(Domingo
XXX - TO - Ciclo A - 2026)
“Amarás
al Señor (…) amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 34-40). Le
pregunta a Jesús, un doctor de la ley cuál es el mandamiento más importante y
Jesús le dice: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma
y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y
el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos
dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”. Si analizamos en
primera instancia, según lo que Jesús responde, el mandamiento que Él propone
no tiene nada de nuevo con respecto al mandamiento que los judíos ya tenían:
tanto para Jesús como para los judíos el mandamiento más importante es el amar
a Dios y al prójimo. Visto de esta forma, podríamos considerar que Jesús no
aporta nada nuevo en lo relativo al mandamiento más importante, porque tanto
como Jesús como los judíos consideran que, substancialmente, el primer
mandamiento es idéntico.
Sin embargo,
el mandamiento de Jesús es, en realidad, substancialmente nuevo, radicalmente
distinto al mandamiento de los judíos al punto que, aunque se formulen de modo
similar, el mandamiento de Jesús es verdaderamente nuevo. Ahora bien, podemos
preguntarnos cuáles son las diferencias que hacen que el mandamiento de Jesús
sea radical y substancialmente nuevo, distinto al mandamiento de los judíos.
Una primera
diferencia, substancial, es que en la ley judía es cierto que se mandaba amar a
Dios y al prójimo, pero este mandamiento se cumplía con un amor puramente
humano, ya que así está explicitado: “Amarás al Señor y a tu prójimo con todas
tus fuerzas, con todo tu ser”. Es muy explícito en decir “con todas tus
fuerzas, con todo tu ser”. Entonces, en la ley judía, se manda efectivamente
amar a Dios y al prójimo, pero con un amor únicamente humano, el amor que brota
del corazón del hombre. Y esto es importante considerarlo, porque el amor
humano, puramente humano, contaminado el corazón de donde brota, con el pecado
original, es limitado, superficial y se deja llevar por las apariencias. Otra diferencia
es el concepto de “prójimo”, el cual es distinto en el judaísmo y en el
catolicismo: para el judaísmo, el “prójimo” es únicamente quien posee la misma
raza, la hebrea, y la misma religión, la judía; para el catolicismo en cambio,
el prójimo no se limita a quien comparte la misma raza, ni siquiera la misma
religión: el prójimo es todo ser humano, sin importar su raza y religión.
Otra diferencia,
que hace radicalmente distinto al mandamiento de Jesús, se basa en un pasaje en
donde Jesús dice: “Ámense como Yo los he amado” (Jn 13, 34-35) y esto
nos lleva a preguntarnos cómo es que nos ha amado Jesús y de la respuesta
veremos que Jesús nos ha amado con el Amor de su Sagrado Corazón, que es un
Amor que proviene del cielo, porque es el Amor del Padre y del Hijo, el
Espíritu Santo, el Amor Divino que inhabita en su Sagrado Corazón. Jesús nos ha
amado, con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, el cual obviamente no es un amor
humano sin divino y por otro lado nos ha amado hasta la muerte de cruz, algo
que no se da en el mandamiento de los judíos. Entonces, Jesús nos ama con un
Amor celestial, divino, sobrenatural, el cual es un Amor perfectísimo, eterno e
infinito, sin las limitaciones del amor humano con el que se mandaba amar en la
ley judía.
Otra diferencia
con el mandamiento de los judíos es que Jesús nos pide amar a los enemigos:
“Amen a sus enemigos” (Mt 5, 443-48) y en este mandato encontramos
también la Cruz, algo que no estaba presente en el mandamiento judío; el amor a
los enemigos es un amor que se deriva directamente de la Cruz porque es en la
Cruz en donde Jesús predica con el ejemplo, amándonos a nosotros, que éramos enemigos
de Dios por el pecado y sin embargo recibiemos el perdón y el Amor del Sagrado
Corazón de Jesús. Por lo tanto, como católicos que hemos recibido el amor y el
perdón de Dios siendo enemigos, no podemos hacer otra cosa que, con el mismo
Amor con el que fuimos amados y perdonados desde la cruz, el Amor del Padre y
del Hijo, el Espíritu Santo, amar también nosotros a nuestros enemigos
personales (aquí no se incluyen a los enemigos de Dios y de la Patria). Este concepto
de amor al enemigo con un amor celestial, divino y sobrenatural, está ausente
en el judaísmo y por eso el mandamiento de Jesús es radicalmente nuevo y
distinto al de los judíos.
Una
última diferencia es que en el mandamiento de Jesús está incluido el dar la
vida por el prójimo, hecho que no se encuentra presente en la ley judía. Esto es
así porque Jesús dice: “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus
amigos” (Jn 15, 13) y esto también lo predica Jesús con el ejemplo,
porque Quien da primeramente la vida por sus amigos es Él en la Cruz, ya que Él
nos llama “amigos” y no “siervos” en la Última Cena, entregando su Vida de Hombre-Dios
por nosotros en el Calvario para salvarnos y conducirnos redimidos al Reino de
los cielos, todo lo cual está ausente en la ley judía.
Considerando
las cosas de esta manera y teniendo en cuenta las diferencias en el amor con el
cual se deben cumplir los mandamientos, tanto en el mandamiento de Jesús como
en el mandamiento de la Ley judía, el mandamiento del amor de Jesús quedaría formulado
así: “Amen a Dios y al prójimo no con el simple amor humano, sino con el Amor
de mi Sagrado Corazón Eucarístico, que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo;
ámense unos a otros como Yo los he amado, y Yo los he amado con el Divino Amor,
hasta morir en la Cruz, dando la vida por ustedes, que eran mis enemigos por el
pecado; amen a todo prójimo, incluido el enemigo, imitándome a Mí, que los amé
a ustedes siendo mis enemigos; amen sin límite, hasta dar la vida en la Cruz
por sus hermanos, los hombres y solo de esta manera serán verdaderamente hijos
de Dios y hermanos entre ustedes en el Hijo”.
Entonces,
aunque el Primer Mandamiento puede aparecer superficialmente similar en el
catolicismo y en el judaísmo, la realidad celestial del mandamiento de Jesús y
su aplicación a todo prójimo sin distinción de raza y religión, hacen que este
mandamiento sea substancialmente distinto entre la Iglesia Católica y el judaísmo
y por eso el mandamiento de Jesús es substancialmente nuevo: “Os doy un
mandamiento nuevo” (Jn 13, 34-35).
Un último
aspecto a considerar es que, si queremos llevar a la práctica el mandamiento
nuevo del Amor de Jesús, el de amar a Dios y al prójimo como a nosotros mismos,
con un Amor celestial y hasta la muerte de Cruz, puesto que nosotros no
poseemos por naturaleza ese Amor, ya que es el Amor del Padre y del Hijo, el
Espíritu Santo, debemos adquirir ese Amor y a este Amor lo adquirimos por medio
de la Comunión Eucarística, ya que a través del Santísimo Sacramento del altar
Jesús Eucaristía nos comunica, desde su Sagrado Corazón Eucarístico, el
Espíritu Santo, el Divino Amor, el Amor celestial con el cual podemos amar a
Dios y al prójimo como Dios quiere que lo amemos.

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