Cuando se contempla el Pesebre de Belén, no debe dejarse de
lado el hecho de que la tierna escena del Niño Dios que abre sus brazos
esperando ser recibido con amor, es el mismo Hombre-Dios que, en el Calvario,
extiende los brazos en la cruz para abrazar con ellos a todos los hombres y
comunicarles el Amor del Padre, y es el mismo Hombre-Dios que, como Sumo y Eterno
Sacerdote, extiende los brazos por medio del sacerdote ministerial, en la Santa
Misa, para perpetuar, de modo incruento y sacramental, sobre el Altar
Eucarístico, el Santo Sacrificio de la Cruz. Así, el Pesebre, la Cruz y el
Altar Eucarístico, no son escenas aisladas de una piedad sentimentalista y
fragmentada, sino tres etapas, intrínseca e indisolublemente conexas, de la
vida del Redentor, el Hombre-Dios, que naciendo como Niño humano, como “Hijo de
hombre” (cfr. Mt 24, 44), se dona a
sí mismo en Belén, Casa de Pan, como Pan Vivo bajado del cielo; este Niño Dios
es el mismo que, como Hombre-Dios, en el Calvario, dona su Alma y su Divinidad
junto con su Cuerpo y su Sangre; este Niño Dios es el mismo que, en el Altar
Eucarístico, Nuevo Calvario y Nuevo Belén, se dona cada vez, en la Eucaristía,
como Pan Vivo bajado del cielo, con su Cuerpo resucitado, su Sangre inhabitada
por el Espíritu Santo, su Alma glorificada y su majestuosa Divinidad. Pesebre,
Cruz y Altar, tres lugares en donde el alma recibe el Amor de Dios, tres
lugares en donde el alma tiene la oportunidad de darle su pequeño amor a Dios,
que se nos dona como Niño-Dios, como Hombre-Dios y como Pan Vivo bajado del
cielo, como Eucaristía.
Adorado seas, Jesús, Cordero de Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios oculto en el Santísimo Sacramento del altar. Adorado seas en la eternidad, en el seno de Dios Padre; adorado seas en el tiempo, en el seno de la Virgen Madre; adorado seas, en el tiempo de la Iglesia, en su seno, el altar Eucarístico. Adorado seas, Jesús, en el tiempo y en la eternidad.
miércoles, 6 de enero de 2016
Infraoctava de Navidad - 5 El Portal
Luego de pedir infructuosamente asilo en las ricas posadas
de Belén (cfr. Lc 2, 1-7), San José y
María Santísima, ya a punto de dar a luz al Verbo Eterno de Dios, deben
dirigirse a las afueras del poblado, en donde finalmente encuentran un pobre
refugio de animales. Las mesones de Belén, llenos de gente que ríe, canta y
baila despreocupadamente, abrigadas con el calor de las chimeneas, no tienen
lugar para Dios, que viene a este mundo como un Niño indefenso y necesitado de
todo. Las posadas -ricas, luminosas, colmadas de personas que ríen a
carcajadas, que comen y beben sin pensar en Dios y sin temor de Dios-,
representan a las almas mundanas que, henchidas de soberbia e inmersas en el
ruido y en el falso atractivo del mundo, sus brillos, sus luces y sus fastos,
no tienen tiempo para dedicar a Dios, ni lugar en sus oscuros corazones para
amarlo y tampoco tienen tiempo para dedicarle, porque todo su amor, toda su
atención, todas sus metas, están en el mundo y sólo en el mundo. Por el
contrario, el Portal de Belén, pobre, frío, oscuro, incluso maloliente, por ser
refugio de animales -que a diferencia de las ricas posadas de Belén, sí tiene
lugar para recibir al Niño Dios que está por nacer y que viene en el seno de la
Virgen-, representa a los corazones de los hombres humildes que, sabiéndose
indignos de toda indignidad, porque no tienen amor de Dios, o es muy escaso;
sabiéndose pobres, porque no tienen en sí la riqueza de la vida de Dios;
reconociendo en sí mismos la debilidad, al experimentar las fuerzas de las
pasiones sin el control de la razón ni de la gracia -las cuales están
representadas en las bestias irracionales, el buey y el asno del Pesebre-;
conociendo la propia oscuridad y frialdad de sus corazones, que no poseen la
luz del Amor de Dios, sin embargo –o más bien, a causa de esto-, sí tienen
lugar para alojar, primero a la Madre de Dios que trae al Niño y luego a Dios
que nace como Niño. Entonces, tener un corazón pobre, oscuro y frío, que a
imitación del Portal de Belén, desea que Dios habite en él, es ya un signo de
la presencia de Aquella que trae al Niño Dios en su seno, la Virgen María. Y
cuando llega María, llega Jesús, y así como el Portal de Belén, oscuro y frío,
se iluminó con la luz de la gloria del Niño de Belén cuando este nació, así el
corazón, por más pobre y oscuro que sea, se ve colmado con el resplandor de la
Luz Eterna, Cristo Dios, que nace en él, cuando llega la Madre de Dios.
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Infraoctava de Navidad 4 - El Hijo
El Niño que yace en el pobre Portal de Belén, ese Niño que
llora debido al frío y al hambre –experimentando en su pequeño cuerpo humano,
todos los sufrimientos que experimenta un niño recién nacido, desvalido-, ese
Niño es Dios Eterno, el mismo Dios Creador de los cielos y de la tierra, que ha
nacido como un niño indefenso, para que los hombres no tuvieran temor en
acercarse a Él. Este Niño, es Dios Invisible e Intangible, inaccesible a los
sentidos del hombre, pero que ahora aparece como un niño humano, como un “hijo
de hombre” (cfr. Mt 8, 20), para
volverse visible, tangible, accesible a los sentidos del hombre, para que el
hombre pueda abrazar a su Dios, hecho Niño; el Dios omnipotente aparece a los
hombres como un niño que acaba de nacer, para que el hombre no tenga temor en
acercarse a Dios: ¿quién puede tener miedo de un Niño recién nacido?; el Dios de
infinita majestad, cuya gloria no puede ser contemplada por los hombres, viene
a nuestro mundo como un niño, para que el hombre pueda contemplar, con sus propios
ojos, la gloria del Dios invisible, hecha visible en el Cuerpo del Niño de
Belén. El Dios, que es Espíritu Puro, se presenta ante los hombres como un
Niño, con un cuerpo humano, un cuerpo cuyos miembros le fueron proporcionados
por la Virgen y Madre, durante los nueve meses en los que este Niño se alojó en
su seno virginal. Fue allí en donde la Madre de Dios, donando de su substancia
materna al Verbo de Dios en Ella alojado, le tejió un cuerpo de carne y sangre
al Dios que es Espíritu Puro, para que este Dios, naciendo milagrosamente en
Belén, se entregara al mundo como Pan de Vida eterna, ofrendando su Cuerpo en
la cruz y derramando su Sangre en el cáliz de bendición, en el altar
eucarístico. Gracias a María Santísima, la Virgen y Madre, que lo nutrió y lo
envolvió en su seno virginal con su substancia materna, el Logos, la Palabra de
Dios, se volvió visible a los ojos de los hombres, al revestirse de carne y
sangre, la misma Carne y la misma Sangre que habría de entregar un día en el
Santo Sacrificio de la Cruz para la salvación de los hombres; la misma Carne y
la misma Sangre que entregaría cada vez, en la renovación incruenta del
Sacrificio del Calvario, el Santo Sacrificio del Altar. Por la Virgen Madre, el
Dios Invisible adquiere un Cuerpo, para entregarlo en la Cruz; por la Iglesia,
el Dios hecho visible en Belén, se reviste de apariencia de pan para entregar
su Cuerpo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía.
Infraoctava de Navidad 3 - El Padre adoptivo
San José es el varón santo y justo que destaca por sobre
todos los varones santos y justos por su pureza, su castidad y su santidad.
Pero también destaca porque es el elegido por la Trinidad beatísima para ser el
reemplazante de cada una de las Tres Divinas Personas en la tierra: es elegido
por Dios Padre, para que continúe y prolongue en la tierra la paternidad
celestial que Él ejerce por haber engendrado al Verbo Unigénito desde la
eternidad: Dios Padre quiere que San José, ejerciendo la paternidad adoptiva
con su Hijo Unigénito, sea para Dios Hijo su imagen viviente y su recuerdo
permanente, de manera que Dios Hijo, al ver a San José, vea reflejado al Padre
Eterno; Dios Hijo lo elige para que sea su padre adoptivo, de manera de ver
reflejado en San José, en tanto lo permiten los límites de la naturaleza
humana, a su Padre Dios, para amarlo con el mismo Amor con el que ama a su
Padre celestial, el Espíritu Santo: en otras palabras, Dios Hijo, engendrado
por el Padre desde la eternidad, quiere que San José sea su padre adoptivo en
el tiempo, para ser criado y educado por él en su naturaleza humana y así poder
amarlo con el Amor de Dios, el Espíritu Santo; Dios Espíritu Santo, Esposo de
María Santísima, elige a su vez a San José, para que sea una prolongación de su
divina esponsalidad, siendo para María Santísima un esposo casto, puro, amable
y respetuoso, que la ame en su condición de esposo meramente legal, con el Amor
Santo de Dios. Por último, la Trinidad en su conjunto elige a San José para que
sea el Jefe de la Sagrada Familia de Nazareth, de manera que, con su trabajo terreno, sea instrumento de la
Divina Providencia, que asiste en toda necesidad a la Madre y al Hijo. Por todo
esto, la santidad de San José, varón casto, puro y santo, excede, con mucho, la
santidad de los más santos entre los santos.
Infraoctava de Navidad 2 - La Madre
El Niño que yace en
el Pesebre no es un niño más entre tantos: es el Niño-Dios, es Dios hecho Niño,
sin dejar de ser Dios; es Dios Hijo, la Persona Segunda de la Trinidad, el Dios
Invisible, Intangible e Inaccesible, que se hace Visible, Tangible y Accesible
a los hombres, gracias a su Madre, que por ser la Madre del Unigénito, es la
Madre de Dios. Y al igual que sucede con el Niño -que aunque parece ser uno más
entre tantos, no lo es, porque es Dios Hijo encarnado-, de la misma manera
sucede con la Madre: aun cuando a la vista de los ojos del cuerpo, la Madre se
asemeje a cualquier otra madre del mundo, no es una más, porque se trata de la
Madre y Virgen, la Madre de Dios que, por ser Inmaculada Concepción y Llena de
gracia, inhabitada por el Espíritu Santo desde la creación de su naturaleza
humana, es Madre y Virgen, puesto que da a luz al Verbo Eterno del Padre sin
perder su virginidad, permaneciendo Virgen antes, durante y después del parto milagroso.
La Virgen y Madre, María Santísima, se comportó con el Logos Eterno al modo
como se comportan los diamantes con la luz del sol: así como estos, piedras
cristalinas, que atrapan a la luz que proviene del sol y la encierran en su
interior antes de emitirla -y esa es la razón de su brillo-, del mismo modo, la
Virgen Santísima, luego del Anuncio del Ángel, encerró en sí misma, en su seno
virginal, al Verbo Eterno de Dios, Luz de Luz, Dios de Dios, Cristo Jesús, y la
retuvo dentro de sí durante nueve meses, para darlo luego finalmente a la luz
–y esa es la razón por la cual la Virgen brilla y resplandece en los cielos
como “la Mujer revestida de sol” (Ap
12, 1)-. Y puesto que Aquel a quien dio a luz era la Luz Eterna de Dios –Dios,
que es Luz eterna-, fue por la Virgen y Madre que los hombres, que vivían en
“oscuridad y sombras de muerte” (Lc
1, 79), recibieron la Luz divina, que al mismo tiempo que ilumina, vivifica a
las almas con la vida misma de Dios Trino. ¡Bendito y adorado sea el Niño Dios nacido
en Belén y alabada sea la Madre de Dios por quien vino a nosotros la Luz Eterna
de Dios!
sábado, 26 de diciembre de 2015
Fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José
El Nacimiento del Niño Jesús convierte al matrimonio
meramente legal de María Santísima y de San José, en una familia. ¿Por qué el
Verbo de Dios elige una familia humana para nacer? Su Advenimiento a la tierra
podría haber sido de otra manera, y no necesariamente a través de una familia. La
respuesta es que el Hijo de Dios se encarnó y nació en una familia humana, no
solo para indicarnos que la familia compuesta por papá-varón, mamá-mujer y los hijos
–biológicos o adoptados- es el único modelo familiar pensado, deseado y creado
por Dios Trino para la humanidad, sino para que, a ejemplo de la Familia de
Nazareth, cuyos integrantes son todos santos, todas las familias aspiren a serlo, imitando a esta Familia como un modelo inigualable.
Aunque
vista desde afuera parezca una familia como tantas otras –un padre, una madre,
un hijo, es decir, personas unidas por el amor familiar-, sin embargo no lo es,
puesto que en esta familia, todo es santo, todo es puro, todo es casto, todo es
amor de Dios y la razón es que todo en esta Familia Sagrada, gira en torno a
Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios, la santidad Increada en sí misma y Fuente
Inagotable de toda santidad.
En
esta Familia Santa, todo es santo y todos sus integrantes son santos, porque
todo gira alrededor de Jesús, el Hijo de la Familia de Nazareth, el Hijo de
María y José, que es Dios Tres veces santo y esa es la razón por la cual todas sus
relaciones humanas están santificadas y sus integrantes son modelos de santidad para todas las familias.
La Madre de la Familia de Nazareth es santa, porque es la
Virgen y Madre de Dios, creada Inmaculada, sin mancha de pecado original, para
ser precisamente Virgen, inhabitada por el Espíritu Santo desde su Concepción y
poder así cumplir el rol de ser la Madre de Dios Hijo, la Madre del Hijo
Unigénito de Dios, igual al Padre en majestad y gloria, que al encarnarse y nacer
en el tiempo y en la historia, tomaría el nombre de Jesús de Nazareth. María
Santísima es, por lo tanto, modelo inigualable de santidad para toda madre y
esposa que desee santificarse en el amor familiar.
El
Padre de esta Familia, San José, es santo, porque él también, lleno del
Espíritu Santo, es el varón casto y puro, elegido por el Padre Eterno para ser,
en la tierra, una prolongación de su paternidad y de su condición de padre,
asumiendo la paternidad adoptiva de Dios Hijo que, siendo Dios Hijo, se
convierte, por propia voluntad, en Hijo adoptivo de su propia creatura. San
José es, de esta manera, modelo inigualable de esposo casto y de padre amoroso
dedicado a su familia.
El
Hijo de la Familia de Nazareth es santo, porque es el Verbo Eterno de Dios que,
encarnado en Jesús de Nazareth, no deja de ser Dios, engendrado en la eternidad
en el seno del Padre. El Hijo de esta Familia Santa es el Hijo Unigénito de
Dios, que asumiendo la naturaleza humana, se somete voluntariamente, por amor,
a sus padres terrenos, siendo así modelo inigualable para todo hijo que desee santificarse
en la obediente sumisión amorosa a los padres.
La Iglesia nos concede la gracia de contemplar a la Sagrada
Familia de Nazareth, en la Infra Octava de Navidad, para que, en la contemplación de la santidad de sus integrantes -Jesús, María y José-, los imitemos en esta vida terrena, para luego ser glorificados en el Reino de los cielos, en la vida eterna.
viernes, 25 de diciembre de 2015
Solemnidad de la Natividad del Señor
(Ciclo C - 2015)
"María dio a luz a su Hijo
primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre" (Lc
2, 1-14). Si se considera sólo este párrafo, o si se mira la escena con la sola
razón humana, el Nacimiento de Jesús no pasaría de ser otro más entre tantos,
con la particularidad de que se trata de un nacimiento muy pobre, en un lugar
no apto para seres humanos, porque es un refugio para animales. Si se lee sólo
este párrafo, sin la luz sobrenatural de la fe, parecería que se trata del
nacimiento de un niño palestino más, en medio de la soledad y el frío de la
noche, y en medio de la indiferencia del resto de los hombres.
Sin embargo, no se trata de un
nacimiento más entre tantos, ni de un niño más entre tantos: se trata del
Nacimiento del Niño Dios, del Mesías, del Emanuel, el "Salvador" de
la humanidad. Esto se desprende de las palabras con las que los ángeles de Dios
anuncian a los pastores lo que ha sucedido: "Les ha nacido un Salvador, la
señal es el Niño acostado en el pesebre y envuelto en pañales". El
Salvador de la humanidad, nace en la noche, en un portal, un refugio de
animales, ante la indiferencia de quienes, despreocupadamente, no dieron lugar
a su Madre encinta en las ricas posadas de Belén; el Redentor de los hombres,
Dios Hijo encarnado, el Creador de cielos y tierra, el Hacedor del universo
visible e invisible, nace con la sola compañía de, además de sus padres, María
y José, un buey y un asno, ante la completa indiferencia e ignorancia de los
hombres, por quienes habría de entregar un día su vida en el Santo Sacrificio
de la Cruz. La noticia del Nacimiento les es comunicada, por los ángeles, a
unos humildes pastores que, al momento del Nacimiento, se encontraban
cumpliendo su trabajo: estos -a diferencia de los demás hombres, que permanecen
en la indiferencia-, dando crédito al celestial anuncio acuden presurosos, con
fe y con amor, a adorar a su Dios nacido como Niño.
Hoy, a más de veinte siglos de
distancia, se dan circunstancias similares a las del Nacimiento del Niño Dios
en Belén: el Salvador quiere nacer, no ya en un portal terreno, sino en todos
los corazones de todos los hombres, pero al igual que entonces, cuando no hubo
lugar para Él en las ricas posadas de Belén, también hoy carece de lugar para
nacer, porque los ricos -no necesariamente ricos de bienes materiales, sino ricos
en el sentido de ser soberbios-, no le permiten entrar en sus corazones y en
sus vidas y es por eso que Jesús nace en los corazones e quienes, sabiéndose “nada
más pecado”, sabiéndose poseedores de corazones pobres de amor, oscuros y fríos
como el portal, desean sin embargo recibir al Niño Dios y darle lugar para que
pueda nacer en ellos, necesitados de conversión. Y así como el pobre y oscuro
Portal de Belén, al nacer el Niño, se iluminó con el esplendor de la gloria
divina que de Él surgía como de su fuente Increada, así también, en las almas
humildes –que no es igual necesariamente a pobres materialmente- en las que
Dios Niño nace por la gracia, brilla el fulgor resplandeciente del Niño de
Belén, quien les comunica su vida divina, su gracia, su paz y su Amor
celestial.
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