lunes, 16 de enero de 2012

¿QUIERES CONOCER DÓNDE VIVO? VEN, ENTRA EN LA MORADA DE MI CORAZÓN EUCARÍSTICO, Y CONOCERÁS DÓNDE VIVO”





“Hemos encontrado al Cristo” (cfr. Jn 1, 35-42). Andrés, hermano de Simón Pedro, sigue a Jesús con otro discípulo, y le pregunta por su morada. Quiere saber dónde vive, no por curiosidad, sino para compartir con los demás el hallazgo que acaba de hacer: ha encontrado al Cristo, el Mesías, el Cordero de Dios. Es lo que dirá a su hermano Simón Pedro: “Hemos encontrado al Cristo”.

La experiencia de Andrés –encontrar a Cristo- representa el hecho más feliz que pueda acontecerle a cualquier ser humano venido a este mundo, porque Cristo no es un rabbí hebreo de religión que murió hace dos mil años dejando una enseñanza moral sublime; Cristo no es el fundador fracasado de una nueva religión, que murió crucificado y abandonado por todos, menos por su Madre, porque nadie lo comprendía; el Cristo al cual Andrés encuentra, es Dios: Cristo es el Hombre-Dios, es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que adueñándose de un cuerpo humano, inhabita en él; Cristo es Dios Hijo, que procede eternamente de Dios Padre, que se encarnó y nació milagrosamente en el tiempo en el seno de la Virgen Madre; Cristo es Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, para que los hombres se hagan Dios; Cristo es Dios en Persona, aún cuando sus contemporáneos lo confundan con “el hijo del carpintero”; Cristo es Dios, y por lo tanto, posee el mismo ser divino y la misma substancia divina que Dios Padre y que Dios Espíritu Santo, mereciendo, al igual que estas Personas de la Santísima Trinidad, todo el honor, la adoración y la gloria por parte de los ángeles y de los santos; Cristo es Dios, y por lo tanto, posee todos los atributos de Dios: es omnipotente, y por eso es el Creador de cielos y tierra, y por eso expulsa a los demonios con solo ordenárselo, y calma al viento y a la tempestad con una sola palabra; Cristo es Dios, y por eso sus milagros son portentosos, maravillosos, imposibles de ser realizados por criatura alguna, aún cuando esa criatura sea un ángel: multiplica la materia, haciendo aparecer miles de panes y peces allí donde no los había; convierte el agua en vino, y vino del mejor; sana enfermos, paralíticos, sordos, ciegos, mudos, y cura toda clase de enfermedades; resucita muertos, como a Lázaro, o al hijo de la viuda de Naím, devolviéndolos a la vida, puesto que Él no es solamente el Creador de toda vida existente –angélica, humana, animal, vegetal-, sino que Él es la misma Vida Increada, fuente de toda vida.

Cristo es Dios, y por eso en la Cruz, aún cuando parece estar vencido, aún cuando en la Cruz parece ser un hombre derrotado, fracasado, humillado, que ha sido vencido por sus enemigos y abandonado por sus amigos; aún cuando en la Cruz no parece santo, porque es condenado como un malhechor; aún cuando en la Cruz no parece Dios porque muere como hombre; aún cuando en la Cruz no parece fuerte, porque aparece en toda la debilidad de su Humanidad, que es crucificada sin oponer resistencia; aún cuando en la Cruz no parece inmortal, porque sufre una muerte real y verdadera al separarse su Alma santísima de su Cuerpo Inmaculado, permaneciendo la Divinidad con cada uno de ellos; aún así, Cristo en la Cruz es Dios crucificado, el Dios Tres veces santo, que comunica su santidad a través de la Sangre y el Agua que brotan de su Corazón traspasado; Cristo en la Cruz es Dios fuerte, porque en la máxima muestra de debilidad en su Humanidad crucificada, con esta misma Humanidad crucificada, inhabitada por su Divinidad, mata a la muerte para siempre, y es Dios Fuerte porque con su muerte, derrota también para siempre al pecado y al poderoso instigador del pecado, el demonio; Cristo en la Cruz es Dios Inmortal, porque, pero que al mismo tiempo que muere en su Humanidad, no solo derrota a la muerte para siempre, sino que concede su Vida divina por medio de la Sangre y el Agua que brotan de su Corazón traspasado; Cristo es Dios, y por eso puede hacer el más grande milagro de todos los grandes milagros de Dios, soplar el Espíritu Santo por medio de las palabras de consagración, pronunciadas por el sacerdote ministerial, sobre los dones del pan y del vino para transubstanciarlos, convertirlos, en su Cuerpo y en su Sangre.

Es por esto que la experiencia de Andrés –escuchar al Bautista que dice que Jesús es Dios, seguirlo para saber dónde vive, y finalmente encontrar a Jesús el Cristo-, no es un hecho más entre otros, aun cuando a simple vista parezca un hecho común: un hombre que encuentra a otro, como cuando decimos: “Encontré a Fulano”. Es un hecho trascendental, que habrá de cambiar radicalmente su vida, no solo desde el punto de vista existencial –cambiará su profesión para ser Apóstol y discípulo de Jesús-, sino ante todo cambiará el sentido y la dirección de su vida: antes de encontrar a Jesús, Andrés, como todo hombre nacido en este mundo, estaba destinado a la muerte y, con mucha probabilidad, a la condenación eterna, porque los hombres, nacidos con el pecado original, no solo jamás podrían entrar en el cielo, sino que sin la gracia, dice Santo Tomás, no pueden vivir sin cometer pecado mortal, con lo cual merecen la condenación eterna.

El hecho de haber encontrado a Jesús le significa a Andrés, por lo tanto, un cambio radical en su vida, porque a pesar de una breve defección en el momento del apresamiento de Jesús, en donde huirá cobardemente como todos los discípulos, Pedro incluido, luego seguirá a Jesús por el camino de la Cruz, y dará su vida por Él. Y así Andrés, que en la tierra preguntaba dónde vivía Jesús, ahora en el cielo vive con Él eternamente, en las moradas del Padre celestial. Encontrar a Jesús significa dar a la vida un giro trascendente, asombroso, maravilloso; encontrar a Jesús significa cambiar radicalmente la perspectiva de la vida humana, porque significa ser asociado por Él a su Pasión, como le sucedió a Andrés que murió mártir, y significa ser conducido por Jesús a las moradas eternas de los cielos, para vivir en la eterna alegría y felicidad que significa contemplar cara a cara a Dios Uno y Trino.

Quien encuentra a Jesús, no queda nunca como antes, puesto que experimenta un giro, o más bien, una elevación insospechada en su vida, ya que antes de Jesús estaba destinado a morir, ahora por la gracia está destinado a la resurrección en la gloria.

“Hemos encontrado al Cristo”, dice Andrés en el Evangelio, y como Andrés, todo cristiano está llamado a encontrarse con Cristo en la Eucaristía, en el sagrario; todo cristiano está llamado a repetir la maravillosa experiencia de Andrés, de encontrarse con Cristo, y así dar un nuevo sentido y una nueva dirección a su vida, el sentido y la dirección de la feliz eternidad en los cielos. Todo cristiano está llamado a encontrar a Cristo y a comunicar a sus hermanos, los hombres, su feliz hallazgo: “He encontrado a Cristo en la Eucaristía”. Pero no se puede encontrar a Cristo en la Eucaristía, si se camina en dirección contraria adonde Jesús habita, el sagrario; no se puede encontrar a Cristo, si en vez de venir a su encuentro en la Santa Misa, se decide ir a lugares en donde Él no está, aunque sí está el Enemigo de las almas, el demonio, el ángel caído; no se puede encontrar a Cristo si en vez de venir a Misa, se acude a bailes, a diversiones, a espectáculos, a estadios de fútbol, a programas de televisión, a cines, a reuniones con amigos. Es por esto que muchos, muchísimos cristianos, en vez de encontrar a Cristo, encuentran al Ángel de la oscuridad, el demonio, la serpiente, que se disfraza de luz para hacerlos caer en el pecado. Muchos –todos- cristianos están llamados, pero son pocos los que escuchan la llamada y responden.

Muchos cristianos caminan en dirección contraria adonde Jesús habita, y así nunca lo podrán encontrar.

“Hemos encontrado al Cristo”. El cristiano no tiene a Juan el Bautista para que le señale quién es y dónde vive el Cordero de Dios, pero sí tiene a la Iglesia, que le dice en el Catecismo: “Cristo en la Eucaristía es el Cordero de Dios, y vive en el sagrario”.

“Hemos encontrado al Cristo”, dice Andrés en el Evangelio, y el cristiano, luego de escuchar a la Iglesia que dice: “Cristo Dios está en la Eucaristía, esperándote, en el sagrario; ve allí donde Él vive, y lo encontrarás”, debería decir: “He encontrado a Cristo en la Eucaristía” y, al igual que Andrés, que comunicó su feliz hallazgo a su hermano Pedro, debería también comunicar su hallazgo de Jesús en la Eucaristía a sus hermanos, no tanto con sermones, sino con obras de misericordia corporales y espirituales.

martes, 10 de enero de 2012



Jesús expulsa a un demonio del cuerpo de un poseso (cfr. Mc 1, 21-28). Muchos creen que la posesión demoníaca de los cuerpos humanos son cosas del pasado; que si existieron, hoy ya no se dan más estos casos; otros, reducen los casos de posesión descritos en el evangelio a enfermedades psiquiátricas desconocidas en ese entonces y confundidas con posesiones; para otros, finalmente, se trata sólo de supersticiones que no pueden ser aceptadas por mentes racionalistas y progresistas.
            Pensar de esta manera constituye un gravísimo error, puesto que el demonio, el espíritu maligno, el ángel caído, existe, y continúa tomando posesión de cuerpos y engañando mentes y voluntades de innumerables seres humanos. El demonio es un ser real; no es un producto de la imaginación, ni una enfermedad psiquiátrica, ni el fruto de creencias supersticiosas. Conserva todo su poder, propio de su naturaleza angélica, aunque sin la gracia de Dios, por lo que su voluntad está fijada y congelada en el mal absoluto, en el odio sin límites. El demonio odia a Dios y al hombre en cuanto imagen de Dios, y al no estar condicionado por la materia y por el tiempo, se mueve entre los hombres para tratar de engañarlos, hacerlos caer en el pecado, y arrastrarlos al infierno.
            Lejos de ser un fantasma o una leyenda, el demonio es una tenebrosa realidad, la más peligrosa y terrible realidad que pueda existir, tanto para cada hombre en particular, como para todas las naciones de la tierra.
            Que exista el demonio, es un hecho que puede ser constatado sin salir del hogar, simplemente encendiendo el televisor o conectándose a Internet. Por estos medios de comunicación, se puede comprobar cómo la práctica totalidad de la cultura humana –lo que el hombre piensa y hace- está influenciada por el demonio: la moda indecente e impúdica; la música del género que sea –cumbia, rock, música pop-, que induce al sexo desenfrenado, al alcohol, a la drogadicción; los homicidios, los adulterios, las venganzas, las matanzas, los asesinatos, los robos, las violencias, las guerras, etc. etc. Y como si esto fuera poco, el silencioso genocidio del aborto. Todo el quehacer humano, en la actualidad, es explícita o implícitamente satánico, puesto que el grado de perversión y de malicia que se observa en estas manifestaciones, distan mucho de ser explicadas por las solas pasiones humanas. Es el ángel caído el que, inficionando el corazón del hombre, induce a este a crear la actual civilización atea, materialista, hedonista. Un reflejo de esta civilización sin Dios son los domingos, en los que los templos están vacíos, mientras están saturados de católicos tibios y apóstatas los estadios de fútbol, los parques de diversiones, los centros de compras…
            En el evangelio, Cristo expulsa al demonio del cuerpo de un poseso. Hoy, debería expulsarlo de toda la sociedad y de todas las manifestaciones perversas de la sociedad, puesto que nos encontramos en un momento en el que las fuerzas del infierno parecen ya haber triunfado no sobre un hombre aislado, como el poseso del evangelio, liberado por Jesús, sino sobre toda la humanidad.
            Sin embargo, si hoy el ataque del infierno es feroz y despiadado, más que en tiempos de Jesús, también nosotros poseemos una extraordinaria defensa, y también ataque contra las fuerzas del infierno: es la Virgen María, ante cuyo nombre tiembla de terror el infierno entero. En época de Jesús la Virgen no actuaba contra el demonio, porque no era todavía el tiempo de su pública actuación fijado por la Divina Providencia. Pero nuestros tiempos son los tiempos de María, la Mujer del Génesis, la Mujer del Apocalipsis, que aplasta la cabeza de la serpiente infernal con su delicado piececillo de doncella. ¿Cómo es posible esto? Porque la fuerza omnipotente de Dios actúa a través suyo, y es por este motivo que para el demonio el pie de la Virgen, con el cual aplasta su soberbia cabeza, tiene el peso de miles de millones de toneladas, y todavía más.
            Si en el evangelio aquellos que eran atormentados por los demonios, podían recurrir sólo a Jesús, nosotros en cambio, podemos recurrir a Él y a la Virgen María, Vencedora del infierno con la gracia de su Hijo Jesús. 

viernes, 6 de enero de 2012

Bautismo del Señor



         “Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección” (Mc 1, 7-11). En la teofanía trinitaria del Jordán, Dios Padre se dirige a Jesús, en el momento de su bautismo por parte de Juan el Bautista, y le manifiesta su predilección.
Luego, en el Monte Tabor, Dios Padre hablará nuevamente, en la Transfiguración de Jesús, antes de la Pasión, pero esta vez no se dirige a Jesús, sino a nosotros, los cristianos: “Este es mi Hijo muy amado… Escuchadlo” (Mc 9, 1-11).
Como resultado de estas dos intervenciones, en el Jordán y en el Monte Tabor, Dios Padre nos está diciendo que Jesús es su Hijo –por lo tanto, es tan Dios como Él-, y que en Él tiene toda su predilección y que “escuchemos” lo que Jesús nos dice.
Dios Padre nos dice que escuchemos a Jesús, su Hijo muy amado, y nos dice que lo que escuchemos para que, obviamente, hagamos lo que Él nos dice. Esto nos lleva a plantearnos las siguientes preguntas: ¿qué es lo que nos dice Jesús, el Hijo de Dios Padre, y qué es lo que hacemos nosotros en respuesta a lo que Él nos dice? Y aún antes que esto: ¿escuchamos lo que nos dice? Y si lo escuchamos, ¿hacemos lo que nos dice?
         ¿Qué es lo que nos dice Jesús, para hacer lo que nos dice luego de escucharlo?
Jesús nos dice: “Ama a tus enemigos; bendice a los que te persiguen (Mt 5, 43-48); perdona setenta veces siete (Mt 18, 22), es decir, siempre, sin importar la magnitud de la ofensa; perdona, porque Yo te perdoné primero desde la Cruz, y tú debes perdonar a tu prójimo enemigo con mi mismo perdón, que es de valor infinito”. Es esto lo que Jesús nos dice, y sin embargo, cuando por alguna circunstancia, sea banal o seria, un prójimo se convierte en nuestro enemigo, ni se nos pasa por la cabeza perdonar en nombre de Cristo con el mismo perdón con el cual hemos sido perdonados; antes bien, juramos venganza, aunque no la llevemos a cabo, y estamos dispuestos a aplicar la ley maldita del Talión, a devolver “ojo por ojo y diente por diente” (cfr. Éx 21, 24), a no perdonar ni una sola de las afrentas recibidas, con lo cual demostramos que poco y nada nos importan las palabras de Jesús, y que Jesús es para nosotros poco menos que una figurita decorativa.
Jesús nos dice: “El que quiera seguirme, cargue su cruz y me siga” (Mt 16, 24). Jesús no nos obliga a seguirlo, porque nos dice: “El que quiera seguirme”, y el que quiera seguirlo, para hacerlo debe cargar su Cruz, porque Jesús va camino del Calvario cargando su Cruz, y la Cruz es la única puerta que conduce al Cielo. Quien no carga su Cruz, no puede entrar en el cielo.
Pero, ¿qué quiere decir “cargar la Cruz”? Cargar la Cruz quiere decir, por ejemplo, no solo no renegar de la propia enfermedad, del dolor y de las molestias que se derivan, sino considerar esto como un don del cielo, por el cual el alma se configura a Cristo crucificado. Por la enfermedad, por el dolor, por la tribulación, el alma es hecha partícipe, por Jesucristo, a la Suprema Tribulación de la Cruz. Rechazar esto es rechazar la Cruz, y ¡cuántos cristianos, en vez de encarar sus dolencias con la mirada puesta en la Cruz, lo primero que hacen es acudir a los vendedores de ilusiones, que prometen “parar de sufrir”! Si los mercaderes de la religión, que prometen la eliminación de la Cruz, tienen tanto éxito, es porque la inmensa mayoría de los cristianos arroja la Cruz en el suelo, para correr detrás de quien pueda hacerle olvidar, aún a costa de engaños, la Cruz que Cristo le regaló.

Hay muchas otras cruces -cada cual tiene una a su medida y según su capacidad, porque Dios no da nunca una cruz más grande que la que cada uno puede cargar, y cuando da la cruz, da la gracia y la fuerza para llevarla-, y para todas las cruces vale lo del ejemplo: Cristo nos dice que debemos cargar la Cruz y seguirlo camino del Calvario, para morir al hombre viejo, y lo primero que hacemos es renegar de la Cruz, arrojarla a un costado, y empezar a caminar o a correr en el sentido opuesto al del Calvario, para buscar consuelo en las criaturas y en el mundo.
Jesús nos dice: “Yo soy el Pan vivo bajado del cielo, el que coma de este Pan no morirá (cfr. Jn 6, 51ss); el que coma del Pan que Yo le daré, que es mi carne, tendrá la vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día”. Jesús nos alienta a alimentarnos de un manjar celestial, un Pan de ángeles, un alimento que no es de este mundo, su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía, y nos asegura que quien haga esto, alimentarse del Pan vivo bajado del cielo, tendrá la vida eterna, lo cual quiere decir la alegría, la felicidad, el gozo para siempre, porque le será comunicada la vida misma del Hombre-Dios, que es la vida misma de Dios Uno y Trino.
Y a pesar de esta invitación de Jesús, de comer su Cuerpo y beber su Sangre, es decir, de ser alimentados con un alimento espiritual y glorificado, para recibir la gloria, la vida, la luz, la paz y la alegría de Dios, la inmensa mayoría de los cristianos prefieren saciar el vientre y la sed con los manjares del mundo, manjares que engordan el cuerpo al tiempo que enflaquecen el alma, porque proporcionan alimento material pero no espiritual; en vez de acudir a recibir la Carne del Cordero de Dios, servida por Dios Padre en el banquete celestial, la Santa Misa, los Domingos, los cristianos acuden en masa a los modernos templos del placer, de la diversión banal, de las distracciones pasajeras, de los pasatiempos vacíos, y es así como los Domingos, las iglesias están vacías y sobran las comuniones y faltan las confesiones, porque están atiborrados de cristianos tibios y malos los estadios de fútbol, los cines, los centros de compras, los paseos públicos, los parques de diversiones.
Los cristianos demuestran así que no solo no escuchan lo que Jesús, el Hijo de Dios Padre les dice, alimentarse con el Pan que da la Vida eterna, sino que hacen lo contrario, se alimentan con placeres terrenos que destruyen el germen de vida eterna, la vida de la gracia.
Obrando de esta manera, es decir, sin escuchar lo que Jesús dice, y sin hacer nada de lo que dice que un cristiano debe hacer para alcanzar la vida eterna, el cristiano se encuentra en una situación idéntica a la de los discípulos que, con la barca azotada por la tormenta, y a punto de hundirse, ven venir a Jesús caminando sobre las aguas, y lo confunden con un fantasma: “…vino Él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: ‘Es un fantasma’, y de miedo se pusieron a  gritar” (Mt 14, 26). Para muchos cristianos, Jesús en la Iglesia no es más que un fantasma, y por eso no hacen nada de lo que Jesús dice, con lo cual pierden la oportunidad dada por Dios de ganar la vida eterna, al tiempo que se entregan con los ojos cerrados al enemigo de las almas, el demonio.
“Este es mi Hijo muy amado… Escuchadlo”. En la teofanía del Jordán, Dios Padre nos manda escuchar a su Hijo muy amado. En las bodas de Caná, la Virgen Madre, nos manda hacer lo que nos dice: “Hagan lo que Él les dice” (Jn 2, 1-11).
Sólo si escuchamos a Jesús y hacemos lo que Él nos dice, alcanzaremos la vida eterna.

Solemnidad de la Epifanía del Señor (2)



            Para Epifanía, la Iglesia se alegra porque sobre ella resplandece la luz de la gloria, aplicándose a sí misma la profecía de Isaías: “Levántate y resplandece, Jerusalén, que ya se alza tu luz, y la gloria del Señor alborea para ti, mientras está cubierta de sombras la tierra y los pueblos yacen en tinieblas. Sobre ti viene la aurora del Señor, y en ti se manifiesta su gloria” (60, 1ss).
         En esta fiesta, la Iglesia ve cómo, mientras el resto del mundo yace en tinieblas de muerte, para la Iglesia brilla una luz, que es la gloria del Señor, que “alborea” sobre la Iglesia. Hay un contraste radical entre el mundo y la Iglesia, porque mientras el mundo yace en “sombras” y en “tinieblas”, que no son otra cosa que las sombras y las tinieblas del pecado, de la ignorancia, del error, consecuencia del dominio del demonio, sobre la Iglesia resplandece la luz, que es vida y vida eterna, porque se trata del mismo Dios, que es luz: “Dios es luz y en Él no hay tinieblas” (1 Jn 1, 5).
         Sobre la Iglesia, en Epifanía, brilla una luz que es la gloria de Dios. No se trata de la gloria del mundo, obviamente, pero tampoco es la gloria tal como la contemplan los ángeles y los santos en el cielo. Es esa misma gloria, la que contemplan los bienaventurados, pero que se manifiesta de un modo desconocido para los hombres, “con un nuevo resplandor”, tal como lo dice el Prefacio I de Navidad[1]: es la gloria que se manifiesta a través de la Humanidad de la Palabra hecha carne; es la gloria que se manifiesta a través del cuerpo del Niño de Belén.
          Es por este que, quien contempla al Niño de Belén, contempla la gloria de Dios, que se hace visible a través suyo, y es en esto en lo que consiste la Epifanía de Belén.
         Es la misma gloria que se manifestará en la efusión de sangre en la Cruz, y por este motivo, quien contempla a Cristo crucificado, contempla también la Epifanía de la Cruz, la manifestación de la gloria de Dios.
         Pero la Iglesia, cotidianamente, también tiene su Epifanía; para la Iglesia, también alborea la luz de la gloria divina, diariamente; para la Iglesia, la gloria de Dios también se manifiesta con un nuevo resplandor, con un resplandor desconocido para el mundo, y esta manifestación, esta Epifanía de la Iglesia, es la que acontece en cada Santa Misa, porque es allí en donde la gloria de Dios aparece escondida bajo algo que parece pan: la Eucaristía.
         Por este motivo, quien contempla la Eucaristía con los ojos de la fe, no con los ojos del cuerpo, contempla la gloria de Dios.
         Como los Reyes Magos, que se llenaron de gozo al adorar la gloria de Dios manifestada en el Niño de Belén, y fueron a comunicar a los demás lo que habían visto y oído, así el cristiano, lleno de gozo por la adoración eucarística, debe comunicar a los demás, con obras de misericordia, la alegría de contemplar y adorar la gloria de Dios en la Eucaristía.       


[1] Cfr. Misal Romano.

Solemnidad de la Epifanía del Señor



         En pleno tiempo navideño, tanto la Iglesia como el profeta Isaías hablan de la aparición de la gloria de Dios sobre la Iglesia, y la liturgia nos dice que esto se verifica en el Misterio de Navidad y de Epifanía[1]. El día de la Epifanía, la Iglesia la Iglesia se aplica a sí misma las palabras del profeta Isaías: “Levántate y resplandece, Jerusalén, que ya se alza tu luz, y la gloria del Señor alborea para ti, mientras está cubierta de sombras la tierra y los pueblos yacen en las tinieblas. Sobre ti viene la aurora del Señor, y en ti se manifiesta su gloria” (60, 1-22; Epist.).
         Ahora bien, si lo que vemos en tiempo de Navidad es un pesebre, con una escena familiar, una madre, un padre, un niño, más un grupo de curiosos que han venido atraídos por lo insólito del lugar del nacimiento, un pesebre, un establo, en vez de una posada, ¿de qué gloria se trata? No es, obviamente, la gloria de Dios, al menos según  las teofanías o manifestaciones del Antiguo Testamento, en las que Yahveh se manifiesta en medio de truenos y rayos, en medio de temblores de tierra y de humo (cfr. Éx 33, 20-33).
         Tampoco es la gloria de Dios tal como la contemplan, en el cielo y por la eternidad, los ángeles de luz.
         Tampoco es, obviamente, la gloria mundana, opuesta radicalmente a la gloria de Dios.
         ¿De qué gloria se trata?
         Nos lo dice la misma Iglesia, en el Prefacio I de Navidad: “Por la encarnación de la Palabra, la luz de tu gloria se nos ha manifestado con nuevo resplandor”[2]. Lo que la Iglesia nos dice es que “en la Encarnación de la Palabra” la gloria de Dios se nos manifiesta con un nuevo esplendor, y esa Palabra encarnada, que manifiesta el esplendor de la gloria de Dios de un modo nuevo, desconocido para los hombres, es el Niño de Belén. Quien ve al Niño de Belén, ve entonces a la gloria de Dios, que se manifiesta visiblemente, de modo que el Dios de la gloria, que habitaba en una luz inaccesible, y que era invisible a los ojos del cuerpo, ahora se hace visible, perceptible, a los ojos del alma, iluminados por la luz de la fe. Quien contempla al Niño de Belén con la fe de la Iglesia, contempla la gloria de Dios, porque contempla al Kyrios, al Señor de la gloria, Aquel al que nunca habrían crucificado quienes lo crucificaron, si precisamente lo hubieran reconocido como al Señor de la gloria.
         La gloria que la Iglesia y el profeta cantan entonces en Navidad, como apareciendo sobre la Iglesia, la gloria que se manifiesta en la Iglesia es entonces la gloria del Niño de Belén, que no es la del mundo, sino la gloria de Dios, pero que brilla con nuevo resplandor, porque se hace accesible a través de la carne, de la humanidad del Niño Dios. Y como el Niño Dios de Belén será luego el Hombre-Dios que entregará su vida y derramará su sangre en el Calvario, será también en el Calvario, en la cima del monte Gólgota, en la crucifixión, en la efusión de sangre del Hombre-Dios, en donde la gloria de Dios se manifestará con su máximo esplendor.
         Pero si el Niño de Belén, que es luego el Hombre-Dios, manifiesta la gloria de Dios, porque en Belén la Palabra se encarna, haciéndola brillar con nuevo resplandor, y si se manifiesta con su máximo esplendor en el Calvario, en la efusión de sangre del Cordero de Dios, es en la Santa Misa en donde se dan ambas manifestaciones o, más bien, en donde la gloria divina se irradia también de un modo nuevo, a través de la Eucaristía. Quien contempla la Eucaristía, no con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la fe, contempla no un poco de pan bendecido, sino al Kyrios, al Señor de la gloria, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, que renueva su sacrificio en cruz de modo incruento, sacramental, sobre el altar del sacrificio.
         Como los pastores, que ante el anuncio de los ángeles acudieron a adorar a su Dios que se les manifestaba como un Niño recién nacido y al adorarlo se llenaron de asombro, de alegría y de gozo; como los Magos de Oriente, que llenos de amor y de admiración se postraron delante del Niño Dios y le dejaron los dones de incienso, oro y mirra, también nosotros dejemos ante el altar eucarístico nuestros pobres dones: el oro del corazón contrito y humillado, el incienso de la oración, y la mirra de obras hechas con sacrificio en su honor, y adoremos a nuestro Dios, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, que se nos manifiesta en su gloria con un nuevo resplandor, el resplandor que surge del misterio eucarístico, y llenos de asombro, de alegría y de gozo por la manifestación del Hijo de Dios en la Eucaristía, comuniquemos al mundo la alegre noticia: la Eucaristía es el Emmanuel, el Dios entre nosotros, que se nos entrega como Pan de Vida eterna.


[1] Cfr. Casel, O., Misterio de la Cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid 1964, 199.
[2] Misal Romano.

miércoles, 4 de enero de 2012

Hemos encontrado al Mesías, Jesús en la Eucaristía



“Hemos encontrado a Jesús; hemos encontrado al Mesías del que hablaron los profetas” (cfr. Jn 1, 35-47). La frase de San Andrés expresa un misterio insondable, a la par que encierra una alegría de origen sobrenatural, celestial, porque haber encontrado al Mesías del que hablaban los profetas significaba haber encontrado al Salvador, a Aquel que habría de derrotar al ángel caído y a sus huestes infernales, que tenían aprisionadas entre sus garras a la humanidad entera; haber encontrado al Mesías significaba el inicio del cumplimiento de las profecías mesiánicas, profecías que anunciaban la derrota de las tinieblas y de las sombras de muerte, y el inicio de una nueva era, una era de paz, de bondad entre los hombres, de ausencia de odio y de enemistad, de amor y de fraternidad universales, porque los hombres se reconciliarían con Dios y entre sí; haber encontrado al Mesías significaba empezar a ver cumplirse las profecías mesiánicas, que anunciaban la llegada, para los hombres, de un nuevo amanecer de luz, luz que traería consigo vida y vida eterna, porque esa luz era la luz de Dios, que es vida y vida eterna.
Es por esta razón que Felipe, al decir: “Hemos encontrado a Jesús; hemos encontrado al Mesías del que hablaron los profetas”, experimenta en sí mismo una gran alegría, una gran paz, y un gran deseo de comunicar a todos su gran hallazgo.
Lo mismo deberían experimentar los cristianos, al asistir a la Santa Misa, porque es allí en donde se encuentra Jesús en Persona, el Mesías, el Redentor, el Salvador, el Vencedor del demonio, de la muerte y del pecado, los tres grandes enemigos del hombre. Encontrar a Jesús Eucaristía significa encontrar la fuente de luz divina, de paz celestial, de amor sobrenatural, de vida eterna, de alegría infinita, de perdón inagotable, porque es encontrar al mismo Redentor, que dona su Sagrado Corazón en cada Eucaristía, Corazón que desborda en estos infinitos tesoros divinos.
Al asistir a la Santa Misa, el cristiano, lleno de gozo, de paz y de amor celestial por haber encontrado a Jesús Eucaristía, debería proclamar al mundo, a cada prójimo y a todo prójimo, con sus obras, con su misericordia, con su huida de la maledicencia, del prejuicio, del hablar condenatorio al prójimo: “He encontrado al Mesías, a Jesús en la Eucaristía, alégrense conmigo; he encontrado a Aquel que ha de conducirme a la vida eterna, a la morada de Dios Padre en los cielos”.

Maestro, ¿dónde vives?



“Maestro, ¿dónde vives?” (cfr. Jn 1, 35-42). A simple vista, la escena corresponde a dos discípulos que, atraídos por la figura de su maestro, quieren saber dónde vive, para compartir más de cerca sus enseñanzas. La respuesta de Jesús indicaría, por lo tanto, el lugar físico de su morada.
Pero Jesús no es un maestro más entre tantos: es Dios Hijo encarnado, hecho hombre sin dejar de ser Dios, que vive, camina, habla entre los hombres, y habita en moradas construidas por ellos, pero al mismo tiempo, en el misterio de su divinidad, vive además en otros lugares: vive en el seno de Dios Padre, en donde es engendrado desde la eternidad; vive, en el tiempo de la Encarnación, en el seno virgen de María Santísima; vive, en el tiempo sacramental de la Iglesia, en el altar eucarístico y en la Hostia consagrada.
Y quiere vivir, en el tiempo de los hombres, en los corazones pacíficos y humildes de quienes lo reciben con amor.