jueves, 11 de julio de 2013

“Yo los envío como ovejas en medio de lobos (…) Sean astutos como serpientes y sencillos como palomas”


“Yo los envío como ovejas en medio de lobos (…) Sean astutos como serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10, 16-23). Al enviar a la Iglesia a misionar, Jesús utiliza las figuras de tres animales para describir el comportamiento que deberá caracterizar a sus discípulos: deberán ser pacíficos como ovejas, astutos como serpientes y sencillos como palomas. A su vez, utiliza la figura de un cuarto animal, el lobo, para describir el mundo sin Dios al cual son enviados para predicar la Buena Noticia. Jesús les advierte acerca de la peligrosidad del mundo sin Dios y les aconseja la defensa: “Yo los envío como ovejas en medio de lobos (…) Sean astutos como serpientes y sencillos como palomas”. De esta manera, aparece una evidente desproporción y una gran diferencia entre los discípulos de Cristo, que deberán ser como ovejas, palomas y serpientes, y el mundo, que es como “lobo”. El motivo de la desproporción y la diferencia entre los cristianos y el mundo se debe a las diversas fuerzas sobrenaturales que representan: a Dios y al Diablo, respectivamente. Dios es un Dios de paz, y por eso los cristianos deben poseer la mansedumbre de una oveja, y así combatirán contra la guerra que el mundo, instigado por el Demonio, hace contra Dios; Dios es un Dios sabio, de Sabiduría infinita, y por eso los cristianos deben ser astutos como la serpiente, para dar, de modo inteligente, un lúcido testimonio de Dios, y así combatirán contra los engaños de las tinieblas, que con su inteligencia ensombrecida por el mal, buscan borrar de la mente y el corazón de los hombres y de la faz de la tierra, el santo nombre de Dios; Dios es un Dios simple, en el sentido de perfección absoluta, porque su Ser divino es Acto Puro de Ser, que es perfectísimo, y por este motivo los cristianos deberán ser sencillos como palomas, para imitar la sencillez, simplicidad y transparencia del Ser divino, y de esta manera combatirán la doblez, el cinismo, la hipocresía, del ser maligno, quien por medio de la mentira, cuyo Príncipe es, tiende trampas a los hombres para seducirlos, engañarlos, y conducirlos a la eterna perdición.
“Yo los envío como ovejas en medio de lobos (…) Sean astutos como serpientes y sencillos como palomas”. La mansedumbre, la recta inteligencia en las cosas de Dios, y la sencillez, son los signos de que el cristiano está animado por el Espíritu Santo, en contraposición a quienes, guiados por el espíritu del mundo, instigados por el Demonio, obran utilizando las armas de la violencia, el engaño y la hipocresía.

miércoles, 10 de julio de 2013

“Anuncien que el Reino de los cielos está cerca”


“Anuncien que el Reino de los cielos está cerca” (Mt 10, 7-15). ¿Cuán “cerca” está el Reino de los cielos? ¿En qué se mide la “cercanía” de este reino? Una aproximación la obtenemos en la consideración de la naturaleza del Reino que, como Iglesia, debemos anunciar: este Reino no es intra-mundano, “no pertenece a este mundo” (cfr. Jn 18, 36), y por lo tanto, es a-histórico, a-temporal, y no puede ser ubicado geográfica y visiblemente, en un lugar u otro. El Reino de Dios es un reino supra-humano, celestial, divino, sobrenatural; se origina en Dios, que es eterno, y por lo tanto su término es la eternidad de Dios, es Dios, que es su misma eternidad.
La “cercanía” de este Reino no se mide en sí mismo, en consecuencia, en términos témporo-espaciales, aunque el tiempo sí pueda servir como parámetro que mide la cercanía para mí o para la Humanidad: de modo personal, el Reino estará tan “cerca” de mí, como cerca esté el día de mi propia muerte, ya que en ese día, habrá finalizado mi tiempo en la tierra, al tiempo que habrá comenzado la eternidad, y en ese día, me será posible ver el Reino de Dios, que es eterno; para la Humanidad entera, el Reino de Dios está tan cerca, como cerca esté el Día del Juicio Final, Día en el que finalizarán el tiempo y la historia humanos, para dar paso a la eternidad de Dios; en ese Día Final, toda la Humanidad entrará en la eternidad divina, aunque unos entrarán en el Reino de Dios, mientras que otros lo harán en el Reino de las tinieblas.
Otro parámetro que mide la “cercanía” del Reino de Dios es el estado de gracia santificante, porque para el alma que se encuentra en estado de gracia, más que “cerca”, el Reino se encuentra “dentro” de ella; inversamente, para el alma en pecado mortal, el Reino está “fuera” de ella, o más bien ella se ha alejado del Reino de Dios, como el invitado sin traje de bodas, que es expulsado de la fiesta de bodas del hijo del rey (cfr. Mt 40, 1-14), símbolo del alma en pecado mortal.

“Anuncien que el Reino de los cielos está cerca”. El cristiano debe anunciar, con obras de misericordia, que espera la pronta llegada del Reino de los cielos.

domingo, 7 de julio de 2013

“Tu fe te ha salvado”


“Tu fe te ha salvado” (Mt 9, 18-26). Una mujer hemorroísa, que padecía de hemorragias desde hacia doce años, habiendo gastado su dinero en médicos sin encontrar solución, se acerca a Jesús pensando que con sólo tocar su manto quedará curada. En el momento de hacerlo, Jesús se da vuelta y le dice: “Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado”.
La fe de la mujer hemorroísa es un ejemplo para nuestra propia fe, y por eso es conveniente analizarla y compararla con la fe de las otras personas que forman la multitud que apretuja a Jesús: al igual que estas personas, que se acerca a Jesús porque sufren por diversos motivos, la mujer se acerca a Jesús porque se encuentra atribulada debido a la angustiosa prueba de su larga enfermedad, pero se diferencia de los integrantes de la multitud que apretuja a Jesús, en que ella consigue un milagro, mientras que los otros, no. Aunque no toca su Cuerpo, sino su manto, Jesús siente que ha salido de Él una energía, y es debido a la fe de la mujer; los demás integrantes de la multitud, por el contrario, sí tocan en su Cuerpo -como sucede con alguien que se encuentra en medio de una multitud-, pero no logran ningún milagro.
La fe de la mujer hemorroísa: es tan firme y fuerte, que ha logrado arrancarle un milagro, el milagro de la curación de su enfermedad. La fe de la mujer hemorroísa sobresale de entre la multitud por su firmeza, por su ausencia de dudas ante el poder sanador de Jesús, el Hombre-Dios: está tan convencida de que Jesús es Dios –y que por lo tanto, es omnipotente-, que sabe que basta con tocar su manto para quedar curada; no le hace falta ni hablarle, ni que Él se dirija a Ella y la cure con su palabra, ni que la toque con sus manos, como ha sucedido en otras ocasiones: basta con sólo tocar su manto, y ella quedará curada, porque tanta es la fuerza sanadora y el poder sin límites de Jesús, que todo en Él está impregnado de su energía divina, y por este motivo, no se atreve ni siquiera a molestarlo para pedirle auxilio, sólo quiere tocar su manto. Y efectivamente, luego de tocar el manto, queda curada. Al constatar su fe, Jesús elogia a la mujer hemorroísa: “Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado”. Aunque pudiera parecer que la felicita porque su fe la ha salvado de la enfermedad –en efecto, queda instantáneamente curada-, Jesús la felicita por otro milagro ocurrido en ella, infinitamente más valioso que el de haber sido curada de una larga enfermedad: ha recibido la fe en Él, en su condición de Hombre-Dios, en su poder divino, en su omnipotencia y en su misericordia infinita, en su condición de ser Él el Redentor de la humanidad, y es esta fe la que le granjeará la entrada al Reino de los cielos.
Es esta fe de la mujer hemorroísa, por lo tanto, el ideal de nuestra fe, y si creciéramos en la fe hasta tener la misma fe oiremos, al fin de nuestras vidas, al franquear la Puerta de los cielos para ingresar en la eternidad del Reino de Dios, las mismas palabras de parte de Jesús: “Tu fe te ha salvado”.


sábado, 6 de julio de 2013

“Anuncien que el Reino de Dios está cerca”


(Domingo XIV - TO - Ciclo C – 2013)
         “Anuncien que el Reino de Dios está cerca” (Lc 10, 1-9). El Evangelio de hoy revela cuál es la misión de la Iglesia: anunciar el Reino de Dios. La misión de la Iglesia no es terminar con la pobreza en el mundo, ni satisfacer el hambre de todos los que no tienen para comer, ni dar casas a los que no tienen techo; tampoco es sanar enfermos ni expulsar demonios. Aunque la Iglesia realiza obras de misericordia corporales y espirituales –y sin esas obras, nadie entrará en el Reino-, todas estas obras son únicamente “señales” que anuncian el Reino. Muchos creen, equivocadamente, que la Iglesia tiene por misión acabar con la pobreza en el mundo, como si fuera una gran banca con un inmenso poder económico; muchos creen, equivocadamente, que la Iglesia tiene que brindar asistencia médica, educativa, social, económica, como si fuera una ONG multinacional, pero esto no es la tarea esencial de la Iglesia.
         Es Jesús quien lo dice: “Anuncien que el Reino de Dios está cerca”. ¿Y en qué consiste el Reino de Dios que debe anunciar la Iglesia?
         El Reino de Dios es el destino final al que está llamado todo hombre y toda la humanidad, y ese destino no es intra-mundano, sino supra-humano y sobrenatural, porque es la eternidad de Dios Trino; es Dios Trino, que es su misma eternidad, y por este motivo la Iglesia no considera a los asuntos temporales como su último fin; el Reino de Dios es la comunión de vida y amor con las Tres Personas de la Santísima Trinidad, y por eso la Iglesia manda amar al prójimo en esta vida obrando toda clase de obras de misericordia, corporales y espirituales, porque quien no ame al prójimo, imagen del Dios Uno y Trino, el único Dios viviente, no podrá jamás entrar en comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas; el Reino de Dios es unión, por la fe, por el amor y por los sacramentos –principalmente la Eucaristía y la Confesión sacramental- con el Hombre-Dios Jesucristo, y por este motivo la Iglesia pide vivir en estado de gracia y ser misericordiosos, como modo de vivir, en forma anticipada, la unión en el amor con Jesús de Nazareth; el Reino de Dios es pureza de corazón, porque “sólo los puros de corazón verán a Dios”, que es Pureza infinita, y por este motivo, la Iglesia condena y prohíbe toda forma de impureza, sea espiritual, como el culto pagano o neo-pagano –religión wicca, yoga, reiki, ocultismo, sectas, religiones falsas-, sea corporal, como las impurezas de todo tipo que corrompen el cuerpo y el alma –pornografía, erotismo, materialismo, avaricia, codicia, soberbia, gula, ira, etc.-, y para obtener y vivir esta pureza de corazón, es que la Iglesia pide que sus hijos sean una copia viviente de Jesús, tal como Él lo pide en su Evangelio: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”, además de recomendar la consagración al Inmaculado Corazón de María, fuente de pureza inmaculada; el Reino de Dios es diálogo de Amor, por toda la eternidad, con las Tres Divinas Personas, con la Virgen, con los ángeles y con los santos en el cielo, y ese diálogo de amor se establece ya desde la tierra por medio de la oración, y este es el motivo por el cual la Iglesia pide la oración –continua, diaria, confiada, perseverante, filial-, sobre todo la Santa Misa, que es la oración principal de la Iglesia, en la cual Dios Hijo pide al Padre por nosotros, y el Santo Rosario, por medio del cual la Virgen imprime en nuestros corazones la imagen de su Hijo y moldea nuestras almas a su imagen y semejanza.
          “Anuncien que el Reino de Dios está cerca”. Para poder anunciar a nuestros hermanos la cercanía del Reino de Dios, debemos antes vivirlo nosotros, y para hacerlo, antes debemos saber cuál es la misión de la Iglesia y en qué consiste el Reino de Dios. 

jueves, 4 de julio de 2013

“Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’”


“Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’” (Mt 9, 1-8). El episodio del paralítico que es llevado en camilla ante la presencia de Jesús demuestra, entre otras cosas, cuál es el poder de la fe en Cristo Jesús: es tan fuerte, que obtiene para el hombre paralítico algo infinitamente más grande que lo que venía a buscar, y es el perdón de los pecados. En efecto, el hombre paralítico, llevado por otros –probablemente, familiares y amigos- ante la presencia de Jesús, busca principalmente la curación de su dolencia física, y se encuentra con que el Amor misericordioso de Dios le concede, además, la curación de su alma, al perdonarle los pecados.
Tanto el paralítico como los que lo transportan en camilla, no dudan de que Jesús tiene el poder suficiente para curar la dolencia que le impide caminar, y es esta fe, que expresa confianza total y absoluta, lo que los lleva a superar los obstáculos que se les presentan, como la muchedumbre que les impide el paso y que los obliga a tener que subir al techo y abrir un orificio para poder llegar a Jesús. Como se ve por el relato evangélico, el resultado es la doble curación del paralítico, que se ve libre de su dolencia física y también de su dolencia espiritual, el pecado.
El episodio demuestra entonces que la fe en Jesús, cuando es fuerte, simple, confiada, consigue lo que pide y muchísimo más, porque la fe es alcanzar el Corazón de Jesús, abrir sus puertas y sacar todos los tesoros que contiene, que son inagotables.

“Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’”. Al igual que los hombres del Evangelio, que gracias a su fe inquebrantable en la omnipotencia divina de Jesús y en su Amor infinito, logró mucho más de lo que pretendían, así también nuestra fe debe ser igualmente inquebrantable y confiada en el Amor divino, de modo que por medio de la fe, podamos acceder a los tesoros del Sagrado Corazón y saquearlos, como un ladrón que roba un tesoro más valioso que el oro.

martes, 2 de julio de 2013

“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”


“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” (Mt 8, 23-27). Mientras Jesús duerme en la barca, se desata una fuerte tormenta, que amenaza con hundir la nave, puesto que las olas, encrespadas por el viento, eran tan grandes que “cubrían la barca”. Los discípulos, llenos de temor, acuden a despertar a Jesús, quien luego de hacerles notar su miedo y su poca fe –“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”-, calma la tormenta con la sola orden de su voz. El episodio finaliza con la admiración de los discípulos, ante el poder demostrado por Jesús frente a las fuerzas de la naturaleza.
El episodio es representativo de realidades sobrenaturales: la barca es la Iglesia, Pedro y los discípulos, son el Papa y los bautizados; el mar es el mundo y la historia humana; el viento impetuoso que encrespa el mar y amenaza con hundir a la barca, representan al pecado y al demonio, que como poderosas fuerzas que superan al hombre, se aúnan para lograr su destrucción y muerte; concretamente, la tormenta sobre la barca, representa el obrar maligno del ángel caído y de todas las fuerzas del infierno sobre la Iglesia, buscando su destrucción; a su vez, Jesús dormido en la barca significa el obrar divino que muchas veces, a los hombres, nos resulta incomprensible, como les podía resultar incomprensible a los discípulos que Jesús duerma mientras la barca parece a punto de hundirse; el acudir de los discípulos a despertar a Jesús, representa a su vez la oración de la Iglesia en tiempos de tribulación y de persecución del mundo, oración dirigida a Dios, pidiendo su protección. Es este aspecto –el de la oración en tiempos de tribulación y persecución, en donde todo parece humanamente perdido- el que está significado en las palabras de Jesús, haciéndoles ver su poca fe. En efecto, Jesús no les reprocha su falta de pericia humana para hacer frente a la tempestad –se supone que son pescadores y por lo tanto, expertos marinos-, ni tampoco es la primera vez que deben enfrentar a una tormenta de estas características: Jesús les reprocha no falta de pericia en sus menesteres, sino “falta de fe”: “¿Por qué tienen miedo hombres de poca fe?”. En la pregunta de Jesús, hay una referencia a la fe, fe en su condición y poder de Hombre-Dios, fe en Él, que en cuanto Dios Hijo encarnado, es Dios Creador, Redentor y Santificador, y por eso tiene poder no solo sobre las fuerzas de la naturaleza, sino sobre las fuerzas destructoras que se abaten sobre el hombre sin compasión, las fuerzas del pecado y las del ángel caído, Satanás. Al preguntarles sobre su poca fe, Jesús les está haciendo ver, implícitamente, que todo está bajo su control: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe, si Yo Soy Dios, y como Dios, soy omnipotente, y con mi omnipotencia divina puedo derrotar definitivamente al pecado y al demonio?”. A su vez, los discípulos confirman que el trasfondo verdadero es sobrenatural, porque no tienen temor del viento y de las olas, sino de la tremenda fuerza del mal, objetivada en el demonio y en el pecado, fuerza destructiva y maligna cuya potencia la experimentan en carne propia, puesto que más que temor al naufragio, experimentan la posibilidad real de la eterna condenación, al enfrentarse con una energía maligna, la voluntad del demonio, que busca perderlos para siempre.    

“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”. La pregunta la dirige el Hombre-Dios, a toda la Iglesia, a todo bautizado, que atraviesa por un período de tribulación, de angustia, de persecución por parte de los poderes mundanos y de las fuerzas del infierno. Cuando esto suceda, cuando las olas parezcan tan grandes que amenacen hundir a la Barca de Pedro, debemos alejar el miedo de nosotros y aumentar nuestra fe en las palabras de Jesús: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra mi Iglesia”.

lunes, 1 de julio de 2013

“El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”


“El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt 8, 18-22). Atraído sin duda por lo sublime de su doctrina, un escriba se acerca a Jesús y le dice: “Maestro, te seguiré adonde vayas”. La respuesta de Jesús indica que Él no rechaza a quien se le acerca y aun más, quiere seguirlo, pero sí advierte que su seguimiento no es para nada fácil: “Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. Quien lo siga a Él, deberá estar dispuesto a padecer todo aquello que se derive de la extrema pobreza en la que se desenvolverá la misión: incluso los animales silvestres, como los zorros y los pájaros, tienen un lugar donde guarecerse y reposar, pero el Hijo del hombre “no tiene dónde reclinar la cabeza”. Esta extrema pobreza y carencia de medios materiales es un signo distintivo del cristianismo –al menos del primitivo, de aquel cristianismo que refleja el mensaje de Cristo-, puesto que el desprendimiento de los bienes materiales –no solo de las cosas superfluas, sino incluso de las necesarias- es un signo de la fe en la vida futura en los cielos, en donde estos bienes materiales no tendrán absolutamente ninguna utilidad. El cristiano, viviendo la santa pobreza, la pobreza de la cruz, anuncia, ya desde esta vida, la existencia del Reino de los cielos, reino en el cual la única materia que existirá será la materia corpórea, la materia que forma el cuerpo del hombre, pero glorificada, es decir, transfigurada por la gloria divina. Ninguna otra materia –bienes materiales, dinero, oro, plata, etc.- tendrá cabida en el Reino de los cielos, por lo que el hecho de apartarse voluntariamente de estas cosas, por parte del cristiano, es un anuncio de la vida futura en el Reino de Dios Padre. Apegarse a los bienes materiales, en esta perspectiva, indica un contra-signo, o un signo negativo, que niega en sí mismo la esperanza en la vida eterna.
A esto se refiere Jesús cuando dice: “El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza”, pero también y ante todo lo dice en otro sentido, y es el momento en el que Él estará crucificado, porque allí, su divina Cabeza, coronada de espinas, no podrá descansar ni siquiera un instante, debido al tamaño de la corona de espinas, que le impedirá cualquier tipo de reposo. Será en la cruz, entonces, en donde “el Hijo del hombre no tendrá dónde reposar la cabeza”, porque serán las gruesas y filosas espinas, que penetrarán por todo su cuero cabelludo, llegando incluso a lastimar las orejas, la frente y hasta la nuca, lo que impedirá su descanso.

Ahora bien, puesto que la corona está formada materialmente por las espinas que crecen en el arbusto, pero espiritualmente la forman los malos pensamientos de los hombres, si el cristiano quiere seguir a Cristo, como el escriba del Evangelio, debe estar dispuesto a padecer con Cristo los dolores de su Pasión, ofreciéndose él mismo como víctima de expiación y reparación junto a Cristo, haciendo realidad lo que dice San Pablo: “Completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo”. De esta manera, ofreciéndose en Cristo para aliviar su dolor, y ofreciendo su pecho para que repose el Divino Redentor, así Jesús tendrá un lugar en dónde reposar su Cabeza.