sábado, 31 de agosto de 2013

“El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”.


(Domingo XXII - TO - Ciclo C – 2013)
         “El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. Con la parábola de un invitado a una fiesta que inoportunamente se sienta en el lugar del dueño de casa, siendo desalojado de este lugar cuando el dueño llega a la fiesta, Jesús nos quiere hacer ver la peligrosidad de la soberbia para la vida espiritual: “El que se ensalza, será humillado”, nos dice Jesús, como este invitado inoportuno. Con el ejemplo contrario, el del invitado que sabe que el lugar central en el banquete corresponde al dueño de casa y no a él y, por lo tanto, se sienta en un lugar alejado y así es llamado por el dueño de casa a ocupar un lugar cercano a él, Jesús nos quiere hacer ver la importancia fundamental de la humildad para la vida espiritual: “El que se humilla, será ensalzado”.
         Jesús nos llama, por lo tanto, a evitar la soberbia, ese pecado capital que nos hace desear ser estimados, aplaudidos, considerados, y que nos provoca una gran tristeza en el alma cuando alguien nos hace ver nuestros defectos o nuestras limitaciones, cuando alguien nos corrige, o cuando no nos tienen en cuenta. La soberbia es la raíz de todos los males del alma, porque le impide vivir en paz consigo misma y con los demás, desde el momento en que no permite perdonar ni pedir perdón, y esta es la razón por la cual constituye la ruina para la vida espiritual. La soberbia provoca temor a las situaciones de humillación, desprecio, reprensión, calumnias, olvidos, injurias, y entristece al alma con la sola posibilidad de ser juzgada con malicia, y hace que el alma se esfuerce por evitar, por todos los medios posibles, la humillación.
La humildad, por el contrario, no tiene temor a todas estas cosas, y si suceden, hace que el alma las acepte con paciencia y resignación, lo cual le proporciona paz y es causa de crecimiento interior.
El alma humilde no solo no se entristece porque otros sean más amados que ella, sino que desea fervientemente que los demás sean más estimados que ella; desea que los demás sean más estimados, que los otros sean preferidos a ella en los puestos o cargos que ella desearía, etc. Es decir, el alma humilde desea –y si no lo desea, pide la gracia de desearlo- que los demás sean preferidos a ella y que sean más santos que ella, con tal de que ella sea lo más santa que pueda.
“El que se ensalza será humillado; el que se humilla será ensalzado”, nos dice Jesús, advirtiéndonos del peligro de la soberbia y del beneficio espiritual que significa la humildad.
Ahora bien, la enseñanza final de la parábola va más allá del simple hecho de evitar el pecado y de simplemente vivir la virtud, porque tanto el pecado de la soberbia, como la virtud de la humildad, nos remiten y comunican, por participación, a las realidades sobrenaturales de la vida eterna: la soberbia hace partícipe al alma del pecado del ángel caído, quien precisamente fue el autor y creador de la soberbia en su negro y pervertido corazón angélico, mientras que la humildad nos hace participar de la humildad y mansedumbre del Sagrado Corazón de Jesús, el Cordero manso y humilde que, aceptando voluntariamente la humillación de la Pasión y Muerte en Cruz, nos abrió las puertas del cielo y la felicidad eterna, la contemplación cara a cara de las Tres Personas de la Santísima Trinidad.

Ser partícipes del Amor del Sagrado Corazón de Jesús: esta es la razón última por la cual debemos evitar, al precio de la vida, el pecado de soberbia, y cultivar, con el mayor sacrificio, la virtud de la humildad.

domingo, 25 de agosto de 2013

"¡Ay de vosotros, cristianos tibios, que apreciáis más el mundo que el Santísimo Sacramento del altar!"


“¡Ay de vosotros, fariseos, que apreciáis más el oro que el altar!” (Mt 23, 13-22). Jesús reprocha a los fariseos el hecho de que para estos tenga más valor el oro que el altar, “que hace sagrado el oro”. Los fariseos han invertido los valores religiosos, y así lo material ha quedado por encima de lo espiritual; la creatura por encima del Creador; el oro por encima del altar. Si bien esta inversión de valores es grave, es solo una consecuencia de un hecho aún más grave, y es el haber desalojado del corazón a Dios, para suplantarlo y colocar en su lugar un ídolo mudo, el oro, el cual, en la perspectiva de Jesús, tiene valor –es sagrado- sólo en tanto y en cuanto es ofrendado en el altar, pero fuera de esta condición, no tiene valor en sí mismo, porque de nada sirve para el Reino de los cielos.
El Pueblo Elegido ya había cometido este pecado antes, cuando construyó el becerro de oro, un ídolo, despreciando los Mandamientos de la Ley de Dios que les traía Moisés.
Esto se repetirá luego en el juicio inicuo sufrido por Jesús en la Pasión, cuando la multitud prefiera a Barrabás, un delincuente y homicida, a Jesús, el Cordero de Dios.
Pero no son los fariseos los únicos en invertir los valores como consecuencia de expulsar primero a Dios del corazón: la inmensa mayoría de los cristianos de hoy cometen el mismo pecado, desde el momento en que abandonan de modo masivo la Iglesia y sus sacramentos, principalmente la Santa Misa, para inclinarse a ídolos de pies de barro, como el fútbol, la música, la política, el dinero, el placer, el poder.

Frente a esta apostasía reinante en la Iglesia, apostasía por la cual los cristianos dan más valor al mundo que a Dios que se ofrece a sí mismo en la Eucaristía, las palabras de Jesús podrían quedar así: “¡Ay de vosotros, cristianos tibios, hipócritas, guías ciegos, insensatos, que dáis más valor al mundo y a sus espejismos, que al Santísimo Sacramento del altar!”.

sábado, 24 de agosto de 2013

"Traten de entrar por la puerta estrecha"


(Domingo XXI - TO - Ciclo C - 2013)
"Traten de entrar por la puerta estrecha". Ante la pregunta de un doctor de la Ley, acerca de si es verdad que "los que se salvan son pocos", Jesús no le responde directamente, sino con una parábola que va mucho más allá de lo que quiere saber el doctor de la ley. La parábola describe la siguiente situación: una casa, en la que se celebra un banquete, y por lo tanto hay luz, alegría y un ambiente de pacífica fiesta; un dueño de casa, que en un momento determinado "se levanta y cierra la puerta", impidiendo así la entrada, de modo definitivo, de "muchos" que no entrarán nunca a su casa; en contraposición al ambiente de paz y de alegría que reina en la casa, "afuera" de la misma, se vive un clima horrendo: hay "llanto y rechinar de dientes"para los que quedan afuera, lo cual da indicio de que son agredidos por una fuerza maligna -tal vez bestias salvajes- que les provocan terribles heridas, al punto de provocar, precisamente, el llanto y el rechinar de dientes, a causa del dolor; el grupo de personas que queda fuera de la casa, en las tinieblas, es un grupo especial: conocen al dueño de casa -"Hemos comido y bebido contigo" y "Has predicado en nuestras plazas"- y lo llaman "Señor", pidiéndole que les permita pasar, pero el dueño sorpresivamente les dice que "no los conoce"; el otro elemento presente en la parábola es la misteriosa puerta de entrada a la casa: es el único lugar por el cual se accede a la casa, a la par de que es muy estrecha, lo cual hace difícil su franqueo; al parecer, el dueño de casa está esperando una señal para "levantarse y cerrar la puerta"; por último, Jesús dice, con respecto a esta casa y su ingreso, que "los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos".
¿Por qué Jesús responde con esta parábola y qué quieren decir sus elementos? 
Porque con la parábola Jesús responde a algo más profundo que simplemente saber si salvan muchos o pocos, sino que abarca el tema de cómo salvar el alma.
La parábola se refiere a dos cosas distintas: al día de la muerte de cada persona en particular -día en el que el alma recibe el juicio particular-, como así también el día del Juicio Final.
Interpretando a la parábola en el segundo sentido, podemos tratar de dilucidar qué realidades sobrenaturales representan sus distintos elementos: la casa es la Casa del Padre, es decir, el Reino de los cielos; en la misma hay un ambiente de paz, de felicidad y de fiesta, porque en el Cielo está Dios, que es la fuente de la alegría, del amor y de la paz, y la fiesta es una fiesta de bodas, organizada por el Padre para su Hijo Dios, que se ha desposado en nupcias místicas con la humanidad, en la Encarnación; el dueño de casa que "se levanta y cierra la puerta", es el Último Día de la humanidad, el Día del Juicio Final -el Día de la ira de Dios-, en el que finalizará el tiempo humano, para dar lugar a la eternidad, la cual será de alegría para unos, y de dolor para otros; el lugar "fuera de la casa", en donde hay "llanto y rechinar de dientes", es el infierno, en donde los condenados quedarán librados, sin protección divina de ninguna clase, a la malicia, odio y perversidad de los demonios, los cuales provocarán heridas y dolores lacerantes a los condenados, en un clima de oscuridad, terror y pánico, que no finalizará nunca; los condenados, los que quedan fuera de la casa, son los malos cristianos: son cristianos, porque conocen al dueño de la casa, ya que asistían a Misa -"Hemos comido y bebido contigo"- y escuchaban la Palabra de Dios -"Has predicado en nuestras plazas"-, pero son malos, en el sentido de que a pesar de asistir a Misa y comulgar y escuchar la Palabra de Dios, no han obrado el bien y, por el contrario, han obrado el mal, lo cual ha provocado el cansancio y hastío del dueño de casa, que harto de la impenitencia de estos malos cristianos, ha decidido cerrarles la puerta de entrada para siempre; el dueño de casa, Dios Padre, no los conoce, porque están en pecado mortal, es decir, no están en estado de gracia y por lo tanto no poseen la imagen de su Hijo Jesús en ellos, lo cual hace que los desconozca; la puerta de entrada, el único lugar por el que se puede acceder a la casa, es la Cruz de Jesús: el único camino de salvación es Jesús crucificado, y esto hace que aquel que rechaza y desprecia la Cruz, vea negado para siempre su ingreso en el Reino de los cielos; finalmente, los "últimos" que son "primeros", son los buenos cristianos que, para el mundo, son últimos -el mundo rechaza e ignora a Cristo y por lo tanto también a aquellos que buscan imitarlo-, mientras que los "primeros" que son "últimos", son los cristianos malos, mundanos, que no viven en estado de gracia a causa de su mundanidad y, por lo tanto, son desconocidos por Dios, quien no les permite la entrada en el Reino de los cielos, convirtiéndose así en últimos.
"Traten de entrar por la puerta estrecha". El Evangelio de hoy nos advierte acerca de la necesidad imperiosa de tomar la Cruz de cada día y seguir a Jesús por el Camino Real del Calvario, para así poder entrar al Reino de los cielos. La "puerta estrecha" es la Cruz de Jesús, y solo a través de ella puede el alma salvar su alma y entrar en la Casa del Padre para participar, por toda la eternidad, de la fiesta de bodas de su Hijo Jesús con la humanidad.

lunes, 19 de agosto de 2013

“Vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme”


“Vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme” (Mt 19, 16-22). Ante la pregunta de un joven acerca de qué es lo que hay que hacer para ganar la vida eterna, Jesús le dice que, además de cumplir los mandamientos de Dios, debe “vender todo lo que tiene, darlo a los pobres” y “seguirlo”. Una vez obtenida la contestación, el Evangelio dice que el joven “se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes”. Este pasaje puede interpretarse en dos sentidos: en el sentido del llamado a la vida religiosa –sacerdocio, vida consagrada-, o en un sentido más lato. En el primer sentido, Jesús pide, a aquellos a quienes Él elige para que abracen la vida religiosa, que literalmente lo dejen todo y lo sigan por el camino de la Cruz. La vida religiosa y el estado de vida consagrada, son un anticipo del cielo, en cuanto que se realizan, de modo anticipado, lo que será la vida en el Reino de Dios Padre: allí los hombres vivirán en una fiesta eterna, sin fin, celebrando el desposorio del Hijo de Dios con la humanidad, y es este desposorio, precisamente, lo que fundamento y da su sentido más profundo a la vida religiosa y a la castidad que es esencial observar en la vida religiosa; en el cielo, no habrá necesidad alguna de bienes materiales, y este es el motivo de la pobreza en la que deben vivir quienes entran en la vida religiosa; en el cielo, los bienaventurados contemplarán a Dios cara a cara, y serán como los ángeles, en el sentido de que, extasiados por la contemplación y participación en el Amor divino, amarán la Divina Voluntad por encima de todas las cosas, y esto es lo que está significado en la obediencia religiosa, mediante la cual el religioso ve, en su superior, la amorosa Voluntad Divina sobre él.
En el otro sentido en el cual pueden interpretarse las palabras de Jesús, más lato, es en el referido a la vida cotidiana: a todos, religiosos o no, quiere Jesús en la vida eterna, y para ganar la vida eterna, hay que desapegarse de los bienes materiales –“vende todo lo que tienes”-, y usar de ellos para obrar las obras de misericordia para con los más necesitados –“dalo a los pobres”-, aunque el “vender todo lo que se tiene” puede interpretarse también como el despojarse del hombre viejo y sus pasiones desordenadas, para dar “al pobre”, es decir, al prójimo, la riqueza de la gracia del hombre nuevo.

Ahora bien, tanto en uno como en otro sentido, sea que Jesús pida literalmente el despojo de los bienes materiales, como en el caso de la vida consagrada, o que pida solamente el desapego de ellos para compartirlos, como en el caso de la vida laical, o que se refiera al despojo del hombre viejo y sus pasiones, en todos los casos, hay algo que es imprescindible hacer para ganar el Reino de los cielos, y es el seguirlo, por el Camino de la Cruz. Sólo así podrá el alma vivir la alegría en esta vida -el joven del Evangelio "se retira triste" porque no es capaz de hacerlo- y, sobre todo, vivir en la alegría que no tiene fin, porque así será capaz de ganar “el tesoro” de valor inestimable, la vida eterna.   

viernes, 16 de agosto de 2013

“No he venido a traer la paz, sino la división”


(Domingo XX - TO - Ciclo C - 2013)
         “No he venido a traer la paz, sino la división” (Lc 12, 49-53). Sorprende esta frase de Jesús, puesto que muchos asocian al cristianismo con un movimiento pacifista, que busca instaurar la paz fraterna entre todas las razas del mundo. Pero las palabras de Jesús deben ser interpretadas según lo que Él dice anteriormente: “He venido a traer fuego sobre la tierra, y cómo quisiera ya verlo ardiendo”, porque el “fuego” que este fuego no es otra cosa que el Fuego del Amor divino, el Espíritu Santo, que enciende a los corazones en Amor de Dios. Y si Jesús ha venido a traerlo, y quiere verlo ardiendo, es porque en este mundo no hay de este fuego y por lo tanto los corazones no arden en el Amor de Dios. Ahora bien, al no haber Amor de Dios en los corazones, al no estar encendidos en su Amor, como consecuencia de la caída de la humanidad a causa del pecado original, los corazones están fríos y entenebrecidos, oscuros, porque carecen del fuego, que da luz y calor al mismo tiempo. Es por esto que en las Escrituras: “Nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar el mundo que yace en tinieblas y en sombras de muerte”. Y esta oscuridad y frialdad del corazón, que es ausencia del Fuego del Amor divino, de su luz y de su calor, es enemistad de los hombres contra Dios y amistad con el demonio, puesto que es en su corazón angélico de donde se origina este abismo de iniquidad y perversión, porque fue allí en donde por primera vez el Amor de Dios se ausentó, para dar paso al odio angélico.
         Al traer el Fuego del Amor divino, el Espíritu Santo, Jesús viene a romper con esta enemistad de los hombres contra Dios, convirtiendo al hombre de enemigo en amigo de Dios. Pero al tiempo que convierte al hombre de enemigo en amigo de Dios, invierte también la relación que el hombre tenía con el demonio, que era de amistad –por eso es que el hombre sin Dios cumple los mandamientos de Satanás, porque es su “amigo”-, convirtiéndolo en enemigo del demonio. Este es el motivo por el cual los hijos de Dios, que son los hijos de la Virgen, están enemistados con la Antigua Serpiente, según le dice Dios a la Virgen en el Génesis: “Pondré enemistad entre ti y la serpiente, entre tu descendencia y la suya”. De esta manera el hombre, encendido en el fuego del Amor de Dios, se convierte en amigo de Dios y en enemigo de Satanás; deja de cumplir los mandamientos del Demonio, para comenzar a cumplir los Mandamientos de Dios, y aquí está la ausencia de paz y la división que viene a traer Jesús: si los hombres, enemigos de Dios y aliados del Demonio vivían en la falsa paz del Demonio, cumpliendo sus mandamientos, ahora, aquellos hombres que por la acción del Espíritu Santo traído por Jesús -efundido con su Sangre desde su Corazón traspasado en la Cruz-, se convierten en amigos de Dios, son sin embargo, al mismo tiempo, enemigos de los hombres que continúan obrando las obras de las tinieblas.
         La división que pone Jesús entre los hombres, entre los miembros de una misma familia, y la ausencia de paz que esto conlleva, es la división y ausencia de paz que existe entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas; entre los que cumplen los Mandamientos de Dios, y los que cumplen los mandamientos de Satanás; entre los hijos de la Mujer del Génesis, la Virgen María, que aplastará la cabeza de la Serpiente Antigua al fin de los tiempos, y los hijos de las tinieblas, los hombres asociados en el mal al Ángel caído, los hombres que, por
de Dios y su Iglesia, entonces es mala señal; es señal de que ese cristiano se ha aliado a sus enemigos y se ha vuelto enemigo de Dios. Y si los tiene por propia voluntad, están destinados a la eterna perdición.

         “No he venido a traer la paz, sino la división”. Si el cristiano no tiene por enemigos a los enemigos enemigos, es buena señal; es señal de que, al igual que Jesús, que dio la vida por quienes le quitaban la vida, él también está llamado a “amar a sus enemigos”, dando por ellos su vida en la Cruz, la Cruz de Jesús. 

martes, 13 de agosto de 2013

“El que no se haga como niño no entrará en el Reino de los Cielos”


“El que no se haga como niño no entrará en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 1-14). Jesús quiere que “seamos como niños” para así poder entrar en el Reino de los cielos. No entrará en el Reino de los cielos quien ostente la inteligencia y la fortaleza que caracterizan a la edad adulta, sino aquel que sea inocente, porque la inocencia, es decir, la ausencia de maldad y la bondad de corazón, que son las cualidades que caracterizan a la niñez. Pero, ¿se trata de la niñez que conocemos? Sí y no. Sí, porque el niño es inocente; no, porque el niño tiene la mancha del pecado original y la concupiscencia.
Es decir, Jesús quiere que seamos como niños, en cuanto a la inocencia –ausencia de malicia y bondad de corazón-, y por esto nos sirve considerar cómo es la inocencia en un niño, pero, al mismo tiempo, hasta lo más inocente del hombre, como es la niñez, está manchado con el pecado original, lo cual hace que esta inocencia de la niñez humana no sea perfecta y, además, vaya desapareciendo –en la mayoría de los casos- de forma paralela al crecimiento, al paso de la edad. De esta manera, la inocencia humana no es el espejo en el que debemos reflejarnos, si queremos ser como niños, tal como lo pide Jesús.
         Cuando Jesús que seamos como niños -“El que no se haga como niño no entrará en el Reino”-, nos está diciendo que debemos adquirir, ante todo, otro grado de inocencia, no solo no manchada con el pecado original, sino que es a la vez la fuente de toda inocencia. Se trata ante todo de otra niñez: la de la vida espiritual dada por la gracia santificante, la cual proporciona otra inocencia, diversa a la humana, y no contaminada por el pecado original, como esta, y es la inocencia del Ser divino trinitario, que es la misma inocencia de las Tres Divinas Personas, que es la misma inocencia de Jesús, el Cordero Inocente, que es la misma inocencia de María Santísima, Madre de Dios, y que es la misma inocencia que poseen, por participación, los ángeles y los santos en el cielo.

         “El que no se haga como niño no entrará en el Reino”. Podríamos parafrasear a Nuestro Señor y decir: “El que no posea la inocencia de la gracia santificante, no entrará en el Reino de los cielos”.

lunes, 12 de agosto de 2013

“Quedaron apenados cuando les anunció que lo matarían y resucitaría”


“Quedaron apenados cuando les anunció que lo matarían y resucitaría” (Mt 17, 22-27). El estado anímico de los discípulos –“quedaron apenados”, dice el Evangelio-, ante el anuncio de Jesús de su misterio pascual –lo matarían pero luego habría de resucitar-, demuestra una ausencia de comprensión del misterio pascual del Hombre-Dios; demuestra que los discípulos están aferrados a este mundo efímero y a sus seguridades; demuestra que están apegados a esta vida terrena, que es perecedera y se acaba pronto, tal como lo dice el Salmo: “Nuestra vida, Señor, pasa como un soplo” (cfr. Salmo 143); la tristeza de los discípulos ante las palabras de Jesús demuestra que no solo están apegados a esta vida y a sus espejismos, sino que no conocen las hermosuras inconcebibles de la vida eterna; los discípulos se entristecen porque no entienden el alcance de las palabras de Jesús, no entienden qué significa “resucitar”; no entienden que con su muerte en Cruz y con su Resurrección, Jesús no solo derrotará definitivamente a los tres enemigos mortales de todo hombre, el demonio, el mundo y el pecado, sino que les abrirá las puertas de los cielos, les abrirá un horizonte impensado, inimaginable, la vida de la gracia en esta vida y la vida de la gloria divina en la vida futura; no entienden que por la Resurrección, será cancelado el destino de muerte de la humanidad, destino al que se dirigía irremediablemente desde el pecado original de Adán y Eva, pero que ahora ha sido cancelado para siempre por Jesús, concediendo al mismo tiempo un nuevo destino, un destino de vida y de vida eterna, la vida misma de la Trinidad. Los discípulos se entristecen porque no entienden que Jesús morirá, sí, y morirá de muerte cruenta, la muerte de Cruz, pero resucitará lleno de vida, de luz y de gloria divina, y en su Resurrección triunfal conducirá a toda la humanidad al cielo, al Reino de su Padre, dejando atrás definitivamente este mundo, que vive “en sombras de muerte”, y esta vida terrena, que por terrena es efímera y pasajera. Pero sobre todo, los discípulos no entienden que su muerte en Cruz y Resurrección, misterio pascual por el cual ingresa en el tiempo humano la eternidad divina y se concede a los hombres la vida misma de Dios Uno y Trino, se hará presente “todos los días, hasta el fin del mundo”, por medio de la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, su Presencia divina y gloriosa, consuelo celestial para quienes atraviesan este “valle de lágrimas” en su peregrinar hacia la vida eterna.

“Quedaron apenados cuando les anunció que lo matarían y resucitaría”. Las tribulaciones de la vida, participaciones a la Pasión y Cruz de Nuestro Salvador Jesucristo, no deben apenarnos ni entristecernos, porque la fuente de nuestra alegría es Cristo, muerto y resucitado, que desde la Eucaristía nos dice: “No te apenes, Yo he vencido al mundo; esta vida y sus pruebas pasan pronto, y luego llega la alegría de la vida eterna. No te apenes en la prueba, Mi Presencia en el sagrario es un anticipo del gozo que experimentarás en el cielo: ¡Alégrate!”.