domingo, 25 de mayo de 2014

“Cuando venga el Paráclito, el Espíritu que Yo les enviaré desde el Padre, dará testimonio de Mí”


“Cuando venga el Paráclito, el Espíritu que Yo les enviaré desde el Padre, dará testimonio de Mí” (Jn 15 26- 16, 6. 4). Luego de morir en la cruz y resucitar, Jesús ascenderá al cielo y desde allí enviará, junto al Padre, al Paráclito, al Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, que “dará testimonio de Jesús”. Esto será de vital importancia para la Iglesia de Jesucristo, sobre todo hacia el final de los tiempos, cuando surja el Anticristo, porque el Anticristo se presentará con toda clase de engaños y de falsos milagros, que confundirán incluso a los elegidos. El Anticristo engañará de tal forma a los hombres, que todos creerán que es Cristo, y cuando se manifieste, modificará la ley de Cristo y los Mandamientos acomodándolos a las necesidades y conveniencias de los hombres y lo hará de tal manera, que todos estarán convencidos que es el mismo Cristo en Persona quien lo está haciendo. Es por esto que la función del Espíritu Santo, enviado por Cristo y el Padre, el Espíritu de la Verdad, será la de iluminar las conciencias del pequeño rebaño remanente, el cual de esta forma será preservado del engañado y será advertido acerca del Falso Profeta, del Anticristo y de la Bestia, quienes tomarán posesión de la Iglesia de Cristo. Solo quienes estén en gracia, estarán inhabitados por el Espíritu Santo y solo quienes estén inhabitados por el Espíritu Santo, serán capaces de advertir el engaño, pero así mismo, serán, como dice Jesús, “echados de las sinagogas”, es decir, de las Iglesias, e incluso, serán perseguidos a muerte, y los que les den muerte, creerán dar “culto a Dios” con sus muertes, porque pensarán que están dando muerte a apóstatas, cuando en realidad, estarán dando muerte a mártires, a los verdaderos seguidores y adoradores del Cordero de Dios.

“Cuando venga el Paráclito, el Espíritu que Yo les enviaré desde el Padre, dará testimonio de Mí”. El mundo contemporáneo vive en las tinieblas, unas tinieblas que amenazan a la Iglesia y que por alguna grieta ha entrado en la Iglesia, según la denuncia del futuro beato Pablo VI: “A través de una grieta, ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”. A estas densas y siniestras tinieblas vivientes del Infierno, que impiden la visión de Dios a las almas, solo las pueden vencer la Luz Increada del Espíritu Santo, el Paráclito, enviado por el Padre y el Hijo. 

viernes, 23 de mayo de 2014

“Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos”


(Domingo VI - TP - Ciclo A – 2014)
         “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos” (cfr. Jn 14, 15-21. 23). En este Evangelio, Jesús nos da la clave para la perfección cristiana, para ganar el cielo en la tierra, para ser perfectos, para crecer en gracia en todo momento, para vivir el cielo de modo anticipado. Este Evangelio es la clave, la llave maestra, para ganar la vida eterna; es lo que ha permitido a los santos conquistar las más altas cimas de la santidad y con facilidad, y con una facilidad pasmosa, y Jesús da esta clave en una sola frase: “si alguien me ama, cumplirá mis mandamientos”. Y si alguien cumple los mandamientos, tiene el cielo asegurado. Pero además Jesús, en otra parte, dice: “Sed perfectos, como mi Padre es perfecto”. Es decir, además de cumplir los mandamientos, hay que cumplirlos a la perfección.
¿Cuál es la clave para cumplir los mandamientos con perfección? La clave para cumplir los mandamientos con perfección es el amor.
¿Por qué? Porque Jesús dice: “si alguien me ama…”. Jesús no dice: “si alguien me tiene miedo” porque Jesús, en cuanto Dios, tiene el poder de condenar y castigar eternamente, pero eso sería obrar por miedo al castigo, pero no por amor a Jesús; Jesús no dice: “si alguien quiere una recompensa”, porque Jesús en cuanto Dios, tiene el poder de dar a alguien todo el poder y la riqueza del mundo, si Él lo desea, pero eso sería obrar por amor a las riquezas, y no por amor a Jesús; Jesús no dice: “si alguien desea el cielo” cumplirá mis mandamientos, porque eso sería obrar por amor del cielo, y aunque el cielo sea algo hermoso, no es Jesús, y eso no sería amar a Jesús; Jesús no dice “si alguien teme el infierno” cumplirá mis mandamientos”, porque Él, en cuanto Dios, puede condenar al infierno, porque si bien hay que evitar el pecado mortal para evitar la condenación eterna, obrar de esa manera sería obrar por temor al infierno pero no por amor a Jesús, que es Dios.
En todos estos casos, se cumplen los mandamientos, pero no “con perfección”, porque se obra por otros intereses, que no es el puro amor a Dios. Se cumplen los mandamientos por temor al castigo, por recompensa, por amor a las riquezas, por amor al cielo, por temor al infierno, pero no por puro amor a Dios, por ser Él quien es, Amor en Acto Puro, Amor Purísimo, Amor Substancial, Amor Perfectísimo, celestial, espiritual, trinitario, Amor que se dona sin reservas y por pura gratuidad, para hacer feliz a la creatura, y es por eso que no se alcanzan, de esta manera, las cumbres de la santidad.
Es con el consejo de Jesús, como se alcanzan estas cumbres de santidad; es con el consejo de Jesús, como se llega a ser “perfectos, como el Padre celestial”: cuando se cumplen los mandamientos solo por puro amor a Dios, y no por temor, ni por deseo de recompensas, ni por temor al infierno, ni por deseo del cielo. Solo cuando el alma es capaz de obrar por puro amor a Dios, por ser Él quien es, Dios Uno y Trino, Dios de una sola naturaleza en Tres Personas, iguales en majestad y poder, distintas entre sí, Padre, Hijo y Espíritu Santo; solo cuando las ama a las Tres Divinas Personas en su Ser único trinitario, en su única naturaleza divina y en su distinción de Personas divinas; solo cuando las adora como un solo Dios verdadero, Trino en Personas, y las ama por ser un solo Dios en Tres Personas; solo cuando ama a la Santísima Trinidad, que se ha revelado en Jesucristo, el Hombre-Dios; solo así, el alma alcanza la cima de la perfección; solo así el alma es perfecta, porque no obra por interés, sino por puro y simple amor, y solo así, obtiene, sin imaginarlo, sin pensarlo, sin merecerlo, una recompensa imposible de imaginar: la inhabitación trinitaria en el alma, la conversión del corazón en morada de las Tres Divinas Personas: “Si alguien me ama, cumplirá mis mandamientos, y mi Padre y Yo lo amaremos y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Si alguien ama a Jesús por ser Él quien es, Dios de infinita majestad, Jesús y el Padre lo amarán y convertirán su corazón en su morada, convertirán el corazón de esa alma, de esa persona, en algo más hermoso que el cielo, en un prodigio que asombrará a los ángeles, porque Él y el Padre, harán morada en él, junto con el Espíritu Santo. Si alguien cumple los mandamientos por amor a Dios, las Tres Divinas Personas vendrán a vivir en el corazón de esa persona y esa persona se convertirá en la morada de la Santísima Trinidad y eso es un prodigio que supera todo lo que podemos imaginar, pensar, decir; es algo que enmudece a los mismos ángeles del cielo: “Si alguien me ama, cumplirá mis mandamientos y mi Padre y Yo lo amaremos –lo amaremos con el Amor nuestro, el Espíritu Santo- y haremos morada en Él” (Jn 14, 23), es decir, esa alma, esa persona, se convertirá en habitación y casa de la Santísima Trinidad.
“Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos”. Amar a Dios solo porque Él es Amor y vivir sus mandamientos solo porque Él es Amor, ésa es la esencia de la religión católica y no el temor o el miedo al castigo, aunque Dios sí puede castigar -y para siempre- al impenitente.

“Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos”. Lo que pide Jesús parece algo fácil de cumplir, pero cuando el corazón está árido y seco, la empresa se vuelve no solo difícil, sino imposible, porque un corazón árido y seco, como un leño envejecido, se vuelve incapaz de amar, aun cuando desee hacerlo. No siempre estamos en condiciones de amar, ni a Dios ni a nuestro prójimo, y mucho menos en el grado heroico, hasta la muerte de cruz, como se necesita para ir al cielo. Jesús conoce nuestros corazones, y por eso es que promete el envío del Espíritu Santo, el Fuego del Amor Divino, para Pentecostés: “Yo rogaré al Padre, y Él les dará el Paráclito, para que esté siempre con ustedes”. El Espíritu Santo, enviado por Jesús en Pentecostés, es Fuego de Amor Divino, que convierte en brasa ardiente e incandescente a los corazones que lo reciben con fe y con amor y que así se vuelven capaces de amar a Dios con un Amor Puro y celestial, con el mismo Amor con el cual habrán de amarlo en los cielos, si perseveran en el mismo Amor, por toda la eternidad.

jueves, 22 de mayo de 2014

“Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”


“Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado” (Jn 15, 12-17). En la Última Cena, Jesús da un mandamiento nuevo, verdaderamente nuevo, que no se encontraba en la Ley de Moisés y es el mandamiento de la caridad: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. Algunos sostienen que no es nuevo, porque Jesús manda a amar al prójimo, y este mandamiento ya estaba en la ley mosaica, pero la novedad radica en la segunda parte de la proposición: “como Yo los he amado”. Es decir, es verdad que la Ley mosaica mandaba amar al prójimo, pero este mandato tenía un límite y era que consideraba como “prójimo” solamente al que profesaba la misma religión; el otro límite, era que excluía al enemigo, ya que, en relación al enemigo, lo que imperaba era la ley del Talión –ojo por ojo y diente por diente, una ley que buscaba la justicia pero que degeneraba en venganza-; el otro límite era el humano: el amor con el que se amaba al prójimo en la ley mosaica, era meramente humano.
Ahora, Jesús introduce un elemento radicalmente nuevo, tan nuevo, que lo hace absolutamente distinto: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. La novedad radica, como decíamos, en la segunda parte de la proposición: “como Yo los he amado”. Ahora, a partir de Jesús, el cristiano está obligado, por la ley de la caridad, a amar a su prójimo, incluido su enemigo y, sin hacer acepción de personas, a todo ser humano, practique o no su religión, “como Cristo lo ha amado”, porque en eso radica el mandato de Jesús: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. ¿Y cómo nos ha amado Jesús? Con un amor de cruz, con un amor sobrenatural, celestial, con un amor de una fuerza tan grande, que lleva a subir a la cruz y a morir en la cruz, literalmente hablando, y no de modo figurado o simbólico, por el prójimo, como lo hizo Cristo Jesús por todos y cada uno de nosotros.

“Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”. El amor por el prójimo es un amor de cruz y como la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la cruz, el primer lugar en donde comienza la inmolación por amor hacia el prójimo –para los esposos, el primer prójimo es el cónyuge; para los hijos, sus padres, para los hermanos, sus hermanos, etc.-, es el altar eucarístico. No puede nunca el alma asistir de modo pasivo a la Santa Misa, ya que allí se le presenta la oportunidad de unirse sacrificialmente al Santo Sacrificio del Altar, ofreciéndose al Padre, unida al sacrificio de Cristo, por los prójimos que ama. Es la forma más perfecta de dar cumplimiento al mandato nuevo de la caridad de Jesús: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”.

martes, 20 de mayo de 2014

“Yo Soy la Vid y ustedes los sarmientos”


“Yo Soy la Vid y ustedes los sarmientos” (Jn 15, 1-8). Jesús utiliza la imagen de la vid para graficar la vida de la gracia en el cristiano. El Padre es el viñador, es decir, es Él quien corta de la Vid, que es Cristo, a todo aquel sarmiento, a todo aquel cristiano, que no da fruto, a todo aquel cristiano que no persevera en la gracia, que no desea arrepentirse, que no quiere vivir el mandato de la caridad, que prefiere vivir los mandamientos de Satanás. Así como el sarmiento seco está privado de la savia y no da fruto, es apartado de la vid por el viñador en el momento de la vendimia, es cortado para ser tirado y quemado porque no ha dado fruto, así Dios Padre, en el Día del Juicio Final, al cristiano que no dio frutos de arrepentimiento, de conversión, de bondad, de misericordia para con su prójimo, lo apartará para siempre de la Vid verdadera que es Cristo, y su alma quedará seca, es decir, quedará privada para siempre de la vida de la gracia, quedará privada para siempre de la gloria divina y será arrojada al fuego del Infierno. Por el contrario, el cristiano que permanece unido a Cristo, Vid verdadera, y que se alimenta de su gracia, da fruto y fruto abundante, fruto de conversión, de misericordia, de bondad, de paz, de alegría y en el Día del Juicio es introducido en el Reino de los cielos para gozar del Banquete celestial por toda la eternidad.
“Yo Soy la Vid y ustedes los sarmientos, sin Mí nada podéis hacer”. Jesús es la Vid también en la cruz, y la savia es su Sangre y los sarmientos que dan fruto son los cristianos que beben de su Costado traspasado por la lanza. Los que beben la Sangre del Cordero traspasado, son los que dan fruto de bondad, de paciencia, de misericordia, para con sus hermanos; son los sarmientos que fructifican en frutos de verdadera caridad cristiana, son los sarmientos que permanecen unidos a la Vid verdadera, que es Cristo, porque reciben de Él la savia vital que es su Sangre, porque Cristo es la Vid que es molida en la Vendimia de la Pasión. En cambio, los sarmientos que no permanecen unidos a Cristo, son los que no se acercan a beber de su Costado traspasado, son los que desprecian la Santa Misa por compromisos mundanos, son los que consideran a la Misa como un evento religioso prescindible, son los que piensan que la Eucaristía es cosa de gente atrasada y aburrida, que bien puede ser reemplazada por la tecnología y por eventos deportivos; estos cristianos son los sarmientos secos que no dan fruto, porque voluntariamente se han apartado de la Vid verdadera y voluntariamente han dejado de recibir la savia vital que la Vid les aportaba, la Sangre fresca del Cordero, que manaba de sus heridas abiertas como un torrente impetuoso de ardiente Fuego vital, que concedía la vida divina a todo aquel que entraba en contacto con Él. Pero los sarmientos secos, por propia voluntad, se apartaron de la Vid y sin la savia vital, sin la Sangre del Cordero que mana de sus heridas, de su Corazón traspasado, Sangre que sirve generosa Dios Padre en el Banquete Eucarístico en la Santa Misa, nada pueden hacer por sí mismos y se agotan, se secan, y se apartan, mustios y sin frutos, y así, secos y sin frutos de bondad y misericordia, son arrojados al fuego que nunca se apaga, en donde arden en el lugar en donde no hay misericordia ni descanso, para siempre.

“Yo Soy la Vid y ustedes los sarmientos, sin Mí nada podéis hacer”. Jesús en la Eucaristía es la Vid verdadera, quien quiera puede acercarse y beber de balde la gracia santificante que brota sin medida de su Sagrado Corazón Eucarístico, para después dar frutos de vida eterna; Jesús en la Cruz en la Vid verdadera; quien quiera puede acercarse y beber de su Costado traspasado su Sangre, que concede Vida eterna a las almas, y quien beba de la Sangre que se sirve en el cáliz, puede y debe luego dar frutos de vida eterna. Quien se rehúse a hacerlo, por propia voluntad, será luego arrojado como sarmiento seco y sin fruto.

lunes, 19 de mayo de 2014

“Les doy mi paz, pero no como la da el mundo”


“Les doy mi paz, pero no como la da el mundo” (Jn 14, 27-31a). Antes de sufrir la Pasión, en el Sermón de la Última Cena, Jesús entrega a sus discípulos, y por lo tanto, a la Iglesia, numerosos dones, el más importante de todos, la Eucaristía. Entre esos dones, se encuentra la paz, que es su paz, una paz que, como Él mismo lo dice, no es la “paz del mundo”, sino distinta a esta.
La paz del mundo es una mera ausencia de conflicto, es una paz superficial, exterior; es una paz establecida sobre cálculos y sobre pactos humanos, no siempre agradables a Dios y no siempre por motivos buenos y con propósitos buenos. La paz del mundo no siempre persigue fines nobles; aún más, la paz del mundo puede ser establecida para cometer el mal y para impedir el bien, como por ejemplo, en el caso de estados corruptos cuyas élites gobernantes legalicen el libre consumo de narcóticos por parte de la población; existiría un estado de “pacificación”, pero al costo de la rendición completa de dichos estados a los narcotraficantes y al Príncipe de las tinieblas, que es en definitiva quien se encuentra detrás de dichas políticas.
La paz de Cristo es algo muy distinto. La paz de Cristo, la que Él da, es “su paz”, que es la paz de Dios y por lo tanto es una paz interior, profunda, que radica en lo más profundo del ser del hombre. Es una paz que emana del Espíritu Santo, donado por Jesús al alma en gracia y que sobreviene al alma como consecuencia de un estado de justicia y de santidad, al haberle sido quitado, por los méritos de la Pasión de Cristo, aquello que la enemistaba con Dios, el pecado, y al devolverle aquello que la unía a su Creador, Redentor y Santificador, la gracia santificante. La paz que otorga Jesucristo es una consecuencia de la unión profunda del alma con Dios Uno y Trino, unión en la que el alma ve que no solo le es quitado el peso insoportable del pecado, sino que le es concedido aquello que el alma ansía desde que nace: la unión con su Dios, que es la unión con el Amor mismo en Persona y en esa unión descansa y reposa y en ese descanso y reposo consiste la paz y en esa paz encuentra su felicidad y de esa felicidad no quiere salir nunca más.

“Les doy mi paz, pero no como la da el mundo”. En cada comunión eucarística, Jesús nos dona su paz, pero no como la da el mundo. Si estuviéramos atentos a lo que recibimos en la comunión eucaristía, nada del mundo nos quitaría la paz que nos da Cristo en la Eucaristía.

domingo, 18 de mayo de 2014

“El que me ama cumplirá mis mandamientos y mi Padre y Yo haremos morada en él”


“El que me ama cumplirá mis mandamientos y mi Padre y Yo haremos morada en él” (Jn 14, 21-26). En esta frase está la esencia de la vida cristiana. Si los cristianos verdaderamente comprendiéramos lo que esto significa, la civilización entera estaría construida sobre la base del Amor de Cristo y no sobre lo que está construida hoy, el ateísmo, el agnosticismo, el materialismo.
Jesús dice que “si alguien lo ama”, ese tal, “cumplirá sus mandamientos” y “el Padre y Él harán morada” en él, en el que cumpla los mandamientos por amor. El amor es la clave para el cumplimiento de los mandatos de Dios, porque “Dios es Amor”, no es un Dios de temor, ni de ira, ni de venganza -aunque en su Justa Ira puede condenar en el Infierno al impenitente que no se arrepiente de sus pecados-, por lo tanto, quien cumple sus mandamientos por amor, los cumple siguiendo su esencia. Quien cumple un mandato por amor, demuestra que ama a Aquel que dispuso el mandato, y como el Amor es lo más perfecto que existe, el que ama se coloca a sí mismo en la cima de la perfección, imitando a Dios que es perfecto y cumpliendo lo que Jesús pide: “Sed perfectos, como Dios es perfecto”. Por otra parte, quien cumple los mandamientos por amor, y no por temor al castigo, o a la venganza, o por deseos de verse recompensado, demuestra desinterés, porque el que ama no obra por mezquinos intereses, sino solo por amor, por el solo hecho de amar.

“El que me ama cumplirá mis mandamientos y mi Padre y Yo haremos morada en él”. El que cumple los mandamientos por amor, obra desinteresadamente, sin interés alguno por recibir un premio, pero recibe un premio impensado, inimaginable: el Amor que lo llevó a obrar, atrae a sí al Padre y al Hijo a su corazón, y su corazón se convierte en morada de las Tres Divinas Personas y así, paradójicamente, el que obró por amor, desinteresadamente, recibe un premio de valor incalculable, la inhabitación trinitaria por la gracia.

sábado, 17 de mayo de 2014

“Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”


(Domingo V - TP - Ciclo A – 2014)
        (Domingo V - TP - Ciclo A – 2014)
         “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 12, 1-14). Jesús se presenta a sí mismo como el Camino, la Verdad y la Vida.
         “Yo Soy el Camino”. Jesús es el Camino que conduce al Padre; nadie va al Padre si no es por Él, y si alguien va al Padre, conducido por Jesús, es porque el Padre lo ha atraído primero con su Amor. Si alguien llama a Dios “Padre”, es porque Jesús se lo ha enseñado, pero si Jesús se lo ha enseñado, es porque el Padre lo ha querido, es porque el Padre ha amado a esa creatura con tanta intensidad, que ha decidido adoptarla como hija suya muy amada y para eso ha enviado a su Hijo Jesús a la tierra, para que le enseñe que Él no solo es su Creador, sino que quiere ser su Padre muy amado y que quiere darle su Espíritu de Amor desde la cruz y que como prueba de que es tanto el amor que le tiene, está dispuesto a sacrificar a su Hijo en la cruz para que su Hijo, desde la cruz, cuando su Corazón sea traspasado por la lanza, infunda el Espíritu Santo junto con el Agua y la Sangre y el Espíritu Santo, con el Agua y la Sangre, le comunique su Amor y lo convierta en hijo suyo adoptivo. En otras palabras, si alguien llama a Dios “Padre”, como hacemos los cristianos en el “Padrenuestro”, es porque Dios Padre nos ha elegido desde la eternidad, en Cristo Jesús, para que seamos hijos suyos adoptivos muy amados por la gracia del sacramento del bautismo, y esto es un don en el que continuamente debemos meditar, que debe acrecentar nuestro amor hacia Dios Padre. Jesús es el Camino que nos conduce al Padre porque además de concedernos la gracia de la filiación, además de hacernos ser hijos adoptivos de Dios, nos concede su mismo Amor por Dios Padre, que es el Amor del Espíritu Santo, que nos permite amar a Dios como hijos y que nos hace exclamar “Abba”, es decir “Padre mío muy amado”, desde lo más profundo del corazón y así amamos a Dios Padre como Él lo ama desde la eternidad, no con nuestro propio amor, que es muy pobre y muy limitado, sino con el Amor mismo de Jesús. Por esto Jesús es el Camino que conduce al Padre, y nadie conoce y nadie ama al Padre, si Jesús no lo da a conocer y si Jesús no le infunde su Espíritu, el Espíritu Santo y se engaña todo aquel que pretenda conocer y amar a Dios sino es por Jesús, y a Jesús que está en la cruz y en la Eucaristía.        
“Yo Soy la Verdad”. Jesús es la Verdad que todo hombre debe conocer para obtener la eterna salvación, pero no con un conocimiento meramente intelectual, porque Jesús es la Verdad Encarnada, Jesús es la Verdad Divina hecha carne y por lo tanto Jesús es la Verdad Encarnada en el seno virgen de María, inmolada en el ara santa de la cruz, glorificada el Domingo de Resurrección y entregada como Pan de Vida eterna y como Carne del Cordero de Dios en la mesa del Banquete del Reino, la Santa Misa. Entonces, cuando Jesús dice que Él es la Verdad, no se trata de un mero conjunto de verdades abstractas que como miembros de la Iglesia debemos aprender de memoria y recitar mecánicamente para así obtener la salvación; Jesús es la Verdad Encarnada, hecha carne en el seno virgen de María, inmolada en la cruz, glorificada en el sepulcro el Día de la Resurrección y entregada cada vez por la Santa Madre Iglesia en el altar eucarístico como Pan Vivo bajado del cielo, como Maná verdadero que concede la vida eterna, para que todo aquel que coma de este Pan no muera, sino que tenga vida eterna. Es a esto a lo que Jesús se refiere cuando dice: “Yo Soy la Verdad”: Jesús es la Verdad Encarnada que debe ser aprendida en el Libro de la cruz y debe ser consumida en el Pan de la Eucaristía; así podrá el hombre adquirir la Sabiduría divina que lo iluminará interiormente acerca de su eterna salvación; solo Jesús, Verdad Eterna Encarnada, que se aprende leyendo en el Libro de la Cruz y se asimila consumiendo el Pan eucarístico, ilumina al alma con la luz de la gracia y del Amor divino necesarios para su eterna salvación. Cualquier otra “verdad” para la salvación del alma, que no sea Jesús en la Cruz y en la Eucaristía, es solo engaño del Maligno y conduce al Abismo.
         “Yo Soy la Vida”. Jesús es la Vida y la Vida eterna, la vida misma de Dios Uno y Trino, que es la eternidad en sí misma. Jesús es la Vida Increada porque Él es Dios Eterno, cuyo Ser trinitario es la fuente de toda vida creada. Jesús es la Vida, y de Él, Vida Increada y Fuente de Vida eterna, recibimos los hombres la vida natural pero también la vida sobrenatural, la vida de la gracia, la vida que recibimos a través de los sacramentos. Jesús es la Vida divina que se dona a sí mismo en los sacramentos, sobre todo y principalmente en el sacramento de la Eucaristía: allí se dona en su totalidad, sin reservas. Jesús en la Eucaristía hace lo que una madre, un esposo, un hijo, un hermano, no pueden hacer por aquellos que aman, aun deseándolo con toda el alma. Una madre que ama a su hijo, un esposo que ama a su esposa, pueden dar sus vidas por quienes aman, pero solo en un sentido figurado, no real, porque no pueden “traspasar”, literalmente hablando, la vida natural que tienen, a sus seres amados. En cambio Jesús sí lo puede hacer y de hecho lo hace, en la Eucaristía: al comulgar, Jesús nos comunica de su vida divina, celestial, sobrenatural, de modo que el alma vive no solo con su vida natural, sino con la vida divina, sobrenatural, la vida de la gracia, que le comunica Jesús en la comunión. Y esa vida que comunica Jesús, es una vida distinta a la vida humana, porque es la vida de Dios, y es la vida que vivieron los santos y es lo que explica que los santos hayan vivido una vida de santidad, una vida de virtudes heroicas, una vida de amor heroico, de amor a los enemigos, de amor esponsal hasta la cruz, de amor filial hasta la cruz; es lo que explica que los santos hayan practicado las obras de misericordia, corporales y espirituales, en un grado que supera infinitamente las fuerzas y las capacidades del ser humano, como por ejemplo, la Madre Teresa de Calcuta, Don Orione, Don Bosco, y miles de santos más; la vida de la gracia es lo que ha hecho que los santos vivan las mortificaciones diarias, cotidianas, de todos los días, como escalones que los han conducido a las cimas de la santidad. Ésa es la vida que nos da Jesús, la vida de la gracia, que es la vida divina participada y que en la otra vida, se nos dará en plenitud, en la visión beatífica. Jesús en la Eucaristía es la Vida Increada, que nos comunica de su vida divina y nos concede de esa vida, que es la santidad en sí misma, para que seamos santos, para que iniciemos, desde esta vida terrena, en el tiempo que nos queda de vida terrena, una vida de santidad, para vivir luego, en la eternidad, junto con los ángeles y los santos, adorando a Jesús, el Dios Tres veces Santo.
         “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Jesús en la Eucaristía es el Camino, la Verdad y la Vida, y nadie va al Padre, nadie va al cielo, nadie puede alcanzar la santidad, sin la Eucaristía.