domingo, 11 de mayo de 2014

“Yo Soy el Buen Pastor y doy mi Vida por las ovejas”


“Yo Soy el Buen Pastor y doy mi Vida por las ovejas” (Jn 10, 11-18). Jesús es el Buen Pastor que no solo custodia y pastorea las ovejas, sino que da la Vida por ellas. Jesús obra como un buen pastor, que cuando se da cuenta que una de sus ovejas se ha desorientado y se ha caído por el barranco, y que indefensa y con sus heridas sangrantes atrae al lobo que merodea en busca de carne fresca, sin dudar ni un instante, mientras deja al resto del redil al seguro en el corral, desciende por el barranco en busca de la oveja que yace en el fondo del barranco, herida e indefensa, para salvarla a costa de su propia vida.
Así como obra este buen pastor de la tierra, así obra Jesús, Buen Pastor, Sumo Pastor Eterno, solo que Jesús desciende, no a por la ladera al fondo de un barranco, sino del cielo a la tierra, y su cayado no es el cayado de madera de un pastor humano, sino el leño de madera, la victoriosa Cruz ensangrentada, y se enfrenta, no a un lobo, a un animal mamífero, sino al Lobo infernal, al Demonio, el Ángel caído, el Ángel perverso que perdió la gracia pero no la naturaleza a causa de su soberbia, a causa de su rebelión contra Dios en el cielo, por no querer servir a la majestad de Dios Uno y Trino y ahora busca destrozar con sus afiladas garras a las débiles ovejas, las almas humanas que Dios ha creado a su imagen y semejanza, pero a las que Cristo, Buen Pastor,  las salva a costa de su vida; Jesús es el Buen Pastor que desciende hasta el fondo del barranco para curar a la oveja herida, pero no con vendas y aceite terrenos, sino con la medicina y el aceite curativo de la gracia santificante, que sana las heridas del alma y cierra sus cicatrices sin dejar huella alguna del mal del pecado. Jesús es el Buen Pastor que, una vez encontrada la oveja perdida y herida en el fondo del barranco y una vez curadas sus heridas, la carga sobre sus hombros, y la lleva de nuevo al redil, es decir, una vez que el Verbo de Dios humanado ha bajado del cielo y ha subido a la Cruz, introduce al alma en su Costado abierto y así introducida en su Sagrado Corazón, la lleva consigo al Reino de los cielos, a la Morada Santa, al Seno eterno del Padre, para que habite con la Trinidad para siempre y su alegría y felicidad sean completas y nunca le falten pastos verdes y agua cristalina, es decir, el Amor y la Alegría Divinas por siglos sin fin.

“Yo Soy el Buen Pastor y doy mi Vida por las ovejas”. También en cada Santa Misa, Jesús es el Buen Pastor que baja del cielo y entrega su Vida en la Eucaristía para que nosotros, débiles ovejas del rebaño de Dios, tengamos Vida eterna y la tengamos en abundancia.

sábado, 10 de mayo de 2014

“Yo Soy la Puerta de las ovejas”


(Domingo IV - TP - Ciclo A – 2014)
         “Yo Soy la Puerta de las ovejas” (Jn 10, 1-10). Jesús utiliza una imagen, la del pastor con sus ovejas en un aprisco, en un refugio, para dar su enseñanza: una tapia o empalizada que protege a las ovejas cuando estas regresan de sus pastos para pasar la noche, la puerta abierta a los pastores, pero no a los ladrones que penetran en el aprisco por algún otro lugar, la escena de la mañana cuando el pastor viene de su casa para sacar a las ovejas para pastar, la llamada del pastor que reconocen sus propias ovejas, el hecho de conocerlas el pastor por su nombre, llamándolas a cada una por su nombre, la docilidad con que la grey le responde, al tiempo que está dispuesta a huir de un extraño[1].
         En esta imagen, cada elemento tiene un significado sobrenatural: el pastor, el buen pastor, que entra por la puerta y conoce a sus ovejas, es Cristo; las ovejas, son los bautizados; el corral o aprisco, donde las ovejas están seguras, es la Iglesia Católica; el exterior del corral y la noche, en donde merodean los lobos, representan los peligros para la salvación de las almas: las tentaciones del mundo y los ángeles caídos, los demonios; los ladrones, que no entran por la puerta, sino por otra parte, son los falsos mesías, los anticristos, los fundadores de sectas, o incluso sacerdotes católicos a los que les importa más de sí mismos que de las almas a ellos confiadas.
         La imagen central del aprisco o corral se aplica entonces a la Iglesia, único lugar seguro de salvación, porque así como las ovejas están seguras en el corral, protegidas por una puerta firme y por un buen pastor, resguardadas del peligro de la noche, en donde merodean los lobos y los asaltantes, así también las almas están seguras dentro de la Iglesia Católica, cuyo Buen Pastor es Cristo, quien es también su Puerta firme y segura.
Solo en la Iglesia Católica, fundada por el Hombre-Dios Jesucristo el Viernes Santo, encuentra el hombre la salvación, por eso es que el Catecismo de la Iglesia Católica[2] y el Concilio Vaticano II[3] enseñan que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. La Iglesia nació al ser traspasado el Sagrado Corazón de Jesús por la lanza del soldado romano, y al brotar de su Corazón la Sangre y el Agua, portadores de la gracia santificante que se transmite a través de los sacramentos; de estos sacramentos, el sacramento del bautismo es la puerta[4] por la cual los hombres entran en la Iglesia para recibir la salvación obtenida por Cristo en la cruz.
Con la imagen del corral y del aprisco en el que las ovejas entran y quedan seguras y al resguardo de los lobos y de los ladrones, Jesús nos quiere hacer ver que la Iglesia es necesaria para la salvación y que “no hay salvación fuera de la Iglesia”; quienes no pertenecen a la Iglesia, pueden salvarse, porque Dios, dice también el Concilio Vaticano II, puede llevar a la fe por caminos que sólo Él conoce, aunque esto no exime a la Iglesia de su tarea misionera: “Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede llevar a la fe, ‘sin la que es imposible agradarle’ (Hb 11, 6), a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia; corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de evangelizar’ (AG 7)”[5]. Distinto es el caso de aquellos que, sabiendo que Jesús fundó la Iglesia Católica y sabiendo que es necesaria para la salvación, no quieren entrar o no quieren perseverar en ella, es decir, los que no quieren recibir el bautismo, o los que, habiéndolo recibido, lo rechazan, apostatando de la fe, tal como existe hoy en la actualidad, un movimiento de apóstatas que llaman a borrar los nombres de los libros del Bautismo[6]. Dicen así el Concilio Vaticano II: “No podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella”[7].
La otra imagen que utiliza Jesús es la de la puerta, y es para aplicársela a sí mismo: “Yo Soy la Puerta de las ovejas”. Una puerta abierta deja pasar, entrar, salir; permite circular libremente; una puerta cerrada, impide el paso, protege[8]. La puerta se identifica también, con la construcción a la que pertenece: ya sea con la ciudad -sobre todo en la antigüedad, las ciudades poseían puertas monumentales, fortificadas, que protegían de los enemigos o daban paso a los amigos- o, en el caso de la figura del aprisco o corral, se identifica con el corral: Jesús es la Puerta de las ovejas, es la puerta del corral: Él es, con su Corazón traspasado en la Cruz, la Puerta abierta al cielo; Él es la Puerta abierta por la que salen las ovejas al amanecer, para alimentarse con los pastos verdes y abundantes y beber el agua fresca y cristalina de la gracia santificante, los sacramentos de la Iglesia; Él es la Puerta cerrada que protege a las ovejas cuando ya ha oscurecido y todas las ovejas han entrado al redil, y no deja entrar al Lobo infernal, que quiere, con sus dientes y garras afiladas, despedazar las almas para siempre en los abismos del Infierno; Jesús es la Puerta cerrada, segura y firme, que protege a las ovejas de las acechanzas del Lobo infernal, y si alguna, por desventura, queda a merced del Lobo, es solo porque no ha querido, por voluntad propia, entrar y quedar segura, al resguardo del aprisco cerrado y protegido por la Puerta maciza que es Cristo Jesús. Jesús es la Puerta cerrada que protege a las ovejas también de los malos pastores, de los asaltantes, de los que quieren entrar en el aprisco por otro lado; son los falsos cristos, los falsos mesías de la Nueva Era, los anticristos, los que se disfrazan de pastores, pero solo para apuñalar a las ovejas, matarlas, y apoderarse de su lana y asar su carne.
“Yo Soy la Puerta de las ovejas”. Solo Jesús en la Cruz y en la Eucaristía es la Puerta por la cual alcanzamos la eterna salvación; no existe ninguna otra puerta por la que podamos entrar en la vida eterna, porque solo Jesús crucificado y Jesús en la Eucaristía nos conduce, por medio del Espíritu Santo, al seno de Dios Padre. Cualquier otro cristo, es un cristo falso, un Anticristo.




[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentario al Nuevo Testamento, Tomo III, 732-733.
[2] Número 846.
[3] Lumen Gentium n. 14.
[4] Cfr. Catecismo, 846.
[5] Catecismo 848. Decreto Ad Gentes sobre la Actividad Misionera.
[6] El movimiento existe y se llama: “Apostasía Colectiva”; su página web es: apostasía.com.ar. Llama a los bautizados en la Iglesia Católica a “darse de baja de la Iglesia Católica”, entendiendo la apostasía como “un derecho” (sic), y el modo de hacerlo consistiría en remitir una carta modelo en la que se solicita a la parroquia que se borren los datos del bautismo de los libros parroquiales.
[7] Lumen Gentium n. 14. Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia: ‘Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna’ (LG 16; cf DS 3866-3872). Catecismo, 847.
[8] Cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Editorial Herder, Barcelona 1993, 750-751.

jueves, 8 de mayo de 2014

“¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?”


“¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?” (Jn 6, 51-59). Cuando Jesús les dice que quien “no coma su carne y no beba su sangre no tendrá la Vida eterna”, los judíos se escandalizan y se preguntan entre sí: “¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?”. Lo que sucede es que están pensando en términos humanos y materiales; interpretan las palabras de Jesús según sus mentes humanas, y la mente humana es demasiado limitada y estrecha en relación a la mente divina y es incapaz, de modo absoluto, de trascender y penetrar los misterios divinos. Cuando Jesús les dice a los judíos que Él es el Pan vivo bajado del cielo les está anticipando el misterio de la Eucaristía y cuando les dice que quien no coma su Carne y beba su Sangre, les está anticipando el misterio de la Santa Misa, misterio por el cual literalmente el hombre come la Carne del Cordero de Dios y bebe su Sangre, obteniendo de esta Carne y de esta Sangre, asadas en el Fuego del Espíritu Santo, la Vida eterna, la Vida misma del Ser trinitario, la Vida misma de Dios Uno y Trino.
Lo que los judíos no pueden entender es que Jesús les dice que Él es el Pan Vivo bajado del cielo, pero que debe ser aún cocido en el Fuego del Espíritu Santo; lo que los judíos no pueden en absoluto trascender ni vislumbrar es que Jesús les dice que deben comer su Carne y su Sangre, que son la Carne y la Sangre del Cordero de Dios, pero no todavía, sino cuando su Carne y su Sangre sean asados en el Fuego del Espíritu Santo, en el ardor de la Pasión; cuando su Carne y su Sangre hayan pasado por la tribulación de la Pasión y la gloria divina que en sí mismos contienen, se manifiesten y queden glorificados; lo que los judíos no entienden es que deben comer la Carne y la Sangre del Cordero de Dios glorificados en la Eucaristía, tal como aparecen, ocultos a los ojos del cuerpo, pero visibles a los ojos de la fe, en la Santa Misa de la Iglesia Católica, y es por eso que se escandalizan y se preguntan unos a otros: “¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?”.
Pero no solo los judíos del tiempo de Jesús se escandalizan del misterio eucarístico; muchos católicos de nuestros días, también se escandalizan y se muestran incrédulos ante el misterio de la Eucaristía y se preguntan: “¿Cómo puede ser que un simple pedazo de pan sean la Carne y la Sangre del Cordero de Dios?”.

Los que vivimos de la fe de la Santa Iglesia Católica, sabemos que la Eucaristía es el Pan Vivo bajado del cielo, que contiene la Carne, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor del Cordero de Dios, Cristo Jesús.

martes, 6 de mayo de 2014

“Yo Soy el Pan de Vida”


“Yo Soy el Pan de Vida” (Jn 6, 35-40). Jesús se nombra a sí mismo como “pan” y como “pan” que “da vida”. El pan material, el pan de mesa, compuesto de harina de trigo, también se puede decir que da vida, en un sentido figurado, en cuanto que mantiene al cuerpo con vida, desde el momento en que, por los nutrientes que le aporta, le impide morir de inanición. El pan material da una vida, en sentido figurado, de orden material. Sin embargo, Jesús no se compara con el pan material. Su comparación es con otro pan, desconocido para el hombre, porque Jesús es y posee en sí mismo algo que no posee ni puede poseer jamás el pan material: la substancia y el ser divino, trinitario. Esto es lo que explica que Jesús diga que el que coma de este pan, que es Él, “jamás tendrá hambre, y jamás tendrá sed”, porque Él es un pan que sacia un apetito que no es el meramente corporal, porque el apetito corporal finaliza con la vida corporal, es limitado como es limitada la vida terrena. Jesús, en cuanto Pan de Vida, sacia un hambre y una sed que no son corporales, sino espirituales, porque dice “jamás”, lo cual implica la noción de infinitud, de inmortalidad, de eternidad, y eso un pan material no puede de ninguna manera satisfacer. Jesús sí puede satisfacer el apetito, el hambre y la sed de Dios que toda alma posee, porque Él es ese Dios que toda alma apetece desde que nace; Él es ese Dios-Amor que toda alma desea amar con todas sus fuerzas desde el momento mismo en el que es creada; Jesús es ese Dios por el que toda alma suspira no desde el momento en que nace, sino desde el instante mismo en que es creada, y desea unirse a Él toda su vida, y se goza si lo logra en la visión beatífica, y se lamenta por la eternidad si lo pierde para siempre en la condenación eterna.

“Yo Soy el Pan de Vida”. Jesús es el Pan de Vida eterna, que alimenta al alma con la substancia misma de Dios, substancia que es Vida, Amor, Paz, y Luz divinas, y puesto que es Dios eterno, se dona sin reservas en la Eucaristía, para que el alma, aun existiendo en esta vida mortal, comience ya a experimentar los goces que le esperan en el Reino de los cielos si se mantiene fiel en la vida de la gracia.

lunes, 5 de mayo de 2014

“Yo Soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí, jamás tendrá sed”


“Yo Soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí, jamás tendrá sed” (Jn 6, 30-35). Los judíos pensaban que eran ellos los que habían comido el pan bajado del cielo, en la travesía por el desierto, desde Egipto hacia la Tierra Prometida, cuando guiados por Moisés, habían recibido el maná, el pan milagroso venido del cielo. Pero Jesús les hace ver que no es así, porque ese maná no es el verdadero maná; ese maná era solo una figura, un anticipo del verdadero maná, del verdadero pan bajado del cielo, que es Él. Los ancestros de los judíos comieron del maná del desierto y murieron; en cambio, los que coman de este Pan, que es Él, “jamás tendrán hambre”, y los que “crean en Él, jamás tendrán sed”. Jesús les está revelando el don que Él hará de su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad y su Amor, que será lo que calmará la sed y el hambre de Dios, que es sed de amor y de felicidad que anida en lo más profundo del ser de todo ser humano.
El drama del hombre, desde la caída original, es la pérdida de contacto con su fuente de amor y de felicidad, que es Dios Uno y Trino, y la consecuente búsqueda en sucedáneos –dinero, placer, éxito mundano, avaricia, sensualidad- de esa felicidad perdida, no solo no satisfacen esta sed sino, paradójicamente, provocan en él una sensación de infelicidad y de angustia tanto más grandes, cuanto mayor éxito obtiene el hombre en alcanzar y obtener estos objetivos terrenos.

“Yo Soy el Pan de Vida, el que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí, jamás tendrá sed”. Solo Jesús en la Eucaristía logra extra-saciar por completo, de modo sobre-abundante y sin límites, la sed de felicidad, de amor y de paz que anidan en el corazón de todo hombre, porque Él es Dios en Persona, que se dona en su totalidad, sin reservas, en cada comunión eucarística. Mucho más que saciar la sed y el hambre corporales, la Eucaristía sacia la sed y el hambre de Dios, es decir, la sed y el hambre de Amor, de Paz, de Alegría y de Felicidad que todo ser humano anhela, desde que nace, hasta que muere.

domingo, 4 de mayo de 2014

“Ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse”


“Ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse” (Jn 6, 22-29). La multitud busca a Jesús luego de que Jesús realizara el milagro de la multiplicación de los panes y peces, pero como Jesús se los advierte, la multitud no lo busca por el signo en sí mismo, que preanuncia el Pan de Vida eterna, sino porque han alimentado y satisfecho el hambre corporal: “Ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse”.
No solo en la época de Jesús, sino en toda la historia de la humanidad, desde la caída original de Adán y Eva, hasta nuestros días, y hasta el fin de los tiempos, la tentación del hombre será la de la multitud del Evangelio: seguir aferrados a esta vida, al tiempo y al espacio, a la materia, a las cosas pasajeras, a lo caduco, a lo efímero, y preferir el alimento del cuerpo y la saciedad del hambre y de la sed corporales, antes que saciar la sed y el hambre del espíritu, que es sed y hambre de felicidad, sed y hambre que, en el fondo, es sed y hambre de Dios.
Cuando Jesús multiplica milagrosamente panes y peces, sacia el hambre corporal de la multitud, pero su intención última no es la de simplemente satisfacer el hambre corporal del ser humano; la intención última al hacer el milagro de la multiplicación de panes y peces es el preanunciar un milagro infinitamente más asombroso, que saciará por completo la sed y el hambre de felicidad, de paz, de alegría y de amor de todo hombre y de la humanidad entera, y es el milagro de la Eucaristía, la transubstanciación del pan y del vino en su Cuerpo, Alma, Sangre y Divinidad. Jesús, el Verbo de Dios humanado, no ha venido a esta tierra para dar de comer a los hombres, ha venido para dar de comer su Cuerpo y dar de beber su Sangre, y con su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad, y con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, su Amor, que es el Amor de la Santísima Trinidad. Jesús no ha venido para que los hombres satisfagan su apetito del cuerpo; Él ha venido para satisfacerles el hambre y la sed de Dios, y esto solo lo conseguirán cuando Él se done a sí mismo en la Eucaristía.

Es por eso que encomienda a su Iglesia una tarea eminentemente espiritual: “Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna”. La tarea, la misión de la Iglesia, no es la de dar de comer, la de satisfacer el hambre corporal de la humanidad, sino la de satisfacer el hambre espiritual de la humanidad, dando de comer el Pan de Vida eterna, la Eucaristía. La tarea de la Iglesia es saciar, sí, el hambre de la humanidad, pero no como lo hace la ONU, sino que la Iglesia debe saciar el hambre espiritual de la humanidad, alimentándola con el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía. Ésa es su primera y última misión.

viernes, 2 de mayo de 2014

“Jesús tomó el pan y lo partió (…) se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron”


(Domingo III - TP - Ciclo A – 2014)
         “Jesús tomó el pan y lo partió (…) se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron” (Lc 24, 13-35). Jesús resucitado se aparece a los discípulos de Emaús, pero estos no lo reconocen. Los discípulos de Emaús conocen a Jesús y han recibido directamente de Él sus enseñanzas; conocen también las Escrituras, en donde se decía que el Mesías debía resucitar; han vivido los tristes y amargos días de la Pasión; han recibido las promesas de la Resurrección de parte del mismo Jesús; han sido testigos auriculares de la Resurrección, porque han escuchado de las santas mujeres de Jerusalén que Jesús ha resucitado; todavía más, ahora son testigos oculares de la Resurrección, porque ven con sus propios ojos a Jesús resucitado, y aun así, no creen en Jesús resucitado. Están, dice el Evangelio, “con el semblante triste”, porque hay algo misterioso que impide que reconozcan a Jesús: “algo impedía que sus ojos lo reconocieran”.
         Esta situación no cambia ni siquiera a lo largo de todo el camino; ni siquiera con la larga conversación que tienen con Jesús, o más bien, con el largo monólogo que tiene Jesús con ellos, porque luego de que Jesús les reprocha su dureza de mente –“¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!”-, les comienza a explicar las Escrituras, “en lo referente al Mesías”, es decir, a Él mismo, a cómo se habían cumplido en Él todas las profecías mesiánicas, a cómo se habían cumplido en Él todo lo que los profetas habían profetizado acerca del Mesías Redentor de Israel y de la humanidad.
       Esta ceguera y dureza, que no es tanto mental cuanto espiritual, cambia radicalmente en un momento determinado: cuando Jesús parte el pan. Algunos dicen que se trataba de la Santa Misa, con lo cual se trataría de un gesto sacramental; otros dicen que no; se trate o no de la Santa Misa, lo importante es que, en ese momento Jesús infunde el Espíritu Santo, que es el les concede la gracia santificante, la cual los hace partícipes del modo de conocimiento con el cual Dios Uno y Trino se conoce a sí mismo, y es en ese momento, debido a esa gracia recibida, que los discípulos, participando del modo con el cual el Hijo de Dios se conoce a sí mismo como Dios Hijo, es que los discípulos de Emaús reconocen a Jesús como al Hombre-Dios, como a Dios Hijo encarnado, y no como a un forastero, como a un hombre extraño, tal como lo habían tomado hasta ese entonces. Es el gesto de Jesús, de soplar el Espíritu Santo sobre ellos, lo que les permite a los discípulos de Emaús adquirir un nuevo modo de conocimiento, una nueva capacidad de conocimiento, una capacidad divina, la capacidad misma de Dios, y es por eso que conocen a Jesús como Jesús se conoce a sí mismo, es decir, como Dios Hijo en Persona. Pero al mismo tiempo, lo aman como Jesús se ama a sí mismo, es decir, con el Amor de la Santísima Trinidad, con el Amor del Espíritu Santo, porque el Padre ama al Hijo con la Persona-Amor de la Trinidad, el Espíritu Santo, y los discípulos de Emaús, llenos del Espíritu Santo, conocen y aman a Jesús como Jesús se conoce y se ama a sí mismo, con el conocimiento y el Amor del Espíritu Santo, que es el conocimiento y el Amor del Padre. Por eso es que les arde el corazón, porque el Espíritu Santo habita en sus corazones, haciéndoles arder el corazón en el Amor de Dios: “¿No ardían acaso nuestros corazones cuando nos explicaba las Escrituras?”, se preguntarán después, sorprendidos.
         Como bautizados y miembros de la Iglesia, debemos identificarnos con los discípulos de Emaús: también nosotros conocemos las Escrituras; también nosotros hemos recibido las enseñanzas de Jesús; también nosotros somos testigos de la Resurrección, porque hemos aprendido el Catecismo; también nosotros conocemos a Jesús, porque lo hemos recibido muchas veces en la comunión, pero, al igual que los discípulos de Emaús, en el fondo, andamos “con el semblante triste”, porque en el fondo no reconocemos a Jesús, aun cuando comulguemos, aun cuando confesemos, aun cuando recemos el Credo, aun cuando nos digamos ser cristianos católicos, aun cuando invitemos a Jesús a cenar con nosotros en la Comunión eucarística. Aun así, nos sucede como a los discípulos de Emaús: “algo impide que nuestros ojos lo reconozcan” en la Eucaristía, algo impide que nuestros ojos lo reconozcan a Jesús vivo, glorioso, resucitado, en la Eucaristía, y por ese mismo motivo, eso impide que demos testimonio ante el mundo de la existencia de Jesús resucitado y glorioso y de la existencia de un mundo nuevo de eternidad, el Reino de los cielos, al cual Jesús resucitado nos conduce. El hecho de que en el fondo no creamos en Jesús resucitado, nos incapacita para dar un testimonio creíble de una vida de eternidad y por eso seguimos apegados a las cosas de la tierra y así nos presentamos como una contradicción: nos llamamos cristianos católicos, es decir, somos en teoría futuros ciudadanos del Reino de los cielos, pero vivimos apegados a la materia, al dinero, a los vicios, al pecado, y no solo no vivimos los mandatos del Rey del cielo, Jesucristo, sino que obedecemos ciegamente los mandatos del Príncipe de las tinieblas, el Demonio.
         Es por eso que también a nosotros nos cabe el reproche de Jesús a los discípulos de Emaús: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!”; cómo nos cuesta creer todo lo que aprendimos en el Catecismo, todo lo que recitamos en el Credo, todo lo que leemos de las vidas de los Santos, todo lo que nos enseña la Santa Iglesia acerca del Cielo, el Purgatorio y el Infierno. Pensamos que el Cielo, el Purgatorio y el Infierno, son cuentitos para niños, y que nosotros aquí podemos hacer y vivir como queramos, total eso es eso, precisamente: un cuentito para niños. Es más fácil y cómodo creer en lo que más me gusta y dejar de creer en lo que menos me gusta. No en vano Sor Faustina Kowalska advierte, en su Diario, que el Infierno está ocupado con aquellos que creían que el Infierno no existía.

“Jesús tomó el pan y lo partió (…) se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron”. Los discípulos de Emaús reconocen a Jesús cuando Jesús les infunde el Espíritu al partir el pan. De la misma manera, solo cuando poseamos el Amor de Dios en nuestros corazones, el Amor que es el Espíritu Santo, el Amor que nos permita conocer y amar a Cristo con el Amor y el conocimiento de Dios Uno y Trino, nuestras mentes brillarán con la luz de Dios y nuestros corazones arderán con la caridad, con el Amor mismo de Dios, y entonces, reconociendo a Jesús, vivo y glorioso en la Eucaristía, le diremos: "Quédate con nosotros, Jesús, quédate en nuestros corazones, quédate para siempre, y no te vayas nunca jamás".
Es por eso que también nosotros, como los discípulos de Emaús, necesitamos que Jesús nos infunda el Espíritu Santo, para que lo conozcamos y lo amemos como Él mismo se conoce y se ama, con un conocimiento y con  un Amor sobrenatural, para que seamos capaces de dar testimonio de Él al mundo, un testimonio que llegue hasta la muerte de cruz, para que el mundo vea y crea y creyendo se salve.