jueves, 21 de febrero de 2013

“Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”


“Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá” (Mt 7, 7-12). Jesús no solo nos enseña que en la oración debemos llamar a Dios “Padre”, sino que debemos dirigirnos a Él con la misma confianza y amor con los que un hijo se dirige a su padre.

Para que podamos dimensionar, al menos de modo aproximado, cómo es Dios en su infinita bondad, nos da el ejemplo de lo que sucede entre los hombres: si nosotros, los hombres, que somos malos –en el sentido de que estamos inclinados al mal y a la concupiscencia, como frutos del pecado original-, sabemos dar cosas buenas a los hijos –ningún padre da a su hijo una piedra, si pide pan, ni una serpiente, si el hijo pide un pez-, tanto más hará el Padre celestial con nosotros, que somos sus hijos adoptivos por el bautismo sacramental, y la muestra más acabada de que su bondad es infinita, como un océano sin playas, es que en la Santa Misa nos da el Pan de vida eterna y la Carne del Cordero de Dios, el Cuerpo de su Hijo resucitado en la Eucaristía.

Movidos entonces por una confianza sin límites en el Amor misericordioso del Padre, Jesús nos enseña que en la oración debemos “pedir, para que se nos dé”; “buscar, para encontrar”; “llamar, para que se nos abra”. Si esto es así, surge la pregunta: ¿qué es lo que debemos pedir, adónde debemos buscar, a qué puerta debemos llamar?

Debemos llamar a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, para que se abran las compuertas del cielo, el Corazón traspasado de Jesús, para que así caiga sobre nosotros y el mundo entero la Sangre del Cordero, que nos purificará de todo pecado y santificará nuestras almas.

Debemos buscar, en el abismo insondable del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, las innumerables gracias y dones de toda clase que Jesús tiene dispuestos para nosotros en cada comunión eucarística, y si sabemos aprovechar estas gracias encontradas, cada comunión nos hará crecer en grados insospechados de santidad.

Debemos pedir, a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, la gracia de la contrición del corazón y del dolor de los pecados, para nosotros, para nuestros seres queridos y para el mundo entero, de manera que a cambio de un corazón de piedra, nos sea dado un corazón de carne, lleno de la gracia y del Amor de Dios, capaz de compadecerse del hermano que sufre, para ser en la tierra una imagen viviente del Sagrado Corazón de Jesús.

“Pidan, busquen, llamen”. Si no crecemos en santidad, es porque no pedimos, no buscamos, no llamamos, como nos enseña Jesús.

lunes, 18 de febrero de 2013

“Cuando oren no hagan como los paganos”



“Cuando oren no hagan como los paganos” (Mt 6, 7-15). La oración del cristiano es diversa a la de los paganos porque es una oración que brota del corazón y no simplemente de los labios, y se dirige al Corazón, en este caso, de Dios. La novedad absoluta de la Revelación de Jesús es que Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas, de modo que la comunicación con Él, es decir, la oración, no puede ser nunca recitada de modo mecánico, como lo hacen los paganos, sino que debe ser dirigida a las Personas que hay en Dios.
         La oración pagana confía en obtener sus resultados por la mera repetición mecánica de las palabras, sin importar si se hacen o no con el corazón; todavía más, el pagano no pretende rezar con el corazón, desde el momento en que los dioses paganos –que en realidad son demonios- son ídolos mudos, sordos y ciegos, y jamás se establece una relación personal de amor con ellos. Por el contrario, en la oración cristiana lo primordial es el establecimiento de la relación personal del que reza con las Tres divinas Personas de la Trinidad; una relación que se basa en el amor y que por esto mismo espera obtener de Dios lo que se pide, puesto que el Dios al que se reza es “Amor”, tal como lo dice el Evangelista Juan: “Dios es Amor”. Si en la oración cristiana no está este componente esencial del amor, no puede decirse verdaderamente cristiana; si la oración es mecánica, hecha con los labios pero no con el corazón, entonces adquiere las características de la oración pagana, en donde el efecto se obtiene –o se pretende obtener- mágicamente por la repetición vacía de palabras huecas. Esto no quiere decir que la oración cristiana no tenga que tener un componente repetitivo, como por ejemplo sucede en el Rosario, en donde explícitamente se busca la repetición de las Avemarías. Lo que convierte a una oración en pagana, además de su fórmula, no es la repetición, sino la ausencia de amor a un Dios que es Uno y Trino en Personas.
         “Cuando oren no hagan como los paganos”.  Jesús nos enseña que para que la oración llegue a los oídos de Dios Trino, debe brotar del corazón, debe ser impulsada por el movimiento del amor dirigido a la Trinidad, y ese impulso de amor es el que hace mover los labios que pronuncian la oración. Y si esto es válido para toda oración, lo es entonces mucho más para la oración de Acción de gracias por excelencia, la Santa Misa, en donde se hace Presente en pleno la Santísima Trinidad, puesto que Dios Padre envía a su Hijo al altar, para que se quede en la Eucaristía, desde donde Dios Hijo enviará a Dios Espíritu Santo, al alma que comulga con fe y con amor.  

domingo, 17 de febrero de 2013

“Como el pastor separa a su rebaño así hará el Hijo del hombre el Día del Juicio Final”



“Como el pastor separa a su rebaño así hará el Hijo del hombre el Día del Juicio Final” (Mt 25, 31-46). Con la pacífica imagen de un pastor que separa a las ovejas de los cabritos Jesús describe, con admirable sencillez, la escena del Día del Juicio Final, día en el que terminará la historia humana para dar comienzo a la eternidad.
Ese día significará, para muchos, no solo la finalización de sus dolores y pesares, sino el inicio de la salvación, de la alegría y de la felicidad eternas; para otros significará, luego de una vida en el mal, el inicio de los dolores que no terminarán nunca.
Jesús, Pastor Eterno, Supremo Juez de la humanidad, será quien disponga qué lugares habrán de ocupar las almas para toda la eternidad. Sin embargo, contrariamente a lo que pudiera parecer, no es Jesús quien decide si un alma se condena o se salva, puesto que uno u otro destino dependen del libre albedrío del hombre.
En realidad, es el hombre mismo quien decide si quiere salvarse o condenarse, porque Dios respeta en grado máximo la libertad del hombre.
Es el hombre el que elige obrar la misericordia para con su prójimo más necesitado, con lo cual consigue para sí la salvación eterna; pero es también el hombre quien elige no auxiliar a su prójimo que le pide ayuda, con lo cual consigue para sí la condenación eterna. Lo que hagamos con nuestro prójimo, en el bien y en el mal, decide nuestro destino eterno porque en el prójimo está Cristo, Dios eterno.
“Venid, benditos de mi Padre (…) tuve hambre y me disteis de comer (…) Apartaos de Mí, malditos, porque tuve hambre y no me disteis de comer”. Debemos prestar mucha atención al prójimo que sufre, porque en el trato hacia él se juega nuestra salvación eterna. Negar un consejo, no visitar a un enfermo, negar un poco de alimento, pueden significar la última oportunidad que nos daba Dios para salvarnos. No desaprovechemos las ocasiones de obrar la misericordia.  

viernes, 15 de febrero de 2013

“Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto (…) Allí fue tentado por el demonio luego de ayunar por cuarenta días”



(Domingo I - TC - Ciclo C – 2013)
         “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto (…) Allí fue tentado por el demonio luego de ayunar por cuarenta días” (cfr. Lc 4, 1-13). Aunque era metafísicamente imposible que Jesús cediera a la tentación debido a su condición de Hombre-Dios (era Dios perfecto y Hombre perfecto), Jesús permite que el demonio lo tiente. De parte del Demonio, a su vez, éste sabía que Jesús era Dios y que por lo tanto era imposible que pecara. La pregunta entonces, es, ¿Por qué el Demonio tentó a Jesús, sabiendo que era inútil? La respuesta de un experto exorcista y demonólogo, el P. Fortea[1], es que, para el Demonio, la tentación fue demasiado grande, y no pudo resistirla: ¿qué pasaría si, en el mejor de los casos, lograra hacer pecar al mismísimo Hombre-Dios? Todo el universo estaría a sus pies, porque eso demostraría que el bien y el mal no existen; si Dios pecaba, entonces quedaba de manifiesto que no era Dios; por lo tanto, no existía la eternidad, ni el bien, ni el mal[2]. Pero sabía el Demonio que era una tarea inútil e imposible, y sin embargo lo tentó, porque no pudo resistir tentar a Jesús, ya que le faltaba la virtud de la fortaleza.
Si la tentación de Jesús en el desierto por parte del Demonio fue una falta de virtud y un error de cálculo para el ángel caído, por el contrario, de parte de Jesús fue una muestra de su omnipotencia y poder divino ya que permitió la tentación dejando obrar libremente al Demonio, y lo hizo principalmente por nosotros, para que aprendiéramos de Él a resistirla. La tentación tiene una función pedagógica, y el propósito de Jesús al permitir que el Demonio lo tiente fue enseñarnos a nosotros a no caer en ella.
         Debido entonces a que la enseñanza central de este Evangelio es la resistencia y victoria contra la tentación, nos detenemos en la consideración de esta para saber qué es y cómo actúa, para aprovechar mejor el ejemplo de Jesús.
La tentación es una imagen, un concepto, una especie inteligible, un deseo, que despierta el apetito concupiscible del hombre. Se origina en el demonio, que puede infundir los pensamientos en el hombre, aunque se origina también en el mismo hombre, ya sea en su pensamiento o en su voluntad. Las especies inteligibles a través de las cuales actúa la tentación pueden ser muy diversas: imágenes producidas por la imaginación; imágenes externas al hombre, como las imágenes de la televisión, de internet, del mundo exterior; especies inteligibles, conceptos, pensamientos originados en la persona o en el espíritu maligno, como por ejemplo urdir un plan por razonamientos, o maquinar una infidelidad; deseos malignos concebidos en el corazón, como rencores, venganzas, etc. Cualquiera que sea, la tentación tiene siempre una función pedagógica, una función de enseñanza, por medio de la cual el hombre aprende qué es lo que no debe hacer si quiere conservar la amistad con Dios.
         La tentación consentida puede graficarse con la actividad del pez en el agua, antes y después de ser pescado: antes de ser pescado, desde el agua, el pez observa la carnada que ha tirado el pescador, pareciéndole esta sabrosa, colorida, apetitosa; puesto que él tiene hambre, considera instintivamente que eso que tiene apariencia sabrosa habrá de calmar su hambre; en consecuencia, una vez que el instinto lo determina, el pez se dirige con toda la fuerza de su impulso vital y la muerde pero, en el mismo instante en que creía haber conseguido lo que quería, se da cuenta de que todo era un engaño: la carnada no era apetitosa, no era sabrosa, no le satisfizo el hambre, le provocó un gran dolor y le provocó la muerte porque lo sacó de su elemento vital, el agua.
         La tentación consentida –es decir, deseada, querida, actuada, puesta por obra-, es como la carnada mordida por el pez. Primero, parece algo apetitoso y sabroso, pero una vez obtenida, provoca dolor y muerte, como es lo que sucede con el pecado mortal, que provoca la muerte del alma al privarla de la gracia.
         Si la carnada es la tentación (que reside fuera pero también fuera del alma), y el anzuelo es el aguijón del pecado, el pescador de la imagen es el Tentador por antonomasia, el Ángel caído, el Demonio, que busca malignamente la perdición del hombre. El demonio, en sus comienzos un ángel de luz, el más hermoso y el más perfecto de todos los creados por Dios, al haberse pervertido voluntariamente por su rebelión, no puede hacer otra cosa que odiar a Dios y al hombre, y así la tentación, por la cual el hombre recibe el daño más grande que pueda recibir, está concebida por el odio angélico, aunque también se origina en lo más profundo del corazón del hombre, como consecuencia del pecado original.
         La función de la carnada la ejerce el mundo de hoy a través de múltiples actividades y falsos atractivos: alcohol, droga, música decadente e indecente –entre otros géneros, cumbia y rock pesado-, erotismo, materialismo, dinero, poder, placer, etc.
         Todo eso presenta el mundo como carnada, las cuales son preparadas cuidadosamente por el Príncipe de este mundo, el demonio, ayudado por los hombres a él aliados; el mundo ofrece estas múltiples carnadas multicolores, de toda clase de aspecto y sabor, adecuada para cada gusto en particular; el demonio, una vez preparadas las carnadas, las arroja en el mar que es el mundo y la historia de los hombres, los cuales son los peces, principal objetivo del gran Tentador. Cuando se tira la carnada, si esta es lo suficientemente apetitosa y sabrosa, el pescador puede estar seguro del éxito de su pesca ya que el pez, guiado por el instinto, no podrá hacer otra cosa que morder la carnada.
         Con el hombre no sucede lo mismo, desde el momento en que, por un lado, tiene algo superior al instinto y es la luz de la razón, la cual ilumina a la voluntad advirtiéndole que tenga precaución porque lo que aparece no es lo que parece, además de encerrar un gran peligro; por otro lado, si la voluntad es débil –como lo es, a consecuencia del pecado original, y eso explica que aunque sabemos que algo está mal lo deseamos igualmente e incluso lo hacemos-, el hombre tiene el ejemplo de Cristo, que como Hombre-Dios no solo resiste a la tentación en el desierto sino que la vence. Jesús vence a la tentación de dos maneras: por un lado, analizando racionalmente los falsos argumentos del demonio y desarmándolos con la lógica sobrenatural de la Palabra de Dios, la Sagrada Escritura, con lo cual nos hace ver que para vencer a la tentación hay que usar la razón iluminada por la fe.
         Por otro lado, el hombre tiene no solo el ejemplo de Cristo, sino que cuenta con su misma fuerza divina, concedida en la confesión sacramental. En cada confesión sacramental Cristo, a través del sacerdote ministerial, concede al alma la gracia santificante necesaria para que el hombre no vuelva a cometer el pecado del cual se confiesa.
         Por lo tanto, sea por el auxilio natural que le viene por la luz de la razón natural, sea por el auxilio sobrenatural que le viene por el auxilio de la gracia sacramental, gracia obtenida por Cristo en la cruz, el hombre no puede decir que se encuentra desamparado frente a la tentación, ni tampoco puede excusarse en la debilidad, porque la voluntad es fortalecida por la gracia -y de tal manera es fortalecida, que si el hombre no quiere, no pecará-, y tampoco puede excusarse en el instinto, porque posee la luz de la razón natural, la luz de la fe, y la luz de la gracia.
         “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto (…) Allí fue tentado por el demonio luego de ayunar por cuarenta días”.  En el episodio evangélico de las tentaciones en el desierto Jesús nos enseña cómo resistir y vencer la tentación: Palabra de Dios, ayuno, oración, tal como Él hizo en el desierto, además de concedernos su gracia a través de los sacramentos. Pero hay algo en el ejemplo de Jesús, que está presente desde el inicio, y sin el cual todo lo demás no alcanza su eficacia, y es el Amor a Dios: el Evangelio dice que “el Espíritu llevó a Cristo al desierto”, y ese Espíritu es el Espíritu Santo, el Amor de Dios, la Persona-Amor de la Trinidad. Cristo, en cuanto Dios Hijo y en cuanto Hombre-Dios, ama al Padre con amor inefable, con el Amor divino, el Espíritu Santo, y es este mismo Espíritu de Amor el que inflama su Corazón y el que lo lleva al desierto no solo a ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches, sino a soportar la horrible presencia del Espíritu del mal; es el Amor que tiene a Dios y a nosotros, los hombres, el que lo lleva a soportar la pavorosa y siniestra presencia del ángel de las tinieblas, el ángel que perdió para siempre la gracia, la amistad y el Amor de Dios, Satanás; es el Amor por nosotros el que lo lleva a soportar la visión espantosa y abominable del Dragón tenebroso, y a escuchar sus horribles proposiciones. Por lo tanto, esta es otra enseñanza de Jesús para que aprendamos y pongamos en práctica en el tiempo cuaresmal: la lectura de la Palabra de Dios, el ayuno, la oración, las obras de caridad, deben estar impregnadas, empapadas, vivificadas, por el Amor de Dios. De lo contrario, si no tenemos el Amor de Dios en el corazón, no solo la práctica cuaresmal, sino el mismo corazón y la vida entera, será “como un metal que resuena” (1 Cor 13, 1).
         Jesús entonces no solo nos enseña a resistir a la tentación –Palabra de Dios, oración, ayuno-; no solo nos da el arma para vencerla –la gracia santificante de los sacramentos-, sino que nos advierte que sin el Amor de Dios, el Espíritu Santo, nunca venceremos la tentación.


[1] Cfr. Summa Daemoniaca, Cuestión 20, Editorial Dos Latidos, Zaragoza 2012, 31.
[2] Cfr. Ibídem, Cuestión 21, 32.

jueves, 14 de febrero de 2013

“Cuando el Esposo les sea quitado, entonces ayunarán”: Jesús explica el sentido del ayuno cuaresmal



“Cuando el Esposo les sea quitado, entonces ayunarán” (Mt 9, 14-15). Mientras los discípulos de Juan y los fariseos ayunan, los discípulos de Cristo, en cambio, no lo hacen, y esta actitud es la que despierta la inquietud y la pregunta: “¿Por qué tus discípulos no ayunan?”. La respuesta de Jesús es enigmática: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en el que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán”.
Jesús relaciona a la tristeza con el ayuno: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos?”, es decir: “¿Acaso los amigos del esposo pueden ayunar mientras el esposo está con ellos?”. En cierto sentido, el ayuno se relaciona con la tristeza, porque la privación de alimentos constituye para el cuerpo un cierto mal al no recibir lo que necesita para el sustento diario. El cuerpo, si bien informado y vitalizado por el alma, es material y como tal sometido a las leyes de la materia, principalmente el desgaste y el envejecimiento y si no recibe lo que necesita se resiente en su funcionamiento; esta es la razón de la “tristeza” que le provoca al cuerpo el ayuno. Pero el ayuno se relaciona también con la alegría, porque la mortificación del cuerpo que supone el privarlo de comida permite al alma desentenderse, al menos momentáneamente, de las operaciones fisiológicas propias del proceso de la digestión, lo cual la predispone a la recepción de la gracia, con la cual a su vez ingresa el Ser divino trinitario, fuente de alegría y Alegría infinita en sí mismo. El ayuno entonces, paradójicamente, provoca cierta tristeza –de ahí la recomendación de Cristo de no poner cara triste cuando se hace ayuno-, pero al mismo tiempo provoca alegría –de ahí que Cristo dice que cuando se haga ayuno, se perfume la cabeza para que nadie note el ayuno-, y la alegría es superior a la tristeza porque se trata de la alegría del Ser divino trinitario.
“Cuando el Esposo les sea quitado, entonces ayunarán”. Jesús les quiere decir que mientras Él, el Divino Esposo, esté con los discípulos, esto es, mientras no sea el tiempo de la Pasión, entonces los discípulos no ayunarán, porque están alegres por la Presencia del Esposo, aunque todavía no esté consumada la Redención; cuando Cristo suba a la Cruz y les sea quitado de en medio, entonces sí ayunarán, porque vivirán más de la alegría de la esperanza en el Reino, conquistada por Cristo Jesús en la Cruz, que del alimento corporal. La Iglesia toda se encuentra en este último estado: se ha consumado la Redención en la cruz, Cristo ha abierto para los hombres las puertas de los cielos, su Corazón Traspasado, y desde ahora lo único que falta es que el tiempo terreno se termine para comenzar a gozar, en Cristo, de la Alegría eterna del Ser trinitario.  Éste es entonces el sentido del ayuno cuaresmal para la Iglesia: Jesús, el Divino Esposo, no está entre nosotros –por eso la tristeza del ayuno corporal- pero esperamos firmemente en la alegría de la vida eterna, conquistada por Él al precio de la Sangre de su cruz –y por eso, aunque ayunamos, estamos alegres, mucho más cuando nuestro ayuno consiste en agua, pan y vino: el agua que es la gracia santificante; el pan, que es el Pan de Vida eterna, la Eucaristía; el vino, que es la Sangre del Cordero de Dios, derramada en el cáliz del altar eucarístico.

miércoles, 13 de febrero de 2013

“El que quiera venir tras de Mí, se niegue a sí mismo, cargue su Cruz cada día y me siga”



“El que quiera venir tras de Mí, se niegue a sí mismo, cargue su Cruz cada día y me siga” (Lc 9, 22-25). En un solo renglón, Jesús nos da el camino para conseguir la felicidad que tanto anhelamos. El hecho de que no lo sigamos, o de que lo hagamos con reticencia, se debe a que el camino que nos propone no es como lo imaginamos, ni como lo presenta el mundo. No se trata de un camino fácil, lleno de complacencias, de gustos mundanos, de felicidades pasajeras y superficiales. Se trata del camino de la Cruz, porque se trata de seguirlo a Él, que va camino del Calvario, cargando la Cruz.
         Se trata también de un camino de amor que es elegido libremente, ya que Jesús no nos obliga, puesto que dice: “El que quiera seguirme”. Jesús no nos obliga a seguirlo, Él sólo pasa al lado nuestro, caminando, abrazando la Cruz, cubierto de heridas sangrantes, de golpes y de hematomas, coronado de espinas, y nos dice: “Si quieres seguirme, sígueme”. Y por esto es un camino de amor, porque debemos amar a Jesús para tomar la cruz y seguirlo. Pero como se trata del Via Crucis, del Camino Real del Calvario, que lleva a la cima del Monte Gólgota, en donde Jesús será crucificado, seguir a Jesús implica ser también nosotros crucificados junto con Él, y es esto lo que Jesús quiere decir cuando nos dice: “El que quiera seguirme, se niegue a sí mismo, cargue su Cruz cada día y me siga”. “Negarse a sí mismo” significa obrar en contra de nuestra naturaleza caída, en contra del desorden de las pasiones que buscan de imponerse a la razón. La negación de sí mismos es la mortificación y constituye el camino más rápido para llegar a la santidad, porque cuanto más negamos al cuerpo lo que el cuerpo no necesita, cuanto más contrariamos nuestra tendencia al enojo, a la queja, a la impaciencia, a la crítica, al egoísmo, tanto más fácilmente seguimos a Jesús camino de la cruz.  Esta es una tarea cotidiana, que comienza al despertar y continúa incluso estando dormidos, por eso Jesús nos dice “cada día”, porque no podemos decir nunca, mientras vivamos en esta vida que “ya estamos convertidos” y que por lo tanto no necesitamos de la mortificación y de la cruz. El querer seguir a Jesús, el negarse a sí mismo, el cargar la cruz, el seguir efectivamente a Jesús, es una tarea que terminará solamente el día que demos el último suspiro, el día de nuestra muerte. Hasta tanto, la propuesta de Jesús “El que quiera venir tras de Mí se niegue a sí y cargue su Cruz cada día y me siga”, para quien ame verdaderamente a Jesús y quiera participar de su amor en la vida eterna, será la consigna que guiará sus días en la tierra, como único modo de conquistar la eterna bienaventuranza.
         “El que quiera venir tras de Mí, se niegue a sí mismo, cargue su Cruz cada día y me siga”. Muchos toman la resolución de seguir a Jesús, pero no combaten su propio egoísmo, su impaciencia, su falta de caridad, su susceptibilidad, su apego a sus propias opiniones, su pereza, su acedia, su falta de oración, su falta de lucha, todo lo cual es igual a aferrar la cruz para inmediatamente tirarla. La Cuaresma es el tiempo para abrazar la cruz de todos los días, negarse a sí mismo y seguir a Cristo camino del Calvario, para ser crucificados con nuestras pasiones, único modo de resucitar a la vida de la gracia en el tiempo y a la vida eterna en los cielos.

martes, 12 de febrero de 2013

Miércoles de Cenizas: "Recuerda que eres polvo y si obras la misericordia en la luz de Cristo te convertirás"



         “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”. El Miércoles de Cenizas, inicio de la Cuaresma, es el punto de partida de un camino que conduce a la conversión del corazón por medio de la penitencia, el ayuno, la mortificación y las obras de misericordia.
         Ahora bien, el camino inicia con una frase, pronunciada por el sacerdote en el momento de la imposición de cenizas al fiel, y en el que debe verse el mensaje que la Iglesia Católica tiene para toda la humanidad: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”. No se trata de una exhortación un tanto poética a cambiar de vida, porque el objetivo de la Cuaresma no es un mero cambio del comportamiento. Se trata de la descripción de la realidad del hombre que es polvo literalmente hablando, puesto que al morir, y al separase el principio vital, el alma, del cuerpo, este último se disgrega en sus componentes, que terminan confundiéndose con el suelo en el que es sepultado. El recuerdo de la Iglesia al hombre, de su condición de “polvo” (tierra, barro) –“eres polvo”- que “vuelve al polvo”, que vuelve a la tierra –“en polvo te convertirás”-, no busca un simple cambio de conducta; la Iglesia en Cuaresma no pretende que el hombre sea más penitente, ni más bueno, ni siquiera que rece más, aún cuando estimula todas estas prácticas. Lo que la Iglesia pretende con esta frase “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”, es hacer tomar conciencia al hombre de que todo en él, desde su ser más íntimo, depende de Jesucristo, puesto que fue creado por Él en cuanto Dios, fue redimido por Él en cuanto Redentor, y fue santificado por Él en cuanto es el Dador del Espíritu Santo junto al Padre.
Al decirle la Iglesia al hombre “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”, le está diciendo que en su origen, comparado con el Acto de Ser perfectísimo de Dios, es igual a la nada -los santos dicen de sí mismos que son "nada más pecado"-, como nada es el “polvo”, la tierra, el barro, y que su destino natural es la muerte: “en polvo, en tierra, en barro te convertirás”, y esto debe servir para crecer tanto en la humildad como en el Amor de Dios. Pero también le recuerda, aunque no lo mencione en la frase, pero está implícito, que Jesucristo, Dios Hijo, se encarnó por el hombre, murió en la Cruz y resucitó por su salvación, y que por lo tanto su destino ha cambiado radicalmente desde el momento en que ese cuerpo, que viene de la tierra y vuelve a la tierra, está destinado a convertirse en luminosa materia glorificada con la luz del Ser divino, si de corazón se arrepiente y vuelve a Dios por el camino de la oración, la penitencia y la misericordia.
Por este motivo, la frase completa podría quedar así: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás; recuerda que viniste de la nada, y a la nada volverás; pero si te conviertes, si buscas a Cristo Dios de todo corazón; si obras la misericordia con el hermano que golpea a tu puerta; si te acuerdas de Él todos los días de tu vida, elevando tus manos en oración y en acción de gracias; si haces ayuno de obras malas, entonces, de polvo que eres, en la luz radiante y gloriosa de Cristo te convertirás”.