lunes, 11 de noviembre de 2013

“Cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: ‘Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber’”


“Cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: ‘Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber’”. (Lc 17, 7-10). Para que no nos equivoquemos en nuestra relación con Dios, exigiendo recompensas indebidas por hacer el bien, Jesús nos narra la parábola de un servidor que no debe esperar recompensas de su amo por el mero hecho de cumplir su deber. Muchos cristianos pretenden doblegar a Dios con algunas oraciones y unas pocas buenas obras, como si Dios estuviera obligado a retribuirles por lo que hicieron, cuando en realidad somos nosotros quienes debemos agradecerle con todo nuestro ser el habernos creado y el habernos adoptado como hijos. Y la forma de agradecer es mediante el cumplimiento de sus Mandamientos y mediante el obrar las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales.
Esta errónea pretensión, por parte de los cristianos, de recibir “remuneración” de parte de Dios por el simple hecho de cumplir lo que Dios pide en su Ley, se debe a que, en gran medida, se tiene una idea equívoca de la relación entre Dios y el cristiano: se piensa que es un “tomar y dar”: yo te doy algo –el cristiano ora o hace alguna obra buena- y tú me tienes que dar algo en retribución –Dios tiene la “obligación” de responder a lo que se le pide.
Como decimos, esto sucede cuando se piensa que la relación entre Dios y el cristiano es de esta naturaleza, pero no es así: puede ser la relación entre un empleador y su empleado, entre un dueño de una empresa y su obrero, pero no la que debe darse entre Dios y el hombre adoptado por él como su hijo. La relación con Dios va mucho más allá de un simple dar y recibir: es, por parte del hombre, el participar del misterio de la Cruz y del sacrificio de Jesús, Cruz y sacrificio por medio de los cuales Dios Trino redime a la humanidad, perdona los pecados de todos los hombres, derrota al demonio, el mundo y la muerte, los tres grandes enemigos de la humanidad, y concede a los hombres la gracia de la filiación divina, por medio de la cual los adopta como hijos suyos y los hace herederos del Reino de los cielos. A su vez, la participación en este misterio de redención, es un don de Amor por parte de Dios, quien por Amor y solo por Amor, quiere hacer partícipes a los hombres del sacrificio redentor de la humanidad, el sacrificio de Cristo en la Cruz. Y puesto que la forma de agradecer este don de Amor que es la participación a la Cruz de Jesús, es por medio del amor, demostrado de modo concreto y no con meras palabras, en el cumplimiento diario de los Diez Mandamientos y en el obrar las obras de misericordia, no se ve porqué el cristiano que obre de esta manera, tenga que exigir “recompensa” o “retribución”, por hacer lo que debe hacer: amar a Dios en acción de gracias por haberlo elegido para participar del sacrificio que salva a la humanidad.

Como vemos, Jesús tiene razón en advertirnos que no debemos “exigir” a Dios nada, mucho menos cuando nuestro deber es un deber de amor, porque se trata de responder con amor al Amor Eterno de Dios, que nos ha elegido para salvar al mundo uniéndonos a la Cruz de Jesús. 

sábado, 9 de noviembre de 2013

“Dios es un Dios de vivientes y no de muertos”



(Domingo XXXII - TO - Ciclo C – 2013)
         “Dios es un Dios de vivientes y no de muertos” (Lc 20, 27-38). Frente a los saduceos Jesús revela la doctrina de la resurrección, según la cual, los cuerpos habrán de resucitar, aunque unos para la gloria y otros para la condenación. Es conveniente tener en cuenta esta verdad de fe, tanto más cuanto que, en nuestros días y gracias a la difusión de errores de todo tipo –propagados sobre todo por la secta de la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario-, se sostienen doctrinas pertenecientes a religiones orientales que nada tienen que ver con la fe católica relativa a lo que sucede luego de la muerte. Estas doctrinas erróneas, asumidas acrítica e irresponsablemente por amplios sectores del catolicismo incluyen, por ejemplo, la creencia en la reencarnación, o en la disolución del yo en la nada, o en el paso “automático” e inmediato, después de esta vida, a un estado de felicidad plena, sin importar si el alma está en estado de gracia o de pecado mortal en el momento de morir. La desviación en la verdadera fe en la resurrección de los cuerpos es lo que explica que se esté instalando una costumbre pagana entre muchos católicos, como la cremación del cuerpo y posterior dispersión de las cenizas, en vez de sepultarlo: la sepultura tiene el sentido de afirmar precisamente la fe en la resurrección del cuerpo, que será resucitado por el poder divino en el Último Día; cuando no se cree en la resurrección, no tiene sentido la sepultura, y por eso se decide por la costumbre pagana de la cremación.
         Es doctrina de la Iglesia Católica que, inmediatamente después de la muerte, el alma se presenta ante Dios quien, como Justo Juez, examina sus obras a la luz de la Cruz de Jesús y, de acuerdo a esto, dictamina el destino eterno del alma: o Cielo o Infierno. No existe otro destino posible: o la eterna salvación, o la eterna condenación, y en ambos casos, es la persona toda, es decir, el alma unida al cuerpo, quien se salva o se condena.
         Es en esto en lo que consiste la resurrección de los cuerpos: luego de esta vida, el alma se une a su cuerpo, del cual se había separado en el momento de la muerte, y si está en gracia, le comunica de esta gracia al cuerpo, el cual se ve transformado por efecto de la gloria divina –de ninguna manera por la existencia de “fuerzas” subyacentes a la naturaleza humana, que no existen-, adquiriendo las mismas propiedades del Cuerpo resucitado de Jesús, de cuya gloria es hecho partícipe por la Misericordia Divina: sutil –puede atravesar la materia-, luminoso –resplandece con la luz de la gloria comunicada por el alma, que es la gloria de Jesucristo, la cual le comunica, además de la luz, una hermosura imposible siquiera de describir-, impasible –ya no sufre más ni la enfermedad, ni el dolor ni la muerte, consecuencias del pecado original- y finalmente la agilidad –propiedad del cuerpo resucitado de obedecer prontamente al espíritu en forma instantánea, con suma facilidad y rapidez, en contraste con la pesadez de los cuerpos terrestres, sometidos a la gravedad de la tierra-. A todo esto se le suma, en el que ha resucitado para el cielo, la alegría y el amor que se siguen de la contemplación en éxtasis beatífico de la Santísima Trinidad, y es en esto en lo que consiste el “cielo”, en esta contemplación extasiada en el amor y la alegría de la Tres Divinas Personas.
         Es necesario tener presente que la felicidad eterna de la que gozan los cuerpos resucitados, no es “automática”, porque no hay un pasaje “inmediato” al cielo, sino la presentación del alma ante Dios Trino para recibir su Juicio Particular y luego su destino eterno. En nuestros días, se ha extendido la errónea idea de que el pasaje a la otra vida se da sin esta instancia de comparecer ante el Creador, que en ese momento será Justo Juez y no Dios Misericordioso, y por eso es necesario recordar que el destino eterno dependerá de nuestras obras: si son buenas y meritorias para el cielo, es decir, hechas en gracia, nos granjearán la entrada al Reino de los cielos; si son malas y no meritorias, nos granjearán la entrada al Reino de las tinieblas, el Infierno.
         Es conveniente entonces recordar lo que los Doctores de la Iglesia, como Santo Tomás de Aquino, nos dicen acerca de la realidad de la resurrección de los cuerpos, porque unos resucitarán para la vida eterna –serán los cuerpos transformados por la gloria divina-, mientras que otros resucitarán para la muerte eterna, y así como los cuerpos gloriosos deben su luz y su gloria a la gracia de Cristo que, proviniendo de Cristo, llena al alma de gloria y esta luego se derrama sobre el cuerpo, así también los cuerpos que resuciten para la eterna condenación, recibirán aquello de lo que está colmada el alma, el pecado, pecado que le comunicará al cuerpo toda la fealdad, la negrura yla maldad del pecado, y es esto lo que hará que los cuerpos de los condenados estén sujetos al eterno dolor y estén, más que envueltos en tinieblas, como “impregnados” por una tiniebla que, brotando de la misma alma, se le adhiere de modo irreversible.
         Esto quiere decir que si la realidad de la resurrección de los cuerpos en la gloria constituirá un motivo más de alegría eterna para los bienaventurados, no es menos cierto que la resurrección de los cuerpos para la condenación, esto es, para la privación de la gloria, será un motivo más de tortura para los condenados. Esta es doctrina de fe de la Iglesia y así expresa esta verdad Santo Tomás de Aquino (con relación a los cuerpos que resuciten para la eterna condenación): “Así como en los santos la bienaventuranza del alma se comunica en cierto modo a los cuerpos, según se dijo antes, así también los sufrimientos del alma serán extensivos a los cuerpos de los condenados, teniendo, sin embargo, presente que, así como las penas no excluyen del alma el bien de la naturaleza, tampoco le excluyen del cuerpo. Los cuerpos de los condenados permanecerán, pues, en la integridad de su naturaleza, pero no poseerán las cualidades pertenecientes a la gloria de los bienaventurados; no serán ni sutiles ni impasibles; estarán, por el contrario, adheridos de una manera más estrecha a su materialidad y pasibilidad; no tendrán agilidad, porque apenas serán susceptibles de ser movidos por el alma; no tendrán claridad, sino oscuridad, a fin de que la oscuridad del alma se refleje en los cuerpos, según estas palabras de Isaías: ‘Semblantes quemados los rostros de ellos’”[1].
“Dios es un Dios de vivientes y no de muertos”. Jesús resucitó con su propio poder divino para comunicarnos su gracia en esta vida y su gloria divina en la otra, venciendo a la muerte el Domingo de Resurrección. No hagamos vano su deseo de llevarnos al cielo y para eso, vivamos en gracia, obremos el bien y conservemos la fe hasta el final, y así resucitaremos en el Día Final, Día en el que con nuestra alma y nuestro cuerpo glorificados, adoraremos al Cordero por los siglos infinitos.



[1] Compendio de Teología, Capítulo CLXXVI. Hablando de los cuerpos de los condenados, continúa Santo Tomás de Aquino (transcribimos literalmente a Santo Tomás, dada la importancia del tema): “El castigo eterno producirá en los cuerpos cuatro taras contrarias a las dotes de los cuerpos gloriosos. Serán oscuros: Sus rostros, caras chamuscadas. Pasibles, si bien nunca llegarán a descomponerse, puesto que constantemente arderán en el fuego pero jamás se consumirán: Su gusano no morirá, y su fuego no se extinguirá. Pesados y torpes, porque el alma estará allí como encadenada: Para aprisionar con grillos a sus reyes. Finalmente, serán en cierto modo carnales, tanto en alma como el cuerpo: Se corrompieron los asnos en su propio estiércol. La pena del llanto. Debe decirse que en el llanto corporal se hallan dos cosas. Una es la resolución de las lágrimas. Y en cuanto a esto el llanto corporal no puede existir en los condenados. Porque después del día del juicio, descansando el movimiento del primer móvil, no habrá ninguna generación, o corrupción, o alteración del cuerpo. Y en la resolución de las lágrimas es preciso que haya generación de aquel humor que destila por medio de las lágrimas. Por lo cual en cuanto a esto no podrá haber llanto corporal en los condenados. Lo otro que se halla en el llanto corporal es cierta conmoción y perturbación de la cabeza y de los ojos. Y en cuanto a esto podrá haber en los condenados, llanto después de la resurrección. Porque los cuerpos de los condenados no sólo serán afligidos en lo exterior, sino por lo interior, según que el cuerpo se cambia para el padecimiento del alma en bien, o en mal, Y en cuanto a esto el llanto de la carne indica la resurrección, y corresponde a la delectación de la culpa, que hubo tanto en el alma como en el cuerpo. La pena del fuego. Del fuego con que serán atormentados los cuerpos de los condenados después de la resurrección es preciso decir que es corpóreo porque al cuerpo no puede adaptarse convenientemente la pena, sino es corpórea. Por lo cual San Gregorio, prueba que el fuego del infierno es corpóreo por lo mismo que los réprobos después de la resurrección serán arrojados en él. También San Agustín, manifiestamente confiesa que aquel fuego con que serán atormentados los cuerpos es corpóreo Y de esto versa la cuestión presente. Pero de qué manera las almas de los condenados son atormentadas por este fuego corpóreo, ya se ha dicho en otra parte. La pena que causará el conocimiento. Debe decirse que así como por la perfecta bienaventuranza de los santos no habrá en ellos nada que no sea materia de gozo, así también en los condenados no habrá nada que no sea en ellos materia y causa de tristeza; ni faltará nada de cuanto pueda pertenecer a la tristeza para que su desdicha sea consumada. Mas la consideración de algunas cosas conocidas bajo algún concepto induce al gozo o por parte de las cosas cognoscibles, en cuanto se aman, o por parte del mismo conocimiento, en cuanto es conveniente y perfecto. Puede también haber razón de tristeza ya de parte de las cosas cognoscibles, que son aptas para contristar; ya de parte del mismo conocimiento, según que se considera su imperfección; como cuando uno considera que le falta el conocimiento de alguna cosa cuyo perfecto conocimiento apetecería. Así pues en los condenados habrá actual consideración de aquellas cosas que antes supieron, coma materia de tristeza, y no como causa de delectación. Pues considerarán las cosas malas que hicieron por las que han sido condenados, y los bienes deleitables que perdieron, y por ambas cosas se atormentarán. Del mismo modo también serán atormentados porque considerarán que el conocimiento que tuvieron de las cosas especulativas era imperfecto, y que perdieron su perfección suma, que podían haber adquirido. Pena de daño. Esa pena será inmensa en primer lugar por la separación de Dios y de los buenos todos. En esto consiste la pena de daño, en la separación, y es mayor que la pena de sentido. Arrojad al siervo inútil a las tinieblas exteriores. En la vida actual los malos tienen tinieblas por dentro, las del pecado, pero en la futura las tendrán también por fuera. Será inmensa, en segundo lugar, por los remordimientos de su conciencia. Sin embargo, tal arrepentimiento y lamentaciones serán inútiles, pues provendrán no del odio de la maldad, sino del dolor del castigo. En tercer lugar, por la enormidad de la pena sensible, la del fuego del infierno, que atormentará alma y cuerpo. Es este tormento del fuego el más atroz, al decir de los santos. Se encontrarán como quien se está muriendo siempre y nunca muere ni ha de morir; por eso se le llama a esta situación muerte eterna, porque, como el moribundo se halla en el filo de la agonía, así estarán los condenados. En cuarto lugar, por no tener esperanza alguna de salvación. Si se les diera alguna esperanza de verse libres de sus tormentos, su pena se mitigaría; pero perdida aquélla por completo, su estado se torna insoportable. En el infierno se sufrirá de muchas maneras. Debe decirse que, según San Basilio, en la última purificación del mundo se hará separación en los elementos, de modo que cuanto es puro y noble permanecerá arriba, para gloria de los bienaventurados; pero cuanto es innoble y manchado será arrojado al infierno para pena de los condenados; de suerte que, así como toda creatura será para los bienaventurados materia de gozo, así también para los condenados será aumentado el tormento por todas las creaturas, conforme a aquello , peleará con él el orbe de las tierras contra los insensatos. También compete a la divina justicia que así como los que apartándose de uno por el pecado constituyeron su fin en las cosas materiales, que son muchas y varias, así también sean afligidos de muchas maneras por muchos. La pena que causará el gusano. Debe decirse que después del día del juicio en el mundo renovado no quedará animal alguno, o cuerpo alguno mixto, sino sólo el cuerpo del hombre, porque no tiene orden alguno respecto a la incorrupción, ni después de aquel tiempo se ha de verificar generación y corrupción. Por lo cual el gusano que se supone en los condenados, no debe entenderse que es corporal, sino espiritual, el cual es el remordimiento de la conciencia, que se llama gusano en cuanto nace de la podredumbre del pecado, y aflige al alma como el gusano corporal nacido podredumbre aflige punzando”.

viernes, 8 de noviembre de 2013

“Dame cuenta de tu administración”


“Dame cuenta de tu administración” (Lc 16, 1-8). Con la parábola de un administrador infiel que, ante la pérdida de su trabajo utiliza los bienes de su amo para luego recibir favores, Jesús no pretende, ni siquiera mínimamente, animarnos a lo mismo, es decir, a ser administradores infieles: por el contrario, el objetivo de la parábola es hacernos ver que también nosotros antes sus ojos somos administradores, pero no de bienes materiales, sino de invalorables bienes espirituales que nos han sido concedidos gratuitamente, comenzando por el don de la filiación divina en el Bautismo, siguiendo por el don del Espíritu Santo y sus dones en la Confirmación, y continuando por las innumerables Eucaristías en cada Santa Misa, sin contar con las Confesiones sacramentales y los cientos de miles de dones y gracias que recibimos a cada instante, aunque la mayoría de ellos pasen desapercibidos de nuestra parte y no reciban el agradecimiento merecido.
Jesús nos quiere hacer reflexionar acerca de este hecho –somos administradores y no dueños de bienes infinitamente más valiosos que los más valiosos bienes materiales, porque se trata de la gracia santificante recibida en los sacramentos- y del hecho de que, además de desagradecidos –nunca o casi nunca nos acordamos de agradecer por estos dones-, no somos buenos administradores, advirtiéndonos que los “hijos de este mundo”, que administran bienes de escaso valor, como los materiales, son “más astutos” que nosotros, que al menos en la teoría, somos “hijos de la luz”, por el solo hecho de haber sido engendrados como hijos adoptivos de Dios en el bautismo sacramental.
Es importante considerar esta parábola en lo que se refiere a nosotros –debemos vernos reflejados en el administrador, porque somos administradores de bienes celestiales-, porque se nos pedirá cuenta estricta del uso que hicimos de estos bienes. Por ejemplo, se nos pedirá cuentas sobre si, habiendo recibido el don de la filiación divina, nos comportamos verdaderamente como “hijos de la luz”, o como “hijos de las tinieblas”; se nos pedirá cuenta de cada invitación recibida para participar en el Banquete del Reino, la Santa Misa dominical, y si aceptamos las invitaciones, o las rechazamos, porque decidimos dejarla de lado por ocuparnos de asuntos mundanos; se nos pedirá cuenta de los dones del Espíritu Santo recibidos, como la conversión del cuerpo en “templo del Espíritu Santo” y si verdaderamente tratamos nuestro cuerpo como templo suyo, o si le dimos un trato indigno del Amor de Dios.

Finalmente, la pregunta que el dueño de la parábola hace al administrador; “Dame cuenta de tu administración”, nos la dirigirá Jesús a todos y cada uno de nosotros, el día de nuestra muerte, el día de nuestro Juicio Particular, y para poder rendir bien en esta cuenta, es que debemos ser astutos, no como los hijos de las tinieblas, sino como los hijos de la luz: “Sed mansos como palomas y astutos como serpientes” (Mt 10, 16).

miércoles, 6 de noviembre de 2013

“El que no carga con su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo”


“El que no carga con su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 25-33). La condición indispensable para ser discípulo de Jesús es, tal como Él mismo lo dice, “cargar la Cruz”. Solo por medio de la Cruz, llevada al hombro todos los días, es posible seguir a Jesús, es decir, es posible ser su discípulo. Sin la Cruz, es imposible ser su discípulo; sin la Cruz, es imposible seguir a Cristo porque Él va, camino del Calvario, cargando la Cruz, y quien lo quiera seguir, solo lo puede hacer cargando a su vez su propia Cruz. La Cruz de Cristo y Cristo en la Cruz es el único camino que conduce al cielo, de ahí la necesidad imperiosa de “cargarla” todos los días y seguir a Jesús, si es que alguien quiere ser su discípulo. Un discípulo de Jesús sin Cruz, es algo que no se entiende, es algo contradictorio y sin sentido. ¿Por qué es tan necesaria la Cruz? Porque por la Cruz muere el hombre viejo, es decir, el hombre dominado por las pasiones, el hombre que solo busca satisfacer su egoísmo, el hombre que quiere vivir sin Dios y para siempre en esta tierra. La Cruz, al dar muerte al hombre viejo, permite el nacimiento del Hombre Nuevo, el hombre re-generado por la gracia santificante que brota del Sagrado Corazón de Jesús, traspasado por la lanza.
Pero, ¿qué más quiere decir “Cargar la Cruz”?
“Cargar la Cruz” quiere decir negarse a uno mismo en las propias pasiones desordenadas; quiere decir negarse en la impaciencia, en el enojo, en la ira, en la pereza, en el deseo desordenado de la satisfacción de las pasiones; quiere decir contrariarse a uno mismo en las pasiones, para que muera el hombre viejo, que es el que atiza estas pasiones, para que nazca el hombre nuevo, el hijo de Dios, por la gracia santificante.
“Cargar la Cruz” quiere decir, también, no solo no odiar al enemigo, sino amarlo y no de una manera cualquiera, sino como Cristo nos enseñó, hasta la muerte de Cruz, y con el mismo Amor con el cual Cristo nos amó primero desde la Cruz.
“Cargar la Cruz” quiere decir que se deja de ver esta vida terrena como algo definitivo, para empezar a verla como lo que es, “una mala noche en una mala posada”, como decía Santa Teresa de Ávila; es elevar la mirada a Cristo crucificado y resucitado que a través de su Sagrado Corazón traspasado, nos abre las puertas del cielo y esto quiere decir vivir en esta vida pero esperando que pase pronto, para poder acceder al Reino de los cielos, la Vida eterna que Cristo nos consiguió al precio de su Sangre en la Cruz.
“Cargar la Cruz” quiere decir estar en el mundo pero sin ser de él, puesto que el discípulo de Cristo vive con el pensamiento y el deseo puesto no en las cosas del mundo, sino en la Casa del Padre, el Reino de los cielos, al cual esperamos llegar por la infinita Misericordia Divina.
“Cargar la Cruz” quiere decir anhelar el Alimento celestial, el Pan de ángeles, la Carne del Cordero, la Eucaristía, en el Banquete que el Padre prepara para sus hijos pródigos, la Santa Misa, como anticipo del Banquete eterno de los cielos.

Quien no carga la Cruz, no puede seguir a Jesús, no puede morir al hombre viejo, y no puede entrar en el Reino de los cielos. Estas son las razones por las que, quien no carga su Cruz de todos los días y sigue a Jesús camino del Calvario, no puede ser discípulo de Jesús.

“Ninguno de los que antes fueron invitados ha de probar mi cena”


“Ninguno de los que antes fueron invitados ha de probar mi cena” (Lc 14, 15-24). Jesús narra una parábola en la que un hombre rico decide organizar un banquete y, cuando ya está listo, envía a sus sirvientes para llamar a los invitados todos los cuales, sin excepción, declinan la invitación para dedicarse a sus propios asuntos, considerados como más interesantes que el banquete. El hombre, despechado, envía nuevamente a sus sirvientes a invitar a los “pobres, lisiados, ciegos y paralíticos”, luego de lo cual, y como todavía quedan lugares en la mesa, los envía a que “inviten a la gente para que entre”, hasta que “se llene su casa”. El enojo del dueño del banquete para con los primeros invitados es tal, que decide que ninguno de estos “ha de probar su cena”.
La parábola se explica teniendo en cuenta que todos sus elementos hacen referencia a realidades sobrenaturales: el hombre que organiza un banquete, es Dios Padre, que festeja las bodas de su Hijo con la humanidad, es decir, la Encarnación; el banquete, en el que se sirven manjares exquisitos, no probados jamás en banquetes de la tierra –Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo, Pan Vivo bajado del cielo, horneado en el Horno ardiente de caridad, el seno eterno del Padre, y Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Hombre-Dios-, es la Santa Misa; los sirvientes que salen a los cruces del camino a invitar al banquete, son los ángeles de Dios, que infunden santos pensamientos sobre la necesidad de asistir a Misa los domingos; los primeros invitados, los que rechazan el banquete prefiriendo sus asuntos –comprar, casarse-, son los cristianos neo-paganos que, invitados a Misa por la fe de la Iglesia, prefieren los domingos asistir a espectáculos de toda clase –deportivos, musicales, políticos, etc.-, despreciando así el banquete del Padre; el segundo y tercer grupo de invitados –ciegos, paralíticos, pobres, y luego la “gente” en general- son quienes no recibieron el don del bautismo ni de la fe y por eso desconocen qué es la Misa, pero una vez anoticiados, es decir, una vez que recibieron la gracia de la conversión, no dudan en asistir a la Santa Misa toda vez que pueden.

“Ninguno de los que antes fueron invitados ha de probar mi cena”. Debemos estar muy atentos, para no solo no escuchar la recriminación de parte de Jesús, sino para no perder oportunidad de asistir a la Santa Misa, el Banquete celestial que Dios Padre organiza para sus hijos pródigos.

“Cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte!”


“Cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte!” (Lc 14, 12-14). Jesús nos enseña en qué consiste la verdadera caridad cristiana: en dar a quienes no pueden retribuir y lo hace mediante el ejemplo de alguien que celebra un banquete e invita no a quienes pueden a su vez invitarlo, sino que invita a aquellos que no tienen modo de retribuir: pobres, lisiados, paralíticos, ciegos. Obrar de otra manera, es obrar según criterios mundanos, los cuales no son meritorios para el Reino de los cielos. El mundo actúa según otros criterios, basados en el utilitarismo, en el pragmatismo, en el hedonismo. De esta manera, las personas quedan relegadas y calificadas según lo que poseen y no según lo que son; es decir, las personas, según el mundo, se clasifican según sus bienes materiales o según su capacidad de producir bienes, sean materiales, culturales, o de cualquier otro tipo.
Esto es lo que explica que, en la actualidad, cientos de miles de personas se vean rebajadas en su dignidad y relegadas en su condición de ser humanos, por el mero hecho de portar alguna minusvalía, que las vuelve “inútiles” a los ojos del mundo. En la sociedad actual, quien no posee bienes, del tipo que sea, o quien no produce bienes, del tipo que sea, vale o menos o, mejor dicho, no vale nada, en comparación con aquellos que sí lo pueden hacer. La sociedad consumista y materialista valora a quienes pueden producir bienes que se traducirán en dinero, mientras que desprecia y relega al olvido a quienes no pueden, por distintos motivos, producir esos bienes.
Muy distinto es el criterio evangélico de Jesús, para quien la persona no vale por los bienes que posee o que puede producir, sino que vale por sí misma, por el solo hecho de ser persona. No es de extrañar que Jesús aplique estos criterios, porque Él es Dios y, en cuanto Dios, es el Creador de todos los seres humanos, incluidos aquellos que son dejados de lado por la sociedad atea, materialista y hedonista de nuestros días. Porque es el Creador de todos los hombres, Jesús sabe cuál es el valor de cada persona y sabe que vale por lo que es y no por lo que tiene, a diferencia del mundo, y por este motivo, nos anima a invitar a quienes menos valen a los ojos del mundo, porque a sus ojos, tienen muchísimo valor.

Pero Jesús nos anima a obrar la misericordia para con aquellos que nada pueden retribuir, y lo hace porque Él nos da ejemplo primero con su vida: Él nos invita primero a nosotros, que somos como ciegos, paralíticos, lisiados, pobres, y no tenemos cómo retribuir, al Banquete del Padre, la Santa Misa, banquete en el que se sirve Carne de Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo; Pan Vivo bajado del cielo, cocido las llamas del Divino Amor, y Vino de la Alianza Nueva y Eterna, su Sangre, la Sangre que brota de su Corazón traspasado. No podemos retribuir por nosotros mismos, pero sí podemos retribuir y ofrecerle, en acción de gracias por tanta misericordia, la Divina Eucaristía.

domingo, 3 de noviembre de 2013

“Zaqueo, quiero alojarme en tu casa"



(Domingo XXXI - TO - Ciclo C - 2013)
           “Zaqueo, quiero alojarme en tu casa” (Lc 19, 1-10). Jesús le manifiesta a Zaqueo que quiere “alojarse” en su casa. El pedido motiva el escándalo de muchos, puesto que Zaqueo era conocido por ser publicano, es decir, pecador público: “Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un hombre pecador”. Sin embargo, a pesar de ser un pecador público, Jesús no solo fija sus ojos en él, sino que le manifiesta su deseo de “alojarse” en su casa. Por este motivo, es conveniente detenernos en la figura de Zaqueo, para saber el motivo por el cual Jesús, haciendo caso omiso –o no- de su condición de pecador, pido alojarse en su casa. Zaqueo, que a causa de su baja estatura, estaba subido a un sicómoro, acepta gustoso el pedido y hace pasar a Jesús a su casa. Una vez allí, le convida de lo que tiene y, lo más importante, tocado por la gracia, manifiesta a Jesús que “dará de sus bienes a los pobres” y “si ha perjudicado a alguien”, le devolverá “cuatro veces más”. El fruto de la visita de Jesús a la casa de Zaqueo es la conversión del corazón, lo cual es igual a la salvación: “Hoy la salvación ha llegado a esta casa”.
         Zaqueo es pecador, pero esta condición, lejos de ser un impedimento para que Jesús fije sus ojos en él, es lo que lo atrae, porque Jesús es la Misericordia Divina encarnada; es el Amor de Dios que se compadece infinitamente del hombre pecador y es tanto su Amor y tanta su ternura, que cuantos más pecados tenga un hombre, más cerca estará de él, tal como el mismo Jesús se lo confía a Sor Faustina: “"Escribe, hija Mía, que para un alma arrepentida soy la misericordia misma. La más grande miseria de un alma no enciende Mi ira, sino que Mi Corazón siente una gran misericordia por ella”[1].
         Jesús, en cuanto Dios, mira al corazón del hombre y si hay en él pecado, busca apropiarse de él para quitarle su pecado, para lavarlo con su Sangre, para calentarlo con su Amor misericordioso, para colmarlo con su Misericordia Divina, para llenarlo de su gracia, de su luz, de su paz, de su alegría, y es esto lo que explica que Jesús dirija su mirada a Zaqueo y le pida alojarse en su casa. El pecado es un impedimento absoluto y total para entrar en el Reino de los cielos, y es por esto que Jesús desea quitarlo del corazón de Zaqueo, y es lo que hace, al concederle la gracia de la conversión.
         Pero hay otro aspecto en la figura de Zaqueo en el que debemos detenernos, porque también aquí se refleja el infinito Amor de Jesús, y es en el de su condición de “rico” de bienes materiales. Esa riqueza demuestra apego a los bienes materiales, lo cual es un impedimento para entrar al Reino de los cielos, al igual que el pecado. Al igual que como hizo con el pecado, Jesús también le concede a Zaqueo el verse libre de este impedimento para entrar al cielo, quitando de Zaqueo el apego desordenado a la riqueza material y concediéndole a cambio el deseo del Bien eterno, la gloria de Dios, el verdadero bien espiritual al que hay que apegar el corazón. Esto se ve reflejado en la declaración de Zaqueo a Jesús: “Daré la mitad de mis bienes a los pobres”; este desprendimiento de los bienes materiales se refleja también en su deseo de devolver “cuatro veces más” a quien hubiera podido perjudicar de alguna manera.
         Es muy importante detenernos en la consideración de la figura de Zaqueo, porque todos somos como él: somos “ricos”, en el sentido de estar apegados a las riquezas materiales, y somos también pecadores y lo seguiremos siendo hasta el día de nuestra muerte. Es por esto que debemos tratar de imitar a Zaqueo en su búsqueda de Jesús, yendo más allá de nuestras limitaciones, como Zaqueo, que para superar la limitación física de su baja estatura, se sube a un sicómoro con tal de ver a Jesús, pero sobre todo, debemos imitarlo en su amor a Jesús, que es lo que lo lleva a querer verlo.
         Y Jesús, viendo en nosotros la imagen misma de la debilidad y del pecado, hará con nosotros lo mismo que con Zaqueo: nos pedirá “alojarnos en nuestra casa”, para concedernos su gracia, su perdón, su Misericordia y su Amor divinos, y esto en un grado infinitamente superior a lo que hizo con Zaqueo. ¿De qué manera? A través de la comunión eucarística, porque en cada comunión eucarística, Jesús, mucho más que querer alojarse en nuestra casa material, como hizo con Zaqueo, quiere entrar en nuestros corazones, para hacer de ellos su morada, su altar, su sagrario, en donde sea adorado y amado noche y día, y desde donde pueda irradiar, noche y día, sobre nuestras almas y nuestras vidas, su Amor y su Misericordia, concediéndonos todas las gracias –y todavía más- que necesitamos para entrar en el Reino de los cielos, entre ellas, la contrición del corazón, el desapego a los bienes terrenos, y el apego del corazón a los verdaderos bienes, la vida eterna. En cada comunión eucarística, Jesús derrama sobre nuestras almas y corazones torrentes inagotables de Amor Divino, en una medida inconmensurablemente mayor a la que le concedió a Zaqueo, porque con Zaqueo, Jesús entró en su casa material, pero no se le dio como alimento con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, como lo hace con nosotros en la Eucaristía.
Si queremos imitar a Zaqueo en su amor de correspondencia a Jesús, debemos preguntarnos: ¿somos capaces de dar la mitad de nuestros bienes a nuestros hermanos más necesitados? Si hemos perjudicado a alguien, ¿somos capaces de devolver “cuatro veces más” a quien hayamos perjudicado? Y esto, no solo referido a bienes materiales, sino también, y sobre todo, al perjuicio y escándalo que hemos provocado en nuestros hermanos, toda vez que no hemos sido capaces de dar testimonio del Amor de Dios con nuestro ejemplo de vida.
 En otras palabras, ¿somos capaces de obrar las obras de misericordia corporales y espirituales, como nos pide Jesús, para así poder entrar en el Reino de los cielos?




[1] Diario, 1739.