viernes, 25 de noviembre de 2016

El Adviento, tiempo de espera del Mesías que vino, que viene y que vendrá



(Domingo I - TA - Ciclo A - 2016-2017)

         ¿Qué es el Adviento? Ante todo, digamos qué es lo que NO ES el Adviento: no es un tiempo de preparación psicológica y secularizada para las fiestas de Navidad, que están totalmente secularizadas; no es una simple “memoria litúrgica” vacía de contenido; no es mera “repetición cíclica y automática de los ciclos litúrgicos de la Iglesia”, es decir, como un solo comenzar y repetir lo mismo cada año, en la misma fecha.
         Para poder aprehender el significado del Adviento, tenemos que recordar qué significa etimológicamente: “Adviento” es la traducción latina del griego “epifanía” y significa “llegada”. Dicho esto, podemos decir que el Adviento es el período litúrgico con el que la Iglesia, a la vez que inicia un nuevo ciclo litúrgico, se prepara espiritualmente para la Navidad, que es a su vez memoria litúrgica de la Primera Venida del Señor Jesús.
         Entonces, sí es verdad que Adviento comprende las cuatro semanas que preceden a la Navidad y que por lo tanto, constituye este período previo para la Navidad, pero significa algo mucho más que esto: es, ante todo, un estado habitual del cristiano, un modo de vivir del cristiano, que impregna todo el día, todos los días de su vida, hasta su muerte. Y es por esto que decimos que Adviento es mucho más que un “tiempo de preparación religiosa-psicológica para celebrar Navidad”. Veamos porqué decimos que el Adviento es un “estado habitual” para el cristiano o, también, que toda la vida del cristiano es un “Adviento” continuo.
Como dijimos, Adviento significa “venida”, o “llegada”, que en el vocabulario de la Iglesia se entiende por la venida del Mesías, el Salvador, el Redentor del mundo, el Hombre-Dios Jesucristo, por lo que “Adviento” está relacionado con la Venida de Jesucristo.
Ahora bien, Jesús, el Hijo de Dios, vino por primera vez, en la humildad de nuestra carne, asumiendo una naturaleza humana sin dejar de ser Dios, y vendrá al fin de los tiempos, glorioso y resucitado, para juzgar al mundo. Si Adviento está relacionado con la Venida de Jesús, ¿con cuál de las Dos Venidas de Jesucristo se relaciona? Hay que decir que el Adviento, como tiempo litúrgico, hace referencia a ambas Venidas, e incluso todavía a una venida intermedia, entre la Primera y la Segunda, como veremos. Hace referencia a la Primera Venida porque es el tiempo de preparación especial inmediata para la Navidad, es decir, es un tiempo en el que, como Iglesia, nos preparamos para celebrar litúrgicamente –litúrgicamente quiere decir en el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios- su Primera Venida, y la disposición espiritual en este sentido, es como si no hubiera venido, aunque sabemos, obviamente, que ya vino por primera vez, y es así que en este Adviento, nos disponemos como Iglesia con la misma disposición espiritual que tenían los justos del Antiguo Testamento, que esperaban la Venida del Mesías; por otro lado, Adviento hace referencia también a la Segunda Venida en la gloria, por lo que es un tiempo para que, también como Iglesia, recordemos en el misterio de la liturgia, que habrá de venir a juzgar al mundo, al fin de los tiempos, como Justo Juez, y que por lo tanto, debemos estar “atentos y vigilantes”, como el siervo de la parábola, esperando su Segunda Venida como Supremo Juez y Rey del universo, que habrá de juzgar a toda la humanidad. Hay una tercera Venida, intermedia, y es la Venida del Señor Jesús, por el misterio de la liturgia eucarística, al alma, por la Comunión Eucarística, y esta Venida acaece o sucede en el tiempo presente.
Así vemos entonces cómo el Adviento se relaciona con las tres dimensiones temporales en las que vivimos, conectándolas a todas con el misterio pascual de Jesucristo: con el pasado, porque el tiempo de Adviento es un período litúrgico que nos invita a arrepentirnos de nuestros pecados y convertirnos, tal como instaba Juan el Bautista en el desierto a quienes esperaban al Mesías; nos anima a vivir el presente con la gracia que ya nos trajo Jesús con su Primera Venida y la renueva en cada comunión eucarística y, por último, con el futuro, porque al recordar que habrá de venir, nos hace prepararnos espiritualmente para su encuentro en la Segunda Venida y esto significa esta en estado de gracia permanente.
Podemos decir por lo tanto que la finalidad espiritual del Adviento es triple, teniendo siempre presente que no se trata de meras disposiciones de orden psicológico o moral, ni siquiera espiritual, sino de una verdadera participación, por el misterio de la liturgia, al misterio salvífico del Hombre-Dios Jesucristo, Dios Hijo Encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Esta triple finalidad es la siguiente:
La primera finalidad, es recordar y celebrar litúrgicamente el pasado, es decir, su Primera Venida y es la razón por la cual contemplamos y participamos, por la liturgia eucarística de la Santa Misa, del Nacimiento de Jesús en Belén. Como Iglesia, el tiempo previo a la Navidad no es hacer una simple memoria psicológica de lo que sucedió en Belén hace veinte siglos, sino que consiste en una verdadera participación, a través del misterio litúrgico, de la Primera Venida del Mesías, en la sencillez y humildad del Niño Dios. Un primer fin del Adviento es la conmemoración participativa de su Primera Venida y esa es la razón por la cual, en Adviento, nos ubicamos como Iglesia en los tiempos previos a su Primera Venida y nos colocamos en la disposición espiritual de quienes, en el Antiguo Testamento, esperaban la Llegada del Mesías.
La segunda finalidad es vivir el tiempo presente –nuestro aquí y ahora- en el misterio de su Presencia real, verdadera y substancial entre nosotros, que es la Eucaristía: es decir, Jesús ya vino en su Primera Venida, pero al mismo tiempo, se quedó presente entre nosotros en la Eucaristía, para cumplir su promesa de estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo” y por la Eucaristía “viene”, “llega”, “adviene” a nuestra alma, toda vez que comulgamos en gracia, con fe y con amor. Se trata de vivir esta realidad de la Presencia misteriosa del Señor Jesús que viene a nosotros en el misterio de la Eucaristía y que nos comunica de su vida divina trinitaria en la comunión. En el presente, vivimos entonces en la vida de Jesús y de la vida de Jesús, que es la vida de la gracia del Hombre-Dios, que ya vino por Primera Vez, que ha de venir por Segunda Vez en la gloria y que adviene, llega, viene, a nuestras almas, en cada Comunión Eucarística, y esta es la “Venida intermedia” a la que hacíamos referencia, es decir, su Venida al alma, cada vez, por la comunión eucarística.
Por último, la tercera finalidad del Adviento consiste en preparamos para el futuro encuentro –personal y con toda la humanidad- que se llevará a cabo con su Segunda Venida en la gloria, sea al fin de los tiempos –o también, al finalizar nuestra vida en la tierra, porque el día de nuestra propia muerte será, para nosotros, el Día de nuestro Juicio Particular, que será un pequeño “Juicio Final en miniatura”-: en otras palabras, significa que en el Adviento nos preparamos espiritualmente para la Parusía o Segunda Venida de Jesucristo en la “majestad de su gloria”, cuando Nuestro Señor Jesucristo venga como Señor y como Juez de todas las naciones para premiar con el Cielo a los buenos o para castigar con el Infierno a los malos, según hayan sido nuestras obras libremente realizadas.
Por esta triple finalidad, la Iglesia nos invita en el Adviento a vivir espiritualmente este tiempo litúrgico por medio del examen de conciencia, la penitencia y las buenas obras.

Con esto ya podemos responder a la pregunta inicial acerca de qué es el Adviento: no se limita a las cuatro semanas previas a Navidad, sino que es un estilo de vida o un hábito del cristiano que, como el siervo que espera a su amo con la lámpara encendida, espera al Señor Jesús, que vino por Primera Vez, que viene en cada Eucaristía y que habrá de venir por Segunda Vez, al fin de los tiempos, y el modo de vivir el Adviento –que, volvemos a repetir-, comprende toda la vida del cristiano- es por medio de la penitencia, la oración y las obras de misericordia. El Adviento es tiempo de espera del Mesías que vino, que viene y que vendrá.

“El Reino de Dios está cerca”



“El Reino de Dios está cerca” (Lc 21, 29-33). Hablando acerca de su Segunda Venida en la gloria, Jesús profetiza acerca de lo que sucederá antes de que Él vuelva: guerra, rumores de guerra, terremotos, señales en el cielo. Cuando veamos que suceden estas cosas, dice Jesús, sepamos que “el Reino de Dios está cerca”. Jesús está hablando del Día del Juicio Final y nos advierte acerca de los acontecimientos que precederán a su Venida en la gloria, para que estemos preparados, aun cuando no sabemos si viviremos en esta vida terrena cuando suceda.

         Pero la advertencia de Jesús “el Reino de Dios está cerca”, no es sólo válida para su Segunda Venida, al fin de los tiempos, sino también para todos y cada uno de nosotros, independientemente o no si habremos de vivir o no en esta vida mortal cuando suceda: su advertencia de que el Reino de Dios está cerca, es para todo aquel que, viviendo en esta vida, pase al otro mundo a través de la muerte. Es decir, el Reino de Dios está cerca, y está tan cerca, como cerca está el día ya prefijado por Dios, para la muerte de cada uno, con la consiguiente comparecencia, ante el Rey de los hombres, Cristo Jesús, Supremo y Eterno Juez.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo




(Ciclo C – 2016)

         “Pusieron una inscripción encima de su cabeza: ‘Éste es el rey de los judíos’” (Lc 23, 35-43). Al finalizar el ciclo litúrgico, la Iglesia celebra a Cristo Rey. ¿Dónde reina este Rey? Cristo reina en los cielos eternos, porque Él es el Cordero de Dios, ante quien se postran en adoración los ángeles y santos (cfr. Ap 5, 6); Cristo reina en la Eucaristía, porque la Eucaristía es ese mismo Cordero de Dios, adorado por ángeles y santos, que es adorado en la tierra y en el tiempo por quienes, reconociéndose pecadores, sin embargo lo aman y se postran en adoración ante su Presencia Eucarística; Cristo reina en la Cruz, y así reza el letrero puesto por Pilato: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos” (Lc 23, 35-43), y así lo canta y proclama, con orgullo, la Santa Iglesia Militante: “Reina el Kyrios en el madero”. Pero Cristo Rey quiere reinar en los corazones de los hombres, de todos los hombres del mundo, de todos los tiempos, y es por eso que quiere ser entronizado en sus corazones. Él es el Rey del Universo visible e invisible, y todo está en sus manos, pero lo que más desea es el corazón y el amor de los hombres, tal como se lo dijo a Santa Gertrudis: “Nada me da tanta delicia como el corazón del hombre, del cual muchas veces soy privado. Yo tengo todas las cosas en abundancia, sin embargo, ¡cuánto se me priva del amor del corazón del hombre!”[1]. Cristo Dios se deleita, no con los planetas ni las estrellas, y ni siquiera con los ángeles, sino con el amor de nuestros corazones, pero se ve privado de ese deleite cuando su trono, que es nuestro corazón, está ocupado por alguien o algo que no es Él. Jesús quiere ser entronizado como Rey en nuestros corazones, pero antes debe el hombre humillarse ante Jesús y reconocerlo como a su Dios, su Rey y Salvador, como único modo de poder desterrar de su corazón a los ídolos mundanos, el materialismo, el hedonismo, el relativismo, y el propio yo, que ocupan el lugar que en el corazón humano le corresponde solamente a Cristo Rey.
         Nuestro Rey, Cristo Jesús, el Hombre-Dios, el Cordero de Dios, reina en los cielos, reina en la Cruz, reina en la Eucaristía, y quiere reinar en nuestros corazones, pero para que Él pueda reinar en nuestros corazones, debemos ante todo destronar a los falsos ídolos entronizados por nosotros mismos y que ocupan el lugar que le corresponde a Jesucristo, y de todos estos falsos ídolos, el más difícil de destronar es nuestro propio “yo”. Este falso ídolo, que somos nosotros mismos, ocupa en nuestros corazones el puesto que sólo le corresponde a Cristo Rey y nos damos cuenta de que reina este tirano que es nuestro yo, cuando a los mandamientos de Cristo –perdona setenta veces siete, es decir, siempre; ama a tus enemigos; sé misericordioso; carga tu cruz de cada día; vive las bienaventuranzas; sé manso y humilde de corazón-, le anteponemos siempre nuestro parecer, y es así que ni perdonamos ni pedimos perdón; no amamos a nuestros enemigos; no cargamos nuestra cruz de todos los días, no somos misericordiosos, no vivimos las bienaventuranzas, somos soberbios y fáciles a la ira y el rencor. De esa manera, demostramos que quien reina y manda en nuestros corazones somos nosotros mismos, y no Cristo Rey, que por naturaleza, por derecho y por conquista, es nuestro Rey.
         Al conmemorar a Cristo Rey del Universo, por medio de la Solemnidad litúrgica, para asegurarnos de que verdaderamente nuestros labios concuerdan con nuestro corazón, destronemos a los falsos ídolos que hemos colocado en nuestros corazones, el más grande de todos, nuestro propio “yo” y luego sí postrémonos delante de Cristo Rey en la Cruz y en la Eucaristía, adorándolo, dándole gracias y amándole con todo el amor del que seamos capaces. Sólo así daremos a Nuestro Rey, Jesús Eucaristía, el honor, la majestad, la alabanza, la adoración y el amor que sólo Él se merece.





[1] http://www.corazones.org/santos/gertrudis_grande.htm

miércoles, 16 de noviembre de 2016

“Hagan fructificar sus talentos”



“Hagan fructificar sus talentos” (Lc 19, 11-28). Con la parábola de un hombre “de familia noble fue a un país lejano para recibir la investidura real” y que entrega “cien monedas de plata” a sus servidores para que las hagan fructificar, Jesús nos advierte acerca de la necesidad imperiosa, de los cristianos, de poner a su servicio los dones –naturales y sobrenaturales- que Él nos dio, para la salvación de las almas.
Las cien monedas de plata representan los dones, talentos, virtudes y toda clase de bienes, tanto naturales –como la inteligencia, la memoria, la voluntad, la practicidad, etc.- como sobrenaturales –el bautismo, la comunión eucarística, la confirmación, etc.- con los cuales Él nos dotó en su Iglesia, y que deben ser puestos al servicio de la Iglesia para la salvación de las almas. Nadie, en absoluto, puede excusarse, diciendo: “Yo no tengo dones, no puedo hacer nada en la Iglesia”, porque eso no es verdad, desde el momento en que todos, absolutamente todos los cristianos, por el solo hecho de ser bautizados, ya tenemos el don de ser hijos de Dios y no meras creaturas. Si alguien dice tal cosa –“no tengo dones”-, lo único que hace es escudarse en una falsa humildad, para justificar su pereza y su acedia. Ser humildes no significa decir “no tengo dones”, “no sirvo para nada”; por el contrario, significa reconocer cuáles son los dones, talentos, virtudes, etc., con los cuales Dios me ha dotado, y ponerlos efectivamente al servicio de la Iglesia, pero no para cualquier cosa, sino para la salvación de las almas, que es el objetivo primordial, y sin buscar el aplauso y los honores de los hombres y del mundo, sino solo el ser vistos por Dios Padre.

“Hagan fructificar sus talentos”. Jesús nos advierte, porque cuando Él llegue en su Segunda Venida, nos pedirá cuenta de todos y cada uno de los dones que nos ha dado. Que nos recompense o que nos castigue y quite lo que aún creíamos tener, depende de nuestra libertad.

martes, 15 de noviembre de 2016

“Hoy tengo que alojarme en tu casa”



“Hoy tengo que alojarme en tu casa” (Lc 19, 1-10). Al comentar el pasaje del Evangelio en el que Jesús encuentra a Zaqueo, Santa Isabel de la Trinidad establece una analogía según la cual la casa material de Zaqueo y Zaqueo mismo es ella, de manera que el diálogo que se entabla entre Jesús y Zaqueo es el diálogo entre Jesús y ella[1]. Dice así: “Como a Zaqueo, mi Maestro me ha dicho: “Apresúrate, desciende, que quiero alojarme en tu casa”. Apresúrate a descender, pero ¿dónde? En lo más profundo de mí misma”. Santa Isabel de la Trinidad hace una analogía entre ella y Zaqueo y entre la casa de Zaqueo y su propia alma, mientras que el descenso de Zaqueo del árbol, es el descenso que ella misma hace “hasta lo más profundo de ella misma”, con lo cual, el encuentro que se verifica entre Jesús y Zaqueo, en la casa material de este último, se verifica en el alma de –la casa espiritual- de Santa Isabel de la Trinidad. Ahora bien, puesto que Zaqueo ya ha recibido la gracia de la conversión, parte de la cual es desprenderse de los bienes materiales a los que estaba aferrado antes de conocer a Jesús, esto mismo se verifica también en Santa Isabel, aunque en relación a los bienes espirituales, que comienzan por el apego que el alma tiene a sí misma. Dice así la santa: “(entrar en la casa-alma) después de haberme negado a mí misma (Mt 16, 24), separado de mí misma, despojado de mí misma, en una palabra, sin yo misma”. Es decir, así como Zaqueo demuestra su conversión, fruto del encuentro con Jesús, la santa demuestra esta conversión en el deseo de despojarse de sí misma, para que Jesús sea todo en ella.
         Luego, al analizar la frase de Jesús “Hoy tengo que alojarme en tu casa”, Santa Isabel interpreta el pedido de Jesús –el Hombre-Dios- como el deseo de Dios Uno y Trino de inhabitar, por la gracia y el amor, en el alma de todo ser humano: “Es necesario que me aloje en tu casa”. ¡Es mi Maestro quien me expresa este deseo! Mi Maestro que quiere habitar en mí, con el Padre y el Espíritu de Amor, para que, según la expresión del discípulo amado, yo viva “en sociedad” con ellos, que esté en comunión con ellos (1Jn 1, 3)”. De estas palabras se deduce que hay una profundización en el amor hacia Santa Isabel en relación a Zaqueo, porque si en el caso de Zaqueo entró sólo el Hombre-Dios Jesús y lo hizo sólo en su casa material, ahora, en Santa Isabel, junto con Jesús, Persona Segunda de la Trinidad, vienen a la casa de Santa Isabel, su alma, junto con Jesús, el Padre y el Espíritu Santo. Son las Tres Divinas Personas las que quieren entrar en el alma de Santa Isabel y hacer morada en ella. La santa confirma este pensamiento, citando a San Pablo, en donde el  Apóstol se refiere a los bautizados como “miembros de la casa de Dios”: “Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois miembros de la casa de Dios”, dice san Pablo (Ef 2, 19). He aquí como yo entiendo ser “de la casa de Dios”: viviendo en el seno de la apacible Trinidad, en mi abismo interior, en esta “fortaleza inexpugnable del santo recogimiento” de la que habla san Juan de la Cruz...”. “Ser de la casa de Dios” es, para Santa Isabel, ser el alma en gracia “la casa de Dios Uno y Trino”, de las Tres Divinas Personas.
         El alma en la que inhabite la Santísima Trinidad, será “bella”, con una belleza sobrenatural y descansará en Dios Trino, viviendo no ya en el tiempo y en el espacio humanos, sino en la eternidad de Dios, aun si continúa viviendo en el tiempo terrestre, y en la inhabitación de la Trinidad en lo más profundo de su ser, el alma se transformará en el “resplandor de su gloria”: “¡Oh qué bella es esta criatura  así despojada, liberada de ella misma!... Sube, se levanta por encima de los sentidos, de la naturaleza; se supera a ella misma; sobrepasa tanto todo gozo como todo dolor y pasa a través de las nubes, para no descansar hasta que habrá penetrado «en el interior» de Aquel que ama y que él mismo le dará el descanso... El Maestro le dice: “Apresúrate a descender”. Es así como ella vivirá, a imitación de la Trinidad inmutable, en un eterno presente..., y por una mirada cada vez más simple, más unitiva, llegar a ser “el resplandor de su gloria” (Heb 1,3) o dicho de otra manera, la incesante “alabanza de gloria”» (Ef 1, 6) de sus adorables perfecciones”. Para Santa Isabel, entonces, el episodio evangélico del encuentro entre Jesús y Zaqueo no solo se actualiza en su alma, sino que se profundiza hasta un nivel insospechado, el de la transformación del alma en el “resplandor de la gloria” de Dios Trino.




[1] Último retiro, 42-44.

lunes, 14 de noviembre de 2016

“Señor, que vea”


“Señor, que vea” (Lc 18, 35-43). Un ciego, sentado al borde del camino, al escuchar que se acerca Jesús, se pone a gritarle a Jesús: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”. Los discípulos quieren hacerlo callar, pero el ciego grita aún más fuerte: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”. Finalmente, Jesús hace traer al ciego delante de él, le pregunta qué es lo que quiere y el ciego le dice que quiere ver: “Señor, que vea”. En vista a su fe, Jesús le concede lo que le pide y el ciego, inmediatamente, recupera la vista y comienza a seguir a Jesús, glorificándolo.
El ciego es un ejemplo, para nosotros, desde el punto de vista de la fe: demuestra tener un gran conocimiento de Jesús y esto se demuestra en dos hechos: por un lado, lo llama con un título real: “Hijo de David”, lo cual significa que lo reconoce como Rey; por otro, le pide un don que solo Dios puede hacer, y es devolverle la vista. Que el ciego tenga una fe no humana, sino celestial sobrenatural, se concluye por la respuesta de Jesús –le dice: “Tu fe te ha salvado”-, y en esto es para nosotros un gran ejemplo: cree en Jesús, porque ha oído hablar de Él, de sus maravillosos milagros, de sus enseñanzas celestiales, y es por eso que tiene una fe inquebrantable en Jesús, pero no en un Jesús humano, sino en un Jesús que tiene poderes de Dios, porque sabe que es Dios en Persona. Es decir, porque cree en Cristo Dios, es que le da a Jesús un título mesiánico y le pide un milagro que sólo Dios puede hacer: devolverle la vista.

“Señor, que vea”. Somos como el ciego del Evangelio, porque no vemos a Jesús con los ojos del cuerpo, y por ese motivo, decimos, junto con el ciego del Evangelio: “Señor, que yo te vea, con los ojos del alma iluminados por la fe de la Iglesia, en la Eucaristía, en donde estás Presente con tu Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad y que viéndote, te adore, adorándote, te ame, y amándote, salve mi alma”. 

viernes, 11 de noviembre de 2016

“Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen (...) no llegará tan pronto el fin”



(Domingo XXXIII - TO - Ciclo C – 2016)

         “Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin” (Lc 21, 5-19). Según algunos autores, Jesús y sus discípulos se encuentran, probablemente, en la cima del Monte de los Olivos (cfr. Mc 13, 3), desde donde contemplaban el templo[1], siendo ese el marco en el que se desarrolla el diálogo. Los discípulos llaman la atención a Jesús sobre las grandiosas puertas de bronce que conducían a los atrios interiores del Templo, el cual había sido concebido y edificado para la eternidad[2]. La profecía de Jesús sobre el Templo, según la cual en poco tiempo no sería más que un cúmulo de piedras –“no quedará piedra sobre piedra”-, los sorprende, pero esta destrucción no es gratuita, sino que tiene su origen en el rechazo del Mesías por parte de Israel, quien habría de expulsarlo, del Templo y de la Ciudad Santa, el Viernes Santo, para darle cruel muerte de cruz, y es esto lo que Jesús revela proféticamente cuando dice: “Vuestra casa quedará desierta”. La terrible predicción lleva a los discípulos a formular la angustiada pregunta: “¿Cuándo sucederá esto?”.
Jesús no da una fecha, sino que responde revelando cuáles serán las señales: aparecerán falsos cristos, se desencadenarán guerras, etc., aunque todavía “no será el fin”. Aún más, no sólo no será el final, sino que en Mateo y Marcos se dice que esa será la señal del “comienzo de los dolores”.
Pero en la respuesta de Jesús hay que diferenciar dos hechos distintos, uno que marca su Primera Venida, y el otro, su Segunda Venida: el primero es la destrucción de Jerusalén y el Templo -arrasado por Tito durante el gobierno del emperador Vespasiano en el año 70, como símbolo del fin del pacto del Antiguo Testamento-, que estará precedida por la persecución cruenta a los cristianos –al tiempo que Lucas escribe el Evangelio, ya han sufrido la muerte Santiago, Esteban-, todo lo cual efectivamente sucedió; el otro evento es su Segunda Venida, la cual estará precedida por los falsos cristos –hoy más que nunca en la historia de la humanidad, abundan los falsos mesías de la Nueva Era-, las guerras, el hambre, etc. A quienes se mantengan firmes en la fe bimilenaria de la Iglesia, Jesús les promete la asistencia del Espíritu Santo, con lo cual les promete lo mismo que Dios le había prometido a Moisés en su enfrentamiento con el faraón (cfr. Éx 4, 11-12)[3]. Además, Jesús tranquiliza a sus discípulos afirmando que “todo está en manos de Dios”, de manera que nada sucederá sin que Él lo quiera y permita, y si los discípulos pierden la vida por el Evangelio, salvarán sus almas: “Por vuestra perseverancia –hasta derramar la sangre en la confesión de la fe en Cristo Dios-, salvaréis vuestras almas” (cfr. Mc 13, 13b: “El que perseverare hasta el fin, ése será salvo”).
El primero de los signos, la destrucción del Templo, ya se produjo. Falta el segundo, la Segunda Venida de Jesucristo en la gloria. ¿Cuándo será ese día? No lo sabemos, pero sí sabemos que, indefectiblemente, llegará. En el Antiguo Testamento se habla de este día: “Porque llega el Día, abrasador como un horno. Todos los arrogantes y los que hacen el mal serán como paja; el Día que llega los consumirá, dice el Señor de los ejércitos, hasta no dejarles raíz ni rama. Pero para ustedes, los que temen mi Nombre, brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos, y saldrán brincando como terneros bien alimentados” (Mal 3, 19-20). En otros pasajes, este Día es descripto como “Día de la Ira del Señor”, puesto que al terminar el tiempo termina la Misericordia y Jesús aparecerá como Justo Juez, no como Dios Misericordioso, que dará a cada uno lo que cada uno mereció con sus obras libremente realizadas: Cielo o Infierno. Refiriéndose a este día, la Virgen le dijo a Santa Faustina que “hasta los ángeles de Dios temblarán” ante la Justa Ira de Dios, desencadenada por la malicia de los hombres.
¿Y qué es lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica, acerca de la Segunda Venida de Jesucristo? Dice así: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne”[4]. Antes de la Segunda Venida de Cristo, vendrá el Anticristo, el cual se presentará como un pseudo-mesías que “dará una solución aparente” a la vida del hombre caído en el pecado y dominado por la concupiscencia, porque al precio de hacerlo apostatar de la Verdad Revelada, le permitirá seguir en su pecado, argumentando que “nada es pecado” y que “Dios todo perdona”, alentando al hombre a seguir en su estado de no conversión y de rebelión contra Dios, pero con apariencia de religiosidad, porque para lograr este perverso propósito, creará una nueva Iglesia, la Anti-Iglesia, que permitirá el pecado y modificará la Ley de Dios, sus Mandamientos y sus Sacramentos.
Es esto lo que advierte Monseñor Fulton Sheen, cuando hablando del Anticristo, afirma que este construirá una iglesia falsa dentro de la Iglesia verdadera, lo cual será, con toda probabilidad, la causa de la “prueba de fe” que deberán atravesar los católicos, al deber diferenciar entre la verdadera y la falsa iglesia: “Tendrá todas las notas y las características de la Iglesia, pero a la inversa y vaciada de su Divino contenido. En el medio de todo este aparente amor por la humanidad y su discurso superficial de libertad e igualdad, él tendrá un gran secreto que no le dirá a nadie: él no creerá en Dios. Porque su religión será la fraternidad sin la paternidad de Dios... Él va a crear una contra-Iglesia que será la mona de la Iglesia, porque él, (como) el Diablo, es el mono de Dios. Tendrá todas las notas y las características de la Iglesia, pero a la inversa y vaciada de su Divino contenido. Será el cuerpo místico del Anticristo que se parecerá en todo lo exterior al cuerpo místico de Cristo”[5]. Esta falsa Iglesia del Anticristo, con sus falsos sacramentos y mandamientos, será, con toda probabilidad, la “prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes”, tal como lo advierte el Catecismo.
Por último, San Ambrosio, comentando acerca del Día del Juicio Final, medita acerca de la inutilidad de saber la fecha, si no convertimos nuestros corazones a Dios, puesto que ese día puede ser el mismo día de nuestra muerte. Dice así San Ambrosio: “(…) Existe en cada uno de nosotros un templo que sólo se destruye si se derrumba la fe (…) ¿de qué me sirve saber cuándo será el día del juicio? ¿De qué me sirve, siendo consciente de tanto pecado, saber que el Señor vendrá un día, si no vuelve a mi alma, si no vuelve a mi espíritu, si Cristo no vive en mí, si Cristo no habla por mí? Es a mí que Cristo debe venir, es en mí que ha de tener lugar su venida” [6]. Esto es así porque, en realidad, a nivel personal debe realizarse una consumación escatológica en cada hombre que muere, y esa consumación ocurre precisamente en el momento de su muerte personal, sin que para él sea necesario esperar al final de los tiempos. En otras palabras, si alguien muere esta noche, esta noche es, para ese tal, el Día del Juicio Final, porque afrontará su Juicio Particular, en el que se decidirá su destino eterno, corroborado luego en el Juicio Final. En esa consumación escatológica individual ya nuestro Señor Jesucristo tendrá que mostrarse tal como es, y el velo que para los vivos cubre su realeza tendrá que rasgarse para dar paso a la clara visión de Cristo glorificado. La Parusía o segunda venida de Cristo ocurre cada vez que Cristo regresa con gloria para cada persona que muere, cuando viene para juzgar los actos de su vida[7]. Retornando a San Ambrosio, el santo afirma que de nada sirve saber si Cristo vendrá hoy o en dos años, si es que no abro las puertas de mi corazón a su gracia y si no dejo que su gracia convierta y cambie radicalmente mi corazón. Y si lo hago, es decir, si dejo entrar a Jesucristo en mi corazón y lo reconozco, por la fe, y le doy mi corazón y lo entronizo en mi corazón a Jesús Eucaristía, entonces sí estoy listo para cuando venga, cuando Él así lo decida.
El Día del Juicio Final, el Día de la Ira de Dios, ha de venir, tarde o temprano, y para ese día debemos prepararnos, y la mejor –y única- manera es vivir en gracia, evitar el pecado, obrar la misericordia, alimentarnos del Pan de Vida eterna, la Eucaristía. Quien esto hace todos los días de su vida, está ya preparado para la Segunda Venida del Señor, sea que suceda hoy, mañana o en cinco años.





[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentario al Antiguo Testamento, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1956, 639.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] N. 675.
[5] El Comunismo y la Conciencia de Occidente, Bobb-Merril Company, Indianápolis 1948, 24-25.
[6] Comentario al evangelio de Lucas, X, 6-8.
[7] http://www.mercaba.org/Cristologia/01/parte_4_capitulo_06.htm