“Invita a los pobres y tendrás
tu recompensa en la resurrección de los justos” (Lc 14, 12-14). Jesús nos enseña a ser generosos con aquellos que,
humanamente, no pueden recompensarnos para que, de esa manera, seamos
recompensados en la otra vida: “Tendrás tu recompensa en la resurrección de los
justos”. Si obramos de modo contrario, es decir, buscando ser recompensados en
esta vida, recibiremos sí lo que buscamos, el ser recompensados aquí, pero no
en la vida eterna. En otras palabras, si solo invitamos a quienes pueden
retribuirnos y dejamos de lado a quienes no pueden hacerlo, entonces Dios no
nos deberá nada en la otra vida. Cuando des un almuerzo o una cena (…) invita a
los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos (...) así tendrás
tu recompensa en la resurrección de los justos!”. No se trata de reglas de
cortesía ni de humanismo, y mucho menos de dialéctica socialista y marxista entre ricos y pobres: se trata de imitarlo a Él, que fue Quien nos invitó primero
a nosotros, que somos los pobres, lisiados, paralíticos, ciegos, a su Banquete
celestial, la Santa Misa -en donde nos convida con un manjar exquisito, que
deleita a los ángeles, la Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del
Espíritu Santo, el Pan de Vida eterna y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna- y
no teníamos manera de cómo retribuirle, siquiera mínimamente.
Adorado seas, Jesús, Cordero de Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios oculto en el Santísimo Sacramento del altar. Adorado seas en la eternidad, en el seno de Dios Padre; adorado seas en el tiempo, en el seno de la Virgen Madre; adorado seas, en el tiempo de la Iglesia, en su seno, el altar Eucarístico. Adorado seas, Jesús, en el tiempo y en la eternidad.
lunes, 31 de octubre de 2016
viernes, 28 de octubre de 2016
“Zaqueo (…) hoy tengo que alojarme en tu casa (…) Hoy ha llegado la salvación a esta casa”
(Domingo
XXXI - TO - Ciclo C – 2016)
“Zaqueo (…) hoy tengo
que alojarme en tu casa (…) Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19 ,1-10). En esta escena evangélica,
se relata el proceso de conversión de Zaqueo y la muestra de amor de Jesús
hacia él. El proceso de conversión, porque es Jesús quien da a Zaqueo la gracia
de desear verlo y de encaramarse al sicómoro para lograrlo; es Jesús quien pone
en el corazón de Zaqueo el deseo de conocerlo y de verlo, y esto constituye el
primer paso de la conversión. El segundo paso es la aceptación de Zaqueo de
esta gracia de conversión, al responder afirmativamente a la misma y al buscar
el modo de ver a Jesús, subiéndose al árbol; el tercer paso, es el ingreso de
Jesús en su casa y la consiguiente alegría de Zaqueo: la muestra de que la
conversión es verdadera, es el deseo de Zaqueo de no ser injusto nunca más para
con su prójimo, y para hacerlo, se propone dar “la mistad de sus bienes a los
pobres”, lo cual es signo de verdadera justicia, porque cuando se tienen bienes
que no se usan, es porque se los está acumulando: “Señor, voy a dar la mitad de
mis bienes a los pobres”; dicha conversión se manifiesta también en el deseo de
restituir “cuatro veces más” a quien haya podido perjudicar en su vida previa a
la conversión: “y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más”. El
proceso de conversión entonces es: gracia previa al deseo de verlo; aceptación
de Zaqueo de esa gracia y deseo de verlo; invitación a Jesús a entrar en su
casa; alegría por estar con Jesús; desprendimiento de bienes materiales y
rechazo de toda injusticia, con tal de no perder la amistad con Jesús.
Ahora
bien, para con nosotros, Jesús nos da una muestra de amor infinitamente más
grande que para con Zaqueo, porque para con Zaqueo, Jesús entró en su casa
material, mientras que para con nosotros, Jesús entra en nuestra casa
espiritual, es decir, en nuestra alma; Jesús entró en casa de Zaqueo con su
Cuerpo real, todavía no glorificado por la Resurrección, y en nosotros, entra
con su Cuerpo glorificado, que ya ha pasado por el Calvario y la Resurrección;
a Zaqueo no le donó el Espíritu Santo cuando entró en su casa, a nosotros nos
dona el Espíritu Santo cada vez que comulgamos; entró en casa de Zaqueo para
comer con él y alojarse en su casa, a nosotros nos da de Él de comer, su
Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, el Pan Eucarístico, y se aloja, no
en nuestra casa material, sino en nuestra alma y en nuestro corazón.
Puede
ayudarnos en la reflexión el preguntarnos. ¿cómo lo recibe Zaqueo? “Con gran
alegría”, dice el Evangelio. Entonces, nosotros debemos preguntarnos: si para con
nosotros, Jesús demuestra un amor infinitamente más grande que para con Zaqueo,
como lo hemos visto: cuando Jesús entra en nuestra casa, es decir, en nuestra
alma, ¿lo recibimos con “gran alegría” interior, como lo recibió Zaqueo? ¿Se
convierte nuestro corazón, por la Presencia del Rey de reyes, o seguimos en el
pecado del hombre viejo? ¿Dejamos de idolatrar lo material y repartimos entre
los pobres lo que es de justicia estricta que lo hagamos? Pidamos la gracia de recibir a Jesús como Zaqueo, con gozo y alegría interior, y también le pidamos a Nuestra Señora de la Eucaristía la gracia de la conversión del corazón a su Hijo Jesús en la Eucaristía, es decir, pidamos la gracia de la conversión eucarística del corazón.
jueves, 27 de octubre de 2016
“A ustedes la casa les quedará vacía”
“A
ustedes la casa les quedará vacía” (Lc
13, 31-35). Avisan a Jesús que Herodes lo busca “para matarlo”: “Aléjate de
aquí, porque Herodes quiere matarte”. En su respuesta, Jesús deja claro, por un
lado, que no “se alejará”, como un amigo bien intencionado le recomienda,
porque “un profeta no puede morir fuera de Jerusalén”, y Él, que es más que un
profeta, porque es el Mesías, el Hombre-Dios, mucho menos puede morir “fuera de
Jerusalén”; por otro lado, Jesús, profetizando su muerte –conoce el futuro en
cuanto Dios omnisciente hecho hombre-, se lamenta de Jerusalén, que “persigue a
los profetas”, ya sea por medio del poder político, representado en la persona
de Herodes, como por medio del poder religioso y su jerarquía, representado en
los sacerdotes del Templo, y anuncia la ruina que a causa de esta conducta le
sobrevendrá, a Jerusalén, pero sobre todo, al Templo: “A ustedes la casa les
quedará vacía”. Esta terrible profecía se cumplirá cuando Jerusalén sea sitiada
y sus murallas derribadas y el Templo invadido, profanado e incendiado, por
manos de los soldados romanos al mando de Tito, en el año 70 d. C.
“A
ustedes la casa les quedará vacía”. La ruina de Jerusalén y del Templo,
sobrevenida por haber expulsado de sus murallas al Hombre-Dios para darle
muerte, es figura de la ruina del alma y el corazón del hombre que, por el
pecado mortal, expulsa de sí al Hombre-Dios y lo arroja fuera de su vida y de
su existencia, pereciendo en la vida espiritual. La frase de Jesús: “A ustedes
la casa les quedará vacía”, se aplica entonces al hombre que, por el pecado
mortal, queda con su alma vacía de la Presencia de Dios, al expulsar a Jesús de
su corazón.
miércoles, 26 de octubre de 2016
“Cuando el dueño de casa se levante y cierre la puerta, será el llanto y rechinar de dientes”
“Cuando
el dueño de casa se levante y cierre la puerta, será el llanto y rechinar de
dientes” (Lc 13, 22-30). Preguntan a
Jesús si es verdad que “son pocos los que se salvan”, por lo que la respuesta
de Jesús está inequívocamente unida a su Segunda Venida, al Día del Juicio
Final, la severidad del castigo divino y al destino eterno de las almas.
Para
ampliar su respuesta, Jesús utiliza la imagen de un “dueño de casa” que, en
apariencia, está descansando y que, de improviso, “se levanta y cierra la
puerta” de su casa; es evidente que había gente entrando y gente por entrar,
porque luego que cierra la puerta, para quienes quedan fuera de la casa,
comienza el “llantos y rechinar de dientes”, y estos son los que “obraron el
mal”, a quienes el dueño de casa no quiere con él.
¿De
qué se trata esta imagen? Lo sabremos si consideramos que cada elemento de la
misma se refiere a una realidad sobrenatural: el dueño de casa es Él,
Jesucristo, el Hombre-Dios, que ha de venir a “juzgar vivos y muertos” al final
de los tiempos; el hecho de “cerrar la puerta” indica la finalización del
tiempo y de la historia humanos, que dan comienzo a la eternidad, y el que se
levante el dueño y repentinamente la cierre, significa que el Día del Juicio
Final será imprevisto, puesto que “el día y la hora nadie lo sabe, ni el Hijo
del hombre”; la casa es el Reino de los cielos; el exterior de la casa, adonde
quedan los malos, es el infierno; la severidad de la Justicia Divina para quienes
no quisieron aprovechar la Misericordia Divina se ve en el dolor que
experimentarán quienes queden afuera, porque la expresión “llanto y rechinar
de dientes” no es un mero modo de hablar, sino la descripción de los efectos –llanto
y rechinar de dientes- que el intensísimo dolor de los castigos del Infierno,
decretados por la Justicia Divina, decreta para quienes persistieron en la
malicia del pecado y rechazaron la gracia santificante.
“Cuando
el dueño de casa se levante y cierre la puerta, será el llanto y rechinar de
dientes”. No sabemos cuándo ha de venir el Señor Jesús, pero al fin de cuentas,
para el cristiano que vive en gracia, eso es un dato menor, porque lo que
interesa es, precisamente, la vida de la gracia, que es la que permite ingresar
en la “casa del dueño” de la parábola, es decir, el Reino de los cielos.
viernes, 21 de octubre de 2016
“Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano”
(Domingo
XXX - TO - Ciclo C – 2016)
“Dos
hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano” (Lc 18, 9-14). Jesús narra la parábola
del fariseo y el publicano, para que nos demos cuenta de cómo ve Dios a las
almas que se creen justas ante los hombres, pero que ante sus ojos no lo son: “Refiriéndose
a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo esta
parábola”. En la parábola, dos hombres “suben al Templo para orar”: uno es
fariseo y el otro, publicano. El fariseo es un hombre religioso, es decir, es
alguien que conoce la Palabra de Dios, que hace oración y que está en el templo
todos los días. Debido a esta actividad religiosa, el fariseo se enorgullece de
sí mismo y se ensoberbece, creyéndose justo ante Dios y mejor que los demás
hombres, y por eso es que su oración refleja esta soberbia ante Dios y el
desprecio hacia los hombres: “El fariseo, de pie, oraba así: ‘Dios mío, te doy
gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y
adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la
décima parte de todas mis entradas’. El fariseo cree que es agradable a los
ojos de Dios y que es superior a los otros hombres, pero en el mismo momento en
el que hace esta oración, llena de soberbia, se vuelve despreciable a los ojos
de Dios, al tiempo que, creyéndose mejor que los otros hombres, se coloca, en
realidad, en el último lugar, a causa de su falta de caridad.
Por
el contrario, el publicano, que no frecuentaba tanto el Templo, ni hacía tanta
oración, se considera por lo mismo injusto ante Dios, porque conoce su
condición de pecador, y se considera inferior a los demás hombres, porque los
demás son mejores que él, que es un pecador: “(El publicano) manteniéndose a
distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se
golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!’.
En el mismo momento en el que se humilla ante Dios y se coloca en el último
lugar con respecto a los hombres, en ese mismo momento, pasa a estar en primer
lugar, tanto a los ojos de Dios, como de los hombres, por ese acto de humildad,
que es justamente lo inverso a lo que sucede con el fariseo. Es esto lo que
dice Jesús: “Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no
el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla
será ensalzado”.
“Dos
hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano”. Con
esta parábola, Jesús ensalza la virtud de la humildad, no solo en el publicano,
sino en sí misma y es una de sus virtudes más preciadas a los ojos de Dios;
tanto, que Él mismo aconseja en el Evangelio que la adquiramos de Él: “Aprended
de Mí, que soy humilde y manso de corazón” (Mt
11, 29). La razón es que Jesús no quiere que simplemente seamos virtuosos, sino
que la humildad es el modo humano que mejor manifiesta la perfección infinita del
Ser divino trinitario. En otras palabras: Jesús es humilde porque es Dios,
porque Dios, en su perfección infinita, se manifiesta como humilde, cuando se
encarna, cuando se hace hombre sin dejar de ser Dios.
De
todas las múltiples virtudes de Jesús, una de las principales es la humildad,
lo cual significa que quien desea ser humilde y trabaja para ello, participa,
en mayor o menor medida, de la humildad de Jesús, que es la perfección de Dios
Trino manifestada en la naturaleza humana. Entonces, cuando Jesús nos anima a
imitarlo en su humildad –y en la virtud conexa, la mansedumbre-, no lo hace
porque simplemente quiere que seamos “mansos y humildes”, sino que quiere que
seamos “como Él”, que es Dios hecho hombre: Jesús quiere que seamos “mansos y
humildes” como Dios es manso y humilde, y esta es la razón por la cual el publicano
sale del Templo justificado a los ojos de Dios, porque al reconocerse pecador y
el último entre los hombres, lo puede hacer gracias a la virtud de la humildad
que, como tal , es participada de Jesucristo. La humildad del cristiano es
participación a la humildad de Cristo, y esto es lo que justifica al alma a los
ojos de Dios.
Lo
opuesto a la humildad es la soberbia la cual, por otra parte, no es simplemente
una virtud opuesta a la humildad: es el pecado capital del diablo en el cielo,
pecado por el cual pretende, de modo irracional y absurdo, igualarse a su
Creador, y es el pecado que lo lleva a perder la gracia santificante con la que
había sido creado y a perder la inteligencia angélica, convirtiéndose en el
acto en un ser depravado, soberbio, insolente y, fundamentalmente, mentiroso. La
soberbia del fariseo, que es participación a la soberbia demoníaca, es lo que
vuelve al hombre impío a los ojos de Dios, al tiempo que lo pone en el último
lugar entre los hombres.
“Dos
hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano”. La
enseñanza de la parábola es que lo que hace agradable al alma, a los ojos de
Dios, es la humildad, mientras que lo que la vuelve despreciable a sus ojos, es
la soberbia. Si queremos ser agradables a los ojos de Dios, debemos humillarnos ante Jesús crucificado, humillado por nosotros, y convertirnos en servidores de nuestros hermanos.
“¡Hipócritas! Disciernen el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo entonces no saben discernir el tiempo presente?”
“¡Hipócritas!
Ustedes saben discernir el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo entonces no
saben discernir el tiempo presente?” (Lc
12, 54-59). Jesús acusa a sus discípulos de ser “hipócritas” porque saben
discernir los cambios de tiempo meteorológico –si hará calor o si lloverá- pero
no saben discernir “el tiempo presente”, es decir, la época mesiánica, por su Presencia
entre ellos.
Puesto
que nosotros, en cuanto cristianos, también somos sus discípulos, estas
palabras también nos competen, por lo que debemos preguntarnos: ¿cuáles son los
signos del tiempo presente en nuestro tiempo? Podemos buscar la respuesta en
dos lados: en el Catecismo de la Iglesia Católica y en Sor Faustina Kowalska. El
Catecismo dice: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por
una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que
acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el “misterio de
iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los
hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la
apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es
decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo
colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne”[1].
Ahora
bien, podemos decir que estamos viviendo tiempos de apostasía, con lo cual, si
no estamos en esta “prueba final”, estamos viviendo sus prolegómenos. Entonces,
una primera respuesta es -según el Catecismo- que el “signo de los tiempos” que
estamos viviendo en nuestro siglo XXI, es la preparación previa a su Segunda
Venida.
Y
con respecto a Santa Faustina, Jesús le dice que “preparará al mundo para su
Segunda Venida” por medio de la difusión de la devoción a la Divina
Misericordia. Nuevamente, al igual que el Catecismo, la devoción a Jesús
Misericordioso nos dice que está cerca el regreso de Jesús en la gloria.
Los
dos signos de los tiempos que vivimos, nos llevan a su vez a la pregunta de
Jesús: “Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 8).
jueves, 20 de octubre de 2016
“He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía verlo ya ardiendo!”
“He
venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía verlo ya ardiendo!” (Lc 12, 49-53). Ante estas afirmaciones
de Jesús, nos preguntamos: ¿de qué fuego habla Jesús? ¿Es un fuego que provoca
dolor, como el fuego de la tierra que conocemos? ¿Qué es lo que Jesús desea
quemar con este fuego? ¿Por qué su prisa por verlo arder?
Para
poder contestar a estas preguntas, tenemos que recordar qué elemento de la
divinidad es representado con el fuego, y es el Espíritu Santo, que desciende
como “lenguas de fuego” en Pentecostés, sobre María Santísima y los Apóstoles
reunidos en oración. Entonces, aquí ya tenemos una primera respuesta: el fuego
que “ha venido a traer Jesús sobre la tierra” no es otro que el Espíritu de
Dios, que es Amor; es el Espíritu Santo, Fuego de Amor divino. Y en esto mismo
está también otra respuesta: puesto que se trata de un fuego celestial,
sobrenatural, no provoca dolor, como sí lo provoca el fuego material o
terrestre que conocemos. Por el contrario, el Fuego del Amor de Dios, el
Espíritu Santo, no solo no provoca dolor, sino que produce en el alma del
hombre alegría, gozo, dicha, paz, amor. Es este fuego, entonces, el Fuego del
Divino Amor, el Espíritu Santo, lo que Jesús “ha venido a traer sobre la tierra”,
como Él lo dice.
La
otra pregunta es: ¿qué es lo que desea quemar Jesús con este fuego? Y para
responder a esta pregunta, tenemos que recordar que el Sagrado Corazón, que
está envuelto en las llamas del Amor de Dios, se encuentra vivo, glorioso,
palpitando con la vida divina, en la Eucaristía: Jesús quiere encender los
corazones de quienes comulgan, transmitiéndoles esta Llama de Amor Vivo. Ahora bien,
si el corazón es duro como la piedra, entonces no podrá arder, por lo que
debemos pedir la gracia de que nuestros corazones sean como la madera o como el
pasto seco, para que al contacto con las llamas de Amor del Sagrado Corazón
Eucarístico de Jesús, combustionen espontáneamente.
Por
último, ¿por qué su apuro por verlo arder a ese fuego? Porque el que ama desea
ser amado: Jesús, que nos ama con el Amor de Dios, quiere que lo amemos, pero
no con nuestro amor humano, limitado, sino con el Amor de Dios, contenido en su
Sagrado Corazón Eucarístico. Para darle contento a Jesús, entonces, y para que Él pueda ver
arder el Fuego del Amor de Dios en nuestros corazones, es que debemos comulgar
en gracia y con el deseo de que nuestras almas y corazones se enciendan con las llamas de Amor del Espíritu de Dios.
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