viernes, 13 de noviembre de 2015

"Verán venir al Hijo de hombre sobre una nube, lleno de poder y de gloria"


(Domingo XXXIII – TO - Ciclo B – 2015)

         “En aquellos días, el sol se oscurecerá, los astros se conmoverán (…) Verán venir al Hijo de hombre sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Y Él enviará a sus ángeles para que congreguen a los elegidos desde los cuatro puntos cardinales” (Mc 13, 24-32). Jesús anuncia el Día del Juicio Final, Día en el que Él, como Justo y Eterno Juez, juzgará a la Humanidad dando a cada lo que ha merecido con sus obras: a los buenos, el cielo, a los malos, el infierno. Según el Catecismo de la Iglesia Católica el Juicio Final “consistirá en la sentencia de vida bienaventurada o de condena eterna que el Señor Jesús, retornando como Juez de vivos y muertos, emitirá respecto “de los justos y de los pecadores” (Hech 24, 15), reunidos todos juntos delante de sí. Tras el Juicio Final, el cuerpo resucitado participará de la retribución que el alma ha recibido en el juicio particular”[1].
         Pero antes del Día del Juicio Final, tiene que venir Él en su Segunda Venida y antes de esto, tienen que darse otros eventos escatológicos, como una guerra generalizada entre todas las naciones de la tierra –una especie de Tercera Guerra Mundial-, pestes, hambrunas, desorden, caos social universal, anarquía, desaparición del dinero y colapso económico mundial, entre otras cosas, todo lo cual preparará el terreno para la asunción del Anticristo como gobernante mundial. Cuando surja el Anticristo, detendrá la guerra generalizada y los conflictos, dando una falsa paz y así se erigirá como Autoridad Mundial, como “Señor del mundo”. Ayudará a la tarea del reconocimiento mundial del Anticristo el Falso Profeta, un hombre que aparentará ser religioso e incluso santo, pero siguiendo las órdenes de Satanás, actuará en contra de la Iglesia buscando su completa destrucción: “Y vi otra bestia que subía de la tierra; tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero y hablaba como un dragón” (Ap 13, 11). El Falso Profeta será un hombre muy astuto, que trabajará para que el Anticristo sea entronizado como Señor del mundo. Recién luego del reinado del Anticristo, que durará tres años, Nuestro Señor vendrá por Segunda Vez e instaurará un reinado de paz por mil años[2], al encadenar en el infierno a Satanás, al Anticristo y al Falso profeta. Es decir, antes de que Nuestro Señor Jesucristo llegue “sobre una nube, lleno de poder y de gloria” para juzgar a las naciones, el Anticristo -que actuará bajo las órdenes directas de Satanás y estará poseído por éste-, tiene que asumir el control de las naciones, ayudado por el Falso Profeta. El Anticristo será aclamado por la casi totalidad de los hombres porque –dice el Catecismo- “dará una solución aparente” a los problemas de la humanidad, pero al precio de la “apostasía de la verdad”. El Anticristo aparentará, en un primer momento, ser un gobernante comprensivo, amable, e incluso misericordioso, pero al cabo de tres años de reinado, mostrará su verdadero rostro de gobernante totalitario y dictatorial dando inicio a la última persecución sangrienta contra la Iglesia. Además de la tribulación que significa la persecución física, también en ese tiempo, según enseña el Catecismo, la Iglesia será sometida a una prueba, la prueba más grande desde su creación, y es de orden espiritual, porque la Iglesia será probada en la fe: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne”[3]. Muy probablemente esta “prueba en la fe” de la que nos habla el Catecismo, sea la supresión del Santo Sacrificio del altar, la Eucaristía, pues el Anticristo, para instalarse como Señor del mundo, necesita quitar de en medio al Rey de reyes, Jesús, que está en la Eucaristía.
         “En aquellos días, el sol se oscurecerá, los astros se conmoverán (…) Verán venir al Hijo de hombre sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Y Él enviará a sus ángeles para que congreguen a los elegidos desde los cuatro puntos cardinales”. Gobierno del Anticristo, prueba de fe, supresión de la Santa Misa y persecución a la Iglesia, oscuridad espiritual por todo el mundo, cataclismos cósmicos: ése es el panorama mundial y de la Iglesia para los tiempos inmediatamente anteriores a la Segunda Venida de Nuestro Señor.
El mismo Jesucristo glorioso, que vendrá sobre las nubes del cielo lleno de poder y gloria para juzgar a las naciones, se encuentra, oculto bajo el velo sacramental, en la Eucaristía. Adorémoslo en su Presencia Eucarística, amémoslo, por encima de toda tribulación; permanezcamos frente al sagrario, vivamos en gracia y rechacemos el mal, y así estaremos preparados para el encuentro definitivo con Él, cara a cara, ya sea el día de nuestra propia muerte seguida del Juicio Particular, ya sea el Día de su Segunda Venida, si nos toca estar vivos para presenciarlo.




[1] Cfr. Compendio, n. 214.
[2] Se trata del “Milenio espiritual”, sostenido por muchos santos, teólogos y doctores de la Iglesia, además de ser defendido por el Papa Juan Pablo II (cfr. Audiencia general del 14 de febrero de 2001 y la del 15 de noviembre de 1980); también el entonces Cardenal Ratzinger lo sostiene (cfr. entrevista al periodista Vittorio Messori, de la revista “Gesú”, noviembre de 1984). Hay que diferenciarlo de los milenarismos prohibidos, que son los milenarismos carnal –llamado Quilianismo-, milenarismo mitigado y los milenarismos seculares, propiciados respectivamente por el socialismo y el comunismo, el milenarismo gnóstico de la Nueva Era y el milenarismo del Nuevo Orden Mundial; cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, arts. 676-677.
[3] CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n. 675.

El Día en que se manifieste el Hijo del hombre será como en Sodoma y Gomorra


         Jesús habla acerca de su Segunda Venida, su Venida en la gloria, y describe cómo será el mundo en ese entonces: será como en los tiempos de Noé y también como en los tiempos de Lot en Sodoma, todo aparentará ser normal: con la gente “comprando y vendiendo”, “casándose”, “comiendo y bebiendo”, “plantando y edificando”, es decir, llevando una vida despreocupada y del todo “normal”. Pero un momento determinado, todo cambiará repentinamente y sin que nadie se lo espere, sobrevendrá repentinamente un castigo universal que, a juzgar por la cantidad de los que son llevados y la cantidad de los que son dejados –uno y uno: de dos que estén en el lecho, uno será dejado y el otro llevado-, afectará a por lo menos la mitad de la humanidad. La referencia a Noé y Lot significa que, cuando Jesús llegue, el mundo estará tanto o más corrupto que cuando sucedieron el Diluvio y la lluvia de fuego.
La llegada de Jesús será repentina, fulminante, como un rayo que atraviesa el cielo: “Porque así como el relámpago sale del oriente y resplandece hasta el occidente, así será la venida del Hijo del Hombre (Mt 24, 27)”; vendrá “como un ladrón” (Mt 24, 44) que ingresa en la casa del dueño cuando este menos se lo espera. Para esta Segunda Venida en la gloria, debemos estar preparados, vigilantes, como el siervo que espera el regreso de su amo en medio de la noche: vestidos, es decir, en estado de gracia; ceñida la cintura, la vida casta; con las lámparas encendidas, la luz de la fe en el Hombre-Dios Jesucristo.
Por último, Jesús da una señal para que estemos prevenidos, acerca de dónde sucederá la Segunda Venida: “donde esté el cadáver, se juntarán los buitres”. El cadáver, algo que está muerto, sin vida, es el Anticristo, un hombre poseído por Satanás y discípulo directo suyo; los buitres, las aves que se alimentan de carroña, son los hombres que siguen al Anticristo y se alimentan de sus mentiras, de sus blasfemias, de sus sacrilegios. Jesús se dirigirá directamente hacia donde se encuentre el cadáver rodeado de buitres, es decir, el Anticristo rodeado por los hombres destinados a la eterna perdición.
Nadie sabe cuándo sucederá, sólo Dios; mientras tanto, el cristiano debe esperar a Cristo en su encuentro personal, es decir, en la hora de la muerte, porque allí será conducido ante su Presencia para recibir el Juicio Particular y la retribución –cielo o infierno- que mereció por sus obras hechas libremente.

“Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres”. Si los buitres, es decir, los hombres seguidores del Anticristo, están junto al cadáver, el Anticristo, entonces los cristianos, representados en las águilas, por la majestuosidad de esta ave que simboliza la gracia, deben estar donde está Cristo con su Cuerpo glorioso y resucitado, en la Eucaristía: “Donde esté el Cuerpo de Jesús resucitado, allí estarán las águilas”. Por eso es que no hay otro lugar mejor para esperar la Segunda Venida de Jesús que estar delante del sagrario, adorando a Jesús Eucaristía.

jueves, 12 de noviembre de 2015

“El Reino de Dios está entre ustedes”


“El Reino de Dios está entre ustedes” (Lc 17, 20-25). Preguntan a Jesús “cuándo vendrá el Reino de Dios”, y Jesús responde que no es un reino al estilo de los reinos terrenos, ubicados en lugares geográficos determinados; no es tampoco visible, de manera que pueda decirse que “está en determinado lugar”. Esto quiere decir que el Reino de Dios es invisible, porque no puede ser detectado por los sentidos, y es de naturaleza espiritual, no de naturaleza material y es por eso que no se puede decir: “está en determinado lugar”. Para terminar de contestar la pregunta, Jesús da una respuesta que sorprende al interlocutor: “El Reino de Dios está entre ustedes”. ¿Por qué? Porque es la gracia la que concede al alma una vida nueva, la vida de la gracia, que es la vida del Reino, precisamente, por eso dice Jesús que “el Reino de Dios está entre ustedes”, o “en ustedes”, porque el que vive en gracia participa de la vida del Reino de Dios, que es la vida misma de Dios.

Estar en gracia es tener ya al Reino de Dios en el alma, porque la gracia nos hace partícipes de la vida del Reino, que es la vida de Dios y esto es lo que Jesús quiere decir cuando afirma: “El Reino de Dios está entre ustedes”. Estar en gracia es ya vivir en anticipo, en la tierra, la vida nueva que viviremos en la eternidad; por la gracia, vivimos en la tierra, pero ya con la vida del Reino, vida que se expandirá en su total plenitud en la vida eterna, pero que ya la vivimos desde la tierra. Esto, que es grandioso, no es sin embargo lo más grandioso: lo más grandioso de todo es que, por la gracia, el alma, que tiene en sí la vida del Reino, se hace merecedora de que llegue a ella, por la Comunión eucarística, para morar e inhabitar en ella, el Rey de este Reino de Dios, el Kyrios, Jesucristo, el Hombre-Dios.

viernes, 6 de noviembre de 2015

“Esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros”



(Domingo XXXII - TO - Ciclo B – 2015)

         “Esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros” (Mc 12, 41-44). Mientras Jesús está en la Sala del Tesoro del templo, se acercan varias personas para depositar ofrendas, entre ellas, muchos ricos y una pobre viuda, para dar su limosna. Los ricos “daban en abundancia”, dice el Evangelio, mientras que la pobre viuda, observada por Jesús, da sólo dos monedas de cobre, lo cual constituye una cantidad prácticamente insignificante en términos monetarios. A los ojos de los hombres, los ricos son los que han dado más, mientras que la viuda ha dado menos. Sin embargo, a los ojos de Dios, que escruta hasta la más profunda raíz del ser del hombre, la relación se invierte: no son los ricos los que han dado más, sino que la que ha dado “más que cualquiera” de todos, es la viuda, y Jesús da la razón: mientras los ricos dan mucho, pero dan de lo que les sobra, la viuda, por el contrario, ha dado poco cuantitativamente, pero sin embargo, en términos relativos, es muchísimo más que cualquier otra suma dada por los ricos, porque ella ha dado “todo lo que poseía”, ha dado “de lo que tenía para vivir”, mientras los otros dan de lo que sobra.
         La viuda pobre, alabada por Jesucristo, es ejemplo para todos nosotros, pero no porque simplemente sea “generosa”, es decir, no es ejemplar porque posea la virtud de la generosidad; su ejemplaridad es en otro sentido, mucho más alto: es ejemplo ante todo de amor a Dios, porque lo que  da es con sacrificio y el sacrificio es la medida del amor; en otras palabras, la viuda pobre es ejemplo porque da “todo” a Dios, sin reservarse nada para ella, y porque lo da todo, lo da con sacrificio y el sacrificio, a su vez, es indicativo del grado de amor a Dios, porque dar –y todavía más, monetariamente- es un sacrificio, pero el sacrificio no se hace por quien no se ama, sino por quien se ama, y cuanto más ama, más se sacrifica y más da. Cuanto más cuesta el don, más sacrificio implica y más amor demuestra. Es esto –dar mucho con mucho sacrificio porque ama mucho- precisamente lo que hace la viuda: al dar “todo” lo que tiene para vivir da, simbólicamente, su propia vida, porque su vida corpórea y terrena no puede subsistir sin eso que dio, que eran dos monedas de cobre, que era lo que tenía para comprar alimentos. Al dar dos monedas de cobre, la viuda está dando, simbólicamente, su propia vida, porque en ese escaso dinero estaba contenido su alimento, lo que le permitía subsistir. En el acto dar dos monedas de cobre la viuda da, simbólicamente, su vida a Dios por amor.
Es por esto que, en el caso de la viuda, el hecho de que dé “todo” lo que tenía para vivir, es mucho más valioso y demostrativo de su amor a Dios -habiendo dado solo dos monedas de cobre- que los ricos, que daban mucho dinero, pero que en realidad era relativamente poco, porque daban de lo que les sobraba: al revés que la viuda, los ricos demuestran poco amor a Dios a pesar de hacer una gran donación, porque lo que dan no es fruto de un sacrificio, sino de lo sobrante, de lo que no les hace falta. Para imitar a la viuda pobre, los ricos que depositaban en el Tesoro del Templo deberían haber donado absolutamente todo lo que tenían, todas sus fortunas, quedándose literalmente sin un céntimo en los bolsillos, sin ninguna propiedad y sin ningún bien material de cualquier tipo. Sin embargo, sólo dan de lo superfluo, de lo que no necesitan, porque lo que tienen supera con mucho a lo que dieron, lo cual quiere decir que dan mucho, pero en el fondo, se quedan con mucho más de lo que dieron y es aquí en donde resalta la ejemplaridad de la generosidad y del amor a Dios de la viuda. Entonces, a los ojos de Dios, la relación se invierte: los ricos se comportan como miserables para con Dios, mientras que la viuda, indigente y por lo tanto en la miseria económica, se muestra pródiga para con Dios.
Pero hay otro elemento en el que se debe meditar, para aprovechar máximamente, desde el punto de vista espiritual, el ejemplo de la viuda, y es el hecho de que la viuda obra como obra porque en realidad participa anticipadamente del sacrificio de Jesús. Es decir, el amor a Dios demostrado por la viuda en la donación de lo que tenía para vivir –las dos monedas de cobre- le viene por ser ella partícipe del amor y del sacrificio de Jesús en la cruz: en realidad, es Jesús Quien lo da “todo” por nuestra salvación, porque entrega su Vida, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la cruz y así se convierte en modelo, arquetipo y fuente de la gracia y del amor de quienes lo den todo por Dios; es Jesús quien da no “lo que tiene para vivir”, sino su Vida misma, que es la vida del Hombre-Dios y por lo tanto, su sacrificio tiene un valor infinito; Jesús en la cruz nos da no de lo que tiene para vivir sino, mucho más que eso, nos da su Vida misma, que es la vida divina que brota del Acto de Ser trinitario como de su Fuente inagotable. Entonces, si la viuda pobre da “todo” lo que tiene para vivir, y con esto demuestra un gran sacrificio, producto de la medida de su amor, este don que hace de sí, es imitación y participación del Don que nos hace Jesús en la cruz, el don de su Vida eterna. Aquí radica la mayor grandiosidad de la viuda, puesto que ella, como dijimos, no es ejemplo porque posea la virtud de la generosidad, sino porque participa anticipadamente del sacrificio de la cruz de Jesús, y en esta participación de la cruz, imita a los santos.

“Esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros”. Si Jesús alaba a la viuda, entonces la viuda pasa a ser, de modo inmediato, ejemplo a imitar. Por lo tanto, a imitación de la pobre viuda, que movida por el amor a Dios depositó ante el altar de todo lo que tenía para vivir, significado en esas dos monedas, también nosotros, guiados por el Espíritu Santo y llenos de su Amor, depositemos al pie del altar eucarístico, como ofrenda de amor a Dios, todo lo que tenemos para vivir, las dos monedas de cobre que son nuestro cuerpo y nuestra alma, y unámoslos al sacrificio en cruz de Jesús, por la salvación de nuestros  hermanos.

jueves, 5 de noviembre de 2015

“Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión”


“Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión” (Lc 15, 1-10). ¿Por qué la alegría de los ángeles por un pecador que se convierte? Para saberlo, hay que considerar que la fuente de alegría de los ángeles es Dios Uno y Trino quien, según Santa Teresa de los Andes, es “Alegría infinita”[1]. Los ángeles se alegran en el cielo porque contemplan a Dios Trino y participan de su Ser, fuente inagotable de alegría, y se alegran más cuando un pecador ser convierte, no sólo porque ese pecador convertido ha iniciado, en cuanto tal, el camino que habrá de conducirlo al cielo, sino que se alegran porque Dios Uno y Trino dejará de ser ignorado, despreciado, olvidado, por un hombre más, el pecador convertido, y comenzará a amarlo y adorarlo; los ángeles se alegran porque la conversión de un pecador significa no sólo el inicio de la salvación para ese pecador, sino el fin de las ofensas para la Trinidad, por parte de ese mismo pecador. Ésa es la razón por la cual “hay más alegría entre los ángeles por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión”: a la alegría que ya experimentan los ángeles en el cielo por la contemplación de Dios Trino, se les añade una alegría nueva, que antes no tenían, la alegría del pecador convertido.
Si “Dios es Alegría”, entonces, lo opuesto a Dios, el pecado, es tristeza y si hay tristeza en un corazón, es porque ahí no está Dios. Pero resulta que Dios Encarnado, Jesucristo, viene en Persona a darnos su Alegría, contenida en su Sagrado Corazón Eucarístico: “Así también vosotros estáis ahora tristes, pero yo os veré otra vez y vuestro corazón se alegrará, y nadie os quitará ya vuestra alegría” (Jn 16, 22). Jesucristo nos dona la Alegría de Dios, que es infinita, porque no sólo quita nuestros pecados con la Sangre de su Cruz, sino que nos dona la filiación divina, haciéndonos partícipes de la naturaleza divina y por lo tanto de la Alegría divina: “Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté dentro de  vosotros, y vuestra alegría sea completa” (Jn 15,11). La Alegría que nos da Jesús es la Alegría de Dios, es su Alegría, que es celestial, sobrenatural, infinita, incomprensible e inabarcable, como el Ser divino. La Alegría que nos da Jesucristo no es el mero contagio superficial de una alegría mundana y pasajera, sino la participación real, por la gracia, de la Alegría del Ser trinitario. Entonces, la gracia de Jesucristo es la fuente de la alegría para nosotros, que somos pecadores.
“Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión”. Mientras estamos en esta vida, en estado de viadores, somos pecadores y, por lo tanto, necesitamos de la conversión del corazón, la cual es una tarea de todos los días. Si luchamos por nuestra propia conversión, entonces seremos causa de alegría para nuestros ángeles custodios, al tiempo que participaremos de su alegría, originada en la contemplación gozosa de la Trinidad.



[1] Carta 101; cfr. http://www.teresadelosandes.org/espagnol/e_saintete.htm

martes, 3 de noviembre de 2015

“¡Feliz el que se siente a la mesa en el Reino de Dios!”


“¡Feliz el que se siente a la mesa en el Reino de Dios!” (Lc 14,15-24). Con ocasión de la expresión de un invitado, Jesús relata una parábola, en la cual el dueño de casa prepara “un gran banquete” y manda a su sirviente a invitar “a mucha gente”. Sin embargo, a pesar de saber que se trataba de un banquete, es decir, de una comida suntuosa, “todos, sin excepción”, de los que son invitados, se excusan, con pretextos banales y poco creíbles: “Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego me disculpes”; “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego me disculpes”; “Acabo de casarme y por esa razón no puedo ir”. Al conocer la respuesta de estos primeros invitados, el dueño de casa le dice, “irritado” a su sirviente, que “recorra las plazas y las calles de la ciudad y que le lleve a los pobres, lisiados, ciegos y paralíticos”. Una vez cumplida la orden, y debido a que todavía quedaban lugares, el dueño de casa ordena a su sirviente que “insista a la gente para entre”, para que “su casa quede llena”. Y hace una advertencia: “Les aseguro que ninguno de los que antes fueron invitados ha de probar mi cena”. Es decir, el dueño de casa invita a “toda la gente” para que no queden lugares libres, de manera tal que los primeros invitados no tengan lugar.
Para apreciar la enseñanza de la parábola, es necesario tener en cuenta que cada elemento de la misma representa a una realidad sobrenatural: el dueño que prepara la fiesta o banquete suculento, es Dios Padre; el manjar que se sirve, es la Carne del Cordero, asada en el Fuego del Espíritu Santo; el Pan de Vida eterna, el Cuerpo de Jesús resucitado y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre de Jesús derramada en la cruz y vertida en el cáliz eucarístico; los invitados, son los cristianos, los bautizados en la Iglesia Católica; los pretextos que ponen para no asistir al banquete, son los pretextos banales que los cristianos ponen para no asistir a la Santa Misa, los cuales, actualizados a nuestros días, serían: la televisión, el deporte, los paseos, el fútbol dominical, el descanso, etc., cuando no son los negocios y la avidez de ganar dinero. Es decir, son todas las actividades que hacen los cristianos el Día Domingo, en reemplazo de la Santa Misa: cualquier actividad es preferida por la inmensa mayoría de los cristianos, antes que la Santa Misa, propiciando así un ultraje a Dios Padre, que es quien ha preparado el Banquete Celestial. A su vez, los “pobres, lisiados, ciegos y paralíticos”, son los paganos que aún no conocen a Cristo, pero que serán llamados a ocupar los puestos dejados vacantes por los católicos que no supieron o no quisieron disfrutar y aprovechar el Banquete del cielo, la Santa Misa.
Es por esto que, para estos cristianos, es que se dirige la advertencia de la parábola: “Les aseguro que ninguno de los que antes fueron invitados ha de probar mi cena”.

          Para los que asisten a Misa y comulgan con un corazón lleno de amor, de piedad y de devoción, es la expresión: “¡Feliz el que se siente a la mesa en el Reino de Dios!”.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos



(Ciclo B – 2015)

         La muerte provoca dolor, angustia y tristeza, porque el ser querido ya no está más entre nosotros. La muerte provoca asombro, nos deja sin palabras, porque no hemos sido creados para la muerte, sino para la vida, y es por eso que nos deja sin palabras, atónitos, estupefactos. Frente a la muerte, el hombre queda sin respuestas, porque la muerte se lleva lo que más amamos, a nuestros seres queridos, y nos deja solos, sin su compañía. Frente a la muerte, es necesario tener presentes las verdades de la Santa Iglesia Católica, porque se puede tener la tentación de que a los seres queridos fallecidos ya no se los va a volver a ver más; la experiencia de la muerte es tan fuerte, que se puede pensar que nunca más vamos a volver a encontrarnos con nuestros seres queridos que han muerto.
         Sin embargo, la Iglesia nos enseña que el reencuentro con nuestros seres queridos es posible, aunque no en esta vida, sino en la otra, y luego de haber atravesado nosotros mismos el umbral de la muerte. El reencuentro es posible gracias al misterio pascual de Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, porque gracias a su Pasión y Muerte en cruz, Jesús destruyó nuestra muerte, nos concedió la vida eterna y nos abrió las puertas del cielo. Porque Jesús resucitó y nos concedió la vida eterna, para el cristiano la muerte no es el final de nada, sino el comienzo del camino, el comienzo de la vida eterna. Ahora bien, para que este reencuentro sea posible, debemos vivir en gracia, evitar el pecado –es lo que nos aparta de Dios- y obrar la misericordia. Si esto hacemos, estaremos seguros de que, por la Misericordia de Dios –por la cual esperamos que nuestros seres queridos ya estén con Dios y si todavía no están con Él, esperamos que estén en el Purgatorio, para lo cual rezamos por ellos-, el día de nuestra propia muerte, luego de atravesar el Juicio Particular, nos reencontraremos, en el Reino de los cielos, en Cristo Jesús, con nuestros seres queridos, para ya nunca más separarnos.

La conmemoración de nuestros seres queridos no debe quedar entonces en una estéril tristeza melancólica, sino que la certeza de su reencuentro en Jesucristo, que es Quien nos devolverá a nuestros seres queridos fallecidos, debe estimularnos a ganar indulgencias, ya sea para ellos o para almas del Purgatorio, para crecer cada vez más en la caridad y en la fe, de modo de estar preparados y listos para cuando llegue el momento del feliz reencuentro en la eternidad, en donde ya nunca más habremos de separarnos.