viernes, 16 de octubre de 2026

“Amarás al Señor (…) amarás a tu prójimo como a ti mismo”

 


(Domingo XXX - TO - Ciclo A - 2026)

“Amarás al Señor (…) amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 34-40). Le pregunta a Jesús, un doctor de la ley cuál es el mandamiento más importante y Jesús le dice: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”. Si analizamos en primera instancia, según lo que Jesús responde, el mandamiento que Él propone no tiene nada de nuevo con respecto al mandamiento que los judíos ya tenían: tanto para Jesús como para los judíos el mandamiento más importante es el amar a Dios y al prójimo. Visto de esta forma, podríamos considerar que Jesús no aporta nada nuevo en lo relativo al mandamiento más importante, porque tanto como Jesús como los judíos consideran que, substancialmente, el primer mandamiento es idéntico.

Sin embargo, el mandamiento de Jesús es, en realidad, substancialmente nuevo, radicalmente distinto al mandamiento de los judíos al punto que, aunque se formulen de modo similar, el mandamiento de Jesús es verdaderamente nuevo. Ahora bien, podemos preguntarnos cuáles son las diferencias que hacen que el mandamiento de Jesús sea radical y substancialmente nuevo, distinto al mandamiento de los judíos.

Una primera diferencia, substancial, es que en la ley judía es cierto que se mandaba amar a Dios y al prójimo, pero este mandamiento se cumplía con un amor puramente humano, ya que así está explicitado: “Amarás al Señor y a tu prójimo con todas tus fuerzas, con todo tu ser”. Es muy explícito en decir “con todas tus fuerzas, con todo tu ser”. Entonces, en la ley judía, se manda efectivamente amar a Dios y al prójimo, pero con un amor únicamente humano, el amor que brota del corazón del hombre. Y esto es importante considerarlo, porque el amor humano, puramente humano, contaminado el corazón de donde brota, con el pecado original, es limitado, superficial y se deja llevar por las apariencias. Otra diferencia es el concepto de “prójimo”, el cual es distinto en el judaísmo y en el catolicismo: para el judaísmo, el “prójimo” es únicamente quien posee la misma raza, la hebrea, y la misma religión, la judía; para el catolicismo en cambio, el prójimo no se limita a quien comparte la misma raza, ni siquiera la misma religión: el prójimo es todo ser humano, sin importar su raza y religión.

Otra diferencia, que hace radicalmente distinto al mandamiento de Jesús, se basa en un pasaje en donde Jesús dice: “Ámense como Yo los he amado” (Jn 13, 34-35) y esto nos lleva a preguntarnos cómo es que nos ha amado Jesús y de la respuesta veremos que Jesús nos ha amado con el Amor de su Sagrado Corazón, que es un Amor que proviene del cielo, porque es el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, el Amor Divino que inhabita en su Sagrado Corazón. Jesús nos ha amado, con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, el cual obviamente no es un amor humano sin divino y por otro lado nos ha amado hasta la muerte de cruz, algo que no se da en el mandamiento de los judíos. Entonces, Jesús nos ama con un Amor celestial, divino, sobrenatural, el cual es un Amor perfectísimo, eterno e infinito, sin las limitaciones del amor humano con el que se mandaba amar en la ley judía.

Otra diferencia con el mandamiento de los judíos es que Jesús nos pide amar a los enemigos: “Amen a sus enemigos” (Mt 5, 443-48) y en este mandato encontramos también la Cruz, algo que no estaba presente en el mandamiento judío; el amor a los enemigos es un amor que se deriva directamente de la Cruz porque es en la Cruz en donde Jesús predica con el ejemplo, amándonos a nosotros, que éramos enemigos de Dios por el pecado y sin embargo recibiemos el perdón y el Amor del Sagrado Corazón de Jesús. Por lo tanto, como católicos que hemos recibido el amor y el perdón de Dios siendo enemigos, no podemos hacer otra cosa que, con el mismo Amor con el que fuimos amados y perdonados desde la cruz, el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, amar también nosotros a nuestros enemigos personales (aquí no se incluyen a los enemigos de Dios y de la Patria). Este concepto de amor al enemigo con un amor celestial, divino y sobrenatural, está ausente en el judaísmo y por eso el mandamiento de Jesús es radicalmente nuevo y distinto al de los judíos.

Una última diferencia es que en el mandamiento de Jesús está incluido el dar la vida por el prójimo, hecho que no se encuentra presente en la ley judía. Esto es así porque Jesús dice: “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13) y esto también lo predica Jesús con el ejemplo, porque Quien da primeramente la vida por sus amigos es Él en la Cruz, ya que Él nos llama “amigos” y no “siervos” en la Última Cena, entregando su Vida de Hombre-Dios por nosotros en el Calvario para salvarnos y conducirnos redimidos al Reino de los cielos, todo lo cual está ausente en la ley judía.

Considerando las cosas de esta manera y teniendo en cuenta las diferencias en el amor con el cual se deben cumplir los mandamientos, tanto en el mandamiento de Jesús como en el mandamiento de la Ley judía, el mandamiento del amor de Jesús quedaría formulado así: “Amen a Dios y al prójimo no con el simple amor humano, sino con el Amor de mi Sagrado Corazón Eucarístico, que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo; ámense unos a otros como Yo los he amado, y Yo los he amado con el Divino Amor, hasta morir en la Cruz, dando la vida por ustedes, que eran mis enemigos por el pecado; amen a todo prójimo, incluido el enemigo, imitándome a Mí, que los amé a ustedes siendo mis enemigos; amen sin límite, hasta dar la vida en la Cruz por sus hermanos, los hombres y solo de esta manera serán verdaderamente hijos de Dios y hermanos entre ustedes en el Hijo”.

Entonces, aunque el Primer Mandamiento puede aparecer superficialmente similar en el catolicismo y en el judaísmo, la realidad celestial del mandamiento de Jesús y su aplicación a todo prójimo sin distinción de raza y religión, hacen que este mandamiento sea substancialmente distinto entre la Iglesia Católica y el judaísmo y por eso el mandamiento de Jesús es substancialmente nuevo: “Os doy un mandamiento nuevo” (Jn 13, 34-35).

Un último aspecto a considerar es que, si queremos llevar a la práctica el mandamiento nuevo del Amor de Jesús, el de amar a Dios y al prójimo como a nosotros mismos, con un Amor celestial y hasta la muerte de Cruz, puesto que nosotros no poseemos por naturaleza ese Amor, ya que es el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, debemos adquirir ese Amor y a este Amor lo adquirimos por medio de la Comunión Eucarística, ya que a través del Santísimo Sacramento del altar Jesús Eucaristía nos comunica, desde su Sagrado Corazón Eucarístico, el Espíritu Santo, el Divino Amor, el Amor celestial con el cual podemos amar a Dios y al prójimo como Dios quiere que lo amemos.

 

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario