domingo, 12 de abril de 2020

Jueves de la Octava de Pascua


La paz sea con vosotros" - Católicos - Hello Foros - La Comunidad ...

(Ciclo A – 2020)

“Ustedes son testigos de todo esto” (Lc 24, 35-48). En este Evangelios, Jesús resucitado se aparece a los discípulos reunidos en conjunto y esto tiene un significado eclesiológico, ya esta aparición de Jesús resucitado representa, para la Iglesia, tanto un programa de vida en el que se incluye el mandato de ir a misionar.
Un dato recurrente en las apariciones de Jesús es el recordarles su Palabra, sobre todo aquellas en las que les profetizaba su Pasión, Muerte y Resurrección: de modo análogo, el cristiano en sí mismo y la Iglesia en su totalidad, deben tener siempre presentes, en la mente y en el corazón, la Palabra de Dios, encarnada en Cristo, que ha llevado a cabo su misión redentora por medio del misterio pascual de Muerte y Resurrección. La Palabra de Cristo, la Palabra de Dios, debe ser el alimento espiritual esencial de todo cristiano, así como de la Iglesia en su totalidad.
Cuando Jesús se les aparece, los discípulos -esto es, la Iglesia como Cuerpo Místico- se encuentran “hablando de Jesús”, lo cual es un ejemplo para el cristiano de cualquier tiempo que sea, puesto que este “hablar de Jesús” es como la figuración de la oración dirigía a Jesús, que la Iglesia lleva a cabo en todo tiempo y lugar. Por otra parte, el “hablar de Jesús”, esto es, el orar, el hacer oración, es una ocasión para que Jesús se manifieste en Persona, aun cuando no lo veamos, según sus propias palabras: “Cuando dos o más se reúnen en Mi Nombre, allí estoy Yo”. La oración es, para la Iglesia, la ocasión para la manifestación de Jesús resucitado.
Y del mismo modo a como los discípulos se ven embargados por la alegría cuando contemplan a Jesús resucitado, una alegría tan grande dice el Evangelio que los hacía “resistir a creer”, así el cristiano y también la Iglesia, cuando oran, reciben de Jesucristo su Espíritu, el Espíritu Santo, quien les comunica una alegría que no es de este mundo, sino sobrenatural, pues se origina en el mismo Acto de Ser divino trinitario, que es la Alegría Increada en sí misma, según las palabras de los santos: “Dios es Alegría infinita”[1].
De esta manera, tanto la oración, como la lectura de la Palabra de Dios, son ocasiones para que el alma se llene de una alegría desconocida porque viene de Dios o, mejor dicho, para que el alma se llene de Dios, que es Alegría infinita y eterna.
En el Evangelio, Jesús resucitado realiza una acción sobre la Iglesia reunida en oración: “les abre la inteligencia para que puedan comprender las Escrituras” y cuando esto hace, los transforma en algo más que discípulos: los convierte en “testigos” de su Misterio Salvífico de Muerte y Resurrección. Es decir, el encuentro con Jesús lleva a la Iglesia a no quedarse para ella, de modo egoísta, con la novedad de que Jesús ha muerto y resucitado, sino que la impulsa a transmitir al mundo entero aquello de lo que la Iglesia ha sido testigo: que Jesús ha muerto en Cruz, que ha derrotado a los tres grandes enemigos de la humanidad -el pecado, la muerte y el demonio- y que ha conseguido para los hombres la gracia santificante, que los convierte en hijos adoptivos de Dios y herederos del Reino de los cielos.
“Ustedes son testigos de todo esto”. Así como Jesús resucitado se aparece a los discípulos y les comunica de la Alegría de su Corazón traspasado y los convierte en testigos y misioneros, así también, cada vez que adoramos a Cristo en la Eucaristía o cada vez que comulgamos, se renueva para nosotros el don del Espíritu Santo y el mandato de ser testigos de la Pasión y Muerte de Jesús ante el mundo: “Ustedes son testigos de todo esto”.



[1] Cfr. Santa Teresa de los Andes.

Miércoles de la Octava de Pascua



(Ciclo A – 2020)

         “Lo reconocieron al partir el pan” (Lc 24, 13-32). En la aparición de Jesús resucitado a los discípulos de Emaús, hay características que se repiten cuando se la compara con la aparición a María Magdalena: en ambos casos, los discípulos de Jesús se muestran abatidos emocionalmente -los discípulos “entristecidos”, en tanto que María Magdalena además “llorando”- y con la fe en las palabras de Jesús acerca de que habría de resucitar al tercer día, quebrantada, vacilante, dubitativa o incluso inexistente. De manera similar a María Magdalena, los discípulos de Emaús se han quedado en el dolor del Viernes Santo y en la soledad del Sábado Santo y esto les ha impedido trascender hacia la sobrenatural alegría del Domingo de Resurrección. Los discípulos de Emaús, como María Magdalena, están tan ensimismados en su dolor, que no al igual que ella, no lo reconocen, a pesar de conocerlo y a pesar de que Jesús está frente a ellos.
        La falta de fe es lo que lleva a Jesús a reprocharles: “¡Oh hombres sin inteligencia, tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas! ¿No era necesario que el Cristo sufriese para entrar en su gloria?”.
          La tristeza de los discípulos de Emaús se debe a que no solo se han quedado en el dolor del Viernes Santo, sino que no han sabido ver ese dolor a la luz del misterio pascual de Cristo, un dolor que es redentor y salvífico. Sin el Domingo de Resurrección, la Crucifixión del Viernes Santo deja al alma inmersa en un vacío de fe y de trascendencia en el Reino de Dios, tal como les sucede a los discípulos de Emaús.
          “Lo reconocieron al partir el pan”. Ahora bien, esta situación cambia radicalmente en el transcurso de lo que algunos consideran que se trata de la Santa Misa y es cuando Jesús “parte el pan”: en ese momento, desde la Eucaristía, Jesús infunde sobre los discípulos de Emaús su Espíritu, el Espíritu Santo, que ilumina sus almas y les permite reconocerlo como quien Es, como el Hombre-Dios, que luego del dolor del Viernes Santo y de la soledad y tristeza del Sábado Santo, resucitó “al tercer día”, tal como lo había profetizado.
          Si nos sucede que nuestra fe en Cristo muerto y resucitado está debilitada o incluso es inexistente, como los discípulos de Emaús, acudamos entonces a la Santa Misa, para que Jesús, en la fracción del Pan de Vida eterna, la Sagrada Eucaristía, nos infunda el Espíritu Santo y así el Paráclito nos ilumine acerca de la Presencia en la Eucaristía de Jesús, muerto y resucitado para nuestra salvación.
        


viernes, 10 de abril de 2020

Martes de la Octava de Pascua



(Ciclo A – 2020)

“Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20, 11-18). Cuando Jesús resucitado se le aparece a María Magdalena, la discípula se encuentra agobiada por la tristeza, la cual se expresa en el llanto que la invade. La razón de su llanto es que ella piensa que Jesús no solo no ha resucitado, sino que continúa muerto y que el cadáver de Jesús ha sido transportado fuera del sepulcro por algún desconocido. La causa última de la tristeza y el llanto de María Magdalena es su fe, débil y vacilante como una pequeña llama de una candela, en las palabras de Jesús: Él había prometido resucitar al tercer día, cumplió con esta promesa y ahora se encuentra delante de ella, pero ella sigue sin creer en sus palabras. Por esto llora María Magdalena: porque a pesar de amar a Jesús, no termina de creer en las palabras de Jesús, cree que está muerto y que no ha resucitado.
Pero este estado de tristeza y llanto cambian radical y substancialmente luego del encuentro personal de María Magdalena con Jesús resucitado: a pesar de preguntarle la causa de su llanto, Jesús sabe ya la respuesta, sabe que es por la débil fe de su discípula. Por eso, lo que hace Jesús es infundirle el Espíritu Santo, el cual le permitirá a María Magdalena no sólo reconocer a Jesús llamándolo “Rabboní” o “Maestro”, sino que le comunicará de la misma alegría divina, una alegría sobrenatural que brota del Ser divino trinitario de Jesús. La alegría que comunica el Espíritu Santo no es, evidentemente, una alegría de origen mundano, sino divino y sobrenatural, porque hace al alma partícipe del Ser divino trinitario, el cual es la Alegría Increada en sí misma, según las palabras de Santa Teresa de los Andes: “Dios es Alegría infinita”.
El Espíritu Santo, infundido por Jesús en María Magdalena, la ilumina primero en su intelecto, de manera tal que María Magdalena ya no sólo no lo confunde más con el jardinero, como al inicio del encuentro con Jesús, sino que es capaz de reconocer, ahora sobrenaturalmente, a Jesús resucitado. Y luego del conocimiento de Jesús resucitado, viene la alegría, que es, como dijimos, participación en la alegría sobrenatural del Ser divino. Sin esta luz del Espíritu Santo, el alma es incapaz de reconocer a Jesús resucitado: piensa que Jesús está muerto -al igual que María Magdalena al inicio- y por lo tanto se hace incapaz de participar de la alegría divina.
“Mujer, ¿por qué lloras?”. Muchas veces, en la vida cotidiana, al dejarnos arrastrar por las situaciones existenciales, perdemos de vista la resurrección de Jesús y es entonces cuando invade al alma la tristeza e incluso el llanto. Sólo cuando Jesús resucitado, desde la Eucaristía, nos infunde el Espíritu Santo, sólo entonces el alma se desprende de la tristeza de una vida con un horizonte puramente humano, para elevarse y alegrarse con la alegría misma de Dios Trino, alegría que se deriva de saber que Jesús ha resucitado y que Él nos espera en el Cielo para allí comunicarnos, de manera plena y definitiva, su Alegría, la alegría misma de Dios Hijo, encarnado, muerto y resucitado por nuestra salvación.

Lunes de la Octava de Pascua



(Ciclo A – 2020)

“Alégrense” (Mt 28, 8-15). Luego de resucitar, Nuestro Señor Jesucristo se les aparece a las santas mujeres. Estas, “atemorizadas pero llenas de alegría” van a comunicar la Buena Noticia a los discípulos. Lo llamativo en esta aparición particular de Jesús es que no las saluda a las santas mujeres con un saludo formal -lo cual cabría de esperar- o con un saludo familiar -ya que son sus discípulas-, sino que las saluda con una orden imperativa: “Alégrense”. Es decir, Jesús las saluda con una orden y es una orden muy particular: la orden que deben cumplir las santas mujeres es el alegrarse: “Alégrense”. No es de extrañar esta orden de Jesús, porque su resurrección implica novedades sorprendentes para todo el género humano: su muerte y resurrección implican no solo la derrota de los tres grandes enemigos del género humano -el demonio, el pecado y la muerte-, sino también la apertura, para el hombre, del Reino de los cielos, al ser conseguida la gracia santificante para la humanidad por los méritos de Jesús en la Cruz. Es decir, el saludo imperativo de Jesús que manda la alegría, se comprende cuando se comprueba que los motivos de alegría son sobreabundantes. Más allá de lo que las santas mujeres puedan estar experimentando en sus vidas personales -tristezas, tribulaciones, alegrías-, hay un hecho sobrenatural que es causa de una alegría también sobrenatural: con su muerte en Cruz y con su Resurrección, Jesús ha vencido de una vez y para siempre a los mortales enemigos de la humanidad y ha conseguido para esta no sólo el perdón divino de Dios Padre -cuya Justicia estaba ofendida desde el pecaodo original-, sino que con sus méritos en la Cruz ha conseguido la gracia santificante, que suprime el pecado del alma, destruyéndolo y que hace participar al alma de la filiación divina, la misma filiación divina con la cual Jesús es Hijo de Dios Padre desde toda la eternidad.
“Alégrense”. La misma orden de estar alegres -no por motivos humanos, sino sobrenaturales, porque la causa de esta alegría es la Resurrección- que da Jesús a las santas mujeres, nos la da también a nosotros. Y esta orden nos la da desde el lugar en donde Él se encuentra con su Cuerpo resucitado, el mismo Cuerpo con el que está en el Cielo y es la Sagrada Eucaristía. Por esta razón, cada vez que vamos a visitar a Jesús Eucaristía para adorarlo, y más allá de la situación existencial particular que estemos viviendo -alegría, dolor, tristeza, tribulaciones-, recibimos la misma orden dada a las santas mujeres: “Alégrense”.


jueves, 9 de abril de 2020

Domingo de Pascuas de Resurrección


Resurrección de Jesús - Wikipedia, la enciclopedia libre

(Ciclo A – 2020)

        El Cuerpo Sacratísimo de Nuestro Señor Jesucristo yace, durante la tarde y la noche del Viernes Santo y durante todo el Sábado Santo, tendido fría losa del oscuro sepulcro. En el sepulcro en el que está sepultado el Cuerpo del Señor reinan, desde que se selló la entrada con la piedra, sólo el silencio y la oscuridad. El sepulcro es nuevo y esto es una prefiguración de la resurrección: no podía, el Vencedor de la Muerte, yacer en un sepulcro ya usado, en el que hedor de la muerte había impregnado sus paredes. El hecho de que el sepulcro sea nuevo, simboliza el hecho de que el Cuerpo de Jesús no habría de descomponerse; anticipa la maravillosa Resurrección del Domingo, porque que sea nuevo significa que el hedor de la muerte jamás habría de tomar contacto con el Cuerpo del Señor, porque Él habría de resucitar, derrotando a la Muerte para siempre.
          La Resurrección del Señor ocurrió de la siguiente manera: en horas de la madrugada del tercer día, es decir, del Domingo, apareció una luz resplandeciente a la altura del Sagrado Corazón; esta luz, al principio tenue pero que iba aumentando su luminosidad con gran rapidez, puesto que era una luz viva, originada en el Ser divino trinitario de Nuestro Señor Jesucristo, a medida que iluminaba el Cuerpo de Jesús, le iba comunicando la vida gloriosa que como Dios Hijo poseía desde la eternidad. Así esta luz, cuyo esplendor era más radiante que miles de millones de soles juntos, inundó, desde el Corazón de Jesús, todo su Cuerpo, devolviéndolo a la vida, pero no a la vida terrena que tenía antes de morir, sino a la vida de la gloria qeue tenía desde toda la eternidad. De esta manera, el silencio del sepulcro fue reemplazado por el sonido de los latidos del Corazón de Jesús, mientras que la oscuridad fue reemplazada por la luz brillantísima de la gloria de Dios que emanaba de su Cuerpo, antes yaciente en la loza del sepulcro y ahora de pie, vivo y glorioso. La luz que dio vida al Cuerpo muerto de Jesús era una luz que no provenía desde fuera de Jesús, sino de Sí mismo, de su Ser divino trinitario y es por esta luz que Jesús, estando muerto, resucitó al tercer día. Era Él mismo quien se daba a Sí mismo la vida, la luz y la gloria que poseía desde la eternidad, según sus propias palabras: “Nadie me quita la vida; Yo la doy voluntariamente; tengo autoridad para darla y tengo autoridad para tomarla” (Jn 10, 18). La intensidad de la luz que resucitó a Jesús fue tan poderosa que dejó impreso en el lienzo que cubría a Jesús -la Sábana Santa- la imagen de Jesús en el momento exacto anterior a la Resurrección, al mismo tiempo que convertía al Cuerpo terreno y humano de Jesús en un Cuerpo con su materia glorificada, quedando su Cuerpo luminoso, radiante, espiritual, inmortal y lleno de la gloria de Dios[1].
         Según la Tradición, fue con este Cuerpo glorioso y lleno de la vida de Dios, con el que Jesús se apareció, antes que a cualquier discípulo, a su Madre amantísima, la Virgen Santísima, como justo premio por haber Ella acompañado su agonía en la cruz el Viernes Santo y por haber participado místicamente de su misterio salvífico de muerte y resurrección. Después de aparecerse resucitado a su Madre, se apareció, según las Escrituras, a las Santas Mujeres y a los Apóstoles. La visión de su Cuerpo glorioso, radiante, lleno de la luz y de la gloria divina, provocó “asombro”, “estupor”, alegría”, y “gozo”, entre sus discípulos y amigos, causándoles tal grade de alegría sobrenatural, que no podían articular palabra.
          Lo que también causa asombro y alegría es el hecho de que el día Domingo y todo día Domingo, es partícipe del divino resplandor que brotó del Ser trinitario de Jesús y que iluminando y dando vida a su Corazón, iluminó y dio vida divina a todo su Cuerpo. Por esta razón es que el Domingo se llama “Día del Señor” y es la razón por la cual la Iglesia prescribe la asistencia a la Misa Dominical -bajo pena de pecado mortal-, porque el asistir a Misa el Domingo es asistir no sólo al Sacrificio de Jesús en la Cruz, sino también a su gloriosa Resurrección. Desde la Resurrección, Jesús ya no está tendido y muerto en la fría loza del sepulcro, sino que está de pie, vivo, glorioso, lleno de la luz y de la vida divina, en la Sagrada Eucaristía, en cada sagrario.
          La Resurrección de Jesús no finaliza el Domingo de Resurrección: cada vez que se consagra la Eucaristía, se prolonga su Resurrección, de modo que Jesús está en la Eucaristía como lo estuvo el día de la Resurrección: vivo, glorioso, con su Cuerpo luminoso oculto a los ojos del cuerpo, pero visible a los ojos de la fe. Y este hecho es tan sorprendente y maravilloso como la misma Resurrección. Por último, Jesús Eucaristía quiere venir a nuestros corazones para que, cuando llegue el momento de pasar de esta vida a la otra, nuestros cuerpos también sean como el suyo: radiantes, gloriosos, luminosos, llenos de la vida eterna del Cordero de Dios.





[1] http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p122a5p2_sp.html

miércoles, 8 de abril de 2020

Sábado Santo: Sermón de la Soledad de la Virgen de los Dolores


Nuestra Señora de los Dolores – 15 de Septiembre | El pan de los ...

Sobre la cima del Monte Calvario y luego de una dolorosísima agonía de tres horas, Jesús, el Hombre-Dios, muere en la cruz. Luego de ser depuesto de la cruz, su Cuerpo Sacratísimo es conducido, en procesión fúnebre, hasta el sepulcro nuevo excavado en la roca. Una vez finalizada la última despedida, la puerta del sepulcro se sella con una roca en la entrada, y así el Cuerpo Santísimo de la Virgen queda tendida en la fría roca sepulcral. Todos sus discípulos, acongojados, se retiran.
La Única que permanece de pie, a la puerta del sepulcro, con sus inmaculados hábitos manchados aun con la Sangre de su Hijo, al cual ha portado entre sus brazos una vez bajado sin vida de la cruz, es la Santísima Virgen, que por el mar de dolores en el que se encuentra sumergido su Inmaculado Corazón, se llama ahora Nuestra Señora de los Dolores. La Virgen está de pie, con su Corazón estrujado por el dolor, un dolor que oprime su Corazón y se manifiesta exteriormente por el llanto y la expresión de dolor de su dulce rostro. El dolor es inenarrable, es un dolor que supera infinitamente cualquier dolor humano, es un dolor sobrenatural, porque es un dolor que se origina en la muerte de su Hijo Jesús en la cruz. Como su Hijo vino del cielo, se puede decir que es un dolor que viene del cielo. El dolor, asfixiante, oprime su Corazón Inmaculado y sube hasta la garganta y querría desahogarse en desgarradores gritos, pero en cambio la Virgen guarda silencio, ahogando el dolor con más dolor y transformando ese dolor en abundantes lágrimas que descienden como torrentes por la montaña, de sus delicados ojos azules. El dolor ha opacado la luz de sus ojos, porque ha muerto la Luz de su Vida, Cristo Jesús, el Hijo de su Amor.
          En la puerta del sepulcro, de pie, llora con amargura la Virgen la dolorosa pérdida de su Hijo Jesús. Como a Raquel, la Virgen llora y “no quiere que la consuelen”, porque la Alegría de su Vida le ha sido quitada y ya no está más para consolarla con su amor y su dulzura de Hijo Unigénito. La Virgen llora porque con la muerte de su Hijo ha muerto también ella, porque su Hijo era la Vida de su vida, el Amor de su amor, el Ser de su ser. Sin Jesús, para la Virgen la vida sólo tiene un sentido y es el dolor. Pero no es un dolor vano: el dolor es, como el dolor de Jesús, un dolor redentor, porque la Virgen participó místicamente de la Pasión y Muerte de su Hijo Jesús, Pasión y Muerte que son la salvación de los hombres. Y debido a que su Hijo, con su misterio salvífico de Muerte y Resurrección es el Redentor de los hombres, la Virgen, con su participación mística en el misterio salvífico de su Hijo, se convierte en Corredentora de la humanidad.
          Llora amargamente la Virgen de los Dolores, llora al pie de la cruz; llora pero no quiere ser consolada, porque ha muerto el Hijo de su Corazón. Llora la Virgen, pero también experimenta, con el amargo dolor, una alegre esperanza, porque la Virgen confía en las palabras de su Hijo y sabe que Él habrá de resucitar al tercer día. La Virgen sabe, con toda certeza, que su Hijo volverá de la muerte, Vencedor Invicto y Victorioso y será entonces cuando su llanto cesará. Pero hasta que llegue el momento del triunfo de la resurrección, la Virgen llora en la puerta del sepulcro y no quiere ser consolada.


martes, 7 de abril de 2020

Viernes Santo de la Pasión del Señor


Crucifixión – SabanaSanta.org

(Ciclo A – 2020)

         Después de ser crucificado y elevado en alto, Jesús permanece en ese estado durante tres largas horas, en una penosísima agonía. Finalmente, luego de cumplir la Redención y de entregar su espíritu a su Padre, Jesús muere en la cruz. La muerte de Jesús no es la muerte de un hombre santo, ni siquiera del más santo entre los santos: es la muerte de Dios encarnado, es la muerte del Hombre-Dios, que se encarnó en el seno de la Virgen Madre, por obra del Espíritu Santo y por el querer del Padre. El hecho de que el que muere en la cruz es Dios Tres veces Santo, es lo que explica los eventos de orden cósmico y cosmológico que se suceden en el instante mismo en que Jesús muere –el terremoto, el eclipse solar- y es lo que explica también los eventos sobrenaturales que se verifican según el relato del Evangelio, como la resurrección de una multitud de santos que se les aparecen a los habitantes de Jerusalén, la conversión del soldado Longinos luego de traspasar el Corazón de Jesús con una lanza, derramándose sobre él la Sangre y el Agua del Corazón de Jesús. La conversión de Longinos es el anticipo y la prefiguración de las incontables conversiones que habrían de darse en el tiempo, al caer esta misma Sangre y Agua, de modo misterioso, sobre las almas.
         A su vez el eclipse del sol, si bien fue un hecho cósmico -verdaderamente hubo un eclipse solar-, es una prefiguración de lo que sucede en el mundo espiritual: quien muere en la cruz es el Sol de justicia, Cristo Jesús, que es el Dios que es la Vida Increada y que da la vida a todo ser viviente: si muere el Sol, no sólo la tierra queda envuelta en las más densas tinieblas, sino que las almas mismas quedan inmersas en las más profundas tinieblas espirituales: de la misma manera a como el solo queda oculto en el eclipse, así el Sol de justicia, Cristo Jesús, queda oculta a las almas que han cometido el pecado más grave de todos, el pecado de deicidio, el pecado por el cual han matado a Dios. Pero no solo estas tinieblas envuelven a las almas: cuando el alma comete un pecado mortal -renueva el deicidio de la cruz-, el alma queda rodeada y dominada por las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, los demonios, quienes parecen alcanzar su máximo triunfo con la muerte de Jesús.
Precisamente, el ocultamiento del sol ocurrido en el momento de la muerte de Jesús tiene un significado sobrenatural, ya que es un símbolo de la aparente victoria de las tinieblas vivientes del Infierno sobre la Luz Eterna, Jesucristo: mientras la Luz Eterna muere en la cruz, es el momento en el que aprovechan los ángeles caídos, las tinieblas vivientes, para apoderarse de las almas de los hombres, principalmente de aquellos que se unieron al Príncipe de las tinieblas para dar muerte al Hijo de Dios.
         Pero el triunfo de las tinieblas vivientes es sólo aparente: como ya dijimos, el derramamiento del Agua y la Sangre del Costado traspasado de Jesús y la consecuente conversión del soldado Longinos, es sólo el anticipo y la prefiguración de las innumerables conversiones que habrían de darse a lo largo de los siglos, al derramarse de modo misterioso esta Sangre y esta agua sobre las almas de los fieles a quienes Dios acerca a la cruz.
Otro signo sobrenatural que se da con la muerte de Jesús es la resurrección de numerosos santos; es el fruto incipiente de la muerte de Jesús, Él muere para que los que han muerto en Dios resuciten a la vida eterna. Es un anticipo también de lo que sucederá al fin de los tiempos, en el Día Final, cuando por los méritos de la muerte de Jesús en la cruz, las almas se unan a los cuerpos y así se produzca la resurrección, aunque algunos resucitarán para la vida eterna, mientras que otros, para la segunda y definitiva muerte, la eterna condenación.
Para la Iglesia Católica, el Viernes Santo representa el día más triste y oscuro espiritualmente hablando; es el día en el que en apariencia las tinieblas del Infierno cantan triunfo sobre el Dios Viviente, porque han logrado, con la ayuda cómplice de los hombres entenebrecidos, dar muerte al Dios de la Vida. Para la Iglesia, se trata de un día de duelo, en el que parecieran haber triunfado sobre ella las puertas del Infierno. El hecho de que los sacerdotes se postren en la ceremonia de la cruz refleja el estado espiritual de la Iglesia: la postración del sacerdote ministerial es una señal de duelo, porque ha muerto en el Calvario el Sumo y Eterno sacerdote, Cristo Jesús y puesto que participan de su poder sacerdotal, carece de toda razón su ministerio sacerdotal, al haber muerto Cristo Jesús. Por esta razón es que en no se celebran misas – es el único día del año en el que no se celebran misas- el Viernes Santo, porque la Iglesia está de luto al haber muerto en el Calvario el Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo.
          Ahora bien, tanto la derrota de Jesús como de la Iglesia, son solo aparentes y no reales, porque en el caso de Jesús, su Divinidad permanece unida a su Cuerpo y a su Alma y es la que llevará a cabo la Resurrección al tercer día, es decir, el Domingo; en el caso de la Iglesia, se cumplen las palabras de Jesús de que “las puertas del Infierno no triunfarán” sobre ella.
Por esta razón, de modo opuesto a lo que parece, la muerte de Jesús, lejos de ser un fracaso, representa el triunfo más rotundo de Dios Trino sobre los tres enemigos del hombre, el demonio, la muerte y el pecado, ya que con su muerte en cruz los derrota de una vez y para siempre.
No obstante, en el misterio de la redención, el Viernes Santo es un día de luto y de tristeza para la Iglesia Católica, porque ha muerto en Cruz el Hombre-Dios, Jesucristo.