miércoles, 19 de octubre de 2016

“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”



“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada” (Lc 12, 39-48). Por medio de dos parábolas –un dueño de casa que sabe a qué hora viene el ladrón y los servidores bueno y malo que esperan y no esperan a su señor-, Jesús nos advierte acerca de la necesidad, por parte del cristiano, de estar preparados, atentos y vigilantes –es decir, en estado de gracia-, para su Llegada, ya sea a la vida personal de cada uno –esto sucede en el momento de la muerte personal-, ya sea para toda la humanidad, cuando venga en majestad y gloria en su Segunda Venida para juzgar al mundo.
En la primera parábola, trata de un “dueño de casa” que, de saber a qué hora vendría el ladrón, lo estaría esperando: el dueño de casa somos nosotros, y el que viene a la hora menos esperada, es Él, Jesucristo.
En la segunda parábola, se trata de dos siervos, o más bien, de un siervo, con dos estados espirituales distintos: uno atento y vigilante a la llegada de su amo, el otro, indiferente a la llegada de su amo, ebrio y violento. El primer servidor es el alma que muere en gracia; cuando es encontrado así por Jesús en la hora de la muerte, lo hace “administrador de todos los bienes”, es decir, pasa de siervo –condición de la vida presente terrena- a bienaventurado –la vida en la gloria eterna de quienes se salvan- en el Reino de los cielos. El siervo malo, por el contrario, es indolente acerca del regreso de su amo –no le interesa vivir en gracia y, por lo tanto, vive en estado de pecado mortal, de condenación- y es violento con su prójimo –además de pelear, se embriaga, símbolo de la profanación del cuerpo, “templo del Espíritu Santo”-; a su regreso, el amo le dará un “castigo severo”, es decir, en el Juicio Particular, el alma en esas condiciones, en estado de pecado mortal, será precipitada en el infierno.

“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”. Jesús nos advierte de “estar preparados”, es decir, evitar el pecado y vivir en gracia, para que, cuando Él venga, sea para el momento de nuestra muerte particular, en donde recibiremos el Juicio Particular, o sea para cuando Él regreso al final de los tiempos, en donde la humanidad entera comparecerá ante su Presencia para recibir el Juicio Final, estemos en condiciones de ingresar, por la gracia santificante y la misericordia de Dios, al Reino de los cielos.

viernes, 14 de octubre de 2016

“Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse”


(Domingo XXIX - TO - Ciclo C – 2016)

“Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse” (Lc 18, 1-8). Jesús narra la parábola de una mujer viuda que acude a un juez inicuo –“no temía a Dios ni le importaban los hombres”- para que le haga justicia frente a su adversario; finalmente, el juez termina por impartir justicia, pero no tanto porque tuviera deseos de hacerlo, sino para librarse de la mujer que “continuamente” le reclamaba justicia. Como el mismo Evangelio lo dice, la enseñanza de la parábola es la necesidad de ser perseverantes en la oración: “Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse”.
La perseverancia en la oración significa que el cristiano debe orar de modo continuo y aunque no vea de modo más o menos inmediato los resultados de lo que pidió en la oración, no debe sin embargo por eso desanimarse, pues Dios escucha las oraciones –principalmente, las que se dirigen a través del Inmaculado Corazón de María-, y no deja de atender los pedidos de sus elegidos. Si un juez injusto – como el de la parábola- es capaz de hacer justicia, aunque sea “después de mucho tiempo” y sólo por la insistencia de la viuda, ¿cómo no habrá de hacer justicia Dios -que es Juez Justo y Eterno- con sus hijos, que claman a Él “día y noche, aunque “los haga esperar?”. Aún más, Dios “compensará” esta espera, arreglando los asuntos de quienes perseveren en la oración “en un abrir y cerrar de ojos”: “Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia”. La perseverancia es figurada en la insistencia de la viuda de la parábola, y así es como podemos ver que Dios escucha y atiende nuestras oraciones, tanto más, cuanto que Dios, lejos de ser “injusto”, es infinitamente Justo, porque es infinitamente perfecto.
“Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse”. Jesús advierte contra el desánimo en la oración, puesto que es una tentación frecuente, debido a que los tiempos de Dios y los del hombre no son los mismos, pero el hecho de que Dios “demore” o no responda en el tiempo y en la forma que el hombre quiere, no significa que Dios no escuche la oración ni deje de atender lo que en ella se le pide –obviamente, lo que debe pedirse debe ser siempre algo bueno y útil para la eterna salvación-.  
Un ejemplo de oración perseverante y sin desánimo es la de la madre de San Agustín, que rezó por treinta años por la conversión de su hijo, cuya situación existencial es similar o más idéntica a la de muchos jóvenes del siglo XXI, desde el momento en que estaba atrapado por el hedonismo, las sectas y la ausencia del Dios verdadero, aunque sí es cierto que lo buscaba con todo su corazón. Santa Mónica es ejemplo de perseverancia en la oración porque no rezó un día ni dos, ni se conformó con rezar una novena, y mucho menos un año, sino que se pasó treinta años de su vida rezando. Y a pesar de que sus resultados no fueron inmediatos, sin embargo Dios no dejó de escuchar sus ruegos, súplicas y llantos y le concedió con creces lo que le pedía: Santa Mónica sólo pedía la conversión de su hijo, y Dios le concedió la gracia de que su hijo sea uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica. No sólo “arregló los asuntos” de Santa Mónica, sino que le dio mucho más de lo que ella pedía, y esto en mérito y recompensa a su perseverancia en la oración. De esta manera, Santa Mónica nos enseña que los problemas más graves, tanto de la sociedad en general, como de las personas en particular, encarnados en su hijo Agustín antes de la conversión –hedonismo, sectas, rechazo de Dios, de la Iglesia y sus sacramentos-, no se solucionan con meros instrumentos humanos, sino que dependen de Dios y su gracia: una persona convertida, no arruina y destruye su cuerpo con substancias prohibidas; una persona que se encuentra en el infierno del hedonismo y el ateísmo, no encuentra la salida sino es por la gracia santificante.
Llegados a este punto, nos podemos preguntar: ¿por qué es necesaria la perseverancia en la oración? La razón de la perseverancia en la oración es que esta demuestra confianza y amor en Dios y en el poder intercesor de María Virgen; esto quiere decir que cuanto mayor sea el tiempo que se pase en oración, esperando lo que se pide, mayor es la demostración de confianza y amor, porque mayor tiempo pasa esperando, confiando y amando. El hecho de que Dios demore en darnos lo que le pedimos, es una oportunidad para que nosotros crezcamos en la confianza y en el amor a Él, oportunidad que no se da si Dios nos concediera inmediatamente lo que le pedimos. En otras palabras, confiamos en que Dios nos escucha y confiamos en su Amor Misericordioso que nos dará lo que le pedimos –“De Dios obtenemos lo que de Dios esperamos”-, aunque para ello deba pasar tiempo.
Para darnos cuenta acerca de la importancia de la perseverancia en la oración, podemos tomar el siguiente ejemplo: imaginemos a un niño no nacido, unido por el cordón umbilical a la placenta de la madre: por medio de este recibe nutrientes esenciales para la vida y de tal manera, que si por algún motivo llegara a interrumpirse ese flujo vital, el niño no nacido moriría en el vientre materno. Además, la conexión entre el niño y la madre por el cordón umbilical debe ser continua, para que el nutriente que recibe de parte de la madre, pueda obrar su efecto en el crecimiento del organismo. Bien, en esta imagen, el niño no nacido es el alma del cristiano; el cordón umbilical es la oración; los nutrientes que llegan por él, es la gracia santificante; la madre en la que el embrión está, es la Santa Madre Iglesia, lo cual significa que no deben hacerse otras oraciones que no sean las católicas.  Y la perseverancia está en el hecho de que así como el niño necesita nueve meses de conexión continua con su madre por medio del cordón umbilical, así también el alma necesita la conexión continua –los nueve meses son la representación de la duración de la vida terrena del hombre-, así también el alma necesita, mientras viva en la tierra, en todo momento, recibir el nutriente celestial que le viene por la oración, so pena de morir espiritualmente.
“Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse”. Si los santos –como Santa Mónica- son ejemplos de perseverancia, lo son porque el ejemplo de perseverancia en la oración por antonomasia es el mismo Señor Jesucristo, Quien intercedió, intercede e intercederá ante el Padre, por la salvación de los hombres, todos los días, hasta el fin del mundo. Hasta el fin del mundo, Jesús estará suspendido en la cruz y hasta el fin de los días, estará Presente en la Eucaristía, intercediendo por nosotros. Pidamos la gracia de perseverar en la oración, en las buenas obras y en la gracia santificante hasta el fin de nuestra vida terrena, para así luego ser llevados al Reino de los cielos, para vivir eternamente en la gloria del Cordero.




“Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”



“Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía” (Lc 12, 1-7).  El hipócrita es aquel que, mientras dice una cosa, por dentro piensa lo exactamente opuesto. La característica del hipócrita es la mentira y es sobre esto acerca de lo que advierte Jesús. La “levadura” de los fariseos, es decir, aquello que, desde el interior, aumenta su soberbia, es la hipocresía, la falsedad, la doblez de corazón. La advertencia es tanto más sorprendente, cuanto que la hipocresía –que debe ser evitada por el cristiano- se da en aquellos que, al menos a los ojos de los hombres-, pasan por ser religiosos, los fariseos. Es llamativo y parece una contradicción o una paradoja, porque los fariseos, siendo religiosos, son mentirosos –hipócritas-, lo cual indica que “su padre” de ellos no es Dios, en quien no hay falsedad ni engaño alguno, sino el Demonio, el “Padre de la mentira” (Jn 8, 44). Si un religioso miente, niega a Dios, Verdad y Bondad infinita, como su Padre, al tiempo que lo reconoce al Demonio; de ahí la gravedad de la mentira, de la falsía y de la hipocresía, propia de los fariseos, porque es el sello distintivo del Demonio en un alma. Si es inconcebible la mentira en un cristiano cualquiera, mucho más lo es en un hombre religioso, sea laico o consagrado, porque es indicio de que su corazón es “cueva de ladrones” (cfr. Jn 2, 16), ladrones que roban la gloria de Dios, los ángeles caídos, y no sagrario de Jesús Eucaristía, en quien no cabe falsía ni engaño alguno.

“Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”. Un cristiano que tenga el hábito de mentir –aun cuando estas mentiras sean en materia no grave-, demuestra que no conoce a Jesucristo, Sabiduría y Verdad de Dios encarnada o, peor aún, que lo conoce, pero lo rechaza, prefiriendo al Demonio, “Padre de la mentira”. El cristiano que miente, es un fariseo.

martes, 11 de octubre de 2016

“Ustedes fariseos, purifican por fuera la copa y el plato, y por dentro están llenos de voracidad y perfidia”


“Ustedes fariseos, purifican por fuera la copa y el plato, y por dentro están llenos de voracidad y perfidia” (Lc 11, 37-41). Jesús reprocha a los fariseos, no el hecho de purificar la copa y el plato, sino el hecho de que no acompañan esta purificación exterior con la pureza interior del corazón y de la mente. Es decir, mientras aparentan exteriormente limpieza y pulcritud, que es lo que los hombres ven, sin embargo, en aquello que solo Dios ve, la mente y el corazón, son impuros. Los fariseos piensan que, como los hombres no leen ni los pensamientos ni el corazón, no tiene importancia guardar su pureza, sin tener en cuenta que están a la vista de Dios aún antes de ser formulados. Jesús, como Hombre-Dios, conoce lo que sucede en el interior de sus corazones y mentes y de ahí el reproche.
En cuanto al conocimiento que Dios tiene de nuestros pensamientos y de los sentimientos y afectos que hay en el corazón del hombre, dice así un autor, Balduino de Ford: “(Dios) conoce los pensamientos y sentimientos de nuestro corazón”; y con respecto a nuestro conocimiento de ellos, dice así: “mientras que nosotros, sólo podemos discernirlos en la medida en que el Señor nos lo concede”. Luego afirma que “el espíritu que está dentro del hombre no conoce todo lo que hay en el hombre, y en cuanto a sus pensamientos, voluntarios o no, no siempre juzga rectamente. Y, aunque los tiene ante los ojos de su mente, tiene la vista interior demasiado nublada para poder discernirlos con precisión. Sucede, en efecto, muchas veces, que nuestro propio criterio u otra persona o el tentador nos hacen ver como bueno lo que Dios no juzga como tal. Hay algunas cosas que tienen una falsa apariencia de virtud, o también de vicio, que engañan a los ojos del corazón y vienen a ser como una impostura que embota la agudeza de la mente, hasta hacerle ver lo malo como bueno y viceversa; ello forma parte de nuestra miseria e ignorancia, muy lamentable y muy temible”. Esto podría explicar el caso de los fariseos, que toman  “como bueno –es decir, la apariencia de virtud- lo que Dios juzga como malo” –aparentar buenos y virtuosos exteriormente, descuidando la virtud interior-; sin embargo, a los fariseos se les aplica algo más que una mera ignorancia o error acerca de lo que está bien o está mal, porque en ellos se suma la perversión voluntaria, que consiste en llamar, voluntariamente, “bueno” a lo malo y “malo” a lo bueno, y esto se ve cuando acusan a Jesús, que es Dios Hijo y por lo tanto emisor del Espíritu Paráclito junto al Padre. En esta perversión voluntaria vemos la razón de porqué Jesús les dice que el Demonio es “su padre” (de ellos): porque participan del pecado propio del Demonio, que es la perversión y obstinación voluntaria en el mal. Ahora bien, para que el cristiano no caiga en este error, es necesaria la luz del Espíritu Santo: “¿Quién será capaz de examinar si los espíritus vienen de Dios, si Dios no le da el discernimiento de espíritus (…)? Este discernimiento es la madre de todas las virtudes”[1], dice este autor medieval.
“Ustedes fariseos, purifican por fuera la copa y el plato, y por dentro están llenos de voracidad y perfidia”. La razón del reproche de Jesús es que los fariseos, a pesar de ser hombres religiosos, lo son en apariencia, solo por fuera, porque por dentro, no tienen al Espíritu Santo, el Amor Santo de Dios, que es lo que hace santo al corazón del hombre, purificándolo de todo pecado, de todo error, de toda iniquidad y de toda injusticia, llenándolo a su vez de toda gracia, de toda verdad, de todo esplendor y del Amor de Dios. Puesto que no estamos exentos de ser los destinatarios del reproche de Jesús a los fariseos, y para que seamos purificados desde lo más profundo del ser, pedimos que la Sangre del Cordero “como degollado”, traspasado en la cruz, caiga sobre nuestros corazones y, quitándoles todo pecado y toda impureza, los llene del Espíritu Santo.



[1] Balduino de Ford (¿-c. 1190), abad cisterciense, Tratado 6 sobre Hebreos 4,12; PL 204, 466-467 (trad. breviario, viernes IX semana).

jueves, 6 de octubre de 2016

“El Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan”


“El Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan” (Lc 11, 5-13). Con los ejemplos de un amigo que, al menos por la insistencia, dará a su amigo lo que le pide –panes para, a su vez, otro amigo-, y con la constatación de que los hombres, aun “siendo malos” -a causa del pecado original y la consecuente concupiscencia y tendencia al mal-, somos capaces sin embargo de dar cosas buenas -“¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión?”-, Jesús no nos quiere instar a que seamos simplemente solidarios, sino que nos quiere revelar cuál es la magnitud de la bondad de Dios.
Es hacia el final del párrafo en donde se encuentra lo más sorprendente de la revelación de Jesús, una revelación que verdaderamente provoca asombro, al comprobar la magnitud de la bondad de Dios: Dios es tan bueno, que da “el Espíritu Santo”[1], su Divino Amor, a quien “se lo pida”: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!”. La revelación de Jesús es algo que supera cuanto pueda el hombre imaginar: ¡que Dios nos dé a la Persona del Divino Amor, al Espíritu Santo, para nosotros, para que lo poseamos, como si fuera una posesión nuestra, personal! No alcanzarían eternidades de eternidades ni siquiera para llegar mínimamente a comprender -y mucho menos, apreciar-, lo que significan las palabras de Jesús y lo que significa el don del Espíritu Santo. Sólo por este don del Padre y del Hijo, los cristianos deberíamos caer postrados, en adoración y acción de gracias, a Dios Trino.
“El Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan”. Teniendo a nuestra disposición al Amor de Dios, pues sólo basta pedirlo al Padre en nombre de Jesús –“Todo lo que pidiereis al Padre, en mi Nombre, Él os lo concederá” (Jn 16, 23)-, nos preguntamos: ¿en qué pensamos, los cristianos, cuando pedimos cualquier cosa que no sea el Espíritu Santo?




[1] Ahora bien, cabe aclarar, con respecto al “Don de dones” -que es como se llama también al Espíritu Santo-, que por lo general, tenemos una idea muy limitada acerca de Quién es y es por esto que cuando nos referimos a al Espíritu Santo lo equiparamos con el amor sensible del hombre, lo cual no se corresponde con la realidad, porque el Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Trinidad -es decir, es “Dios, que es Amor” (1 Jn 4, 20)- y el Amor de Dios es eterno, celestial, infinito y, esencialmente, incomprensible por parte del hombre.

miércoles, 5 de octubre de 2016

El Padre Nuestro en la Misa


         “Padre Nuestro que estás en el cielo”: en el Padre Nuestro nos dirigimos a Dios Padre, que está en el cielo, pero en la Misa, el cielo viene a la tierra, o nosotros, que estamos en la tierra, somos llevados al cielo, porque el altar eucarístico se convierte en una porción del cielo, en donde está el Principio Increado de la Trinidad, Dios Padre.
         “Santificado sea tu Nombre”: en el Padre Nuestro pedimos que el Nombre de Dios sea santificado, es decir, alabado, ensalzado, glorificado; en la Santa Misa, quien alaba, ensalza, glorifica, santifica el Nombre de Dios es el mismo Dios Hijo en Persona, Cristo Jesús, que en la Eucaristía está Presente con su Ser divino, Tres veces Santo.
         “Venga a nosotros tu Reino”:          en el Padre Nuestro pedimos que venga el Reino de Dios; en la Santa Misa, más que venir el Reino de Dios, viene el Dios que es Rey de los cielos y tierra, Cristo Jesús, que entrega su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía.
         “Hágase tu Voluntad, así en la tierra, como en el cielo”: en el Padre Nuestro pedimos que se haga la voluntad de Dios, en los cielos y en la tierra; en la Santa Misa, Jesucristo cumple ofrece su Vida, su Cuerpo y su Sangre en la Cruz del Altar, para que se cumpla la voluntad santísima de Dios, que es que todos los hombres nos salvemos.
         “Danos hoy nuestro pan de cada día”: en el Padre Nuestro pedimos el “pan de cada día”, es decir, el pan material para alimentar el cuerpo; en la Santa Misa, Dios nos da algo infinitamente más valioso que el pan material para alimentar el cuerpo y es el Pan de Vida eterna, que nutre el alma con la substancia exquisita de la Vida y el Amor de Dios Trino.
         “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”: mientras en el Padre Nuestra pedimos perdón por las ofensas hechas a la majestad divina por medio de nuestros pecados, al tiempo que ofrecemos el propósito de perdonar a quienes nos ofendan, en la Santa Misa Dios Padre sella el perdón divino por medio de la Sangre de su Hijo derramada en la Cruz y recogida en el altar eucarístico, al tiempo que nos da la fortaleza y el Divino Amor, contenidos en la Eucaristía, para que seamos capaces de perdonar a quienes nos ofenden, con el mismo Amor con el que Él nos perdonó desde la Cruz.
         “No nos dejes caer en la tentación”: pedimos que no nos deje caer en la tentación; en la Santa Misa Dios Padre nos da lo que le concedemos y más, porque nos da el Cuerpo de su Hijo Jesús en la Eucaristía, que nos concede su misma fortaleza, la fortaleza del Hombre-Dios, para que resistamos a la tentación, pero también nos da su Sagrado Corazón Eucarístico, para que no solo no tengamos malos pensamientos, sino para que tengamos sus mismos pensamientos, santos y puros.

         “Y líbranos del mal”: en el Padre Nuestro pedimos a Dios que nos libre del mal; en la Santa Misa, esa petición no solo está concedida, desde el momento en que se trata de la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, sacrificio por el cual venció al mal personificado, el Demonio y al mal del espíritu humano, el pecado, sino que además nos concede la bondad de su Corazón, la misma Divina Bondad con la cual venció a la rebelión del Ángel caído y destruyó el pecado del hombre.

martes, 4 de octubre de 2016

“María se ha quedado con la mejor parte, y no le será quitada”


“María se ha quedado con la mejor parte, y no le será quitada” (Lc 10, 38-42). Jesús va a casa de sus amigos Lázaro, Marta y María. Siempre en relación a Jesús, las dos hermanas asumen comportamientos muy distintos: mientras María se queda “sentada a los pies de Jesús, escuchando su Palabra” y contemplándolo, Marta, por el contrario, se ocupa de atender a los comensales. Esto motiva la queja de Marta: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude”. Es decir, Marta considera que María debería dejar de hacer lo que hace –escuchar la Palabra de Dios y contemplar a Jesús-, para ayudarla. Lejos de secundarla en su petición, Jesús no solo aprueba el comportamiento de María, sino que afirma que “es la mejor parte”: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada”.
¿Cuál es el mensaje que nos deja este Evangelio? Para poder captar el mensaje de este Evangelio, podemos decir que las dos hermanas representan dos estilos de vida dentro de la Iglesia: los laicos, ocupados en las cosas del mundo, estarían representados por Marta; los consagrados, ocupados de las cosas del Señor, estarían representados en María. También podríamos decir que representan, dentro de los consagrados, a las dos vertientes posibles: los consagrados de vida apostólica, es decir, los que no pertenecen a la vida contemplativa y, por lo tanto, están “en el mundo”, aunque “sin ser del mundo” –representados por Marta- y los consagrados que pertenecen a la vida contemplativa, aislados del mundo para, precisamente, rezar más y estar más cerca del Dios de la Eucaristía, Jesucristo –estarían representados por María-. Por último, podemos decir que ambas hermanas representan a una misma alma, que ama a Jesús, pero en dos momentos distintos de su propia vida: cuando se ocupa de las cosas temporales y materiales, sería Marta; cuando medita la Palabra de Dios y hace adoración eucarística, sería María.
Ahora bien, no cabe duda de que ambas hermanas aman a Jesús, aunque demuestran su amor de modo distinto: Marta, ocupándose de cosas temporales orientadas a Jesús –se preocupa por preparar la comida y disponer la mesa para Jesús y los discípulos-, mientras que María demuestra su amor a Jesús escuchándolo y contemplándolo. De estas dos formas de demostrar el amor a Jesús, la mejor, porque se concentra más en la Persona de Jesús, en su mensaje evangélico y en la adoración eucarística, es la que elige María, según las propias palabras de Jesús: “María eligió la mejor parte, que no le será quitada”.

“Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada”. En nuestros días, caracterizados por la actividad mundana que se vuelve cada vez más frenética, y en los que la oración y la adoración eucarística son dejadas de lado por una inmensa mayoría de cristianos, es conveniente detenernos un instante, contemplar a María e imitarla, es decir, meditar la Palabra de Dios y hacer Adoración Eucarística.