martes, 11 de junio de 2019

Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote



         En las ceremonias del Viernes Santo, día de la muerte de Cristo en la Cruz, la Iglesia demuestra, por medio de su liturgia, el grado de tristeza y duelo en el cual se encuentra inmersa. En efecto, cuando el sacerdote ministerial se postra frente al altar, despojado de sus revestimientos, está expresando el luto por el que atraviesa, porque ha muerto en la Cruz el Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo. Y si el Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo ha muerto en la Cruz, entonces todos los sacerdotes ministeriales, que participan de su poder sacerdotal, quedan reducidos a la nada y ésa es la razón de su postración ante el altar. Esa postración significa que la Iglesia Católica, al haber perdido por la muerte en Cruz al Sumo y Eterno Sacerdote, no tiene manera de realizar el Santo Sacrificio en Cruz y es la razón por la cual el Viernes Santo es el único día del año en el que no se celebra la Santa Misa.
         Sin Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, que realiza el sacrificio de una vez y para siempre de su Humanidad Santísima en el Ara de la Cruz -Cruz que es Él mismo, porque Él extiende sus brazos en forma de Cruz-, entonces la Iglesia Católica queda absolutamente sin poder de realizar el Santo Sacrificio del Altar. Es Cristo, Sacerdote de la Nueva Alianza, quien comunica de su poder a los sacerdotes ministeriales y es porque estos reciben de Cristo el poder de convertir las substancias del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, que pueden realizar el milagro de la transubstanciación en cada Santa Misa.
         No recordemos a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote solo una vez al año, sino en cada Santa Misa -como así también en la confección de cada sacramento-, porque si no fuera que Él comunica de su poder sacerdotal a los sacerdotes, nadie, ni el Papa siquiera, tendrían el poder de convertir el pan y el y vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Cada Eucaristía debe ser, por lo tanto, un momento de acción de gracias y adoración al Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, por cuyo poder participado a los sacerdotes ministeriales recibimos los sacramentos, principalmente, la Sagrada Eucaristía.

“Quien cumpla los preceptos será grande en el Reino de los cielos”




“Quien cumpla los preceptos será grande en el Reino de los cielos (Mt 5, 17-19). Jesús afirma que quien cumpla los preceptos “será grande en el Reino de los cielos”. Esta afirmación es de suma importancia para nuestros días, caracterizados, entre otras cosas, en que los hombres no solo no viven los preceptos de la Ley de Dios, sino que viven “como si Dios no existiera”. En efecto, cuando se ven a quienes difunden y practican los postulados de la cultura de la muerte, como el aborto y la eutanasia, o los postulados de la ideología de género, está más que claro que quienes esto hacen es porque han desplazado absolutamente a Dios y sus preceptos de sus vidas, viviendo como si Dios no existiera y como si nunca hubiera formulado su ley. En estos casos, estas personas viven como si no estuviera prescripto por Dios el “no matar”, porque postulan el asesinato de niños por nacer en cualquier etapa de su concepción, o bien postulan la eutanasia de forma indiscriminada, incluidos los niños pequeños. Y los que viven según la ideología de género, no tienen en cuenta los mandamientos de “no fornicar”, de “no cometer actos impuros”. Si queremos ser grandes en el Reino de los cielos, debemos por lo tanto oponernos con todas nuestras fuerzas a la cultura de la muerte y a la ideología de género, pero sobre todo, vivir en nosotros la pureza de vida y el respeto y el amor a la vida y al prójimo que la Ley de Dios supone. Sólo así seremos “grandes en el Reino de los cielos”.
        

sábado, 8 de junio de 2019

Domingo de Pentecostés



(Ciclo C – 2019)

Jesús había prometido que enviaría el Espíritu Santo luego de su muerte y resurrección y cumple con lo prometido, soplando el Espíritu Santo, junto al Padre, sobre la iglesia, para Pentecostés: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20, 19-23).
¿Cuál será la función del Espíritu Santo sobre la Iglesia?
Una de las funciones que cumplirá el Espíritu Santo en la Iglesia será la de ser “Alma de la Iglesia”, porque obrará en ella dándole vida, luz y calor, así como el alma hace con el cuerpo humano. Un cuerpo sin alma, no tiene vida, no tiene luz, no tiene calor: está muerto. Del mismo modo, el Espíritu Santo actuará en la Iglesia como “Alma de la Iglesia”, dándole la vida de Dios, la luz de Dios, el calor del Amor de Dios. Una Iglesia sin vida espiritual y sin el calor del Amor divino del Corazón de Jesús, es una Iglesia sin el Espíritu Santo, así como una Iglesia oscura, en el sentido de las herejías: una Iglesia hereje, cismática, desobediente, creadora de novedades, es una Iglesia sin Espíritu Santo.
Otra función del Espíritu Santo es la anticipada por Jesucristo: “El Espíritu Santo os enseñará todo y os recordará todo” (Jn 14, 26), es decir, el Espíritu Santo ejercerá la función de Maestro espiritual y ejercerá la función mnemónica, de memoria de lo dicho por Jesús. Esta función de Maestro no será la de un maestro terreno, sino la de un Maestro celestial, porque no sólo recordará y enseñará lo que Jesús dijo, sino que hará que el alma –y la Iglesia toda- vivan las palabras de Jesús en el sentido sobrenatural en el que Él las pronunció. Por ejemplo, no es lo mismo simplemente recordar que Jesús dijo: “Carguen la Cruz de cada día” y también “amen a sus enemigos”, a efectivamente cargar espiritual y sobrenaturalmente la Cruz de cada día y también amar sobrenaturalmente a los enemigos.
Otra función del Espíritu Santo será el hablar a la Iglesia de Jesús: “les hablará de Mí” (Jn 16, 13). La función magistral  mnemónica del Espíritu Santo en relación a Jesús es la de hacernos saber y comprender que Jesús no es un hombre más entre tantos, ni un hombre santo, ni un profeta, ni el más santo entre los santos: es la de hacernos saber que es Dios Hijo Encarnado, la Segunda Persona de la Trinidad, que actualiza y prolonga su encarnación en la Eucaristía, de modo que la función magistral y mnemónica de Jesús es ante todo eucarística: si Jesús no es Dios Hijo encarnado en el seno virgen de María, entonces la Eucaristía no es Jesús, Dios Hijo encarnado, que prolonga su encarnación en el seno virgen de la Iglesia, el altar eucarístico.
Para que lleguemos a esta conclusión, el Espíritu Santo nos enseñará y nos hará ver que los milagros que Jesús hizo –multiplicar panes y peces, las pescas milagrosas, resucitar muertos, expulsar demonios, perdonar pecados- son milagros que solo pueden ser hechos por Dios en Persona, ya que ningún hombre y ningún ángel tiene poder para hacer estos milagros: entonces el Espíritu Santo nos hablará de Jesús diciéndonos que es el Hombre-Dios y que si hizo todos estos milagros, es para que creamos que Él es Dios, que Él murió en la Cruz para salvarnos y que subió al cielo y vendrá a buscarnos, al fin de nuestras vidas terrenas, para llevarnos a las eternas moradas del Padre. El Espíritu Santo nos enseñará lo que decimos en el Credo, que Jesús es Dios y esto es de capital importancia para nuestra fe católica y eucarística, porque si verdaderamente Jesús es Dios, entonces la Eucaristía no es un trocito de pan bendecido, sino que es el mismo Jesús, Dios Encarnado, que continúa su Encarnación y la prolonga en la Eucaristía y es por esto que debemos adorar a la Eucaristía, porque la Eucaristía es Jesús, Dios encarnado y glorificado, oculto en apariencia de pan.
El Espíritu Santo nos enseña que la Santa Misa es un misterio sobrenatural que escapa a la comprensión de nuestra razón y que en ella se verifican los misterios principales de la vida de Jesús, ante todo, su muerte en Cruz –por eso se consagran por separado el pan y el vino, para significar la separación del Cuerpo y la Sangre en la Cruz- y por eso se corta un trocito de la Eucaristía ya consagrada, para significar la reunificación del Cuerpo y la Sangre, separados por la muerte, pero reunificados por la Resurrección y así lo que comulgamos no es el Cuerpo muerto de Jesús, sino su Cuerpo vivo, glorioso y resucitado. El Espíritu Santo nos enseña que en la Santa Misa se renueva de modo incruento y sacramental el Santo Sacrificio de la Cruz, pero al mismo tiempo también se renueva y actualiza su gloriosa resurrección y es por eso que comulgamos no su Cuerpo muerto en la Cruz, sino su Cuerpo glorioso y resucitado, el mismo Cuerpo glorioso y resucitado del Domingo de Resurrección.
Además, con el Espíritu Santo viene el perdón de los pecados, perdón que trae en consecuencia dos efectos: la alegría y la paz de Dios al alma: “a los que perdonen los pecados, les quedarán perdonados”. Es decir, otra función del Espíritu Santo es la de dar la alegría de Dios a la Iglesia: no se trata de la alegría boba, sin sentido, del mundo, o una alegría fundada en motivos humanos: es la alegría que brota del Ser divino trinitario de Jesús que, en cuanto Dios, es Alegría infinita y así lo testimonia el Evangelio: “Los discípulos se llenaron de alegría”. Esta Alegría infinita la comunica Jesús a su Iglesia ante todo en la Eucaristía, pero esta alegría no es mundana, ni implica el estar riéndose de todo y por cualquier motivo: es la alegría que sobreviene al alma por poseer al Espíritu de Dios, que es Alegría infinita en sí mismo y es la Alegría que sobreviene porque Cristo en la Cruz nos quitó aquello que nos quitaba la unión con Dios, el pecado, y nos dio la vida divina con su gracia.
Con la Alegría que nos da el Espíritu Santo, viene también la paz del alma, la paz que sobreviene porque el pecado fue quitado por la gracia de Cristo y en su lugar nos dio la vida divina y la paz de Dios, al ser quitado lo que enemistaba al alma con Dios, el pecado: “La paz esté con ustedes”.
El Espíritu Santo soplado por Jesús y el Padre en Pentecostés viene sobre la Iglesia y sobre las almas como “Viento” y como “Fuego”: “(…) estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (cfr. Hch 2, 1-11).
Viene como Fuego de Amor divino para que nuestros corazones, secos, negros, duros y fríos como el carbón, al contacto con el Espíritu Santo, se conviertan en otras tantas brasas incandescentes, que ardan al contacto con las llamas del Divino Amor y viene como Viento para que ese Fuego que enciende nuestros corazones en el Amor de Dios no se apague, así como el asador debe soplar sobre las brasas para que éstas no pierdan su incandescencia y no se apaguen. De la misma manera, el Espíritu Santo viene como Fuego para que los corazones, convertidos de carbón negro en brasas incandescentes, se mantengan siempre en el Divino Amor y no decaigan en la caridad y en la misericordia, haciéndolos arder cada vez más en el Fuego del Divino Amor.
Otra función del Espíritu Santo es la de santificar las almas, por eso es llamado “Santificador” y esta función la cumple quitando el pecado y concediendo la gracia santificante, que nos otorga al mismo tiempo la divina filiación, convirtiéndonos en hijos adoptivos de Dios, concediéndonos una dignidad más grande que la de los ángeles, porque el don de la filiación no es meramente nominal, sino que es la filiación divina con la cual el Hijo de Dios es Dios Hijo desde toda la eternidad.
Otra función del Espíritu Santo, ligada a la santidad, es la de convertir nuestras almas y cuerpos en templos del Espíritu Santo y nuestros corazones en altares y sagrarios en donde se adore única y exclusivamente a Jesús Eucaristía.
Finalmente, el Espíritu Santo nos unifica a nosotros, que somos miembros del Cuerpo de Cristo, en un solo cuerpo y en un solo espíritu con Cristo, así como el alma unifica a todos los órganos en un solo cuerpo. Esta unificación de los cristianos en una misma fe y en una misma caridad es señal de que el Espíritu Santo está en las almas. Como dice Jesús, Él envía el Espíritu Santo para que los cristianos seamos “uno en el Amor, como Él y el Padre son uno en el Amor”, en el Espíritu Santo: “Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos” (cfr. Jn 17, 20-26). Este permanecer en la unidad como signo de la Presencia del Espíritu Santo se verá en todo tiempo, pero de modo especial en los últimos tiempos, antes de que Jesús vuelva en su gloria y es una unión en el Amor de Dios, porque es una unión en el Espíritu Santo, que es Amor. Jesús pide que todos seamos “uno”, pero unos como “Él y el Padre son uno” y Él y el Padre son uno en el Amor, ya que es el Espíritu Santo el que los une a ambos. Si alguien en la Iglesia no tiene amor por los hermanos, ése tal no tiene el Espíritu de Dios con él. Jesús y el Padre están unidos en el Espíritu Santo, en el Amor y es en ése Amor en el que se tiene que dar la unidad de los cristianos: “Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos”.
Es para que los cristianos estemos unidos en el Amor de Cristo es que Jesús envía el Espíritu Santo en Pentecostés, de modo que los cristianos, que formamos su Cuerpo Místico, estemos unidos por su Espíritu en su Cuerpo y formemos una unidad en el Amor.
“Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos”. Esta unidad en el Amor se realiza de modo perfecto por medio de la Eucaristía, porque al comulgar la Eucaristía, el alma recibe la efusión del Espíritu por Jesús, y es por eso que se puede decir que cada comunión eucarística es un “mini-Pentecostés”, porque Jesús sopla su Espíritu sobre el alma que comulga –cumpliéndose el pedido de Jesús: “el Amor con que me amaste, el Espíritu Santo, esté en ellos”-, y así son unidos los cristianos en el Amor al Padre, al recibir el Cuerpo Sacramentado de Jesús.
         Por estos motivos es que Jesús envía al Espíritu Santo en Pentecostés, el principal de todos, para que los católicos vivamos unidos al Cuerpo de Cristo por un mismo Espíritu, el Espíritu Santo, el Amor de Dios.


martes, 4 de junio de 2019

Dejemos todo en manos de Jesús



         Después de haber reparado, con su triple declaración de amor, su triple negación en la Pasión, el Vicario de Cristo, Pedro, se pone en marcha para seguir a Jesús[1]. En ese momento, ve que viene Juan caminando inmediatamente detrás de él y, como amigo suyo que es, siente interés por conocer el futuro de Juan, el discípulo amado. Tanto el afecto como la curiosidad lo mueven a preguntarle a Jesús: “Señor, ¿y a éste, qué?”. La respuesta de Jesús, según muchos comentadores, debe leerse como sigue: “Si yo quiero que éste permanezca hasta que Yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. Esta respuesta significa en realidad: “Incluso si Yo permitiera que Juan se quedara hasta la Segunda Venida, ¿por qué te importa esto? Tú sígueme y deja el destino de los demás en mis manos”. Es decir, Jesús le está diciendo a Pedro –y por lo tanto, también nos lo dice a nosotros-: “Tú, sígueme; no te preocupes por el destino de los demás, porque el destino de los demás y de todo el universo está en mis manos”.
         A nosotros nos viene bien la respuesta de Jesús, porque siempre tenemos tendencia a creer que todo o bien depende de nosotros, o bien que a Dios no le importa nuestro destino. Este pasaje del Evangelio reafirma lo que dice la Escritura en otro lugar: “No se cae una hoja de un árbol sin que Dios lo permita”. Entonces, debemos rezar por nuestros hermanos, pero no preocuparnos por su  destino, pues el destino, su vida, su existencia, al igual que el destino, la vida, la existencia, de Pedro y de cada uno de nosotros, están en las manos de Jesús, que son las manos del Padre. Y lo que está en las manos del Padre, nada ni nadie puede arrebatarlo: “Nadie puede arrebatar lo que está en las manos de mi Padre” (Jn 10, 29). Este párrafo nos enseña que, por lo que debemos verdaderamente preocuparnos es por seguir a Jesús y que a pesar de las tribulaciones, pruebas y tristezas de esta vida, debemos vivir en santa paz, sabiendo que todo –nuestra vida, la de nuestros seres queridos y el mundo entero- está en las manos ensangrentadas de Cristo.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 780.

“Que todos sean Uno”




“Que todos sean Uno” (Jn 17, 20-26). Jesús reza al Padre por las generaciones venideras, por su Iglesia[1], por todos aquellos que creerán en su palabra por medio de la predicación apostólica. Lo que Jesús pide es una unión de almas, a imitación de la unión que existe en la Santísima Trinidad, unión que será para el mundo la prueba de que Dios está allí. La filiación adoptiva que Jesús ha concedido por medio de su gracia santificante, incluye de modo especial la unidad semejante a la unión del Padre y del Hijo, unidad que es lo que constituye la petición central de la oración.
En esta petición de Jesús debemos ver dos cosas: por un lado, en qué consiste el verdadero ecumenismo y, segundo, el carácter marcadamente eucarístico de su petición. Con relación al ecumenismo, Jesús sienta las bases de cuál ha de ser el verdadero ecumenismo, para separarlo del falso: el verdadero ecumenismo se origina y tiene como modelo a la unión que existe en la Santísima Trinidad entre el Padre y el Hijo, unidos en el Amor del Espíritu Santo. Es decir, el verdadero ecumenismo es de origen trinitario y trinitario según lo profesa la Iglesia Católica. Lo cual quiere decir que el verdadero ecumenismo, la verdadera incorporación a la Iglesia, debe ser sobre la base del Credo trinitario según lo profesa la Iglesia Católica; no puede haber ecumenismo verdadero sino se basa en este Credo trinitario, en el que Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas y en el que la Segunda Persona se encarnó en el seno de María Virgen por obra del Espíritu Santo. Cualquier ecumenismo que deje de lado estas verdades no pasa de ser simples conversaciones entre personas de buena voluntad, pero no el verdadero ecumenismo. En otras palabras: son las iglesias del mundo las que tienen que convertirse a la Iglesia Católica y no la Iglesia Católica la que deba “aprender” algo de otras iglesias.
Con relación al contenido eucarístico de la petición de Jesús –“Que todos sean uno”- muchos Padres de la Iglesia vieron en esta petición no solo una unión de almas, sino de cuerpos y esta unión está dada por la comunión con un solo Pan Vivo, que es la Eucaristía[2]. En efecto, es la Eucaristía la que proporciona la unión no solo de almas, sino de cuerpos, porque une las almas y los cuerpos de los creyentes en una sola alma y en un solo cuerpo, el Alma y el Cuerpo de Jesús. Por la comunión en una sola Eucaristía, se demuestra el Amor que el Padre tiene a la Iglesia: así como el Amor por el Hijo es Uno, es el Amor del Espíritu Santo, así por la Eucaristía se demuestra que el Padre ama a la Iglesia como ama a su Hijo, con el Amor del Espíritu Santo. La oración de Jesús, pidiendo la unión de todos los creyentes en un solo cuerpo, se concreta entonces en la comunión del Cuerpo suyo eucarístico, Presente en el Santísimo Sacramento del altar.


[1] Cfr B. Orchard et. al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Barcelona 1957, Editorial Herder, 761.
[2] Cfr Orchard, ibidem, 762.

“La vida eterna es que te conozcan a ti eterno Dios y tu enviado Jesucristo”



“La vida eterna es que te conozcan a ti eterno Dios y tu enviado Jesucristo” (Jn 17, 1-11a). Todos tenemos experiencia de lo que es la vida terrena, porque todos tenemos experiencia de lo que es el tiempo -medido en segundos, días, horas, etc.- y el espacio -mediante el cual ocupamos un lugar-, características propias de esta vida terrena. Sin embargo, ninguno de nosotros tiene experiencia de vida eterna, porque la vida eterna es substancialmente distinta a la vida terrena. Si no sabemos en qué consiste la vida eterna, nos lo dice Jesús: consiste en conocer al Padre, origen Increado de la Trinidad, y al Hijo Unigénito encarnado, Jesús de Nazareth, su enviado. El conocimiento de ambos conduce a la vida eterna, porque conocer el Ser de Dios Trino implica que Dios hace partícipes de su Vida eterna, absolutamente eterna, a quien lo conozca. Quien se esfuerce por conocer al Padre y al Hijo, en el Amor del Espíritu Santo, ese tal vive la vida eterna, porque al conocer, o al menos intentar conocer a Dios Trino, en este proceso de acercamiento cognoscitivo y afectivo, Dios se da a Sí mismo, porque se deja encontrar por quien lo busca. Y como Dios es un Dios Viviente, un Dios de vivos y no de muertos, quien se acerca a Él, recibe su Vida eterna, aun viviendo en esta tierra. Así lo proclama Pedro: “Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”.
“La vida eterna es que te conozcan a ti eterno Dios y tu enviado Jesucristo”. El conocimiento del Padre y del Hijo, en el Amor del Espíritu Santo, no es un conocimiento abstracto, sino concreto y real y se da en la oración, en los actos de fe y, sobre todo, en la adoración eucarística y en la Sagrada Comunión Eucarística, porque ahí es donde Dios se brinda con todo su Ser divino y con su Ser divino nos comunica su vida eterna. Quien hace oración, quien comulga en estado de gracia, aunque no se dé cuenta ni se percate de ello, tiene la vida eterna en sí, en su corazón y en su alma, en germen, transmitido por la gracia, la fe, la oración y la comunión eucarística.

sábado, 1 de junio de 2019

Ascensión del Señor



(Ciclo C – 2019)

          Con la Ascensión del Señor resucitado a los cielos, se cumple una parte importante de su misterio pascual de muerte y resurrección y es el hecho de que la humanidad ingresa en el seno de la Trinidad. Es decir, lo que se cumple en la Ascensión es el hecho de llevar Cristo, al seno del Padre, origen Increado de la Trinidad, a la humanidad[1]. Con la Ascensión, se produce un retorno, en forma de don, del don dado previamente por el Padre: en otras palabras, el Padre había dado el Hijo a la humanidad por medio de la Encarnación: ahora es el Hijo el que lleva, a la humanidad, al seno del Padre. Si antes era el Padre el que había dado el Hijo a la humanidad, ahora el Hijo lleva al Padre a la humanidad, al seno mismo de la Trinidad. Con la Ascensión de Cristo, dice San Juan Crisóstomo, “nuestra naturaleza ha sido elevada por encima de los ángeles y de los cielos mismos, de tal forma que el hombre, que estaba en un lugar tan humilde que no podía descender más bajo, ha sido elevado hacia un trono tan sublime que no puede subir más alto” y esto, porque con Cristo, la humanidad ha ascendido hasta el trono mismo de Dios Trino.
Ahora bien, en la Ascensión de Cristo está comprendida nuestra vida propia porque en esta Ascensión está el cumplimiento de la voluntad del Padre para nuestras vidas personales: la que sube al Padre es la humanidad individual del Verbo, pero el Padre quiere que subamos todos y cada uno de sus hijos adoptivos y para que esto suceda, es decir, para que suban todos y cada uno de los hombres, todos y cada uno de los hombres deben ser incorporados al misterio pascual de Cristo por medio del bautismo sacramental. Así como nadie puede ir al Hijo si no es atraído por el Padre –“Nadie puede venir a Mí si no es traído por el Padre” (Jn 6, 44-, así también nadie puede ir al Padre si no es llevado por el Hijo. Jesús asciende al seno del Padre, desde donde vino y en donde permanece desde la eternidad, para que los hombres, incorporados a su Cuerpo Místico, a su Iglesia, por el bautismo sacramental, seamos llevados, por la humanidad de Jesús, al seno del Padre. Entonces, Jesús asciende con su humanidad glorificada pero no se reserva esta Ascensión sólo para Él: Él asciende para que nosotros también seamos ascendidos con nuestra humanidad al seno del Padre. Dice así San Juan Crisóstomo[2]: “La inclusión de todo hombre en Cristo, ¿no hace que esta gloria, que es suya, venga a ser también nuestra? En Cristo ha sido glorificada la misma naturaleza que había escuchado la condenación de muerte. No es un hombre el que se sienta a la derecha de Dios, sino el Verbo que ha asumido la naturaleza humana que había pecado en Adán y por lo mismo en potencia en todo hombre. Y todo hombre en acto –todo hombre unido a Cristo por la gracia- participa de esta gloria que lo exalta por encima de los cielos y de todas las potestades celestes, cuando se entrega libremente a Cristo y acepta la gracia que en Cristo ya posee”.
          Habíamos dicho que la Ascensión es un don al Padre y es por el siguiente motivo: la Ascensión de Cristo precede a nuestra ascensión y en nuestra ascensión, además de ser nosotros glorificados con la gloria de Cristo, le damos a Dios un don, que es precisamente nuestra humanidad glorificada en Cristo. Es decir, la Ascensión de Cristo precede a la nuestra y en ella se anticipa y se prefigura nuestra ascensión, con la cual damos a Dios un don y es nuestra humanidad glorificada en Cristo: siendo incorporados a Él por el bautismo y participando de su misterio pascual de muerte y resurrección, somos ascendidos con Él en cuanto estamos unidos a su humanidad por la gracia bautismal y somos partícipes de su misterio de muerte en cruz y resurrección. Este hecho –el hecho de nosotros ser ascendidos, por la gracia, al seno de Dios- supone, para nosotros, el dar a Dios el Hijo que Él nos dio en la Encarnación, pero se lo damos como siendo el Hijo parte nuestra, puesto que nosotros también somos hijos por el bautismo. En otras palabras, si ascendemos al Padre, no lo hacemos nosotros solos, fuera de Cristo, sino en Cristo, con Cristo y por Cristo, siendo llevados por Cristo y entregando al Padre a Cristo, Verbo de Dios encarnado, como un don nuestro para Él. Y este don nuestro al Padre, el don del Verbo Encarnado, se concreta en el don que nosotros, como Iglesia, hacemos al Padre en la Eucaristía y así lo dice el Misal: “(…) ofrecemos a tu preclara majestad, de tus dones y dádivas, esta Hostia pura, esta Hostia santa, esta Hostia inmaculada”[3]. En la Eucaristía ofrecemos al Padre como don el mismo don que Él nos hizo, esto es, su Hijo Jesús, el Unigénito, unido a su humanidad santísima, pero ahora, como habiendo pasado ya por su misterio pascual de muerte y resurrección.
Como afirma un autor[4], “el hombre no da ahora al Hijo como si fuese otra cosa que Él mismo. Si el Hijo fuese otra cosa que el hombre, el hombre no podría darlo, porque no tendría poder sobre Él. Mas el hombre en la ofrenda del Hijo se da en cierto modo a sí mismo, porque el hombre en particular no posee el Hijo de Dios más que en el acto de su unión nupcial con Él y en esta unión el hombre forma con Cristo un solo espíritu, casi un solo ser. De este modo, en la ofrenda, el hombre vive simplemente como suya, la relación del Hijo Unigénito”. Este es el acto divino que une Dios al hombre y el hombre a Dios en una sola vida, en un solo amor, en un único espíritu.
Por esta razón, no da lo mismo bautizarnos que no bautizarnos; participar de su misterio pascual que no participar. Si nos bautizamos y nos unimos a su misterio pascual de muerte y resurrección, lo que nos espera es entonces participar también de la Ascensión de Cristo, el ser llevados más alto que los mismos cielos, el seno de Dios Uno y Trino. Mientras tanto, a la espera de ser ascendidos, tenemos el consuelo de su Presencia entre nosotros, en la Sagrada Eucaristía, porque si es verdad que Cristo ha ascendido a los cielos, es verdad que también, al mismo tiempo que ascendió, se quedó entre nosotros, en el sagrario, en la Eucaristía, según sus palabras: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.
        


[1] Cfr. Divo Barsotti, Misterio cristiano y año litúrgico, Ediciones Sígueme, Madrid 1965, 178.
[2] Cit. en Barsotti, o. c., 180.
[3] Cfr. Barsotti, ibidem, 179.
[4] Cfr. Barsotti, ibidem, 179.