miércoles, 24 de febrero de 2016

“¿Pueden beber del cáliz que Yo beberé?”


“¿Pueden beber del cáliz que Yo beberé?” (Mt 20,17-28). Jesús profetiza su Pasión y ante el pedido de la madre de los hijos de Zebedeo –Santiago y Juan- de que sus hijos “se sienten a su derecha e izquierda en el Reino de los cielos”, Jesús les hace una pregunta para que tomen conciencia de qué es lo que están pidiendo: “¿Pueden beber del cáliz que Yo beberé?”. Es decir, Jesús les está diciendo que si quieren puestos de honor en el cielo, deben participar de su Pasión en la tierra. La respuesta de Santiago y Juan es clara y contundente: “Podemos”, lo que demuestra que sí sabían lo que estaban pidiendo y que implicaba la participación en la Pasión y que por lo tanto desean compartir el mismo destino de Jesús: el Calvario en esta vida y el Reino de los cielos en la otra.
Lo que piden los hijos de Zebedeo –la gloria de los cielos pero pasando por la ignominia de la Pasión- es algo que todos los cristianos debemos pedir y es algo que la Iglesia pide para nosotros, que participemos en cuerpo y alma a la Pasión del Señor, para luego participar de su gloria. En las Laudes del Miércoles de la segunda semana de Cuaresma, la Iglesia dice así: “Concédenos llevar en nuestros cuerpos la pasión de tu Hijo”[1]. Y luego la Iglesia agrega algo en la petición, que nos confirma que lo que pedimos –participar en la Pasión- es posible, pero no por nuestras propias fuerzas, sino porque hemos recibido la fortaleza misma del Hombre-Dios, su Cuerpo en la Eucaristía: “(…) Tú que nos has vivificado en su Cuerpo”. Es decir, la razón por la cual podemos unirnos a su Pasión en cuerpo y alma, es porque hemos sido vivificados en su Cuerpo Místico, al haber recibido el Espíritu Santo; además, hemos sido vivificados con su Cuerpo, al recibir la Eucaristía, el Pan de Vida eterna.
“¿Pueden beber del cáliz que Yo beberé?”. También a nosotros nos dirige Jesús la misma pregunta y nosotros, también a nosotros nos pregunta Jesús si podemos acompañarlo en el Via Crucis, si podemos beber del cáliz amargo de la Pasión, si podemos participar de su Pasión en cuerpo y alma, si podemos recibir su corona de espinas; y nosotros, al igual que los hijos de Zebedeo, que deseamos la corona de luz y de gloria del Reino de los cielos, pero que sabemos que para recibir esta corona debemos recibir en esta vida la misma corona de espinas de Jesús, nos postramos ante Jesús Eucaristía y le decimos: “Podemos”.



[1] Cfr. Liturgia de las Horas.

martes, 23 de febrero de 2016

“Quien se humilla será ensalzado; quien se exalte, será humillado”



“Quien se humilla será ensalzado; quien se exalte, será humillado” (Mt 23, 1-12). Al advertirnos a los cristianos acerca del obrar de los fariseos, Jesús pone el acento en una característica llamativa de los mismos: el deseo de querer ser vistos y alabados por los hombres: “Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar ‘mi maestro’ por la gente”. Y si Jesús nos advierte, es para que, como cristianos, obremos de modo diametralmente contrario, es decir, que pasemos desapercibidos, así como un sirviente pasa desapercibido: “Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros”. El cristiano tiene que ser “servidor” de los demás y, en este servicio, pasar desapercibido, que es una actitud radicalmente opuesta a la de los fariseos. Luego Jesús explica la razón por la cual el cristiano no debe obrar para ser alabado por los demás, como hacen los fariseos: “Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. El ser un servidor de los demás, que pase desapercibido, implica la virtud de la humildad, que es lo opuesto al pecado de soberbia. Ahora bien, lo que hay que considerar es que no se trata de un mero virtuosismo; es decir, el cristiano no obra como servidor para simplemente cultivar una virtud, aun cuando esta sea sumamente loable, como lo es la humildad. La razón última del mandato de Jesús a los cristianos, el de obrar con humildad, sin ser vistos y sin buscar, de ninguna manera, la alabanza de los hombres, es que la humildad es la manifestación, por medio del obrar humano, de la perfección absoluta del Ser divino trinitario y, como tal, es tal vez la perfección que más sobresale en el Hombre-Dios Jesucristo, así como en su Madre, la Virgen, Madre de Dios. En otras palabras, la humildad sería como la traducción, en el lenguaje humano del obrar, de la perfección infinita del Ser divino de Dios Trino. También sucede lo mismo con otras virtudes: castidad, caridad, justicia, magnanimidad, etc., pero lo que más caracteriza al obrar del Hombre-Dios –ya con el solo hecho de la Encarnación, evento pascual en el que, sin dejar de ser Dios, asume una naturaleza, la humana, infinitamente inferior a la divina-, es la humildad. Esto quiere decir que el cristiano que busca ser “servidor de todos”, sin llamar la atención y sin buscar el aplauso y el honor de los hombres y del mundo, participa, de alguna manera, de la humildad del Hombre-Dios, que lo lleva a encarnarse y a padecer la muerte de cruz por la salvación de los hombres, lo cual le vale el ser luego glorificado –ensalzado- por Dios Padre, por la gloria de la Resurrección. Por el contrario, el que se auto-ensalza y ensoberbece, buscando el honor de los hombres y la vanagloria del mundo, participa de la soberbia del ángel caído, Satanás, soberbia que es castigada por Dios con la humillación de ser arrojado de su Presencia en los cielos y ser precipitado a los abismos del infierno.

“Quien se humilla será ensalzado; quien se exalte, será humillado”. Jesús no nos llama, como  cristianos,  a ser meramente virtuosos, aunque esto sea, en sí mismo, algo excelente: nos llama a algo infinitamente más grande, y es a participar de su propia humildad, la humildad del Via Crucis, del Calvario y de la Pasión, para luego ser exaltados en su gloria, la gloria del Cordero “como degollado” (Ap 5, 6).

viernes, 19 de febrero de 2016

“Jesús se transfiguró…”


(Domingo II - TC - Ciclo C – 2016)

         “Jesús se transfiguró…” (Lc 9, 28b-36). Jesús se transfigura en el Monte Tabor: su rostro y sus ropas resplandecen con una luz más potente y brillante que cientos de miles de soles juntos: es la Luz Eterna de su Ser trinitario la que, por un instante, se abre paso a través de su Humanidad Santísima. Ahora bien, para aprehender el contenido sobrenatural y la enseñanza del episodio evangélico de la Transfiguración –y el por qué la Iglesia inserta este Evangelio antes de Semana Santa-, hay que tener en cuenta, por un lado, a los dos santos del Antiguo Testamento que aparecen al lado de Jesús en el momento de la Transfiguración, Moisés y Elías y el contenido de su conversación: el tema sobre el que ambos dialogan es acerca de la partida de Jesús de este mundo, es decir, hablan de su Pasión y Muerte en Cruz; el otro elemento que hay que tener en cuenta es que la Transfiguración, en sí misma, anticipa la Resurrección de Jesús luego de su muerte en el Calvario, porque la luz que Jesús emite en la Transfiguración y el estado de su cuerpo, luminoso y glorioso, es la misma luz que emitirá cuando resucite, el Domingo de Resurrección, en el sepulcro. En este Evangelio, entonces, están condensados los aspectos fundamentales de la fe en Jesucristo: “no es un hombre santo, no es un hombre sabio, no es un reformador ni mucho menos un revolucionario social”[1]: Jesucristo es el Hombre-Dios, que habrá de cumplir su misterio pascual, pasando por la muerte cruenta de la cruz para luego resucitar glorioso al tercer día.
Teniendo esto en mente, surgen algunas preguntas: ¿por qué Jesús se transfigura? ¿Por qué lo hace antes de la Pasión? ¿Qué relación hay entre la Transfiguración de Jesús y nuestra vida personal? Para responder a estas preguntas, hay que considerar ante todo que la Transfiguración no es un milagro, porque es el “estado natural” de Jesús: así debería aparecer Jesús, desde el  momento mismo de la Encarnación, puesto que Él es Dios y en cuanto Dios, es Luz y Luz eterna, porque la naturaleza del Ser divino trinitario es una naturaleza luminosa. La pregunta entonces no es “por qué Jesús se transfigura”, sino, por el contrario, “por qué NO se transfigura” y porqué sólo lo hace en el Monte Tabor –y también en la Epifanía-, como anticipo de la Resurrección. La respuesta la da un teólogo[2], quien sostiene que Jesús no se transfigura durante toda su vida –como decíamos, sólo lo hace en la Epifanía y en el Tabor, antes de la Resurrección- porque la Transfiguración implica el estado glorioso de la Humanidad de Jesús, lo cual quiere decir que Jesús no hubiera podido sufrir la Pasión, si hubiera permanecido glorioso y luminoso desde la Encarnación. Entonces, por un milagro de su omnipotencia divina, Jesús impide, durante la mayor parte de su vida terrestre, que la luz de su gloria se transparente, por así decirlo, a través de su Humanidad, para poder sufrir la Pasión. Es decir, que Jesús NO se transfigure, en la mayor parte de su vida terrena, es un milagro mayor aún que la misma Transfiguración en el Monte Tabor.
Otra pregunta a contestar es el porqué de la Transfiguración de Jesús antes de su Pasión, hecho que es confirmado por la conversación de los dos santos del Antiguo Testamento, Moisés y Elías, y la respuesta la da Santo Tomás de Aquino, quien dice que Jesús se transfigura antes de la Pasión, porque así les recordaba a sus discípulos que Él era Dios Encarnado, para que cuando lo vieran todo desfigurado por los golpes, cubierto de hematomas, de escupitajos, de heridas abiertas y su Rostro y su Cuerpo cubiertos de Sangre, puesto que no lo iban a poder reconocer -a causa del estado en el que iba a quedar su Humanidad Santísima como consecuencia de los golpes recibidos por nuestros pecados-, se recordaran de la gloria del Tabor y así no se desanimaran en el Camino de la Cruz, en el Via Crucis. Jesús se cubre de gloria y de luz en el Tabor, porque habría de cubrirse luego de su propia Sangre en el Calvario, quedando irreconocible a causa de los golpes, las heridas, la tierra, el barro, el sudor y la Sangre.
La última pregunta a contestar es qué relación tiene la Transfiguración de Jesús con nuestra vida personal, y la respuesta la tenemos en Dios Padre, que se manifiesta en el Tabor haciendo sentir su voz y diciendo: “Éste es mi Hijo muy amado, escúchenlo”. Así, Dios Padre lo que hace es ratificar la fe de la Iglesia en Jesús como Hombre-Dios, como Hijo de Dios Encarnado, lo cual tiene sus consecuencias, porque quiere decir que, por el hecho de ser Dios, debemos obedecer sus mandatos y hacer lo que nos diga y lo que nos dice Jesús es que “tomemos nuestra cruz de cada día y que lo sigamos” por el Camino del Calvario, el Via Crucis.
“Jesús se transfiguró…”. Todos los cristianos estamos llamados a la gloria de la Resurrección pero, como dice Dios Padre, debemos escuchar a Jesús y Jesús nos dice que debemos “cargar nuestra cruz de cada día y seguirlo” (Lc 9, 23; Mt 16, 24), lo cual quiere decir que debemos subir al Monte Calvario, junto con Jesús, para morir al hombre viejo y para nacer al hombre nuevo, a la vida de la gracia. La enseñanza del Evangelio de la Transfiguración, entonces, además de que Jesús es Dios Encarnado y de que llega a la gloria del Reino de los cielos por medio del sacrificio de la cruz, es que también nosotros estamos llamados a ser transfigurados por la gloria de Dios, pero también debemos saber que no vamos a llegar a esta gloria si antes no pasamos por la muerte en cruz; es por eso que la Iglesia pide que los bautizados participen de la cruz de Jesús con sus sufrimientos: “Haz que tus fieles aprendan a participar en tu pasión con sus propios sufrimientos”[3], para que así participen luego con Él de la gloria del Reino de los cielos. Y aquí está la respuesta de por qué la Iglesia coloca este Evangelio de la Transfiguración antes de Semana Santa: para que nosotros, los cristianos, participando de la Pasión de Jesús por el misterio de la liturgia, seamos capaces de participar luego de su gloria. Por último, no hay mejor forma de participar de la cruz de Jesús que uniéndonos espiritualmente con nuestras vidas, con lo que somos y tenemos, al Santo Sacrificio de la Cruz, renovado incruenta y sacramentalmente en el Altar Eucarístico, en la Santa Misa.





[1] Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes en el Estadio Nacional de Chile, 2 de abril de 1987.
[2] Cfr. Matthias Scheeben, Los misterios del cristianismo, Editorial Herder, Barcelona 1956.
[3] Cfr. Liturgia de las Horas, Viernes de la I Semana de Cuaresma.

“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”



“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 20-26). Jesús nos advierte –a todos los cristianos- que, a partir de Él, rige una Nueva Ley, la ley de la Caridad, esto es, el amor sobrenatural –que es el Amor de Dios y no el amor meramente humano- que el hombre debe a Dios y a su prójimo. Hasta antes de Jesús, regía el mandato de la Antigua Ley, que mandaba amar al prójimo y a Dios, pero el amor con que se cumplía esta ley era un amor meramente humano, lo cual quiere decir limitado, escaso, de corto alcance. Tanto el amor a Dios como al prójimo, estaba estrechamente comprendido en los límites del amor humano; tanto es así, que se consideraba “prójimo” sólo a quien compartía la raza y la religión hebreas. Para ser “justos”, bastaba únicamente con “no matar”; a partir de Jesús, ya no basta con simplemente “no matar” al prójimo para ser agradables a Dios: ahora, un leve enojo –la irritación- merece la “condena del tribunal”; el insulto, “el castigo del Sanedrín”, y quien muere maldiciendo a su hermano, merece “la Gehena del fuego”, es decir, el infierno. El cristiano, para poder entrar en el Reino de los cielos, debe ejercer “una justicia superior a la de los fariseos”, porque el nuevo paradigma de amor a Dios y a los hombres es Jesús crucificado, quien da la vida no sólo por sus amigos, sino por sus enemigos, es decir, nosotros, que éramos enemigos de Dios a causa de nuestros pecados y, sin embargo, Jesús no sólo no nos condenó por quitarle nosotros su vida en la cruz, sino que nos perdonó y el signo de ese perdón divino es su Sangre derramada en el Calvario. La “justicia superior a la de los escribas y fariseos” es la caridad, el amor sobrenatural perfecto a Dios y a los hombres, y de entre los hombres, a los enemigos, porque Jesús murió por nosotros, que éramos sus enemigos. Así dice el Beato Elredo: “La perfección de la caridad consiste en el amor a los enemigos. A ello nada nos anima tanto como la consideración de aquella admirable paciencia con que el más bello de los hombres ofreció su rostro, lleno de hermosura, a los salivazos de los malvados; sus ojos, cuya mirada gobierna el universo, al velo con que se los taparon los inicuos; su espalda a los azotes; su cabeza, venerada por los principados y potestades, a la crueldad de las espinas; toda su persona a los oprobios e injurias; aquella admirable paciencia, finalmente, con que soportó la cruz, los clavos, la lanzada, la hiel y el vinagre, todo ello con dulzura, con mansedumbre, con serenidad. En resumen, como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca”[1]. Jesús es el ejemplo perfectísimo de amor a Dios y a los hombres, es decir, de una justicia “superior a la de fariseos y escribas”. Pero no es sólo ejemplo de caridad, sino ante todo, es Fuente de caridad, porque de su Sagrado Corazón, inhabitado por el Espíritu Santo, fluye este Divino Espíritu de Amor con su Sangre, cuando su Corazón es traspasado por la lanza del soldado romano y ésa es la razón por la que, todo aquel sobre el que cae la Sangre del Cordero, ve su corazón encendido en el Fuego del Divino Amor. Y un corazón así encendido en el Fuego del Divino Amor, se vuelve una copia viviente del Sagrado Corazón y se vuelve, por lo tanto, capaza de amar a los enemigos de la misma manera y con el mismo Amor con el que lo amó y perdonó Jesús desde la cruz, el Amor de Dios, el Espíritu Santo.



[1] Cfr. Espejo de caridad, Libro 3, cap. 5: PL 195, 582.

jueves, 18 de febrero de 2016

“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá"


“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá” (Mc 7, 7-12). Jesús nos anima a pedir a Dios, confiando en su bondad divina: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá”. Más adelante, insiste todavía en la bondad de Dios, animándonos aún más a pedir: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!”.
Ahora bien, es un hecho que “no sabemos pedir como conviene” (cfr. Rom 8, 26). Y no sabemos pedir porque cuando lo hacemos pedimos cosas del mundo –pedimos salud, trabajo, dinero, pasarla bien, que desaparezcan las tribulaciones-, lo cual significa pedir en contra de Dios y de nuestra salvación: “Piden y no reciben, porque piden con malos propósitos, para gastarlo en vuestros placeres” (Sant 4, 3). Si deseamos cosas del mundo, estamos pidiendo con “malos propósitos” y nos convertimos, según Santiago, en “almas adúlteras”, porque nos convertimos en amigos del mundo y en enemigos de Dios, ya que el que se hace amigo del mundo inmediatamente se vuelve enemigo de Dios: “¡Oh almas adúlteras! ¿No saben que la amistad del mundo es enemistad hacia Dios? Por tanto, el que quiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Sant 4, 4). Según lo que hemos visto hasta aquí, lo que tenemos es, por un lado, la promesa de Jesús de que lo que pidamos nos será dado, porque “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8) y bondad infinita y porque así nos lo prometió Jesús; por otro lado, tenemos nuestra ignorancia acerca de lo que debemos pedir para nuestra salvación.
¿Qué debemos entonces pedir? Debemos pedir tesoros, pero no terrenos, sino celestiales; debemos pedir la gracia de la conversión y de la salvación eterna, para nosotros, para nuestros seres queridos, para todo el mundo; debemos pedir participar de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo “en cuerpo y alma”[1]; debemos pedir amar a Jesús Dios por lo que Es, Dios de infinita bondad y misericordia, y no por lo que da; debemos pedir la gracia de morir, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado; debemos pedir que la Divina Misericordia descienda sobre los moribundos de este día, para que ninguno se condene y todos se salven; debemos pedir la gracia de amar a Jesús como lo ama la Virgen, con su mismo amor y con su mismo Inmaculado Corazón.
Son estos tesoros celestiales los que debemos pedir,  pero hay algo más, y es lo que Dios quiere para nosotros; qué cosa sea esto, nos lo dice el Apóstol Santiago: “¿O piensan que la Escritura dice en vano: Él celosamente anhela el Espíritu que ha hecho morar en nosotros?” (Sant 4, 2-3). El Apóstol Santiago nos dice que Dios “anhela para nosotros el Espíritu (Santo)”: aquí está entonces lo que debemos pedir, según la Voluntad de Dios y no según la nuestra: debemos pedir el Espíritu Santo. También nos lo dice Jesús, en el Evangelio paralelo a este pasaje: “Mi Padre dará el Espíritu Santo al que se lo pida” (Lc 11, 13).
“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá”. A través de la oración –que es la que consigue los bienes que nos permiten responder a los deseos de Dios-, debemos –parafraseando a Jesús- “llamar” a las puertas del sagrario, debemos “buscar” en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, debemos “pedir” a Jesús Eucaristía el Espíritu Santo, que viene a nosotros en la Sangre del Corazón traspasado de Jesús y vertida en el cáliz eucarístico.



[1] Cfr. Liturgia de las Horas, I Semana del Tiempo de Adviento.

miércoles, 17 de febrero de 2016

“El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán"


“Los hombres de Nínive se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás” (Lc 11, 29-32). Jesús advierte a la humanidad toda –no solo a los fariseos- que es necesaria la conversión del corazón para poder entrar en el Reino de los cielos al fin de los tiempos, en el Día del Juicio Final: “El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás”. Jesús toma como ejemplo de conversión a los ninivitas, quienes se convirtieron luego de que Jonás predicara y les advirtiera, en nombre de Dios, que un gran castigo caería sobre ellos si no se convertían, si no se arrepentían de la malicia de sus corazones (cfr. Jon 3, 1-4). Los ninivitas, ante esta advertencia, hicieron todos penitencia, desde el rey hasta el más pequeño de los súbditos, llegando incluso a hacer penitencia hasta los mismos animales. Al escuchar la voz de Dios en la persona de Jonás, que los amonestaba y les pedía que cesaran en sus pecados para que así salven sus almas, los ninivitas tuvieron temor de Dios –lo cual no es miedo, sino un respeto reverencial que nace del amor a Dios: se lo ama tanto, que se teme pecar, porque así se ofende a quien se ama- y por este temor, decidieron hacer una dura penitencia como signo externo de la conversión interior del corazón. Es por esto que Jesús los pone como ejemplo de conversión, al tiempo que señala que si los ninivitas se convirtieron por la predicación de Jonás, la “generación malvada” –esto es, la humanidad toda- debe convertirse aún con mayor razón, porque el que está llamando al arrepentimiento de las malas obras, a la penitencia y a un cambio del corazón hacia Dios, no es ya un profeta, como en tiempos de Jonás, sino Dios mismo en Persona. En otras palabras, quien llama a la conversión y a erradicar todo rastro de malicia en el corazón del hombre, no es ya otro hombre en nombre de Dios, sino el mismo Dios en Persona, la Persona del Hijo de Dios, Dios Hijo encarnado, el Hombre-Dios Jesucristo. Es esto lo que Jesús quiere decir cuando dice: “Los hombres de Nínive se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás”. Y la conversión del corazón tiene como objetivo no un mero cambio temporal, sino la adquisición de la bienaventuranza en la vida eterna, ya que esto es lo que Jesús advierte de manera indirecta: “El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás”. En el Día del Juicio Final, no subsistirán delante de Dios quien tenga malicia en el corazón, porque Dios es Bondad y Amor infinitos y perfectísimos, sin sombra alguna, no ya de malicia, sino ni siquiera de imperfección alguna. El llamado a la conversión por parte de Jesús implica el llamado a la santidad, que es al mismo tiempo un llamado a la perfección cristiana: “Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto”. Y esta perfección en la santidad es una perfección en el Divino Amor, que excluye la más mínima sombra de malicia en el corazón del hombre. Quien no acepte el llamado a la conversión que predica la Misericordia Divina encarnada, Cristo Jesús, deberá afrontar, en el Día del Juicio Final, a la Justicia Divina. Y de Dios “nadie se burla” (Gál 6, 7).

martes, 16 de febrero de 2016

“Cuando ustedes oren, no hagan como los paganos (…) Oren así: ‘Padrenuestro que estás en los cielos…’”


         “Cuando ustedes oren, no hagan como los paganos (…) Oren así: ‘Padrenuestro que estás en los cielos…’” (Mc 6, 7-15). Jesús enseña a sus discípulos a orar y da dos indicaciones acerca de cómo debe orar un cristiano: por un lado, debe ser una oración que se diferencie de la “oración de los paganos”, quienes “creen que oran porque hablan mucho”, con lo cual Jesús quiere dar a entender la vacuidad en el orar a deidades demoníacas, como es propio del paganismo, y una oración así no es escuchada por Dios: “Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados”. Entonces, por exclusión y en el polo opuesto a las oraciones realizadas por los paganos –la oración mecánica, fría, sin amor por el Dios verdadero-, se encuentra la oración del cristiano, la cual, para ser auténtica –y para que sea escuchada por Dios-, debe nacer del corazón, lo que quiere decir que debe ser una oración hecha con amor y la razón de esto es que “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8) y, por lo tanto, sólo escucha las oraciones hechas con amor.
La otra indicación para orar es que los cristianos, desde ahora en adelante, pueden llamar a Dios “Padre”: “Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo”. Ahora bien, también los judíos llamaban a Dios “Padre”, pero la diferencia con la paternidad de Dios a partir de Jesucristo, es que ahora Dios es “verdaderamente” –ontológicamente, podríamos decir- Padre, porque la gracia santificante comunicada por Jesucristo hace al alma participar de la filiación divina del Hijo de Dios, de manera tal que el bautizado es hecho “verdaderamente” –ontológicamente- hijo de Dios por el bautismo debido a que precisamente recibe la participación en la filiación divina con la cual el mismo Jesucristo es Hijo de Dios desde la eternidad. En otras palabras, el llamar “Padre” a Dios no es, para el bautizado en la Iglesia Católica, una cuestión de sentimentalismo: a partir del momento en el que recibe el bautismo, el católico se convierte en verdadero hijo de Dios al recibir la participación en la filiación divina del Hijo Unigénito de Dios, Jesucristo. Los otros hombres –los no bautizados- sólo son “hijos de Dios” de modo genérico, en el sentido de que son creación de Dios, pero no son hijos de Dios en el mismo sentido y en el mismo grado que los católicos, que recibieron el bautismo sacramental.
         “Cuando ustedes oren…”. Dos indicaciones, entonces, de Jesús, para la oración verdaderamente cristiana: debe ser hecha con amor y no debe ser una mera repetición mecánica; debe ser dirigida a Dios con un sentimiento realmente filial porque, por Jesucristo, hemos sido adoptados como hijos verdaderamente suyos y por lo tanto es verdaderamente nuestro “Padre”.
Entonces, surge la pregunta: si así debe ser la oración de los cristianos -surgida desde lo más profundo del corazón y con sentimiento de hijos verdaderos-, ¿cuál es, de entre todas las oraciones, la oración más perfecta? La oración más perfecta, es decir, la que se realiza con amor infinito y eterno a Dios y con un sentido verdaderamente filial, es la Santa Misa, porque allí Jesucristo, el Hijo de Dios, ama al Padre con un amor infinito y eterno, el Amor que inhabita en su Sagrado Corazón y le da gracias por haber salvado a los hombres por medio del Santo Sacrificio de la Cruz, renovado en forma incruenta y sacramental sobre el altar, al entregar su Cuerpo en la Eucaristía y derramar su Sangre en el cáliz. Entonces, uniéndonos a Jesucristo en el Santo Sacrificio del Altar, damos a Dios la más perfecta oración cristiana, la oración de acción de gracias del Hijo de Dios, que nace de su Sagrado Corazón y se eleva al Padre por el Amor de Dios, el Espíritu Santo.