domingo, 17 de enero de 2021

“Hemos encontrado al Mesías”

 


(Domingo II - TO - Ciclo B – 2021)

          “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 35-42). Andrés le comunica a su hermano Simón Pedro la noticia más grandiosa, alegre y maravillosa que persona alguna pueda recibir jamás en esta vida: “Hemos encontrado al Mesías”. Es decir, aquello que los justos del Antiguo Testamento habían esperado durante todas sus vidas; aquello que los profetas del Antiguo Testamento habían anunciado miles de veces a lo largo de la historia del Pueblo Elegido; aquello que los hebreos de buena voluntad habían estado esperando ansiosamente a lo largo de los siglos, esto es, la Llegada del Mesías prometido, ahora, en las palabras de Andrés, se hacía realidad: el Mesías, esperado y anunciado por los siglos, estaba entre los hombres, precisamente en el seno del pueblo hebreo y había sido encontrado -aunque mejor, se había dejado encontrar- para que los hombres pudieran acceder a las promesas de Dios, contenidas en el don del Mesías. Es esta la más grande y maravillosa noticia que jamás alguien -pertenezca o no al Pueblo Elegido- puede escuchar en este destierro: “Hemos encontrado al Mesías” y es esta noticia la que Andrés da, felizmente, a Simón Pedro.

Ahora bien, el encuentro y hallazgo, el descubrimiento y la revelación de que Jesús de Nazareth no es un hombre santo, ni el “hijo de José, el carpintero”, ni “el hijo de María”, sino el Mesías, el Hijo de Dios encarnado, que ha venido a esta vida y a esta tierra para salvar a los hombres de los tres grandes enemigos que acechan a la humanidad desde Adán y Eva, el Demonio, el Pecado y la Muerte, viene para Andrés -dice el Evangelio- luego de estar con Jesús “todo el día”, “donde Él vive”: esto tiene un significado místico y sobrenatural, pues se trata de un indicio de dónde y cómo el alma, en esta vida terrena, ha de encontrar al Mesías: decir que estuvieron con Él “todo el día”, esto indica la duración total de esta vida terrena, lo cual significa que el alma debe estar en gracia “todo el día”, es decir, “toda la vida”, porque al estar en gracia el alma está en Cristo y Cristo está en el alma; el decir que estuvieron con Él “donde Él vive”, significa que el alma debe acudir a postrarse “donde Jesús vive” en esta vida terrena y en este tiempo humano y es en la Sagrada Eucaristía; es decir, Jesús está vivo, en Persona y por lo tanto se puede decir que “vive” en la Eucaristía, con lo cual el alma, para estar con su Maestro “donde Él vive”, debe acudir al Sagrario, para postrarse ante su Presencia sacramental y adorarlo.

“Hemos encontrado al Mesías”. Como miembros del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, tenemos el deber de anunciar al mundo que el Mesías no sólo ha venido, encarnándose en el seno de la Virgen, sino que está vivo, Presente, glorioso y resucitado, en la Eucaristía, en el Sagrario. Pero para poder hacer este anuncio, debemos nosotros primero ir adonde el Mesías vive y nos espera -en la Eucaristía, en el Sagrario-, debemos estar con Él, es decir, debemos hacer adoración eucarística lo más frecuente que sea posible y así estaremos en condiciones de decir al mundo: “Hemos encontrado al Mesías, es Jesús Eucaristía y vive en el Sagrario, donde nos espera”.

viernes, 15 de enero de 2021

“Tus pecados te son perdonados”


 

“Tus pecados te son perdonados” (Mc 2, 3-12). En la escena de la curación del paralítico, se encuentran numerosos elementos sobrenaturales que escapan a un análisis racional y simplista y que, una vez analizados y reflexionados, refuerzan nuestra fe católica, tanto en el Hombre-Dios Jesucristo, como en su Esposa Mística, la Santa Iglesia Católica. Veamos brevemente en qué consisten estos elementos.

Ante todo, el paralítico, a quien podemos considerar como el destinatario principal de las acciones de Jesús. El paralítico es modelo de fe sobrenatural en Jesús, pero no en Jesús en cuanto hombre santo, sino en cuanto Hombre-Dios, esto es, en cuanto Dios Hijo encarnado y la razón es que el paralítico acude a Jesús no para que Jesús le cure su parálisis corporal, sino para que le perdone los pecados. En efecto, el motivo por el cual el paralítico es llevado ante la presencia de Jesús es para que Jesús sane su alma, quite sus pecados de su alma. Esto se ve claramente en las palabras de Jesús al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, como en los pensamientos de los escribas y fariseos que acusan falsa y cínicamente a Jesús de ser un impostor, porque “sólo Dios puede perdonar los pecados”.

Los otros personajes que aparecen en escena son los fariseos y los escribas que, sin proferir palabra alguna, sin embargo, en sus pensamientos, acusan a Jesús falsamente de ser un impostor porque, como dicen con razón, “sólo Dios puede perdonar los pecados” y en efecto, es así, sólo que Dios -Jesús- está frente a ellos perdonando los pecados y aún así se niegan a creer en Jesús en cuanto Dios encarnado.

Finalmente, la Persona de Nuestro Señor Jesucristo, quien obra sobre el paralítico un doble milagro de misericordia: le perdona los pecados, curando su espíritu y colmándolo de gracia santificante, y por otra parte, para demostrar que Él tiene poder efectivo de perdonar los pecados, cura su parálisis, al devolverle la salud corporal, como muestra efectiva de que tiene realmente el poder espiritual y divino de perdonar los pecados.

“Tus pecados te son perdonados”. El paralítico es ejemplo de fe católica en Cristo Jesús, es decir, cree en Jesús no como hombre santo a quien Dios acompaña haciendo milagros, sino en Cristo como Hombre-Dios que, en cuanto Dios encarnado, hace milagros que sólo Dios puede hacer, porque Él es Dios. Por otro lado, los escribas y fariseos son también una muestra de algo que es cierto: que sólo Dios puede perdonar los pecados: el error en estos últimos es que no reconocen, aun teniendo a Jesucristo delante de ellos haciendo milagros que sólo Dios puede hacer, no lo reconocen en cuanto tal. Por último, Nuestro Señor Jesucristo, que demuestra su poder divino con el doble milagro al paralítico, curando su espíritu al perdonar sus pecados y curando su cuerpo al curar milagrosamente su parálisis. Un último elemento aparece oculto a los ojos del cuerpo y a la razón y es visible sólo a los ojos del alma iluminados por la fe: el perdón de Jesús, en cuanto Sacerdote Sumo y Eterno, de los pecados del paralítico, es figura y anticipo del Sacramento de la Penitencia, en la que el mismo Jesucristo, a través del sacerdote ministerial, perdona, con el poder divino, los pecados de los hombres.

domingo, 10 de enero de 2021

Solemnidad del Bautismo del Señor

 



(Ciclo B – 2021)

          El Señor es bautizado por Juan en el Jordán; en ese momento, se produce una teofanía, es decir, una manifestación de la gloria de su divinidad. En efecto, en el momento en que Juan lo bautiza, se escucha la voz del Padre que dice: “Éste es mi Hijo muy amado, escúchenlo”; además, aparece el Espíritu Santo sobre Jesús, en forma de paloma.

          Frente al Bautismo del Señor, podemos preguntarnos lo siguiente: si Jesús es Dios Hijo, proveniente del seno del Padre desde la eternidad y si Él ha recibido la unción del Espíritu Santo en el momento de su Encarnación en el seno virgen de María, ¿tenía necesidad de ser bautizado? La respuesta es un rotundo “no”, desde todo aspecto, desde el momento en que el bautismo es, ya sea moral, como el del Bautista, que predica la conversión para la remisión de los pecados, o bien real y ontológico, en el que se recibe verdaderamente al Espíritu Santo, como el Bautismo sacramental que imparte la Iglesia Católica, en el que se quita definitivamente la mancha del pecado original: Jesús, en cuanto Hombre-Dios, era la Santidad Increada en Sí misma y no tenía necesidad de ningún bautismo, ni del bautismo moral de Juan, ni del bautismo sacramental de la Iglesia Católica, puesto que al ser la Santidad Increada, no sólo no tenía mancha alguna de pecado, sino que es quien “quita los pecados del mundo”.

          La pregunta entonces, es: ¿por qué Jesús se deja bautizar por Juan en el Jordán, si Él no tenía necesidad? Una primera respuesta es que Jesús lo hizo para darnos ejemplo de cómo nosotros, que sí tenemos el pecado original y toda clase de pecado, sí tenemos necesidad de bautizarnos, sobre todo con el bautismo sacramental de la Iglesia Católica, para que nos sean quitados el pecado original y todo pecado. Es decir, Jesús se habría dejado bautizar, para darnos ejemplo de cómo debemos nosotros bautizarnos. Sin embargo, hay otra respuesta, que encierra y desvela al mismo tiempo un misterio sobrenatural y la clave de esta respuesta sobrenatural y misteriosa está en la constitución de Jesús: Él es el Logos del Padre, el Verbo del Padre, el Hijo Unigénito, la Palabra de Dios, que se encarna y une a Sí, hipostáticamente -en su Persona divina- a la humanidad de Jesús de Nazareth; al unirse Dios Hijo a la humanidad de Nazareth, queda unido remotamente a todo hombre, puesto que es Dios quien se hace hombre sin dejar de ser Dios: a partir de la Encarnación, Dios se hace uno de nosotros, uno de los hombres, pero sin dejar de ser Dios. A esta unión genérica con la raza humana, es necesario que se le complete la unión real, ontológica, la cual se verifica en el Bautismo sacramental de la Iglesia Católica: cuando somos bautizados, somos unidos, misteriosamente, por el Espíritu Santo, al Cuerpo de Cristo y pasamos a formar parte de su Cuerpo Místico; esto significa que nosotros habitamos en Cristo y Cristo con su Espíritu Santo inhabita en nosotros, mientras permanecemos en gracia. Esto -el Bautismo sacramental- tiene una enorme importancia, porque al unirnos orgánicamente a Cristo, al incorporarnos a su Humanidad Santísima, somos incorporados también a su misterio salvífico de Muerte y Resurrección y esto se verifica en la inmersión de Cristo en las aguas del Jordán: su inmersión significa su muerte en cruz y su emerger de las aguas del Jordán, significa su resurrección al tercer día (que su bautismo sea místico y sobrenatural, se expresa en una de las antífonas de las segundas vísperas de la Liturgia de las Horas de la Solemnidad del Bautismo del Señor: “En el río Jordán aplastó nuestro Salvador la cabeza del antiguo dragón y nos libró a todos de su esclavitud”[1]). Entonces, al ser bautizados, somos hechos partícipes de la muerte y resurrección de Cristo: de su muerte, cuando Cristo se sumerge en el Jordán; de su resurrección, cuando Cristo emerge del Jordán. Ésta es la razón por la cual no todos somos hijos adoptivos de Dios y explica la necesidad imperiosa de recibir el Bautismo sacramental de la Iglesia Católica, para no solo ser hijos adoptivos de Dios, sino para participar, mística y sobrenaturalmente, de su misterio salvífico de muerte y resurrección. Por eso, el Padre, en cada niño bautizado, mientras sobrevuela sobre el niño el Espíritu Santo, exclama lo mismo que exclamó en la teofanía del Jordán: “Éste es mi hijo adoptivo muy amado”.

          Por último, esto significa que si hemos sido sepultados con Cristo al ser sumergido Él en las aguas del Jordán, con Él ha sido sepultado nuestro hombre viejo, sometido a las pasiones y a la concupiscencia; pero como también hemos sido incorporados a su resurrección -representada en el emerger de Cristo en las aguas del Jordán-, entonces ya no vivamos como el hombre viejo, sino como el hombre nuevo, el hombre nacido “de la Sangre del Cordero, del Agua de la gracia santificante y del Espíritu Santo”.

domingo, 27 de diciembre de 2020

“Vieron al Niño con María, su Madre y cayendo de rodillas lo adoraron (…) y le ofrecieron sus dones: oro, incienso y mirra”

 


(Domingo II - TN - Ciclo B – 2021)

         “Vieron al Niño con María, su Madre y cayendo de rodillas lo adoraron (…) y le ofrecieron sus dones: oro, incienso y mirra” (Mt 2, 1-12). Los Reyes Magos, guiados por la Estrella de Belén, se dirigen hacia el Portal de Belén con la intención explícita de adorar al Niño, a quien llaman “rey”: “Venimos a adorar al Rey”. Una vez que se encuentran delante del Niño y su Madre, la Virgen, según el relato del Evangelio, se postran en adoración ante el Niño y luego de adorarlo le ofrecen los dones que le habían traído: oro, incienso y mirra. Teniendo en cuenta que la Sagrada Escritura es, además de un libro religioso, un libro de historia –lo cual significa que los hechos relatados son reales y no ficticios, ni simbólicos, ni metafóricos-, la escena de la Adoración de los Reyes Magos nos revela datos sobrenaturales –sobrenatural indica que viene del Cielo, que no es una acción originada en los hombres ni en los ángeles- que no se encuentran explícitamente narrados, pero que no por eso no son reales.

         Uno de los datos sobrenaturales es la Estrella de Belén. La Estrella de Belén, una verdadera estrella en el sentido de ser un cuerpo espacial brillante que puede ser localizado en el firmamento, es prefiguración de la Virgen Santísima, porque Ella es la Estrella de Belén espiritual y celestial, que guía a las almas hasta su Hijo Jesús: así como la Estrella de Belén, la estrella cosmológica, que con su brillo condujo a los Reyes Magos hasta donde estaba el Niño Dios, así la Estrella de Belén espiritual, María Santísima, conduce y guía a las almas hasta el Nuevo Portal de Belén, el altar eucarístico, donde se encuentra su Hijo Jesús, en la Eucaristía, donándose a Sí mismo como Pan de Vida eterna.

         Otro de los datos sobrenaturales es la intención explícita de los Reyes Magos de adorar al Niño, tal como ellos mismos lo declaran: “Venimos a adorar al Rey”. Esto indica que sus mentes y corazones han sido iluminados por la luz del Espíritu Santo y que por lo tanto saben que ese Niño nacido en un Portal, en Belén, en Palestina, es Dios Hijo encarnado y no meramente un niño hebreo más entre tantos. De otra forma, no tendría sentido el acudir a adorar a un niño, si este Niño no fuera Dios encarnado.

         Otro dato es el reconocimiento de los Reyes Magos de la reyecía del Niño de Belén: lo llaman explícitamente “Rey” y siendo ellos mismos reyes, y por lo tanto como reyes no deberían someterse a otro rey, sin embargo no sólo lo reconocen como Rey, sino que lo adoran. Es decir, ellos dejan de lado su condición de ser ellos mismos reyes, para postrarse en adoración ante un niño recién nacido: esto no tendría sentido si no tuvieran el conocimiento infuso, sobrenatural, dado por el Espíritu Santo, acerca del Niño de Belén, quien en cuanto Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, es “Rey de reyes y Señor de señores”. Es decir, los Reyes Magos reconocen en el Niño de Belén una reyecía que supera infinitamente cualquier reyecía de la tierra, una reyecía de origen celestial, sobrenatural, que conduce a la adoración a aquel que se encuentre delante del Niño de Belén. Que los Reyes Magos sepan diferenciar entre la reyecía celestial y sobrenatural del Niño de Belén y las reyecías humanas, se comprueba por el hecho de que, por un lado, ellos mismos son reyes, pero hacen caso omiso de la reyecía de ellos, ya que es puramente humana y se postran ante el Niño de Belén, reconociéndolo como “Rey de reyes y Señor de señores”; por otro lado, en cambio, tratan de igual a igual con Herodes, quien también es rey, pero los Reyes Magos no se postran ante Herodes, porque saben distinguir bien que la reyecía de Herodes es humana y que Herodes mismo es humano, como ellos y por eso no se postran ante él ni lo adoran, como sí lo hacen ante el Niño Jesús.

         Otro dato sobrenatural son los dones que los Reyes Magos traen al Niño: oro, incienso y mirra. Además de ser los dones en sí mismos un reconocimiento explícito de la condición del Niño de Belén de ser Rey de reyes y Señor de señores, los dones tienen un sentido sobrenatural: así, el oro representa la adoración del hombre ante Dios, esto es, el reconocimiento, por parte del hombre, de ser “nada mas pecado”, delante de Dios; la adoración implica que el hombre se anonada, pero no por un gesto de condescendencia del hombre hacia Dios, como si el hombre hiciera un gesto de humildad que Dios debiera reconocer, al reconocerse el hombre como “nada”, sino que la adoración es lo que corresponde a la realidad ontológica del hombre frente a Dios: el hombre es “nada” ante Dios, porque Dios es el Acto de Ser Purísimo y Perfectísimo que crea el ser del hombre; en otras palabras, sin Dios Trinidad, el hombre no tiene el ser y es esto lo que significa que sea “nada” delante de Dios, porque el ser participado y creado que tiene el hombre, lo tiene por el infinito Amor de Dios, que de la nada lo trae al ser y del ser a la existencia. En la adoración está implícito también el auto-reconocimiento del hombre de ser no sólo “nada” ante Dios, sino que es “nada mas pecado”, porque desde Adán y Eva, todo hombre nace con el ser, pero privado de la gracia y contaminado con el pecado original. El oro, entonces, representa la adoración que el hombre debe a Dios Uno y Trino, por el solo hecho de ser Dios lo que Es: Dios de infinita santidad, bondad, sabiduría, poder y justicia.

El incienso donado por los Reyes Magos al Niño Dios representa la oración, es decir, la elevación del alma hacia Dios Trinidad: sin la oración, el alma perece, porque por la oración el alma entra en contacto con Dios y Dios lo hace partícipe de su Vida divina, de modo que el hombre, si no hace oración, está muerto espiritualmente hablando, porque no recibe la Vida de Dios; en cambio, si hace oración, está vivo, pero no solo con su vida natural humana, sino vivo con la Vida divina, de la cual la oración lo hace partícipe.

La mirra donada por los Reyes Magos representa a la humanidad, en un doble sentido: por un lado, representa a la Humanidad Santísima del Niño de Belén, que es ungida con el aceite perfumado del Espíritu Santo en el momento de la Encarnación; por otro lado, la mirra representa la humanidad de todos y cada uno de los hombres, que se postran en adoración ante el Cordero de Dios, pidiéndole la gracia de ser ungidos con el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, para que así la humanidad pueda despedir un suave perfume de dulce fragancia, tal como lo hace la mirra cuando se pone en contacto con el fuego.

“Vieron al Niño con María, su Madre y cayendo de rodillas lo adoraron (…) y le ofrecieron sus dones: oro, incienso y mirra”. Pidamos la luz del Espíritu Santo para que, imitando a los Reyes Magos, que reconocieron a Dios Hijo oculto en la Humanidad del Niño de Belén, también nosotros seamos capaces de reconocer a ese mismo Dios Hijo, oculto en la apariencia de pan, en la Eucaristía y, al igual que ellos, guiados por el mismo Espíritu Santo, nos postremos en adoración ante el Niño Dios, Presente en Persona en el Santísimo Sacramento del altar.

Solemnidad de la Epifanía del Señor

 



(Ciclo B – 2021)

         En esta fiesta, la Iglesia Católica en Occidente celebra la revelación de Jesús a los paganos. En efecto, “epifanía” significa “manifestación” y en el sentido que le da la Iglesia, es en relación a la manifestación de Jesús en cuanto Dios, a los hombres. Es decir, Jesús aparecía ante los ojos de los demás, como un hombre más entre tantos –de hecho, sus contemporáneos lo llamaban “el hijo de José, el carpintero”, o “el hijo de María”-, pero en ciertas ocasiones, Jesús se manifestaba exteriormente como lo que Es interiormente, es decir, como Dios Hijo encarnado. Así, por ejemplo, Jesús manifiesta su gloria divina en el Jordán, en el momento de su Bautismo y también lo hace en las bodas de Caná, al convertir el agua en vino, haciendo un milagro que sólo Dios podía hacer y, al poco tiempo de nacer, se manifiesta como Dios a los Reyes Magos. La Epifanía que celebra la Iglesia es, precisamente, esta manifestación divina de Jesús ante los Reyes Magos y es el símbolo del reconocimiento, por parte de los paganos -representados en los Reyes Magos-, de que Cristo es Dios y es el Salvador de la humanidad[1].

         Para entender un poco más la Epifanía, recordemos qué era lo que festejaban los paganos en este día: ellos festejaban un acontecimiento solar, el solsticio de invierno[2], esto es, el simple hecho de que el sol, comenzaba a dar más luz y por lo tanto, más calor, debido a que el invierno comenzaba a disminuir, haciéndose los días más largos y las noches más cortas y también disminuyendo en consecuencia el frío y la oscuridad. En otras palabras, para los paganos era celebrar el mero acontecer de la posición de la tierra en relación al sol, el cual comenzaba a dar más calor y más luz y así en la tierra al mismo tiempo disminuían las tinieblas.

         Es la Iglesia la que le da un sentido real y sobrenatural a esta celebración, ya que la Epifanía que celebra es un acontecimiento no de orden cosmológico, sino sobrenatural, celestial y divino, en el que el Verdadero Sol de justicia, que es Cristo, el Niño Dios nacido milagrosamente en Belén, más que acercarse a la tierra, como lo hace el sol estrella, ingresa en la historia, el tiempo y en la tierra de los hombres; Dios, que es Sol de justicia y Luz y calor de Amor Divino, ilumina a las almas humanas, inmersas en las tinieblas del pecado y les da el calor del Divino Amor a los corazones de los hombres, oscurecidos por el pecado y envueltos en la dureza de corazón, en el odio y en el desamor. Al nacer, el Divino Sol, Jesucristo –que como Dios, es Luz y calor de Amor divinos-, encarnado en la naturaleza humana y apareciéndose como un Niño recién nacido, deja resplandecer la luz de su gloria divina y se manifiesta al mundo, que yacía envuelto en las tinieblas del paganismo y es ese paganismo, al cual se manifiesta Jesús, Luz del mundo, el que está representado en los Reyes Magos. En este sentido, la adoración de los Reyes Magos representa la conversión del mundo pagano y por lo tanto de la oscuridad y tinieblas que caracterizan al paganismo, a la Luz Eterna de Dios que resplandece a través de la Humanidad Santísima del Niño de Belén.

         Así como los Reyes Magos, guiados por la Estrella de Belén, acudieron al Pesebre para adorar a Dios Niño que se manifestaba con la luz de su gloria divina y se postraron ante su Presencia, presentándole en homenaje los dones de oro, incienso y mirra, así nosotros, guiados por la Estrella de Belén viviente, la Virgen María, acudamos al altar eucarístico para adorar a ese mismo Dios hecho Niño, que se manifiesta con la luz de su gloria, a los ojos del alma, en la Eucaristía y nos postremos ante su Presencia Eucarística, presentándole el homenaje de la adoración –representada en el oro-, de la oración –representada en el incienso- y de las obras de misericordia –representadas en la mirra-. Adoremos a Dios en su Epifanía Eucarística, así como los Reyes Magos adoraron a Dios Niño en la Epifanía de Belén.



[2] “Astronómicamente, puede señalar ya sea el comienzo o la mitad del invierno del hemisferio”; cfr. https://es.wikipedia.org/wiki/Solsticio_de_invierno

domingo, 20 de diciembre de 2020

Solemnidad de La Sagrada Familia

 



(Domingo I – TN - Ciclo B – 2020)

         En el mundo postmoderno que nos toca vivir, caracterizado por el ateísmo, el agnosticismo, el gnosticismo, el esoterismo, el materialismo y el relativismo, el hombre se cree en el derecho de re-definir la realidad que lo rodea. Así, por ejemplo, re-define, a través de la ideología de género, lo que significa ser varón y ser mujer, invirtiendo los roles, por ejemplo; o también, redefine lo que es la familia humana, inventando todo tipo de combinaciones posibles y llamándolas a todas “familia”. Sin embargo, hay un solo modelo de familia, aquella constituida por el padre-varón, la madre-mujer y el hijo, fruto de ese amor esponsal. No hay ningún otro modelo de familia y aun cuando el mundo postmoderno invente todo tipo de familia, la única familia es la familia diseñada por Dios Trinidad desde la eternidad y el ejemplo y modelo, para toda familia humana, pero sobre todo para los católicos, es la Sagrada Familia de Nazareth.

Veamos brevemente las razones por las cuales la Sagrada Familia de Nazareth es modelo para toda familia humana. Ante todo, en esta Familia Santa, todos y cada uno de sus integrantes es santo y todos los momentos de esta Familia están santificados y se dirigen, desde la tierra, hacia la eternidad. Es decir, esta Familia, si bien vive en el tiempo y en la historia y en un lugar determinado, Palestina, todos saben que esta vida terrena es pasajera y que es sólo una prueba para llegar a la Vida divina en los cielos, la Vida del Reino de Dios. Por esto, si bien se ocupan de las cosas cotidianas, en esas mismas cosas cotidianas, tienen en la mente y en el corazón el deseo de alcanzar cuanto antes la maravillosa vida del Reino celestial.

El Padre de esta familia es modelo y ejemplo para todo padre de familia que desee ser santo y que desee santificarse en su condición de jefe de familia, de esposo y de padre. Como jefe de familia, San José es trabajador incansable, que procura el pan de cada día para su Esposa y para su Hijo, con su humilde trabajo de carpintero. Para con su Esposa, San José es esposo atento, amable, respetuoso y aunque jamás llevaron vida propiamente marital, puesto que San José era sólo el esposo legal de la Virgen y sólo la trató como un hermano trata a su hermana, fue esposo verdadero en el sentido de que trabajó incansablemente para proporcionarles el pan de cada día y además, en los momentos de peligro, como cuando amenazaron de muerte a su Hijo Jesús, guiado por Dios y su Ángel, fue el que condujo a la Sagrada Familia a Egipto, a un lugar seguro; luego, fue el que la trajo de regreso a Nazareth y ya instalados allí, continuó con la función de esposo legal de María y de Padre adoptivo de Jesús, hasta su muerte. Precisamente, por morir San José entre los brazos de Jesús y María, es el “Patrono de las almas que parten”, es el “Patrono de la Buena Muerte”.

La Madre de esta familia, María Santísima, es modelo y ejemplo para toda madre que desee santificarse, como esposa y como madre. Si bien María Santísima fue, es y será Virgen, porque no hubo relación marital con San José, con quien el trato siempre fue como el de buenos hermanos, la Virgen se comportó siempre como esposa atenta, respetuosa de su esposo, ocupándose de las labores del hogar, teniendo siempre preparada la comida para su esposo que volvía de trabajar, ayudándolo en su tarea de educar a su Hijo Dios, Jesús, y siendo de sostén y apoyo moral y espiritual en los momentos difíciles, como la Huida a Egipto, o como cuando Jesús se extravió tres días en el Templo, en Jerusalén, y proporcionando a San José la alegría de saber que tenía una esposa fiel y santa, además de darle la alegría más grande que una esposa puede dar a su esposo, y es la de dar a luz al Hijo de Dios, Cristo Jesús, para que San José, como Padre adoptivo, lo criara con todo el amor de padre.

El Hijo de esta Familia Santa, Jesús, es la Santidad Increada en Sí misma, es decir, por Él es santo todo lo que es santo: es por sus méritos, logrados en el Santo Sacrificio de la Cruz, que su Madre tuvo el doble privilegio de ser Virgen y de ser Madre de Dios, además de Llena de gracia; es por sus méritos en la Cruz, que su Padre adoptivo en la tierra, San José, tuvo la gracia de ser un varón santo, casto y justo. El Niño Jesús es el modelo para todo niño y para todo joven que desee santificarse cumpliendo el Cuarto Mandamiento: “Honrarás padre y madre”, porque el Niño Jesús, aun siendo Dios Hijo como era, vivió sujeto a la autoridad de sus padres terrenos, la Virgen y San José, siendo modelo ejemplar en la obediencia a sus padres y en toda clase de virtudes, sin darles nunca ni el más ligero motivo de tristeza o desencanto. El niño o joven que desee ser santo en su condición de hijo, no tiene más que hacer que contemplar al Niño Jesús e imitarlo en su trato diario con sus padres terrenos, la Virgen y San José.

Por todos estos motivos, la Sagrada Familia de Nazareth no sólo es el único modelo posible de familia para la humanidad entera, sino también el único modelo de santidad y además de modelo, Fuente de santidad para toda familia que desee ser santa.

Octava de Navidad 7

 



(Ciclo B – 2020)

         En la Navidad, la Iglesia exulta por el Nacimiento de Dios Hijo encarnado, que ingresa desde la eternidad en un pobre Portal de Belén. Se alegra ante todo su Madre, la Virgen Santísima, que es Virgen y es Madre de Dios; se alegra su Padre adoptivo, San José, varón casto, puro y santo; se alegran los Pastores, que acuden a adorar al Niño que está recostado en un pesebre, porque ese Niño es Dios y es el Salvador de los hombres. Por el Nacimiento del Niño Dios, se alegra la Iglesia, se alegra la Virgen, se alegra San José, se alegran los Pastores. Pero hay un grupo más –y muy numerosos- de seres que se alegran por el Nacimiento del Salvador: los Ángeles de Dios. En efecto, los Ángeles, los que permanecieron fieles a Dios y su voluntad de Amor, se alegran en el Cielo, porque en el Cielo contemplan cara a cara a Dios Uno y Trino, que es Alegría Infinita y Causa de toda alegría creada y participada. Desde el Nacimiento, los Ángeles de Dios seguirán adorando a Dios, pero ahora oculto en la naturaleza humana, en el cuerpo humano de ese Niño que se llama Jesús y además de seguir adorándolo en la tierra, los Ángeles de Dios se alegran porque su Dios, el Dios al que adoran en los Cielos, se ha encarnado y ha nacido y se manifiesta a los hombres como un Niño recién nacido. Los Ángeles de Dios se alegran porque El que es la Alegría Increada en sí misma, Dios infinito, se ha encarnado y ha nacido en un pobre Portal de Belén: se alegran por Dios en Sí mismo, porque Él es, como hemos dicho, la Alegría Increada en sí misma, pero los Ángeles se alegran también por los hombres, porque si Dios se ha encarnado y ha nacido y ha venido al tiempo y a la tierra de los hombres, como un Niño recién nacido, es para comunicar a los hombres la Buena Noticia de la Salvación, porque ese Niño, cuando sea ya adulto, subirá a la Cruz del Calvario para extender sus brazos en la Cruz y vencer para siempre a los tres grandes enemigos de la humanidad, el Demonio, el Pecado y la Muerte. Y no sólo eso: Dios, que ha nacido como un Niño, y que vence en la Cruz a los enemigos mortales de los hombres, en un exceso de Amor de su Corazón misericordioso, concederá a los hombres la gracia divina, la cual los hará participar de su naturaleza divina, de su ser divino trinitario, de su vida divina y de su alegría divina. A partir del Nacimiento del Niño Dios, los hombres tienen un verdadero motivo de alegría celestial y es que ha nacido el Redentor, quien luego de derrotar a los enemigos de la humanidad, conducirá a los hombres al Reino celestial, en donde los amigos e hijos de Dios gozarán de la Alegría de contemplar a la Trinidad por toda la eternidad. Por esto es que se alegran los Ángeles de Dios, al contemplar al Niño de Belén.