martes, 21 de abril de 2020

“Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió (…) lo mismo hizo con los peces”


Multiplicación de los panes y los peces - Wikipedia, la ...


“Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió (…) lo mismo hizo con los peces” (Jn 6, 1-15). Jesús realiza uno de sus más prodigiosos milagros: multiplica cinco panes de cebada y dos peces, de manera tal que alcanzan y sobran para alimentar a una multitud calculada de más de diez mil personas y no sólo eso, sino que además de comer la multitud hasta saciarse, incluso sobraron doce canastas.
Este milagro, además de su significado propio en sí mismo -es un milagro realizado para satisfacer el hambre corporal de la multitud-, tiene un significado sobrenatural, porque está prefigurando y anticipando otro milagro, el milagro eucarístico, milagro por el cual no multiplicará ya panes y peces, sino Pan de Vida eterna y Carne del Cordero de Dios, esto es, la Sagrada Eucaristía. Esto es así porque Jesús no ha venido para combatir el hambre corporal, es decir, no ha venido para terminar con la pobreza en el mundo –“a los pobres los tendréis siempre entre vosotros”- y por lo tanto la misión de la Iglesia, si bien auxilia a los pobres materiales por medio de organismos como Caritas, tampoco es terminar con el hambre y la pobreza material y no es ésta su misión principal, de ninguna manera. Jesús podría hacer de manera tal que no hubiera hambre en el mundo, pero ha dejado a los pobres para que nosotros los cristianos nos santifiquemos en su auxilio y ayuda, puesto que una obra de misericordia espiritual, dar de comer al que tiene hambre, abre las puertas del cielo de par en par.
Ahora bien, Jesús sabe que somos materia y espíritu y que por eso mismo, además del alimento corporal, necesitamos el alimento del espíritu y ése alimento es la Sagrada Eucaristía. Para que nuestra hambre espiritual de Dios se satisfaga a lo largo del tiempo, es que ha encargado a la Iglesia la misión de prolongar en el tiempo la confección del Sacramento de la Eucaristía –“Haced esto en memoria mía”- para que los hombres de todos los tiempos, hasta el Fin del mundo y de la Historia, tengamos acceso a este sublime alimento espiritual.
“Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió” (…) lo mismo hizo con los peces”. Si Jesús demostró amor y compasión al multiplicar el pan material y los peces, para saciar el hambre corporal de la multitud, para con nosotros, en cada Santa Misa, demuestra un amor infinitamente más grande, porque no nos alimenta con pan terreno y carne de pescado, sino con el Pan Vivo bajado del cielo y con la Carne del Cordero de Dios, el Santísimo Sacramento del altar, la Divina Eucaristía. 

lunes, 20 de abril de 2020

“La ira de Dios pesa sobre quien no cree el Hijo del hombre”




“La ira de Dios pesa sobre quien no cree el Hijo del hombre” (Jn 3, 31-36). Las palabras de Juan Bautista pueden parecer duras e incluso hasta inaceptables para la mentalidad progresista y modernista que campea en nuestros días, pero son verdaderas. La razón hay que buscarla en los inicios de la humanidad, en el pecado original de Adán y Eva: desde que nuestros Primeros Padres cometieron el pecado original, pesa sobre toda la humanidad la ira de Dios, porque la Justicia Divina fue infinitamente ofendida por el hombre, tentado por Satanás. Es verdad que en esta vida prevalece la Misericordia Divina por sobre la Justicia Divina, pero esta prevalencia se termina, hasta equilibrarse, en el momento de nuestra muerte, puesto que allí actúa, de modo preeminente, la Justicia Divina por sobre la Misericordia Divina. Por esta razón, las palabras del Bautista son ciertas para toda alma que vive en esta vida, pero sobre todo, para el alma que debe atravesar el umbral de la muerte y alcanzar la vida eterna: antes de alcanzar la vida eterna, el alma debe atravesar el Juicio Particular, en donde Dios aplica su estrictísima Justicia Divina, Justicia que está pronta para descargarse, con toda su fuerza, sobre el alma que voluntaria y libremente murió en pecado mortal y sin arrepentirse por ello.
“La ira de Dios pesa sobre quien no cree el Hijo del hombre”. Para que la ira de Dios no se descargue sobre nuestras almas, es que debemos procurar vivir permanentemente en gracia, detestando el pecado, de manera tal que la hora de la muerte nos sorprenda en estado de gracia y no en estado de pecado mortal. Sólo así sobre nuestra alma se descargará, no el peso de la ira divina, sino el océano de la Misericordia Divina.

“El que cree en el Hijo tiene vida eterna”




“El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Jn 3, 16-21). Jesús afirma que quien cree en Él, no sólo “no perecerá”, sino que “tendrá vida eterna”. En esta afirmación debemos considerar varios aspectos. Primero, Jesús dice que quien cree en Él tiene vida eterna; ahora bien, ¿en qué Jesús creer? Porque a lo largo de la historia, incluso desde los inicios del cristianismo, ha habido diversas teorías -heréticas- acerca de quién es Jesús: desde el hereje Lutero, que afirmaba que Jesús era sólo un hombre, pasando por Arrio, que afirmaba que Jesús era un hombre perfecto, pero sólo hombre, hasta las teorías bizarras de la Nueva Era, según la cual Jesús es un jefe extra-terrestre que habita en lejanos planetas. El Jesús en el cual hay que creer, para tener vida eterna, es el Jesús del Magisterio y de la Tradición de la Iglesia: según la Iglesia Católica, que ostenta la Verdad Absoluta acerca de Jesús, Jesús es Dios Hijo en Persona, es decir, es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, encarnada, por obra del Espíritu Santo, en una naturaleza humana. En otras palabras, el Jesús en el que debemos creer es el Jesús de la Iglesia Católica: Dios Hijo encarnado, que es la Vida Eterna en sí misma y que por eso puede comunicar de esa vida eterna; si fuera sólo un hombre, de ninguna manera podría comunicar la vida eterna.
Otro aspecto que debemos considerar es acerca de lo que obtendrá aquel que crea en el Jesús Dios: la vida eterna. ¿Qué es la vida eterna? Por lo pronto, no es la vida terrena con la cual vivimos en el tiempo y en la historia; es la vida propia de Dios, porque “Dios es su misma eternidad”, como dice Santo Tomás; es una vida absolutamente perfecta, de la cual no tenemos idea de cómo es, porque no tenemos experiencia de vida eterna, aunque la recibimos incoada en la Eucaristía; es una vida de gloria, que se desplegará con toda su plenitud no en esta vida terrena, sino en el Reino de los cielos, una vez que hayamos muerto y, por la gracia de Dios, nos hayamos salvado.
“El que cree en el Hijo tiene vida eterna”. La frase de Jesús no sólo es verdadera, sino que no debemos esperar a morir para conseguir lo que Jesús promete en quien cree en Él: cada vez que comulgamos, recibimos al Hijo de Dios encarnado que nos comunica, desde la Eucaristía, la vida eterna, la vida misma de Dios Uno y Trino.

sábado, 18 de abril de 2020

“El Hijo del hombre tiene que ser elevado en alto para que tengan vida eterna”




“El Hijo del hombre tiene que ser elevado en alto para que tengan vida eterna” (Jn 3, 5a.7b-15). En su diálogo con Nicodemo Jesús anticipa, de forma misteriosa, su misterio pascual de muerte y resurrección. Para hacerlo, trae a la memoria el episodio de Moisés en el desierto, cuando aparecieron las serpientes venenosas y Dios le ordenó construir una serpiente de bronce para que todo el que la contemple, quede curado. En efecto, Jesús hace la analogía entre el episodio de la serpiente elevada en alto por Moisés y aplica ese episodio a Él mismo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Es decir, para que los hombres seamos salvados de nuestros pecados, para que la muerte y el demonio sean derrotados definitivamente y para que alcancemos la vida eterna por la gracia, es necesario que Jesús sea “elevado en lo alto”, crucificado.
“El Hijo del hombre tiene que ser elevado en alto para que tengan vida eterna”. Así como en el desierto todos los que miraban a la serpiente de bronce elevada por Moisés se curaban milagrosamente, así también, de manera análoga, todos los que miran con piedad y con amor a Cristo crucificado reciben la gracia de la conversión y así son curados de la peor enfermedad espiritual que pueda un alma tener en esta vida y es el ateísmo; además, quien contempla a Cristo crucificado, recibe algo inimaginable, imposible de ser captado por los sentidos e imposible de ser apreciado en su real magnitud y es la vida eterna. Entonces, quien contempla a Cristo elevado en lo alto, crucificado, recibe la gracia de la vida eterna. Esto significa que cuanto más contemplemos a Cristo crucificado -cuanto más lo contemplemos en la Eucaristía, en la Santa Misa, en donde se renueva el Santo Sacrificio del Calvario-, tanto más incoada tendremos en el alma la vida eterna, vida que luego se desplegará en su plenitud en el Reino de los cielos.

“El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”




“El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Jn 3, 1-8). En el diálogo entre Nicodemo, éste último parece no entender lo que Jesús le dice cuando le dice: “El que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios”. Nicodemo entiende literalmente las palabras de Jesús y es por esta razón que no puede comprender de qué manera un hombre puede “nacer de nuevo”: la única forma, para Nicodemo, es introducirse literalmente en el seno materno y así nacer de nuevo; por esto es que Nicodemo no entiende lo que Jesús le dice. Pero lo que Jesús le quiere decir a Nicodemo está en otro nivel, en el sobrenatural y Nicodemo permanece en los estrechos límites de la naturaleza y de la razón humana. A partir de Jesús, ya no habrá un solo modo de nacer para los humanos. Él dice en las Escrituras: “Yo hago nuevas todas las cosas” y este “hacer nuevo” comprende el nacimiento. En la mente de Nicodemo, no hay lugar todavía para lo sobrenatural, para lo que Jesús hace y enseña y entre estas cosas está el modo de nacer: a partir de Jesús, además de nacer del seno materno, el hombre ahora podrá nacer del seno mismo de Dios Padre, mediante “el agua y el Espíritu”, es decir, mediante el Sacramento del Bautismo. Jesús le está anticipando a Nicodemo lo que será el Sacramento del Bautismo, mediante el cual el hombre nacerá del seno mismo de Dios Padre y así podrá ingresar en el Reino de los cielos: “El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”. Éste segundo modo de nacer del hombre, hecho posible a partir de la gracia que nos consiguió Jesucristo con su sacrificio en Cruz, es lo que le permite al hombre, si muere en estado de gracia, ingresar en el Reino de los cielos. Entonces, quien nace “del agua y del Espíritu” entra en el cielo, quien no se bautiza, no; de ahí, la necesidad imperiosa del Bautismo sacramental.

martes, 14 de abril de 2020

Fiesta de la Divina Misericordia



(Domingo II - TP - Ciclo A - 2020)

          El origen del Segundo Domingo de Pascuas como Fiesta de la Divina Misericordia se encuentra en el mismo Jesús en Persona. En efecto, en sus apariciones a Santa Faustina como Jesús Misericordioso, el Señor le dijo así: “Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia” (Diario, 49). En otra aparición, le dijo: “Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia” (Diario, 699).
          También le dijo, con respecto a la imagen de la Divina Misericordia: “Ésta es la señal de los Últimos Tiempos” y también le dijo: “Anunciarás al mundo mi Segunda Venida”. Es decir, la imagen de Jesús Misericordioso se relaciona tanto con la Segunda Venida de Jesús, como con los Últimos tiempos. Ahora bien, Santa Faustina ya murió y Jesús todavía no vino, pero el “anuncio de la Segunda Venida” no está dado como encargo a Santa Faustina como persona, sino a la imagen de la Divina Misericordia. Por lo tanto, “Anunciarás al mundo mis Segunda Venida”, tiene que interpretarse como si fuera así: “(Esta imagen) Es el Anuncio de mi Segunda Venida”. Quien contempla la imagen, debe saber que es la última devoción para los Últimos Tiempos, es decir, ya no habrán más devociones hasta el fin de los tiempos, hasta el día en que Jesús regrese por Segunda Vez y ése regreso está pronto, según las palabras de Jesús y según la misma imagen de la Divina Misericordia.
          ¿Qué significa “Ésta es la señal de los Últimos Tiempos” y “Anunciarás al mundo mi Segunda Venida”? Esto no significa ni más ni menos que debemos preparar nuestras almas para el encuentro personal con Jesús Misericordioso, pues Él está pronto para llegar. ¿Estamos diciendo con esto que el Fin del mundo está cerca? ¿Queremos decir que el Día del Juicio Final está próximo? No, no lo estamos diciendo, porque “nadie sabe ni el día ni la hora”. Sin embargo, no por esto no debemos estar prontos para el encuentro personal con Jesús Misericordioso, porque de una u otra forma, sea en el Juicio Final, si estamos vivos para eso, o sea en el momento de nuestro paso a la eternidad -es decir, en el momento de nuestra muerte-, tanto en uno como en otro caso, nos habremos de encontrar personalmente con Jesús Misericordioso y es para esto para lo que debemos estar preparados.
          “Anunciarás al mundo mis Segunda Venida”. Cada encuentro con Jesús Eucaristía -cada vez que comulgamos, sea sacramental como espiritualmente-, nos encontramos con Jesús Misericordioso, porque el Jesús que está en la Eucaristía es el mismo Jesús Misericordioso. Si nos preparamos para cada comunión con Jesús Eucaristía -comulgando en gracia, con fervor, con piedad y sobre todo con amor-, entonces estaremos preparándonos para el encuentro con Jesús Misericordioso. No desaprovechemos la Comunión con Jesús Eucaristía, porque es el anticipo del encuentro definitivo con Jesús Misericordioso. Por último, el anuncio más efectivo de la Segunda Venida de Jesús es obrando nosotros mismos, en Nombre de Jesús, la misericordia para con los más necesitados.

lunes, 13 de abril de 2020

Viernes de la Octava de Pascua



(Ciclo A – 2020)

         “¡Es el Señor!” (Jn 21, 1-14). Jesús resucitado se aparece a Pedro y a algunos de los discípulos “junto al lago de Tiberíades” en horas del amanecer. En esta aparición obrará la segunda pesca milagrosa, similar a la primera, pero la diferencia es que ahora Jesús está resucitado.
          Tal como había sucedido con la primera pesca milagrosa, que había sido precedida por una pesca infructuosa, aquí se vuelve a repetir la misma escena: Pedro y los discípulos habían estado pescando toda la noche, pero sin resultados y recién después de que Jesús les ordena dónde sacar peces, es que obtienen una pesca abundante.
          La escena tiene un significado sobrenatural, el cual se obtiene reemplazando lo natural por lo sobrenatural: así, la Iglesia es la Barca de Pedro; Pedro es el Papa, el Vicario de Cristo en la tierra; el mar es la historia de los hombres y el mundo en el que éstos viven; los peces son los hombres; la pesca sin frutos, realizada por Pedro y los discípulos durante la noche, significan el trabajo realizado por cierta parte de la Iglesia, trabajo que es loable por el empeño apostólico pero que es infructuoso porque le falta la oración y la contemplación, por medio de las cuales se obtiene la dirección de Cristo Jesús; la pesca infructuosa representa también al alma que piensa que todo depende de su esfuerzo y por lo tanto no confía en la gracia de Dios ni en la acción de Jesús, es decir, es el esfuerzo humano que no cuenta con el obrar de la gracia santificante. De modo opuesto a este activismo sin frutos, la pesca milagrosa, realizada bajo la guía y mandato de Jesús resucitado, es una representación de aquellos que obran en la Iglesia buscando la salvación de las almas, pero que tienen bien presentes las palabras de Jesús: “Sin Mí, nada podéis hacer” y es así que el trabajo apostólico está precedido y acompañado por la oración, la contemplación y la acción de los sacramentos.
             Quienes así obran, reconocen el accionar milagroso de Jesús en las almas y es por eso que exclaman, como Juan: “¡Es el Señor!” cuando ven los frutos de su obrar apostólico.