viernes, 30 de octubre de 2015

Solemnidad de Todos los Santos


(Ciclo B – 2015)

         En la Solemnidad de todos los Santos, la Iglesia que peregrina en la tierra se alegra y celebra por aquellos integrantes que han alcanzado ya la eterna bienaventuranza y que conforman la Iglesia triunfante, los santos, quienes contemplan, por toda la eternidad, a Dios Uno y Trino. La alegría de la Iglesia en este día es una participación de la alegría que experimentan los bienaventurados en el cielo, una alegría que les viene por contemplar, cara a cara, a las Tres Divinas Personas, que son la Alegría en sí misma.
         La Iglesia celebra a los santos, que se distinguen de nosotros porque nosotros, mientras vivimos en esta tierra, somos pecadores. El pecador es lo opuesto al santo; el pecador, como lo somos nosotros, no tiene en sí la santidad: debe aspirar a ella, debe aspirar a ser santo, pero no es todavía santo, mientras esté en esta condición de viador, de peregrino en la tierra y en la historia, hacia la Jerusalén celestial. Nosotros, pecadores, nos alegramos por los santos, y en la contemplación de sus vidas, esperamos algún día ser como ellos, es decir, dejar de ser pecadores, para comenzar a ser santos. La Iglesia nos propone la vida de los santos, para que los imitemos en sus virtudes, pero sobre todo, en su amor a Jesucristo, y nos los propone como modelos a alcanzar. Somos pecadores, llenos de defectos y de miserias humanas, pero la Iglesia nos dice que debemos ser perfectos, llenos de virtudes y de santidad divina, como los santos.
Entonces, ¿quiénes eran los santos, a los que la Iglesia celebra y propone como modelos a imitar? Ante todo, hay que decir que eran hombres comunes y corrientes e incluso pecadores, y muchos de ellos, grandes pecadores, pero que fueron transformados por la gracia santificante de Jesucristo. Algunos ejemplos de santos que, antes de su conversión, fueron pecadores: uno de ellos es Moisés, que cometió un homicidio (cfr. Éx 2, 11-15), pero luego fue santo; otro ejemplo es San Pablo, quien antes de su conversión, fue cómplice de un homicidio, porque asistió y aprobó la muerte del diácono Esteban (cfr. Hech 6, 8); otro ejemplo, es el Beato Bartolo Longo, quien antes de ser ferviente devoto y difusor del Santo Rosario y de la advocación de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, fue espiritista, médium y sacerdote de Satanás, además de ser un gran enemigo de la Iglesia, al dejarse contaminar por el pensamiento de filósofos anti-cristianos como Hegel y Renán; otro ejemplo de santo que fue pecador antes de su conversión fue San Agustín, que vivió una vida disoluta antes de la conversión –tuvo un hijo, Adeodato- y frecuentó todo tipo de sectas; a Santa Teresa de Ávila, Jesús la llevó al infierno y la hizo entrar en la cueva con paredes de fuego que  le estaba destinada por toda la eternidad, si es que continuaba con su vida de pecadora; y así, innumerables ejemplos. Sin embargo, estos santos, que eran pecadores antes de su conversión, cuando recibieron la gracia de la conversión, se dieron cuenta del valor inestimable de la gracia y por eso dejaron toda su vida anterior de pecado y comenzaron a vivir en gracia y nunca más dejaron de vivir en gracia, y es en esto en lo que radica el mérito de los santos. Se enamoraron de Jesucristo y de su gracia y prefirieron morir antes que perder la amistad con Jesús y la gracia.
Sin la gracia de Jesucristo, los santos no solo jamás habrían sido santos, sino que habrían tan o más pecadores que nosotros, y su condena era segura; su mérito radica en el aprecio y estima que tuvieron de la gracia, porque sabían que sin la gracia, nunca serían santos. Santo Domingo Savio, a los nueve años, comprendió esto con toda claridad, y por eso dijo, el día de su Primera Comunión: “Prefiero morir antes que pecar”. Esto es lo que caracterizó a los santos: el apreciar más la vida eterna que la terrena, el despreciar los placeres de este mundo, con tal de adquirir los bienes eternos; el amar a Jesucristo por encima de todas las cosas, incluso por encima de su propia vida.

Esto nos hace ver que, si los santos son lo que son, santos, habiendo sido pecadores, entonces ahí radica nuestra esperanza para la santidad, porque nosotros somos pecadores como lo eran los santos antes de recibir la gracia. Es para esto para lo que la Iglesia nos los propone como ejemplos de vida: para que aprendamos de ellos y de sus vidas, de sus virtudes y de su mensaje de santidad, pero sobre todo, de su gran amor a Jesucristo y a su gracia, porque sin la gracia, jamás habrían sido santos.

jueves, 29 de octubre de 2015

“A ustedes la casa les quedará desierta”


El sitio de Jerusalén

“A ustedes la casa les quedará desierta” (Lc 13, 31-35). Le avisan a Jesús que Herodes lo busca “para matarlo”, pero Jesús responde con una dura advertencia: puesto que Jerusalén –representada en Herodes, en los fariseos y en los maestros de la Ley- quiere matarlo, les sobrevendrá una gran desgracia: “la casa les quedará desierta”, es decir, la Ciudad Santa quedará sin el Santo de los santos, sin el Dios Tres veces Santo, y por lo tanto, quedará desierta, vacía de toda bondad, de toda paz, de toda alegría, de todo amor y también de toda fortaleza frente a sus enemigos. La profecía se cumplirá cuando el Viernes Santo, luego de la muerte de Jesús en la cruz, el velo del templo se rasgue en dos y también cuando, en el año 70 d. C., los romanos sitien e incendien Jerusalén. Con esta profecía, Jesús les hace ver, a los integrantes del Pueblo Elegido, que no da lo mismo aceptar o no aceptar al Mesías enviado por Dios: el Mesías trae la paz, la santidad de Dios, la alegría y también la protección divina; si no sólo se rechaza al Mesías, sino que se lo expulsa fuera de las puertas de Jerusalén, para asesinarlo en una cruz, entonces el favor de Dios se retira de quienes lo odian, dejándolos a merced de sus enemigos. Es lo que le sucedió a Jerusalén: condenó inicuamente a muerte al Hijo de Dios, lo flageló, lo coronó de espinas, le cargó una cruz, lo expulsó de la Ciudad Santa y lo crucificó en el Monte Calvario, y esa es la razón por la cual el templo se rasgó en dos, indicando que la divinidad ya no estaba ahí, además de sufrir el asedio y el incendio por parte de los romanos, años más tarde. Dios, expulsado de la Ciudad Santa, dejó a Jerusalén a merced de sus enemigos, retirándole su favor, su gracia y su protección.
“A ustedes la casa les quedará desierta”. La advertencia de Jesús, dirigida al Pueblo Elegido, también es una advertencia dirigida a los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica. Lo que sucedió con Jerusalén, que expulsó al Hombre-Dios, condenándolo a morir fuera de sus murallas, es una representación de lo que sucede en el alma cuando comete un pecado mortal: el alma está representada en Jerusalén, porque el alma en gracia se convierte en la Ciudad Santa que alberga en su interior al Hombre-Dios. Pero cuando el alma comete un pecado mortal, expulsa al Hombre-Dios de su interior, crucificándolo nuevamente y quedándose no solo sin la gracia santificante, sino sin la Presencia e inhabitación del Hombre-Dios en ella, tal como le sucedió a la Jerusalén terrestre. Y tal como le sucedió a la Ciudad Santa, que quedó a merced de sus enemigos por haber expulsado al Hombre-Dios de sus murallas, así también le sucede al alma que, por el pecado mortal, expulsa a Jesucristo de su corazón: queda a merced de sus enemigos, el demonio, el mundo y la carne.

“A ustedes la casa les quedará desierta”. La advertencia de Jesús a los fariseos y maestros de la ley, también es una advertencia para nosotros, para que tengamos en cuenta las consecuencias del pecado mortal. Esta advertencia debe hacernos apreciar el valor de la gracia santificante y debe llevarnos a que apreciemos más la gracia santificante, que la propia vida terrena, tal como lo decimos en la oración de arrepentimiento en el Sacramento de la Confesión: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”. O, como decía Santo Domingo Savio: “Antes morir, que pecar”, antes morir que expulsar por el pecado a Nuestro Señor Jesucristo de nuestra Ciudad Santa, el alma en gracia.

“Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”


“Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” (Jn 3, 11-16). Jesús anuncia la proximidad de su Pasión y Muerte en cruz y para hacerlo, recurre al episodio del desierto en el que Moisés levantó en alto la serpiente de bronce, para que todos los que la miraran quedaran curados. ¿Qué sucedió en el desierto, para que Jesús traiga a la memoria este episodio? En el desierto, aparecieron numerosas serpientes venenosas que atacaron a los integrantes del Pueblo Elegido, que peregrinaban hacia la Tierra Prometida, Jerusalén. Con sus mordeduras, las serpientes inoculaban un veneno mortal, por lo que los hebreos se encontraban indefensos frente a este enemigo; entonces, Dios dio a Moisés la orden de fabricar una serpiente de bronce y le dijo que la elevara en lo alto: quien así lo hiciera, quedaría inmediatamente curado, y así fue lo que sucedió, porque quien miraba la serpiente se curaba, debido a que era Dios quien, con su poder, curaba a los que obedecían las órdenes de Moisés. Todo el episodio del desierto y las serpientes, es una prefiguración de lo que sucede en el plano espiritual, con las realidades sobrenaturales, representadas en cada elemento del episodio: las serpientes son los demonios; el desierto es la vida y la historia humana; el Pueblo Elegido prefigura al Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, que peregrinan por el desierto de la vida hacia el Reino de los cielos; la Jerusalén terrena, es prefiguración de la Jerusalén celestial; Moisés es representación de Dios Padre, que eleva a la serpiente de bronce, representación de Cristo “elevado en lo alto”, en la cruz, para la salvación de los hombres; la curación milagrosa que experimentaban en el desierto los integrantes del Pueblo Elegido, representa a la sanación espiritual que la gracia santificante de Jesucristo concede al alma, al quitarle el pecado y concederle la participación en la vida eterna; la vida nueva, sin el peligro del veneno de la serpiente en sus venas, representa la vida nueva de la gracia; el veneno de las serpientes del desierto, representa al veneno letal para el espíritu, inoculado por la Serpiente Antigua, esto es, la soberbia, la lujuria, la pereza, y todos los pecados capitales; la elevación en lo alto de la serpiente por Moisés, representa la elevación en lo alto del Monte Calvario de Jesucristo, es decir, su crucifixión, de manera que así como los que miraban a la serpiente de bronce quedaban curados, así, de la misma manera, Él, al ser “levantado en alto”, es decir, crucificado, concede la vida eterna a todo aquel que lo contemple en la cruz. Así como la serpiente de bronce de Moisés emanaba un poder curativo milagroso, que permitía ser salvados de las mordeduras mortales de las serpientes venenosas, así también el Hombre-Dios Jesucristo, desde la cruz, emana una fuerza divina, celestial, sobrenatural, que sana el alma de quien lo contempla crucificado, quitando del alma el letal veneno de la soberbia, de la lujuria, del ateísmo, inoculados por la Serpiente Antigua, Satanás, y concediendo la vida nueva de la gracia, la vida eterna, la vida misma de Dios Trino.

“Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”. Contemplar a Jesús crucificado, aunque no se digan palabras, es ya recibir la vida eterna que Él nos concede desde la cruz.

miércoles, 28 de octubre de 2015

“Salía de Él una fuerza que sanaba a todos”



“Salía de Él una fuerza que sanaba a todos” (Lc 6, 12-19). Luego de pasar toda la noche en oración en la montaña y de nombrar a doce de sus discípulos como Apóstoles, es decir, como Columnas de su Iglesia, Jesús, que ha bajado de la montaña, se “detiene en la llanura” y en cuanto la gente lo ve, acude a Él, en busca de consuelo y auxilio. Dentro de esta “gran muchedumbre” venida de todas partes, se encuentran quienes están afectados por enfermedades de toda clase, pero también quienes están poseídos por espíritus impuros. Pero la situación de quienes acuden a Jesús no es privativa de ellos, y tampoco de ese momento de la historia: desde la Caída Original, la Humanidad vive en las tinieblas del error y de la ignorancia, además de ser acosada por sus enemigos mortales: el demonio, la muerte y el pecado; desde la Caída de los Primeros Padres, la Humanidad, como consecuencia del Pecado Original, vive sujeta a la enfermedad, al dolor, a la muerte y al dominio de Satanás, el Ángel caído, que busca no solo la infelicidad del hombre en la tierra, sino la perdición eterna de su alma, haciéndolo partícipe de su rebelión demoníaca en el cielo, por medio del pecado, principalmente la soberbia, raíz de todos los pecados y de todos los males del hombre.
En este sentido, Jesús es la esperanza, la Única Esperanza del hombre y ésa es la razón por la cual la gente, al ver a Jesús, acude a Él en busca de alivio para sus males, sean corporales o espirituales: Jesús es el Hombre-Dios, Dios Hijo encarnado que camina entre los hombres para apiadarse de sus miserias, para cargar sus pecados sobre sí mismo, para quitar los pecados de todos y cada uno de los hombres al precio de su Sangre derramada en la cruz, para conducirlos a la eterna bienaventuranza en el Reino de los cielos.
“Salía de Él una fuerza que sanaba a todos”. Porque Él es el Hombre-Dios, todos los que acuden a Jesús son sanados: de Él “sale una fuerza” que sana a todos: a los enfermos, de sus enfermedades; a los posesos, de la posesión diabólica. Es la omnipotencia divina, la que se manifiesta a través de la Humanidad Santísima de Jesús, “sanando a todos”. Pero hay algo más: quien acude a Jesús, no lo hace por sí mismo, sino porque es Dios Padre quien lo atrae, según las palabras de Jesús: “Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre que me envió” (Jn 6, 44) y el Padre atrae a las almas a Jesús con la fuerza del Divino Amor, el Espíritu Santo. Es por eso que, si el Evangelio dice que “salía de Él una fuerza que sanaba a todos”, y esta fuerza es la Omnipotencia Divina, también hay que decir, aunque no esté escrito, que “salía de Él una fuerza que atraía a todos, el Amor Divino”.

No tenemos a Jesús, con su Cuerpo real caminando entre nosotros, como la muchedumbre del Evangelio, pero sí lo tenemos, con su Cuerpo glorioso, Presente en medio de nosotros, en la Eucaristía, desde donde Jesús nos atrae, con la fuerza de su Divino Amor, para sanarnos todas nuestras dolencias, todos nuestros pesares y para librarnos de “los principados de las alturas” (cfr. Ef 6, 12), pero sobre todo, para hacernos escuchar los latidos de su Sagrado Corazón Eucarístico.

viernes, 23 de octubre de 2015

“Maestro, que yo pueda ver”


(Domingo XXX - TO - Ciclo B – 2015)

“Maestro, que yo pueda ver” (Mc 10, 46-52). Un ciego, Bartimeo, al enterarse de la presencia de Jesús, comienza a llamarlo a los gritos; Jesús lo hace llevar ante su presencia y le dice: “¿Qué quieres que haga por ti?”; el ciego le pide a Jesús poder ver: “Maestro, que yo pueda ver”; Jesús le concede el don de la vista, diciéndole: “Vete, tu fe te ha salvado”; el ciego comienza a ver y sigue a Jesús.
En este episodio del Evangelio, tenemos mucho que aprender de Bartimeo el ciego. Ante todo, lo que caracteriza a Bartimeo es su gran fe en Jesús, porque cree en Jesús en cuanto Hombre-Dios, cree que Jesús es Dios Hijo encarnado y que por lo tanto, tiene el poder suficiente para curarlo. Bartimeo ha escuchado hablar de los inmensos prodigios que ha hecho Jesús –resucitar muertos, dar la vista a los ciegos, multiplicar panes y peces- y por eso ahora, cuando escucha que está cerca, comienza a llamarlo a los gritos, porque quiere que Jesús obre milagros en él. Desde las tinieblas en las que vive, Bartimeo llama a Jesús, pero no lo hace de cualquier manera: en los títulos que le da a Jesús, se ve la fe de Bartimeo en la condición divina de Jesús: “Hijo de David” –el “Hijo de David” es el Mesías Dios-; “Maestro”, porque es la Sabiduría divina encarnada: así, la fe de Bartimeo en Jesús, es la fe de la Iglesia, porque Jesús es el Hombre-Dios.
Bartimeo llama con insistencia a Jesús y no solo no se desanima cuando otros “lo reprenden para que se calle”, sino que grita aún más fuerte y cuando Jesús lo hace llamar, expresa el deseo más íntimo de su corazón: ver con los ojos del cuerpo. Bartimeo ya ve con los ojos del alma, porque tiene fe en Jesús como Hombre-Dios; ahora desea ver con los ojos del cuerpo y Jesús le concederá lo que pide. Pero Jesús, que quiere satisfacer el deseo más profundo del corazón de Bartimeo, aunque sabe qué es lo que le va a pedir, antes de concederle el milagro, le pregunta, con amor, “¿Qué quieres que haga por ti?”, y esto lo hace Jesús para que Bartimeo se exprese con libertad, con fe y con amor y así nos enseña cómo tenemos que dirigirnos a Dios Hijo: con libertad, con fe y con amor. Bartimeo confió no solo en el poder divino de Jesús, sino también en su amor y misericordia, porque sabía que Jesús tenía el poder para hacerlo y que, por su misericordia, iba a concederle lo que le pedía.
En este episodio, real, y más precisamente en Bartimeo, está representada la relación de toda alma con Jesús. Si no media la luz de la gracia, toda alma es ciega, como Bartimeo, frente a los misterios sobrenaturales absolutos de Dios, como lo es la Encarnación del Hijo de Dios en Jesús de Nazareth y su Presencia real de resucitado en la Eucaristía; si no media la luz de la gracia, toda alma es ciega delante de Jesucristo, porque no puede ver, con la luz de su propia razón, a la Persona del Verbo de Dios Encarnada en Jesús de Nazareth y así piensa que Jesús es solamente un hombre más entre tantos: santo, sí, pero sólo un hombre más y no el Hombre-Dios y cuando no se tiene fe en Jesús en cuanto Hombre-Dios, la religión se vuelve naturalista y vacía de misterios.
Con su ceguera corporal, Bartimeo, representa al alma en sus tinieblas, al alma que no tiene fe, al alma antes de la llegada de Cristo y es por eso que, al igual que Bartimeo, también nosotros debemos pedir ver, pero no tanto corporalmente, sino espiritualmente, con la luz y los ojos de la fe; también nosotros debemos pedir ver, pero no con la vista corporal, sino con los ojos del alma, iluminados por la luz de la fe, porque de nada nos sirve ver el mundo con toda claridad con los ojos del cuerpo, si nuestra alma está a oscuras, y está a oscuras cuando no tiene fe en Jesús y no cree en Él, ni en su condición de Dios hecho hombre, ni en su Presencia real Eucarística.
Entonces, a imitación de Bartimeo, también nosotros pedimos a Jesús, Presente en la Eucaristía, el poder ver con los ojos de la fe: “Jesús, haz que yo pueda ver; haz que yo te pueda ver; ábreme los ojos del alma, los ojos de la fe, para que te pueda contemplar en el misterio de la cruz, para que te pueda contemplar en la Santa Misa, para que te pueda contemplar en tu Presencia Eucarística. Jesús, Maestro, Mesías, Verbo de Dios Encarnado, haz que yo pueda verte con los ojos del alma, en tu cruz, para que me una a Ti en tu Pasión por el Amor de Dios, el Espíritu Santo; haz que yo pueda verte, oculto en el misterio de la Eucaristía, para que pueda adorarte en el tiempo que me queda de vida terrena, para luego seguir amándote, adorándote y contemplándote cara a cara por toda la eternidad; Jesús, Maestro, que yo te pueda ver”.


“¡Hipócritas! Saben discernir el clima, pero no los signos de los tiempos”


“¡Hipócritas! Saben discernir el clima, pero no los signos de los tiempos” (Lc 12, 54-59). La dura advertencia de Jesús a sus discípulos, va dirigida también a nosotros: tanto ellos como nosotros, sabemos discernir el clima, sabemos pronosticar si va a hacer calor o si va hacer frío, si va a llover o va a estar seco, pero no sabemos –o más bien, no queremos- discernir “los signos de los tiempos”. Y esta ignorancia voluntaria merece un duro reproche por parte de Jesús, porque nos dice: “¡Hipócritas!”. Esto quiere decir que no podemos excusarnos y mirar para otro lado, diciendo “no sabemos cuáles son los signos de los tiempos”. Entonces, ¿cuáles son “los signos de los tiempos” que debemos leer, si es que sabemos leer el tiempo climático?
Basta con observar someramente la realidad cotidiana y nos percataremos de que el hombre ha construido, más que una sociedad, una civilización, no ya sin Cristo, el Mesías, sino sin Dios: la inmensa mayoría de las leyes que rigen hoy a la civilización humana, no tienen a Dios Trino por su origen y fundamento y tampoco conducen a Él. Hoy el hombre ha construido una civilización a su medida, según su pobre capacidad de razonamiento, dejando de lado a Dios, a su revelación en Cristo Jesús y a su Ley, expresada en los Mandamientos, y es así como ha aprobado leyes contrarias a la naturaleza y leyes que atentan contra la vida humana, como la ley del aborto –sólo entre China y EE.UU., desde hace 50 años hasta acá, han muerto más de 450 millones de niños a causa del aborto; en el caso de China, por la política de hijo único; en el caso de EE.UU., por el caso Roe versus Wade, que liberalizó el aborto-, la ley de eutanasia, la FIV, el alquiler de vientres, etc. Pero la civilización sin Dios se manifiesta también en la aparición de un modo de vivir y de convivir entre los humanos, que se acepta como “normal” o “natural”, cuando es totalmente contrario a la Voluntad de Dios: la drogadicción desde muy jóvenes, el narcotráfico como modo de vida, la violencia, la corrupción de costumbres, la pornografía, la guerra, la avaricia, el odio entre pueblos hermanos, la violencia terrorista, y dentro de la Iglesia, la aparición de cristianos paganos, es decir, de cristianos que, habiendo recibido el Bautismo sacramental y la instrucción catequética, viven en la práctica como neo-paganos, haciendo caso omiso de los Mandamientos de Jesucristo y alejándose radicalmente de los sacramentos, constituyendo el hecho más grave el olvido y la indiferencia hacia la Presencia real de Jesús en la Eucaristía.
“¡Hipócritas! Saben discernir el clima, pero no los signos de los tiempos”. El duro reproche de Jesús debe hacernos reflexionar, porque si el mundo está así, es porque los cristianos –empezando por los sacerdotes- no damos ejemplo de vida santa.


jueves, 22 de octubre de 2015

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”


“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49-53). ¿De qué fuego habla Jesús? ¿Por qué desea incendiar la tierra? ¿Qué es lo que quiere hacer arder Jesús con ese fuego que ha venido a traer? Para responder a estas preguntas, debemos considerar quién es Jesús: no es un hombre más entre tantos; no es tampoco un hombre santo, ni siquiera el más santo entre los santos; Jesús es Dios Hijo encarnado, es el Hombre-Dios, Fuente de toda santidad. Como tal, Jesús espira al Espíritu Santo, tanto en cuanto Hombre como en cuanto Dios, junto a su Padre Dios. El Espíritu Santo, que arde en el Sagrado Corazón de Jesús, consumiéndolo de Amor, es el Fuego de Amor Divino que Jesús ha venido a encender en nuestros corazones. Es el Espíritu Santo, el Fuego del Amor de Dios, el que Jesús sopla sobre nuestras almas, en cada comunión eucarística. Este es el Fuego del que habla Jesús cuando dice: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra”. Sin embargo, a pesar de que Él lo ha traído, no arde todavía, porque Jesús dice: “¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”. Es un fuego que no arde. ¿Por qué? ¿Qué es lo que tiene que hacer arder este fuego, y que no arde hasta ahora? Si el fuego que ha venido a traer Jesús no arde, no es por el fuego en sí mismo, porque el Espíritu Santo es, en sí mismo, el Fuego del Divino Amor; es Amor de Dios, que es Fuego incandescente, celestial, sobrenatural. Si este fuego no arde, es porque no encuentra la materia apta para ser encendida: el fuego no enciende la roca. ¿Cuál es la materia para este Fuego de Amor que trae Jesús? La materia apta para ser encendida por este Fuego, es el corazón humano, pero el corazón humano, cuando es duro y frío como una piedra, no puede ser encendido por el Divino Amor. Cuando el corazón humano es despiadado, inmisericorde, duro y despectivo con su prójimo, no se puede encender en el Fuego de Amor que es el Espíritu Santo. Que por intercesión de María nuestros corazones sean, entonces, como madera seca o como hierba seca, para que al contacto con el Fuego de Amor que arde en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, combustionen al instante y comiencen a arder en el Fuego del Espíritu Santo, en el tiempo y en la eternidad.