miércoles, 6 de agosto de 2014

Fiesta de la Transfiguración del Señor


         “Jesús (…) se transfiguró (en el Monte Tabor): su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (Mt 17, 1-9). En la cima del Monte Tabor, Jesús se transfigura, es decir, resplandece de luz, delante de Pedro, Santiago y Juan. El significado de la Transfiguración del Señor se comprende cuando se entiende cuál es el significado de la luz en el sentido bíblico: la luz, en la Biblia, significa “gloria”: por lo tanto, el hecho de que Jesús se transfigure, es decir, se revista de luz, quiere decir que se reviste de gloria. Ahora bien, puesto que la gloria sólo le pertenece a Dios, el significado es claro: la Transfiguración es una auto-revelación –una más, entre otras tantas, como las de los milagros- de Jesús como Dios en Persona. Al transfigurarse, es decir, al revestirse de luz, Jesús se les revela a sus discípulos más cercanos y preferidos por Él –Pedro, Santiago y Juan-, los secretos más admirables acerca de Él mismo: Él no es un hombre cualquiera; Él no es un profeta más entre tantos; Él no es un hombre santo, ni siquiera el más santo entre los santos: Él es el Dios Tres veces Santo, ante quien los ángeles se postran en adoración, sin atreverse siquiera a levantar la mirada, y ahora, se les ha manifestado en el esplendor de su gloria. Jesús es el Hijo Eterno del Padre, engendrado desde toda la eternidad, “entre esplendores sagrados”, que se ha encarnado en el seno de la Virgen Madre por obra del Espíritu Santo para adquirir un Cuerpo, de manera tal de poder tener un Cuerpo para poder ofrendarlo en el ara santa de la cruz y así cumplir la redención de los hombres, dando cumplimiento al plan de la Santísima Trinidad.
La glorificación de la Transfiguración en el Monte Tabor es, por lo tanto, el estado natural del Hombre-Dios, y no es ningún hecho milagroso ni sobrenatural; por el contrario, su ocultamiento sí es un hecho milagroso, necesario para poder sufrir la Pasión; en otras palabras, el hecho de que Jesús no aparezca glorioso, radiante de luz y de gloria divina desde el momento mismo de su Encarnación y Nacimiento, es un milagro de la omnipotencia divina[1], al cual recurre el mismo Jesús, para poder sufrir la Pasión, puesto que si Jesús, desde su Encarnación, permanecía glorificado, tal como le pertenecía por ser Él el Hijo Eterno del Padre, no podría haber sufrido la Pasión, porque un cuerpo glorificado, como el suyo en la Transfiguración, no siente dolor en absoluto; por el contrario, se encuentra en la máxima beatitud posible, porque está inhabitado por la divinidad. Entonces, para poder padecer su misterio pascual de Muerte y Resurrección, es que Jesús suspende los efectos de la gloria divina desde el momento de la Encarnación, y solo los deja entrever brevemente en el Monte Tabor, en la Transfiguración, y lo hace para que sus discípulos sepan que Él es Dios Hijo encarnado. Jesús suspende, por unos instantes, el milagro que impedía que la luz de la gloria divina, que le pertenece por ser Él Dios Eterno, se manifieste a través de su Cuerpo Sacratísimo, y permite que, por unos instantes, la luz y la gloria de su Ser trinitario se haga visible a través de su Cuerpo; Jesús permite que sus discípulos lo vean revestido de luz en la cima del Monte Tabor, para que sepan que Él es el Dios de la gloria, que habrá de conducirlos al Reino de los cielos, y esto lo permite antes de la Pasión, porque cuando lo vean en la cima del Monte Calvario, lo verán cubierto, no de luz, sino de Sangre, y no pensarán que es Dios sino, como dice Isaías, “un gusano” (cfr. Is 53, 5ss), y no querrán contemplarlo, extasiados, como ahora en el Tabor, sino, será un hombre tan cubierto de heridas, que dará espanto, y será como alguien ante quien “se da vuelta la cabeza”, de tanto horror que causarán sus heridas, su Cuerpo flagelado y su Rostro desfigurado por las trompadas y los golpes. Jesús se transfigura en el Monte Tabor, dice Santo Tomás de Aquino, para que sus Apóstoles no desfallezcan en la Pasión, y para que aprendan que a la luz, se llega por la cruz. Ésta es también para nosotros la lección del Tabor: a la luz, se llega por la cruz.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964.

sábado, 2 de agosto de 2014

“Tomó los panes y los peces (…) pronunció la bendición (…) todos comieron hasta saciarse (…)”


(Domingo XVIII – TO - Ciclo A – 2014)
         “Tomó los panes y los peces (…) pronunció la bendición (…) todos comieron hasta saciarse (…)” (Mt 14, 13-21). Luego de la muerte del Bautista, Jesús se retira a un lugar desierto a orar, pero una multitud, proveniente de varias “ciudades”, lo sigue. Jesús se compadece de los numerosos enfermos que hay entre ellos y los cura; sin embargo, llegado el atardecer, se presenta un nuevo e inesperado problema: dado que los se han congregado alrededor de Jesús provienen de varias “ciudades” –al final del Evangelio, la cuenta dará más de veinte mil circunstantes-, son varios miles los que deben alimentarse. Es decir, al problema de la enfermedad, se suma otro no menos humano, y es el del hambre: el ser humano, caído en el pecado original, necesita, además de ser curado de sus enfermedades, ser alimentado; de lo contrario, muere por inanición. Los discípulos de Jesús se dan cuenta de la situación y van a advertírselo a Jesús: “Éste es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos”.
Sin embargo, Jesús, hace algo inesperado, algo que no está dentro de la lógica humana: les dice a los discípulos que “los alimenten ellos mismos”, aun sabiendo –lo sabe puesto que Él es el Hombre-Dios- que no lo podían hacer. De hecho, los discípulos le plantean inmediatamente la evidente imposibilidad: “Sólo tenemos dos panes y cinco pescados”. Pero no es en vano ni para hacerlos pasar un apuro que Jesús les da esa orden, en apariencia imposible: Jesús quiere demostrar que Él “hace nuevas todas las cosas”, y una de las cosas que hace nuevas, es la comunión humana bajo las órdenes y el poder inmediatos del Hombre-Dios. Al obedecer los discípulos, lo hacen en cuanto Iglesia, en cuanto hombres congregados por el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, y esta común-unión, esta unión en el Espíritu de Jesús, es una unión en armonía y en amor fraterno, dada por el mismo Espíritu Santo, y es signo que permite el obrar del Hombre-Dios, para mayor gloria de Dios, puesto que a partir de ahí, se seguirá el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. La armonía y la paz, de parte de los discípulos, hacia Jesús, y el no discutir sus órdenes, son signo de la Presencia del Espíritu Santo en ellos: ninguno discute ni se pone a contrariar a Jesús, ni siquiera cuando, según el razonamiento humano, no hay proporción entre lo que Jesús pretende hacer, dar de comer a veinte mil personas, con cinco panes y dos pescados; ninguno se arroga la soberbia de decirle a Jesús: “Jesús, es imposible hacer lo que Tú pretendes”; por el contrario, todos están inhabitados por el Espíritu Santo y por lo tanto, todos cooperan, con el silencio y el trabajo, a la acción milagrosa del Hombre-Dios Jesucristo, que de esa manera, llevará a cabo sus planes, que superan absolutamente todo cuanto la mente humana pueda imaginar. En efecto, minutos después que los discípulos le llevan lo que han recolectado –los panes y peces-,  Jesús toma los panes y los pescados, los bendice, los multiplica prodigiosamente –puesto que Él es Dios Hijo en Persona, es Dios Creador, y en cuanto tal, no supone ninguna dificultad, de ninguna clase, multiplicar unos cuantos átomos de materia de panes y peces, siendo Él el Creador del Universo visible e invisible- y los da a sus discípulos para que los repartan entre la multitud. La cantidad es tanta, que la multitud come hasta saciarse, y aun sobran “doce canastas”.
Este Evangelio nos enseña, por lo tanto, que la obediencia, la mansedumbre y la docilidad a los designios de Dios, aun cuando sean incomprensibles a los razonamientos humanos –como por ejemplo, el pretender alimentar a una multitud de más de veinte mil personas con cinco panes y dos peces-, son signos certísimos de la presencia en el alma del Espíritu Santo, que da confianza ilimitada en el poder de Dios.
Otra enseñanza que nos deja este Evangelio es, precisamente, acerca del poder del Hombre-Dios, que actúa a través de la Iglesia –aun cuando puede hacerlo sin ella-, porque quiere servirse de instrumentos humanos, dóciles, obedientes y buenos, para comunicar de su Bondad y Amor infinitos a los seres humanos, pero necesita de hombres de corazones inhabitados por el Espíritu Santo, es decir, llenos del Amor de Dios, y la docilidad, la mansedumbre, y la obediencia de los discípulos a las órdenes de Jesús, aun cuando humanamente parece no haber proporción entre los medios y el fin (cinco panes y dos peces para más de veinte mil personas), es una prueba de ello.

Pero la enseñanza más importante de este Evangelio es el significado último del prodigio de la multiplicación de panes y peces: Jesús alimenta a la multitud con carne de pescado y con pan inerte, como preámbulo del don de sí mismo, por el cual alimentará a la multitud de los hijos de Dios, en la Iglesia, con la Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo, y con el Pan Vivo bajado del cielo, su Cuerpo glorioso y resucitado en la Eucaristía. 

miércoles, 30 de julio de 2014

“El Reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo…”



“El Reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo…” (Mt 13, 44-46). Jesús compara al Reino de los cielos con un tesoro escondido en un campo; un hombre encuentra este tesoro y, para adquirirlo, va y vende “todo lo que tiene”, compra el campo, y se queda con el tesoro. Para entender el significado sobrenatural de la parábola, tenemos que ver qué representa cada elemento de la misma: el tesoro escondido y encontrado por el hombre, es la gracia santificante; el hombre que encuentra el tesoro, somos todos y cada uno de los bautizados en la Iglesia Católica, que hemos recibido la gracia santificante en el bautismo, pero que muchas veces no somos conscientes de la inmensidad del don recibido; el campo en donde está el tesoro, es nuestro propio corazón y nuestra propia alma, en donde está escondida, desde el momento de nuestro bautismo, la gracia santificante, es decir, el tesoro invalorable de la gracia, un tesoro de valor incalculable, pero que pasa desapercibido en la gran mayoría de los casos; el hecho de encontrar el tesoro, es decir, de saber que en el campo –o el corazón, o el alma- hay un tesoro de valor inapreciable, es la a su vez el recibir la gracia de la fe o el don de la conversión, porque es lo que permite apreciar el valor incalculable de la gracia santificante: solo quien tiene fe, es decir, solo quien ha recibido la gracia de la conversión, aprecia el don de la gracia santificante, recibida en el bautismo y acrecentada por los sacramentos, y es esto lo que significa el hecho de que el hombre de la parábola descubre un tesoro escondido en el campo: es aquel que recibe el don de la fe, el don de la conversión del corazón; los bienes que el hombre vende para adquirir el campo, son, literalmente hablando, los bienes materiales, puesto que el apego a los bienes materiales, son un obstáculo insalvable para acceder a la gracia, aunque estos bienes representan también todo tipo de impedimento a la gracia, como por ejemplo, los defectos, los pecados, sean mortales o veniales, y los vicios; la venta de bienes, que le da al hombre el capital necesario para adquirir el campo, es la lucha espiritual contra nuestros defectos, vicios, pecados y concupiscencias, como así también la confesión sacramental, que nos quitan definitivamente del alma los impedimentos, al mismo tiempo que, como en el caso de la confesión sacramental, nos provee de la gracia santificante, que es el capital con el cual adquirimos todavía mayor gracia, haciéndonos crecer aún más en santidad.

Por último, en la parábola se destaca la alegría del hombre que adquiere el campo con el tesoro, porque con la gracia santificante, el alma posee en sí misma el Reino de los cielos, que es ese tesoro escondido, y si posee el Reino de los cielos, el alma es visitada por el Rey de los cielos, Jesucristo, y por la Reina de los cielos, la Virgen María. Puesto que la Santa Misa es la actualización del Evangelio, para nosotros, estar en gracia, significa poseer en nuestros corazones el Reino de los cielos, para recibir al Rey de los cielos, Jesús Eucaristía, y si viene el Rey de los cielos en la comunión, de alguna manera, también se hace presente la Reina de los cielos, Nuestra Señora de la Eucaristía. Y para el corazón del hombre, no hay alegría más grande que poseer y amar al Rey de los cielos, Jesús Eucaristía, y a su Madre, Nuestra Señora de la Eucaristía.

“El Reino de los cielos es como un grano de mostaza


“El Reino de los cielos es como un grano de mostaza, pequeño, que cuando, se convierte en un arbusto tan grande, que hasta los pájaros del cielo, van a hacer sus nidos en sus ramas” (Mt 13, 31-35). Jesús compara al Reino de los cielos con un grano de mostaza que, siendo primero pequeño, crece luego hasta ser un arbusto de tan grande tamaño, que “hasta los pájaros del cielo”, van a hacer sus nidos en sus ramas. Lo curioso es que Jesús dice que es un grano de mostaza que “un hombre plantó en su campo”, entonces, interviene en la parábola del Reino, también el hombre. ¿Cómo interpretarla?
La semilla de mostaza, plantada en “el campo del hombre”, es la gracia santificante, sembrada en el corazón del hombre en el bautismo; “el campo del hombre”, es el alma o el corazón del hombre; en un primer momento, es pequeña, porque la santidad, o la gracia santificante, es pequeña en el alma del hombre, pero a medida que la gracia santificante se va abriendo paso en el corazón del hombre y va echando raíces, y va creciendo, se va agigantando cada vez más, de manera tal que, con el paso del tiempo, ese pequeñísimo grano de mostaza, que era al inicio, se convierte luego, en un frondoso árbol, cuando el hombre se convierte, por obra de la gracia, del hombre viejo que era, dominado por las pasiones, en el hombre nuevo, en imagen viva de Jesucristo. Esto es lo que Jesús quiere decir cuando dice que el Reino de los cielos es “como un grano de mostaza, pequeño, que cuando, se convierte en un arbusto tan grande, que hasta los pájaros del cielo, van a hacer sus nidos en sus ramas”: la gracia santificante crece, desde que es injertada, en el momento del bautismo –siempre y cuando cuente con la libertad del hombre-, y así el hombre se convierte, de pecador, en santo.

Pero nos falta un elemento en la parábola, y son “los pájaros del cielo, que hacen nido en las ramas del arbusto”, es decir, en la semilla de mostaza convertida en árbol. ¿Qué significan estos misteriosos “pájaros del cielo”? Si el campo es el corazón del hombre; si la semilla de mostaza es la gracia santificante sembrada en su corazón, que luego se convierte en frondoso árbol, cuando el hombre se convierte, de pecador en santo, entonces, los pájaros del cielo, que son -Un Dios en Tres Personas-, son las Tres Divinas Personas de la Santísima y Augustísima Trinidad, que van a hacer su morada en el corazón del hombre en gracia, según las palabras del Hombre-Dios Jesucristo: “Si alguien me ama y cumple mis mandamientos, mi Padre y Yo lo amaremos y haremos morada en él” (cfr. Jn 14, 23).

viernes, 25 de julio de 2014

“El Reino de los cielos es como un tesoro escondido (…) como una perla fina (…) como una red llena de peces (…)”


(Domingo XVII - TO - Ciclo A – 2014)
         “El Reino de los cielos es como un tesoro escondido (…) como una perla fina (…) como una red llena de peces (…)” (Mt 13, 44-52). Jesús compara al Reino de los cielos con tres cosas de valor: un tesoro escondido; una perla fina; una red llena de peces. Como es obvio, cada una de estas figuras, tiene un significado sobrenatural. El tesoro escondido es encontrado por un hombre en un campo; el hombre, a su  vez, va y vende todo lo que tiene, compra el campo y así se queda con el tesoro. El significado sobrenatural es el siguiente: el tesoro es la gracia santificante; el hombre que encuentra el tesoro, es aquel que recibe el don de la conversión, es decir, es el que se da cuenta del valor de la gracia; el que encuentra el tesoro es quien se da cuenta que la más mínima gracia vale más que todos los tesoros de la tierra, más que todo el oro del mundo; el que “vende todo lo que tiene”, es el que, al haber descubierto el valor de la gracia, es el que está en consecuencia, dispuesto a perder, literalmente hablando, la vida, antes que perder la gracia.
Eso es lo que hicieron los santos y los mártires, y es lo que les valió conquistar el cielo, y ésa es la disposición que debemos tener al confesarnos en el Sacramento de la Penitencia, porque ése es el espíritu de lo que la Iglesia nos quiere hacer decir, cuando nos hace repetir la fórmula de la penitencia, en el momento en el que el sacerdote nos da la absolución: “…antes querría haber muerto que haberos ofendido”. La Iglesia quiere que tomemos conciencia del valor de la gracia santificante, al hacernos decir que preferimos la muerte terrena, antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado, porque la gracia santificante es un tesoro tan grande, que vale infinitamente más que la vida terrena, y es eso lo que manifestamos en la fórmula del arrepentimiento, en la confesión sacramental: nos dolemos –y así debe ser en nuestro interior, y no solo de palabra- de no haber perdido la vida terrena, antes de haber ofendido a Dios un pecado mortal o venial deliberado. Esto es lo que significa el “tesoro escondido” y el hecho de que el hombre “vende todo lo que tiene” para obtenerlo: es el que se da cuenta que más vale perder la vida terrena antes que perder la gracia, porque perder la gracia equivale a perder la vida eterna, mientras que perder la vida terrena por conservar la gracia –como sucede en el caso de los mártires, por ejemplo, que dan sus vidas por Cristo Jesús-, equivale a conservar la gracia y por lo tanto, a ganar la vida eterna.
Este es, entonces, el significado sobrenatural, para la figura del tesoro escondido en el campo, y lo mismo vale para la figura de la perla fina, ya que es un ejemplo muy similar: alguien “vende todo lo que tiene” para adquirirla; aquí se puede introducir el matiz de la lucha contra las pasiones y los defectos, los cuales serían esas “ventas”, que permitirían adquirir el bien de la gracia, es decir, la perla.
En el caso de la red “llena de peces”, Jesús introduce explícitamente el tema del Juicio Universal, agregado al Reino de los cielos: así como los pescadores, luego de la jornada de pesca, separan a los peces que están en buen estado –y por lo tanto, son comestibles o sirven para el comercio-, de los peces que están en mal estado –y por lo tanto, no sirven para nada-, así también, en el Día del Juicio Final, los ángeles de Dios, encabezados por San Miguel Arcángel, siguiendo las órdenes de Jesucristo, Supremo y Eterno Juez, separarán a los buenos de los malos, conduciendo a los buenos al cielo y arrojando a los malos al infierno, según sus obras, buenas y malas, respectivamente.
“El Reino de los cielos es como un tesoro escondido (…) como una perla (…) como una red llena de peces (…)”. El Reino de los cielos, si bien es comparado por Jesús con cosas materiales, es algo infinitamente más valioso que lo más valioso materialmente hablando, y es la comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, y la gracia santificante es la puerta que nos permite entrar en comunión con ellas, de ahí su valor incalculable, y de ahí el valor más preciado que la propia vida terrena.

Quien aprecia el valor de la gracia, sabe que los bienes materiales y que la vida terrena misma, son nada en comparación con la gracia, porque la gracia nos une con la Santísima Trinidad. El que se da cuenta de esto, es el más sabio y el más feliz de todos los hombres, y ése, ya ha comenzado a vivir el Reino de los cielos, aun cuando todavía le quede un poco por vivir en la tierra.

viernes, 18 de julio de 2014

“Un sembrador sembró trigo (…) su enemigo sembró cizaña…”


(Domingo XVI - TO - Ciclo A – 2014)
         “Un sembrador sembró trigo (…) su enemigo sembró cizaña…” (Mt 13, 24-43). Cada elemento de la parábola tiene un significado sobrenatural: el sembrador bueno que siembra la buena semilla del trigo, es Dios Padre; el trigo, es la Palabra de Dios, es decir, Dios Hijo, Jesucristo, quien luego de completado su misterio pascual de muerte y resurrección, se donará a sí mismo como Pan de Vida eterna; es decir, Jesucristo es el trigo que, hundiéndose en la tierra, muriendo en la cruz, germina, esto es, resucita, y da como fruto el Pan de Vida eterna, su Cuerpo resucitado, al ser su Cuerpo glorificado en la resurrección, por el Fuego del Espíritu Santo, el Amor de Dios; el sembrador envidioso y enemigo del sembrador bueno, que siembra la mala semilla de la cizaña –una hierba inútil que solo sirve para ser quemada-, es el diablo; el campo sobre el cual se siembran tanto el trigo -la Palabra, enviada por el Amor de Dios-, como la cizaña -llevada por el odio del diablo-, es el corazón del hombre; el tiempo que media entre la siembra y la cosecha, significan tanto la vida individual de cada persona -el tiempo que transcurre entre el nacimiento de cada uno, hasta su muerte individual-, como el tiempo total de la historia humana, es decir, el tiempo transcurrido desde el inicio de los tiempos, desde la creación del mundo con Adán y Eva, hasta el Día del Juicio Final, en el que dará comienzo la eternidad, luego del Juicio y la separación de los que se salvarán, de aquellos que se condenarán; la cosecha significa el Día del Juicio Final, en el que aparecerá Jesucristo, no como Dios misericordioso, sino como Justo Juez, para dar a cada uno lo que cada uno mereció con sus obras: a los buenos, los recompensará con el cielo y a los malos, los castigará con el infierno, según sus palabras: “Venid a Mí, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, y me disteis de comer…” (…) Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, porque tuve hambre, y no me disteis de comer…” (cfr. Mt 25, 31-46); los cosechadores, que separarán, en el tiempo de la cosecha, al trigo de la cizaña, poniendo al trigo que sirve en los graneros y echando a la cizaña inservible al fuego, son los ángeles de Dios, encabezados por San Miguel Arcángel, quienes separarán, siguiendo las órdenes de Jesucristo, a los buenos de los malos (esta es la razón por la cual, en diversas obras pictóricas, aparece San Miguel Arcángel con una balanza, pesando almas y separándolas, en el Día del Juicio Final).
         Este Evangelio nos advierte, por lo tanto, que nuestro corazón no es un órgano neutro o indiferente a las cosas del cielo o del infierno: o pertenece al cielo y es así como permite que germine en él el trigo, que es la Palabra de Dios y el Amor de Dios, o pertenece a las tinieblas, y es así como permite que germine en él la cizaña, llevada por el odio satánico, que es la palabra vana, hueca, vacía y malvada del demonio.
         Ahora bien, si hay trigo o cizaña en un corazón, eso se sabe por los frutos: “de la abundancia del corazón, habla la boca”: si en una persona abunda la mentira, el doblez, la maledicencia, el engaño, la calumnia, el perjurio, la astucia perversa para el mal, el gozo y el deleite en el mal del prójimo, la ausencia de compasión, de caridad, de misericordia, de piedad, es señal certísima y clarísima de que en ese corazón no ha germinado ni siquiera mínimamente la Palabra de Dios, o que si lo ha hecho, ha quedado ofuscada por la abundancia de cizaña, del veneno pestífero del Demonio.
         Por el contrario, si en una persona abundan la caridad, la compasión, la misericordia, la transparencia en el obrar y en el hablar; si no se encuentran en esa persona ni la más mínima sombra de mentira ni de malicia; si en esa persona hay bondad, sacrificio, alegría, justicia, serenidad, paz, comprensión con las debilidades y faltas de su prójimo; si en esa persona no hay acepción de personas y busca, en la adversidad, el amor a su enemigo, es señal clarísima de que ha germinado en ella y ha arraigado la Palabra de Dios, y está dando maravillosos y hermosos frutos de santidad.

         “Un sembrador sembró trigo (…) su enemigo sembró cizaña…”. Nuestro corazón no es una entidad neutra, indiferente e insensible, a las cosas del cielo, y tampoco a las del infierno. Es por eso que, si no dejamos crecer, germinar y arraigar a la Palabra de Dios, para que dé frutos de santidad, inevitablemente, el Enemigo de las almas sembrará su mala semilla, y esta terminará dando sus malos frutos, sin que lo advirtamos. Es por eso que debemos estar atentos, para que la Palabra de Dios, sembrada por el Buen Sembrador, que es Dios Padre, ya el día feliz de nuestro bautismo, dé buenos y hermosos frutos de santidad, y para ello le debemos encargar a la Virgen, la Celestial Jardinera, para que cuide y riegue, con el agua de la gracia, el jardín de nuestros corazones, para que extirpe de él toda hierba mala, toda cizaña, y para que crezca, fuerte y sano, el trigo bueno, la Palabra de Dios, su Hijo Jesús, para que este trigo, que es Jesús, crezca tanto y sea tan grande, que nos haga desaparecer, y ya no seamos nosotros los que vivamos, sino que sea Jesús, el Hijo de Dios, quien viva en nosotros.

jueves, 17 de julio de 2014

“Los discípulos de Jesús comen espigas en día sábado”


“Los discípulos de Jesús comen espigas en día sábado” (cfr. Mt 12, 1-8). Al pasar por un campo de trigo en un día sábado, los discípulos de Jesús, sintiendo hambre, arrancan las espigas y comen, con lo cual cometen, a los ojos de los fariseos, una falta legal, debido a que en día sábado estaba prohibido, según la casuística farisaica, realizar tareas manuales, y esto les vale un reproche por parte de los fariseos.
Sin embargo, Jesús, lejos de darles la razón, les responde trayendo a colación otra falta legal, esta vez, la del rey David y sus compañeros, los cuales cometieron una falta, si se quiere, tal vez mayor: también sintiendo hambre, no arrancaron espigas del campo, sino que entraron “en la Casa de Dios” -como les remarca Jesús, para hacerles notar que la falta legal es mayor-, y comieron los panes de la ofrenda, algo que solo podían hacer los sacerdotes.
Lo que persigue Jesús, en su respuesta a los fariseos, es hacerles ver que, bajo el pretexto de la religiosidad, lo único que han hecho, es vaciar a la religión de su esencia, que es la caridad, que es el mandato divino, reemplazándola por una multiplicidad de mandatos humanos, inútiles, vacíos y carentes de todo sentido. Los fariseos han convertido a la religión en una cáscara vacía, carente de contenido, porque la han vaciado del Amor de Dios, y la han reemplazado por mandatos humanos, inútiles e inservibles, que olvidan por completo la caridad, la misericordia y la compasión, y todo bajo el pretexto y  la máscara de la religión.
Es esto lo que Jesús les quiere decir cuando les dice: “Si hubierais comprendido lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios”. “Sacrificio”, en este caso, es la norma legal, y los fariseos, por cumplir la norma legal, es decir, el mandato humano, el mandato inventado por ellos –el no arrancar espigas el día sábado- olvidan la misericordia, la compasión, el Amor –dar de comer al hambriento, el permitir comer a quien, por predicar el Evangelio, tiene hambre-. Por cumplir un mandato humano, los fariseos olvidan la misericordia, y es en esto en lo que consiste su error capital, porque de esa manera, falsifican por completo la verdadera religión, porque la religión verdadera, aquella establecida por el Dios Único y Verdadero, es la del Amor de caridad y de misericordia.
La ceguera espiritual de los fariseos –originada en su soberbia y orgullo- les impide distinguir entre lo que es principal, la misericordia –en estos casos, satisfaciendo el hambre, ya sea arrancando espigas, o comiendo los panes de la proposición-, y lo accesorio y hasta inútil, el precepto humano – el no incumplimiento de las leyes del sábado. Por cumplir el sacrificio, es decir, la norma legal, los fariseos olvidan la misericordia, y es ese su error más grande y principal, que los conduce a la ceguera espiritual. Por su ceguera, no son capaces de distinguir entre lo que es principal y lo que es secundario: lo principal es, y lo secundario el precepto de no realizar acciones el sábado. Lejos de aprobar el legalismo vacío de los fariseos, Jesús les recrimina por su falta de misericordia y de compasión y por la dureza de sus corazones y sirven a la vez de aviso para que el cristiano no cometa el mismo error de los fariseos, porque también el cristiano puede vaciar de contenido a su religión y convertirla en una cáscara vacía de toda caridad y compasión.
“Los discípulos de Jesús comen espigas en día sábado”; David y sus compañeros, los panes de la ofrenda; estos dos episodios prefiguran y anticipan lo que habría de suceder en la Iglesia, una vez cumplido el misterio pascual de Muerte y Resurrección de Jesús: en la Iglesia, los discípulos habrían de alimentarse no con trigo ni con panes bendecidos, sino con la Eucaristía, un Pan hecho con harina de trigo, pero que después de la consagración, contiene el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Hombre-Dios Jesucristo, y con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, todo su Amor, el Amor que envuelve con sus llamas a su Sagrado Corazón Eucarístico, Amor que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, para que todo aquel que coma de este Pan no padezca nunca más de hambre del Amor de Dios.