sábado, 6 de febrero de 2016

“Navega mar adentro y echa las redes”


(Domingo V - TO - Ciclo C – 2016)
         “Navega mar adentro y echa las redes” (Lc 5, 1-11). En este Evangelio llamado “de la primera pesca milagrosa”, hay en realidad dos pescas: una primera, hecha por Pedro y sus discípulos, sin Cristo, de noche, en la que no logran pescar nada; una segunda, milagrosa, de día, con Cristo, en la que pescan con abundancia. Jesús realiza por lo tanto un gran milagro, que es el de atraer los peces a la red. La escena evangélica, sucedida realmente, tiene además un significado espiritual y sobrenatural; para poder aprehenderlo, hay que considerar que cada elemento terreno, real, remite a una realidad sobrenatural. Así, por ejemplo: la barca de Pedro, a la que sube Cristo, es la Iglesia Católica, conducida por el Vicario de Cristo, el Papa, bajo las órdenes de su Cabeza, el Hombre-Dios Jesucristo; el mar, es el mundo y la historia humana; la noche significan las tinieblas del pecado, del error y de la ignorancia, además de las tinieblas vivientes, los demonios, que acechan a la Iglesia y la perturban en su tarea de salvar almas; el día –la hora de la mañana en la que se lleva a cabo la pesca milagrosa-, caracterizado por la iluminación con la luz del sol, significa la Iglesia iluminada por la luz de la resurrección de Cristo, el Sol de justicia que ilumina el mundo con su luz eterna desde el Domingo de Resurrección y significa por lo tanto el triunfo de Cristo, muerto en cruz y resucitado, sobre los enemigos mortales de la humanidad, las tinieblas que son el demonio, la muerte y el pecado; los peces en el mar, son los hombres a los que no se ha predicado el Evangelio; la red echada en el mar, con la cual se atrapan los peces, es el Evangelio de Jesucristo predicado por el Magisterio eclesiástico, con el cual la Iglesia salva las almas de los hombres; como toda pesca, y aunque no aparezca en este episodio, los pescadores separan a los peces buenos de aquellos que están muertos: los pescadores son los ángeles de Dios, que en el Día del Juicio Final, y bajo las órdenes del Sumo y Eterno Juez Jesucristo, separarán a los hombres buenos, aquellos en quienes la Palabra de Dios dio fruto en un treinta, sesenta y ciento por uno, de los peces malos, es decir, aquellos hombres muertos a la gracia y destinados a la condenación, por no haber creído en Jesucristo; la pesca infructuosa, realizada de noche, sin Jesucristo en la barca, significan los esfuerzos apostólicos de la Iglesia que no están precedidos por la oración y que por lo tanto no cuentan con el favor de Dios, pero también significa una Iglesia sin Cristo; la pesca milagrosa, realizada en una hora y en un lugar no aconsejados para la pesca, pero que a pesar de eso consigue abundancia de peces y realizada con Cristo en la Barca de Pedro, es la Iglesia que, junto al Vicario de Cristo sigue sus mandatos, y significa que los esfuerzos apostólicos, misioneros y evangelizadores de la Iglesia, aunque realizados en condiciones humanamente imposibles, obtienen sin embargo la conversión de numerosas almas, porque el que convierte los corazones con su gracia, es Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
         Hay dos pescas en el Evangelio, entonces: una infructuosa, de noche, sin la guía de Jesucristo, que no logra pescar nada, a pesar de hacerlo en la hora adecuada –la noche- y en el lugar adecuado; la pesca milagrosa, se realiza bajo las órdenes de Cristo, y obtiene numerosísimos peces, indicando así que no somos nosotros quienes atraemos a las almas, sino Jesús, aunque el hecho de que Jesús atraiga las almas por medio del trabajo de Pedro y los demás Apóstoles, indica que Él quiere atraer a las almas mediante nuestro trabajo apostólico en su Iglesia.
         El Evangelio de las dos pescas –la infructuosa, sin Cristo, y la milagrosa y abundante, con Cristo-, nos enseña que, tanto en la vida personal, como en la vida de la Iglesia, “nada podemos sin Cristo”, Presente en la Eucaristía: “Sin Mí, nada podéis hacer” (Jn 15, 5).
         Ahora bien, hay otro elemento para considerar, y es que cuando Pedro se da cuenta de que Cristo acaba de hacer un gran milagro y que por lo tanto es Dios Encarnado, se postra ante Jesús y le dice: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. Nosotros, reconociendo también en Jesucristo su condición de Hombre-Dios, también nos postramos ante Él, pero no le pedimos que se aparte de nosotros, sino que se quede con nosotros, porque somos pecadores y queremos ser convertidos por su gracia. Es por eso que le decimos: “Señor Jesús, no te apartes de mí, porque soy pecador. Quédate conmigo, quédate en mí, yo soy uno de los peces atrapados por la red de tu Palabra de Vida eterna. Quédate conmigo, entra en mi corazón por la Eucaristía y santifica mi alma con tu gracia, conviérteme en Ti, en una imagen viviente tuya. Jesús Eucaristía, no te apartes de mí, que soy un pecador. Quédate conmigo, y no te apartes nunca de mí”.


jueves, 4 de febrero de 2016

“Jesús envió a los Doce de dos en dos (…) fueron a predicar, exhortando a la conversión”


“Jesús envió a los Doce de dos en dos (…) fueron a predicar, exhortando a la conversión” (cfr. Mc 6, 7-13). Jesús envía a sus Apóstoles a misionar y, si bien les concede al mismo tiempo poder para expulsar demonios y curar enfermos, la tarea principal de los Apóstoles es la de “exhortar a la conversión”. Puesto que esa misión es la misión de la Iglesia Universal –sean sacerdotes o laicos- en todos los tiempos, tenemos que considerar que también nosotros somos enviados para llamar a la conversión a nuestros hermanos. Esto nos lleva a plantearnos las siguientes preguntas: ¿qué significa “conversión”? La conversión es un giro del corazón, que se encuentra volcado hacia las cosas terrenas y bajas, hacia lo alto, hacia Dios; por la conversión, el corazón se despega de lo mundano, para dirigir su mirada hacia el Sol de justicia, Jesucristo, de manera tal que, a partir de este encuentro con Cristo, lo que guíe su vida sean sus mandatos y no las seducciones del mundo. Ésta es la tarea de los Doce, y es también la tarea de toda la Iglesia de todos los tiempos y, por lo tanto, es también nuestra tarea: llamar a la conversión a nuestros hermanos.
La otra pregunta es: ¿cómo “exhortar a la conversión”? Lograremos la conversión de nuestros hermanos mediante la oración, en primer lugar; luego, por la acción. Sin oración previa, ninguna empresa apostólica puede seguir adelante; con la oración, la empresa apostólica se desenvuelve según los designios de Dios. Una manera concreta de actuar apostólicamente, en vistas a la conversión de nuestros hermanos, es por medio de obras de misericordia espirituales, como por ejemplo, las tres primeras: dar un consejo a quien lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que peca. Y una vez que hemos dado consejo, enseñado y corregido, nuestra tarea continúa enseñando a nuestros hermanos que todos los remedios espirituales que necesitan están en la Iglesia, y estos son, principalmente, el Bautismo, la Confesión Sacramental y la Eucaristía, esto es, la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo.
“Jesús envió a los Doce de dos en dos (…) fueron a predicar, exhortando a la conversión”. La misión de los Apóstoles es nuestra misión, que es eminentemente espiritual y sobrenatural: que le mundo tome conciencia de la necesidad de la conversión y de que fuera de la Iglesia Católica, la Iglesia del Hombre-Dios Jesucristo, no hay salvación.


sábado, 30 de enero de 2016

“Todos estaban admirados por sus palabras de gracia (…) Se enfurecieron y quisieron despeñarlo”



(Domingo IV - TO - Ciclo C – 2016)
         
     “Todos estaban admirados por sus palabras de gracia (…) Se enfurecieron y quisieron despeñarlo” (Lc 4, 21-30).
         Sorprende el cambio radical de sentimientos y de actitud por parte de aquellos a quienes predica Jesús. En un primer momento, todos están “admirados” por su sabiduría; en un segundo momento, “todos se enfurecen” y de tal manera, que quieren matar a Jesús, arrojándolo por el precipicio.
         ¿Cuál es la causa de este cambio radical en sus ánimos e intenciones?
         Para entender el porqué del cambio radical de ánimo –de la admiración por sus palabras al deseo de quitarle la vida- hay que reflexionar en los episodios de los profetas Elías y Eliseo que recuerda Jesús: en ambos casos, los profetas son enviados, no a los miembros del Pueblo Elegido -es decir, a los que creían en un Único Dios-, sino a los paganos, la viuda de Sarepta y el leproso llamado Naamán el sirio. Ambos paganos, a pesar de no pertenecer al Pueblo Elegido, se comportan con caridad –la viuda de Sarepta, porque auxilia al profeta- y con piedad –el leproso, porque cree en la palabra del enviado de Dios-, con lo cual, como dice Jesús, se vuelven merecedores de los favores de Dios.
         Lo que Jesús les quiere decir -si bien indirectamente- a quienes lo escuchan, miembros del Pueblo Elegido, al traer a la memoria ambos episodios, es precisamente este hecho, el de haber recibido, de parte de Dios, un amor de predilección al haberlos elegido para que formen parte del Pueblo de Dios, pero ellos han sido infieles a este Amor de Dios, al endurecer sus corazones, faltos de caridad y de piedad, que es lo que sí demostraron tener los paganos, la viuda de Sarepta y el leproso Naamán el sirio. Esta dureza de corazón es lo que hace que no sean gratos a los ojos de Dios y que por lo tanto, no reciban de Él sus favores, como sí lo recibieron los paganos.
En otras palabras, lo que Jesús les quiere decir es que no es la pertenencia formal al Pueblo Elegido, lo que les vale el favor de Dios, sino esa pertenencia, más la caridad y la piedad, como los paganos, la viuda y el leproso. Dios da sus favores a estos últimos porque demostraron con sus obras ser verdaderamente hombres de religión: la viuda de Sarepta que ayudó a Elías y el leproso curado, demostraron caridad y piedad, respectivamente, que forman parte de la  virtud de la religión y es en lo que constituye la esencia del acto religioso. Sin caridad y sin piedad, la religión y los actos religiosos –y la persona que se dice religiosa- se vuelven vacíos, duros, fríos, y no son agradables a Dios. Todavía más, reaccionar con enojo frente a la corrección de algo que estamos haciendo mal, como lo hacen los que escuchan a Jesús en el pasaje del Evangelio, es índice muy claro de ausencia del Espíritu Santo en un alma, y es señal también de un alto grado de soberbia. La humildad y la mansedumbre del corazón son, por el contrario, señales de un corazón similar al Corazón de Jesús, manso y humilde.

         No debemos pensar que Jesús habla solamente a quienes lo escuchaban en ese momento: también nos hace a nosotros el mismo reproche; no tenemos que pensar que, por pertenecer a la Iglesia Católica, por estar  bautizados y por asistir a Misa, somos gratos a Dios: esto, sí, es sumamente necesario, pero es igualmente necesario poseer la caridad –el amor sobrenatural a Dios y al prójimo- y la piedad. Sólo siguiendo el ejemplo de los paganos citados por Jesús, la viuda de Sarepta y el leproso Naamán, el sirio, sólo así, nos aseguraremos de ser gratos a Dios y de ser merecedores de su favor. 

viernes, 29 de enero de 2016

“El Reino de Dios es como un grano de mostaza”



“El Reino de Dios es como un grano de mostaza” (Mc 4, 26-34). Jesús compara al Reino de Dios con un grano de mostaza: así como el grano de mostaza, al inicio es pequeño y casi insignificante, para luego convertirse en un arbusto que asemeja un árbol, en el cual van a refugiarse las aves del cielo, así es el Reino de Dios: al inicio, el alma es pequeña e insignificante, pero por medio de la gracia santificante, infundida en el bautismo y a medida que se acrecienta la misma con actos de fe, de esperanza y caridad, el alma crece paulatinamente, y se agiganta cada vez más, convirtiéndose en una imagen viviente de Cristo y en poseedora del Reino de Dios. 
Entonces, en la imagen utilizada por Jesús, la semilla de mostaza es el alma, pequeña e insignificante al inicio, sin el Reino de Dios en sí misma; la gracia santificante es lo que convierte, a esta semilla pequeña, es decir, el alma, en una imagen viviente de Jesucristo y en poseedora, más que del Reino, del Rey de este Reino, Cristo Jesús, porque la gracia hace que el alma sea una imagen o copia viviente del Hombre-Dios, con lo cual, su estatura espiritual es gigantesca. Si la semilla de mostaza, al convertirse en arbusto, crece cientos de miles de veces, hasta convertirse en un arbusto que semeja un árbol, el alma, por la gracia santificante, crece hasta convertirse en algo inimaginablemente más grande que lo que era sin la gracia: una copia viviente de Jesucristo y así puede decirse que el Reino de Dios ha comenzado en esta alma.

Sin embargo, aún falta un elemento y son “las aves del cielo” que van “a cobijarse en las ramas del árbol”. ¿Qué representan las aves del cielo? Representan a las Tres Divinas Personas de la Trinidad, que hacen nido -inhabitan- en el corazón en gracia.  

miércoles, 27 de enero de 2016

“Los que reciben la semilla en tierra buena, son los que escuchan la Palabra, la aceptan y dan fruto"


“Los que reciben la semilla en tierra buena, son los que escuchan la Palabra, la aceptan y dan fruto al treinta, al sesenta y al ciento por uno” (Mc 4, 1-20). Con la parábola de un sembrador, cuya semilla cae en distintos tipos de terrenos y da frutos en diversos porcentajes, Jesús describe la interacción y la relación sobrenatural que se produce entre la Palabra de Dios, el hombre y sus situaciones existenciales y el ángel caído, Satanás. El sembrador es Dios Padre, que siembra su semilla, la Palabra de Dios -su Hijo, Jesucristo, la Palabra Eternamente pronunciada-, en el corazón del hombre, el cual, en algunas ocasiones es como el “borde del camino”, otra es un “terreno rocoso”, en otros casos es un terreno “espinoso”, y en otro caso, es “tierra fértil”, que da fruto “al treinta, sesenta y ciento por uno”. Lo más interesante de la parábola es la semilla que cae en terreno fértil, porque es la que da frutos, y esto nos lleva a preguntarnos qué es lo que hace que un corazón dé frutos, ante la escucha de la Palabra de Dios, y qué es lo que hace que no dé frutos. A diferencia de la tierra, que es un ser obviamente inerte, sin vida y sin libertad, el corazón del hombre es libre, lo cual quiere decir que, en cierta medida, que la Palabra fructifique o no, depende de su libertad: los obstáculos a la germinación de la Palabra –Satanás, la tribulación, la persecución, la seducción de las riquezas- son obstáculos en tanto y en cuanto es el hombre el que decide que sean obstáculos, puesto que la Palabra de Dios tiene, en sí misma, la fuerza propia de la divinidad, que le permite al hombre superar, mediante esa fuerza, cualquier clase de obstáculo –natural o preternatural, esto es, diabólico- que pretenda impedir el crecimiento de la Palabra de Dios en el corazón del hombre. Un factor, entonces, es la libertad del hombre, desde el momento en que es el hombre el que, libremente, decide inclinarse por la Palabra de Dios o por el mundo y sus seducciones y falsos atractivos. El otro factor a tener en cuenta, es la libertad de Dios y la acción de la gracia divina: cuando Dios siembra en un corazón su Palabra, lo hace por su Amor -sin obligación alguna de ningún tipo-, al tiempo que concede la gracia suficiente para que esta Palabra germine. Es decir, para que la Palabra de Dios rinda al “treinta, sesenta y o ciento por uno”, son necesarias, de nuestra parte, la libre elección de la Palabra de Dios y confianza en ella ante cualquier circunstancia adversa y que esta Palabra de Dios ocupe siempre el primer lugar, en el centro de nuestro corazón; del lado de Dios, aunque siempre encontraremos su disposición a sembrar en nosotros su Palabra, es necesaria también la acción previa de la gracia, que es la que prepara al corazón para recibir con fe y con amor la Palabra de Dios. Y aquí viene otro factor sobrenatural, necesario para que la Palabra dé frutos en el alma: como toda gracia proviene de la María Santísima, la Medianera de todas las gracias, entonces, para que germine la Palabra de Dios en nuestros corazones y dé fruto “al ciento por uno”, es necesario que nos dirijamos a Ella, suplicándole que convierta nuestros corazones, áridos, llenos de espinas y de rocas y acechados por los pájaros que comen la semilla, en tierra fértil que reciba la Palabra de Dios, para que la Palabra de  Dios, echando raíces, dé frutos de caridad, mansedumbre, humildad, santidad.

sábado, 23 de enero de 2016

“El Espíritu del Señor está sobre Mí"


(Domingo III - TO - Ciclo C – 2016)

         “El Espíritu del Señor está sobre Mí (…) hoy se ha cumplido esta profecía”.  (Lc 1, 1-4.4, 14-21). Estando en la Sinagoga, Jesús pasa a leer las Sagradas Escrituras y lee un pasaje del profeta Isaías, en el cual el Mesías describe su constitución y su misión: sobre el Mesías “está el Espíritu Santo” y el Señor lo ha enviado para “llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”.
Puesto que en Israel muchos creían que cuando llegara el Mesías, éste conduciría a Israel a liberarse de la opresión de los romanos, es decir, que sería un Mesías cuya misión sería principalmente terrena, Jesús revela que la misión del Mesías será eminentemente espiritual y dentro de esta misión, lo central es el anuncio de la Buena Noticia a los pobres; también dará la libertad a los oprimidos y a los cautivos, dará la vista a los ciegos y proclamará un año de gracia del Señor.
Todo lo que Jesús anuncia, pertenece al orden de lo espiritual y sobrenatural, porque los pobres, objeto de la misión central del Mesías, seguirán siendo pobres materialmente porque no se trata de los pobres materiales, al menos no exclusivamente, sino de los “pobres de espíritu”, tal como dirá luego Él mismo en el Sermón de las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de Dios” (Mt 5, 3). Es decir, el versículo leído por Jesús en la Sinagoga, perteneciente al libro del profeta Isaías, describe cuál es la misión central –podríamos decir exclusiva y excluyente- del Mesías: “anunciar la Buena Noticia a los pobres” y puesto que estos pobres no son los pobres materiales, sino los “pobres de espíritu” y en esa pobreza de espíritu están comprendidos tanto los pobres como los ricos materiales, eso quiere decir que el Mesías no ha venido para acabar con la pobreza material de los hombres, puesto que la pobreza, como dirá el mismo Jesús, siempre existirá: “A los pobres los tendréis siempre entre vosotros” (Mt 6, 11), sino que ha venido para cumplir una misión eminentemente espiritual: dar una “Buena Noticia” a la humanidad, la Buena Noticia de que el hombre no sólo será liberado de sus tres enemigos mortales –el pecado, la muerte y el demonio- porque Él los derrotará a los tres en su sacrificio en cruz, sino que además, le será concedida al hombre la filiación divina por la gracia del Bautismo.
Y contra aquellos que, dentro de Israel, esperaban que el mesías fuera un líder político que liberara a Israel de la opresión del Imperio Romano y también de sus enemigos materiales y terrenos, Jesús revela que la misión del Mesías es ante todo eminentemente espiritual, porque si bien ha venido a “liberar a los oprimidos y a los cautivos”, se trata de quienes están oprimidos y cautivos por el pecado, la muerte y el demonio, es decir, todos los hombres después de la caída de Adán y Eva.
Que la misión sea eminentemente espiritual, está confirmada por el hecho de que el Mesías proclamará “un año de gracia del Señor”, es decir, inaugurará un tiempo nuevo, el año de gracia, en el que Dios derramará su misericordia sobreabundantemente sobre los hombres, para liberarlos de todas las esclavitudes espirituales. De esta manera, Jesús revela que el Mesías cumplirá una misión eminentemente espiritual y que no se limitará al Pueblo de Israel, sino que será universal, porque se extenderá a toda la humanidad. Esto contrasta con las visiones terrenas y reductivas del Mesías, por parte de quienes esperaban en el Mesías, pero un Mesías meramente humano, terreno y político. Es importante esta distinción acerca de la misión del Mesías, porque la misma misión del Mesías, será luego continuada, en la tierra, en el tiempo y en la historia, por la Iglesia. Esto quiere decir que, si bien la Iglesia está obligada, por el mandamiento de la caridad, a atender a los pobres materiales, sin embargo su misión principal son los “pobres de espíritu”, aquellos que están sedientos de la Palabra de Dios, sean ricos o pobres materiales.
Pero hay otro aspecto en la revelación de Jesús, además de la misión del Mesías y es el hecho de que Jesús se atribuye ser Él el Mesías enviado por Dios: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Jesús dice que ese pasaje “se ha cumplido hoy”, es decir, en Él, porque es en Él en quien está el Espíritu de Dios. Ahora bien, el Espíritu de Dios puede estar en un hombre y así ese hombre es un hombre santo, porque está asistido por el Espíritu de Dios, pero no es esta la forma en la que el Espíritu está en Jesús: el Espíritu Santo está en Jesús en cuanto Hombre y en cuanto Dios: en cuanto Hombre, el Espíritu está en su Humanidad como unción, desde su Concepción, porque Jesús, en su Cuerpo y en su Alma, en su Humanidad, fue ungido con el Espíritu Santo en el momento de su Encarnación; en cuanto Dios, Él es, junto con el Padre, el Dador del Espíritu, porque siendo Él Dios Hijo, espira el Espíritu junto al Padre –y esto, tanto en cuanto Dios, como en cuanto Hombre-: será Jesús, junto al Padre, quien expirará al Espíritu Santo en Pentecostés, así como es Jesús, junto al Padre, quien expira al Espíritu Santo, que actúa a través del sacerdote ministerial en la Santa Misa, para convertir el pan y el vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, la Eucaristía.   

“El Espíritu del Señor está sobre Mí”. Jesús es el Dios Mesías, que se ha encarnado en el seno de María Santísima para donar al Espíritu Santo, el Espíritu que es “Fuego de Amor Divino”, el Fuego con el que quiere incendiar los corazones: “He venido a traer fuego sobre la tierra, y ¡cómo quisiera ya verlo ardiendo!”; es el Espíritu que nos ha comunicado a los cristianos en Pentecostés; es el Espíritu cuyo fuego debería estar ardiendo en nuestros corazones; es el Espíritu Santo que deberíamos reflejar con nuestras obras de misericordia y por el cual, quien ve a un cristiano, debería decir: “El Espíritu del Señor está sobre él”. 

viernes, 22 de enero de 2016

“Jesús llamó a los que Él quiso (…) para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar, con el poder de expulsar demonios”


“Jesús llamó a los que Él quiso (…) para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar, con el poder de expulsar demonios” (Mc 3,13-19). Jesús elige a los Doce apóstoles, constituyendo así a su Iglesia, la Iglesia Católica, como una realidad jerárquica. En el nombre –apóstoles- de este pequeño grupo de hombres que Jesús elige, se revela la misión que Él les encomienda: “apóstol” significa “enviado”; esto significa que son elegidos para ser enviados a cumplir una determinada misión. Es decir, Jesús instituye su Iglesia, que es eminentemente contemplativa –los llamó para que “estuvieran con Él”- pero al mismo tiempo es misionera, porque elige a su Apóstoles, para “enviarlos a predicar” el Evangelio de la Buena Noticia, la salvación traída a los hombres por Cristo Jesús. Esto nos hace ver que desde su máxima jerarquía, la Iglesia nace siendo misionera, porque los Doce Apóstoles, “columnas de la Iglesia” (cfr. Ef 2, 20) son “enviados” por Jesús para que evangelicen al mundo.
Ahora bien, en cuanto a nosotros, simples fieles bautizados –que, obviamente, no somos las “columnas de la Iglesia” como los Doce Apóstoles-, sí compartimos con ellos algunos de los aspectos de su nombre y misión: como los Apóstoles, a quienes llamó porque Él los eligió –“llamó a los que quiso”-, también a nosotros Jesús nos llama y nos incorpora a su Iglesia por medio del Bautismo sacramental porque Él así lo quiso, es decir, somos bautizados porque Jesús nos eligió: si Jesús no hubiera querido llamarnos, no formaríamos parte de su Iglesia, y si lo hacemos, es porque Jesús quiso llamarnos; y también, así como Jesús llama a los Apóstoles para que “estuvieran con Él”, así también nos llama a nosotros para que “estemos con Él”, unidos a Él por el Amor de su Sagrado Corazón y esto se da ante todo en la adoración eucarística; por último, así como los Apóstoles son “enviados para predicar”, así también nosotros somos enviados por Jesús al mundo para predicar la Buena Noticia de la salvación.
“Jesús llamó a los que Él quiso (…) para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”. Comentando este pasaje, un autor anónimo[1]  del siglo II dice que Jesús, reconociéndolos como “fieles a su palabra”, “les dio a conocer los misterios del Padre” y los “envió al mundo (…) para que todas las naciones creyeran en Él, que era (Dios) desde el principio”. De la misma manera, también nosotros somos llamados por Jesús desde la Eucaristía, para que nos comunique, en el silencio de la adoración y en lo más profundo del alma, los secretos del Padre, que sólo Él, por ser el Hijo Unigénito, conoce; nos llama desde la Eucaristía para que “estemos con Él”, para colmarnos de su gracia y de su Amor de Dios, un amor que es eterno, inagotable e incomprensible; nos llama desde la Eucaristía para que nosotros, saliendo de la adoración y habiendo sido colmados de dones y sobre todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, comuniquemos a nuestros hermanos, con obras de misericordia, antes que con palabras, el mismo amor misericordioso recibido de Jesús Eucaristía. Como a los Apóstoles, Jesús nos llama desde la Eucaristía, eligiéndonos con amor de predilección, para que transmitamos a nuestros prójimos la Alegre Noticia de la Presencia real y substancial, personal –y no imaginaria o “fantasmática”[2]- de ese Dios de la Eucaristía, al que adoramos y en el que confiamos; nos llama, como a los Apóstoles, para que demos testimonio en el mundo de la religión que nos lleva a despreciar lo mundano, porque “está cerca el Reino de los cielos”[3], que es eterno; nos llama para que anunciemos a nuestros hermanos que sólo Cristo Jesús debe ser amado y adorado en su Presencia sacramental eucarística, y no los falsos ídolos neo-paganos; nos llama para que anunciemos a nuestros prójimos que el Amor entre los cristianos es el Amor de Dios, un Amor que lleva a perdonar “setenta veces siete”[4] y “amar al enemigo”[5] y al prójimo como a nosotros mismos; nos llama desde la Eucaristía para que manifestemos al mundo que ya no somos simples creaturas, sino hijos adoptivos de Dios por la gracia y que viviendo en gracia esperamos serenos y alegres la muerte terrena, para comenzar a vivir en plenitud la alegría de la vida eterna en el Reino de los cielos, en la visión beatífica de Dios Uno y Trino; en definitiva, Jesús nos llama y nos envía, como los Apóstoles, para que anunciemos al mundo la Alegre Noticia de que Él no solo ha resucitado, dejando el sepulcro vacío, sino que está, vivo, glorioso, resucitado, en la Eucaristía.



[1] Carta a Diogneto (c. 200), XI; SC 33, 79ss.
[2] Cfr. Mc 6, 45-52.
[3] Cfr. Mc 4, 17.
[4] Cfr. Mt 18, 22.
[5] Cfr. Mt 5, 44.