miércoles, 16 de julio de 2014

“Vengan a Mí los que estén afligidos y agobiados, que Yo los aliviaré”


“Vengan a Mí los que estén afligidos y agobiados, que Yo los aliviaré” (Mt 11, 28-30). Jesús ofrece su ayuda a todos aquellos que estén en el extremo de sus fuerzas, a todos aquellos que estén “afligidos y agobiados”, aunque, como esta ayuda la ofrece desde la cruz, no se ve de qué manera pueda hacerla efectiva, puesto que en la cruz, Él mismo está suma y máximamente afligido y agobiado. Sin embargo, Jesús ni dice ni ofrece nada en vano: Él es el Hombre-Dios y si dice es que puede hacerlo, aun cuando Él esté en la cruz, porque Él es Dios omnipotente, y Él puede, aun en esa extrema condición de debilidad, es decir, en esa condición de crucificado, auxiliar a toda la humanidad que está afligida y  agobiada. Pero Jesús pone una condición que hace parecer aun más imposible su ayuda, porque pone como requisito –y esta vez, indispensable, de manera tal, que si no se cumple, no hay auxilio posible-, el que cada uno lleve su cruz: “Carguen sobre ustedes mi yugo (…) porque mi yugo es suave y mi carga liviana”. La condición que pone Jesús para que el que está afligido reciba su ayuda, hace parecer todavía más paradójica e imposible la ayuda: quien quiera recibir consuelo y auxilio de parte de Jesús, debe cargar la cruz de Jesús, lo cual, a primera vista, parecería que solo haría aumentar la aflicción y el agobio, porque Jesús en la cruz sufre aflicción y agobio. Sin embargo, Jesús dice que “su yugo”, es decir, “su cruz”, es “suave” y “su carga, liviana”, porque a pesar de que la cruz es de madera y es pesada, Él es el Hombre-Dios y sobre Él, sobre sus espaldas, soporta el peso de los pecados de toda la humanidad, de todos los hombres de todos los tiempos, y por eso la cruz es liviana para quien acepta llevarla, porque es Él en realidad quien la lleva por todos y cada uno de nosotros. Quien acepta llevar la cruz de Jesús, lo que hace en realidad, es descargar sobre Él, sobre las espaldas del Hombre-Dios, todo el peso de sus pecados, para que Él los lave y los haga desaparecer para siempre, borrándolos por medio de la acción purificadora de su Sangre, que es la Sangre del  Cordero de Dios.

“Vengan a Mí los que estén afligidos, y agobiados que Yo los aliviaré”. Desde la cruz, Jesús ofrece a todos su auxilio divino, para quienes estén agobiados por el peso de sus pecados y por sus tribulaciones, pero la condición y el requisito indispensable para recibir este auxilio es que cada uno cargue a su vez con su yugo, que es su cruz, porque es Él quien la carga por nosotros: nuestra cruz, la cruz de cada uno, está contenida en su cruz y por eso nuestra cruz es liviana; por el contrario, quien rechaza el auxilio divino que ofrece Jesús, no tiene otra opción que quedar aplastado por el insoportable peso de sus pecados y tribulaciones, para siempre, sin posibilidad alguna de redención. 

martes, 15 de julio de 2014

“¡Ay de ti Corozaín! ¡Ay de ti Betsaida!”


“¡Ay de ti Corozaín! ¡Ay de ti Betsaida!” (Mt 11, 20-24). Jesús se queja amargamente de estas ciudades en donde Él “había realizado más milagros”, y a pesar de eso, “no se habían convertido”. Les dice que si “en Tiro y Sidón”, ciudades paganas, “se hubieran hecho esos milagros”, se habrían convertido “hace rato”. Es por eso que, “en el Día del Juicio”, esas ciudades, que son paganas, recibirán un juicio “menos severo” que ellas. Igual consideración le cabe para Cafarnaúm.
Ahora bien, lo que Jesús le dice a estas ciudades, se aplica a los cristianos, cualesquiera que sean, que no den frutos, y abundantes, de santidad, como caridad, bondad, misericordia, paciencia, sacrificio en favor de los demás, justicia, magnanimidad, etc., porque los cristianos, cada uno de ellos, ha recibido milagros, signos, prodigios, maravillosos, uno mejor que el otro, que no han recibido los paganos: el Bautismo, que los convirtió en hijos adoptivos de Dios, al hacerlos partícipes de la filiación divina, la misma filiación divina con la cual el Hijo de Dios es Hijo del Padre desde la eternidad; el Verdadero Maná del cielo, el Pan de los ángeles, que no es un pan inerte, sino que es un Pan Vivo, que comunica la Vida eterna que brota del Ser trinitario del Hombre-Dios, porque contiene el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo; la Eucaristía, que contiene la Carne del Cordero de Dios; el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, que es la Sangre que brota del Costado abierto del Redentor; la Santa Misa, que es la renovación incruenta, sobre el Altar Eucarístico, del Santo Sacrificio de la Cruz, el mismo y único sacrificio realizado hace dos mil años en el Gólgota; el Sacramento de la Confirmación, que les dio el Espíritu de Dios y sus siete sagrados dones, y así, muchísimos otros dones, unos más maravillosos que otros, pero a pesar de esto, innumerables cristianos, en vez de apreciar estos dones y de dar frutos de conversión, en una muestra de iniquidad que supera incluso a la iniquidad del mismo Príncipe de las tinieblas, desprecian de manera inaudita e incomprensible la enormidad de semejantes dones, intercambiándolos por las bajezas más insignificantes, cuando no abominables, que el mundo les ofrece, haciéndose merecedores del mismo reproche dirigido por Jesús a las ciudades de Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm: “¡Ay de ti, cristiano tibio, porque por causa de tu tibieza, no supiste aprovechar los dones que te di, y por eso, en el Día del Juicio Final, te vomitaré de mi boca!”.


lunes, 14 de julio de 2014

“Anuncien la Buena Noticia a toda la creación”


“Anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16, 15-20). Jesús envía a sus discípulos a anunciar la Buena Noticia a toda la creación y les dice que habrá prodigios que los acompañarán para aquellos que crean: la curación de enfermos y la expulsión de demonios. Estos prodigios son prolegómenos del Reino, de la Buena Noticia, y no constituyen en sí mismos la Buena Noticia; la Buena Noticia consiste en que Jesús, el Hombre-Dios, ha venido a este mundo, para derrotar, en la cruz, al demonio, al pecado y a la muerte, y nos ha concedido la filiación divina, dándonos la gracia de ser hijos adoptivos de Dios; la Buena Noticia es que Jesús nos ha abierto las puertas de la eternidad, al ser traspasado su Corazón en la cruz, y es por eso que luego de esta vida nos espera la vida eterna en el Reino de los cielos para quienes creemos en Jesús como nuestro Salvador.

“Anuncien la Buena Noticia a toda la creación”. Muchos cristianos confunden la Buena Noticia con los prolegómenos, con los prodigios: creen que la Buena Noticia son los prodigios que acompañan a su anuncio: la curación de las enfermedades y la expulsión de demonios, y esto constituye una desvirtuación del Evangelio, porque de esta manera se pierde el sentido de trascendencia, de vida eterna, que espera a aquel que cree en Cristo Jesús, para convertirse el Evangelio en simplemente un modo de vivir mejor en esta vida, quitando lo que la incomoda. Como cristianos, debemos tener bien en claro que la Buena Noticia no es la curación de enfermedades ni la expulsión de demonios, sino la vida eterna en Jesucristo, conseguida al precio de su vida, inmolada en el sacrificio de la cruz, sacrificio renovado cada vez, de modo incruento, en el Santo Sacrificio del altar.

sábado, 12 de julio de 2014

“Un sembrador salió a sembrar…”


(Domingo XV - TO - Ciclo A – 2014)
         “Un sembrador salió a sembrar…” (Mt 13, 1-23). Jesús mismo se encarga de explicar la parábola del sembrador: la semilla que cae en el borde del camino y es comida por los pájaros, es aquel que escucha la Palabra de Dios pero no alcanza a comprenderla y antes de que la comprenda, el demonio logra, por medio de las tentaciones -las “cosas vanas” de las que habla San Benito-, esto es, la soberbia, la pereza, la ira, la gula, la avaricia, que la semilla, que es la Palabra de Dios, no llegue ni siquiera a germinar mínimamente en el corazón. El alma de estas personas se compara a las banquinas o bordes de las rutas y caminos muy transitados, en los cuales no solo no crece nada que sea útil, ni para las personas ni para los animales, sino que el circular por ellos es peligroso, debido al tráfico intenso, además de que el peligro de ser atropellado por los vehículos es muy alto. De la misma manera, así como es peligroso transitar por estos caminos sin frutos y llenos de peligros, así es peligroso el encuentro con las personas en cuyos corazones no está arraigada la Palabra de Dios, porque el Pájaro Negro del Infierno, el Demonio, la ha llevado, y en esos corazones sin Dios, no reina la bondad, sino la malicia y la perversidad, aun cuando estas personas aparenten, por fuera, ser religiosas y piadosas. Puesto que nosotros mismos podemos ser esas personas para con nuestros prójimos, debemos cuidarnos mucho para evitar ser este tipo de terrenos, en donde no fecunda la Palabra de Dios.
         La semilla que cae en terreno pedregoso es aquel que acepta la Palabra de Dios con alegría, pero cuando se enfrenta con un problema o una tribulación, en vez de recurrir a la Palabra de Dios, que es en donde encontrará la fortaleza y la sabiduría divina para sortear ese problema y esa tribulación, deja de lado la Palabra de Dios, como si nunca la hubiera conocido, cayendo en la tristeza o, peor aun recurriendo a falsas religiones, a sectas, o a la Nueva Era. Se trata de todos aquellos que, habiendo comenzado a hacer algo de oración, ya sea en algún grupo de meditación de la Biblia, o de rezo del Rosario, cuando les surge un problema de mediana seriedad, ya sea a nivel personal, laboral, o en la familia, esa persona se entristece y abandona el grupo de oración, abandona la lectura de la Biblia, abandona los propósitos que había hecho y deja de asistir a Misa, si es que había comenzado a hacerlo, haciendo lo exactamente opuesto a lo que debía hacer, porque es precisamente en la oración, en la Palabra de Dios, en el Rosario y en la Eucaristía, en donde el alma encuentra la fuerza divina, la sabiduría y la luz celestial necesarias para sobrellevar con paz y serenidad cualquier tipo de prueba y tribulación que pueda sobrevenir. Estos corazones, dice Jesús, son como caminos pedregosos, en los cuales no pueden crecer árboles, ni plantas, ni flores.
         La semilla que cae entre las espinas, es aquel que escucha la Palabra de Dios, pero la abandona por amor a las riquezas materiales, porque las espinas representan las riquezas materiales y los problemas que se derivan de su posesión (hay que aclarar que no necesariamente se debe ser un millonario para estar atrapado por las riquezas materiales: se puede ser un mendigo, y al mismo tiempo, tener un corazón dominado por la codicia y la sed de posesión de bienes terrenos). Si un corazón no está debidamente preparado, las riquezas materiales son un peligro insalvable para la vida eterna, puesto que constituyen una causa segura de condenación eterna, porque el dinero y la fortuna material, son verdaderos lazos del demonio, con los cuales atenaza al corazón del hombre, y si este no recurre al auxilio de Jesucristo crucificado, pidiendo que lo libere, concediéndole la gracia de la pobreza de la cruz, el dinero, el oro y las posesiones terrenales, se convierten en pesados lastres que encadenan al corazón humano y arrastran al hombre hasta lo más profundo del infierno. Las espinas que ahogan a la semilla que es la Palabra de Dios representan a las riquezas materiales, de ahí el peligro de poseerlas sin un corazón purificado por el dolor y por la gracia santificante, que permite desprenderse de ellas con generosidad en favor de los más pobres, de manera tal que, en el momento de la muerte, esa persona, así desprendida de ese lastre pesadísimo, pueda volar al cielo, abrazada a Cristo en la cruz. Pero si una persona, en vez de abrazarse a Cristo pobre en la cruz, se abraza a sus posesiones materiales, a su dinero y a su fortuna, en el momento de la muerte, estas se volverán una pesadísima carga que no solo le impedirá su ascenso al Reino de los cielos, sino que la hundirá en lo más profundo del Averno, y esto se nota ya desde esta vida, y es esto lo que Jesús nos quiere hacer ver por medio de este Evangelio: las riquezas materiales hacen que el alma se olvide de la Biblia y de la Misa, del prójimo más necesitado y de las obras de misericordia, y hace que se olvide de la vida eterna -y así el demonio le hace creer, como dice Santa Teresa, que estos placeres le durarán para siempre, olvidándose que algún día habrá de morir-, y así la Palabra de Dios no puede dar frutos de santidad en sus corazones, y sus corazones se vuelven como tierra seca, como la tierra arenosa del desierto, que está llena de cactus espinosos.
         Por último, la semilla que cae en un terreno fértil, en donde germina y crece y da un árbol con frutos ricos y maduros, es el alma en gracia que lee la Palabra de Dios y, como está en gracia y por lo tanto está iluminada por el Espíritu Santo, la comprende, y como la Palabra de Dios es una palabra viva, que da vida eterna a aquel que la lee, el alma adquiere una vida nueva, una vida que antes no tenía, una vida que no es la vida suya, la vida natural, la vida de creatura humana, sino la vida de hijo de Dios, y así el alma, que ya vivía la vida de la gracia, al leer la Palabra de Dios, ve acrecentada todavía más esta vida de gracia, y así esta alma comprende que asistir a Misa no es asistir a un rito vacío, sino que es asistir a la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario; comprende que por la confesión sacramental es Cristo quien le perdona sus pecados a través del sacerdote ministerial; comprende que para salvarse debe hacer obras de misericordia, porque de lo contrario su fe, sin obras, es una fe muerta; entiende que debe llevar la cruz de todos los días, porque la cruz es el camino que la conduce al cielo; comprende que debe amar a Dios y a su prójimo como a sí mismo y que si quiere llegar al cielo, debe rezar el Rosario y que el rezo del Rosario la ayudará a ser como la Virgen y como Jesús.
Esta alma es la que produce frutos del cien, del sesenta, o del treinta por uno, como dice Jesús. Estos corazones en gracia son los que se parecen a jardines hermosos, llenos de flores y de árboles de todo tipo, cargados de frutos exquisitos.
¿Y de qué depende, de cómo sea nuestro corazón?
Depende de la libertad de Dios y de nuestra libertad: de la libertad de Dios, porque Dios es libre para ofrecernos su gracia, que es la que convierte nuestros corazones en un jardín, y nos la ofrece, gratuita y libremente, en Cristo Jesús.

De parte nuestra, depende cómo será nuestro corazón, si libremente elegimos vivir sin la gracia de Dios, sin confesarnos, sin comulgar, sin rezar, sin hacer obras buenas, y apegados a las riquezas terrenas y a los atractivos del mundo, y así nuestros corazones serán como terrenos áridos, desérticos, llenos de plantas espinosas y sin frutos, o también podemos elegir vivir en gracia, confesarnos frecuentemente, para comulgar en gracia, rezar, obrar la misericordia, para acompañar la fe con las obras, y así nuestros corazones serán como jardines florecidos, en donde la semilla de la Palabra, sembrada por el Sembrador, que es Dios Padre, dará hermosos frutos de santidad. 

miércoles, 9 de julio de 2014

“Si no los quieren recibir, sacudan hasta el polvo de los pies y en el Día del Juicio hasta Sodoma y Gomorra serán mejor tratadas que esas ciudades”


“Si no los quieren recibir, sacudan hasta el polvo de los pies y en el Día del Juicio hasta Sodoma y Gomorra serán mejor tratadas que esas ciudades” (Mt 10, 7-15). Jesús envía a sus discípulos a predicar el Evangelio, que es un Evangelio de paz y por eso mismo sorprende la dureza del castigo que recibirán, en el Día del Juicio Final, todos aquellos que se nieguen a recibir a los enviados por Jesucristo: “las ciudades de Sodoma y Gomorra”, dice Jesús, “serán tratadas menos rigurosamente” que aquellos que cerraron sus oídos a los enviados por Él: “si no los reciben ni quieren escuchar sus palabras”.
La razón es que quien se niega a escuchar a Dios Uno y Trino, de quien emana la verdadera y única paz, elige, libremente, la ausencia de paz, y esto es lo que sucede en el Infierno, en donde los condenados no tienen ni un solo segundo de paz, por toda la eternidad.

“Si no los quieren recibir, ni escuchar sus palabras, al irse de esa casa o de esa ciudad, sacudan hasta el polvo de los pies y en el Día del Juicio hasta Sodoma y Gomorra serán mejor tratadas que esa ciudad”. Debemos estar muy atentos a no despreciar a nuestro prójimo, cuando nuestro prójimo nos habla en nombre de Dios, o cuando nuestro prójimo requiere de nosotros una obra de misericordia; si no recibimos a nuestro prójimo, si no queremos escucharlo, si no queremos obrar la misericordia para con él, con toda probabilidad, estaremos sellando nuestra condenación, y en el Día del Juicio Final sabremos cuál fue la palabra que no quisimos escuchar y la obra de misericordia que no quisimos obrar, y que nos hubieran salvado, pero entonces será tarde. Es por eso que hay que aprovechar el tiempo, obrando la misericordia siempre y en todo momento, mientras hay tiempo.

martes, 8 de julio de 2014

“La niña no está muerta, sino que duerme”


“La niña no está muerta, sino que duerme” (Mt 9, 18-26). Jesús acude al funeral de la hija de un funcionario; al llegar, pronuncia esta frase, en medio de quienes están dolidos por la muerte de una niña, y por eso no es de extrañar la reacción de algunos, que “se ríen” de Jesús, tal como lo dice el Evangelio: “Y se reían de Él”. No es de extrañar el hecho de que se rían de Jesús, dadas las circunstancias: ha muerto una niña, un ser que no ha llegado aún a la flor de la edad; todos, en el velorio, están lógicamente conmocionados, inmersos en la tristeza y el llanto lógicos que provoca la muerte y, en este caso, mucho más, tratándose de alguien joven, de alguien que tiene un futuro por vivir. En esas circunstancias dramáticas, llega Jesús, que para muchos circunstantes en el velorio, puede ser un desconocido y, en medio del dolor y contra toda evidencia, les dice, delante del cadáver de la niña, que la niña no está muerta, sino que “duerme: “La niña no está muerta, sino que duerme”.
Sin embargo, cuando Jesús dice: “La niña no está muerta, sino que duerme”, es porque Él es el Hombre-Dios, Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, y para Él, la muerte del hombre, sin dejar de ser lo que es, muerte, separación del cuerpo y del alma, es solo eso, un sueño, porque Él, con su poder divino, con su omnipotencia, puede, con solo quererlo, volver a unir el alma con el cuerpo, y regresar a la vida a quien ha muerto. Cuando Jesús dice: “La niña no está muerta, sino que duerme”, dice, en verdad, que la niña ha muerto, pero lo dice de un modo poético, porque Él sabe que ante su poder divino, la muerte ha sido vencida para siempre, desde la cruz, y que ha sido rebajada a algo menos que un sueño, y por eso es que dice: “La niña no está muerta, sino que duerme”. E inmediatamente después, confirmando su condición de Hombre-Dios, hace regresar el alma de la niña, que ya se había separado de su cuerpo, y le ordena que se una a su cuerpo sin vida, para que vuelva a tener vida, y la niña vuelve a vivir. En el lenguaje poético del Hombre-Dios, la niña “despierta”; en el lenguaje de los hombres, “vuelve a vivir”.
Pero este milagro de Jesús es un pequeñísima muestra de lo que Él puede hacer, porque en cuanto Hombre-Dios, Él puede resucitar –y de hecho lo hará, al final de los tiempos, en el Día del Juicio Final- a todos los hombres de todos los tiempos, para ser juzgados en el Último Día de la historia humana. En ese Día, los hombres buenos, los que se hayan “dormido” en la gracia de Dios, en paz con Dios y con sus hermanos, “despertarán” para la gloria eterna, para la dicha sin fin, para la alegría que no conocerá ocaso; los hombres malos, en cambio, aquellos que cerraron sus ojos con odio a Dios y a sus hermanos en sus corazones, despertarán para no descansar jamás, por siglos sin fin.

“La niña no está muerta, sino que duerme”. Que la Madre de Dios nos conceda, a nosotros y a nuestros seres queridos, el cerrar los ojos, el día de nuestra muerte, en la gracia de Dios, para que el Día del Juicio escuchemos, de labios de su Hijo Jesús: “Despierta, tú que duermes, siervo bueno y fiel, y pasa a gozar del Reino de mi Padre para siempre”.

sábado, 5 de julio de 2014

“Vengan a Mí los que estén afligidos y agobiados"




(Domingo XIV - TO - Ciclo A – 2014)
         “Vengan a Mí los que estén afligidos y agobiados (…) Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de Mí porque soy paciente y humilde de corazón y así encontrarán alivio” (Mt 11, 25-30). Jesús promete, a todos los que estén “afligidos y agobiados”, que “obtendrán alivio”; la condición es “acercarse a Él”, “cargar su yugo” y “aprender de Él”, que es “paciente y humilde de corazón”. Puesto que las promesas que Jesús hace, las hace desde la cruz, alguien podría preguntarse cómo es posible que Jesús pueda conceder alivio si Él en la cruz está crucificado, y en la cruz no hay precisamente alivio, porque la cruz es un lugar de tortura; alguien podría preguntarse, si cómo es posible que, cargando la cruz de Jesús, se pueda encontrar alivio, puesto que la cruz es de madera, y el leño es muy pesado. Alguien podría decir, por lo tanto, que Jesús promete algo que parece imposible. Sin embargo, Jesús no promete nada imposible y cuando Jesús dice desde la cruz: “Vengan a Mí los que estén afligidos y agobiados (…) Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de Mí porque soy paciente y humilde de corazón y así encontrarán alivio”, es porque literalmente, quien acuda a Él, afligido y agobiado, y cargue su cruz, y quien aprenda de Él a sobrellevar la cruz con paciencia y humildad de corazón, encontrará alivio, y esto Jesús lo puede hacer, y de hecho lo hizo, lo hace y lo hará, hasta el fin de los tiempos, porque Él es el Hombre-Dios, que con su omnipotencia convierte todo y todo lo transforma, todo “lo hace nuevo”, como dice el Apocalipsis[1], y una de las cosas que hace nuevas, es el dolor y el sufrimiento humano, al cual lo transforma en salvífico y redentor, cuando es unido a su dolor en la cruz. Jesús lo hizo con todos los santos de la historia; lo hace con todo aquel que se acerque a Él, que está en la cruz, y lo hará con todos los que se le acerquen, hasta el fin de los tiempos, porque Jesús cambia, transmuta, con su poder divino, al dolor humano, por alegría, por paz, por serenidad, en la cruz. Pero es necesario que el hombre se acerque a Él en la cruz, y toque sus llagas y bese sus llagas y adore su Sangre y bese su Sangre y se deje bañar por su Sangre, que es la Sangre del Cordero de Dios. Cuando el hombre hace esto, la Sangre del Cordero, que contiene al Espíritu Santo, ingresa en el lo más profundo del ser del hombre con la gracia divina, quitando de raíz todo mal, toda perversidad, toda escoria, y concediéndole la gracia santificante, haciéndolo nacer a la vida nueva de los hijos de Dios, haciéndolo partícipe de la filiación divina, haciéndolo ser hijo adoptivo de Dios, con la misma filiación divina con la cual el Hijo de Dios es Hijo de Dios desde la eternidad, y por lo tanto, haciéndolo ser partícipe también de su Pasión y de su misterio pascual de muerte y resurrección. Si el hombre se deja bañar con la Sangre de Cristo crucificado, participa de su Pasión y así su dolor se convierte en salvífico, y luego su muerte se convierte en un paso hacia la resurrección, hacia la vida eterna, hacia la eterna bienaventuranza, como lo fue la muerte de Cristo, porque si participa en la Pasión y en la cruz de Jesús, también participa luego de su Resurrección y de su gloria. Y es en esto en lo que consiste el "alivio" que promete Jesús, y no en la curación instantánea, o en la sanación o en el resolverse de los problemas.
Es por eso que la Liturgia de las Horas dice, en las Preces de las Vísperas del IIo Domingo del Tiempo Ordinario, en su Semana Décimo Cuarta: “Que los fieles vean en sus dolores, la participación a la Pasión de tu Hijo”. A partir de Jesús, los dolores del hombre, sean morales, espirituales o físicos, si son unidos a la cruz de Jesús, adquieren un valor infinito, porque se convierten en dolores salvíficos, tanto para la persona, como para sus queridos, y para muchos otros hermanos suyos, que solo Dios conoce. Esto es en sí mismo ya un alivio, porque el saber que el dolor es salvífico, constituye un alivio para el alma que sufre, porque quien sufre sabe que su dolor no es en vano, sino que sabe que, unido al dolor de Cristo en la cruz, adquiere un valor infinito, un valor que solo Dios conoce y aprecia, porque se convierte, por así decirlo, en el dolor mismo de Dios, un dolor de cruz que, por la cruz, salva a muchos de la eterna condenación.
“Vengan a Mí los que estén afligidos y agobiados (…) Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de Mí porque soy paciente y humilde de corazón y así encontrarán alivio”. Aun cuando los dolores, sean morales, espirituales o físicos, no cesen en esta vida, sino, paradójicamente, aumenten hasta el instante último de la vida, cuando son unidos a Cristo crucificado, obtienen alivio para el alma, porque el alma sabe que, uniendo su dolor a Cristo crucificado, salva su propia alma y la de muchos de sus hermanos, y ése es un alivio celestial, un alivio que nadie en la tierra puede conceder. Ésta es la razón por la cual Jesús, en la cruz, aun cuando parece que no puede conceder alivio, concede un alivio que nadie puede dar sino Él, que es Dios crucificado y que desde la cruz, nos conduce al cielo cuando, arrodillados, abrazamos y besamos sus pies clavados en la cruz.




[1] Cfr. 21, 5.