viernes, 16 de octubre de 2026

“Estén preparados y con las lámparas encendidas”

 


 

“Estén preparados y con las lámparas encendidas” (Lc 12, 35-38). Jesús quiere enseñarnos cómo debemos prepararnos para nuestra muerte y juicio particular y para ello utiliza la imagen de un hombre que asiste a una fiesta de bodas y que regresa de improviso, siendo esperado por sus siervos fieles, los cuales están “ceñidos y con las lámparas encendidas”.

El hecho de que el siervo fiel espere a su amo “ceñido”, significa que lo espera con ropa de trabajo y esto significa la gracia santificante, el estado de gracia en el momento de la muerte; la espera de su amo significa que el alma cree y espera en la Segunda Venida en la gloria de Nuestro Señor Jesucristo y espera también en el encuentro personal con Jesús en el momento de la muerte; las lámparas encendidas están significando tanto la luz de la fe católica en Cristo Dios, como la misma fe operante, que se traduce en obras y es lo que ilumina la noche del mundo.

El horario incierto de la llegada del dueño de casa, un horario que nadie sabe cuándo será, porque será de forma imprevista -eso es lo que significa “a medianoche o antes del alba”- está significando que nadie, ninguno de nosotros, sabe cuándo llegará el Dueño de las almas, Jesucristo, para pedir en la hora de la muerte la rendición de cuentas de las obras realizadas, buenas o malas y para dar a cada uno el destino merecido, Cielo o Infierno, según sean estas obras.

El servidor a quien su señor encuentre ceñido, trabajando, esperando a su amo, con las lámparas encendidas, y que por lo tanto seré él mismo servido por su señor, indica al alma que en el momento de la muerte se encuentra en estado de gracia santificante porque ha recibido los Santos Sacramentos y con la luz de la fe encendida, activa y operante y que por eso mismo su alma será colmada de la felicidad eterna de la bienaventuranza -eso es lo que significa que será él mismo servido por su mismo señor, porque el Señor Jesús lo hará sentarse en el Banquete del Reino de los cielos. El alma que al encuentro con Jesús en la muerte se encuentre con la túnica ceñida y con la luz de la fe encendida, será recompensada con el Banquete del Reino celestial, la Carne del Cordero de Dios, el Pan de Vida eterna y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre gloriosa de Jesús resucitado, gozando así para siempre del festín eterno de los cielos.

“Estén preparados y con las lámparas encendidas”. Estado de gracia, fe activa en obras de misericordia, firme esperanza del encuentro personal con Cristo resucitado. Estas condiciones, necesarias para el día de la muerte, son las mismas que se necesitan para la comunión eucarística, anticipo de la felicidad eterna en los cielos.

 


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