viernes, 12 de mayo de 2017

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”


(Domingo V - TP - Ciclo A – 2017)

         “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14, 1-12). Jesucristo es el Camino que conduce al cielo; es la Verdad que revela la naturaleza íntima de Dios como Uno en naturaleza y Trino en Personas; es la Vida Increada y Creador de toda vida participada y creatural, de cuyo sostén en el ser a cada segundo necesitan los seres creados para vivir. En esta frase de Jesucristo se revela no solo la Trinidad –Él es Dios Hijo, que conduce al Padre, en el Amor de Dios, el Espíritu Santo-, sino que también se revela el sentido primero, último y único de nuestra existencia en esta vida terrena, esto es, el ser conducidos a su Reino celestial, luego de terminar los días de nuestra existencia en la tierra, ya que eso es lo que significa: “ir al Padre”.
Esto es lo que nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica[1]: “¡Oh Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencia!”. Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada” –y la quiere comunicar a nosotros, sus creaturas, luego de concedernos la gracia de la filiación-. Continúa el Catecismo: “Tal es el “designio benevolente” (Ef 1, 9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado, “predestinándonos a la adopción filial en él” (Ef 1, 4-5), es decir, “a reproducir la imagen de su Hijo” (Rm 8, 29) gracias al “Espíritu de adopción filial” (Rm 8,15). El Catecismo nos dice que el “designio de Dios” para todos y cada uno de nosotros, y que determina el sentido de nuestra existencia terrena y la creación de nuestro ser, es el “predestinarnos a ser hijos suyos, recibiendo el Espíritu Santo para así reproducir la imagen de su Hijo”. En otras palabras, el Catecismo nos dice que Dios nos ha creado para donarnos el Espíritu Santo, que nos convierte en hijos adoptivos suyos y en imágenes vivientes de Dios Hijo, con lo cual, el sentido de haber sido creados no es otro que el alcanzar la vida eterna -esto es, “ir al Padre”-, en Cristo Jesús. Y que el sentido y fin último de nuestra vida en la tierra sea “ir al Padre” por Jesucristo, en el Espíritu Santo, es algo que también nos lo enseña explícitamente el Catecismo: “El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas divinas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad (Jn 17, 21-23)”[2]. Nuestro fin último es la “unidad perfecta” con la Trinidad de Personas en Dios, lo cual sólo lo conseguimos si, recibiendo el Espíritu Santo y siendo adoptados como hijos de Dios, somos conducidos al Padre por Cristo, Camino, Verdad y Vida.
Ahora bien, nos enseña también el Catecismo que, si bien nuestro destino es unirnos a la Trinidad en el Reino de los cielos, ya desde esta vida podemos, en cierta medida y por la gracia santificante, gozar de modo de anticipado de la Trinidad, por la inhabitación trinitaria en el alma que está en gracia: “Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: “Si alguno me ama -dice el Señor- guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23)”[3]. Estamos destinados a la unidad con la Trinidad en el Reino de los cielos, pero esa unidad se consigue por la doctrina de la inhabitación trinitaria en el alma del justo, del que vive en gracia, como anticipo, esta Presencia de las Tres Divinas Personas en el alma en gracia, de la contemplación beatífica en el Reino de los cielos. Reflejando esta inhabitación trinitaria en el alma en esta vida, como anticipo de la contemplación en la bienaventuranza de Dios Uno y Trino, dice así la Beata Isabel de la Trinidad: “¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mi misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz , ni hacerme salir de ti, mi Inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu misterio! Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora”. El alma, ya desde esta vida, está destinada a ser “morada amada” y “lugar de reposo” de las Tres Divinas Personas, lo cual logra el alma sólo por Jesucristo, ya que esto es lo que Él quiere significar cuando dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”.
Ahora bien, Jesucristo es el Camino que nos conduce al Padre, en el Amor del Espíritu Santo, como nos enseña el Catecismo, en esta vida y en la otra, pero, ¿de cuál Jesucristo se trata? Porque a lo largo de la historia, han surgido miles de cristos, que han fundado iglesias y sectas y, valiéndose del Evangelio, han dicho lo mismo que Jesucristo, aplicándose a sí mismos sus palabras, de manera directa o indirecta. Incluso algunos, como recientemente una secta centroamericana llamada “Creciendo en gracia”, que afirmaba ser “el cristo”, y como este, cientos y miles de igual modo. Entonces, ¿cuál de todos estos cristos es el verdadero? La respuesta es que el Único Cristo verdadero es el de la Iglesia Católica, Aquel que está Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía. El Único y Verdadero Cristo es el que sufrió la Pasión, Murió en la Cruz, Resucitó y subió a los cielos, y además de estar sentado a la diestra del Padre, está también, con su mismo Cuerpo glorioso y resucitado, lleno de la vida y de la luz divina, en el sagrario, en la Eucaristía. El Único Cristo verdadero es el que alimenta nuestras almas con la substancia de su divinidad, al donarse a sí mismo como Pan Vivo bajado del cielo, como Pan de Vida eterna, como Maná verdadero venido del cielo. El Único Cristo verdadero es el que prometió que su Iglesia no habría de perecer frente a las puertas del Infierno, ya que Él mismo la asiste enviando el Espíritu Santo, que con su luz divina disipa las tinieblas de los errores, las herejías, los cismas. El Único Cristo verdadero es Aquel al que la Iglesia Católica lo llama, en su Credo, “Luz de Luz y Dios verdadero de Dios verdadero”. El Único Cristo verdadero es el que se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de María Virgen y, luego de nueve meses en el seno de María, recibiendo nutrientes y siendo revestido con un Cuerpo humano, fue dado a luz por María en Belén, Casa de Pan, para que los hombres fueran alimentados con el Pan Vivo bajado del cielo, el Cuerpo Sacramentado del Cordero de Dios.
         “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. El Único Cristo verdadero es el que confiesa la Iglesia Católica, como único Camino al Padre, porque siendo Dios Hijo, consubstancial al Padre, de igual honor, majestad y poder, proviene eternamente del Padre y conduce al Padre a los hijos adoptivos de Dios, los hombres nacidos a la vida de la gracia por medio del Bautismo sacramental. Éste es el Único Cristo verdadero, Camino, Verdad y Vida, el de la Iglesia Católica, Presente en Persona en la Eucaristía, y es el Único que nos conduce al Padre, en el Amor del Espíritu Santo. Cualquier otro que no sea este Cristo, no pertenece a Dios y es un anti-cristo.





[1] Cfr. § 257-258, 260.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

jueves, 11 de mayo de 2017

“El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió”


“El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió” (Jn 13, 16-20). Jesús es Dios Hijo encarnado, enviado por el Padre, en el Espíritu Santo, para rescatar a los hombres que vivían bajo el yugo del pecado, por medio de su sacrificio en cruz. Al ser enviado del Padre, quien recibe a los discípulos de Cristo lo recibe a Él y, en Él, lo recibe al Padre y también al Amor con el que el Padre lo envía, el Espíritu Santo. Ése es el sentido de las palabras de Jesús: “El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió”. El enviado por Jesús puede ser cualquier prójimo con el cual nos cruzamos, día a día, en nuestras vidas, por lo cual debemos estar siempre atentos al trato que damos a ese prójimo pues, en el fondo, es el trato que estamos dando al mismo Dios.

Ahora bien, si recibir a un prójimo –un discípulo de Cristo- es recibir a Cristo y con Él al Padre y al Espíritu Santo, también sucede al revés: el que rechaza al que Él envía, rechaza al que lo envió, es decir, al Padre, y también al Amor del Padre, el Espíritu Santo. Y para estos, caben las siguientes palabras de Jesús: “En donde os rechacen, sacudid hasta el polvo de vuestros pies” (cfr. Mt 10, 14).

miércoles, 10 de mayo de 2017

“Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas”


“Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas” (Jn 12, 44-50). Jesús es muy claro en sus palabras: Él es la luz y quien no cree en Él, permanece en tinieblas. Ahora bien, a lo largo de la historia, miles de sectarios han tomado estas palabras y, ya sea directa o indirectamente, se las han aplicado a sí mismos, presentándose como otros tantos cristos o bien como “mensajeros” directos de Cristo y esto, incluida la misma Iglesia Católica, de cuyo seno surgieron Lutero y los reformistas, dando origen al más grave cisma de la Iglesia Católica.
La pregunta, entonces, es, ¿cuál es el Cristo, el que es “luz” y sin el cual, el alma queda en tinieblas? La respuesta es que el único Cristo que es “luz eterna”, porque proviene del Padre, que es luz eterna e Increada, y que con su luz ilumina a los ángeles y santos en el cielo, porque es el Cordero que es la Lámpara de la Jerusalén celestial, y en la tierra ilumina con la luz de la Gracia, la Verdad y la Fe, es el Cristo de la Iglesia Católica. La razón es que las palabras de Cristo en cuanto a que Él es la luz y quien no está iluminado por Él está en tinieblas, no son metáfora, sino realidad y pueden ser realidad sólo si Cristo ES verdaderamente, en su Ser y en su Naturaleza divina, Luz Increada, y esto solo lo sostiene la Iglesia Católica, según lo afirma y reza en el Credo: “Dios de Dios, Luz de Luz”.

“Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas”. Sólo el Cristo de la Iglesia Católica, el que está Presente Verdadera, Real y Substancialmente en la Eucaristía, es el Verdadero y Único Cristo. Los demás, son todos anti-cristos.

“Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí"


“Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí (…) El Padre y yo somos una sola cosa” (Jn 10, 22-30). En su enfrentamiento con Jesús, los judíos pecan de incredulidad: le exigen a Jesús que “les diga si es el Mesías”, aun después de que Jesús haya dado testimonio de su divinidad –de su consubstancialidad con el Padre- por medio de sus milagros: “Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí (…) El Padre y yo somos una sola cosa”. Las “obras” que hace Jesús, que dan testimonio de que Él es Dios como el Padre, igual en naturaleza, poder y majestad, son los milagros de todo tipo que Él realiza: resucitar muertos, curaciones de todo tipo, expulsión de demonios con el solo poder de su voz, multiplicación de panes y peces, y muchos otros prodigios más, que sólo pueden ser realizados con el divino poder, y al ser realizados por Jesús, demuestran que Él es el Mesías y es Dios Hijo, igual al Padre. Los judíos, a pesar de estos prodigios, siguen mostrándose incrédulos, y es por eso que le piden a Jesús que les diga si es el Mesías o no. Con su respuesta, en donde tácitamente les reprocha su incredulidad voluntaria, les advierte que no es indistinto creer o no creer –o más bien, en este caso, no querer creer- en sus obras, en sus milagros: quien no quiere creer, como ellos, demuestra que no es de Dios y que no pertenece al redil de Cristo: “Ustedes no creen, porque no son de mis ovejas”.

La misma incredulidad de los judíos respecto a Cristo y su divinidad, la manifiesta el mundo con respecto a la Iglesia, aun después de que la Iglesia da testimonio de ser la Esposa del Cordero, al realizar la obra más grande que sólo Dios puede hacer, y es la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Eucaristía. Pero el reproche y la advertencia que Jesús dirige a los judíos, no va dirigido al mundo, sino a quienes, dentro de la Iglesia, habiendo recibido el Bautismo, la Comunión y la Confirmación, deciden libremente elegir la incredulidad.

viernes, 5 de mayo de 2017

“¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”



“¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52-59). Los judíos se escandalizan porque interpretan material y racionalistamente las palabras de Jesús; es decir, toman de modo literal lo que Jesús les dice acerca de “comer su cuerpo y beber su sangre” y la razón es que lo hacen con la sola luz de la razón y sin la asistencia del Espíritu Santo. Por este motivo, no pueden entender qué es lo que Jesús les dice, y lo toman de un modo tan material, que incluso les parece que los incita a cometer un acto de canibalismo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”.
Sin embargo, frente al falso escándalo de los judíos, Jesús no solo no se rectifica de sus palabras, sino que las ratifica y de tal manera, que en la respuesta que Él les da, menciona la necesidad de “comer su carne y beber su sangre”, entre los modos directos e indirectos, siete veces: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”. Es decir, lejos de edulcorar sus palabras, para hacerlas más agradables a quienes lo están oyendo y se escandalizan falsamente, y mucho más lejos todavía de retractarse o de negar lo que está diciendo, lo afirma por activa y por pasiva, no menos de siete veces, como para que les quede bien claro: el que no come su cuerpo y bebe su sangre, no tiene la Vida eterna; el que sí lo hace, sí.
Lo que sucede es que el Cuerpo y la Sangre de Jesús, que deben ser comido y bebida respectivamente, no deben ser consumidos en su etapa de vida mortal, antes de pasar por su misterio pascual de muerte y resurrección: solo cuando su Cuerpo y su Sangre sean glorificados en la Resurrección, con la gloria que Él poseía como Unigénito desde la eternidad, solo entonces, deberán ser comidos en el Banquete celestial, el Banquete escatológico, que Dios Padre sirve a sus hijos pródigos adoptivos, la Santa Misa. Es decir, el Cuerpo y la Sangre de Jesús se comen y se beben luego de haber atravesado Jesús el misterio de Pascua, de su Paso de esta vida al Padre, por medio de la Cruz y de la Resurrección gloriosa. La Carne y la Sangre de Jesús que impiden la muerte del alma y le donan la Vida eterna de Dios Trino, son su Cuerpo y su Sangre glorificados, no tal como se encuentran en su vida mortal, antes de la muerte en cruz y glorificación, y este Cuerpo y Sangre glorificados están contenidos en la Eucaristía.
En la Eucaristía está contenido el Verbo de Dios, Vida Increada, que oculto bajo la apariencia de pan, comunica de su Vida divina a quien por la comunión eucarística se une a Él por la fe y el amor.

“¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”. Muchos cristianos piensan lo mismo de la Eucaristía: “¿Cómo puede la Eucaristía darnos la Vida eterna, si es solo un poco de pan bendecido?”. Y la razón de que creen esto y no que sea el Cuerpo y la Sangre de Jesús, es la poca o nula importancia que le conceden a la Eucaristía dominical. Son igualmente incrédulos que los judíos del Evangelio, y esta incredulidad se debe a la falta de la iluminación del Espíritu Santo sobre los misterios absolutos de la fe, y al uso orgulloso y soberbio de la propia razón, que rechaza cualquier explicación que no sea la racionalista, lo cual implica eliminar de raíz el misterio de la Presencia real, verdadera y substancial de Dios Hijo en la Eucaristía.

“Yo Soy la Puerta de las ovejas”



(Domingo IV - TP - Ciclo A – 2017)
         “Yo Soy la Puerta de las ovejas” (Jn 10, 1-10). Jesús utiliza la imagen de un corral de ovejas y de su puerta, y también la de un pastor o guardián de las ovejas –“Yo Soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11ss)-, para graficar su condición de verdadero Dios, al tiempo que de camino que lleva al Reino de los cielos. También utiliza la imagen de un ladrón y asaltante, para representar a aquellos malos pastores a los que no les interesan las ovejas, sino la renta o el dinero que de ellas pueda conseguir.
Para comprender en su totalidad la parábola, hay que tener en cuenta que cada elemento de la misma representa una realidad sobrenatural: el corral o redil, en donde están seguras las ovejas, es la Iglesia Católica y también el Reino de los cielos; la puerta que conduce al corral, por la que se entra al corral, es Él, el Hijo de Dios encarnado que en cuanto tal conduce a la unión con el Padre por el Espíritu Santo; las ovejas, son los fieles bautizados en la Iglesia Católica. Jesús utiliza la imagen de una puerta para aplicarla a sí mismo: “Yo Soy la Puerta de las ovejas”. Así como una puerta, al abrirla, da paso a otro espacio o ambiente, así Jesús, con su Corazón traspasado en la Cruz, es la Puerta abierta que da paso a la otra vida, al Reino de los cielos, al seno del Eterno Padre. El que entre por esta Puerta que es Jesús, encontrará alimento, el Cuerpo de Jesús sacramentado, y recibirá la Vida misma de Dios, la vida divina: “Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento (…)  Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”.
         Jesús se diferencia claramente de quienes son los falsos mesías, los que no son pastores, sino “ladrones y asaltantes”, a quienes las ovejas no los siguen, porque ellas conocen la voz del Pastor de las almas y la saben distinguir de las voces de los ladrones: “Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz”. Los “ladrones y asaltantes” son todos aquellos que, en nuestros días pero también a lo largo de la historia, se presentan y se han presentado como mesías o como cristos, pero en realidad son fundadores de sectas que sólo buscan aprovecharse de las ovejas, es decir, de los fieles, puesto que no les interesa su eterna salvación, sino el provecho material y económico que de ellos puedan obtener.
         Por último, si bien no está incluido en este párrafo del Evangelio, forma parte de esta parábola y de esta imagen todo aquello que atenta contra las ovejas, además de los falsos pastores, y es la oscuridad de la noche, el estar fuera las ovejas del redil o corral, y la presencia del lobo que acecha a las ovejas para acabar con ellas con sus dentelladas. La oscuridad representa la tiniebla en la que el alma se sumerge, ya sea por el pecado, o por el error y la ignorancia acerca del Buen Pastor, Jesucristo; representa también el alejarse del redil, la separación voluntaria y consciente de la Iglesia, como sucede, por ejemplo, con los movimientos ateos de apostasía, que cuentan con activistas y con páginas en Internet, en donde promueven la apostasía, es decir, el salir de la Iglesia Católica, sin tener en cuenta que fuera del redil, fuera de la Iglesia, sólo hay oscuridad y muerte, según lo que afirman los Padres: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Son los que abandonan la Iglesia para volverse ateos y apóstatas, o bien para integrar sectas. El último elemento que acecha a las ovejas es el lobo, que en este caso, no es el animal creado, que acecha al redil, sino el Lobo infernal, el Demonio, el Ángel caído, que acecha a los fieles que buscan la salvación fuera del redil de Cristo, la Santa Iglesia Católica.
         Así como el lobo da fácil cuenta de las ovejas que han salido del redil y no están protegidas por el pastor, así el Demonio da fácil cuenta de las almas que abandonan la protección de la Iglesia, esto es, la gracia que proporcionan los sacramentos, la oración y la fe.

         “Yo Soy la Puerta de las ovejas”. Jesús es el Buen Pastor y es también la Puerta por donde las ovejas ingresan al seguro redil, es decir, por donde los hombres, por el bautismo, ingresan a la Iglesia Católica en el tiempo y, en la eternidad, al Reino de los cielos. No solo no debemos nunca salir del redil, sino que debemos llamar a otras ovejas, a nuestros hermanos, que están fuera del redil, para que entren pronto al corral, antes de que se haga de noche y la Puerta se cierre para siempre. Y para que siempre reconozcamos la Voz del Buen Pastor, es necesario que pasemos horas en adoración eucarística, ante el sagrario, allí donde se encuentra el Buen Pastor, Jesús Eucaristía.

jueves, 4 de mayo de 2017

“El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”

     

       “El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6, 44-51). Mientras los israelitas pensaban que sus padres habían recibido el pan del cielo, el maná del desierto, Jesús revela que ése no era “el verdadero pan del cielo”, porque ellos comieron el maná en el desierto y murieron; por el contrario, Jesús revela que Él dará ahora un pan nuevo, desconocido para el hombre; un pan que contiene en sí la Vida eterna y que el coma de este pan, no morirá: “Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera”. A diferencia del Pueblo Elegido, que recibió sí un maná bajado del cielo, pero igualmente murieron, porque este era solo figura del que habría de venir, Jesús promete ahora el Verdadero Maná bajado del cielo, que al dar la Vida eterna a quien lo consuma, no sólo impedirá que muera, sino que tendrá “la Vida eterna”, esto es, la vida misma de Dios Trino.
         “El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. ¿Qué es este pan que dará Jesucristo? Es su Carne, una vez que sea glorificada, cuando atraviese y cumpla su misterio pascual de Muerte y Resurrección. Así como su Carne mortal encierra la Vida Increada porque Él es Dios Hijo encarnado, así el Pan que Él dará será un Pan Vivo, que vive con la Vida misma Increada de Dios, porque ese Pan es Él, Cristo Dios, encarnado en el seno virgen de María y que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Él es, en la Eucaristía, con su Cuerpo glorificado y oculto bajo las apariencias de pan, el pan que es carne y que da la vida de Dios al alma: “El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. Jesús, Dios Hijo encarnado, Espíritu Purísimo y Dios consubstancial al Padre, que por esto mismo posee la Vida divina, por cuanto Él es la Vida Increada, se hace carne y se dona a su Iglesia bajo apariencia de pan, y así es el Pan de Vida eterna y el Pan Vivo bajado del cielo, que comunica la vida eterna a quien lo consume con fe y con amor: “Yo soy el pan de Vida. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”.

         La Eucaristía es el Verdadero Maná bajado del cielo, el Pan Vivo que contiene la Carne del Cordero, que nos dona la vida misma de Dios Trino en cada comunión eucarística, alimentando nuestras almas en nuestro peregrinar, por el desierto del mundo y de la historia humana, hacia la Jerusalén celestial.