sábado, 10 de agosto de 2013

“Estén preparados porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”

(Domingo XIX – TO – Ciclo C – 2013)
“Estén preparados porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada” (Lc 12, 35-40). Jesús plantea en este Evangelio la necesidad de estar preparados para su llegada, la llegada del Hijo del hombre, que no es otra cosa que el día de nuestra muerte. Jesús llegará ese día, solo conocido por Dios –“No sabéis ni el día ni la hora”-, sin avisar, sin que nos demos cuenta, y esa es la razón por la cual debemos estar preparados. Jesús utiliza dos figuras para darnos una idea de en qué consiste nuestra preparación: la primera, es la de un servidor que sabe que su amo debe regresar, luego de una fiesta de bodas; la segunda, es la de un dueño de casa, que puede saber o no a qué hora está por venir el ladrón.
Cada elemento de ambas figuras -el servidor y el dueño de casa- representa una realidad sobrenatural: el sirviente somos todos y cada uno de nosotros, que estamos en una casa que no es nuestra, sino de nuestro Amo, Dios y Señor, Jesús, porque la vida la tenemos prestada, para ganarnos el cielo; los objetos con los que el siervo espera a su amo, “las velas encendidas” y “la túnica ceñida”, también representan simbólicamente realidades sobrenaturales: las velas encendidas representan la fe viva en Jesucristo como Hombre-Dios, y porque es una fe viva y no muerta -como lo sería una vela encendida-, es una fe activa, operante, que es la que debe dirigir mis pensamientos, mis deseos y mis movimientos; una fe viva, una vela encendida, significa que creo en Cristo Jesús, el Hombre-Dios, y no en el "Cristo cósmico" de la Nueva Era; una fe viva, una vela encendida, significa que creo que Jesús me salva por su Cruz, y que si rechazo la Cruz -una enfermedad, una tribulación-, estoy rechazando al mismo Jesús, que por Amor me hace partícipe de su Cruz; una fe viva, una vela encendida, significa que creo que Cristo Jesús me salva por su gracia, y que sin Él y su gracia "nada puedo hacer", literalmente, ni siquiera respirar. Esto es lo que representa la vela encendida, la fe viva y operante en Cristo Jesús; lo opuesto es una vela apagada, con el pabilo humeante con humo negro: es una fe muerta, sin obras; es la fe sin vida, que no me ayuda para vencer la pereza, sea corporal o espiritual; es la fe muerta que no me mueve a obrar el bien para con mis hermanos. Jesús no quiere esta fe, sino una fe viva, activa, y por eso nos da la imagen del sirviente con las "velas encendidas". 
A su vez, la túnica ceñida representa aquello que es precisamente el fruto de esa fe viva, las obras de misericordia -corporales y espirituales-, porque el que se ciñe la túnica es el que está de pie, despierto, vigil, activo, a diferencia del que duerme, que desajusta su túnica y su cinturón. Pero la túnica ceñida también tiene otros significados, como la templanza y moderación en la comida y en la bebida, además de representar la castidad, la pureza de cuerpo y de alma. 
El otro elemento de la parábola de Jesús es el amo que regresa de la fiesta de bodas: representa nada menos que a Jesús, que vuelve de la fiesta de sus propias bodas, puesto que Él, como Dios Hijo, se ha desposado, en la Encarnación, con la humanidad.
El Amo -Jesús- regresa a la madrugada; el sirviente sabe que está por regresar, sabe que regresará con toda seguridad, pero no sabe a qué hora lo hará -y aquí se prueba su fidelidad, si está o no atento a cuando regrese su amo-; esta hora incierta de la llegada del Amor, es la hora y el día de nuestra muerte: sabemos que hemos de morir, algún día, sin dudas, pero no sabemos cuándo será, y por esto es que Jesús nos pide que "estemos preparados". En esta figura, si el amo encuentra a su sirviente con las velas encendidas y la túnica ceñida, hará algo inaudito: él mismo “pondrá a servirlo, se recogerá su túnica y lo hará sentar a la mesa”. Esto significa que le dará un premio inesperado e inmerecido –porque el sirviente simplemente está cumpliendo su deber-, lo cual habla de la generosidad y la alegría del amo. Esto significa el premio que dará Jesús a los que estén preparados en el día de la muerte, un premio totalmente inmerecido y es la vida eterna.
En la otra figura, un dueño de casa, si sabe a qué hora llegará el ladrón, no se va a dormir, sino que lo espera para atraparlo, o bien da aviso a la policía; si no sabe a qué hora viene el ladrón, entonces se descuida y el ladrón entra en su casa. Jesús viene de modo sigiloso, como un ladrón –Él roba el amor de nuestros corazones-; los dueños de casa somos nosotros, y como sabemos que va a venir, aunque no sabemos ni el día ni la hora, debemos estar preparados, para atrapar su Sagrado Corazón y quedárnoslo para nosotros para siempre.
Cuando Jesús llegue, en la hora de nuestra muerte, nos dirá: "He venido a buscarte, dame tu fe, tu alma en gracia y tus buenas obras, y ven conmigo". ¿Cómo le responderemos a Jesús? ¿Como el buen sirviente, que le dice: "Jesús, te estaba esperando; toma mi fe, mi alma en gracia y mis buenas obras, y llévame contigo"? ¿O responderemos como el mal sirviente, que le dice: "Déjame tranquilo, no quiero ir contigo, quiero quedarme con mis cosas"?
Jesús quiere que "estemos preparados" para la muerte, es decir, quiere que seamos como el sirviente bueno y como el dueño de casa que sabe que el ladrón está por llegar.
¿Cómo estar preparados para la muerte, tal como nos pide Jesús? Viviendo la fe en Cristo Jesús, conservando e incrementando el estado de gracia, y obrando la misericordia. De esa manera, el día de nuestra muerte, Jesús nos dará un premio inmerecido: la vida eterna en el Reino de los cielos y el Amor infinito y eterno de su Sagrado Corazón.



miércoles, 7 de agosto de 2013

“Los cachorros comen las migajas de la mesa de sus dueños”



“Los cachorros comen las migajas de la mesa de sus dueños” (Mt 15, 21-28). La respuesta de la mujer cananea agrada tanto a Jesús, que la felicita y le concede el milagro que buscaba: la curación de su hija: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo! Y en ese momento su hija quedó curada”. Lo que agrada a Jesús es su fe, pero también su profunda humildad, que es el requisito necesario para el acto de fe: la mujer cananea no solo no se ofende cuando Jesús la compara indirectamente con unos cachorritos, sino que profundiza su acto de humildad, asimilando para sí esa comparación, dando lugar a la plena manifestación de su fe: “¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños!”. La secuencia en la mujer cananea es entonces: humildad, fe, y don de Dios, concretado en el milagro de curación de su hija.
Del episodio se ve que la humildad es un requisito indispensable para la acción de la gracia, porque luego de su acto de humildad, recibe la gracia para el acto de fe que ya venía insinuándose. Pero la gracia es anterior al acto no solo de fe, sino de humildad, porque no haría ese acto de humildad, sino hubiera recibido ya en cierto modo, la gracia para hacerlo. Si la mujer cananea hubiera rechazado la primera gracia, la de la humildad, y hubiera demostrado ese rechazo a través de un acto de soberbia, inmediatamente se habría bloqueado la gracia para el acto de fe.
Todo acto de soberbia es una participación, aunque sea pequeña, al gran acto de soberbia de aquel que creó la soberbia en su ennegrecido y duro corazón angélico, soberbia que le valió la expulsión del cielo para siempre.

La mujer cananea es entonces un ejemplo para todo cristiano, puesto que muestra, además de humildad y fe, una gran sabiduría, al rechazar la soberbia, pecado capital que impide la acción de la gracia y el ejemplo es ante todo en el momento de recibir la Eucaristía, porque no puede recibir el Pan Vivo bajado del cielo, el Pan que Dios Padre sirve a sus hijos en la mesa del altar, quien tiene un corazón soberbio. 

martes, 6 de agosto de 2013

Transfiguración del Señor -


(Ciclo C – 2013)
Jesús se transfigura en el Monte Tabor, dejando resplandecer la fascinante luz de su gloria divina a través de su humanidad, e incluso, a través de su vestimenta. La gloria que envuelve en éxtasis de amor inenarrable a los ángeles en el cielo, se manifiesta ahora en el Monte Tabor, ante la vista azorada de los discípulos. Jesús, Dios Hijo humanado, suspende por unos instantes el milagro por el cual, desde su misma Encarnación, había impedido que se manifestara esta gloria divina, recibida del Padre desde la eternidad. Si Jesús no hubiera hecho este milagro en el momento de la Encarnación, el de suspender la manifestación visible de su gloria celestial, no le habría sido posible padecer la Pasión, porque la gloria divina, precisamente, concede al cuerpo humano, entre otras cosas, la impasibilidad, es decir, la capacidad de no sufrir absolutamente ningún dolor. Sin embargo ahora, en el Monte Tabor, suspende este milagro, para que su gloria sea manifiesta y visible a Pedro, Santiago y Juan y, a través de ellos, a toda la Iglesia de todos los tiempos.
La razón por la cual obra este prodigio, es la de conceder a sus discípulos la visión de la gloria de los cielos, para que cuando lo vean en las dolorosas y amargas horas de la Pasión, con su Cuerpo todo ensangrentado, todo cubierto de ardientes y sangrantes heridas, todo cubierto de polvo, de lodo, de moretones y de escupitajos, no se desanimen y no desfallezcan, sino que recuerden que Él es el Dios de gloria y majestad infinita. Jesús resplandece en el Monte Tabor, con un resplandor tan intenso, que hace parecer al astro sol como una oscura mancha, y esto lo hace para la contemplación de su divinidad y de su humanidad divinizada les otorgue paz y serenidad en los terribles momentos de la Pasión, cuando su Cuerp sacratísimo sea ultrajado y golpeado por los hombres con una violencia tal, que hará palidecer a los mismos ángeles. La Transfiguración de Jesús nos enseña que la Cruz de esta tierra se continúa con la Luz de la gloria eterna, y que las tribulaciones, dolores, penas, de esta vida, serán absorbidas para siempre en la gloria de su divinidad.
En el momento en que la luz de su divinidad resplandece a través de su humanidad santísima, se escucha la voz del Padre, porque lo del Monte Tabor es obra del Padre, porque la gloria que se manifiesta a través de Jesús de Nazareteh, es la gloria que Dios Hijo recibió desde toda la eternidad en el seno del Padre; el Monte Calvario, por el contrario, es obra de los hombres, que en vez de gloria, lo cubren de ignominia y lo saturan de golpes y salivazos, infamias, y toda clase de ultrajes.

Jesús se transfigura en el Monte Tabor, descubriendo su divinidad a través de su humanidad, para que sus discípulos, y por lo tanto también nosotros, sepamos que a la luz se llega por la Cruz y también que no hay Cruz sin Luz. 

lunes, 5 de agosto de 2013

“Tomó los cinco panes y los dos pescados (…) los bendijo (…) y los distribuyó (…) Todos comieron hasta saciarse”



“Tomó los cinco panes y los dos pescados (…) los bendijo (…) y los distribuyó (…) Todos comieron hasta saciarse” (Mt 14, 13-21). La multiplicación de panes y peces es un milagro de omnipotencia, que demuestra la condición divina de Jesús. El hecho de la multiplicación requiere que sean creadas nuevos átomos y moléculas materiales, constitutivos de la materia del pan y de los peces, y esta creación es de la nada, es decir, sin una materia pre-existente. Es un milagro de omnipotencia, puesto que solo Dios Creador puede crear de la nada la materia y multiplicarla. En este sentido, el milagro de la multiplicación de panes y peces recuerda al milagro, también portentoso, de la Creación del mundo, que es realizada de la nada. El mismo Dios que creó el mundo, es el mismo Dios que ahora, encarnado en la Persona del Hijo, crea de la nada la materia de panes y peces. Con milagros de estas características, Jesús demuestra, de modo más que suficiente, que Él es quien dice ser: Dios Hijo, tan Dios como el Padre y el Espíritu Santo. A partir de este milagro, si alguien duda acerca de la condición divina de Jesús, lo hace solo porque quiere hacerlo, puesto que la prueba física del milagro corrobora la auto-proclamación de Jesús como Dios Hijo que proviene del Padre.
Ahora bien, esta prueba de omnipotencia divina no se limita a la multiplicación de panes y peces, puesto que Jesús continúa obrando en el mundo con su poder divino, y lo hace por medio de su Cuerpo Místico, la Iglesia. Este poder divino se manifiesta en la Iglesia ante todo en la Santa Misa, en donde Jesús obra un milagro infinitamente mayor que la multiplicación de la materia inerte de panes y peces: a través del sacerdocio ministerial, Jesús obra el milagro asombroso de la transubstanciación, por medio del cual la materia sin vida del pan y del vino se convierte en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

Si en el Evangelio Jesús multiplica panes y peces, en la Iglesia, por medio del sacerdocio ministerial, Jesús transubstancia pan y vino en Cuerpo y Sangre de Jesús. Así, en el Evangelio se dice: “Tomó los cinco panes y los dos pescados (…) los bendijo (…) y los distribuyó (…) Todos comieron hasta saciarse”; en la Iglesia, se dice así: “Tomó el pan y el vino, pronunció las palabras de la consagración, y distribuyó la Eucaristía, todos comieron hasta saciarse con la substancia divina del Pan Vivo bajado del cielo”. 

sábado, 3 de agosto de 2013

“Cuídense de toda avaricia, porque la vida del hombre no está asegurada por sus riquezas”


(Domingo XVIII – TO – Ciclo C – 2013)
“Cuídense de toda avaricia, porque la vida del hombre no está asegurada por sus riquezas” (Lc 12, 13-21). Por medio de la parábola del rico egoísta y despreocupado, Jesús nos advierte acerca de la inutilidad de acumular bienes materiales en esta vida, y sobre la cercanía de la vida eterna, además de lo efímero de la vida terrena.
En la parábola, un hombre rico, que ya posee graneros y bienes materiales, ocupa sus pensamientos y sus esfuerzos en acrecentarlos, con la convicción de que de esa manera puede “comer, beber y darse buena vida” por el espacio de “muchos años”. La posesión de bienes materiales y su multiplicación le otorgan al rico avaro una falsa seguridad: la de que vivirá muchos años. En efecto, su objetivo es multiplicar sus ya abundantes posesiones, de manera de poder “comer, beber y darse una buena vida” durante “muchos años”. Da por seguro dos cosas: que podrá disfrutar “muchos años” de sus bienes, y que estos son los que le proporcionan una larga vida.
Jesús nos advierte acerca de este peligro: “Cuídense de toda avaricia, porque la vida del hombre no está asegurada por sus riquezas”. La avaricia ofusca el entendimiento y pervierte la voluntad: ofusca el entendimiento, porque hace creer que la posesión de bienes materiales es el objetivo de la vida; pervierte la voluntad, porque apega el corazón a dichos bienes, con lo cual, el hombre se comporta como el perro del hortelano: ni come ni deja comer, es decir, ni los utiliza él -porque hay bienes para cuyo usufructuo se necesitarían varias vidas humanas, pensemos en las fortunas millonarias-, ni deja utilizarlos a los demás, porque se comporta con ellos de manera egoísta, ya que el hecho de ser acaparados por una sola persona, impide que los demás los usen.
Avaricia, codicia, egoísmo sin límites, que en el fondo son causados por el desesperado intento de negar la realidad: esta vida terrena se termina, tarde o temprano, y al final de la misma espera el juicio particular, el cual determinará el destino final por toda la eternidad: o cielo, o infierno. Esto es lo que explica que Dios contraríe el pensamiento del avaro: mientras el avaro piensa vivir “muchos años” para disfrutar de sus posesiones, Dios por el contrario, lo llamará esa misma noche para pedirle cuenta de sus actos: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”. Mientras que, a los ojos de los hombres, la riqueza material es signo de aguda inteligencia para los negocios, a los ojos de Dios es signo de falta de razón, de falta de sentido: “Insensato”.
Jesús no solo nos advierte acerca de este peligro que se cierne sobre nosotros, debido a que nadie puede decir: “Yo no soy insensato ni egoísta porque no soy rico”, porque se puede ser egoísta y avaro aún con un kilo de pan. Y la mejor forma de combatir el incipiente egoísmo es haciendo lo opuesto, es decir, compartiendo nuestros bienes -escasos o abundantes- con quienes los necesiten. De esta manera, se ayuda a que el corazón se despegue de la afición desordenada a las cosas materiales y se combate la tendencia a acumular sin razón de ser.
Pero hay otro peligro que acecha al hombre avaro y egoísta, y es el no pensar en Dios, y esto es lo que Jesús nos quiere decir cuando dice: “Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí y no es rico a los ojos de Dios”. Como vemos, Jesús no nos impide acumular riquezas; es más, nos alienta directamente a hacerlo cuando nos dice: “Atesorad tesoros en el cielo” (Mt 6, 19-21), pero se trata de una riqueza muy distinta a la riqueza material: “ser ricos a los ojos de Dios” significa ser ricos en amor, tanto a Dios como al prójimo, puesto que amor será lo que Dios busque en los corazones en el momento del juicio particular de cada uno. Podemos decir que Dios nos exige que paguemos la entrada al cielo, pero esa entrada no se paga con dinero, ni con oro, ni con plata, ni con ningún bien material: la entrada al cielo se paga con amor. De las palabras de Jesús - “Atesorad tesoros en el cielo”, “ser ricos a los ojos de Dios”- podemos deducir que la entrada al cielo es cara, muy costosa, por lo que es necesario acumular muchos tesoros, es necesario ser ricos, pero los tesoros y la riqueza de los que habla Jesús, son el amor, a Dios y al prójimo, y no otra cosa. Es rico a los ojos de Dios, quien tiene amor en su corazón, y quien “atesora tesoros en el cielo”; por el contrario, es pobre a los ojos de Dios, quien no tiene amor en su corazón, y no se preocupa por ser rico según el deseo de Dios.

Si esto es así, entonces nos urge ser “ricos espirituales”; nos urge “acumular tesoros en el cielo”; nos urge una “sana avaricia” de poseer el bien que nos granjeará, a nosotros y a nuestros seres queridos, la entrada en el cielo, y esto es el amor. Surgen entonces las preguntas: ¿cómo atesorar tesoros en el cielo? ¿Dónde encontrar aquello que es más valioso que el oro y la plata?¿Dónde encontrar ese bien tan preciado, que nos abrirá las puertas del cielo? ¿Dónde encontrar Amor, en cantidad tal, que nos haga ricos, como si de un golpe de fortuna se tratara? ¿Dónde está el tesoro de la Iglesia, más valioso que montañas de oro y plata? La respuesta es una sola: el Amor que nos hace ricos ante los ojos de Dios está en la Eucaristía, porque allí late el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, Fuente inagotable del Amor divino. Si alguien quiere ser rico, entonces tiene que acumular, para sí y para los demás, la inmensidad de Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, guardando las Hostias comulgadas, las Eucaristías, en el corazón, con más celo y fervor que el del avaro que guarda sus monedas de oro en su cofre, y este Amor que brota de la Eucaristía, así depositado en el corazón, será el Bien de valor infinito con el que pagaremos nuestra entrada en el cielo. Pero falta todavía algo: para que este Amor eucarístico, depositado en el corazón en cada comunión, nos convierta en ricos a los ojos de Dios, debe ser compartido con nuestros prójimos, porque así como el generoso se distingue del avaro en que comparte su fortuna con el que lo necesita, así el que verdaderamente posee el tesoro del Amor divino en su corazón, lo comparte con sus hermanos, a diferencia de aquél que no lo posee y, por lo tanto, no puede compartirlo. ¿Cómo distinguir al que es “rico ante los ojos de Dios” de aquel que no lo es? Por el amor que muestra, no de palabra, sino con obras de misericordia.

viernes, 2 de agosto de 2013

¿No es este el hijo del carpintero?


 “¿No es este el hijo del carpintero?” (Mt 13, 54-58). Los habitantes del pueblo de Jesús, a pesar de ser testigos de su sabiduría y de su poder celestiales, no creen en su divinidad, y la prueba es que le llaman: “el hijo del carpintero”. Jesús se había llamado a sí mismo “Dios Hijo”, al afirmar que procedía del Padre y que nadie conocía al Padre sino el Hijo, es decir, Él; Juan el Bautista lo había señalado como “el Cordero de Dios”; la inmensa mayoría de aquellos que recibieron milagros de Jesús se postraron ante Él en señal de adoración, y sin embargo, los vecinos de Jesús, los que habitan en su mismo pueblo, los que lo vieron crecer y lo conocen de siempre, precisamente, a causa de esta familiaridad, descreen de su condición divina, a pesar de tener las pruebas de su sabiduría y poder celestiales, sobrehumanos, divinos. El desconfiar de Jesús los lleva a un escándalo farisaico: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿Su madre no es la que llaman María? ¿Y no son hermanos suyos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Y acaso no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde le vendrá todo esto?”. La falta de fe -que en este caso es voluntaria, porque rechazan con incredulidad los signos que hablan de la divinidad de Jesús, su sabiduría y sus milagros- no les permite recibir muchos milagros de parte de Jesús: “Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la falta de fe de esa gente”. Tienen delante de ellos al Hombre-Dios Jesucristo, al Salvador de la humanidad, al Verbo del Padre humanado, a la Palabra de Dios encarnada, que ha venido, en un hecho que asombra a los ángeles, a dar su vida en rescate por ellos y por toda la humanidad, y lo confunden con “el hijo del carpintero”, porque en el fondo no quieren abrir sus mentes y sus corazones al Amor de Dios que se les manifiesta visiblemente en Cristo Jesús.
Lo mismo sucede con la Iglesia: a pesar de dar evidentes signos de su condición divina -el más grande de todos, la Santa Misa, en la cual el pan y el vino, materias inertes, se convierten en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo-, y a pesar de eso, en vez de hacer un acto de fe en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, hecho que cambiaría sus vidas radicalmentes para bien, puesto que las llenaría de bendiciones, gracias, dones y milagros inimaginables, prefieren creer “crédulamente”, es decir, sin fundamentos racionales, a cuanto propagador de novedades aparece, y es así como las sectas -la principal, la Nueva Era y sus sectas asociadas, la religión wicca, el ocultismo, el tarot, etc.- crecen, al tiempo que los fieles de la Santa Iglesia Católica disminuyen, porque sus mismos hijos dicen incrédulamente: “¿Y ésta es la Esposa del Cordero Místico? ¿Acaso no es una iglesia más entre las otras? ¿De dónde le viene el poder de obrar la Transubstanciación?”.

martes, 30 de julio de 2013

“El Día del Juicio Final, los que obraron el mal serán condenados (…) y los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre”


El Día del Juicio Final, los que obraron el mal serán condenados (…) y los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre” (Mt 13, 36-43). Jesús revela qué es lo que sucederá en el Último Día de la historia humana, cuando el tiempo y el espacio finalicen para siempre, para dar lugar a la eternidad divina: mientras los que “obraron el mal” serán condenados, “los justos”, por el contrario, “resplandecerán como el sol en el Reino de Dios”. Esto nos hace ver que no es indiferente obrar el bien u obrar el mal; nos hace ver que tanto las obras buenas, como las malas, tienen su pago por parte de Dios; nos hace ver que el bien realizado en esta vida, en nombre de Jesús, se convierte en la otra en luz eterna de gloria divina, y que el mal realizado en esta vida, en nombre de Sataná, se convierte en la otra vida en dolor y llanto eternos.
Jesús nos advierte, con este Evangelio, que nuestras obras no pasan desapercibidas a los ojos de Dios, y que Dios es infinita Misericordia, pero también Justicia infinita, porque de lo contrario, no sería Dios, es decir, un Ser infinitamente perfecto de toda perfección.
Jesús nos advierte que esta vida es pasajera, efímera, que “pasa como un soplo”, como dice el Salmo (cfr. 143), pero que los actos realizados en el tiempo, tienen una dimensión eterna, tanto en el bien como en el mal, y la medida para saber cómo será nuestra eternidad, si de felicidad o de dolor, es el trato que damos a nuestro prójimo: “El que dio misericordia, recibirá misericordia” (Mt 5, 7).
En el Último Día, los que obraron el mal y no se arrepintieron -distinto será el veredicto divino para quien se arrepiente de todo corazón- recibirán el fruto de sus obras malas, que es el castigo eterno. Dentro del enorme espectro del mal -secuestros, violencias, engaños, estafas, mentiras, adulterios, lujuria, egoísmo, materialismo, hedonismo, avaricia, pereza, ira, gula, sensualidad-, están incluidos de modo particular quienes a sabiendas, obran las obras de la oscuridad, las obras del mal, las obras de la secta Nueva Era o Conspiración, porque la brujería, la religión wiccana, el espiritismo, el ocultismo, el esoterismo, el satanismo, el tarot, la videncias y mancias de todo tipo, y la razón de su particularidad es que es un grupo mencionado explícitamente en el Apocalipsis, que jamás entrará en el Reino de los cielos: “Fuera los perros, los hechiceros, los inmorales, los asesinos, los idólatras y todo aquel que ama la mentira” (Ap 22, 15).
Hoy, nos encontramos en un momento de la historia en el que la brujería, la religión wicca, el neo-paganismo, el satanismo, el ocultismo, el espiritismo, no solo son practicados por un número cada vez más grande de personas, sino que se muestran públicamente, sin ningún pudor, sin sentir ninguna vergüenza por ser adoradores -descubiertos o encubiertos- del mal. Una pequeña muestra de este salir de las podredumbres espirituales del infierno a plena luz del día, es por ejemplo el hecho de que el tablero “ouija”, instrumento espiritista de invocación al demonio, es vendido en las secciones de jugueterías, como inocentes juegos infantiles, en los supermercados y shoppings; otra muestra son los desfiles organizados en las “Marchas del Orgullo Pagano”, a lo largo y ancho del mundo, exhibiendo impúdicamente la inmundicia más grande que puede contaminar a un alma humana, y que es precisamente el paganismo o el neo-paganismo, que tiene en la religión wiccana su expresión más acabada.

“El Día del Juicio Final los que obraron el mal serán condenados (…) y los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre”. Nuestros días sobre la tierra están contados; apresurémonos a dejar de lado las obras de la oscuridad y a practicar la misericordia, para que así, por la Misericordia Divina, en la otra vida, podamos “resplandecer como el sol en el Reino de Cristo Jesús”.