martes, 15 de abril de 2014

Jueves Santo


(Ciclo A – 2014)
         “Habiendo amado a los suyos (…) los amó hasta el fin” (Jn 13, 1-15). No es la obligación, porque Jesús no está obligado por nada ni por nadie, ni tampoco la necesidad, porque Jesús no necesita de nada ni de nadie, lo que mueve a Jesús a dar inicio a su Pasión. Lo que mueve a Jesús a cumplir la Pasión es el Amor: “Habiendo amado a los suyos (…) los amó hasta el fin”. Es por Amor, que Jesús, siendo Dios omnipotente, se humilla hasta el extremo de lavar los pies a sus discípulos, haciendo una tarea propia de esclavos, para que sus discípulos no solo eviten la soberbia, primer escalón en el camino de la eterna perdición, sino que comiencen el camino que los conducirá al cielo, imitándolo a Él en la humildad; es por Amor, que Jesús, en la Última Cena, antes de subir a la cruz y entregar su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad, en el Sacrificio del Calvario, deja su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad, en el Pan de Vida eterna, en la Hostia consagrada, instituyendo así la Eucaristía, la Santa Misa, convirtiendo la Última Cena en la Primera Misa y cumpliendo de esa manera la promesa de que no habría de abandonarnos y de que habría de permanecer con nosotros “hasta el fin de los tiempos”, “hasta el último día”; es por Amor que Jesús, en la Última Cena, instituye el sacerdocio ministerial, transmitiendo a los hombres, y solo a los varones, no a las mujeres, el poder de consagrar su Cuerpo y su Sangre, transubstanciando, por el poder del Espíritu Santo, que pasa a través de ellos cuando pronuncian la fórmula de la consagración en la Santa Misa, el pan y el vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de manera tal que los hombres de todos los tiempos, hasta el fin de los tiempos, puedan ser alimentados con el Verdadero Maná, el Pan caído del cielo, el Pan súper-substancial, la Eucaristía, en su peregrinar hacia la Patria celestial; es por Amor que Jesús, en la Última Cena, instituye el Sacerdocio ministerial, de manera tal que los hombres puedan recibir los sacramentos, verdaderos manantiales de gracia divina, que son la prolongación del Agua y la Sangre que brotaron de su Corazón traspasado en la cruz; es por Amor que Jesús deja el Mandamiento Nuevo, verdaderamente nuevo, el mandamiento de la caridad: “Os doy un mandamiento nuevo: ‘Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado’”, porque si bien los judíos conocían el mandato del amor al prójimo, la novedad del mandato de Jesús radica en que los cristianos deben amarse como Cristo los ha amado, es decir, con el Amor de la Cruz, y el Amor de la Cruz es un amor no natural, sino sobrenatural, porque es el Amor del Hombre-Dios, es el Amor del Espíritu Santo, es el Amor del Padre y del Hijo, es el Amor que es la Persona Tercera de la Trinidad, la Persona-Amor de la Trinidad. Amar como Cristo nos ha amado significa amar con amor de cruz, es decir, amar con Amor sobrenatural, no humano, sino celestial, y esto quiere decir un amor divino, desconocido para el hombre y que por lo mismo debe ser solicitado insistentemente, permanentemente, en la oración, porque el hombre no lo tiene y no lo conoce. Para amar “como Cristo nos ha amado”, es decir, para cumplir el mandamiento nuevo que Cristo nos ha dejado, es necesario acudir a la intercesión y mediación del Inmaculado Corazón de María, puesto que se trata del Amor del Espíritu Santo, un Amor que está contenido en el Inmaculado Corazón de María Santísima. Por lo tanto, quien no hace oración a los pies de Cristo crucificado y de María Santísima, que está de pie junto a la cruz; quien no hace oración de rodillas ante el sagrario y ante la Virgen Custodia del Sagrario, no puede recibir este Amor que nos dejó como legado Jesús en la Última Cena y que es el único mandamiento que necesitamos cumplir para entrar en el cielo, porque en este mandamiento está resumida toda la Ley Nueva: quien ama al prójimo “como Cristo nos amó”, es decir, con el Amor del Espíritu Santo, ama con amor perfecto, y quien ama con amor perfecto a su prójimo, ama a Dios con amor perfecto, y quien ama a Dios y al prójimo con amor perfecto, tiene abiertas las Puertas del cielo, es decir, el Sagrado Corazón de Jesús.



         “Habiendo amado a los suyos (…) los amó hasta el fin”. En la Última Cena, en la Pasión, todo lo hace Jesús movido por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Pero no solo en la Última Cena, que fue la Primera Misa. En cada Santa Misa, sigue actuando Jesús movido por el Amor del Espíritu Santo, porque es por Amor que Jesús nos invita a que nos alimentemos de su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. No tiene Él necesidad de nosotros, sino que somos nosotros, los que tenemos necesidad de recibir su Amor, el Amor Eterno que arde en su Sagrado Corazón Eucarístico.

Miércoles Santo


(Ciclo A – 2014)
         “Se acerca la hora. Voy a celebrar la Pascua en tu casa” (Mt 26, 14-25). Jesús envía a sus discípulos a la casa de “una persona”, alguien de mucha confianza, de quien no se da el nombre en el Evangelio, pero que goza de la más completa confianza por parte de Jesús, para que disponga y prepare todo lo necesario para la comida pascual. Esta persona, amiga de Jesús, está ya avisada y lista, y solo necesita que se le dé la orden de parte de Jesús, para que comience con los preparativos y esto es lo que hace Jesús, enviando a los discípulos. A partir de entonces, la casa –un apartamento de dos pisos en Jerusalén- donde se llevará a cabo la comida pascual, como la describe el evangelista Mateo, será conocida por la historia como “el Cenáculo” y será uno de los sitios más famosos de la humanidad, por haberse llevado a cabo allí el milagro más prodigioso que haya tenido lugar en la historia de la humanidad, comparable solamente con la Encarnación del Verbo en el seno de María Santísima, y es la institución de la Eucaristía, aunque también se da otro prodigio, como la institución del Sacerdocio ministerial, además de dejar Jesús su legado más preciado, el mandato del Amor: “Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”.
         “Se acerca la hora. Quiero celebrar la Pascua en tu casa”. A veintiún siglos de distancia, Jesús nos repite, a cada uno de nosotros, las mismas palabras. No envía a discípulos, no estamos en Jerusalén, no tenemos un apartamento material de dos pisos, pero nos dice las mismas palabras: “Quiero celebrar la Pascua en tu casa”: todos tenemos un corazón al cual podemos disponer y preparar para la Cena Pascual. Nuestra alma es como la ciudad santa, Jerusalén y nuestro corazón es como el cenáculo de la Última Cena en donde Dios Padre nos sirve el Banquete celestial de la Santa Misa para que consumamos la Carne Santa del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo; el Pan de Vida eterna, el Cuerpo glorioso de Jesús resucitado y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero “como degollado” (Ap 5, 1-14), que del Corazón traspasado de Jesús en la cruz se vierte y se recoge en el cáliz del altar y se sirve a los hijos pródigos que asisten a la Santa Misa.

         “Se acerca la hora. Quiero celebrar la Pascua en tu casa”. No es que nosotros nos acercamos a comulgar: es Jesús quien quier entrar en nuestras almas para celebrar la Pascua eterna en nuestros corazones.

lunes, 14 de abril de 2014

Martes Santo


(Ciclo A – 2014)
         “Uno de ustedes me entregará” (Jn 13, 21-3). En la Última Cena, Jesús revela uno de los dolores más íntimos y profundos, que desgarran su Sagrado Corazón: la traición de uno de los Apóstoles, de uno de los que integran el círculo de los más cercanos a Él. No es un extraño; es alguien que ha compartido con Él muchos momentos y es alguien a quien Jesús le ha brindado su amor de amistad y a tal punto, de nombrarlo sacerdote, pero que no ha correspondido en lo más mínimo a este amor preferencial de amistad. Por un siniestro misterio de iniquidad, Judas Iscariote –de él se trata- ha preferido, desde el primer instante, escuchar el duro y metálico tintineo de las monedas de plata, antes que escuchar el dulce y suave latido del Sagrado Corazón de Jesús y esta ambición desmedida por el dinero es lo que lo ha llevado a traicionar a Jesús y a pactar su venta por treinta monedas de plata. Jesús nada puede hacer frente a la libre determinación de Judas Iscariote de traicionarlo y de negarle su amor, puesto que el hombre es libre y Dios respeta máximamente el libre albedrío humano, ya que en esto radica la imagen divina del hombre y es así que Jesús se ve obligado a dejarlo librado a su libre albedrío, a pesar de darle evidentes muestras de su amor. Jesús sabe que la dureza de corazón de Judas y su amor por el dinero, sumado al rechazo de su Pasión redentora, lo colocan ya en las puertas mismas del infierno, con su alma en estado de condenación eterna. El dolor de Jesús por la perdición del alma de Judas Iscariote llega al paroxismo cuando Judas, habiendo rechazado de modo impenitente todas las advertencias divinas, comulga de modo sacrílego, recibiendo solo pan en vez de la Eucaristía, siendo poseído inmediatamente por Satanás y envuelto en sus tinieblas. Es esto lo que describe el Evangelio: “…cuando Judas tomó el bocado, Satanás entró en él (…) afuera era de noche”, es decir, cuando Judas comulgó sacrílegamente, fue poseído por el demonio, y “afuera” del cenáculo, era de noche, pero esa noche cósmica, la noche de luna, simboliza la noche del alma en pecado en mortal y la oscuridad del infierno en la que se precipita el alma que comulga con el Príncipe de las tinieblas.
         “Uno de ustedes me entregará”. No en vano Jesús nos advierte que “no se puede servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13). Judas entregó a Jesús porque amó más al dinero, a treinta monedas de plata, que a Jesús. Prefirió escuchar el duro y metálico tintineo de las monedas de plata, antes que el dulce y suave latido del Sagrado Corazón de Jesús. Ahora escucha, por la eternidad, los gritos y lamentos de los condenados y los aullidos del Príncipe de las tinieblas. Judas se dejó seducir por el brillo efímero del dinero y se encontró con la oscuridad del infierno. El amor al dinero lleva a Judas a perder doblemente la vida: la vida terrena y la vida eterna.

         “Uno de ustedes me entregará”. No solo ayer, sino también hoy, continúan existiendo Judas dentro de la Iglesia que continúan entregando a Jesús, toda vez que se niega la Verdad revelada y se la sustituye por ideologías que nada tienen que ver con la verdadera doctrina revelada por Jesús. Los modernos Judas crucifican a Jesucristo cuando negando la divinidad de Jesús introducen doctrinas mundanas en la Iglesia que minan sus bases y la deforman de tal manera que es imposible reconocerla como la Esposa de Cristo. Pero a quienes traicionen a Cristo solo les espera, como a Judas Iscariote, la noche y el Príncipe de las tinieblas. 

domingo, 13 de abril de 2014

Lunes Santo


(Ciclo A - 2014)
“Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura” (Jn 12, 1-11). A medida que avanza la Semana Santa, aparece el tema de la muerte de Jesús, introducido por Él mismo, al responder al falso escándalo de Judas Iscariote, ya que éste lo que quería no era vender el perfume para dárselo a los pobres, sino robarlo para quedarse con el dinero. Jesús profetiza su muerte: el perfume era para el día de su sepultura, pero María se ha adelantado y la ha derramado con antelación. De esta manera, María cumple un gesto profético: derrama el perfume de nardo, muy costoso, en los pies de Jesús, y los seca con sus cabellos. Por lo tanto, surge la pregunta: si lo tenía reservado para el día de su sepultura: ¿por qué se adelanta y lo derrama ahora?
La respuesta surgirá a través del tema introducido por el mismo Jesús: la profecía de su propia muerte. Jesús sabe que va a morir y es lo que acaba de profetizar. Los sacerdotes judíos han tomado ya la decisión de matar a Jesús y han pactado ya con Judas Iscariote la traición. A su vez, también Dios Padre quiere que su Hijo muera en la cruz para salvar a los hombres. Tanto las tinieblas como la luz convergen en la muerte de Jesús. Todos los acontecimientos se dirigen hacia la muerte de Jesús. Pero en esta muerte de Jesús, resultará triunfante la Vida divina que late en lo más profundo de su Ser divino trinitario, oculto en su naturaleza humana, unida a su naturaleza divina. Jesús no es un simple hombre, sino Dios Hijo unido a una naturaleza humana, el cuerpo y el alma de Jesús de Nazareth. Por medio de la muerte de Jesús de Nazareth, el Verbo de Dios insuflará su Vida divina a su naturaleza humana muerta y tendida en el sepulcro el Domingo de Resurrección y así la muerte del hombre quedará vencida para siempre por la Vida divina. Pero antes Jesús deberá pasar por la amargura de la Pasión, por la dolorosísima agonía y muerte de la cruz, por medio de la cual rescatará a la humanidad.
“Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura”. La palabra “muerte” resuena, implícita y explícitamente en el ambiente a medida que la Semana Santa se inicia y se adentra: “los sacerdotes querían matarlo”; los sacerdotes querían matar también a Lázaro”; “Judas lo traiciona a muerte”; “Jesús profetiza su muerte porque anuncia su sepultura”. Parece que la muerte triunfa inexorable sobre los hombres pero como la muerte es el fruto de la tentación consentida a la Serpiente Antigua, pareciera que el que triunfa sobre los hombres de modo irreversible es el Dragón infernal. Pero precisamente en el gesto profético de María, en la ruptura del frasco de perfume de nardo y en el derramar el perfume en los pies de Jesús, está la respuesta a la pregunta de por qué María rompe el frasco y derrama el perfume ahora y no cuando Jesús esté muerto: es el preanuncio divino de que el Hombre-Dios, que es la Vida divina en sí misma, vencerá a la muerte y a las tinieblas vivientes y resucitará al tercer día y ya no morirá jamás. El perfume de nardos que invade la casa de los amigos de Jesús preanuncia que en el sepulcro de Jesús jamás se percibirá el hedor de la muerte y que por el contrario, que en el sepulcro de Jesús, florecerá y resplandecerá la Vida y la gloria divina –por eso dice “la casa se llenó de perfume”- que nos será comunicada en los cielos, en la otra vida y que en esta se nos comunica, incoada, en la Eucaristía. 

viernes, 11 de abril de 2014

Domingo de Ramos


Entrada de Jesús en Jerusalén,
Giotto
  
(Ciclo A - 2014)
          Jesús ingresa en la ciudad de Jerusalén montado en un borrico el Domingo de Ramos. Todos los habitantes de Jerusalén, enterados de su ingreso, salen a recibirlo. Allí se encuentran niños, jóvenes, adultos, ancianos, hombres, mujeres, ricos y pobres; no hay distinción de clases sociales ni de razas. No se trata de un movimiento social ni político; no se trata de una movilización al estilo humano, como cuando un líder de un movimiento político convoca a sus seguidores para una proclama pública. Es el Espíritu Santo quien los convoca; es el Espíritu Santo quien mueve los corazones de los habitantes de Jerusalén y quien les ilumina el intelecto y les trae a la memoria el recuerdo de tantos milagros y portentos prodigiosos obrados por Jesús. Eso explica que estén allí los que han recuperado milagrosamente la vista, el oído, el habla; los que han sido sanados de numerosas enfermedades; los que han sido alimentados prodigiosamente en las multiplicaciones de panes y peces, en las pescas milagrosas; los que han bebido del vino milagroso de las Bodas de Caná; los que han sido vueltos a la vida; los que han sido liberados de las posesiones demoníacas; allí están los que han recibido milagros que no figuran en los Evangelios por el simple hecho de que son tantos, que no hay espacio suficiente en todo el mundo para colocar tantos libros.
          La entrada de Jesús en Jerusalén no es una entrada simple; es una entrada triunfal; es la entrada de un rey; los habitantes de Jerusalén lo aclaman, lo hosannan, le cantan aleluyas y le dicen que es su rey y esto lo hacen movidos por el Espíritu Santo. Ahora bien, este ingreso de Jesús en Jerusalén, es real, pero es también simbólico y significativo de algo espiritual: de su ingreso, por la gracia, al corazón humano, porque Jerusalén es símbolo del corazón del hombre, entonces Jesús, entrando como Rey en un humilde borrico, es símbolo de Jesús Rey que entra, por la gracia, al corazón del hombre, que así ve entronizar a Jesús como a su Rey y Señor. Pero luego vemos que, días más tarde, esta misma multitud, exactamente la misma, la que aclamaba y hosannaba a Cristo y lo reconocía como a su Rey, el Viernes Santo, ahora lo reconoce sí, como su Rey, pero en vez de corona de palmas, le coloca una corona de espinas, y en vez de hacerlo ingresar a la ciudad y aclamarlo y cantarle aleluyas, lo expulsa de la ciudad, lo insulta y lo condena a muerte.



Entrada de Jesús en Jerusalén,
Pietro Lorenzetti

          ¿Qué ha pasado en esta multitud? ¿Qué ha sucedido para que se opere un cambio tan radical entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo? Si el Domingo de Ramos era el Espíritu Santo el que aleteaba en sus corazones, ¿quién los agitaba ahora en contra de Cristo Jesús? ¿Cómo explicar este cambio?
          Lo que sucedió a los habitantes de Jerusalén se explica por lo que San Pablo llama el "misterio de iniquidad" (2 Tes 2, 7), y es cuando el hombre reemplaza en su corazón, que está hecho para Dios, al Dios Verdadero, por Satanás, el Príncipe de las tinieblas. Cuando eso sucede, el hombre no reconoce más a Cristo Jesús, su Mesías venido en carne, y lo rechaza, y lo reemplaza por sustitutos falsos, por anticristos, como le sucedió a los habitantes de Jerusalén el Viernes Santo, que eligieron a Barrabás, un ladrón, en vez de a Jesús. El corazón el hombre, hecho para Dios, se oscurece por el pecado cuando expulsa a Dios, que es luz, y se entenebrece, porque se apodera de él el Príncipe de las tinieblas y el Ángel caído hace del corazón del hombre un trono, aferrándose con sus garras, lastimándolo y oscureciéndolo aun más, llenándolo de tinieblas, de malos pensamientos, de malos deseos, de malos propósitos, de deseos de venganza, de lascivia, de codicia, de rapiña, de avaricia, de materialismo, de ateísmo y de toda clase de vanidad y de cosas bajas y malas. Cuando esto sucede, el "misterio de iniquidad" se ha apoderado del corazón del hombre, Jesús ha sido expulsado de la ciudad santa, del corazón humano, el hombre ha caído en pecado, Cristo Jesús ha sido negado y expulsado del corazón y del alma y una vez más ha sido crucificado y las tinieblas han prevalecido.
          Éste es el significado místico del Domingo de Ramos, de la entrada triunfal en Jerusalén, entrada que debe  contemplarse a la luz del Viernes Santo, cuando Jesús, luego de ser condenado a muerte, después del juicio inicuo, es expulsado de la Ciudad Santa: si el ingreso triunfal a Jerusalén en un borrico el Domingo de Ramos significa el ingreso el Hombre-Dios por la gracia al corazón, su expulsión luego de la condena a muerte el Viernes Santo significa el triunfo del "misterio de iniquidad", por el cual el hombre expulsa de su corazón a Dios y elige al Príncipe de las tinieblas, a pesar de haber sido hecho su corazón para Dios y no para el Príncipe de las tinieblas. El "misterio de iniquidad" entenebrece de tal manera al corazón humano que se vuelve incapaz de alojar al Espíritu Santo, el cual a su vez le daría la luz sobrenatural necesaria para reconocer al Mesías venido en carne, Cristo Jesús.
          La meditación acerca del ingreso triunfal de Jesús el Domingo de Ramos, debe por lo tanto conducirnos a meditar en el "misterio de iniquidad", el misterio del pecado, por el cual expulsamos a Dios de nuestro corazón, pero ante todo debe conducirnos a meditar en el misterio de Amor de un Dios que no duda en anonadarse hasta el extremo de encarnarse, permaneciendo inmutable en su divinidad y en su ser trinitario, sufriendo una humillante muerte de cruz, para redimir al hombre al precio de su Sangre, para luego hacerlo hijo adoptivo suyo y heredero del Reino de los cielos.

          Jesús ingresa el Domingo de Ramos, triunfante, en nuestros corazones, y nosotros lo aclamamos como a nuestro Rey. Que el Viernes Santo, que vendrá indefectiblemente, nos encuentre junto a la Virgen de los Dolores, arrodillados al pie de la cruz, besando los pies de Nuestro Rey, Cristo Jesús.

miércoles, 9 de abril de 2014

“Abraham, el padre de ustedes, se alegró pensando ver mi día”


“Abraham, el padre de ustedes, se alegró pensando ver mi día” (Jn 8, 51-59). Los fariseos reclaman la paternidad de Abraham, pero Jesús les dice que sus obras muestran que no son verdaderos hijos de Abraham. Las intenciones homicidas –“Buscáis matarme porque mi palabra no ha sido recibida por vosotros”- y la resistencia voluntaria a la verdad celestial son una clara muestra de que los fariseos han renunciado voluntariamente a esta paternidad. La conducta homicida –buscan matar a Jesús- y la herejía –cuando Jesús dice que su palabra no ha entrado en sus corazones quiere decir que han reemplazado su Evangelio por palabras humanas-, demuestran que los fariseos están al servicio de una falsa divinidad (1) -Satanás, el "Padre de la mentira, como lo llama Jesús-. Su conducta hostil y agresiva hacia Jesús, el Cristo, manifiesta claramente que están al servicio del Príncipe de las tinieblas y que utilizan sus armas, la mentira, la calumnia, la difamación, e incluso el homicidio, como lo harán con el mismo Jesús cuando lo crucifiquen. Más adelante, Jesús se los dirá explícitamente: “Vosotros tenéis por padre al diablo y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad”. Esta apostasía de los fariseos finalizará con el deicidio de Jesús, lo cual prueba el alto precio que el alma paga por la mentira: el apóstata, el hereje, el que reniega de la Verdad revelada que es Cristo, paga un muy alto precio por su apostasía, porque el que reniega de Cristo, reniega de Dios Padre y adopta por padre al Príncipe de la mentira, Satanás, “homicida desde el principio” y Satanás conduce, por la mentira y la calumnia, al deicidio, es decir, a la crucifixión de Jesucristo. El que reniega de Cristo, se convierte en mentiroso y homicida y, peor aun, en deicida, y eso es lo que les sucede a los fariseos.
Ahora bien, esto que sucedió con Cristo, que fue traicionado y llevado a la cruz por medio de la mentira y la calumnia proveniente de hombres religiosos y apóstatas, sucederá con la Iglesia y con los verdaderos discípulos de Cristo al fin de los tiempos, antes de la Parusía, antes de su Segunda Venida, según el Catecismo de la Iglesia Católica (cfr. Núm. 675): “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne”.
Por lo tanto, la mentira dentro de la Iglesia, será el criterio que permitirá reconocer a los que pertenezcan al Anticristo o a Cristo antes de la Segunda Venida. El surgir de los apóstatas en el seno de la Iglesia será la señal de la aparición del Anticristo; la apostasía será la señal de que la Segunda Venida de Cristo es inminente.




[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1953, 728.

martes, 8 de abril de 2014

“Si el Hijo los libera, serán realmente libres”


“Si el Hijo los libera, serán realmente libres” (Jn 8 31, 42). Los judíos piensan que por ser descendientes de Abraham y por no ser esclavos materiales de nadie, son libres. Sin embargo, Jesús les advierte que son esclavos del pecado y del error, porque no lo conocen ni a Él ni al Padre y que sólo conociéndolo a Él y al Padre, serán verdaderamente libres, porque Él es la Verdad y la Sabiduría encarnadas, que hace verdaderamente libres al hombre. Jesús les hace ver que son esclavos espirituales del pecado[1] y que mientras no lo conozcan a Él, que es la Sabiduría encarnada, no serán verdaderamente libres, porque Él es la Sabiduría del Padre, el Único que da la verdadera libertad al hombre.
La tentación de los judíos, de querer ser libres prescindiendo de Cristo y de su Verdad revelada, es la tentación del mundo moderno y también la de muchos en la Iglesia. Muchos en la Iglesia pretenden que lo que libera al hombre no es Cristo, sino sistemas ideológicos y filosóficos materialistas, como el liberalismo o el comunismo, y es así que estos tales ponen en el centro de la salvación al hombre mismo y no a Cristo; como para estos el que salva no es Cristo sino la ideología, el error, el centro de la salvación será  la ideología y por eso el hincapié en la pobreza y así muchos piensan que lo que libera al hombre, lo que lo salva y lo hace libre es la ideología de la pobreza y por este motivo es que para muchos el pobre está en el centro del Evangelio -principalmente, la Teología de la Liberación, lo cual es un grave error-. Sin embargo, la misión central y principal -y exclusiva- de la Iglesia es anunciar a Cristo vivo, resucitado y glorioso en la Eucaristía y que todo hombre debe salvar su alma y evitar la condenación en el infierno. No es misión de la Iglesia terminar con la pobreza en el mundo, ni tampoco es su misión terminar con el hambre en el mundo; estas son obras de caridad y de misericordia, necesarias absolutamente para sus miembros para entrar en el Reino de los cielos, pero no es su misión central.
“Si el Hijo los libera, serán realmente libres”. Solo Cristo, el Verbo de Dios encarnado, el Hijo de Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, Presente en la Eucaristía, salva, no salva la ideología de la pobreza.




[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1953, 728.