llegar al cielo: la oración, porque si no hay oración, nada de lo que haga el cristiano tiene valor. Por el contrario, sin oración, aún si el cristiano tuviera ocupadas las veinticuatro horas del día visitando enfermos y presos, dando de comer a los pobres, haciendo oraciones de sanación para expulsar demonios, y evangelizando, aún si hiciese esto, pero no rezara, estaría cayendo en un grave error, en un peligrosísimo error, una herejía que lo convertiría en el más abominable de todos los herejes, porque estaría cometiendo la herejía del activismo, en donde se confía más en las propias fuerzas y en la propia actividad, que en la gracia de Dios. Se trata de un error gravísimo, porque en el fondo, si ocupo las veinticuatro horas del día en hacer cosas, aun cuando sean buenas y sean para el Reino de Dios, pero no pongo a la oración en el lugar central, con mi actividad frenética y febril, niego en la realidad al Dios en quien digo creer, para erigirme yo mismo en mi propio dios, que todo lo puedo con mi esfuerzo.
         Por el contrario, quien pone en primer lugar a la oración, reconoce su nada y su miseria –“nada mas pecado”, dicen los santos-, y postrado espiritualmente ante Dios Trino, recibe de Él su luz, su gracia, su perdón, su vida, su paz, su amor. En la oración, el alma nunca está sola, y nunca deja de ser escuchada, y no solo, sino que nunca se queda sin recibir de Dios su palabra, aún cuando no escuche su voz audiblemente.
         Sin oración, ninguna actividad, por buena que sea, tiene sentido ni es meritoria para ganar el cielo; con oración, por el contrario, aún la acción más insignificante, como por ejemplo, dar un vaso de agua en nombre de Cristo, abre las puertas del cielo, porque conmueve al corazón de Dios.
         Rezar, visitar enfermos y presos, hacer apostolado en el propio ámbito de vida y de trabajo, luchar contra la tentación que como trampa tiende el Tentador, este es el sencillo y único camino que conduce al Cielo, el Camino Real de la Cruz, el que nos muestra Jesús.

lunes, 30 de enero de 2012

Tu fe te ha salvado



“Tu fe te ha salvado” (Mc 5, 21-43). En el contexto del pasaje evangélico, en donde el tema central, junto a las curaciones corporales, es el exorcismo, la frase de Jesús a la mujer hemorroísa podría hacer pensar que se está refiriendo a la curación corporal que ha recibido milagrosamente. En efecto, la mujer, enferma, se acerca con fe, es curada a causa de esa fe, y Jesús le dice: “Tu fe te ha salvado”; luego, la deducción es que Jesús se refiere a su enfermedad: la fe de la mujer la ha salvado de continuar enferma, puesto que ha obtenido la sanación corporal.
         Sin embargo, Jesús no se refiere a la sanación corporal. Al decirle “Tu fe te ha salvado”, se está refiriendo a la salvación de su alma; secundariamente, esta fe le ha obtenido la curación corporal, pero lo central es que la fe en Cristo como Dios –cree que Cristo, siendo Dios, tiene el poder de curar su cuerpo-, es lo que la salva, porque solo la fe en Cristo salva.
         Siguiendo a algunos autores místicos, como Simeón el Nuevo Teólogo, y en el análisis que el Santo Padre Benedicto XVI[1] hace del mismo, podemos decir que esta fe en Cristo como Dios, esta fe verdadera que da un verdadero conocimiento de Dios, “no viene”, en las palabras del Santo Padre, “de los libros, sino de la experiencia espiritual, de la vida espiritual”.
El conocimiento de Dios, dice el Papa, “nace de un camino de purificación interior, que comienza con la conversión del corazón, gracias a la fuerza de la fe y del amor; pasa a través de un profundo arrepentimiento y dolor sincero por los propios pecados, para llegar a la unión con Cristo, fuente de alegría y de paz, invadidos por la luz de su presencia en nosotros”.
Esta experiencia de fe, esta “fuerza de fe y de amor”, que lleva a la conversión, a la contrición del corazón y al conocimiento de Cristo y unión con Él, no constituyen, dice el Santo Padre, “un don excepcional para algunos místicos, sino que es fruto del Bautismo en la existencia de todo fiel seriamente comprometido”.
“Tu fe te ha salvado”. La mujer hemorroísa, cuya fe es tan fuerte que logra de Cristo la curación de su cuerpo y la salvación de su alma, no era letrada, ni destacaba por su dedicación al estudio de libros, pues su vida entera estaba marcada por el padecimiento de su enfermedad. En todo cristiano esta fuerza de fe y de amor, que puede lograr no solo la curación de una enfermedad, sino la unión con Cristo Dios, está presente desde el Bautismo. Si no se tiene la fe de la mujer hemorroísa, es simplemente porque no se le presta atención al don que Dios depositó en el alma desde el momento del Bautismo.

domingo, 29 de enero de 2012

¿Cuál es tu nombre, espíritu impuro? Mi nombre es Legión



“Sal de este hombre, espíritu impuro. Después le preguntó: “Cuál es tu nombre?”. “Mi nombre es Legión, porque somos muchos” (Mc 5, 1-20). Jesús realiza un exorcismo y expulsa a una legión de demonios que atormentaban a un hombre, poseyendo su cuerpo. La posesión diabólica, por el grado de sufrimiento que provoca al poseído, da una idea de lo que será el infierno para las almas condenadas: sin hacerse visible, el demonio “aparece”, por así decirlo, a través del rostro y las facciones del poseído, y a través de sus actos.
El rostro de los posesos cambia totalmente, quedando desfigurado por las muecas y contorsiones de los músculos de la cara; sus ojos se desorbitan y adquieren una mirada de hielo, que refleja el odio del ángel caído; su cabello queda todo revuelto y despeinado; su voz se vuelve gutural, tétrica, como emergiendo de lugares oscuros y subterráneos; profiere obscenidades y blasfemias; adquiere fuerza descomunal y se vuelve agresivo y violento, buscando atacar a los que los rodean, al tiempo que los insulta; no come, o come insectos repugnantes; habita en lugares como cementerios, en donde todo es putrefacción y muerte.
El poseído es un aviso del cielo para que los hombres tomen conciencia de que existe un más allá tenebroso, un mundo de horror extremo, incomprensible e inimaginable, porque aún así, lo que se ve a través de los poseídos es casi nada en comparación con la realidad misma del infierno y con su condición de ser un lugar de tormento eterno, en el que el terror, el espanto, el horror, el dolor, la pena, la angustia, no terminan nunca. Con toda su terrible realidad, el poseso no refleja aún todos los oscuros secretos del infierno, secretos que serán revelados a quienes se condenen. Uno de esos secretos, que no se ven en la posesión, es el fuego del infierno: es un fuego real, no simbólico, de naturaleza especial, que no se apagan nunca, que quema y provoca dolor, pero que no consume a la víctima, que arde, pero no da luz, que provoca quemaduras terribles, que provocan dolores insoportables y continuos, pero que no provoca la muerte[1]. Este fuego, aunque no es experimentado por los posesos, arde continuamente en los demonios, y es inseparable de ellos, como también es inseparable de las almas condenadas.
Al ver la terrible realidad del poseído, aviso o señal del horroroso mundo de las tinieblas, en donde habita Satanás, resalta más la grandiosa obra de la salvación de Nuestro Señor Jesucristo, que nos liberó de la tiranía del demonio, a la que estábamos condenados indefectiblemente de no haberse Él encarnado y muerto en Cruz para salvarnos.
Es por esto que, si el endemoniado refleja el oscuro mundo del infierno, en donde habitan los espíritus malignos, la liberación de los endemoniados por medio del exorcismo pone de relieve a su vez la divinidad de Jesucristo, porque Él los expulsa en nombre propio, y como solo Dios tiene el poder de expulsar al demonio, Él es Dios; pone de manifiesto el triunfo de la Virgen María sobre los demonios, porque a Ella le ha sido dado el poder de Dios, con el cual aplasta la cabeza de la serpiente; pone de manifiesto el poder de la Iglesia, a la que se le ha prometido que “las puertas del infierno no prevalecerán” contra ella, y esa promesa se cumple en parte con el poder dado al sacerdote ministerial para realizar exorcismos; pone de relieve el mérito de los santos, porque todos ellos vencieron al demonio en nombre de Cristo.
La realidad del demonio y del infierno no debe llevar, por lo tanto, a los cristianos, a temer, porque Satanás, con todas sus legiones de ángeles apóstatas, han sido vencidos en la Cruz, y esa victoria se renueva en cada Santa Misa, renovación incruenta del sacrificio de la Cruz.
           Frente a la espantosa realidad del demonio y del infierno, el cristiano no está desamparado, porque le basta invocar los sacratísimos nombres de Jesús y de María, para que los demonios tiemblen y huyan[2].


[1] Cfr. Paolo Calliari, Trattato di demonologia, Centro Editoriale Carroccio, 72.
[2] Cfr. Calliari, ibidem, 90.

El ángel caído es un ser real, una persona angélica que odia para siempre a Dios y al hombre





         “Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro… Jesús lo increpó y le dijo: “¡Cállate y sal de este hombre!”. El espíritu impuro (…) dando un gran alarido, salió de ese hombre” (Mc 1, 21-28). En el episodio del evangelio Jesús realiza un exorcismo, expulsando a un demonio con la fuerza omnipotente de su palabra.
Muchos, aun dentro de la Iglesia, interpretan esta escena y todas las escenas de exorcismo del evangelio como meros episodios de curación de males psicológicos. Así, el exorcismo sería, en realidad, la curación de una histeria; Jesús sería un gran maestro espiritual, y un sabio psicólogo, que ayudaría a que el histérico se cure por sí mismo, expulsando de su mente el problema que lo perturba; el demonio no sería un ser angélico, sino un trastorno de la mente de la persona. La otra posibilidad es que Jesús sería un desconocedor de la realidad psíquica de los enfermos, tratando como posesión demoníaca a lo que únicamente sería una patología mental, con lo cual se estaría engañando Él, además de engañar a los demás, haciendo ver una posesión diabólica donde no la hay.
         Esto constituye un gran error, y sería cercano a la herejía interpretar la escena evangélica en un sentido distinto al que se expresa. Un endemoniado es un hombre poseído por el demonio, y no un enfermo psiquiátrico. En el evangelio se habla claramente de “demonios”, “endemoniados”, “espíritus inmundos”, y cita hechos y milagros de liberación de endemoniados con palabras y hechos de Jesús que no dejan dudas razonables acerca de qué cosa sea el ente expulsado de los hombres[1]. No se puede dudar de que es un espíritu, y por lo tanto, un ser dotado de inteligencia y de voluntad; no se puede dudar de que se trata de espíritus malignos, “inmundos”, que hacen hacer cosas malignas e inmundas a los hombres; no se puede dudar de que son entes malignos, perversos, que hacen sufrir muchísimo al poseso y a los que lo rodean.
          Pensar que Jesús se haya engañado, o que los posesos son enfermos psiquiátricos, y que lo que se decía que era obra del demonio era en realidad efectos de la histeria o de trastornos psíquicos originados en la mente humana, significaría comprometer seriamente, poner en duda y cuestionar, la divinidad de Jesucristo.
         Si Jesús se llama a sí mismo “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14, 6), y según sus palabras, viene a dar “testimonio de la Verdad” (Jn 18, 37), y si Él como Hijo se equipara a Dios “Nadie ha visto al Padre sino el Hijo” (cfr. Jn 6, 46), no podía engañar a sus oyentes, haciéndoles creer por verdadero lo que era falso[2]. Por lo tanto, Jesús expulsa verdaderamente a un demonio, un espíritu maligno, que había tomado posesión del cuerpo de un hombre.
         El episodio del evangelio nos lleva entonces a considerar la realidad del espíritu del mal, encarnado en Satanás y en los ángeles caídos, responsables a su vez de la caída del hombre en los inicios de la Creación, y responsable de toda clase de males en el mundo y en la historia, puesto que hay que hay sucesos que no se explican como consecuencia de las solas pasiones humanas, como por ejemplo, los genocidios y las matanzas, sean del signo que sean: judíos, armenios, rusos, ucranianos, hutus y tutsis, en Ruanda, sin olvidar el genocidio que se lleva a cabo, silenciosamente y sin fusiles, el aborto.
         Guerras, genocidios, abortos. Toda esta espantosa y horrible carnicería humana no es más que consecuencia de la intervención del demonio en la historia de los hombres, azuzando e instigando el odio del hermano contra el hermano. Como consecuencia del pecado original, el hombre ha quedado separado del hombre, de su hermano, de su prójimo, y también de Dios, y esa separación es aprovechada por el demonio para convertirla en odio creciente, inextinguible, que exige para ser calmado la muerte del prójimo y la muerte de Dios.
El demonio cultiva el odio en el corazón del hombre y lo lleva a levantar la mano para descargarla y ser el homicida de su hermano y deicida de Dios. Ambas cosas creía haberlas logrado el demonio, instigando a los hombres a matar a Cristo en la Cruz, cometiendo el hombre no solo el pecado de homicidio, sino también el de deicidio, al haber dado muerte al Hombre-Dios. Pero es aquí en donde Dios vence, en la Cruz, porque con su muerte, Cristo da muerte a la muerte misma y derrota a Satanás y al infierno para siempre, a la vez que derriba el muro de odio que separa al hombre de su hermano: “Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad” (cfr. Ef 2, 14).      
El demonio entonces existe, pero con relación a este ser, no hay que caer en los extremos: por un lado, en el descreimiento y negación de su realidad, que lleva a pensar que el demonio es solo un invento de épocas anteriores; el otro extremo, por el contrario, creer que el demonio es un ser real, pero hacerlo culpable de nuestras propias culpas: “El demonio me lleva a gritar”; “El demonio me hace ser perezoso”; “El demonio me hace ser orgulloso”. No se puede culpar al demonio de nuestra propia pereza espiritual, que nos lleva a no rezar, a no hacer sacrificios, a no poner empeño en luchar contra nuestro orgullo, contra nuestra soberbia, contra nuestra falta de lucha para no caer en la tentación. Muchos dicen: “Caigo en pecado porque el demonio me tienta”. Es verdad que el demonio tienta, pero también es verdad que Dios nos da su gracia para no caer, y que si caemos, en el pecado que sea –y aún si cometemos una imperfección-, es porque dejamos de lado la gracia, y nos olvidamos de Dios, para hacer nuestra propia voluntad.
El demonio no puede hacer otra cosa que tentar; jamás podrá hacernos asentir y consentir a la tentación, porque eso depende de nuestra libertad, y por eso no debemos culparlo de nuestras propias decisiones malas.
En el evangelio vemos entonces un episodio de posesión, y a pesar del paso del tiempo, el demonio continúa poseyendo los cuerpos de los hombres, pero en el día de hoy, ha mejorado su táctica, y ya no le hace falta poseer cuerpos, puesto que con sus mentiras y engaños, ha conseguido que los hombres lo escuchen a Él, en vez de a Cristo, y así los hombres han construido una civilización sin Dios, atea, materialista, hedonista, que ha elaborado una cultura contraria al hombre, la “cultura de la muerte”, la cual busca, denodadamente, eliminar al hombre principalmente por medio de la eutanasia y del aborto.
En estos días, se ha dado a conocer la noticia de que en nuestro país se consumen 3.800 pastillas llamadas “del día después”, por día. En otras palabras, 3.800 abortos –porque la píldora del día después es abortiva- reales o probables, al día, y la tendencia va en aumento, puesto que el mismo presidente de los EE. UU., Barack Obama, ha presentado un proyecto por el cual esta píldora debe ser reembolsada, lo cual quiere decir distribución gratuita. Esto, sin contar con las cifras de abortos cometidas al año por otros métodos.
¿Qué necesidad tiene el demonio de tomarse el trabajo de poseer el cuerpo de una joven, con el riesgo seguro de ser expulsado por el exorcismo, si le basta simplemente con la tentación de una sexualidad desenfrenada, precoz, libre, irresponsable y egoísta? Si no se ven posesiones hoy en día, es porque no le hacen falta al demonio; le basta solamente con tirar el anzuelo del “sexo seguro”, para que miles y miles de jóvenes, desoyendo el mandato de Dios, sigan tras sus sucias huellas y cometan toda clase de abominaciones con sus cuerpos, que de ser “templos de Dios”, han pasado a ser “cuevas de Asmodeo”, el demonio de la lujuria.
La tentación del demonio es como el anzuelo con la carnada para el pez: desde su posición dentro del agua, al pez le atrae la carnada, como algo apetitoso y sabroso, pero cuando abre la boca para atraparla, muerde el anzuelo que está junto con ella, y ahí “se da cuenta” –es un decir- de la realidad: lo que le parecía apetitoso y sabroso, la carnada, al conseguirla, se revela en su realidad: una trampa dolorosa y mortal, porque termina con su propia muerte, al ser sacado del agua. Este ejemplo es una figura de la tentación consentida, en donde el demonio obtiene su victoria más deseada: la tentación de la carne –cualquier práctica sexual fuera del matrimonio, o si es en el matrimonio, no casta-, al ser consentida, se revela en su dolorosa realidad, puesto que el alma, al caer, comete el pecado mortal.
Esta es la acción del demonio, la tentación consentida, mucho más peligrosa y sutil que la misma posesión diabólica, porque en la posesión el alma, con su inteligencia y voluntad quedan libres, aunque el cuerpo esté tomado por el demonio, mientras que en la tentación consentida, sin haber posesión corporal por parte del demonio, la persona entera, con cuerpo y alma, se entrega a su obra, obra que termina siempre, indefectiblemente, en la ruina de la persona. En el caso concreto de la tentación del “sexo seguro”, termina en el genocidio silencioso del aborto, porque el hijo inesperado, no es deseado, y por lo tanto, es eliminado de diversas maneras, por ejemplo, con la “píldora del día después”.
Sólo Cristo, Camino, Verdad y Vida, puede iluminar las tinieblas en las que el demonio ha envuelto al hombre; sólo Cristo, que expulsa a los demonios con el poder de su voz, y que con el poder de su voz convierte el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre puede, también con el poder de su voz, hablarle al corazón del hombre y detenerlo en su locura homicida.


[1] Calliari, Paolo, Trattato di demonologia, Centro Editoriale Carroccio, 83.
[2] Cfr. Calliari, ibidem, 83.

martes, 24 de enero de 2012

Conviértanse, porque el Reino de Dios está cerca



“Conviértanse, porque el Reino de Dios está cerca” (cfr. Mt 4, 12-17). El pedido de Jesús no se entiende si no se tiene en cuenta lo sucedido al inicio de la Creación, primero en los cielos y luego en la tierra. En los cielos, el demonio se rebela contra Dios, es expulsado luego de ser derrotado por San Miguel Arcángel, y en su caída logra arrastrar al hombre, haciendo cometer a Adán y Eva el primer pecado de la humanidad, el pecado original, pecado por el cual todos los hombres habrían de perder el estado de gracia.
El pecado original privó al hombre de la gracia;  le ofuscó la mente y el corazón, lo alejó de Dios; le arrancó la corona de luz y de gracia con la que Dios lo había adornado en su creación, y lo arrojó por tierra. Por el pecado, el hombre a su vez arrojó a Dios de su corazón y lo echó, reemplazándolo por una imagen de sí mismo. Al haber arrojado el hombre a Dios de su corazón, lo privó de la luz divina que le otorgaba la gracia, y por eso al hombre le es arduo el conocer la verdad y, aunque desea el bien, le es difícil hacerlo.
Por el pecado, el hombre dejó de escuchar la voz amigable y amable de Dios, su Creador, para escuchar la voz seductora, insidiosa y mentirosa del Demonio. Por el pecado el hombre, que era amigo de Dios, se volvió su enemigo y, envuelto en la confusión, tomó por amigo a quien es su más grande y peor enemigo, el Diablo.
El pecado original hizo perder al hombre, además de la amistad y la luz de Dios, la vida, la salud, y por eso quedó sometido a la enfermedad, al dolor, a la muerte, a la separación de Dios.
Por el pecado, la cabeza del hombre quedó sin la corona de gloria con la que Dios lo había creado, y además su corazón, que antes miraba hacia arriba, hacia Dios, quedó dado vuelta hacia abajo, hacia la tierra, hacia las cosas bajas.
La conversión consiste en cambiar la dirección del corazón, enderezarlo, y dirigirlo hacia arriba, hacia Dios.
El llamado a la conversión por parte de Jesús es un llamado por lo tanto a cambiar el corazón, a apartarlo de la tierra y de las cosas bajas, las pasiones, los odios, los rencores, el orgullo, la envidia, para elevarlo hacia Dios, en busca de su rostro, rostro que se manifiesta en Cristo y que comunica la luz, el amor, la paz de Dios.
Convertirse quiere decir entonces dejar atrás al hombre viejo, y dejar de mirar y de vivir esta vida terrena como si fuera la definitiva, y comenzar a mirarla y vivirla como lo que es, un breve período de prueba para ganar la eternidad que nos espera; convertirse es combatir contra la soberbia y el orgullo propios, que lleva a condenar al prójimo sobre la base de prejuicios, siempre equivocados; convertirse quiere decir luchar contra la pereza corporal, que nos lleva a no cumplir nuestro deber de estado, o a cumplirlo de modo mediocre y tibio, y contra la pereza espiritual, que nos lleva a no rezar ni asistir a Misa, posponiendo y dejando de lado la oración y la Eucaristía por los atractivos del mundo; convertirse es abatir el orgullo propio, que lleva a no perdonar al prójimo, pero también lleva a no querer pedir perdón porque no se reconocen las propias faltas.
“Conviértanse, porque sino todos pereceréis”, les advierte Jesús a sus contemporáneos, pero también la advertencia se dirige a nosotros. Según las palabras de Jesús, la conversión es absolutamente necesaria para entrar en el Reino de los cielos, porque no se salvará quien posea un corazón ennegrecido por el rencor, la envidia, el orgullo, la avaricia, la lujuria.
La conversión es una tarea de todo el día, todos los días; inicia en el momento de la concepción y finaliza en el momento de la muerte, por eso nadie puede decir: “Estoy convertido”, porque pecaría de orgullo y presunción, al afirmar una falsedad. Sólo los santos del cielo están ya perfectamente convertidos, pero todos tuvieron que pasar por la prueba de esta vida.
Convertirse es una tarea ímproba, dificilísima, porque consiste en desviar la mirada torcida del corazón, inclinada hacia las cosas bajas de la tierra y hacia el propio yo, para dirigirlo hacia las cosas del cielo, de la eternidad, de Dios Uno y Trino.
La conversión es una tarea imposible de llevar a cabo con las solas fuerzas humanas, porque es equivalente a que un hombre intentara mover una montaña.
Pero lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios, y es por eso que la conversión es posible, pero sólo allí donde está Dios y donde Dios se manifiesta y se nos comunica con el poder de su gracia divina: la Cruz, la Eucaristía, la Confesión sacramental.
Dios se manifiesta en la Cruz y por eso, quien se acerca a la Cruz, recibe la gracia de la conversión, como le sucedió a Dimas, el buen ladrón, y como le sucedió a Longinos, el soldado romano que le traspasó el Corazón, convirtiéndose al derramarse en su cara la Sangre y el Agua del Corazón de Jesús. Y quien se acerca a la Cruz, recibe sólo gracia, amor, luz y paz de parte de Dios crucificado: además de la conversión, Dimas recibe la promesa de la salvación eterna: “Te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”, y Longinos recibe también la gracia de la conversión: “Verdaderamente, este es el Hijo de Dios”.
Y esa Sangre y esa Agua se nos comunican en los sacramentos, la Eucaristía y la Confesión sacramental, por medio de los cuales el alma recibe la gracia santificante que la convierte en morada de la Trinidad.
Y si alguien dice: “Hace años que me confieso y comulgo, y no veo que esté en el camino de la conversión”, es muy probable que a este tal lo que le suceda sea que acude a la confesión como si fuera la consulta con un psicólogo, sin propósito de enmienda, y que comulgue distraídamente.
¿Y cómo saber si nuestra alma está en el camino de la conversión? Son indicios de un corazón en proceso de conversión, la humildad, la caridad, la compasión, las obras de misericordia.
Si no hay nada de esto –misericordia, humildad, caridad, compasión-, el cristiano no debe engañarse, porque aún cuando rece y asista a Misa, todavía ni siquiera ha comenzado la conversión.

viernes, 20 de enero de 2012

La prédica del Evangelio y la expulsión de demonios nos llaman a la conversión



“Los envió a predicar con el poder de expulsar demonios” (Mc 3, 13-19). Jesús envía a los Apóstoles a predicar, pero les da además el poder de expulsar demonios. Estas dos acciones nos hablan de un mundo sobrenatural, un mundo que está más allá de lo que podemos ver y entender, un mundo al que estamos destinados, del cual los Apóstoles de Jesús vienen a darnos noticia para que nos preparemos.
Jesús envía a los Apóstoles a predicar y a expulsar demonios, y estas dos cosas que hacen los Apóstoles, nos hablan del mundo sobrenatural que está más allá de esta vida, que es perfectamente perceptible después de la muerte.
La prédica nos habla del mundo de luz, de amor y de paz, que es el Reino de los cielos, y para poder llegar a este Reino, es que tenemos convertir el corazón, porque de lo contrario, con un corazón no convertido, con un corazón vuelto hacia las creaturas, vacío del amor de Dios, incapaz de perdonar y de pedir perdón, jamás podremos entrar.
La expulsión de los demonios, nos habla por el contrario del tenebroso reino del infierno, el lugar creado por Dios para los ángeles apóstatas, para aquellos que voluntariamente se decidieron contra Dios, y al que irán indefectiblemente aquellos que no quieran cambiar su corazón, que no acepten a Jesucristo como el Salvador, a quienes rechacen la Cruz y la gracia de Dios. Los demonios no son seres de fantasía, sino seres reales, espirituales, ángeles que conservan todo el poderío de su naturaleza angélica, pero que han perdido la gracia de Dios para siempre, y con la gracia, han perdido el amor divino, y por lo tanto sólo albergan odio contra Dios y contra la imagen de Dios, el hombre. Los demonios son miles de millones, y se encuentran por todas partes, rodeando al hombre y entorpeciéndolo, tomando posesión de sus cuerpos y envenenando sus almas, buscando hacerlos caer en la desesperación, para arrastrarlos al infierno, como inútil venganza contra Dios por haberlos expulsado del cielo. Quien niega la existencia del demonio y su capacidad de odio y de mal, en algún momento se encontrará cara a cara con él y creerá, aunque para ese entonces ya será muy tarde.
Predicar y expulsar demonios son acciones de los Apóstoles que, de parte de Jesucristo, vienen a hablarnos de la vida sobrenatural, del cielo y del infierno, para sacarnos de nuestro letargo espiritual y llevarnos a la conversión, que es el inicio de la santidad.
También la Iglesia predica y expulsa demonios, y con eso nos habla del Reino de los cielos y del reino de las tinieblas. Pero hace todavía más que eso: trae a este mundo, por la Santa Misa, por la consagración eucarística, al Rey de los cielos, Jesucristo, al tiempo que aleja de los hombres, al enceguecerlo con la luz de la Eucaristía, al Príncipe de las tinieblas.
Por lo tanto, así como escuchar la prédica  de los Apóstoles, y asistir a sus exorcismos, no podía nunca dejar indiferentes a quienes eran testigos, puesto que era un llamado a la conversión, así también asistir a Misa, el sacrificio santo del altar por el que la Iglesia trae a nuestro mundo y a nuestro tiempo al Rey de los cielos, Jesús en la Eucaristía, al tiempo que aleja al demonio de la vida de los hombres, que no puede soportar el resplandor de la Eucaristía, así también asistir a Misa –aún si asistiera a una sola Misa en su vida- no puede ser un acto intrascendente en la vida del cristiano, sino que debe despertarlo de su sopor espiritual e iniciar en él el camino de la conversión, que lo conduce a la feliz eternidad.