domingo, 27 de diciembre de 2020

“Vieron al Niño con María, su Madre y cayendo de rodillas lo adoraron (…) y le ofrecieron sus dones: oro, incienso y mirra”

 


(Domingo II - TN - Ciclo B – 2021)

         “Vieron al Niño con María, su Madre y cayendo de rodillas lo adoraron (…) y le ofrecieron sus dones: oro, incienso y mirra” (Mt 2, 1-12). Los Reyes Magos, guiados por la Estrella de Belén, se dirigen hacia el Portal de Belén con la intención explícita de adorar al Niño, a quien llaman “rey”: “Venimos a adorar al Rey”. Una vez que se encuentran delante del Niño y su Madre, la Virgen, según el relato del Evangelio, se postran en adoración ante el Niño y luego de adorarlo le ofrecen los dones que le habían traído: oro, incienso y mirra. Teniendo en cuenta que la Sagrada Escritura es, además de un libro religioso, un libro de historia –lo cual significa que los hechos relatados son reales y no ficticios, ni simbólicos, ni metafóricos-, la escena de la Adoración de los Reyes Magos nos revela datos sobrenaturales –sobrenatural indica que viene del Cielo, que no es una acción originada en los hombres ni en los ángeles- que no se encuentran explícitamente narrados, pero que no por eso no son reales.

         Uno de los datos sobrenaturales es la Estrella de Belén. La Estrella de Belén, una verdadera estrella en el sentido de ser un cuerpo espacial brillante que puede ser localizado en el firmamento, es prefiguración de la Virgen Santísima, porque Ella es la Estrella de Belén espiritual y celestial, que guía a las almas hasta su Hijo Jesús: así como la Estrella de Belén, la estrella cosmológica, que con su brillo condujo a los Reyes Magos hasta donde estaba el Niño Dios, así la Estrella de Belén espiritual, María Santísima, conduce y guía a las almas hasta el Nuevo Portal de Belén, el altar eucarístico, donde se encuentra su Hijo Jesús, en la Eucaristía, donándose a Sí mismo como Pan de Vida eterna.

         Otro de los datos sobrenaturales es la intención explícita de los Reyes Magos de adorar al Niño, tal como ellos mismos lo declaran: “Venimos a adorar al Rey”. Esto indica que sus mentes y corazones han sido iluminados por la luz del Espíritu Santo y que por lo tanto saben que ese Niño nacido en un Portal, en Belén, en Palestina, es Dios Hijo encarnado y no meramente un niño hebreo más entre tantos. De otra forma, no tendría sentido el acudir a adorar a un niño, si este Niño no fuera Dios encarnado.

         Otro dato es el reconocimiento de los Reyes Magos de la reyecía del Niño de Belén: lo llaman explícitamente “Rey” y siendo ellos mismos reyes, y por lo tanto como reyes no deberían someterse a otro rey, sin embargo no sólo lo reconocen como Rey, sino que lo adoran. Es decir, ellos dejan de lado su condición de ser ellos mismos reyes, para postrarse en adoración ante un niño recién nacido: esto no tendría sentido si no tuvieran el conocimiento infuso, sobrenatural, dado por el Espíritu Santo, acerca del Niño de Belén, quien en cuanto Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, es “Rey de reyes y Señor de señores”. Es decir, los Reyes Magos reconocen en el Niño de Belén una reyecía que supera infinitamente cualquier reyecía de la tierra, una reyecía de origen celestial, sobrenatural, que conduce a la adoración a aquel que se encuentre delante del Niño de Belén. Que los Reyes Magos sepan diferenciar entre la reyecía celestial y sobrenatural del Niño de Belén y las reyecías humanas, se comprueba por el hecho de que, por un lado, ellos mismos son reyes, pero hacen caso omiso de la reyecía de ellos, ya que es puramente humana y se postran ante el Niño de Belén, reconociéndolo como “Rey de reyes y Señor de señores”; por otro lado, en cambio, tratan de igual a igual con Herodes, quien también es rey, pero los Reyes Magos no se postran ante Herodes, porque saben distinguir bien que la reyecía de Herodes es humana y que Herodes mismo es humano, como ellos y por eso no se postran ante él ni lo adoran, como sí lo hacen ante el Niño Jesús.

         Otro dato sobrenatural son los dones que los Reyes Magos traen al Niño: oro, incienso y mirra. Además de ser los dones en sí mismos un reconocimiento explícito de la condición del Niño de Belén de ser Rey de reyes y Señor de señores, los dones tienen un sentido sobrenatural: así, el oro representa la adoración del hombre ante Dios, esto es, el reconocimiento, por parte del hombre, de ser “nada mas pecado”, delante de Dios; la adoración implica que el hombre se anonada, pero no por un gesto de condescendencia del hombre hacia Dios, como si el hombre hiciera un gesto de humildad que Dios debiera reconocer, al reconocerse el hombre como “nada”, sino que la adoración es lo que corresponde a la realidad ontológica del hombre frente a Dios: el hombre es “nada” ante Dios, porque Dios es el Acto de Ser Purísimo y Perfectísimo que crea el ser del hombre; en otras palabras, sin Dios Trinidad, el hombre no tiene el ser y es esto lo que significa que sea “nada” delante de Dios, porque el ser participado y creado que tiene el hombre, lo tiene por el infinito Amor de Dios, que de la nada lo trae al ser y del ser a la existencia. En la adoración está implícito también el auto-reconocimiento del hombre de ser no sólo “nada” ante Dios, sino que es “nada mas pecado”, porque desde Adán y Eva, todo hombre nace con el ser, pero privado de la gracia y contaminado con el pecado original. El oro, entonces, representa la adoración que el hombre debe a Dios Uno y Trino, por el solo hecho de ser Dios lo que Es: Dios de infinita santidad, bondad, sabiduría, poder y justicia.

El incienso donado por los Reyes Magos al Niño Dios representa la oración, es decir, la elevación del alma hacia Dios Trinidad: sin la oración, el alma perece, porque por la oración el alma entra en contacto con Dios y Dios lo hace partícipe de su Vida divina, de modo que el hombre, si no hace oración, está muerto espiritualmente hablando, porque no recibe la Vida de Dios; en cambio, si hace oración, está vivo, pero no solo con su vida natural humana, sino vivo con la Vida divina, de la cual la oración lo hace partícipe.

La mirra donada por los Reyes Magos representa a la humanidad, en un doble sentido: por un lado, representa a la Humanidad Santísima del Niño de Belén, que es ungida con el aceite perfumado del Espíritu Santo en el momento de la Encarnación; por otro lado, la mirra representa la humanidad de todos y cada uno de los hombres, que se postran en adoración ante el Cordero de Dios, pidiéndole la gracia de ser ungidos con el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, para que así la humanidad pueda despedir un suave perfume de dulce fragancia, tal como lo hace la mirra cuando se pone en contacto con el fuego.

“Vieron al Niño con María, su Madre y cayendo de rodillas lo adoraron (…) y le ofrecieron sus dones: oro, incienso y mirra”. Pidamos la luz del Espíritu Santo para que, imitando a los Reyes Magos, que reconocieron a Dios Hijo oculto en la Humanidad del Niño de Belén, también nosotros seamos capaces de reconocer a ese mismo Dios Hijo, oculto en la apariencia de pan, en la Eucaristía y, al igual que ellos, guiados por el mismo Espíritu Santo, nos postremos en adoración ante el Niño Dios, Presente en Persona en el Santísimo Sacramento del altar.

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