miércoles, 26 de febrero de 2020

La Cuaresma es tiempo de conversión



(Domingo I - TC - Ciclo A - 2020)

          Con el Miércoles de Cenizas, la Iglesia inicia un nuevo tiempo de Cuaresma. Este tiempo de Cuaresma es un tiempo de gracia y su objetivo es lograr la conversión del alma. ¿Qué significa conversión? Para darnos una idea, traigamos a la memoria el ciclo del girasol: cuando es de noche, el girasol se encuentra doblado hacia el suelo y con su corola cerrada; a medida que se acerca el amanecer, cuando la estrella de la mañana indica que está por finalizar la noche y por comenzar el día, el girasol inicia un movimiento en el cual se yergue y, cuando el sol aparece en el cielo, su corola se abre y se orienta hacia el sol y a medida que el sol se desplaza por el cielo, el girasol, con su corola completamente desplegada, sigue el desplazamiento del sol por el cielo. Para comprender la alegoría, debemos reemplazar los elementos del ciclo del girasol por elementos espirituales y sobrenaturales. Así, el girasol es el alma; la noche es el tiempo que vive el alma alejada de Dios, en el pecado, lo cual es opuesto a la conversión y a la vida de la gracia; el girasol orientado en la noche hacia el suelo, significa el alma sin gracia y sin conversión, que está toda inclinada hacia las cosas de la tierra, dominada por las bajas pasiones; la estrella de la mañana, que indica el fin de la noche y el comienzo del día, representa a la Virgen, Lucero de la mañana, que indica el fin de la oscuridad para el alma y el comienzo de una nueva vida, la vida de la gracia en Cristo Jesús; el sol que aparece en el cielo, en el amanecer, indicando el inicio de un nuevo día, representa a Cristo Dios, llamado también “Sol de justicia”, que ilumina al alma con su luz y le concede la vida de la gracia; por último, el girasol, con su corola desplegada y mirando al sol y siguiéndolo en su recorrido por el cielo, significa el alma en gracia, que “sigue a Cristo dondequiera que vaya” y que ya tiene puesto su corazón en el cielo y ya no en la tierra.
          La Cuaresma es entonces este tiempo de conversión, en la que el alma, si no está convertida, debe buscar la conversión, esto es, mirar con los ojos del alma a Cristo Dios y tener su corazón en el Reino de los cielos y no en esta tierra. Para lograr este objetivo, es que la Iglesia dispone este tiempo de gracia que es la Cuaresma, para que el alma, por medio de la oración, el ayuno, la penitencia y las buenas obras, sea como el girasol en pleno día: que siga a Cristo Dios “dondequiera que vaya” y desee habitar en el cielo y ya no más en la tierra.

Viernes después de Cenizas



(Ciclo A – 2020)

         “Los amigos del Esposo ayunarán cuando les sea quitado el Esposo” (cfr. Mt 9, 14-15). Los discípulos de Juan el Bautista se acercan a Jesús y le preguntan cuál es la razón por la cual sus discípulos no ayunan, como sí lo hacen en cambio ellos y los fariseos. Jesús contesta con una respuesta enigmática: “¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán”. Es decir, Jesús les dice que, mientras sus discípulos estén con el esposo, no harán ayuno; en cambio sí lo harán, cuando el esposo les sea quitado. Para entender la respuesta de Jesús, hay que comprender a qué se refiere Jesús cuando dice “esposo” y es a Él mismo: en efecto, Jesús es el Esposo de la Iglesia Esposa lo cual quiere decir que cuando Jesús dice “esposo”, se está refiriendo a Él mismo. Es de este modo entonces que se entiende la respuesta de Jesús: antes de que el Esposo-Jesús sufra la Pasión, los discípulos suyos no harán ayuno, porque están con el Esposo; cuando el Esposo-Jesús les sea quitado por la Pasión y Muerte en Cruz, entonces sí harán ayuno. Éste es el sentido de la respuesta de Jesús.
         Y si bien Jesús ha resucitado y está glorioso y resucitado en la Eucaristía y por eso podemos decir que el Esposo está con nosotros, la Iglesia ha establecido que el ayuno sea una forma de oración válida para alcanzar las gracias de Dios que necesitamos. La Cuaresma es el tiempo más propicio para el ayuno –ayuno sobre todo de obras malas, pero ayuno también de alimentos, un día determinado y según las posibilidades de cada persona-, porque es el tiempo litúrgico que más nos acerca a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, el tiempo en el que el Esposo de la Iglesia Esposa es quitado por la muerte en Cruz.




Jueves después de Ceniza



(Ciclo A – 2020)

         “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga” (Lc 9, 22-25). Jesús está hablando no a sus discípulos, sino a sus potenciales discípulos, a sus potenciales seguidores y les dice cuáles son las condiciones para seguirlo, para ser su discípulo. Ante todo, dice: “Si alguno quiere venir en pos de Mí”, es decir, seguir a Jesús o no seguirlo, según sus propias palabras, depende de la libertad de cada uno, ya que Jesús no dice imperativamente: “Síganme”, sino: “Si alguno quiere”, es decir, lo deja al libre arbitrio de cada uno. Ser o no ser discípulos de Jesús no es algo impuesto, sino algo libre; del mismo modo que seguir a Jesús es algo libre, también entrar en el cielo es algo libre, porque nadie entrará en el cielo en contra de su propia voluntad.
         Luego dice: “en pos de Mí”: el cristiano sigue a Cristo, no sigue ni a un famoso de televisión, ni a un artista de cine, ni a un cantante de moda: el cristiano sigue a Cristo y Cristo es Dios y seguir a Dios tiene sus exigencias. Aunque parezca una banalidad aclararlo, es necesario, porque algunos siguen a Cristo, pero a su modo, o siguen a un cristo que se han inventado a sí mismos, o dicen seguir a Cristo, pero en realidad siguen a otros. Quien sigue a Cristo, entonces, sigue a Dios, que está encarnado en Cristo Jesús y debe cumplir con las exigencias de vida que este seguimiento implica.
         Para quien se ha decidido libremente a seguirlo y a seguirlo como Dios Hijo encarnado, Jesús da las condiciones que implica este seguimiento: “que se niegue a sí mismo” y luego “que tome su cruz de cada día” y recién emprenda el seguimiento: “y me siga”.
         “Que se niegue a sí mismo”. ¿Qué significa “negarse a sí mismo”? Significa negarnos en nuestras pasiones, en nuestro hombre viejo, en nuestras concupiscencias, todo consecuencia del pecado original. El que sigue a Cristo lo hace no como hombre viejo, cargado de pecado, de pasiones y de concupiscencias, sino como el hombre nuevo, el hombre redimido por la gracia, el hombre vivificado por la Sangre del Cordero de Dios. Esto implica, entre otras cosas, vivir cada día en la Ley de Dios, según sus Mandamientos y no según nuestro propio yo.
         Por último, ¿qué significa “tomar la cruz de cada día”? Significa que vivir en gracia, evitar el pecado, rechazar las tentaciones, vivir según los Mandamientos de la Ley de Dios, recibir los sacramentos, hacer oración y obras de caridad, no es para una sola vez, sino para siempre, para cada segundo, para cada hora, para cada día, para todos los días, hasta el día en que tengamos que partir de esta vida para alcanzar la vida eterna. Esto es lo que significa “tomar la cruz de cada día”. No se es cristiano sólo el Domingo, sino los siete días de la semana, y todos los días del año.
         “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga”. No somos cristianos por el hecho de haber sido bautizados solamente: además del bautismo, ser cristianos implica seguir a Cristo Dios cargando la cruz de cada día y negándonos a nosotros mismos. La Cuaresma es el tiempo de gracia que Dios nos concede para que lo hagamos.
        


lunes, 24 de febrero de 2020

Miércoles de Cenizas


Resultado de imagen de miercoles de ceniza

(Ciclo A – 2020)

          ¿Qué significado tiene la ceremonia del Miércoles de Cenizas, en la que el sacerdote impone las cenizas en las frentes de los fieles, en forma de cruz mientras dice: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”? Tiene un significado sobrenatural, de origen celestial y es el siguiente: en el Miércoles de Cenizas, la Iglesia nos recuerda qué es lo que somos y en qué nos convertiremos, aunque también, implícitamente, nos recuerda lo que todavía no somos y en qué nos convertiremos. Nos recuerda que somos “polvo”, con lo cual quiere decir que nos recuerda que vivimos en la vida terrena, una vida que es pasajera, que termina pronto y que esto que somos y que con frecuencia creemos que es definitivo, se convertirá en “polvo” y que por eso “volveremos al polvo”. La Iglesia nos recuerda que esta vida no es definitiva; nos recuerda que esta vida es pasajera; nos recuerda que debemos vivirla como quien está de viaje o, como dice Santa Teresa, “en una mala noche, en una mala posada”. Así es exactamente esta vida: una mala noche en una mala posada; como tal, así como la noche es breve y da lugar al amanecer, así sucede con esta vida: es breve, es corta, termina en un soplo -no en vano el Salmo dice: “Nuestra vida, Señor, pasa como un soplo”- y nada de lo material que tengamos en esta vida terrena, nos llevaremos a la otra vida. Por esta razón, no tiene sentido acumular bienes materiales ni poner en ellos el corazón, porque nada, absolutamente nada material, nos habremos de llevar al otro mundo.
          Es esto entonces lo que la Iglesia nos recuerda: que estamos destinados a la muerte, que cada día que pasa, nuestros pasos nos encaminan a la tumba, porque somos polvo y en polvo -por la muerte- nos convertiremos. Pero no todo termina en la muerte terrena: ésta es sólo un umbral que nos permite atravesar lo que nos separa de la otra vida, la vida eterna, en donde nos esperan dos fuegos: el fuego del Infierno y el fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo. Lo que debemos tener en cuenta, al recordar los fuegos que nos esperan en la otra vida, es que no estamos pre-destinados a uno u otro, sino que nosotros elegimos, con nuestras obras, a qué fuego queremos ir, libre y voluntariamente. Para que no elijamos el fuego del Infierno, es que la Iglesia nos anima, al colocarnos las Cenizas, que nos convirtamos, es decir, que dejemos de mirar las cosas terrenales y bajas de esta vida, para elevar la mirada del corazón y elevarla a Cristo Crucificado, único camino hacia el Cielo, en donde nos espera el Fuego del Amor Divino, el Espíritu Santo.
          “Conviérte (…) recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”. Éste es el sentido del Miércoles de Cenizas: por un lado, recordar que somos polvo, que estamos destinados a la muerte eterna, pero también recordarnos que estamos destinados a la vida eterna y que para alcanzar esta vida eterna, debemos convertirnos, para así poder llegar al Reino de los cielos. El tiempo de Cuaresma es tiempo de oración, ayuno y penitencia, para lograr, por la misericordia de Dios, la gracia de la conversión.

domingo, 23 de febrero de 2020

“Amen a sus enemigos”



(Domingo VII - TO - Ciclo A – 2020)

          “Amen a sus enemigos” (Mt 5, 38-48). En el Antiguo Testamento regían dos actitudes hacia el prójimo: por un lado, en el Levítico se dice que se lo debe “amar como a uno mismo”; por otro lado, regía la ley del Talión, según la cual, para hacer justicia, se debía responder “ojo por ojo y diente por diente”. Nuestro Señor Jesucristo introduce una novedad absoluta en relación al prójimo y es el amor de caridad: por un lado, dice que los cristianos deben “amarse unos a otros”; por otro lado, en relación al prójimo que es enemigo, dice que los cristianos deben “amar a sus enemigos”. Entonces, según Nuestro Señor Jesucristo, no cabe otra cosa en relación al prójimo que el amor, ya sea que ese prójimo sea nuestro amigo o sea nuestro enemigo: “ama a tu prójimo como a ti mismo, amen a sus enemigos”. No cabe, para el cristiano, otra actitud que el amor, en relación a su prójimo.
           Ahora bien, hay otra aclaración que debe ser hecha y es qué tipo de amor es el que deben los cristianos aplicar a sus prójimos. En el Antiguo Testamento, cuando en el Levítico se manda amar a Dios y al prójimo, ese amor es meramente humano, porque se manda amar “con todas las fuerzas” y eso significa con todas las fuerzas humanas, con todo el amor humano. Además de esto, hay que considerar la ley del Talión, ley por la cual en el Antiguo Testamento se aplicaba una justicia que no contemplaba el perdón. Jesús cambia las cosas de modo radical y substancial, porque no solo manda amar al prójimo en toda circunstancia -sea amigo o enemigo-, sino que manda amarlo con un amor que no es el humano o, en todo caso, con un amor humano divinizado por la gracia, ya que Jesús dice: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado” y el Amor con el que Jesús nos ha amado no es un amor humano sino un Amor Divino, porque es el Amor de Dios, el Espíritu Santo. En efecto, Jesús, en cuanto Dios, espira el Espíritu Santo junto al Padre y es con este Amor del Padre y del Hijo con el cual Cristo nos ama. Otra diferencia con el Antiguo Testamento es que Jesús nos ama con un Amor que no sólo es divino, sino que es un Amor que lleva a la Cruz, ya que Jesús nos amó hasta morir en Cruz.
          “Amen a sus enemigos”. Para el cristiano, en relación a su prójimo amigo, no basta con el amor meramente humano del Antiguo Testamento y para su prójimo que es enemigo, no basta con el simple perdón: para ambos, Jesús exige algo nuevo, de origen celestial y es el Amor sobrenatural, el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, un Amor que debe ser dado desde la Cruz.

jueves, 20 de febrero de 2020

“Vade retro, Satán!”




“Vade retro, Satán!” (Mt 8, 27-33). Uno de los aspectos que más asombra en este Evangelio es, por un lado, la doble respuesta de Pedro, constituida por dos afirmaciones que se oponen entre sí la una a la otra; por otro lado, lo que sorprende es también la doble respuesta de Jesús, consistente en afirmaciones dirigidas a las respectivas respuestas de Pedro. La primera reacción de Pedro, positiva, y que se acompaña de una afirmación también positiva de Jesús, es la respuesta de Pedro ante la pregunta de quién piensan los discípulos que es Jesús: el único en responder de modo correcto es Pedro, cuando dice que Jesús es “el Mesías, el Hijo de Dios”. A esta respuesta de Pedro, le sigue una felicitación de Jesús hacia Pedro, puesto que lo que ha respondido, en substancia, le ha sido inspirado, no por su razón humana, sino por el Espíritu del Padre, el Espíritu Santo. La segunda reacción de Pedro, esta vez negativa, es después de que Jesús les revelara anticipada y proféticamente su misterio pascual de muerte y resurrección, misterio que habría de implicar su juicio injusto, su condena a muerte y su muerte en cruz, para luego resucitar: Pedro se opone con vehemencia a este misterio de la cruz y es esto lo que desencadena la sorprendente reacción de Jesús, quien le dice: “Vade retro, Satán!” a Pedro. Es decir, en el instante anterior, Jesús había felicitado a Pedro porque sus pensamientos no eran de su razón humana, sino que había sido inspirado por el Espíritu Santo; inmediatamente después, en la misma conversación, Jesús reprende a Pedro porque le dice que sus pensamientos son humanos y diabólicos, al rechazar la cruz y que estos pensamientos sean de origen satánico se deduce por la forma en que Jesús se dirige a Pedro: no le dice: “Vade retro, Pedro!”, sino: “Vade retro, Satán!”, afirmando implícitamente que quien le sugiere rechazar la cruz no es en este momento el Espíritu de Dios, sino el espíritu infernal, Satán. En síntesis, Pedro, sin darse cuenta tal vez, es inspirado por dos espíritus: cuando reconoce a Jesús como el Mesías e Hijo de Dios, es inspirado por el Espíritu Santo; cuando rechaza la cruz y se aparta de Jesús, es inspirado por el demonio.
“Vade retro, Satán!”. Debemos estar atentos a nuestros pensamientos y tener bien presente este episodio del Evangelio, porque lo que le sucedió a Pedro, también puede sucedernos a nosotros: cuando aceptamos la cruz de cada día, como camino de purificación espiritual y como camino que nos conduce al cielo, entonces estamos inspirados por el Espíritu Santo; cuando rechazamos la cruz y nos alejamos de Jesús -de la oración, de los sacramentos, de la Misa-, entonces estamos inspirados por Satanás.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Jesús cura a un ciego




Jesús cura a un ciego (cfr. Mc 8, 22-26). En el momento en el que Jesús llega a Betsaida, un ciego le suplica que lo toque para quedar curado. Jesús le pone saliva en los ojos y le impone las manos y el ciego comienza a ver, aunque a medias, ya que ve a los hombres “como si fueran árboles”. Luego Jesús le vuelve a imponer las manos y es entonces cuando el ciego recupera completamente la visión. Es decir, la curación se produce en dos etapas. Además del milagro real, efectivamente sucedido en el tiempo y en el espacio y del que fue beneficiario una persona determinada, en la curación del ciego de Betsaida debemos ver un elemento simbólico: en su curación está representada la conversión de toda alma. En efecto, esto es así porque la ceguera representa, simbólicamente, al alma que no puede ver, sobrenaturalmente, por la fe, los misterios de la vida del Hombre-Dios Jesucristo: se trata de almas que, por decisión propia o porque no recibieron la gracia, no creen en el Hombre-Dios y su misterio salvífico de redención y por eso mismo discurren por la vida como ciegos espirituales. La curación en dos etapas, puede significar a su vez la conversión que se da en forma gradual, paulatina, por etapas, a diferencia de la conversión que se da en forma instantánea.
En relación a Jesús y a su misterio salvífico de muerte y resurrección, ¿somos como el ciego de Betsaida? ¿Voluntariamente rechazamos la gracia de la conversión y por lo tanto estamos ciegos ante el Misterio de los misterios de Dios, que es la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía? Si lo somos, es por decisión propia, porque todos los bautizados hemos recibido la gracia santificante en el bautismo. Si somos como ciegos, nos humillemos ante Jesús Eucaristía y, como el ciego de Betsaida, le pidamos la gracia de que nos conceda poder contemplarlo, por la fe, en el misterio eucarístico, para luego seguir contemplándolo y adorándolo por toda la eternidad.