“No
se dejen llevar de la levadura de los fariseos” (Mt 16. 5-23). El consejo
de Jesús a sus discípulos se entiende en su sentido sobrenatural, cuando se
comprende qué quiere decir Jesús con “levadura”: la “levadura”, espiritual y
simbólicamente, es la soberbia y el orgullo. Así como la levadura fermenta la
masa y hace que ésta se hinche e infle, aumentando su tamaño, así la soberbia y
el orgullo, actuando sobre el alma, hacen que ésta se hinche y se infle,
creyéndose ser más de lo que es, una simple creatura que, por añadidura, es
pecado, como lo dicen los santos: “Somos nada más pecado”.
El
pecado de soberbia es de especial gravedad porque además de ser el origen de
muchos otros pecados, la soberbia hace que el alma sea partícipe del pecado
capital del demonio en el cielo, que fue precisamente la soberbia, al pretender,
irracionalmente, ser más que Dios.
El
soberbio es partícipe y cómplice de modo particular del demonio y su pecado y
es por eso que merece la advertencia por parte de Jesús, de que rectifique su
camino hacia la dirección opuesta, que es la humildad: “Aprended de Mí, que soy
manso y humilde de corazón”.
Al
pecado de soberbia se le opone entonces la virtud de la humildad, porque con
esta virtud el alma se asemeja al Sagrado Corazón de Jesús, que es “manso y humilde”.
Pidamos
por lo tanto la gracia de evitar a toda costa el pecado de soberbia y pidamos
también la gracia de participar de la humildad de los Sagrados Corazones de Jesús
y María.
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